EN LA INTIMIDAD, Poemas


EN LA INTIMIDAD

Óscar Perdomo León

Poemas

El Salvador, 2006.

EN LA INTIMIDAD
Derechos Reservados, 2006.
©Óscar Perdomo León.

ISBN: 99923-78-47-6

e-mail: operdomo_leon@yahoo.com

Collage de la portada:
©Óscar Perdomo León.

Todos los derechos reservados. No puede ser reproducida total ni parcialmente esta publicación, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo, por escrito, del autor de esta obra.
Dedicatoria

A vos te dedico este humilde poemario,
a vos
que te conocí o creí conocerte,
a vos
que alguna vez me conociste…

“No huir jamás de la mujer ni de la poesía,
difíciles, pero reconfortantes.”

Italo López Vallecillos.

CONTENIDO

Primera Parte
EN LA INTIMIDAD
1-La razón
2-Breve retrato
3-Creación de la belleza
4-Vos
5-Cortometraje
6-Hambre de hembra
7-Nuestra memoria
8-Creo
9-La canción
10-Lo que me hizo cantar
11-Para llegar a vos
12-Tu memoria
13-En la intimidad

Segunda Parte
NOCTURNOS
I

II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX Noche
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
Parte Final
LAS PALABRAS
1-Las palabras
2-A manera de epílogo
Primera Parte
EN LA INTIMIDAD

LA RAZÓN

Cerremos las ventanas y las puertas, abramos el corazón y los sentidos, subamos hasta el vértice del orgasmo y bajemos la guardia para siempre. Que esto no es la guerra, que la emoción de mi sangre no es la muerte, que ese gesto tuyo y febril no debe reprimirse: desde hace dos años la vida vibra en nosotros.

Todo movimiento es ahora explosivo, es agradable, es gratificante. Nada podrá inundarnos de frío, algo en el pecho nos da la fuerza, todo en derredor propicia el amarse.

Arriesguemos en secreto muchas cosas, que te quiero y no hay razón más convincente.

BREVE RETRATO

Tus ojos: húmedas lámparas, de finos musgos y delicadas algas.

Tus cejas: mínimas cordilleras por donde transitan, absortos, mis ojos.

Tu nariz: fresca ternura, elementales hojas.

Tu boca: la palabra, el beso, la mina de diamantes.

Tu cabello: mutación de coral oscuro, vegetación de terciopelo.

Tu voz: un intenso relámpago, iluminando mi oído.

Tus pies: la perfección, la imparable belleza.

Tus manos:
maravillosas herramientas, bronce en movimiento, materialización de la caricia.

CREACION DE LA BELLEZA

Una fascinante noche se inmovilizó para convertirse en cabello; la mano inmortal de un artista tomó el pincel, mezcló los grises y los cafés y pintó unos ojos; un ramo de tiernas izoras se derritió y deslizó hacia el molde de una boca…

La Energía Universal pensó: tomaré la frescura de la niebla de Apaneca y la pondré en la piel; vaciaré la miel del más grande panal y la convertiré en sonrisa; acumularé los limpios líquidos de la tierra y los inyectaré en los tejidos para inventar agilidad y juventud; sujetaré una conciencia, la besaré y acariciaré y le daré un nombre: Elizabeth…

La multilateral y compleja Naturaleza había hecho un milagro.

Mujer de piel dorada, de un claro nacimiento de agua salió tu cuerpo de princesa.

VOS

Vos, flor de algodón -encaje blanco-, fresa de la montaña -olor de transparente laguna-, pasto fresco donde mis manos de insecto aprenden a caminar.

Vos, libro interminable, vino fuerte que no invita al estupor, paloma volando con el canto sensual en las manos.

Vos, tierna y morena, dura y rebelde, forjadora del amor, telar de caricias y colores.

Vos, la más hermosa, caminás con la luz en mi pecho.

CORTOMETRAJE

Yo estuve con vos en una inmensa y peligrosa selva. Los rumores lejanos, el viento húmedo y fresco, el atardecer doloroso en el cielo, como una gigante y sensible acuarela, los olores diversos impregnando nuestros cuerpos y un claro satélite esférico como un gran ojo celeste atisbando nuestros movimientos, eran una increíble película de aventuras y de amor.

Corríamos descalzos invadiendo rincones florecidos. Observábamos arañas exóticas, tigres acechando en la espesura, aves extrañas y sin embargo hermanas de nuestros corazones. Pero, Elizabeth, tus ojos maravillados eran una colosal multiplicación de la selva: en ellos viajaban el asombro, la belleza y la energía.

Suspiré, me acerqué a tu oído y dije: tus manos están hechas para sostener las rosas rojas y amarillas, las salvajes izoras o el amor abriéndose como un tierno capullo.

Entonces te volviste y miraste fijamente mi rostro. Abrí mis ojos y, sorprendido, me di cuenta que no estaban a mi alrededor ni vos ni la selva. No había nada. Sólo la oscuridad y mis latidos.

HAMBRE DE HEMBRA

Sos la violeta bajo mis ojos; sos mi vicio más fuerte, no lo niego; más no voy a dejarte. No te dejaré porque en tus muslos –con vellos de durazno- corriendo con mis dedos como en una playa solitaria, me encontré a la orilla del deseo. Sos la muerte de mi hambre. La vigilia de mis noches.

…mi mano descendiendo de tus pechos hábilmente hasta la tierna piel que hay entre tus muslos y mientras tu cuerpo bajo el limón de mis caricias es un molusco retorciéndose y tus ojos se cierran con fuerza y tus arterias enrojecen, tus labios susurran, entre el calor y mi leve sonrisa, algo amoroso que no debo escribir…

…tus piernas envolviendo mi espalda, tu ombligo y el mío besándose entre sudores, mi boca y tus labios, amor, son entonces dos tibias habitaciones albergando a la avidez… Sos la abundante hembra de mis noches, la tierna colina en donde descubro caminos, la que bulle magnánima en mi sangre, la Venus de mi carne, la única.

NUESTRA MEMORIA

I
La vida se diluye como una espiración de humo que ya no podrá ser la que fue.

¡Qué breves criaturas somos! Por eso importa tanto el sentir y el pensar. Llenarnos la memoria de atardeceres y de hojas, de arroyos y de libros, de besos y de noches, de cantos y de risas.

II
Ojalá, Elizabeth, pudiera perseguirte y mirarte haciendo cosas, diciendo palabras, llenándote de alegría. Yo, con la sorpresa en mis manos, interrumpiría tus actividades para besarte la boca y las mejillas.

III
Estoy mirando caminos. Estoy mirando tu rostro. Entrego desnudo el corazón para dar lo más puro que tengo. Hay inmensos jardines hoy mirándonos y hay, nadando, un extenso pasto bajo nosotros.

Enviémonos mensajes y respuestas, que si lo sentimos existe.

Elizabeth:
que tus manos lo perciban, que tus ojos lo vean, que tus labios lo quieran, que lo archive tu memoria.

CREO

Creo en la sal y en la luna, en la lluvia, en el viento y el pan. Creo en los milagros y la voz femenina, en el porvenir incierto y en el eterno presente, creo en la madera, en las sinceras flores y en las estrellas.

Creo en los cuerpos y en los bosques, en los aromas y en las semillas, en las diversas aves y en las montañas, en los senderos y en los abismos.

Creo en el inconcebible proceso de la vida y en los recuerdos que nos dan un baño de alegría.

Creo, Elizabeth, en tu estimulante compañía y en las verdes hojas que respiran.

Y entre la vida y la muerte, beso la sangre que palpita.


LA CANCIÓN

I
Quiero quedarme largas horas a solas con vos sin que nadie nos mire. Quiero que me digás palabras sensuales al oído, vocablos tuyos para mí que nadie habrá de escuchar. Tenés la edad en que el goce de la piel es el vicio más sano que pueda haber. Sos excitante y bella; tu cabello de obsidiana es suave y ondulado; tus brazos de vara y barro, como dos antiguas construcciones mayas se aferran a mi cuerpo en movimiento; tus manos son las manos más bellas del mundo; tus pezones, como dos pequeñas ciruelas rosadas, se hunden en mi paladar siempre que te tengo; el Monte de Venus arde rápido como el ocote cuando lo palpan mis dedos y cuando toco más abajo es el pie húmedo de un caracol lo que toco; tus extremidades inferiores son dos impresionantes pinos salvadoreños cuyas copas terminan uniéndose en millares de hojitas aciculadas y negras, ensortijadas, burbujeantes, formando el fragante triángulo que me gusta…

Elizabeth: sos una mujer bonita y milenaria.

II
Emplazándome a una fiesta de silencio comunicativo con la mirada bordada de palabras, envolvés mis ojos, desatás mis manos, gritás el latente poema. Una caricia, esta noche, es una flauta. Un beso, un violín. Se ha abierto ya la puerta que querías. Pero nos detenemos En el umbral nos detenemos un poco, un poco más, haciendo la mejor melodía…
D
e
s
c
i
e
n
d
o
la prenda interior, de vos, con cuidado, sin prisa, continúo con paciencia, nos amamos, sin bruscos movimientos empezamos… somos la canción, somos la canción…

Somos la canción de la humana libertad. La canción en movimiento. La reivindicación de la verdad.

Somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción…

Fuimos… (hemos terminado el primer viaje de la noche).

III
Yo amo los cuartos oscuros donde los sonidos son la luz. Ahí donde mis escrutadoras pupilas verdes se dilatan vanamente por encontrar tus ojos oscuros, donde mis labios pueden ver tanto, donde mis manos observan tus piernas claramente y obtengo tu voz palpable y el tacto se nos vuelve palabra. Nuestros movimientos se sincronizan y los cuerpos pasan a ser dos libélulas volando unidas sobre una tenue humedad y sobre un estuario de sábanas blancas, floreadas… (Y me has contado luego que relámpagos de tu pensamiento vagan en rostros y habitaciones que de pequeña conociste; que te sentís niña escalando árboles…)

Yo amo los cuartos oscuros donde nos desarrollamos sobre contracciones dinámicas y calores…

LO QUE ME HIZO CANTAR

Esa tu calma reposando en un pilar de cemento, combinada con la belleza de tu cabello largo, con tus ojos como catedrales en una noche iluminada a medias, con tu cuerpo que es la Venus de Milo sin mutilar, más un gozo de sensibilidad humectada de hermosa sencillez cuando leés un poema y sumado todo a la callada mañana de invierno en San Salvador, fue lo que me hizo cantar en el interior de mi mente una grey de hosannas amorosas y tiernas, llenas de locura infantil, invadidas con fuerza y razón por un cometa mío que se llama entrega, mostrándome a mi mismo, el ardor lejano, la ancestral fogata interna.

PARA LLEGAR A VOS

Existen mil maneras de avanzar en la vida. Quiero ser un barco que conquista el horizonte, haciendo de los delfines sus amigos. Quiero ser una pequeña rama que crezca veloz y ofrezca frutos.

Quiero volar con la elegancia del buitre y como un colibrí conseguir mi alimento. Quiero ser ladrillo y cemento para levantar tenaces sueños. Quiero de los canguros aprender el amor que dan a sus crías.

Quiero, Elizabeth, tejer con las palabras abrigos y besos para tu mano. Quiero cortar la flor más bella para sembrarla en mi pecho.

TU MEMORIA

Yo recuerdo que un día caminamos los dos, agitados por el sol y el polvo del mediodía, por las calles del centro de San Salvador. Era un día como todos; pero sé que te dije que en algún momento moriría la atracción nuestra y mutua, en manos de dos enemigos infinitos: el tiempo y la rutina.

Y ya ves que tuve razón. Pero vos olvidaste decirme que me olvidarías tanto y tan pronto, que hoy me sorprendo al saber que a la memoria se le mueren pedazos todos los días, cada minuto. Más quiero decirte que los pedazos tuyos que tengo están todavía riendo y llorando, corriendo en mi vida. Y quiero decirte también que me siento resentido con vos o con tu memoria o, en fin, con ambas.

¿Es que no te acordás de esta cabeza que siempre pensó en tu vida? ¿No te acordás de esta mirada herida y sin embargo limpia? ¿Y de estas manos con versos para vos no te acordás tampoco?

EN LA INTIMIDAD

Una lámpara esparce, sigilosa, una infinita red de luz. Sobre la sábana, a la orilla del regazo, un libro, esperando…

Y en todo el cuarto el dulce aroma de tu cuerpo, prolongando el secreto de tu cura.

Nos hemos conocido apenas ayer; pero hoy estás aquí en mi cama arañando hermosamente mi soledad. La tiniebla de los párpados sumada a tu cuerpo, es una escandalosa ola que golpea y arrastra. De tus pechos las luces, por una extraña virtud, silenciosas penetran en mí con audacia, disipando el laberinto de mi angustia. Con la tempestad de tus manos se me ha muerto el frío. En derredor la lucha se ha tornado fácil.

Sin temor cortaste con prisa la evolución de mi tristeza.
Quedate, dulce inhibidora de frío. Alumbrame. Cubrime con tu red infinita.

Segunda parte
NOCTURNOS

I

Inútiles
los ojos,
débiles
las manos,
paupérrima toda la mujer
si un hombre no la ama.

Triste el hombre,
renco y pobre,
si no lo ama
una mujer.

II

Mi amor, la luna –círculo de plata-
contiene soledades y sollozos,
estrellas –asteriscos luminosos-
que siempre la rodean. Es la ingrata

piedra que rueda sobre los caminos
oscuros y templados, en tu ausencia.
Yo me dejo alumbrar y la impaciencia
pervierte mis ideas, mis destinos.

¿Soy acaso el culpable del pantano
en el que nos hundimos, corazón?
¿Soy acaso de la pena el hermano?

Elizabeth, la luna me vigila.
Sin tu piel se empobrece mi razón.
La noche sin tus manos me aniquila.

III

El frío
se me cuela hasta los huesos.
El calor
es un tizón sobre mi pecho.

Tu ausencia
es mi única compañía.

IV

La madrugada
cae
como un vértigo
negro,
giratorio,
sobre mis pupilas.

Cierro los ojos
y siento mis latidos.
Recorro
mis arterias
como navegando
en calles inundadas
por huracanes
terribles.

Los olores de tu cuerpo
asaltan mi recuerdo.

V

Esta tarde me invade un sentimiento
profundo y afanoso de ver mares,
inventar mariposas, ver azares…
tocar un elefante… Yo no miento.

Preciso de verdad y sensaciones,
de mi amor y de un ciento de cantares;
yo quiero disfrutar de los manjares
que están bajo tu falda; los aviones

que abundan en mis sueños y en mi aliento
quiero verlos volar en mis canciones
y pintar con mis manos todo el viento

que se escurre en tus ojos y cabello.
Yo quiero firme hacer las invasiones
más profundas de amor, con sexo bello.

VI

¡Qué sensibilidad la que hay en nuestros
besos! Hay un millón de tiernas aves
cantando en nuestros cuerpos. Sé de claves
y mañas para hacerte los secuestros

de alegría, sabor e impaciencia
que ocultás en tus piernas. Tengo llaves
con las cuales echar a andar tus naves
de deseo –mi amor y amada ciencia-,

tus francas intenciones de desvelo,
tus gestos sensualmente lentos, tiernos.
Yo con tranquilidad levanto el velo

oscuro y transparente de tu hombro.
Nos enredamos en bellos infiernos.
Y, al amanecer, nos roza el asombro.

VII

Hay inmensos jardines hoy mirándonos.
Inventa mi salina un remolino,
alimentando un cálido destino,
encima de un pezón febril y guiándonos

hacia todo el sabor que ya sabemos;
pero de novedoso siempre explota
en un tierno regalo y no se agota…
Hay luces en la mente en que nos vemos

perdidos y subiendo sin tropiezos
hasta donde apetecemos hoy llegar.
Y como si del mundo los comienzos

fueran: dos primitivos que se imponen,
que sienten y no maduran, a callar
dos sonidos de brasa se disponen.

VIII

El ocaso
es el índice
que señala mi herida.

IX
NOCHE

Noche,
caótica estructura
donde se desarrollan
mi locura y mis ansias,
fuente del abismo donde caigo,
perfume que me aroma por momentos…

Poblada
de grillos cantores
envolvés con tu sinfonía
las largas horas de espera…

(¿Dónde están tus ojos,
Elizabeth?
¿Qué observan?
¿Qué móviles ideas
corren
y se entrecruzan
en tu mente?
¿Estoy en alguna de ellas?)
Noche:
caótica
estructura
donde se desarrollan
mi locura y mis ansias…

(Cerré las puertas del sueño
y corrí y corrí por las negras praderas,
rompiendo el aire frío,
los canales de agua vital bebiendo,
los poemas de amor amando…
Recordándote siempre -oh, lejana-,
reconquistando tu presencia…)

(La madrugada cae
como un vértigo negro…
Cauterizo mis heridas escribiéndote, Elizabeth,
creyendo que cada letra que hago
explotará telepáticamente en tu cerebro
como el placer más bello
que se ha inventado;
pero todo esto
es sólo una fe dolorosa,
un desgarramiento íntimo,
un papel amoroso.)

Noche:
hay en tu cuerpo
una grey de astros
musitando los secretos
de un cosmos desconocido
que vibra de vida y de movimiento.

La luna y las estrellas
bailan
la eminente
danza espacial
-¡gravitación de acordes infinitos!

X

Soy el que agoniza. El conjunto unitario perdido en las matemáticas, que se pregunta por qué uno más uno es igual a: el amor que me negás y yo.

No hay suma. No hay multiplicación. Sólo la división de nuestros cuerpos, la temprana muerte del amor.

XI

Aunque a veces parezca que no te quiero
te llevo en la punta de mi lengua
y de mis versos.

Aunque a veces parezca que no te quiero
he memorizado el olor de tu piel
como mi melodía más querida.

Aunque a veces parezca que no te quiero
para mí toda la brisa del hombre
y la mujer
somos nosotros.

Y aunque nuestras vidas
sean dos ríos que divergen
sé que al fin un día nuestras aguas
han de llegar al mismo mar.

XII

Existen dos instantes perdiéndose
en un negro agujero de silencio,
sin poder festejar. Sobre un comercio
vago de caricias. Envolviéndose

en paquetes distintos. Enojados
por tristes razones. Alejándose.
Concurren instantes acercándose
en esta brevedad, frescos, no ajados;

instantes que por suerte son manzanas
rojas, vivas, jugosas, que se huelen,
que lamen el amor que hay en sus sanas

pieles. Vos y yo somos dos instantes
que se acercan y alejan y que suelen
ser -¡qué bien!- enemigos más amantes.

XIII

Tu nombre sonríe. Yo lo pronuncié
en cursiva
para que se me fuera
la soledad;
pero me siento como un niño
perdido en un desierto
gritando un nombre,
gritando un nombre…

Elizabeth
-infinita mirada oscura,
interminable ilusión-
desde que te conocí
y te sentí lejos
te agregaste sutilmente
a la angustia que mantengo.

Yo,
ciego de grandes dimensiones,
lúgubre palabra de amor,
vértigo interminable,
espejo roto en mil pedazos,
espero
un oído abierto a mis versos,
una piel en la cual guarecerme.

La noche con sus espinas de hielo,
se inserta en mi cuerpo,
desangrándome.
El sueño se me muere.
Fumo…
lloro…
y tu rostro me parece
una imagen que soñé.

XIV

El mundo es inabarcable
para un solo ser humano;
pero juntos

que nuestros brazos
serán más largos
para ese abrazo profundo
que necesitamos
darle a la vida.

XV

Este amor en desarrollo es un capullo humedecido, este amor libre es un río y su cascada.

Cómo quisiera ser la brisa que en tu cabello suelto hoy amaneciera, para desenredar de vos la frase de amor que mis oídos han anhelado.

Tuve un verso herido, que curó una sonrisa entusiasmada.

Yo no sé decir, yo no sé escribir esta emoción, la forma de vivir que, ilusionada, en mí se ha levantado.

Parte Final
LAS PALABRAS

LAS PALABRAS

I
La vida corre. Los sentimientos ascienden y caen, nacen y mueren, se retuercen de dolor o de placer; pero ellos nos empujan a decir cosas, cosas como las palabras que se queman dentro de mí…

Recuerdo una noche que soñé que estábamos una tarde junto a una pequeña laguna. Deliré que me decías: “Vení, vení…” Y yo al acercarme me sumergí en tus ojos -no sin un inmenso placer- como quien se hunde feliz en aquella pequeña laguna. Adentro se podía respirar tan fresca y libremente que yo quería vivir para siempre. Había un aromático laberinto por donde vagué sin temor durante largo tiempo, tocando sus paredes, acariciándolas. Después de muchas horas, al cruzar hacia un pasillo sin salida, me encontré con un ángel femenino que cariñosamente y con paciencia introdujo sus manos en mi pecho y extrajo de ahí, mientras me observaba sonriendo serenamente y sin quemarse las manos, las palabras que se queman dentro de mí.

II
Las palabras abren dos parejas de ojos claros y oscuros. (Ellos absorben incansables, como los pulmones el aire, toda la gratitud visual en la que nos hace creer el amor. Ellos, como limpias esferas de cristal, transparentan las emociones.)

Las palabras estrechan una pareja de manos fervientes. (De algún modo, que no entiendo detalladamente, el roce desprevenido de dos manos ha establecido ya un singular equilibrio en el amor universal.)

Las palabras, mágicas herramientas de la razón, se ven de pronto enlazadas a los sentimientos. Ellas cambian su forma. Una metamorfosis de belleza las posee y las convierte en obsequios, en intercambios amorosos (que sólo esas parejas pueden comprender).

Las palabras… las palabras… Algunas veces me pregunto si podría bastar con los ojos y las manos y son, acaso, las palabras una reiteración de lo que nuestros corazones ya saben…

A manera de epílogo

¿Por qué escribo? ¿Qué oscuro misterio pobló mi inexperta pluma? ¿Qué encendida fuerza empujó a hacer tuyo, mi amor, lo que sólo a mi pertenecía?

Yo te digo, muchacha de calor humano, que las casas y los aviones, que los desatornilladores y las cortinas, que los lápices y las calles, emergieron de las manos del entusiasmo. Cada objeto maravilloso, usurpó, del corazón del hombre y de la mujer, una pequeña porción de vida. Yo inventé una combinación de palabras, unas páginas que son las hijas del lenguaje que me heredaron. Pero también son nuestros retoños –tuyos y míos-, porque bastó con las semillas de tu presencia para que de mi tierra infértil, nacieran como frondosas ceibas o como tiernos claveles. (El entusiasmo. Esta es la palabra. Válgame su energía en los duros días que me aguardan.)

Pero mi amor, ¿qué son estas pobres inspiraciones? Son únicamente símbolos, acercamiento a lo que realmente importa. Son representaciones de los sentimientos, de los verdes amores y de la gris nostalgia. Son una tempestuosa tormenta tratando de apagar el fuego de tu dolor, ese tu dolor que yo comprendo. Son –dichos con la más breve y sincera frase- el amor cultivado.

Óscar Perdomo León.

4 comentarios

  1. Gracias a usted, Katheryn. Me alegra que le haya EN LA INTIMIDAD.

    Quiero contarle que estos poemas se gestaron allá por 1984-1986, es decir, hace casi 26 años. Algunos, muy pocos, son más recientes; pero básicamente EN LA INTIMIDAD fue hecho en aquella época del siglo pasado.

    Un saludo fraterno para usted.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s