Un poema de RODOLFO GÓCHEZ, para mi abuelo ÁNGEL PERDOMO. Y además, algo sobre la historia de un huéfano.

Este poema que viene a continuación lo escribió el poeta atiquizayense Rodolfo Góchez, quien, a sus 97 años, aún se encuentra activo escribiendo y además armando, poco a poco, un pequeño museo de literatura en un rincón cálido de su casa. Sueña que en un futuro los jóvenes de Atiquizaya puedan visitarlo y aprender algo sobre arte. Hace un par de días visité a don Rodolfo y me mostró un poema que escribió para mi abuelo, Ángel Perdomo, quien era su amigo.
La historia de mi abuelo, que fue huéfano de padre y madre desde niño, es muy dura; pero también es un ejemplo a seguir en muchos sentidos.  Les contaré un poco sobre su vida más adelante, después de mostrarles el poema del que les hablo.
Óscar Perdomo León

 

 ANTE SU FERETRO

No pude ver la decisión postrera

de tu encendida llama contra el viento,

ni el último recurso que tu aliento

puso al final de la glacial frontera.

 

No pude estar en la intrigante espera

que dio a tu corazón el desconcierto

para negarle el ostensible acierto

del convulsivo reto que te hiciera.

 

¡Ya estabas deshojado como un roble!

¡Sereno… en actitud imperturbable

como desciende el sol en el ocaso…!

 

Y ante la estupefacción de tu alhaja

un hastapronto yo atiné en voz baja,

con unción de responso… en tu regazo…

Poema escrito por

Rodolfo Góchez

LA HISTORIA DE UN HUÉRFANO

A principios del siglo XX nació mi abuelo Ángel Perdomo y a muy temprana edad quedó huérfano (él y otros hermanos) de padre y madre. Y siendo un niño de 6 ó 7 años, se marchó a pie de Atiquizaya,  su pequeño pueblo natal salvadoreño, hacia Guatemala, en una tarde de mucho viento y frío. Se fue siguiendo una caravana migratoria. Su historia podría parecer falsa, pero es tan verdadera como la luz del sol que nos alumbra.

Podrán imaginarse el desamparo, el hambre y la soledad que pudo haber sentido este pequeño niño, caminando entre extraños, siguiendo una ruta desconocida y desligándose de sus otros hermanos huérfanos.

Caminaron muchos días y descansaron bajo los árboles. Apenas sí comían. Al mediodía de uno de tantos días, llegaron a un pequeño pueblo chapín. Mi abuelo se sentó a descansar a la orilla de un zaguán y vio que adentro había una sastrería. Los trabajadores se afanaban encima de las telas y por momentos, sin dejar de trabajar, platicaban y bromeaban entre ellos. El pequeño niño se quedó mirando hacia adentro y, cansado por el largo viaje, ya no se movió de allí. Cuando eran como las seis de la tarde el dueño de la sastrería, que empezaba a cerrar las puertas, vio al pequeño sentado con la cara sucia e inocente y le dijo:

-Niño, andáte para tu casa, te van a regañar tus papás.

Y el niño, con la mirada totalmente sincera y con la voz firme le contestó:

-Yo no tengo casa ni papás.

-¿Y de dónde venís, pues?

-De Atiquizaya.

-Mirá, mujer -le dijo el viejo sastre a su esposa- este pobre patojo no tiene donde dormir. Dale un poco de comida.

Y el niño entró apresurado al oír la palabra comida, sin saber que se iba a quedar en esa casa durante varios años. Esa noche por fin durmió bajo techo. Esa noche por fin no tuvo pesadillas.

Al día siguiente, muy temprano, el pequeño niño, sin que nadie le hubiera dicho algo, se puso por su cuenta a barrer la basura que quedó en el taller de la sastrería y luego se fue a acarrear agua del pozo. Cuando el viejo sastre despertó y vio lo que el niño había hecho le dijo a su mujer, con una sonrisa de satisfacción:

-Mirá qué patojito más arrecho, ¡ya se ganó el desayuno!

Y así mi abuelo conquistó el cariño del viejo sastre, de quien poco a poco aprendió el oficio. Cuando cumplió 14 años de edad recibió de regalo unas tijeras, grandes y filosas. Pero cuatro días después el viejo sastre falleció y mi abuelo volvió a quedar huérfano, una vez más. Entonces decidió regresar a El Salvador.

Ángel regresó a su ciudad natal y pequeña con la habilidad de ser sastre y con un par de tijeras en sus manos. Era todo lo que tenía. Pero era un joven emprendedor, con la frente amplia y los ojos negros; su cabello rizado siempre estaba bien recortado. Tenía una estatura mediana. Traía una experiencia grande a su corta edad, ganada a fuerza de golpes y de prisa; parecía que su lema favorito era resistir. La tragedia de muerte, una tras otra, y la espinosa quemadura de la pobreza y la orfandad, le habían revelado, felizmente, que él era un muchacho valiente, un hombre valiente, un sobreviviente tenaz; por eso en su mirada había un filo de audacia y de firmeza; sus movimientos eran varoniles y seguros; y había en su corazón, trotando, un caballo de larga crin y de gigantesca estatura.

Así que Ángel empezó a hacer pantalones por encargo de uno de los almacenes de la ciudad. También comerciaba con guatemaltecos que llegaban cada mes, con sus ventas de colchas, frutas, etc. Acostumbrado desde niño al esfuerzo, y al esfuerzo intenso, no cedía nunca ante la holgazanería; por el contrario, siempre estaba dedicado a su trabajo u ocupado pensando en cómo hacer crecer su incipiente negocio. Fue entonces que, para esos días, le pidió prestado a su hermano Emigdio 50.oo colones, para invertir en telas y otros artículos. Buscando telas fue como conoció a la mujer que sería su verdadero amor. Ella era una joven santaneca que llegaba a Atiquizaya a vender telas con su madre. Era una muchacha de rostro bonito y con una expresión deliciosamente serena. Sus ojos oscuros contrastaban armónicamente con su piel clara. Su cabello, el cual le daba un no sé qué de altivez que no ofendía, era negro, liso y muy bien cuidado. Su nombre era Ana Domitila y ya tenía un hijo, como madre soltera. Era, al tratarla, alegre y muy comunicativa.

De tal manera, que el día que se conocieron no se hizo esperar. Desde el primer día que Ángel se acercó a ella para comprarle telas, hubo entre ellos un chispazo, un entendimiento silente, un saber que entre ellos inevitablemente algo pasaría.

Ángel vivía en un cuartito sin luz eléctrica. Y sin importar eso, con el tiempo, Ana Domitila lo siguió y se fue a vivir con él a ese lugar. Era un espacio pequeño pero lleno de amor.

Con los años, impactados de trabajo y sacrificio, Ángel llegó a tener su propio almacén, en donde se vendían telas, zapatos, sombreros y otros artículos de vestir y del hogar. Además llegó a tener varias casas y automóviles. Y de una niñez plagada de pobreza y orfandad, pasó a tener las comodidades que el dinero da y, por si fuera poco, una familia numerosa.

Pero la vida, que no es justa, le tenía reservados dos golpes de muerte más, que lo apalearon intensamente: la muerte de su esposa Ana Domitila, en 1962, de una enfermedad crónica y rapaz. Y la muerte temprana, súbita e inmerecida, en 1972, de su hijo mayor, Óscar Alfredo Perdomo Escobar, quien era mi padre.

Pero Ángel Perdomo, que nunca fue un cobarde, siguió adelante con su vida. No era un insensible. Casi 20 años después de muerto mi papá, yo platicaba con mi abuelo y él no pudo evitar derramar unas lágrimas frente a mí al recordar a su hijo muerto. ¡20 años y todavía lloraba a su hijo! Dicen que es el dolor emocional más grande que un ser humano puede sufrir: perder un hijo.

En 1994 un infarto llevó a mi abuelo a ser hospitalizado en Santa Ana. Mi mamá lo fue a visitar y me cuenta que cuando ella entró a la habitación del hospital, él la miró y se le humedecieron los ojos. Creo que ya sentía que era su final y al ver a mi mamá volvió a recordar a su hijo muerto, es decir, a mi padre.

Al día siguiente,  mi abuelo se reinfarto y falleció, pienso yo que satisfecho de su vida y con una larga descendencia corriendo hacia el futuro.

Tres de las muchas bisnietas de Ángel Perdomo
Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografías:

Érika Valencia-Perdomo

Óscar Perdomo León

“LOVE IS IN THE AIR”. (Sólo para los amantes de los gatos.)

El amor está en el aire, puede olerse en el ambiente y mirarse por donde quiera… Los sonidos gatunos de llamada son muy peculiares y los gestos de atracción son evidentes. El amor está en el aire…

La Niña mira con ojos de admiración al gato negro.

Ya les había narrado de la pequeña gatita huérfana que ahora forma parte de nuestra familia. Aunque ahora ya está un poco más grande, sigue siendo una niña. Y por eso así es como yo la llamo: Niña.

Sin embargo últimamente la he visto rondando de aquí para allá con un gato negro salvaje, que es como un intruso en la casa donde vivimos, aunque en realidad es al revés. Él ya estaba aquí antes de que nosotros vinieramos. Ya se paseaba por toda la casa y se orinaba en el techo con toda seguridad para delimitar su espacio. La casa donde vivimos era su territorio de estancia y de caza. Así que cuando la Niña apareció, el gato negro trató de asustarla un par de veces y nosotros tuvimos que intervenir, defendiéndola.

Ese gato negro -ahora que lo conozco mejor no me cabe la menor duda- es el Ñiño (sí, con doble ñ), el gato de ojos verdes que cuando nos mudamos temporalmente de esta casa donde vivimos hoy, no quiso irse con nosotros. Lógico: los gatos son terriblemente territoriales.

El gato negro es arisco, desconfiado y viril. Camina sereno, misterioso, como quien ha adquirido mucha experiencia para sobrevivir. La mirada es fría, desgastada, quizás por la constantes peleas que ha enfrentado para mantener lejos de su territorio a los otros gatos que asoman de vez en cuando sus narices velludas por aquí. A veces penetra hasta el lugar de comer de la Niña y le roba la comida. O al menos eso creía yo; pero ahora pienso que ella la comparte con él. Y ya no me enojo por eso, como al principio. He llegado a aceptarlo, como se acepta irremediablemente a un yerno.

Niña y Ñiño se siguen el uno al otro

La Niña es todavía una inocentona. Lo sigue al gato negro con una dedicación y fidelidad que a veces me pone nervioso y a veces me despierta la ternura. ¿Está enamorada de él? ¡Quién sabe! Quizás sólo busca la compañía de alguien de su propia especie. Pero el lujurioso gato negro ha tratado de tener avances íntimos con ella y siempre está oliéndole los genitales; pero la pequeña Niña no está en celo aún y no ha pasado nada todavía. O eso es lo que yo creo. (Bueno, los padres son los últimos en enterarse de las “cosas”).

Duermen juntos

Pero es un bello espectáculo verlos juntos caminar, jugar, abrazarse como peleando y acariciándose al mismo tiempo, hacer la siesta con la mayor tranquilidad del mundo y después levantarse a comer, a la par siempre, como dos novios respirando el amor en el aire. 

A veces ella quiere jugar con él y le tira manotasos cariñosos, lo roza con la cola y hace otro montón de jugadas para llamar su atención, y él, mucho mayor que ella, sólo la mira con indiferencia, como si pensara: “¡Qué cipota más virga!”. Pero muy en el fondo sé que el gato negro la ama, a su manera; bueno, le ha permitido vivir en su territorio, lo cual es ya una progresión.

Pero mi esposa Érika le dice a la Niña a veces, bromeando y remedando a las típicas madres salvadoreñas de pueblo: “Mirá, Niña, no seás bruta. Ese gato negro sólo quiere preñarte y después te va a dejar abandonada”. Y yo me muero de la risa y Érika sigue fingiendo con la expresión de su cara que lo que ha dicho es bien en serio. Y yo continúo riéndome. Pero  después me aflijo y me dan ganas de salir corriendo con la Niña para que le inyecten un anticonceptivo.

El amor está en el aire… La Niña y el Ñiño están viviendo su romance y su paraiso… ¡y qué bien por ellos!

NOTA: si no puede ver ni oir el video, entonces dé un click aquí: http://www.youtube.com/watch?v=NNC0kIzM1Fo&feature=player_embedded

Love is in the air, everywhere I look around. Love is in the air, every sight and every sound. And I don´t know if I´m being foolish. Don´t know if I´m being wise. But it´s something that I must believe in and it´s there when I look in your eyes.
Love is in the air, in the whisper of the trees. Love is in the air, in the thunder of the sea. And I don´t know if I´m just dreaming. Don´t know if I feel sane. But it´s something that I must believe in and it´s there when you call out my name.
Love is in the air
Love is in the air
Oh oh oh
Oh oh oh
Love is in the air, in the rising of the sun. Love is in the air when the day is nearly done. And I don´t know if you´re an illusion. Don´t know if I see it true. But you´re something that I must believe in and you´re there when I reach out for you.
Love is in the air, everywhere I look around. Love is in the air, every sight and every sound. And I don´t know if I´m being foolish. Don´t know if I´m being wise. But it´s something that I must believe in and it´s there when I look in your eyes.
Love is in the air ohh ohhh ;
love is in the air ooh ooh ohh

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

Letra de “Love is in the air”, de John Paul Young, extraída de: http://www.letrasymas.com/letra.php?p=sin-bandera-love-is-in-the-air
Textos relacionados:
«Huéfana» :https://oscarperdomoleon.wordpress.com/2010/09/20/huerfana/
«Ñiño y Peludo»: http://mariandanie.wordpress.com/2009/09/03/nino-y-peludo/

 

UN POEMA PARA MI PADRE, de Rodolfo Góchez.

Óscar Alfredo Perdomo Escobar (1939-1972) *

Mi padre, Óscar Alfredo Perdomo Escobar, falleció el 05 de diciembre de 1972 de un accidente cerebro vascular, a la prematura edad de 33 años. Cuando pienso que ha pasado tanto tiempo y que yo he sobrepasado la edad que él tenía al morir, no dejo de sentir algo raro e irracional dentro de mí.

Después que mi papá murió, un amigo de él, el poeta Rodolfo Góchez, escribió un poema en su memoria y muchos años después de haberlo escrito, en una de las visitas que hice a su casa, porque yo era compañero en la Escuela de Medicina de su hijo Ricardo, don Rodolfo me lo mostró. Creo que le dije que me gustaría tener una copia; pero por “dejado”, como decimos en Atiquizaya, nunca conseguí la copia.

Los poetas Marina Salmán de Cáceres y Rodolfo Góchez

Esto se lo comenté un día a la también poeta Hilda Marina Salmán Góchez de Cáceres y ella me prometió tratar de conseguirme el poema. Y así lo hizo.

Marina Salmán de Cáceres se dirige a la audiencia en el homenaje al poeta Rodolfo Góchez. Al fondo, de izquierda a derecha, sentados, se alcanza a ver a Carlos Saz, Carlos Barraza, Rodolfo Góchez y Mari Barraza Lemus (esposa del poeta atiquizayense premiado).

Cabe aquí mencionar que el 30 de noviembre recién pasado se le otorgó en Atiquizaya, departamento de Ahuachapán, merecidamente el Premio al Mérito “Alfredo Betancourt” al poeta Rodolfo Góchez (premio creado este año gracias a la iniciativa de Carlos Barraza).

De izquierda a derecha: Carlos Saz, Marina Salmán de Cáceres, Chela Bahaia (madre de Carlos Barraza) y el poeta Rodolfo Góchez.

Y a la poeta Marina Salmán de Góchez también se le brindara un homenaje este próximo 01 de diciembre de este año, en la XX Feria Cultural de Atiquizaya.

¡Qué alegría que su propio pueblo, Atiquizaya, reconozca a estos dos valores, humanos y literarios! Un abrazo sincero para ambos y un agradecimiento eterno.

He aquí el soneto que don Rodolfo Góchez escribiera a mi papá, ya hace tantos años:

PARA EL AMIGO AUSENTE

(A la memoria de Oscar Perdomo Escobar)

 

Me cuentan que cruzaste los dinteles

silenciosos y sombríos de la nada,

que apagaste el fulgor de tu mirada

al sonoro tropel de tus corceles.

 

Sin embargo, te veo presuroso

sobre el veloz carruaje de tu anhelo,

con tu melena al viento,  junto al vuelo

de tu destino, en alas caprichoso.

 

¡Qué extraño me pareces en la ausencia!

Y qué pronta y absurda tu ponencia

en el fragor de tu alto meridiano.

 

Me resisto a pensar que todo es cierto,

mas, habré de buscarte en algún puerto

para darte, cordial, siempre esta mano.

Rodolfo Góchez

 

Texto en prosa:

Óscar Perdomo León

Fotografía marcada con asterisco tomada por fotógrafo desconocido en 1958.
Fotografías proporcionadas amablemente por Hilda Marina Salmán Góchez de Cáceres. 
Artículo relacionado: MI PADRE, 33 AÑOS, 32 DÍAS: https://oscarperdomoleon.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=513&action=edit&message=1

UN ALUD INEVITABLE

Lo que yo no sabía es que después de esas fiebres delirantes que tuve cuando tenía 10 años, me iba a estrellar con fuerza, un par de años después, contra una avalancha inmensa y llena de colores y sonidos, ritmos y contrapuntos, un alud intenso pero suave del que nadie escapa si está a su alcance: Los Beatles.

Era 1976 y mis ojos y mis oídos estaban fascinados con su música. Hacía seis años que los Cuatro Fabulosos se habían separado; pero para mí era como si apenas fuera 1967 y una explosión de genialidad y originalidad recién estuviera emergiendo, y yo sentía como si “La banda del club de corazones solitarios del sargento Pimienta” fuera la novedad más grande en el mundo.

Yo compartía  esa música con amigos y, como me lo hacían ver -o, más bien, escuchar y sentir- los músicos Mario Romero Cárcamo y Carlos Romero Cárcamo, “A day in the life” traía una batería tan novedosa, que Ringo daba cada golpe  tan bien pensado o, mejor dicho, tan bien sentido y con tanta intuición y sabiduría que nos lanzaba con toda serenidad en la cara  que muchas veces “lo menos es lo más” (algo que deberían aprender los bateristas novatos).

El álbum “La gira mágica y misteriosa” me gustaba completito y “Strawberry fields forever” y “All you need is love” eran como himnos en mi cabeza. Y aunque yo era prácticamente un niño-adolescente pueblerino que no usaba drogas, que había escuchado relativamente muy poca música popular y académica, sí podía con seguridad apreciar los múltiples colores que traía la música beatle. Sus melodías las veía en mi cabeza danzando en gráficos, como en un plano cartesiano: las negras, las corcheas y las redondas subían y bajaban dentro de una lógica muy bella y casi matemática.

Y fue así como de pronto me vi, junto a otros amigos, con una guitarra al hombro y tratando de componer canciones, dejándome crecer el cabello, “mechudo”, como bien lo describió alguien, y exponiéndome ante un público deseoso de escuchar algo nuevo.

Luego siguió Queen, Yes y mucha música popular latinoamericana, como Serrat, algo de marimba guatemalteca, Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa  y otros. Y de ser un grupo de pop-rock, pasando después por un rock progresivo, mis amigos y yo llegamos a ser intérpretes de música sencilla y popular, con un aire folklórico, con un aire de son, pero con canciones originales.

Y los tiempos cambiaban en nuestro país, quizás para peor, y mis amigos y yo cambiábamos también (espero que para mejor) y al final terminamos separándonos, caminando cada quien hacia su propio destino. Y los sueños, como cada adolescente ingenuo desde los años ´60, de ser como Los Beatles,  se nos rompieron en el camino.

Y nuevos descubrimientos reventaron en mi cara. La Medicina me abrazó fuerte y era ella mi novia celosa y absorbente. La vida universitaria, los días y las noches en los hospitales,  y nuevas luchas me arrastraron, también como un alud inevitable, por senderos donde, sin darme cuenta, quedó perdida mi juventud musical…

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografía de la portada del álbum “Sgt. Pepper´s Lonely Heart club band” extraída de:
http://ideasdebabel.files.wordpress.com/2007/09/sargent-peppers.jpg
Fotografía de la portada del álbum “Magical mystery tour” extraída de: http://beatlesysolistas.blogspot.com/2009/11/los-beatles-portadas-de-albumes-10.html
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“El otro lado de Abbey Road, de George Benson”: https://oscarperdomoleon.wordpress.com/2010/10/14/el-otro-lado-de-abbey-road-de-george-benson/

HUÉRFANA

Llegó a nuestro hogar como una huérfana, llorando y abandonada. Parecía confundida y desconfiada. Desde el primer momento que oí su llanto supe que ese sonido lastimero era el inicio de una cadena de hechos.

 

Caminaba desconcertada sobre el tejado, con la elegancia gatuna característica; pero también con un dejo fuerte de dolor. La miré y su color era blanco, con pocas pero bellas manchas de color café y negro, y algunas amarillas claras, especialmente en la cabeza y en la cola. Era una gatita pequeña, todavía una niña-bebé y era digna de apiadarse de ella. (Quiero aclarar que al principio creímos que se trataba de un macho; pero con los días nos dimos cuenta que se trataba de una hembrita.)

Como ya lo he contado en otras ocasiones (en la serie de “Pequeños visitantes” y en “Ñiño y Peludo”, en este blog y en La Esquina de Érika y Óscar), cuando uno se encariña con un pequeño ser y llega a convertirlo en su mascota, no puede uno dejar de recordarse como se fueron perdiendo los anteriores.

Curiosidad

Me gusta mucho la curiosidad de los felinos, su actitud juguetona que los prepara para la cacería. Me siento también atraído por la displicencia con que a veces lo miran a uno, como si se sintieran superiores.

Me encanta de los gatos lo cariñosos que pueden ser; se acercan a uno y le rozan la piernas con su cuerpo y su cola,  y cuando uno los acaricia ronronean de una manera muy íntima.

Me atrae también de los felinos “domésticos” su actitud de independencia y su espíritu aventurero; se van por los tejados con toda la libertad del mundo, cazan, se buscan pareja y luego regresan y lo miran a uno con una indiferencia que les queda muy bien. Me recuerdan aquella cita de Faulkner que hace Roque Dalton en su poema “Más orgullo”:

“-Dime, muchacho, ¿cuál crees que sea la más admirable de las virtudes?

“Y jones, ya aplacado, respondió prontamente:

“-La más sincera arrogancia.”

Pero volviendo al día en que nos la encontramos sobre el tejado, quiero decir que fue una mañana ligeramente nublada. Yo traté de acercarme a ella -a la gatita- pero no tuve éxito. La pequeña Daniela, de 10 años de edad, se acercó a ella con un poco de leche y la gatita fue removiendo su desconfianza poco a poco. En un momento había dejado de llorar y era como si Daniela le hubiese dicho: “You are an orphan no longer” (Ya no sos una huérfana), la maravillosa frase que dijera Anthony Quinn en la película “A walk in the clouds” (Una caminata en las nubes), al encontrar unos embriones de viñedo, dirigiéndose al protagonista principal (Keanu Reeves), quien estaba solo en el mundo, dándole a entender que quedándose con ellos a cultivar uvas, había encontrado su hogar.

Sí, la diminuta felina ya no era una huérfana. Lo supe al ver y oír el entusiasmo de Daniela y al ver a la bolita de pelos lamer la leche con satisfacción. Después de beberse la leche la leoncita se marchó, medio salvaje y desconfiada.

Sin embargo regresó -como lo había imaginado- al día siguiente. Bajó del techo para comer más y se fue quedando poquito a poquito en nuestro hogar, como un miembro más.

Muchas de las horas del día se las pasa durmiendo.

Cuando come lo hace con los ojos cerrados.

En esta fotografía pueden observarse la combinación de bellos colores que posee.

Se le conoce con varios nombres: Luna, Nala… pero creo que el que más usan las niñas para llamarla es Beba, especialmente Daniela, quien es la “madre oficial” de la gatita.

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

 

MI MADRE

Cuando mi papá murió, mi mamá tuvo que soportar todo el peso económico y emocional de mantener a tres hijos sola.


 

Recuerdo que, como era la tradición, se mantuvo vestida de luto durante todo un año. Fue un tiempo de mucha soledad. Lloraba casi todos los días y casi todo el tiempo no se veía nada feliz. Pero había una fuerza interior muy poderosa en ella porque de alguna manera, siendo tan pobres como éramos, nunca nos faltó un plato de comida ni tuvimos que abandonar nuestros estudios por razones económicas. Ahora que lo pienso mejor me parece increíble que haya trabajado como profesora tres turnos durante varios años, todo para que nosotros tres no pasáramos hambre. Hasta que un día tuvo un fuerte dolor en el estómago que la llevó directamente al hospital: el stress y la fatiga estaban cobrando su parte.


 

Después, además de trabajar como profesora, ya sólo dos turnos, puso una pequeña venta de hilos muy surtida, para agregar una ganancia más a la debilitada economía familiar que teníamos.

Flores del patio de la casa de mi mamá.

En otra parte del patio mi mamá tiene una mata de loroco. Cuando la visitamos nos pone a cortar ese delicioso fruto para que llevemos a casa.


 

Una cosa que admiro de mi mamá es que nos disciplinó a mis dos hermanos y a mí con una tenacidad incansable. A nuestro comportamiento siempre puso límites, pero los  límites de la buena convivencia con nuestros semejantes. Todos aprendimos a trabajar con honestidad y a tener el respeto necesario para nuestro prójimo.


 

Cuando veo en retrospectiva todos esos años de aprendizaje que tuvimos mis hermanos y yo, me doy cuenta que es la falta de amor y de guía por parte de un adulto, la que han tenido todos estos jóvenes involucrados con las pandillas. Han llegado a “las maras” buscando lo que no han encontrado en su familia. La migración obligatoria de sus padres hacia otros países, especialmente Estados Unidos, los dejó totalmente en lo que podríamos llamar una orfandad práctica. Aunque recibían dinero, no recibían la educación de oro que sólo en familia se puede adquirir.


 

Pero volviendo a mi madre, me gustaría contar algo sobre sus antecedentes. Su abuelo paterno fue un hombre muy trabajador de la agricultura, que acumuló tierras en varias partes del occidente del país. Su padre también siguió esos pasos; pero cuando enviudó, desgraciadamente se perdió en el alcoholismo y perdió todas las tierras heredadas; paró de beber hasta que un “derrame” lo dejó paralizado del hemicuerpo derecho.


 

Sin embargo durante su infancia, mi mamá tuvo todo el amor necesario y la abundancia de bienes para vivir confortablemente. Ello no impidió que sus padres la enviaran a vender mazapán o a trabajar cortando tomates. Esto le dio un sentido de la vida: nada es gratis y todo esfuerzo tiene sus recompensas.


 

Le gustaba la enseñanza y por eso estudió para profesora. Ahora que está jubilada, no se ha deprimido, sino que se la pasa entretenida visitando amigas y ex compañeras de trabajo, acudiendo a misa, leyendo –siempre le ha gustado la lectura-, mirando televisión y haciendo labores domésticas de la casa.

Lo que más he aprendido de mi mamá es su amor por la vida, he aprendido que si nos caemos debemos levantarnos y seguir adelante. He aprendido, especialmente, que la honestidad debe formar parte de nosotros, como el oxígeno que respiramos.


 

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

HONOR Y FIEBRES

-¿Y vos que a ser cuando seás grande?

-Méquico.

Las risas explotaron a mi alrededor. Las sonrisas y los rostros me miraban desde arriba.

-¿Médico?

-Sí, méquico-

***

Aunque vivo en un país pobre de Latinoamérica  –El Salvador-  tuve la suerte de cumplir mi sueño, el que tuve desde que era un pequeño niño que apenas podía pronunciar las palabras. Desde que tengo memoria siempre supe que sería médico.

En el camino hacia mi destino tropecé y caí varias veces. Creo que la vida no tendría ninguna gracia si no se nos presentaran dificultades que resolver. A veces en la búsqueda de esas soluciones el universo conspira para que veamos o caminemos otros senderos diferentes al trazado, antes de que retomemos el rumbo. Esas cosas me pasaron a mí y estoy seguro que no sería quien soy si no hubiese tenido ese enriquecimiento.

Toda experiencia que he vivido me ha hecho más rico cada día, no en dinero, pero sí en espiritualidad y conocimiento. Con los años he aprendido a amar la vida y toda la diversidad que se manifiesta palpitante en este planeta y más allá, la variedad de rostros humanos y animales, de hojas y de frutas, de suelos y de lluvias…

Cuando estaba en cuarto grado de la escuela primaria tenía 10 años de edad. A mediados de ese año escolar y justo después de enfrentarme a unos exámenes de Estudios Sociales e Idioma Nacional, inicié con fuertes fiebres que me tumbaron en la cama y me sumergieron en delirios fantásticos y absurdos, en sueños y pesadillas que se mezclaban entre mi consciencia y mi subconsciente; todas las imágenes y sonidos que veía y escuchaba dentro de mi cabeza se conjugaban y deformaban para llenarme de terror, y es una cosa verdaderamente fascinante entender que las pesadillas infantiles están repletas de una imaginación ilimitada.

No sólo la cabeza me funcionaba erróneamente, sino también la piel, en la cual brotaban unas ampollas pequeñas y pruriginosas llamadas vesículas, llenas de un líquido claro que se rompían al menor contacto. Me salieron también pápulas y costras.

En mi aciago estado de salud, varias noches y varios días me parecieron infinitos.

Cuando recuperé por un momento la razón y volví a este mundo «real», empecé a sentirme mejor, y recuerdo que un tío-abuelo que había llegado a visitarnos se ofreció para hacerme una cura mágica y vegetal que había aprendido más allá de unas montañas de Guatemala.

Mi tío-abuelo, cuyo nombre era Nemesio, era un trotamundos de a pie, que odiaba los automotores y que pensaba, además, que andar a caballo debilitaba el espíritu del viajero. Así que había recorrido toda Centroamérica y México caminando, comiendo en un lado, durmiendo en otro, trabajando de esto y de aquello…

Mi mamá, en su aflicción por mis fiebres, vio su llegada como un acontecimiento de la fortuna divina, mi tío-abuelo fue para ella un ángel enviado para salvarme.

La cura era muy simple y sólo requería que él dijera en voz alta unas oraciones a su Dios, masticara una cabeza de ajo, hiciera una especie de tubo con papel periódico y soplara a través de él todo su aliento sobre mi humanidad, incluyendo mi rostro y fosas nasales…

Yo pensé en ese momento que con ese olor cualquier enfermedad terminaría muerta y de verdad creí que, después de ese rito mágico-religioso, me había curado.

A continuación de eso mi tío Nemesio almorzó con nosotros y nos contó muchas historias. Luego se marchó por mucho, mucho tiempo.

Mi enfermedad era muy común y se llamaba varicela, y debo decir que mi mamá, que es una mujer de mucha fe, todavía continúa agradecida con mi tío-abuelo por haberme curado. Recuerdo que, mucho tiempo después, cuando yo era estudiante de Medicina, recordaba de vez en cuando ese evento patológico de mi niñez y también me sentía agradecido con mi tío Nemesio por su –aunque inútil- buena intención. Muchas infecciones virales tienen una vida auto-limitada, siempre y cuando no se sobre-infecten con bacterias.  Y mi varicela ya iba de salida para cuando llegó mi enigmático tío-abuelo.

Lo que yo no entendía para entonces, en esos días de joven estudiante de Medicina, es que la fe es una parte muy importante para la curación y recuperación de los pacientes, entendiéndose la fe en este caso como la creencia positiva de que los medicamentos de verdad nos harán bien.

Para un médico o un estudiante de Medicina hay una delgada línea entre sentirse seguro del conocimiento y los excesos de petulancia. Pero ya me metí a hablar de Medicina y de arrogancia y ese no es el punto al que quiero llegar (por el momento).

Un día después de la cura sobrenatural de mi tío-abuelo me sentí mucho mejor y pude sentarme en la ventana de mi casa que daba a la calle, para mirar a la gente pasar.

Estando sentado en la ventana, casi al mediodía, un compañero de la escuela al que conocíamos como Vanegas, me reconoció y se quedó platicando un rato conmigo. Le conté lo de mis fiebres y él me contó que mi nombre estaba en la pizarra que colgaban los profesores en un pasillo de la escuela con las mejores notas de cada mes: mi nombre estaba en el primer lugar del cuadro de honor.

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

EL POZO DE LA MISERIA

1

 

¿Cómo puede alguien caer hasta el fondo del pozo de la miseria?

 

 

La vida es como un escalinata con gradas resbalosas que todos debemos pisar en algún momento.

2

 

Hace muchos años un hombre, al que llamaremos Juan, se compró una película escrita y dirigida por Spike Lee en formato VHS que se llamaba “Mo’ Better Blues”. Le gustaba mucho mirarla, especialmente porque era una historia de músicos. Tenía ese sabor de lucha por seguir el camino que a uno le gusta y de búsqueda de la identidad que siempre le había atraído a él. Pero también se sentía prendado de algunas escenas con una melancolía que se veía reforzada con la música interpretada por el cuarteto de Branford Marsalis (al que se le sumaba el trompetista Terence Blanchard). Los actores principales de esa película eran Denzel Washington, Spike Lee y Wesley Snipes.

 3

 

En esos días Juan se sentía tan melancólico como “Never again”, una de las composiciones musicales de esa película. Fue una época en que él tuvo que separarse involuntariamente de sus hijas, en medio de un doloroso divorcio. Fueron días muy duros para él.

 

 

Por unos días se sintió desorientado, sin ningún objetivo. Pero la noche de un 31 de diciembre cayó en el fondo del pozo de la tristeza y se emborrachó tanto que terminó vomitando con energías en el baño de la casa de un tío suyo y se quedó dormido abrazando la taza del servicio sanitario.

4

 

Cuando despertó, a las cinco de la mañana, estaba sin zapatos, acostado en una cama que no era la suya y en una habitación desconocida. Estaba totalmente despistado y con un sabor amargo en la boca. Se sentía tan arrepentido de su conducta y con una sensación de haber desperdiciado su tiempo inútilmente. Se levantó y se fue de prisa para su casa. En la ducha se tomó su tiempo para pensar. Sintió que ya no podía caer más bajo. Y ahí, como un relámpago, se le vino la idea de terminar la novela inconclusa de tantos años, aquella que tenía como diez años de haberla empezado. Y así lo hizo.

 

 

“Ya ha corrido mucho agua debajo de este puente”, como dice la canción de Fito Páez. Y un año después Juan había terminado su novela y un año más tarde pudo publicarla.

 

 

Juan recobró la confianza en sí mismo y desde entonces lo he visto crecer, no en bienes materiales –que no son los que realmente importan-, sino en bienes psicológicos y espirituales.

5

 

Hace un par de años, volvió a casarse, con una buena mujer. Vive de una manera moderada, sin excesos. Medio rechoncho, simpático, rosado, es una de las personas más respetuosas con las creencias religiosas o políticas de sus semejantes. Y siendo ateo, como es, es una de las personas más felices y bondadosas que he visto.

 

 

Hoy, después de tanto tiempo, levanto mi copa y digo: Salud, amigo. Te deseo buena mucha suerte desde el fondo de corazón.


6

 

Siempre hay tiempo para renacer, ¿verdad, Juan?

 

 

 

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

 

 

 

 

1- “Se avecina tormenta”, fotografía de Óscar Perdomo León.

2- Imagen de la portada de la película “Mo’ Better Blues” extraída de http://en.wikipedia.org/wiki/Mo%27_Better_Blues

3 y 4- Fotografías “Cadáver de un gigante 1” y “Cadáver de un gigante 2” tomadas por Óscar Perdomo León.

5- “La caracola”, pintura de Janto Garrucho.

6- Fotografía “Renacer” tomada por Óscar Perdomo León.

 


Para quien quiera escuchar “Never again”, lo puede hacer siguiendo este enlace http://www.youtube.com/watch?v=FiXcuIzD1yc

UN AÑO MÁS (EFÍMERA CAVILACIÓN EXISTENCIALISTA, Parte 2)

El uno de enero de 2010 me miré al espejo y descubrí algo que quizás había estado negándome desde hace meses a mí mismo. Ese primer día del año me desperté desvelado y con los ojos irritados. Como todo el mundo, supongo. Y entonces vi que las arrugas en mi rostro son cada vez más evidentes. Y recordé lo que me contó mi esposa que había dicho mi hija Beatriz hacía un par de días refiriéndose a mi edad: “Mi papá ya casi tiene dos coras”.

Bueno, “cora” es una palabra que está fuera de mi vocabulario, porque no me gusta. Pero aparte de eso, Beatriz tiene razón y el tiempo verdaderamente está haciendo su inexorable labor en mi rostro.

Otra cosa que me pasó, pero en los últimos días de fin de año 2009, fue lo siguiente: escuchando tocar a unos amigos en un concierto privado y de carácter muy familiar e íntimo, que dieron en su casa, de música Jazz principalmente, pero también de pop, boleros y otras especies, de pronto empezaron a tocar “Let it be” de Los Beatles y este que escribe –de metido- les dijo: «Yo me puedo el solo de la guitarra eléctrica». E inmediatamente me cedieron la guitarra. Y ya estando en posición de tocar, sólo medio empecé y me di cuenta que el solo que tantas veces había tocado antes (mucho antes, eso sí), ya se me había olvidado. Sin embargo yo en mis adentros, todos estos años, había creído que siempre me podía el susodicho solo de guitarra. ¡Qué imprudente! Ya estoy grandecito para saber que cuando algo no se practica, se olvida. Aunque para no quedar avergonzado empecé a tocar “Something”, siempre de Los Beatles y los músicos amigos me siguieron la corriente y no todo terminó tan mal después de todo.

Pero el punto central que quiero contar es que mi memoria me traicionó, como nunca lo había hecho antes.

Memorias que se van. Arrugas que se vienen. Mi hija hablando de su viejo padre. ¿Será una efélide senil esa manchita en el dorso de mi mano?

Esta pequeña niña que ven aquí, lucía de esa manera antes de convertirse en mi esposa y los minutos van corriendo. Y yo, por mi lado, me siento como si tuviera sólo 30 años de edad; pero sé que no es así.

Y sin embargo, lo cierto es que un año más de vida también son 365 días más de experiencia, de dolor y felicidad, de sueños y pesadillas, de amor y desamor. Me he tragado un río de horas. Y me he dado cuenta que últimamente la nostalgia por mi pueblo natal y los recuerdos de mi niñez vuelven a mí cada vez con más frecuencia. Quiero aclarar que sí vivo mi presente y claro que veo hacia el futuro; pero dicen que uno recuerda más su niñez cuando se está volviendo viejo.


¡Pero no! ¡Viejos los caminos! (¿Estoy en mi etapa de negación?) Si en mi corazón hay un joven aún lleno de ilusiones y esperanzas, no estoy viejo.


Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografías:

Érika Mariana Valencia-Perdomo

Óscar Perdomo León

Foto de Érika bebé, tomada por Estudios “Los Vergeles”.


Otra nota relacionada con ésta es: “Efímera cavilación existencialista”, parte 1

http://lacasadeoscarperdomoleon.blogspot.com/2009/10/efimera-cavilacion-existencialista.html

TONTAS CANCIONES DE AMOR

Me gusta mucho el cine. Cuando puedo ver sin interrupciones una buena película es para mí un momento de gran placer.

Me encantan las películas históricas, las de grandes actos de valentía y heroísmo, las que cuentan historias basadas en hechos reales, las que lo sumergen a uno en batallas entre dragones y caballeros, las comedias, las policíacas, etc.


Sin embargo, las que siempre me hacen llorar son las películas románticas que de entrada las puedo uno predecir como van a terminar. Esas donde él se enamora de ella y ella de él. Puede que sea así porque quizás soy un romántico sin remedio. No me gustan las cursilerías -tengo que aclararlo-, pero sí me gusta creer que el amor existe y que ella lo ama a él y que él está loco por ella.


Antes quizás me gustaban las películas románticas porque siempre había estado buscando el amor completo, la persona exacta con quien poder hablar horas y horas sin aburrirme, la persona exacta con quien poder hacer otras actividades variadas sin sentirme sofocado, la persona exacta con quien disfrutar del sexo sin barreras físicas ni psicológicas. Y ahora tal vez me siguen gustando porque ya encontré a esa persona y me siento muy enamorado de ella. Puede ser que sea porque cuando veo sus ojos, recuerdo el poema de Borges que dice algo así como que el amor hace que veamos a los demás como los ve la Divinidad. Y si bien yo no soy un creyente de muchas cosas, sí soy un creyente del amor. Y esas palabras borgeanas son lo más bello que he leído.


Y aunque sé muy bien que esas películas románticas son un poco como la música que sarcásticamente John Lennon llamó silly love songs y que luego Paul McCartney en respuesta compuso una canción precisamente con ese mismo nombre, el hecho es que me siento muy bien mirando una y otra vez esas tontas películas de amor. Porque el amor es una fantasía-real o una realidad-fantástica, que lo hace sentir a uno tan vivo e ilusionado.


Esas tontas películas de amor (que no tengan tanta-tonta-comedia-mal-hecha en medio, por supuesto) me atrapan durante una hora y algo más, y me hacen apreciar y reafirmarme que la vida vale la pena vivirla y mucho más si se tiene alguien a quien amar.


Estas tontas líneas de amor son para usted, Érika.

¡Feliz año nuevo!

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

La fotografía inicial la tomé este año en el Teatro Nacional de San Salvador.

BREVE CARTA PARA WENDY

Recuerdo que mi hermano Mario y yo estábamos jugando con un viejo neumático de llanta de carro en el patio de la casa de Atiquizaya, cuando oímos que mi papá entraba muy contento; venía de Santa Ana con mi mamá y traían un regalo inigualable: una linda bebé de ojos verdes y de cabello claro. Eras vos Wendy, que venías con las manos chiquititas y blancas. Corrimos juntos, mi hermano y yo, con mucha curiosidad a mirarte.

Desde entonces te quisimos mucho. A medida que ibas creciendo te ibas también pegando a nosotros como una sombra, porque hay que entender que la diferencia de edades de más o menos 8 años es considerable cuando se es niño o adolescente. Y ahí andabas detrás de nosotros, metida en “los juegos de varones”. Estabas tan pequeña que yo en broma, como todavía no podías hablar muy bien, en lugar de hermana, te decía “semana”.
Me acuerdo que cuando estabas bien pequeñita accidentalmente te tiré azúcar sobre la cabeza. Vos sabés que fue sin querer, ¿verdad?

Cuando estabas en la edad de ir a la escuela, me acuerdo que te pusiste a reír cuando una ocurrente señora dijo: “¡Ay, que chulo el pelo de esta niña, como si fuera de melcocha!”. Bueno, con los años te ha ido oscureciendo poco a poco. Creo que con la edad tu cabello llegará a tener el color del que tenía mi papá o el que tiene mi mamá. Y eso es bueno. No te olvidés que somos hijos de dos personas con una gran fuerza de corazón.

¿Te acordás del perro correlón y temblador que tenías? La verdad nunca me gustó el nombre que tenía, pero era muy divertido jugar con él. ¡Qué mascota! ¿Y de la fiesta que te hicieron donde papá Edgardo, te acordás? Todas las chicas con sus peinados de Cyndi Lauper bailando de una manera que hoy da un poco de risa, ¿verdad?
¿Te acordás de la serie familiar de televisión que veíamos después de la cena cuando vos eras adolescente? ¿Y del coro ambulante? Esos días que parecen tan lejanos ahora, fueron buenos porque te permitieron divertirte y unirte a las primas, especialmente a Mydee.
¿Y de la vez que discutíamos acaloradamente -¡quién sabe por qué!- mientras yo manejaba un viejo jeep y en mi distracción choqué contra la orilla de la calle rural, te acordás? Por suerte no íbamos a más de 10 ó 15 Km. /h y no nos pasó nada. ¿Y de cuando viajábamos con mi mamá a San Salvador? Ahora, desde hace más de 14 años, te has hecho capitalina. Pero yo sé muy bien que vos viviendo lejos, al igual que yo, tenés el corazón en Atiquizaya.
¿Te acordás de aquella llamada telefónica que me hiciste al hospital de Ciudad Barrios, donde yo hacía mi Año Social? Espero que no olvidés cómo desde recién nacidos tu hijo Carlitos y mis hijas Laura y Beatriz se unieron con un lazo de amor de hermanos verdaderos. Hay una foto de Laura María cargando a puras penas a Carlitos. ¿Y de cuando me divorcié, te acordás? La familia me apoyó mucho, especialmente vos.
¿Y de todas las navidades y años nuevos que hemos pasado juntos? ¿Y de todos los cumpleaños colectivos en Atiquizaya, qué me decís? Es bastante tiempo compartido y muchos recuerdos que viven en nuestras memorias.
Pero hay algo, Wendy, muy importante que quiero decirte y es que a pesar de ser menor que yo, siempre me has cuidado de alguna manera, ya sea con tus palabras o con tus acciones. Yo la verdad no tengo muy buena memoria, vos ya me conocés. Y así como olvido muchas veces los insultos y malquerencias de unos, así también a veces me olvido de los favores que otros me han hecho. Y de la misma manera sé que ya me he olvidado de las muchas veces que vos me has ayudado. Sin embargo, aunque yo olvide los casos específicos, tengo muy clara la generalidad del asunto y sé que has sido muy buena persona conmigo.
Este año te llamé por teléfono y quizás, como siempre es mi costumbre, te puse “Las mañanitas” con Marco Antonio Muñíz; pero no te di ningún regalo. Quisiera entonces que estos recuerdos, que escribo hoy, sean aunque sea algo así como un regalo para vos. Porque sos la mejor, Wendy. Gracias por todo.
Texto:
Óscar Perdomo León

DONDE PAPÁ ÁNGEL

Cuando era niño me gustaba mucho jugar en la casa de mi abuelo paterno. Su casa era tan grande para mí que me sentía con toda la libertad de explayarme a gusto. Siempre me sentí bienvenido. En la entrada estaba –y aún está- el viejo almacén “El sol”. Mi abuelo casi siempre estaba ocupado con los clientes y la mirada la mantenía cubierta con un halo de reserva, no le quitaba los ojos de encima a los compradores. Yo entraba después de un “buenas tardes, papá Ángel” y me metía a la casa corriendo. Después de la sala estaba lo que yo buscaba: el patio, el solar y sus plantas. Para mí era como una selva, porque había árboles de mucha variedad, como guayabos, mangos, naranjas agrias y claveles que para mí eran gigantes. Sin embargo, los verdaderos gigantes eran los árboles de mango. Había tres, uno de ellos era ciertamente colosal, su tronco era tan grueso que era un gran reto treparlo. Había uno de “mango de brea” que tenía un sabor inolvidable. Pero los que más me gustaban eran los mangos “indios”; me los comía tiernitos, verdes, maduros y hasta cuando casi se estaban pasando de maduros.

Ir donde mi abuelo también era una experiencia satisfactoria porque ahí confluíamos los primos y era nuestra oportunidad de estar juntos; jugábamos fútbol, ladrón librado, de escondidas, salta burro (bom y portinyulo más jalón de oreja) y carrera de micos. Pero creo que nuestro juego favorito era subirnos a las grandes alturas de los “palos de mango”. Subirse y comer los mangos verdes con sal sentados en una rama, nos hacía sentir un placer tan inexplicable, pero muy relacionado con la victoria y la libertad. Creo que entonces nos sentíamos como los reyes del mundo, con el manjar más delicioso que puede haber: el mango. Éramos reyes sí, hasta que mi abuelo llegaba enojado a regañarnos –y con razón- por andar como monos subidos en las ramas más altas. En desbandada salíamos corriendo hasta el fondo del patio.

El líder natural -y por edad también- era mi primo Moris. Él, con su talante de seriedad, su fuerza, su tamaño, su evidente masculinidad y su voz de mando, hacía que todos los demás lo siguiéramos en sus planes y decisiones. Él y su hermano Willians eran los más hábiles en el uso de la hondilla, la honda de “muchas varas” y en el juego del capirucho. Una de las cosas que aprendí con ellos fue a jugar trompo; ¡ay de mis primeros trompos! Todos terminaban “calaciados” y hasta quebrados. Tuve trompos “ceditas” y “sazarazas”; aprendí a hacer bailar el trompo en el aire y cacharlo en mi mano: me quedaba mirándolo girar como a un planeta diminuto. Es increíble cómo todas esas cosas tan sencillas me hacían tan feliz.

Recuerdo que al fondo del patio había una vieja bicicleta con las ruedas sin neumáticos en donde todos los primos aprendimos a andar. Después de numerosas caídas y raspones en los brazos y rodillas, uno a uno de nosotros fue aprendiendo el arte del equilibrio. La bicicleta no tenía además frenos y hacía un ruido a tuercas rancias sin aceite que seguramente volvía locos a mi abuelo y a mis tíos.

Todos esos años que pasé las tardes de mi niñez en la casa de papá Ángel fueron una fuente de felicidad y aprendizaje para mí. Hay recuerdos de esa época que son casi fotográficos: los puedo ver y los tengo en mi mente y en mi corazón.

Texto y fotografías:
Óscar Perdomo León

EFÍMERA CAVILACIÓN EXISTENCIALISTA

Me gustaría vivir sin fin para tener tiempo de estudiar y conocer todas las cosas que han ocurrido en el mundo, para mirar todas las cosas que están por venir y ser testigo de todos los sucesos universales.

Algunos objetos -materiales y espirituales- que son importantes para mí, me gustaría darles un “soplo de vida” y hacerlos inmortales. Pero sólo es mi engañada vanidad creyendo que puede haber cosas eternas. Me resigno al darme cuenta que todo cambia y evoluciona, y que nuestro destino al final de cuentas es la muerte.

Sin embargo, me gustaría al menos que mis hijas me recordaran con cariño, que pensaran en mí como alguien que las amó, con todas las fuerzas que es posible amar.

Texto y Collage:
Óscar Perdomo León

EL NIDO

 
 
“Es porque un pajarito de la montaña, ha hecho en el hueco de un árbol su nido matinal…” (1)

 

 Cuando era niño recuerdo bien que lloré en mi primer día de escuela al darme cuenta que mi mamá no estaba cerca.Cuando era adolescente creía saberlo todo y en acto de rebelde sin causa desdeñaba toda enseñanza de mi madre.

Hoy en la adultez me doy cuenta que mi madre siempre sabe más que yo y que nunca superaré la experiencia de la vida que ella tiene. Y acudo al tiempo a que me dé consejos cuando me encuentro hundido en la confusión. A veces los sigo, a veces no; pero sé que ella es la única que nunca querrá nada malo para mí.

Mis hijas, por su lado, ya casi son unas señoritas y sé que pronto ya no seré el héroe que soy ahora para ellas. Dejarán su nido y volarán hacia otros lugares y con otras personas.Empezarán a tomar decisiones importantes con más frecuencia por sí mismas y con el tiempo quedaré yo un poco relegado.

Sin embargo, guardo la esperanza que al final volverán a buscarme como lo hacen hoy que aún son niñas.

Porque yo nunca dejaré de ser su padre. Las dejaré en libertad para que sean felices. Que estudien y aprendan para que la ignorancia no las corroa. Y ojalá que los errores que cometan les enseñen a ser mejores personas.
 *
Yo nunca dejaré de ser su padre y ellas nunca dejarán de ser mis “niñas”.
Texto y fotografías:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN

 

(1) Fragmento del poema “El nido”, de ALFREDO ESPINO.

* Pintura “Familia de pájaros”, del pintor OCTAVIO OCAMPO.

ÉL

Las palabras que siguen a continuación fueron escritas por mi esposa Érika para mí, hace un par de semanas y, a pesar de que escribimos juntos el blog LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR, hoy me ha pedido que las suba a este mi blog. Gracias Érika. I love you too.

He escuchado a algunas mujeres decir: “le voy a decir a él”, “no sé si él quiere”, “a él no le gusta que me vista así”, etc. Por lo general esta manera de hablar la adoptan mujeres con poca educación formal o que son parte de la llamada clase baja; a mí siempre me ha resultado simpático y campechano.

Pero hoy me levanté con mi pensamiento puesto en mí ÉL, el que me ha acompañado en los últimos meses y del que me he separado desde entonces sólo un par de horas por alguna situación extrema.

Mí ÉL me ha enseñado tantas cosas en tan poco tiempo y me dado la oportunidad de ver el mundo como él lo ve y aunque yo no comparta algunas de sus visiones, hoy no me imagino en otro lugar si no es a su lado. Esto que escribo podría sonar cursi y rosa, pero a mis 35 años nunca me había sentido tan a gusto y tan completa como me siento con ÉL.

Con ÉL amanezco abrazada sintiendo sus manos, sus dedos y su cuerpo, envuelta en esa piel naturalmente tibia, tan característica y propia de su ser. Con ÉL trabajo (trabajamos en el mismo lugar), hablamos de todo, reímos, discutimos y salimos adelante de los largos problemas de la vida.

Hemos hecho planes para el futuro y ambos deseamos prácticamente lo mismo para nuestra vejez.

Con ÉL he aprendido a tener gusto por la fotografía, a conocer un poquitito de Jazz y juntos hemos cocinado deliciosas recetas. Con ÉL he crecido y he experimentado cosas que nunca lo había hecho con nadie más. De ÉL he aprendido a desarrollarme mejor como profesional.

Ambos hemos vivido situaciones parecidas en tiempos casi paralelos cuando estuvimos casados, digo ÉL con otra y yo con otro. Y ahora que Él y yo nos hemos casado siento que he alcanzado otro nivel de amor y de conciencia.

ÉL es “mi primera vez” en muchas áreas de la vida: con él hice por primera vez un legrado uterino y una cesárea. Con Él hice el amor apasionadamente el primer día que lo besé (desde entonces estamos juntos) y he cumplido plenamente mis fantasías sexuales. Con él me siento libre sexualmente. ÉL es mi primera pareja a la que le digo que soy totalmente feliz a su lado.

Con ÉL vi a mi hermano la primera vez después de 22 años, con ÉL es la primera vez que leo un libro en pareja y ayudo a editar uno (de su autoría). Con ÉL por primera vez me tomé una botella completa de vino en la cena, charlando de lo lindo.

Por ÉL estoy sentada escribiendo y lo hago con el mayor de los gustos. Él es el primer hombre en mi vida con el que quiero vivir para siempre.

Oscar, usted es el hombre de mi vida

GRACIAS por todas las primeras veces que faltan por descubrir en nuestras vidas.


Texto:

Érika Mariana Valencia-Perdomo


Fotografías:

Óscar Perdomo León,

excepto la última, tomada por Carlos Reyna.

NO ESTOY SOLO

Con mi hermana Wendy
1
Trabajé con gran esfuerzo y ahínco en el hospital durante casi seis años. Trabajé siempre con honestidad y haciendo muchas veces –al igual que muchos colegas en otros hospitales- más de las horas a las que había sido asignado. En los últimos días de agosto de 2008, por razones que no vienen al caso mencionar, renuncié.

Me liberé de resentimientos. Me apoderé de lo que disfruté haciendo mi trabajo y de lo que aprendí durante tantos años en diferentes hospitales y miré hacia el horizonte.

Mario Roberto Perdomo León
2

Así que unos días antes de renunciar le conté a mi hermano Mario de mi deseo de instalar por lo tanto mi clínica privada. Le pedí de favor que me trajera desde Atiquizaya mi viejo canapé y otras cosas que necesitaba en mi oficina médica. Aunque trataba de ver con optimismo mi futuro, había, ahora lo reconozco, cierta decepción y desamparo en mi voz, que mi hermano debió haber notado.

3

Con la rapidez de quien siente amor de verdad por uno, mi hermano me trajo mis “chunches” como pudo un fin de semana. Yo estaba feliz de verlo y de tener mis cosas ya en la casa. Almorzamos y luego sugerí que oyéramos música un rato. Los dos somos irremediables amantes de la música. Yo trataba de impresionarlo con mis veinte y tantas versiones de Yesterday (de Paul McCartney) que tenía en mi iPOD. Luego de escuchar pacientemente me dijo que ya tenía que irse; pero yo le dije que antes de hacerlo que me pusiera alguna canción de su iPOD y el me dijo: “Te dedico esta canción”. Era una de Michael Jackson: “You are not alone”.

4

Gracias, Mario. Qué suerte tengo de ser tu hermano. Yo sé que no estoy solo. Gracias por tu amistad sincera.

Post data:
Michael Jackson, permanece imborrable en nuestra memoria.

ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Fotografías 1 y 3 tomadas por Claudia Sosa.
Fotografía 2 tomada por Óscar Perdomo León.
Fotografía 4 tomada de la página oficial del ciberespacio de Michael Jackson.

DÍA DEL MAESTRO

El 22 de junio es el día del Maestro en El Salvador y he recordado a los profesores que durante toda mi vida escolar me enseñaron tantas cosas. Aunque a unos los recuerdo más que a otros.Por ejemplo, a la “señorita Vicki”, Victoria Gutiérrez, de Chalchuapa, la recuerdo bien que llegaba a la escuela manejando un escarabajo alemán, con una sonrisa y una alegría que la transmitía a su clase. Ella fue quien me enseñó a leer y escribir, y fue mi profesora de primero y segundo grado. Años después cuando nos encontrábamos casualmente, siempre nos saludábamos muy contentos. Tengo muchos años de no verla; pero siempre la recuerdo con mucho cariño.Ana Germánfue mi profesora de laboratorio de química. Después de terminar la clase había un par de alumnos que nos quedábamos haciéndole preguntas que ella nos contestaba amablemente. Después nos leía fragmentos de libros de escritores salvadoreños; bien recuerdo cuando nos leyó con una gran emoción “El jetón” de Arturo Ambrogi. Estoy seguro que ella me enseñó más de literatura que cualquier otro profesor de letras que yo haya tenido: me inculcó el amor a la lectura. Tampoco olvido el libro que me regaló: “Corazón”.Durante mi vida universitaria, conocí grandes profesores, verdaderas eminencias del conocimiento; pero debo decir con cierta decepción, que aun cuando numerosos de estos doctores que fueron mis tutores sabían mucho, muy pocos tenían las herramientas pedagógicas necesarias para transmitir lo que sabían; es más, algunos    –los menos por fortuna- de ellos hasta trataban deliberadamente de desmotivar al estudiante, tratándolo con irrespeto, insultando su autoestima y guardando con egoísmo el conocimiento. Pero, como decía, los profesores que sí se interesaron en enseñarme el “arte de la Medicina”, se mostraban sin arrogancia y compartían con placer sus experiencias y conocimientos. Con estos últimos estoy en deuda eterna.

Finalmente quiero hablar, aunque rompa con la cronología de mi relato, de la que fue mi profesora de quinto grado de primaria. Ella me enseñó muchas cosas, no con palabras, sino con el ejemplo vivo, como el valor de la honestidad, la responsabilidad en el trabajo y la puntualidad. También me mostró el placer de la lectura con el simple hecho de verla disfrutar leyendo. Recuerdo bien, por ejemplo, que antes de ir a ver al cine la película “Papillón”, con Steve McQueen y Dustin Hoffman, ella ya se había leído toda la novela homónima. La recuerdo con claridad comentándola con su amiga Ana Berta.

Ella, que muy tempranamente enviudó y que con amor y sacrificios me llevó por los senderos de la vida, es mi madre, Nohemy León de Perdomo, que ejerció el magisterio con dignidad y entrega, con verdadera vocación y nació –por casualidad o porque las fuerzas del destino así lo quisieron- un 22 de junio.

Recuerdo cuando mi mamá preparaba sus clases, investigando y consultando libros. Siempre fue emprendedora y como el sueldo de profesora era muy bajo, empezó a viajar a San Salvador para comprar lana e hilos para bordar y hacer crochet, y puso una pequeña tienda en nuestra casa; con ello teníamos una pequeña entrada extra. Otra cosa admirable de ella fue que en una época de mucha crisis económica, mi mamá comenzó a trabajar dando clases en tres turnos diferentes, mañana, tarde y noche. Era una locura; pero la necesidad de mantener a sus tres hijos y su hogar la empujó a tal hazaña. (Durante ese tiempo mis dos hermanos y yo permanecíamos más tiempo sin su presencia; pero aún así, con su ejemplo de amor y honradez, los tres nunca nos desviamos de la rectitud y hemos llegado a ser personas trabajadoras y de bien, con sensibilidad social). Pero el esfuerzo físico y mental que mi mamá realizaba por nosotros la consumió rápidamente y la hizo colapsar en unos meses. Fue ingresada en el hospital con una severa gastritis, debido a la mala alimentación y al estrés.

Sin embargo, esto no la detuvo y continuó trabajando dos turnos; pero siempre con entusiasmo en la docencia y sin amargura.

Aún hoy después de jubilada, sigue ejerciendo el amor a la lectura y además siendo el apoyo pedagógico de su nieto Carlitos.

Desde este espacio íntimo que me pertenece le digo gracias a mi mamá por todo y gracias a todos los maestros que de verdad se interesan en sus alumnos y no sólo van a su trabajo a sobrevivir y a pasar el tiempo. Los maestros son una verdadera luz cuando enseñan con amor y con humildad, dos instrumentos inseparables para conducir al estudiante a través del universo del saber. Cuando el maestro disfruta lo que hace, el alumno lo percibe, lo interioriza y la sed de conocimientos no se le agota nunca.
Sólo teniendo mejores estudiantes, tendremos mejores profesionales,
lo cual hará de El Salvador un país más grande.
Ojalá que en El Salvador de aquí en adelante se valoré más a los maestros y se les dé una formación más sólida y mejor cada día. Que se les mejore los sueldos, que se les motive a estudiar y actualizarse. Ojalá que nuestros niños vuelvan a tener grandes maestros como los que se graduaban de la extinta Normal “Alberto Masferrer”.
Gracias a los maestros y maestras que sueñan con un mejor futuro para sus alumnos y para nuestra patria. A ellos, gracias por todo.

Feliz día del maestro y feliz cumpleaños, mamá.

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

20 de junio de 2009

ELLA

Cuando era niño veía por las tardes en la televisión viejas películas gringas y mexicanas en blanco y negro, y cuando el galán enamorado de la historia besaba a la muchacha, yo soñaba con ser el galán y con tener un amor. No me convertí en galán, pero sí me enamoré y la primera vez que lo hice –platónicamente- estaba en tercer grado de primaria. Y me he enamorado un par de veces más en mi vida, ya no tan platónicamente, algunas veces soportando piedras y palos, y otras veces me han querido como se debe.

Pero cuando la vi por primera vez a ella nunca pensé que me enamoraría. Yo estaba sentado en un cafetín y ella entró con su mirada que me gusta y no me miró. No nos conocíamos, por supuesto, pero me gustaron sus ojos. (O las furtivas feromonas, ¡quién sabe!). Ignorado, me quedé pensando en eso durante varios días. Y me pregunté por qué pensaba tanto en ello. Después me la presentaron formalmente como compañera de trabajo. De vez en cuando la veía de lejos y le sonreía, ella me correspondía educadamente.

 

Un día nos encontramos y no perdí la oportunidad de mostrarle mi interés hacia ella y le dije, así, a quemarropa, que me gustaba como le quedaba su blusa y entonces me miró, con una mezcla de sonrisa obligada y de cierta incredulidad.

Aprovechaba cada ocasión para charlar con ella. Luego la invité a salir dos veces, porque me gustaba físicamente y no me aburría de platicar con ella; pero siempre sentía un leve temor impreciso cuando estaba a su lado. En realidad debo aceptar hoy que para entonces ya estaba enamorado de ella; pero yo estaba en una fase de negación inconciente y con el consiguiente miedo a ser rechazado. Estaba totalmente perdido. Ella, por su lado, se mostraba muy amistosa y a gusto conmigo.

La tercera vez que salimos, un par de semanas después, su mirada hacia mí era diferente y yo comprendí que una puerta se me había abierto. Esa misma noche nos besamos.

Al día siguiente, la asustada fue ella. Creo que la situación la tomó por sorpresa. Me dijo que me olvidara de lo que había pasado y que todo había sido un error. Le dije que comprendía y no insistí. Entonces, cuando la encontraba en los pasillos del hospital sólo le hablaba para saludarla. Unos días después ella se fue de vacaciones.

Me sentía solitario y triste. Gris. Ensimismado. Ausente de mi entorno. Ni mi trabajo ni la música me llenaban. Quise escribir algo pero la página blanca permaneció en blanco por días y días. Y las fastidiosas horas largas no se alejaban de mí para nada. Yo había escrito que el amor sólo se da y recibe, no se exige. Así que tenía la obligación ética de seguir mis propios consejos y traté de olvidarme de ella.

 
 
“Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla.
Donde yo no me hallo no se halla,
hombre más apenado que ninguno.”
(1)
Sin embargo, con el pasar de los días, algo sucedió. La puerta de mi morada sonó inesperadamente. Abrí y allí estaba ella con una sonrisa, como si nada hubiera pasado y como si todo fuera nuevo. Y así fue, en realidad. No abrazamos y besamos en el umbral de la puerta como en una tonta telenovela de mediodía. Y después de un mes de intenso noviazgo, alquilamos una casa y nos fuimos a vivir juntos. Nos llevamos todos nuestros libros y nuestros discos, que al final terminaron mezclándose. Estábamos tan felices.
*
Yo encajé perfectamente en su vida y dejé atrás mi dolor.
Ella estaba radiante y cantaba canciones de Fito Páez por toda la casa.

Un año después nos casamos, en una ceremonia familiar sin ínfulas.

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Ahora la mayor parte del tiempo no nos separamos. Leemos el uno junto al otro. Escuchamos música juntos. A veces cocinamos en colaboración mutua. En ocasiones le pregunto si no se ha aburrido de mí y ella responde:

-Yo no ¿y usted?

-Yo tampoco.

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Me encanta su coquetería, la sensualidad que estila con su mirada y su cuerpo. Se pasa mirándose al espejo entre 20 a 30 minutos: no hay problema, su vanidad está en los límites necesarios que debe tener toda mujer.

Como buena “escorpiona” que es, tiene la suficiente dosis de pasión y lujuria que mi enfermedad necesita. Y en cuanto a sus celos… ¡qué puedo decir! Hay un par de anécdotas sobre ese su sentimiento que más que enojo ha hecho brotar de mis labios una sonrisa divertida, que si se las contara a ustedes, me mandaría esta noche a dormir al canapé de mi clínica.

Una de las cosas que más me entretiene hacer con ella es escribir. Y lo hacemos así: uno de los dos inicia un tema y escribe un par de líneas o párrafos, luego se levanta y el otro se sienta y continúa escribiendo, enriqueciendo la página con nuevas ideas o corrigiendo la sintaxis o la ortografía. Escribimos en primera persona y en singular habitualmente, con el único objetivo de que el lector pueda tener una mejor empatía con nuestros argumentos.

Nos alegramos al coincidir. Discutimos cuando no estamos de acuerdo; pero generalmente alcanzamos un consenso. Por eso hemos iniciado nuestra propia bitácora en línea: “La Esquina de Érika y Óscar”:
http://laesquinaderikayoscar.blogspot.com/ en la escribimos artículos de opinión sobre música, política, etc.

Ahora ya no puedo vivir sin la bitácora ¡perdón!, quise decir sin Érika. Y espero envejecer a su lado.

Pan “Óscar”. Riquísimo. Una creación de Érika. Lleva tocino, pollo, carne de res, jamón, lechuga, pepino, tomate y una espesa salsa con ingredientes secretos.
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Gracias, Érika, por enseñarme cosas e historias que no conocía. Le agradezco que me haya dado a conocer cierta música que había pasado por alto. Gracias por las lecturas. Gracias por leerme a Horacio Quiroga. Gracias por hacerme enojar, reír e inventar. Gracias por compartir sus sueños conmigo. Gracias por los trucos de cocina. Gracias por los besos y las caricias. Gracias por hacerme tan feliz. Pero principalmente, gracias por hacerme sentir tan vivo cada noche y cada día.
 
Texto:
Óscar Perdomo León

Fotografías tomadas y editadas por Óscar Perdomo León; excepto * que fue tomada por Érika Mariana Valencia-Perdomo; ** y ***, que fueron tomadas por Beatriz Andrea Perdomo Pacas.

(1) Fragmento del poema “Umbrío por la pena”, de Miguel Hernández.

EL SALTO DE MALACATIUPÁN

08 de junio de 2009

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Hay muchas bellezas naturales de nuestro país que esperan aún ser explotadas desde el punto de vista turístico. Un ejemplo de esto es El Salto de Malacatiupán, en Atiquizaya, departamento de Ahuachapán. Malacatiupán es una palabra de origen nahuat que significa: templo redondo.Durante mi niñez y mi adolescencia fui varias veces con mi familia y mis amigos a este paraíso natural.Hace un par de semanas regresé al Salto; pero esta vez lo hice con mi familia.

Tropel de niños y niñas con mi hermana
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Para llegar al lugar hay que atravesar el río Agua Caliente que, aunque no es muy ancho ni demasiado profundo, es conveniente cruzarlo en un lugar adecuado, porque se corre el riesgo de ser arrastrado por la fuerza de la corriente hacia la cascada.
Mi hermano Mario, después de haber cruzado el río.
3
Esta vista panorámica da una cierta idea aproximada de la altura de la caída del Salto de Malacatiupán.
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Esta cascada trae agua que ha sido calentada por fuentes terráqueas desde Los Ausoles, departamento de Ahuachapán; sin embargo, justo a la par de la caída de agua hay nacimientos de agua a una temperatura mucho más fría. Es decir, que la persona que se baña puede hacerlo casi al mismo tiempo con ambos tipos de agua y contrastar la temperatura de las aguas en su cuerpo. En otra parte, cercana a la caída, hay una corriente de agua mucho más caliente (un agua que puede llegar a una temperatura tan alta como para cocinar y endurar un huevo), en donde se unen ambas aguas, la caliente y la fría, y se forma un río se aguas termales muy apetecible para el cuerpo y a cuya tibieza muchos le adjudican propiedades medicinales.

A la izquierda de la foto se ve el nacimiento de agua fría y a la derecha, al fondo, mi familia se baña en el agua tibia.
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Con mis hijas Laura y Beatriz
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Regresar a ciertos orígenes geográficos que he frecuentado cuando era niño, me conduce a un inevitable regreso a mi conciencia infantil, a mirar las cosas como las veía de alguna manera en aquellos días. Todo parece entonces tan simple y tan nuevo. Me vienen a la memoria las leyendas del Cadejo Negro y del Cipitío. Sortilegios misteriosos. Alegría inocente. Agua limpia, cielo claro. Evocaciones de una vida sin problemas, porque mi anhelo más grande era tan fácil de alcanzar: jugar. Y para eso sólo necesitaba mi fantasía inagotable.

En mi corazón llevo una cascada y un río. Y en mi pecho tengo un niño que no muere y que me dice todos los días que un mundo mejor es posible.

Texto:

Óscar Perdomo León


Fotografías 1, 2, 3 y 4 tomadas por Óscar Perdomo León.
Fotografías 5, 6 y 7 tomadas por Érika Valencia-Perdomo.

MI PADRE. 33 años, 32 días

A Wendy

*
Lo amado y perdido lo añoramos con fuerza. Y ese es el sentimiento que tengo sobre mi papá. La muerte nos lo arrancó en el momento más inesperado y de una manera tan injusta. Nos tomó por sorpresa. Pero así es la naturaleza a veces, perversa.

Mi papá se llamaba Óscar Alfredo Perdomo Escobar y tenía apenas 33 años de edad cuando un aneurisma en el Polígono de Willis, que yacía oculto dentro de su cerebro, explotó irreversiblemente. Cayó en coma durante unos días, para después fallecer un 05 de diciembre de 1972.

Cuando lo veo en la fotografía de arriba, tan joven, tan lleno de vida, con ese semblante al estilo de los actores de cine de los años ´50, no puedo creer que yo, ahora, haya superado con mucho la edad que él tenía cuando murió. Para entonces yo era un niño que lo veía alto y “viejo”; pero eso es un espejismo de las edades y ya sabemos muy bien que todo es relativo.

En esa foto de arriba mi papá me recuerda también las poses de galán que en ocasiones tomaba Pedro Infante. Y mucha gente mayor que conoció a mi papá sabe que a él le gustaba cantar, cuando alguien lo acompañaba con una guitarra, los boleros que entonaba Pedro y todos coinciden en que lo hacía muy bien. Yo más bien lo recuerdo cantando en la ducha de la casa: lo hacía con intensidad, con entrega, se sentía que de verdad lo estaba disfrutando, hasta el punto que una vecina que lo escuchaba cantar y cuyo hijo se había suicidado, le dijo un día a mi mamá: “¡Qué bonito canta Óscar!… y a mi hijo nunca lo oí cantar”.

Sus viejos amigos me han contado que sus características principales eran su alegría y su carisma. Todo el mundo lo amaba. En las reuniones siempre era el centro de atención. Daba su amistad con sinceridad. La envidia, el odio, la intriga y la injusticia no tenían nada que ver con él. Y no lo estoy idealizando, por supuesto que tenía defectos; pero su magnanimidad era tal que opacaba sus fallas.

Rosa Nohemí León y Óscar Alfredo Perdomo Escobar **
A finales de los años ´60, principios de los ´70, mi papá tenía un bonito hogar junto a mi mamá, Nohemí León. De esos días, lo que tengo impregnado en mi recuerdo, es a mi papá sentado frente al tocadiscos, entregado al placer de la música, mirándome y asintiendo de vez en cuanto, como haciéndome cómplice de su goce, escuchando “Jimena”, de Waldo de Los Ríos; “Te fuiste en abril”, de Palito Ortega o “Cariño, verdad” interpretada por los Churumbeles de España. Esas memorias y esa música para mí ahora son como íntimos cortometrajes de magia, con imágenes vivas y seductoras en mi cabeza.
Mario, Óscar padre y Óscar hijo ***
Mi hermano Mario y yo disfrutamos de su compañía y sé que ambos tenemos muchos recuerdos de él. Pero mi hermana Wendy, quien tenía apenas 32 días de nacida cuando mi papá murió, no tuvo la oportunidad de conocerlo realmente. Por eso quiero compartir este otro inconcluso cortometraje querido que tengo filmado en mi cabeza: mis padres regresan del hospital con una linda bebé que era mi hermana. Mi papá y mi mamá rebosan de alegría y nos muestran a la blanca niña. Mario y yo la miramos con una mezcla de admiración y de felicidad. Por la noche mi papá se pasea por toda la sala de nuestra casa cargando a mi hermana. Le habla y le canta. Le sonríe…
 
Wendy Perdomo ****
Nadie sabe nunca cuando va a ser visitado por la muerte. A mí sólo me quedan los recuerdos y los deseos de vivir sin miedo y con alegría, con honestidad y entusiasmo. Creo que es como le hubiese gustado a mi padre verme existir.

Texto:

Óscar Perdomo León

 

Fotografías:
* tomada por fotógrafo desconocido en 1958.
** y *** tomadas por Jorge Vásquez en 1970 y 1971, respectivamente.
**** tomada por Óscar Perdomo León en enero de 2007