LA AMISTAD

¿Cómo definir la amistad?

Quizás la mejor manera de definir la amistad, es decir que un amigo es aquel que se alegra cuando algo bueno te pasa.

Un amigo es aquel que te apoya durante los tiempos difíciles, es aquél al que le podés contar todo sin que se resquebraje la comodidad de estar junto a él (o ella).

Una amistad verdadera se mantiene sólida a pesar de la distancia y el tiempo.

Ahora bien, cuando esa amistad es además una hermandad, eso es algo bello.

Gracias, Wendy. Gracias, Mario.

 

Escrito por

Óscar Perdomo León

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CONFIESO

 

Confieso sin remordimientos que…

Amo el sabor del café negro y de la cerveza fuerte; también me encantan los labios suaves de esa mujer.

Odio las armas de fuego, sencillas o sofisticadas, porque sólo sirven para producir viudas y huérfanos.

Me gusta ver cómo me persigue con la mirada, el individuo de la foto, cuando la persona ha sido fotografiada mirando directamente al lente.

Odio el sonido estridente que ensucia mis oídos, especialmente el de las motocicletas.

Me gusta verme sobrevivir a todas y cada una de las pérdidas sucesivas,  navajas que con dolo y alevosía me han rebanado el corazón. Continue reading “CONFIESO”

DIBUJO EN EL OCASO

 

Aguacero

Ella caminaba por el pasillo de un supermercado. De pronto, en la fila de la caja para pagar, vio a un sujeto que le pareció conocido.  Caminó hacia a él y le habló, al mismo tiempo que tocaba su espalda:

-Don Jorge.

El sujeto giró hacia ella y sonrió. Ella tuvo una reacción inmediata de avergonzado asombro. Él le extendió la mano y ella le correspondió con la suya, mientras sonreía sonrosada.

-¿Cómo estás?

-¡Disculpá!   Te confundí con alguien. Estoy bien, estoy bien.  ¿Y vos cómo estás?

Habían sido novios durante dos años y habían pasado trece años desde la última vez que habían hablado. Continue reading “DIBUJO EN EL OCASO”

DESEOS POST-MORTEM.

La muerte de uno mismo es un tema grande e importante del que a veces no nos gusta hablar; mas todos debemos en algún momento enfrentar esa conversación con alguien o, definitivamente, con uno mismo.

Afortunadamente aún estoy vivo y puedo seguir disfrutando y sufriendo esta vida. Pero, como ustedes muy bien saben, doña Muerte es una señorona muy caprichosa que nunca da aviso de la fecha y la hora exacta de su visita; por esa razón he escrito estos Deseos Post-Mortem.

Los pedidos que hago son simples; pero son también muy importantes. Si quieren de verdad honrar mi memoria las personas que me aman o tienen algún afecto hacia mí,  les pido que cumplan los siguientes requerimientos. Éstos los he escrito un 31 de julio de 2017, en pleno uso de mi razón y de mis derechos como ser humano. Continue reading “DESEOS POST-MORTEM.”

NADA HA SIDO MÍO

 

Nada ha sido mío.

 

Hay un sordo resplandor que late y me susurra que sólo un abrir de ojos ciegos es la vida.

 

Inspiro oxígeno y exhalo palabras. Un eco lejano me dice que la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda.

 

Sólo la poesía ha podido hacerme entender que existe la grandeza humana y que en la oscuridad unos versos de Ricardo Lindo o de Borges pueden ser un consuelo y una luz. Continue reading “NADA HA SIDO MÍO”

SOY DESAFINADO

Sí, lo sé. Soy desafinado.

Y por eso mi vida se tuerce por recodos que pocos recorren y soy «raro», como me lo dijo alguien. Mi corazón no logra mezclarse y sentirse cómodo en este mundo y su maldad.

Soy desafinado porque mi falta de musicalidad se compensó con el amor inmenso que tengo para dar.

Soy desafinado porque un señorón caprichoso -que muchos dicen que existe-, un señor «todopoderoso» que, sordo y ciego, no atiende el clamor de nadie y permite las masacres y las violaciones de niños y niñas en todo el mundo, quiso que yo no fuera cantante.

Pero me río en la cara de todos y canto, porque me hace feliz.

Por eso, cierren las ventanas y las puertas. Y pónganse algodones en los oídos. No me importa.

Siempre hay un lector para cada libro, una canción para cada oyente y un abrazo abierto para quien lo quiera.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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BILLETES CON UN VALOR EXTRA

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Las cosas materiales del mundo tienen su valor práctico. Y por eso o por codicia, uno se apega mucho a veces a esas cosas. Y el dinero, que es tan útil, puede también llegar a ser nuestra perdición.

Pero de lo que realmente quiero hablar aquí no es de la codicia, sino de un sentimiento más bello, un sentir que es, de hecho, todo lo opuesto.

Dos anécdotas.

1-Hace muchos años yo había salido a caminar con mis hijas Laura y Beatriz. Hablábamos de muchas cosas. Y en medio de la plática yo dije, casi pensando en voz alta, que me faltaba todavía un poco de dinero para comprar algo. Y mi hija Beatriz, que tendría para ese entonces unos 5 ó 6 años de edad, abrió su carterita de juguete y me dijo: Continue reading “BILLETES CON UN VALOR EXTRA”

LOS CUERUDOS

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En El Salvador se le conoce como “cueruda” a aquella persona que aguanta con estoicismo –y hasta con cierto cinismo- todo lo que le pueda ocurrir, como el dolor, las regañadas, las vergüenzas…  Pero más allá del tinte peyorativo que pueda tener esa palabra, hay que ver que muy en el fondo el ser cuerudo denota tener valor y resistencia.

Habiendo aclarado el concepto “cuerudo”, les voy a contar que tengo unos amigos y amigas con quienes hemos formado el grupo Los Cuerudos. Nos reunimos a platicar, a contar chistes, a escuchar y tocar música, a jugar baloncesto… Continue reading “LOS CUERUDOS”

EL ADIÓS

Pretty woman

Hay una escena en la película Pretty Woman donde Richard Gere le devuelve un collar muy caro y hermoso al gerente del hotel (Héctor Elizondo). Julia Roberts, quien había iniciado con Gere una relación de negocios que se fue haciendo romántica, acaba de irse y es ya casi el final de la película. (Quien haya visto este largometraje de 1990, entenderá mejor de lo que les hablo.)

Cuando el gerente recibe el collar le dice, mirando a los ojos a Richard Gere:
-Debe ser muy difícil separarse de una joya tan valiosa.

Héctor Elizondo
Héctor Elizondo

Las palabras de Elizondo (que aquí no son literales, pero creo no alejarme de su esencia) son en verdad una metáfora en ese contexto. En realidad él le habla tácitamente de Julia Roberts.

Entonces Richard Gere se queda pensando y sale en busca de ella. Continue reading “EL ADIÓS”

HÉROES ANÓNIMOS

Riñón

En el mundo hay muchas personas que viven luchando cada día, cada minuto, con una enfermedad crónica. Los otros, los que viven en general sanos, no entienden en profundidad lo que significa levantarse cada mañana para emprender una batalla contra la muerte. Las personas que padecen de una enfermedad crónica, como la Insuficiencia Renal, sí lo saben; estas personas tan valientes, que viven sus vidas con alegría, son personas que nos inspiran, que nos trasmiten sus buenas vibras, que nos dan fuerza para seguir adelante. Estas personas son verdaderos héroes anónimos.

A mi hija Beatriz se le realizó este fin de semana un trasplante de riñón. Ayer por la mañana desayunó dieta líquida y estaba con muy buen estado de ánimo. Mi hija no se rindió nunca. Mi hija es una heroína.

Gloria, la mamá de Beatriz (y ex esposa mía) fue sometida a una operación que ella no necesitaba; pero fue intervenida voluntariamente porque su amor de madre es grande y por eso le regaló uno de sus riñones a Beatriz. Gloria le ha dado la vida a Beatriz por segunda vez. Ese sacrificio, en vida, no lo hace cualquiera. Se sometió a un riesgo quirúrgico por su hija. Ella también es una heroína.

Lo anterior que he escrito es breve y se lee fácil, pero el camino que madre e hija recorrieron para llegar al día de la operación fue largo y tortuoso.

Esta semana quiero dedicar mi admiración y mi blog a estos dos grandes seres humanos del sexo femenino, a estas dos heroínas que ahora están unidas por un amor infinito, y por un grandioso y maravilloso riñón.

Escrito por

Óscar Perdomo León 

UNA ESPECIE DE MAGIA ESTRAÑA

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Cuando era un niño muy pequeño y habiendo leído muy poco y conociendo tan poco el mundo, escuché por primera vez en una grabación de un cassette a una orquesta tocando música popular, pero con arreglos muy originales. Sentí que me habían movido el piso. Escuchaba y me acuerdo que me quedaba perdido mirando el techo sin mirarlo, sólo navegando en un universo de sonidos que me embriagaban.

Salía al patio y me encontraba con las ixoras rojas, que florecían como la música que me rodeaba.

Después, cuando era un niño más grande, uno que no había entrado aún a la adolescencia, viviendo en la reducida estructura social de un pequeño pueblito y aislado de lo que ocurría en el mundo, escuché por primera vez una orquesta sinfónica en un disco de vinilo. Sonaba tan cercana y tan lejana a la vez, tan real, pero tan increíble y tan inverosímil para mi inocencia y mi ignorancia. Ese día sé que entré en otro espacio de la galaxia que no conocía.

A medida que fui ampliando mi mundo musical, como un oyente persistente, me fui dando cuenta que, en el arte de los sonidos, la melodía es el corazón, el punto central por el que me enamoraba más de una música que de otra.  Era algo incomprensible. Era una especie de magia extraña.

(Sin duda que las letras de la canciones, cuando son muy buenas, a veces sobrepasan a las melodías y tocan muy en el fondo de mis sentimientos. Pero a mi parecer, las melodías siguen llevando la delantera.)

Me resultaría imposible enumerar toda la música que me gustó y me marcó. Si digo Serrat, Los Beatles y Beethoven, sería sólo mencionar la punta del iceberg…

Un día de estos estaba leyendo un libro y sin conexión aparente empezó a sonar súbitamente en mi cabeza, una de esas canciones que escuché en mi lejana adolescencia: «Strange magic» de la banda británica Electric Light Orchestra. Aunque la canción salió en 1975, yo la escuché por primera vez allá por 1980.

Me dieron ganas de tocarla y la grabé. Aquí se las dejo. (Grabación casera)

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(Versión instrumental).
Compuesta por Jeff Lynne (Electric Light Orchestra).
Guitarras y bajo eléctrico: Óscar Perdomo León.

Escrito por

Óscar Perdomo León

ALGUNOS RECUERDOS DE NIÑEZ. LA FELICIDAD (tercera parte)

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LA FELICIDAD

Cuando era niño, nunca relacioné la felicidad con las comodidades de un hogar ni, como lo suelen hacer muchas personas, con el dinero.

Para mí la felicidad consistía en correr libremente, saltar, trepar árboles, cantar…

Sólo era un niño, una edad, una época. Yo era entonces sólo la simplicidad de ser.

No importaban en lo absoluto las apariencias o la lucha interminable por tratar de sobrevivir el día a día, como pasa en el mundo de los adultos.  En la niñez, las cosas simples como el sabor de una fruta en la boca o acostarse boca arriba en la grama del parque para mirar las formas de las nubes, era en realidad la felicidad.

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Junto a Mario, mi hermano menor.

La felicidad era tener a mi hermano Mario junto a mí,  siempre listo para jugar conmigo. La felicidad era mirar a mi hermana Wendy intentando dar los primeros pasos cuando cumplió un año de edad. La felicidad era mirar a mi mamá tranquila, sentaba en una mecedora leyendo un libro. La felicidad era que mi papá me llevara a Ahuachapán sólo para invitarme a una hamburguesa en “El Parador”. La felicidad era pegarle con ganas a una piñata.

La felicidad era tener papá y mamá.

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La felicidad era deslizarnos en patines. Arriba y abajo: mi hermano Mario.

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¿Podemos ser un poco felices hoy que somos adultos? ¿Cómo encontrar la felicidad?

Bueno, tener la felicidad para siempre es imposible, porque en verdad es sólo un estado emocional que, como todo en el universo, cambia a cada momento. Podemos quizás aspirar a una cierta serenidad.

Pero creo que, aunque el ser adulto es otra etapa en que hay nuevos intereses y responsabilidades, un buen consejo para ser feliz  sería mirar de vez en cuando hacia nuestra niñez y aprender de ella.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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ALGUNOS RECUERDOS DE NIÑEZ (segunda parte)
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ALGUNOS RECUERDOS DE NIÑEZ (primera parte)

ALGUNOS RECUERDOS DE NIÑEZ (segunda parte)

Tengo otros recuerdos de niñez, pero algunos incluyen ya la etapa de adolescencia, período que visto desde esta distancia en el tiempo, me parece una segunda niñez.

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A veces salíamos al campo, lo cual era para nosotros muy divertido. Aquí estoy con mis amigos Carlos Romero y Wil Escobar.

I

Nunca había andado a caballo hasta una tarde en que me invitaron a comer en una hacienda; ahí tenían un caballo y me lo prestaron, y pude experimentar lo que se siente cabalgar. Montar a caballo me dio una sensación de libertad, pero también un poco de miedo, cuando el caballo corría. Pero cuando el caballo trotaba me llegué a sentir uno con el animal. Esa experiencia placentera la repetí varias veces, en días diferentes.

Muchos años después, en el año 2001, cuando fui director de la Unidad de Salud de Nuevo Edén de San Juan, volví a subir en varias ocasiones en un caballo, por razones de trabajo. Recorrí varios cantones, como el Cucurucho, San Sebastián, Los Laureles y Montecillos, montando «a puro pelo».

Y otra vez, trotar, sentir el viento en la cara y experimentar la libertad en el corazón.

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En esta foto probablemente tendría yo unos 15 ó 16 años de edad.

II

Recuerdo con mucho cariño a Papá Julio, quien estaba casado con mi tía Telma, hermana de mi mamá; y aunque era mi tío político, muchos sobrinos le decíamos papá Julio. Lo recuerdo siempre vestido para ir a sus fincas, con su pantalón caqui y su sombrero; era un hombre risueño, que siempre tenía un jocote en la bolsa de la camisa para ofrecérselo a uno.

Cuando regresaba por las tardes de alguna de sus fincas, a veces pasaba por nuestra casa y nos regalaba todo un racimo completo de guineos.

También a veces nos invitaba a ir con él de paseo. Para mí esos eran momentos bonitos porque iban sus hijos, es decir, mis primos Julio, Lupi, Mari, Violeta y Rosi, y mis dos hermanos Wendy y Mario, así que nos divertíamos mucho. También a veces iban mis primas Mirita y Susan.

Hay recuerdos que quedan para siempre y no conocen el olvido, como cuando uno escucha una canción por primera vez y le gusta mucho. En una de esas ocasiones en que salimos a pasear, recuerdo que mi primo Julio había puesto, justo un momento antes de salir, una canción de Paul Anka, que siempre relaciono con la foto que está abajo.

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Mi querida hermana Wendy y yo, en el río Agua Caliente, jurisdicción de Atiquizaya, departamento de Ahuachapán.

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Wendy y yo, como 33 años después.

III

Entre las memorias divertidas que resuenan en mi cabeza está la de la vez que, para un concurso de disfraces, mi amigo Wil y yo participamos como “hippies”. Creo recordar que mi prima Lupi nos ayudó con algunas de las prendas que usamos. Si mal no recuerdo nos ganamos el segundo lugar.

Con el pasar de los años, aunque Wil vive en los Estados Unidos de América y yo en El Salvador, hemos conservado una amistad fuerte y sincera.

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A mi derecha Wilfredo Escobar. Al fondo, casi sobre mi brazo, se alcanza a ver a otro de los concursantes, disfrazado de vampiro; era un paisano de Atiquizaya: Garrido.

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Wil y yo,  33 años después.

IV

La guitarra (y a veces el bajo eléctrico) me ha acompañado en muchos momentos de mi vida; por ejemplo en los cumpleaños, en fiestas de amigos, en momentos de soledad, algunas veces en escenarios y en otras, la guitarra ha hecho que yo me codee con la escurridiza creatividad musical.

Aunque sólo soy un guitarrista aficionado, siento que la guitarra es una parte de mi ser. Hace unas semanas, por ejemplo, estuve grabando con teclado y guitarra «Como la cigarra», una canción original de María Elena Walsh. Y al hacerlo, cada nota que tocaba en el teclado, me la tenía que imaginar siempre en la guitarra, no podía evitarlo.           🙂

Y aún amándola tanto, digo, a la guitarra, pase varios años alejado de ella. Podría culpar  de ello a la celosa Medicina; pero para ser honesto, hubo en mí cierto descuido en no haber estado cerca de una guitarra durante ese tiempo.

Ese tiempo fue un período gris y nostálgico. Recuerdo que los años que pasé sin guitarra, me venía a la memoria de vez en cuando un fragmento de un poema de Atahualpa Yupanqui:

“… y sin plata me quedé.
Vendí mis lindas alforjas, ¡ mi guitarra la vendí !
En mi pobreza -¡ ay de mí !- me hubiera gustado guardarla.
Tanto me ha costado comprarla, pero en fín, todo perdí.
¿Vigüela, dónde andarás? ¿Qué manos te están tocando?
Noches enteras pensando…
Siquiera como consuelo
que sea un canto de este suelo
lo que te están arrancando.”

 

Pero eso, para mi fortuna, cambió un día en que mi amigo Salvador Huiza me regaló una guitarra. Fue un gesto de amistad que no voy a olvidar nunca.

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Mi hija Laura mira como su amiga Gloria parte el pastel. Esta foto probablemente es de 1998.

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Mes de junio de 2014. Cumpleaños de mi hermano Mario, de mi mamá y de mi sobrino Carlitos.

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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EL QUESO DE NUEVO EDÉN DE SAN JUAN

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DOS RÍOS y TRES DEPARTAMENTOS DE EL SALVADOR

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ALGUNOS RECUERDOS DE NIÑEZ (primera parte)

Nances 1

Cuando era niño, con mi inocencia aún intacta, recorría los pasillos de la escuela primaria de mi pequeña ciudad, como quien flota entre nubes y no ve maldad en nadie. Eran días cálidos, largos e inolvidables.

Hay una serie de recuerdos que vuelven a mí por las noches, cuando sólo oigo los grillos y creo casi escuchar el reloj de la alcaldía.

I

Recuerdos como el de un compañero, que vivía en la zona rural y que tenía que caminar casi una hora para llegar a la escuela; un día entró comiendo nances y copinol, con la cara “polveada” por la fruta, con las manos sucias y una nube de mosquitos sobre su cabeza. Esa imagen quedó grabada en mi memoria.

Nances 2

II

Una vez nos subimos con un compañero en el techo de la escuela. Por supuesto que los profesores no tardaron mucho en darse cuenta y al poco rato, ya estábamos castigados en la dirección. Pero una cosa que tengo presente es que en aquellos días muchas veces el castigo era quedarse parado frente al gran patio de la escuela, mientras los otros alumnos lo veían a uno. Algo importante de resaltar aquí es que teníamos mucha vergüenza de estar castigados.

Escuela Monterrosa 2

III

Uno de mis recuerdos más felices es aquel que ocurrió una mañana de mediados de los años ´70 del siglo pasado. Yo tendría unos 12 años de edad. Eran quizás las 9:30 y yo todavía estaba dormido, cuando entró mi mamá en mi dormitorio y me dijo: «Despertá, mirá lo que te traen». En el patio de mi casa, que estaba justo enfrente de mi dormitorio, estaban parados y sonriendo, la familia Romero, mis amigos, quienes me habían comprado en San Salvador mi primera guitarra, la primera belleza de seis cuerdas con la que aprendí los primeros acordes musicales.

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Arriba: mi hermano, a la derecha, y yo, tocando guitarra, quizás a principios de 1979. Abajo, mi hermano, a la izquierda, y yo, tocando en el año 2014.

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IV

La navidad de diciembre de 1971 fue muy feliz para mí y para mi hermano Mario. Me acuerdo que el árbol de Navidad estaba reluciente y mi papá había puesto música orquestal muy bonita que llenaba toda la casa.

A la medianoche, mi mamá y mi papá gritaron: «¡Los regalos!». Ya sabíamos que iban a estar en nuestro dormitorio y mi hermano y yo corrimos con ansiedad a abrirlos. A Mario le regalaron un robot de baterías que caminaba y a mí, un reloj de pulsera.

Mi padre murió el año siguiente y esa Navidad de 1971 fue la última que pasamos con él.

Mi papá y yo

Mi papá y yo, en 1968.

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Escrito por

Óscar Perdomo León

DOS POETAS, DOS RECUERDOS

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DOS POETAS, DOS RECUERDOS

NIÑEZ

Cuando era un niño de apenas 8 ó 9 años, me aprendí el poema “Ascención”, de Alfredo Espino. Y los recitaba y lo recitaba a mi mamá y a mis hermanos y al aire, a quien quisiera o no quisiera escucharlo…

Ese recuerdo trae consigo una cascada de memorias de mis primeros pasos en mi pueblo.

A esa edad raramente podía salir a caminar lejos de la zona urbana de mi ciudad. Sin embargo, un día me dieron permiso de salir con mis primos que, a mi manera de ver, eran a su corta edad ya unos grandes conocedores del territorio urbano y rural del municipio. Fue así que conocí una finca cercana. Ahí nos divertimos mucho. Las imágenes bucólicas de ese viaje que aparecen en mi mente se relacionan muy bien con los poemas de Espino. Y todo ese colorido, los olores, las plantas, los animales del campo, todo ha quedado muy cerca de mi corazón.

ADOLESCENCIA

En mi adolescencia leí un libro que me impactó mucho: “Desde la sombra”, de Rafael Góchez Sosa. Creo que su magia consistía en la manera tan sin pose en que estaba escrito; sus versos rebosaban de sinceridad y carecían totalmente de petulancia.

En esos días escuchaba mucha, mucha música y mis ojos miraban el conflicto armado salvadoreño con ojos de esperanza; creía de verdad que el país cambiaría y se convertiría en una gran fuerza de justicia en América. Aún lo creo, pero de una manera diferente.

Al pasar de los años, he visto como la democracia, a paso de tortuga,  se ha ido instalando en nuestro país, ¡pero nos falta tanto!

La música, que es infinita y bella, como lo he constatado con el pasar del tiempo, con sus muchos y tan variados géneros, navega en mí como los glóbulos rojos, en cada vena y cada arteria de mi cuerpo.

Y los poemas de Góchez Sosa aún suenan en mi cabeza.

En el parque viejo

«Parque Viejo», del viejo pueblo que me vio nacer.
Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografías:

Érika Valencia-Perdomo

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Fotografía de arriba: volcán Chingo.

LOS DÍAS DE UNIVERSIDAD Y LA REALIDAD

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Los días de universidad fueron días de aprendizaje amplio, no sólo de teoría y práctica de la ciencia, sino también de procesos vitales.

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Hace unos días, después de tantos años, entré a la universidad y me encontré con edificios nuevos, con jóvenes adolescentes con caras como la que yo tenía hace tantos años. Caminé alrededor de varias facultades y las memorias me llenaron.

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Recuerdo que en esos días hablaba mucho con un amigo sobre las teorías sociológicas y económicas, sobre religión y sobre la guerra civil salvadoreña. Aunque estudiábamos Medicina, los temas de la realidad nacional y del mundo nos interesaban mucho.

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En los días de universidad aprendí muchas cosas, especialmente a mirar con otros ojos el mundo.

También los días de universidad fueron días de confusión: el país todavía estaba en guerra y los estudiantes no eran muy bien vistos por el régimen.

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La primera vez que participé en una manifestación callejera, organizada por la universidad, en la que se exigía al gobierno más presupuesto, las emociones que sentí fueron diversas. Sentí temor, pero también solidaridad hacia mis compañeros… La sensación de estar participando en una lucha justa y sentir un aire de coraje me hicieron crecer un poco.  Y el hecho de saber que esas marchas eran en última instancia organizadas por la guerrilla, me hacía sentir bien, porque yo creía sinceramente que la lucha de la izquierda era una lucha por la justicia. (Lo único que no me gustaba era que algunos participantes mancharan las paredes.)

Muchos quisimos cambiar a nuestro país, desde nuestro ángulo, desde nuestras posibilidades.

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Con el pasar de los años me he dado cuenta que la mayoría de dirigentes de la izquierda de mi país han olvidado la esencia de esa lucha. Ya casi todos se han acomodado al sistema corrupto y de desinterés por mejorar a nuestro país.

En la derecha, y en lo que algunos han dado en llamar el centro, tampoco tengo esperanzas. Ya no hay diferencias de acción entre unos y otros, la única discrepancia entre unos y otros es en las palabras huecas y egoístas que pronuncian cada día.

Y me doy cuenta además que todos en El Salvador, incluyéndome, sin importar la clase social a la que pertenezcamos, o la ideología, tenemos un poco de culpa de cómo va caminando tan mal este país…  Quizás no hemos hecho lo suficiente.

Este es un país en donde no se respetan las leyes y en donde la educación es un asunto al que no se le da la importancia necesaria. Y la educación nos incluye a todos. Y el respeto hacia los demás cada vez va de mal en peor. Este pedacito de Centroamérica parece que va terriblemente a la deriva.

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Siento mucho escribir palabras tan negativas sobre el El Salvador, pero es mi sentir y creo que el de muchos también.

A los ciudadanos comunes tengo que decirles algo. A los políticos ya no tengo nada qué decirles. En ellos no tengo esperanzas. Son un caso perdido.

¿Pero qué podemos hacer las personas comunes?

Lo que podemos hacer es trabajar con honestidad y dar lo mejor de nosotros mismos a los demás, cada uno en su campo y con sus propias herramientas. Aferrarnos cada uno de nosotros al deseo de hacer las cosas buenas.

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

LA FUERZA DE LA JUVENTUD


Mi madre, cuyo nombre es  Noemi, nació en 1940. Creció en un ambiente sano, en donde respetar a los adultos y venerar los consejos de cocina de su madre eran cosas sagradas. En la casa donde vio su niñez y su adolescencia, que estaba en una pequeña ciudad del occidente de El Salvador, llamada Atiquizaya, había también una tienda y un molino de nixtamal.

Por las tardes y las noches salían a jugar a la calle, en un barrio donde la seguridad era algo que se tenía por sentado. Todos los niños y las niñas de los alrededores se reunían para jugar, bajo la luz tenue de las luces de las calles.

Mis abuelos tenían un par de terrenos, en donde cultivaban tomates, chiles verdes, café y un sin número de deliciosas frutas, como mangos, anonas y jocotes.

En una ocasión mi mamá y su hermana Delfi, ya siendo adolescentes, a mediados de 1954, se levantaron a las 4:00 a.m. para ir a cortar el tomate. Las acompañaba el hermano mayor de ellas, Humberto, quien iba manejando el camión en donde traerían todo el tomate.

Pero ya avanzada la mañana y mientras se tomaban un descanso de la corta del tomate, decidieron comerse unos marañones y ambas, mi mamá y mi tía Delfi, se subieron a al árbol a cortar la codiciada fruta. Pero estando arriba, a mi tía Delfi le entró dolor de cuerpo y fiebre.

-Noemi, me siento débil. No me puedo bajar.

-Hacé el esfuerzo. Sólo es un pequeño tramo…

No había terminado de hablar mi mamá, cuando mi tía Delfi cayó del árbol, como de una altura de un metro y medio. Ya estando en el suelo, mi tía se quedó inmóvil, con los ojos cerrados y como si no respirar. Mi mamá se afligió mucho y pensó que su hermana había fallecido.

Bajó rápidamente desde la parte tan alta donde estaba y se acercó a mi tía.

-¡Delfina, Delfina!

Mi tía se veía muy mal. Estaba ardiendo en fiebre y casi no se movía.

-¡Delfi, decime algo, por favor!

 Mi tía Delfi abrió lentamente y con dificultad sus ojos. Entreabrió los labios; parecía una moribunda que iba a pedir su último deseo. Dejó escapar una queja y le dijo débilmente a mi mamá:

-Llevame a la casa; pero no te olvidés de traerte los marañones…

Posdata de 2012. Mi mamá y mi tía, a sus setenta y pico de años, viven como a un kilómetro de distancia entre ellas y se visitan a menudo mutuamente.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografía tomada por mi hermano Mario Roberto: Mi mamá, con su sonrisa divina.

LOS QUE SE FUERON ESTÁN CONMIGO. Mi padre y Waldo de los Ríos.

Cuando un familiar o un amigo cercano se nos muere, lo lloramos. Después de un tiempo, algunas semanas, quizás algunos meses, dejamos de llorar y sólo suspiramos. Cuando pasan algunos años estamos seguros que su recuerdo no nos abandonará nunca y sonreímos convencidos de que ese lazo entre ellos y nosotros no se romperá hasta el día de nuestra muerte.

Estos sentimientos, caminando de paso en paso en el tiempo, los experimenté cuando murió mi padre (Óscar Alfredo Perdomo Escobar, 1939-1972).  40 años han pasado desde entonces y todavía hay noches en que pienso en él; y si no fuera por las fotografías que tengo suyas podría decir con mucho dolor que su rostro casi se ha desvanecido irremediablemente de mis recuerdos, pero mi amor y mi admiración hacia él siguen firmes.  Ya no lloro, sin embargo.

Ahora bien, hace poco me tropecé sin querer,  como suele suceder en estos tiempos de Internet, con dos viejas composiciones que mi padre escuchaba insistentemente. Éstas, por alguna razón, sí estaban firmemente grabadas en mí y no se habían desvanecido para nada. Las recordaba muy clarito. Como recuerdo ahora mismo también aquella escena familiar en la sala de mi casa: el disco LP daba una y mil vueltas en el aparato de sonido, la funda donde se guardaba el disco tenía esa fotografía tan especial, el busto que parecía de mármol tenía un par de audífonos, ojos reales y de uno de ellos rodaba una lágrima… Mi papá se quedaba recostado en un sofá, mirando el techo o cerrando los ojos, alternativamente, mientras la magia de la música lo envolvía, sin saber que la presencia de él mismo y la asistencia de esa magia musical también a mí  me estaba cobijando (y me cobijaría para siempre).

La primera canción de la que les estoy hablando es JE T´AIME. MOI NON PLUS. La original de esta canción fue grabada y cantada en 1969 por su mismo compositor, Serge Gainsbourg, y se volvió muy famosa y muy polémica, porque Jane Birkin, quien la cantó a dúo con Gainsbourg, simulaba un orgasmo. (Yo no sabía nada de esa controversia para entonces, por varias razones, entre ellas, yo sólo tenía 6 años de edad y la versión que oíamos era la instrumental).

Luego esta canción francesa me llevó inevitablemente a la otra: JIMENA, compuesta por Waldo de los Ríos,  la cual está llena de ternura y nostalgia. Ambas, poseedoras de unas melodías muy bonitas,  se encontraban en el volumen 2 del álbum de 1970, «El sonido mágico de Waldo de los Ríos» (un disco que estaba formado en su mayoría por versiones de canciones populares, orquestadas; aunque había un par de composiciones originales de Waldo de los Ríos, como «La Residencia», la cual había sido hecha para la película de 1969 del mismo nombre). Waldo de los Ríos, compositor argentino, pianista, arreglista y director de orquesta (1934-1977).

Y al hallar estas dos composiciones me alegré, porque era una manera tangible de recuperar la memoria de mi querido padre. E inmediatamente las puse a sonar y al haber pasado tanto tiempo pensé -o me obligué a pensar-: «Ya no lloro, sin embargo

O eso es lo que yo creía. Porque el problema es que cuando encontramos un viejo objeto que no veíamos en mucho tiempo, una canción que no habíamos escuchado en siglos, un objeto-tesoro que está relacionado directamente con nuestro ser querido ya muerto, entonces -¡lo he comprobado indudablemente!- las lágrimas regresan, como si nunca se hubieran ido, intensas, abundantes, reparadoras…

JE T’AIME. MOI NON PLUS.

Interpretada por la Orquesta de Waldo de los Ríos.

Texto:

Óscar Perdomo León

La original de JE T’AIME. MOI NON PLUS, grabada y cantada en 1969 por su mismo compositor, Serge Gainsbourg, la pueden oír aquí.
JIMENA. La pueden escuchar aquí.
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UN POEMA PARA MI PADRE, de Rodolfo Góchez.
Imagen extraída de: ttp://www.grandorchestras.com/waldo/albums/70sonidomagico2.html

LA MUJER QUE NUNCA FUE MÍA

En la pared las sombras de los árboles danzaban rítmicas, empujadas por un viento frío. Yo, acostado en mi cama, me sentía muy solo y acongojado. El reloj de la alcaldía repicaba las tres de la mañana y mi insomnio y mi tristeza danzaba también en mi pecho, como las sombras.

(Los noctámbulos solemos tener inmensas energías por la noche, y descarga de nuestra batería corporal por las mañanas. Es algo difícil de entender para los humanos sanos y acomodados a este mundo; pero estar viviendo al revés de nuestras intensidades es algo terrible.)

Yo era sólo un adolescente y mi nostalgia rayaba como un cristal roto mi corazón. Me había acostumbrado ya al sonido del viejo reloj del pueblo y era él mi acompañante solitario. Sus repiques eran como un marco familiar para mi consciencia imberbe.

En la oscuridad miraba las sombras, móviles y frías, y dentro de ellas miraba mis recientes recuerdos de niño-adolescente, esos que me llevaban a esa tarde de Tercer Ciclo, bajo el quemante sol del mediodía. Estaba en octavo grado. Y ahí estaba ella, la más bella de todas. Y ahí estaba yo, como un idiota, besándola en la mejilla mientras ella se burlaba sin piedad de mi inocencia. Era tres años mayor que yo y ya tenía, clandestinamente, marido.

Texto:

Óscar Perdomo León

Imagen tomada de Google imágenes.

AQUEL NIÑO

La primera vez que aquel niño se vio a sí mismo, o por lo menos la ocasión primera que ha quedado grabada en su memoria, fue cuando se miró en los ojos de su padre. Quizás tenía 4 ó 5 años y no podía todavía pronunciar bien las erres. Su papá lo cargaba en brazos y le sonreía.

Le gustaba correr y jugar de cosas de fantasía. Cuando se metía dentro de un juego, de verdad lo vivía con un entusiasmo muy grande. El juego era más real que la realidad misma. A veces se metía en la máquina de coser de su mamá y jugaba que manejaba el vehículo de su papá.

Tenía un hermano menor y se desesperaba que él durmiera por la tarde, porque no podían jugar juntos, así que se dirigía a la cuna de su hermano y la movía con toda su fuerza para despertarlo. No lo hacía por molestar. Ya era travieso por naturaleza.

Una vez, cuando tenía aproximadamente como 6 años, estaba jugando en el parque San Juan y un niño mayor que él, como de 12 años de edad, lo golpeó varias veces en la cara. No recuerda por qué pelearon. Regresó llorando a su casa y su papá le preguntó por qué lloraba. Le contó todo. Su papá se acurrucó frente a él, lo miró directo a los ojos y le dijo:

-No le tengás miedo nunca a nadie.

Cuando cumplió 10 años tuvo por primera vez en sus brazos a una dama de curvas pronunciadas y se enamoró de ella. Era una guitarra anaranjada y pequeña, muy sonora y afinada.

Unos días después una memoria imborrable se quedó con él para siempre: su padre yacía en un ataúd frío.

La guitarra sonó triste.

Nunca ha sabido bien cuando dejó de ser él aquel niño. Quizás fue a los 12 años de edad, el día en que miró por primera vez con malicia, y quizás con lujuria, las piernas de una amiga de su madre.

Entre los 5 y los 12 años hay sólo 7 cortos años; pero un mundo casi infinito se encierra en ese tiempo, que demasiadas  cosas se han quedado fuera de esta página.

Texto:

Óscar Perdomo León

Imagen extraída de:
http://www.conmishijos.com/dibujos/Nino_jugando_con_una_cometa_1_g.gif