EMMA ZUNZ y DÍAS DE ODIO

Emma Zunz y Días de odio, son dos películas basadas en el cuento “Emma Zunz”, de Jorge Luis Borges, perteneciente a su libro El Aleph, de 1949.

Emma Zunz es una película de 1993 dirigida por Benoit Jacquot. Días de odio es una película de 1954, dirigida por Leopoldo Torre Nilsson.

A continuación, les dejo aquí en mi blog ambas películas, así como también el cuento de Borges en que están basadas ambos largometrajes. Sigue leyendo

NADA HA SIDO MÍO

 

Nada ha sido mío.

 

Hay un sordo resplandor que late y me susurra que sólo un abrir de ojos ciegos es la vida.

 

Inspiro oxígeno y exhalo palabras. Un eco lejano me dice que la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda.

 

Sólo la poesía ha podido hacerme entender que existe la grandeza humana y que en la oscuridad unos versos de Ricardo Lindo o de Borges pueden ser un consuelo y una luz.

 

Y en la travesía del dolor, una nave, con mágico resplandor y bautizada como música, me ha llevado a lejanos lugares donde la tristeza y la alegría, las lágrimas y la risa, se mezclan con el asombro y la belleza.

 

Nada ha sido mío. Sólo sostengo con amor y firmeza este báculo de escepticismo, como quien sostiene una bandera universal, pero eso sí, sin altanería; sólo con la convicción de que la inmortalidad no es más que una ilusión vana; y que la intolerancia y el racismo son los trajes de la ignorancia; y que la vida pasa con la brevedad de un suspiro y un parpadeo.

 

Nada ha sido mío, nada, a no ser la convicción de que la poesía vive en la música, y la música, en la poesía.

 

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografías en el collage: muchacha desnuda tomada por John McNairn. Las dos muchachas vestidas son autorretratos de Desireé Delgado. Las fotografías donde estoy tocando el bajo eléctrico, fueron tomadas por Saúl Phillips. La fotografía de Ricardo Lindo, tomada por Óscar Perdomo León.

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SOY DESAFINADO

Sí, lo sé. Soy desafinado.

Y por eso mi vida se tuerce por recodos que pocos recorren y soy «raro», como me lo dijo alguien. Mi corazón no logra mezclarse y sentirse cómodo en este mundo y su maldad.

Soy desafinado porque mi falta de musicalidad se compensó con el amor inmenso que tengo para dar.

Soy desafinado porque un señorón caprichoso -que muchos dicen que existe-, un señor «todopoderoso» que, sordo y ciego, no atiende el clamor de nadie y permite las masacres y las violaciones de niños y niñas en todo el mundo, quiso que yo no fuera cantante.

Pero me río en la cara de todos y canto, porque me hace feliz.

Por eso, cierren las ventanas y las puertas. Y pónganse algodones en los oídos. No me importa.

Siempre hay un lector para cada libro, una canción para cada oyente y un abrazo abierto para quien lo quiera.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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LA ESPERA. Un cortometraje de Fabián Bielinsky

«La espera» es un cortometraje de 1983, realizado por el argentino Fabián Bielinsky (1959 – 2006), basado en el cuento homónimo de Jorge Luis Borges, que forma parte de su libro El Aleph, de 1949.

Aunque en el cortometraje se mantiene la esencia de la trama borgiana, podrán ver detalles que no aparecen en el cuento, como los diálogos, el corral de gallinas o los varios personajes. Es, por supuesto, una adaptación del cuento y, además, como todos sabemos, el lenguaje cinematográfico es diferente al de la literatura. Asimismo, generalmente los guionistas y directores se toman licencias para crear sus piezas.

De cualquier manera, ambas obras artísticas, tanto el cortometraje como el cuento, son una delicia de ver y leer, respectivamente.

(No está demás mencionar que hay otro cortometraje de La espera, dirigido por Javier Perrone y que lo pueden ver aquí.)

Sin más palabras, les dejo aquí el corto y además el susodicho cuento de Borges, el cual no se arrepentirán de leer.

LA ESPERA

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LA ESPERA

(Jorge Luis Borges)

 El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la mañana; el hombre notó con aprobación los manchados plátanos, el cuadrado de tierra al pie de cada uno, las decentes casas de balconcito, la farmacia contigua, los desvaídos rombos de la pinturería y ferretería. Un largo y ciego paredón de hospital cerraba la acera de enfrente; el sol reverberaba, más lejos, en unos invernáculos. El hombre pensó que esas cosas (ahora arbitrarias y casuales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueños) serían con el tiempo, si Dios quisiera, invariables, necesarias y familiares. En la vidriera de la farmacia se leía en letras de loza: Breslauer, los judíos estaban desplazando a los italianos, que habían desplazado a los criollos. Mejor así; el hombre prefería no alternar con gente de su sangre.

El cochero le ayudó a bajar el baúl; una mujer de aire distraído o cansado abrió por fin la puerta. Desde el pescante el cochero le devolvió una de las monedas, un vintén oriental que estaba en su bolsillo desde esa noche en el hotel de Melo. El hombre le entregó cuarenta centavos, y en el acto sintió: “Tengo la obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos errores: he dado una moneda de otro país y he dejado ver que me importa esa equivocación”.

Precedido por la mujer, atravesó el zaguán y el primer patio. La pieza que le habían reservado daba, felizmente, al segundo. La cama era de hierro, que el artífice había deformado en curvas fantásticas, figurando ramas y pámpanos; había, asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros a ras del suelo, dos sillas desparejas y un lavatorio con su palangana, su jarra, su jabonera y un botellón de vidrio turbio. Un mapa de la provincia de Buenos Aires y un crucifijo adornaban las paredes; el papel era carmesí, con grandes pavos reales repetidos, de cola desplegada. La única puerta daba al patio. Fue necesario variar la colocación de las sillas para dar cabida al baúl. Todo lo aprobó el inquilino; cuando la mujer le preguntó cómo se llamaba, dijo Villari, no como un desafío secreto, no para mitigar una humillación que, en verdad, no sentía, sino porque ese nombre  lo  trabajaba,   porque  le  fue   imposible pensar en otro. No lo sedujo, ciertamente, el error literario de imaginar que asumir el nombre del enemigo podía ser una astucia.

El señor Villari, al principio, no dejaba la casa; cumplidas unas cuantas semanas, dio en salir, un rato, al oscurecer. Alguna noche entró en el cinematógrafo que había a las tres cuadras. No pasó nunca de la última fila; siempre se levantaba un poco antes del fin de la función. Vio trágicas historias del hampa; éstas, sin duda, incluían errores, éstas, sin duda, incluían imágenes que también lo eran de su vida anterior; Villari no las advirtió porque la idea de una coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a él. Dócilmente trataba de que le gustaran las cosas; quería adelantarse a la intención con que se las mostraban. A diferencia de quienes han leído novelas, no se veía nunca a sí mismo como un personaje del arte.

No le llegó jamás una carta, ni siquiera una circular, pero leía con borrosa esperanza una de las secciones del diario. De tarde, arrimaba a la puerta una de las sillas y mateaba con seriedad, puestos los ojos en la enredadera del muro de la inmediata casa de altos. Años de soledad le habían enseñado que los días, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día, ni siquiera de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas, que no sea al trasluz una red de mínimas sorpresas. En otras reclusiones había cedido a la tentación de contar los días y las horas, pero esta reclusión era distinta, porque no tenía término —salvo que el diario, una mañana, trajera la noticia de la muerte de Alejandro Villari. También era posible que Villari ya hubiera muerto y entonces esta vida era un sueño. Esa posibilidad lo inquietaba, porque no acabó de entender si se parecía al alivio o a la desdicha; se dijo que era absurda y la rechazó. En días lejanos, menos lejanos por el curso del tiempo que por dos o tres hechos irrevocables, había deseado muchas cosas, con amor sin escrúpulo; esa voluntad poderosa, que había movido el odio de los hombres y el amor de alguna mujer; ya no quería cosas particulares: sólo quería perdurar, no concluir. El sabor de la yerba, el sabor del tabaco negro, el creciente filo de sombra que iba ganando el patio, eran suficientes estímulos.

Había en la casa un perro lobo, ya viejo. Villari se amistó con él. Le hablaba en español, en italiano y en las pocas palabras que le quedaban del rústico dialecto de su niñez. Villari trataba de vivir en el mero presente, sin recuerdos ni previsiones; los primeros le importaban menos que las últimas. Oscuramente creyó intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho; por ello es que éste se vuelve pasado en seguida. Su fatiga, algún día, se pareció a la felicidad; en momentos así, no era mucho más complejo que el perro.

Una noche lo dejó asombrado y temblando una íntima descarga de dolor en el fondo de la boca. Ese horrible milagro recurrió a los pocos minutos y otra vez hacia el alba. Villari, al día siguiente, mandó buscar un coche que lo dejó en un consultorio dental del barrio del Once. Ahí le arrancaron la muela. En ese trance no estuvo más cobarde ni más tranquilo que otras personas.

Otra noche, al volver del cinematógrafo, sintió que lo empujaban. Con ira, con indignación, con secreto alivio, se encaró con el insolente. Le escupió una injuria soez; el otro, atónito, balbuceó una disculpa. Era un hombre alto, joven, de pelo oscuro, y lo acompañaba una mujer de tipo alemán; Villari, esa noche, se repitió que no los conocía. Sin embargo, cuatro o cinco días pasaron antes que saliera a la calle.

Entre los libros del estante había una Divina Comedia, con el viejo comentario de Andreoli. Menos urgido por la curiosidad que por un sentimiento de deber, Villari acometió la lectura de esa obra capital; antes de comer, 1eía un canto, y luego, en orden riguroso, las notas. No juzgó inverosímiles o excesivas las penas infernales y no pensó que Dante lo hubiera condenado al último círculo donde los dientes de Ugolino roen sin fin la nuca de Ruggieri.

Los pavos reales del papel carmesí parecían destinados a alimentar pesadillas tenaces, pero el señor Villari no soñó nunca con una glorieta monstruosa hecha de inextricable: pájaros vivos. En los amaneceres soñaba un sueño de fondo igual y de circunstancias variables. Dos hombres y Villar entraban con revólveres en la pieza y lo agredían al salir del cinematógrafo o eran, los tres a un tiempo, el desconocido que lo había empujado, o lo esperaban tristemente en el patio y parecían no conocerlo. A1 fin del sueño, él sacaba el revólver del cajón de la inmediata mesa de luz (y es verdad que en ese cajón guardaba un revólver) y lo descargaba contra lo hombres. El estruendo del arma lo despertaba, pero siempre era un sueño y en otro sueño tenía que volver a matarlos.

Una turbia mañana del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido de la puerta cuando la abrieron) lo despertó. Altos en la penumbra del cuarto, curiosamente simplificados por la penumbra (siempre en los sueños de temor habían sido más claros), vigilantes, inmóviles y pacientes, bajos los ojos como si el peso de las armas los encorvara Alejandro Villari y un desconocido lo habían alcanzado, por fin. Con una seña les pidió que esperaran y se dio vuelta contra la pared, como si retomara el sueño. ¿Lo hizo para despertar la misericordia de quienes lo mataron, o porque es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo aguardarlo sin fin, o —y esto es quizá lo más verosímil— para que los asesinos fueran un sueño, como ya lo habían sido tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?

En esa magia estaba cuando lo borró la descarga.

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SENSUROCK. Galería de fotos

El 24 de junio de 2017 se realizó el primer festival de rock SENSUROCK. Varias bandas de rock  nacionales y una hondureña (Mefiboseth)  se dieron cita a la ciudad de Sensuntepeque (depto. de Cabañas, El Salvador).

Este día les dejo aquí una pequeña muestra de fotos del evento.

De izquierda a derecha: Eric De León, la leyenda viviente del rock salvadoreño Chente Sibrián y Arecito De León. Atrás: Helen De León.

Eric De León, probando la batería antes de iniciar el concierto.

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SINERGIA

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SINERGIA, interpretando “Surfing with the alien (Joe Satriani ).

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LLUVIA

LLUVIA

Cae la lluvia

y el musgo verde

crece,

aferrándose a mi pecho.

 

Cae la lluvia

y mis ojos miran

al niño que fui,

caminando entre los ríos diminutos

de la calle.

 

 

Las gotas gigantes revientan

en el suelo

y el insecto descuidado

huye despavorido.

 

Yo elevo mi rostro al cielo,

abro la boca

y me trago

las ínfimas gotitas.

 

Cae la lluvia

y todo vuelve,

todo vuelve…

 

Cae la lluvia

y las flores

ríen

a carcajadas de miel.

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Escrito por

Óscar Perdomo León.

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