DOS FRAGMENTOS DE DIARIO PROHIBIDO. Aniversario.


Hace más o menos diecisiete o dieciocho años nació en mi cabeza la idea de escribir la novela DIARIO PROHIBIDO. Escribí unos fragmentos y me detuve por un tiempo; sin embargo logré concretar la idea hace más o menos ocho años. Recuerdo que los pensamientos estaban desordenados en mi cabeza, pero yo no paraba de escribir. Poco a poco me di cuenta que algunas de las cosas que había escrito primero eran parte del final y que otras eran parte del inicio o del medio. Ponerlas en el orden correcto fue lo que más me costó, porque en cuanto a ideas, éstas me fluían con facilidad. En agosto de 2003 salió publicado DIARIO PROHIBIDO, mi primera novela. He aquí dos de los primeros fragmentos que escribí. Uno del capítulo I y otro del capítulo VI.
(NOTA: Gracias a AFRO AZUL por sus palabras. Me alegra mucho que le haya gustado mi novela.)

I

Hay un misterioso y sereno placer en ver cómo la otra persona disfruta verdaderamente de una relación sexual. Y es un sistema totalmente complementario: una persona se entrega deliberadamente al placer y la otra se llena de determinación para hacerla feliz; y luego los papeles se invierten. A veces las vías corren en ambos sentidos. Es la naturaleza humana. Es la sabiduría de la naturaleza.
No hay nada más placentero que caminar besando las colinas y los valles más estrogénicos, sentir el perfume de la piel, no importando el color, la tonalidad, sólo reconociendo la diferencia entre una y otra y disfrutándolo. Cada piel, como ya es sabido, tiene un aroma peculiar.
Sentir cómo se humedece de placer una hembra, es haber vivido felizmente la lluvia, es haber explorado el complejo universo y hurgado, al mismo tiempo, la simplicidad de un cabello. Saber que una mujer voluntariamente se deja poseer físicamente sin reparos y ser uno el afortunado que toca y saborea, es algo que las palabras apenas pueden explicar…

VI

Lorena se levantó, entró y salió con rapidez del baño, pensó vagamente en la noche que acababa de pasar y salió apresurada de su casa. Vio que los carros congestionados y los buses, más que todo, parecían una alfombra de humo gruesa, que los estudiantes se atropellaban entre sí corriendo a sus clases, que dos jóvenes enfermeras que esperaban bus reían sin razón, que las canasteras y los mecapaleros se movían ofuscados, y vio con asombro, además, como el silencio interno que usualmente la acompañaba, caía brutalmente asesinado a puñaladas por un pequeño monstruo nacido hace poco en su pecho, que le golpeaba internamente el tórax ventral sin descanso y como con odio.

Las calles húmedas por el aguacero de la madrugada empezaban a secarse por el calor de la mañana, se evaporaba la lluvia lentamente, bailando hacia el cielo un zigzag mojado sin color, en tanto un árbol de cortés blanco, que se sentía avergonzado sin su amarillo, pegó un suspiro quién sabe de qué, y las incontables paredes manchadas continuaban gritando injurias incansables, mientras un remolino de viento ralo se cruzaba por la veinticinco avenida y una lluvia de zanates caía sobre un árbol de fuego, erizándolo, y los ancianos tirados en la acera, recostados en las paredes del hospital Rosales, despiertos ya pero soñando aún con la gracia de Dios que nunca llega, se abrazaron a su soledad para no sentirse solos, y en lo alto de un Amate -lento temblor de hojas- tres pajaritos celestes pregonaron sinceramente a Lorena un amanecer sin amanecer, un pozo que falta mucho que excavársele para encontrar agua. La mañana, retorcida como pañal de trapeador y tendida en una pita del patio, había entrado ya en confianza con la ciudad.

Lorena se perdió entre la multitud acalorada y sintió un exasperante frío. Se detuvo en la parada de buses. Su rostro era casi sereno. “En un lugar pequeñísimo, visto desde el mapa-mundi, hace 26 años encontré un día la vida” , pensó Lorena. Cruzó los brazos, se recostó en un árbol vecino y siguió pensando: “Un día escribí, hace dos años, un poema premonitor de esta pena, que hoy también es, de alguna manera, un consuelo. En esos versos dije, con otras palabras, que perdemos porciones de la memoria en el curso del tiempo, con lo cual me refería, en realidad al amor. (¿Podré no amarlo algún día?)”. Su rostro se marcó entonces con las arrugas de la frente. Sacó un cigarrillo y lo encendió con aparente tranquilidad. Y, como si el humo fuera su boleto de viaje o algún artificio mágico, tomó vuelo mentalmente hasta su pueblito perdido y refundido en el país; recordó las calles empedradas y el parque solitario a las diez de la noche; recordó caras conocidas; pero principalmente la de sus amigas de infancia… Las ideas entretejidas burbujeaban en su cabeza. Apretó con los dedos el filtro del cigarrillo y trató de volcar su mente en otra cosa.

-¡Mercado Central, simanes, hospitales, véngase atrás, véngase, véngase! -gritó de repente un cobrador de bus de aspecto sucio- ¡Vaya, niños, pasaje!

Lorena absorta en sus ideas dejó pacientemente que toda la gente subiera al bus, quedándose de último, mientras daba el último sorbo profundo al cigarrillo. Dentro del móvil vio rostros comunes pero desconocidos. Percibió el mal aliento mezclado con perfumes y sudores. Escuchó voces ininteligibles y monótonas. Pensó nuevamente. El aire fresco del apretado viaje se le metía en los ojos; se colocó unos lentes oscuros y bajó del bus. No era la parada donde debió hacerlo, faltaban como cinco calles, así que caminó bruscamente. Siguió pensando.

Un hombre delgado con silencio en los ojos la esperaba en un cafetín, ni tan vacío ni tan lleno, de puertas de vidrio e impregnado de un olor a pan dulce. Lorena se acercó al cristal y lo buscó. Entró y caminó segura hacia él. Su novio (o mejor dicho, su ex novio), observó la cabellera abundante, las manos bellísimas, el rostro inconfundible. Ella lo vio. Sonrió, casi como una obligación. Se observaron a los ojos, pero él no pudo sostener la mirada ni un par de segundos. Había entre los dos fuerzas eléctricas invisibles golpeándoles el pecho, aunque por razones distintas; a él por la humillación de haber sido descubierto; a ella, por la desilusión y el dolor de saberse engañada. Se miraron nuevamente a los ojos y, como perdidos en un laberinto de asombro y de incomodidad titánica, enmudecieron un par de segundos -profundos como huellas de una edad prehistórica- y al sentirse extraños, metidos en ese trance, huyeron de él y volvieron al pasado más cercano. Él intentó atenuar la situación:

-Fueron dos años que no voy a olvidar nunca.

-No es necesario que hablés. Tus ojos me lo han dicho todo -murmuró ella, y reconoció en sus labios el amor de antes. Y lo recordó con los ojos callado; pero gritando con su risa inconfundible. Y sintió, por primera vez con tanto ardor, en todo su ruidoso pecho y en toda su extensión, como el derrumbe de las horas (que eran como meses) de soledad amodorrada, de las horas caídas unas sobre otras como capas de suelo sin erosionar, pero inmensamente pesado, caían sobre ella. Sus ojos, sin embargo, eran casi serenos.

(Lorena sabía quien era la tercera persona -ese número necesario para que exista la traición-, sabía que era una mujer que esquivaba la mirada y tenía el rostro taciturno. Su nombre era Gabriela, a quien Alfredo conocería un par de años después. Lorena la había visto ya un par de veces. Y un día tuvo un sueño premonitorio de que su novio la engañaba y otro día lo encontró a su novio con esta mujer besándose en el cuarto de médicos del hospital. La noche de ese día Lorena no supo si sentía que Dios era real, porque cría entender que esos presentimientos oníricos hechos realidad eran su lenguaje o porque la apresaba una soledad que dolía vivamente.)

En el cafetín no hubo gritos ni reclamos (el amor no se exige, sólo se da y recibe); Lorena sólo necesitaba verlo a los ojos por última vez. Él trató de hablar, pero ella se lo impidió. Sin decir adiós Lorena se marchó.

¿Cómo saber, como describir la soledad y el desamparo que siente en una mañana ya marcada una mujer enamorada y engañada? Los poetas frecuentemente se alimentan de temas como éstos. La Historia Universal jamás registra las batallas individuales de personajes desconocidos. Los parientes cercanos pocas veces entienden el desgaste y el cansancio que conlleva algo tan simple y común como una traición de amor.

Lorena: una luna llena de incandescente fulgor estalló en un millón de fragmentos dentro de tu pecho y una oscura noche te colmó hasta los huesos.

Lorena caminó largas horas sin un destino, entre el tumulto de personas del centro de San Salvador. Los recuerdos se tomaron pedazos del herido tiempo de ambos. No existía más la esperanza mutua.

Seguían lloviendo zanates en un árbol vecino…

Texto y fotografías:
Óscar Perdomo León

Dibujo realizado por
María Gracia Araujo Romagoza
Esta novela la pueden leer completa en este mismo BLOG siguiendo esta dirección:http://lacasadeoscarperdomoleon.blogspot.com/2009/03/diario-prohibido.html

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