Esta semana les comparto un escrito de Flavio Menjívar, amigo de mi hija Beatriz Andrea. Mi hija falleció el 03 de octubre de 2019 y Flavio escribe esto a un año de su muerte.

Qué buen retrato psicológico hizo Flavio de mi hija. Su escrito me parece muy conmovedor y divertido al mismo tiempo. Puedo escuchar la voz de la Bea en este diálogo.

Lo publico con el permiso de su autor.

***

HE VENIDO A VERTE A TU TUMBA

Escrito por Flavio Menjívar.

Émely Quintanilla, Flavio Menjívar y Nuryel Santos.
3 DE OCTUBRE DE 2020

—¿Qué tal ha ido todo?

—Bien. Un poco frío, un poco solo, pero bien.

—Lamento que no vengamos tan seguido, que tardemos tanto.

—Tranquilo: ustedes no tienen por qué venir a cada rato: yo estoy lejos y ustedes no pueden estar siempre cerca. Sé que es difícil. Sé que son ustedes los que pueden moverse y yo no; sin embargo, yo no paso haciendo mucho; ustedes sí.

—Supongo que sí. ¿Y qué es lo que solés hacer aquí?

—Pues todos los días escucho los pájaros que empiezan a revolotear desde bien temprano y que bajan a la UCA; veo todos los días los albores: es un espectáculo precioso. El mediodía es cuando más sola me siento, pero se pasa rápido; de vez en cuando viene uno que otro perrito callejero a jugar: a veces se acercan y los acaricio en la cabeza. Me gusta verlos corretear. Ya por la tarde los pajaritos vuelven de la UCA y presencio junto a ellos el crepúsculo. Después cae la noche. Generalmente tengo una hermosa vista de la luna: no me quejo. Luego de eso, todo vuelve a empezar.

—La vida es ciclo.

—Y la muerte.

—La vida y la muerte son ciclo.

—La vida y la muerte no son fin ni principio, sino cambio.

—Cambio de estado.

—Cambio de parecer.

—Cambio de ser.

—Del todo a la nada.

—De la nada al todo.

—Somos parte de la Unidad.

—Pero no somos la Unidad.

—Somos parte del Todo.

—Pero no somos el Todo.

—No, no somos el Todo: somos nosotros siendo parte del Todo.

—Extrañaba poder hablar así con vos.

—Extrañaba hablar.

—¿No hablás acá?

—No. Hablo en mi cabeza. No es necesario hablar.

—Sí, es cierto. Yo suelo recordarme de vos, muchas veces. No recordaba bien cuánto te extrañaba. Quizás huía de eso.

—No te preocupés: todos huimos. Yo ya no necesito huir, pero vos, Kakito, vos lo necesitás para poder seguir; sé, no obstante, que un día vas a trabajarlo.

—Es justo.

—Es necesario, ja, ja, ja.

—Sí… es necesario. ¿Por qué creés que huyo?

—Bueno: necesitás hacerlo: tu vida no se ha congelado en el tiempo: sigue, y hay tribulaciones que te hacen negar ciertas vivencias para que podás enfrentarlas. Pero no te preocupés por eso: sé que me llevás en tu corazón.

—Sí, en mi corazón… Nos unen muchas cosas… Nos une Roque Dalton.

—La poesía.

—La literatura.

—La filosofía.

—Nosotros.

—Sí, nosotros; en verdad, nosotros.

—Hacía mucho tiempo que no hablábamos en verdad. Te extrañaba.

—Obvio, ¿quién no va a extrañar a esta mujer increíble y empoderada?

—Ja, ja, ja, tenés razón.

—¿Pero sabés?

—¿Qué?

—No me gusta que me extrañen.

—¿Por qué?

—No es bueno.

—¿Por qué lo decís?

—No sé, yo digo.

—Extrañar es natural.

—Me siento como una carga.

—¿Una carga?

—Sí: como una piedra que ustedes llevan en la espalda y que es puntiaguda y afilada, como la obsidiana; una carga que se les incrusta cuando son conscientes de que está ahí.

—No sos una carga: nunca lo has sido. Sos como una rosa entre las manos o entre el pecho; una rosa con unas dos o tres espinas.

—¿Por qué dos o tres espinas?

—Siempre fuiste demasiado honesta: era tu virtud, tu don y tu maldición. Siempre trataste sin solemnidades y con algo de sorna todo: esa eras vos… no, esa sos vos.

—¿Pero a qué te referís con las espinas, pues?

—Ja, ja, ja, dejame terminar.

—¡Ash!, dale, dale.

—Sos una rosa con dos o tres espinas que, cuando uno es consciente de que la lleva adentro del pecho, con las espinas, le recordás a uno todo aquello que uno no quiere decirse a sí mismo, o aceptarlo. Esas dos o tres espinas son tu sinceridad, esa misma que no podemos tener con nosotros. Y sos una rosa porque sos única en el mundo. Y aunque tengas dos o tres espinas, con la suavidad de los pétalos nos recordás que somos amados, que nos amaste y que nos seguís amando. No importa el tiempo en que nos conocimos, lo que duró ni nuestras distancias.

—Gracias… Imbécil, mirá lo que me hacés hacer.

—Ja, ja, ja, ¿yo qué he hecho?

—Nada, nada…

—A ver, venite, no quería hacerte llorar. ¿Puedo abrazarte?

—Solo porque tengo mucho de no verte y no sé cuándo vamos a volver a vernos.

—¡Callate, maje, ja, ja, ja! Ese es nuestro secreto.

—Sí, yo sé, yo sé. Era gracioso.

—Siempre lo fue.

—Te encantaba que entendiera a qué putas te referías.

—Ja, ja, ja, obvio. Sos un enfermo.

—Igual que vos.

—Sí, es cierto: no lo niego.

—Ja, ja, ja… tanto tiempo de no reírme con vos.

—Tanto de no recordar…

—Tanto de no sentir…

—Tanto de no llorar por una causa justa…

—Tanto de no revivir.

—Ya se te está agotando el tiempo. Tenés que volver.

—No quiero. Me gusta estar aquí. ¿Puedo quedarme un rato más?

—Podés… pero después no digás que es culpa mía.

—Ja, ja, ja, para nada: esta es mi decisión y aceptaré las consecuencias… Bea…

—¿Sí?

—Te voy a decir algo raro, pero espero que no te sorprendás.

—Dale.

—¿Puedo agarrar tu mano solo un momento y apretarla fuerte, como amigos que somos; no, camaradas que somos?

—¿Por qué me preguntás eso?

—Porque te extraño mucho, y no sé cuándo voy a volver a verte. Porque yo no estoy aquí: yo estoy allá, y ya ves que ese mundo tan limitado en el que vivo parece hacerme depender mucho de lo simbólico de las sensaciones físicas.

—Ja, ja, ja, este Kakito. Dale, pero te voy a contar 10 segundos.

—Gracias, Bea…

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, ¡listo, maje, soltame!

—Ya, ya, ja, ja, ja… Lamento si te lastimé.

—No fue así, no te preocupés… Al contrario: lamento si yo te lastimé a vos.

—¿Vos a mí? ¿Por qué?

—A veces era muy dura con vos…

—Mirá, creo que nunca tuviste malas intenciones. No eras dura, eras sincera.

—Un día te sentiste mal…

—Sí, pero luego comprendí que no lo decías en serio: acordate de mis problemas para procesar todo.

—Bueno, pero igual: dejame disculparme y ya: yo tampoco sé cuándo voy a volver a verte y quería decírtelo. Vos aceptalo y ya, y si no lo aceptás pues a mí me vale verga porque ya te lo dije.

—Ja, ja, ja, “pues a mí me vale verga”: cuánto extrañaba oírte decir eso.

—Lo sé, soy increíble.

—Lo sos.

—Gracias…

—¿Por qué?

—Por venir, por visitarme, por no olvidarme…

—¿Olvidarte? ¿Qué estás diciendo, Bea, loca?

—No sé, podrían olvidarme.

—No. Ya te lo dije: sos una rosa única en el mundo: recordá lo del libro: “Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…”

—Domesticar…

—Sí, domesticar, Bea: nos domesticamos. Henos aquí ahora.

—Gracias…

—A vos.

—A la vida.

—Por habernos…

—Conocido.

—Creo que debo irme ya.

—Ya es tiempo: ya no te queda nada.

—¿Puedo abrazarte una última vez?

—No. Yo te voy a abrazar, y luego te vas.

—Está bien.

—Bueno, andate ya: ¡se te escapa el tren, Esponja!

—Ja, ja, ja, para nada: lo tengo todo controlado.

—Cuidate…

—Cuidate vos también.

—No me olvidés…

—No.

—Ja, ja, ja, es broma: ¡obviamente no podrías olvidar a una rosa única en el mundo!

—¡Te quiero muchísimo, Bea, hasta la próxima!

—…

***

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