DOS BUENAS NOTICIAS.

Esta semana que acaba de pasar me he enterado de dos noticias que me han llenado de felicidad.  La primera tiene que ver con la ciencia. Y la segunda, con la literatura.

(Les dejo aquí abajo los enlaces para que puedan leer los reportajes completos.)

1-Fueron descubiertas dos nuevas especies naturales en El Salvador:

a) un cactus llamado Disocactus salvadorensis.

b) un tronco petrificado llamado Laurinoxylon chalatenangensis.

El hallazgo fue presentado por biólogos del Museo de Historia Natural de El Salvador (MUNHES).

2-Y la segunda noticia es que se le ha otorgado a la poeta salvadoreño-nicaragüense Claribel Alegría, el XXVI Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, que concede la Universidad Española de Salamanca y Patrimonio Nacional.

Sin duda que es un merecido reconocimiento.

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NOVIEMBRE. Una novela de Jorge Galán

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Noviembre, novela escrita por Jorge Galán (San Salvador, 1973) y publicada en el año 2015 por la Editorial Planeta Mexicana, es una interesante manera de adentrarse en el trágico acontecimiento del 16 de noviembre de 1989: el asesinato en la Universidad Centroamericana UCA de los 6 jesuitas salvadoreños y dos de sus trabajadoras.

Todo inicia cuando en 1950 alguien le pregunta a un grupo de muchachos si alguno quisiera  ser voluntario para viajar a América y el joven Ignacio Ellacuría alza la mano.

A partir de ahí, el avance de la historia no es cronológica y eso le da, para mí, mucha fluidez y fuerza a esa película de palabras que nos muestran a un El Salvador cambiante a través de las décadas. Sigue leyendo

LA MAÑANA EN QUE FALLECIERON DÁMASO Y GREGORIO

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Aunque Dámaso y Gregorio habían nacido en el mismo año de 1910 y del mismo padre (el hacendado Juan Gutiérrez) la forma de vida de cada uno de ellos había sido muy diferente.

Increíblemente ambos hombres se encontraron frente a frente sólo una vez en la vida. Fue en una ocasión en que a la esposa de Dámaso se le pinchó una llanta en un parqueo de San Salvador. Casualmente Gregorio estaba bajándose de su vehículo y al ver a la mujer en dificultades, se acercó a ayudarla. Justo al momento de terminar de cambiar la llanta Gregorio, llegó Dámaso. Se reconocieron por referencias, pero ninguno de los dos dijo nada.  Dámaso le agradeció a Gregorio y éste se marchó inmediatamente.

Coincidieron sin embargo nuevamente (aunque no físicamente) en algo crucial: el día en que la muerte los abrazó a ambos. Sigue leyendo

DESDE EL BRILLO DE MI OSCURIDAD. Poesía

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Según algunas encuestas, Japón, Finlandia y Suecia están entre los países con una mayor cantidad de lectores. En Suecia, por ejemplo, el 80% de su población ha leído al menos un libro en su vida; en Japón el 91 % de su población lee con frecuencia.

En México sólo un 2% de su población tiene arraigado el hábito de la lectura.

Uno de los países con más bajo nivel de lectura en Latinoamérica es El Salvador.

Por otro lado, se dice que entre la población mundial que tiene el hábito de la lectura, sólo un 10% lee poesía. No sé si esto sea verdadero, no he encontrado datos sobre ello; pero mi apreciación subjetiva es que probablemente sea cierto.

Quiere decir que la poesía es un gusto de pocos, como lo es, por ejemplo, el rock progresivo, entre todas las categorías del rock.

Por lo tanto, el libro que les presento hoy llegará a muy pocos lectores.

Pero lo más importante de la poesía no es llegar a ser “un best seller”; sino ser una extensión sincera de quien la escribe, un reflejo de su esencia. Si además de cumplir eso, algún poema conmueve a algún lector, entonces el círculo del arte se habrá completado.

Desde el brillo de mi oscuridad es una breve colección de poemas escritos casi en su totalidad en el año 2015 y unos pocos en el 2016.  Hay un par por ahí que nacieron hace más de 15 años. Los agrupé aquí, gracias a la sugerencia de mi amigo Gustavo Pineda.

Cada poema va acompañado de una fotografía.

Aquí se los dejo.

Escrito por

Óscar Perdomo León

Collage por Óscar Perdomo León

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DOS PREGUNTAS PARA RICARDO LINDO

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Duelo nacional para el arte salvadoreño. Este pasado 23 de octubre falleció Ricardo Lindo (1947 – 2016).

Hace más o menos 4 años mi ex esposa y yo le hicimos una muy breve entrevista a Ricardo Lindo y que fue publicada en un blog ya inactivo. En esa ocasión (y otras veces que lo vi) le pude tomar varias fotografías. Les dejo por aquí la entrevista tal y cómo se publicó.

Sus respuestas son dignas de ser recordadas y guardadas en nuestros corazones.

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DOS PREGUNTAS PARA RICARDO LINDO

Ricardo Lindo, salvadoreño, poeta, crítico, narrador, dramaturgo, investigador histórico, novelista y pintor, nos ha hecho el honor de atendernos en una muy breve entrevista. Actualmente trabaja como Investigador Cultural en SECULTURA. Ha vivido gran parte de su vida en el extranjero; pero durante los años más aciagos de la guerra civil no quiso vivir lejos de su país. No se puede dejar de mencionar, además, que es hijo de otro de los grandes escritores de El Salvador: Hugo Lindo.
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Érika y Óscar: ¿Qué significó para vos cambiar de domicilio y país en más de una ocasión durante tu infancia y tu juventud?
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Ricardo Lindo: En 1953 preparaban mis padres las maletas para el viaje a Chile. Yo tenía cinco años. Vivíamos con mis abuelos paternos en una pequeña casa en la colonia Centroamérica. Mi hermana Irma Ruth, tenía dos o tres años y se ponía su abriguito rojo, tomaba la cartera de nuestra madre y declaraba: “¡Me voy para Chile!”, y salía a dar una vuelta al patio. Hasta que al fin, nos fuimos para Chile. Íbamos dichosos aunque yo vomitaba a cada tumbo del avión en los bolsones de aire (no era la técnica tan perfeccionada como ahora), y mi madre, con un niño de menos de un año en brazos (mi hermano Héctor, el historiador), y debiendo vigilar a los otros cuatro (Irma Ruth corría con su cartera por el pasillo declarando que se iba para Chile), quizás no fuera tan feliz…
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En Panamá debimos esperar unos días para el cambio de avión. Nos alojamos en casa de una hermana de mi abuelo Óscar Lindo nacido en Panamá, Colombia, como dice su pasaporte que aun conservo. Cuando él nació el canal era una idea… De su hermana, tía Laura, sabíamos porque de vez en cuando nos enviaba dulces de miel en forma de animalitos. Era casada con un señor muy rico y bondadoso y nos recibieron encantados. No tenían hijos. Habían tenido una hija que padeció una extraña enfermedad: sus músculos se fueron debilitando y una fortuna en tratamientos no sirvió de nada. Cuando la enfermedad llegó a los párpados quedó ciega. Cuando llegó al corazón no pudo más jugar en su rueda de caballitos en el jardín, que nos maravilló. Otra cosa extraordinaria de esa casa era que en los cuartos de arriba la ropa sucia se arrojaba por un tobogán al lavadero. Y llegó el momento del gran viaje y la despedida y la aventura. Nos íbamos a alojar en Santiago en un hotel, que era como un montón de casas unas encima de otra. Me las imaginaba haciendo un difícil equilibrio sobre sus picudos techos y me decepcionó ver que no era así, pero descubrimos ahí otro juguete extraordinario, el ascensor. Y sólo a los días caímos en cuenta del abismo: no volveríamos a ver a los abuelos en muchos años. Varias veces morimos en la vida. Fue la primera vez que morí.
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Vivimos en Chile seis años. Cuando se supo de nuestro viaje fuimos héroes en nuestros colegios. Chile era entonces un país de una gran clase media rayana en la pobreza, muy pocos compañeros se habían montado a un avión y acababa de salir una novedad que estaba en boca de todos, el jet. Y nosotros nos contaríamos entre los privilegiados que viajarían en esa ave mítica. Pero esta vez la salida fue más difícil. Yo tenía once años, una “novia” que era una verdadera princesita de cuento y entrañables amigos. Ahorré cuatro domingos de dinero de bolsillo para regalarle a mi novia un broche de bisutería y por años intercambié correspondencia con Sergio Trabucco. Ahora es mi amigo en Facebook. Dos años vivimos en Colombia y regresamos a El Salvador como quien vuelve a la tierra prometida. Yo me quedé cuatro años y después fui a estudiar a España. Era la primera vez que viajaba solo y lloré casi hasta llegar a México. Viví en Madrid cuatro años. La noche antes de dejar Madrid para irme a vivir a París sonó en la radio una canción que no escuchaba desde mi infancia: “Mi banderita chilena, banderita tricolooor…” De tanto cambio me quedó la inseguridad que aún no logro superar del todo. Y hubo otros y otras viajes hasta que regresé a El Salvador con la cabeza perturbada a ver los inicios de la guerra. Los amigos de Francia me invitaron a regresar pero ya no quise. Tenía, al fin, una patria. Un amigo me dice que esto suena muy patriotero, pero él no ha sido extranjero nunca.
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Érika y Óscar: Ricardo, ¿qué significó para vos vivir en la casa de Colombia que se suponía estaba embrujada?
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Ricardo Lindo: Mi padre fue nombrado Embajador de El Salvador en Colombia en 1958. Había ostentado el mismo cargo en Chile los años anteriores. Cuando llegamos a Chile, éramos cinco hermanos. Cuando salimos, seis, tres niños y tres niñas. Después se coló otro que no alcanza a ser parte de esta historia. Yo tenía once años y estábamos ilusionados: al fin íbamos a conocer la televisión. Un amigo colombiano en Chile le había prestado a mi padre una casa en Bogotá para mientras alquilaba otra. Y ahí estaba el mítico aparato, ese prodigio en blanco y gris con la imagen temblona o rayada, esa pantalla que nos hipnotizó como a un visitante de Venecia el Gran Canal, como a un arqueólogo la tumba de un faraón, como a un físico el hallazgo de una puerta a una dimensión desconocida. Y ahí tuvimos el primer contactos con los espíritus. En un programa convivía una joven pareja muerta con una joven pareja viva y los vivos oían las voces de los muertos creyendo ser la de su cónyuge, lo cual daba lugar a los más divertidos enredos. No paramos de ver ese programa semana tras semana y otro tanto hacían, creo, todos esos niños colombianos que ahora son viejos. Siempre era motivo de conversaciones en los colegios al día siguiente. Pero en la mansión alquilada, que debió servir a la par de casa familiar y de oficina, nos esperaba un fantasma más serio.
 .
El señor que la hizo construir, rico y barroco, la pidió con sala de billar, con biblioteca y comedor de maderas labradas en los muros, con hermosos balcones, con un vitral de motivos tropicales en desacorde con Bogotá, lluviosa ciudad gris en las alturas de los Andes, y tras ese vitral estaba una salita familiar que era más bien una especie de invernadero, con techo y paredes de vidrio, que daba al jardín. El granizo de invierno dejaba blanco el techo en esa ciudad donde nunca, sin embargo, nevaba. Dejo a su imaginación los cortinajes y las lámparas colgantes, un delirio antañón y un tanto sombrío. Era en Chapineros, barrio elegante y extramuros, y por los balcones se miraba el campo verdecido y selvático meciendo sus vegetaciones colgantes entre la bruma. Durante el verano, a la caída de la noche solíamos juntarnos en el balcón del cuarto de mis padres a contemplar las tormentas eléctricas, espectáculos formidables de rayos, estremeciendo el cielo sin dejar caer una gota… Bogotá tenía lo que los fantasmas llaman buen tiempo, según entiendo, y estoy de acuerdo con ellos: amo las melancólicas lluvias y las nieblas y también la radiante locura de los rayos. Pero iba al dueño de casa que murió a poco de terminada y decidió, al parecer, permanecer en ella de algún modo. La presencia de esa extraño habitante hizo que se abaratara el costo de la casa y pudo así alquilarla un diplomático de un país pobretón. En aquel tiempo al menos, un embajador salvadoreño, sobre todo con familia grande, debía aparentar grandezas y vivir en medio de las limitaciones. Afortunadamente el whisky sin impuestos de la franquicia diplomática ayudaba a lo primero, mientras mi madre iba de la máquina de coser (“los niños necesitan…”), a la de escribir, a pasar en limpio los textos de su marido escritor. Nunca supe de la historia del propietario muerto más que lo dicho pero, por alguna razón que se me escapa no ocupó la habitación principal sino una menor, que me fue asignada. Una noche oí pasos en la escalera y mi puerta se abrió. Pensé que mi padre llegaba a comprobar si ya estaba dormido, pero abrí los ojos y no había nadie.
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Yo no solía dormir con la puerta cerrada. Dije que un embajador salvadoreño no manejaba mucho dinero. También es cierto que no tenía mucho qué hacer. Por eso mi padre convirtió sus embajadas en empresas culturales, participando en congresos literarios, dando a conocer la obra de Salarrué, la de Claudia, la de Gavidia… y por eso la casa estaba con frecuencia llena de escritores que hasta entrada la noche leían y comentaban sus obras y desplegaban su ingenio y su sentido del humor. En Chile adquirí la costumbre de refugiarme en la oscuridad en un rellano de la escalera para escucharlos. Antes de que le llegara su hora me acompañaba a veces mi amigo Sergio Trabucco, hoy cineasta distinguido, ex director del Festival de Viña del Mar, quien por cierto alude a esos espionajes en sus memorias. En Colombia alcanzaba a escuchar las conversaciones desde mi cuarto, razón por la cual no cerraba mi puerta. Una noche oí un estrépito, como una cristalería quebrándose durante minutos, pero estaba muy cansado para intentar averiguar de qué se trataba. Pregunté al día siguiente. No había pasado nada.
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El 58 ó el 59 la reunión de las Academias de la Lengua Española tuvo lugar en Bogotá. Mi padre formaba parte de la Academia Salvadoreña y asistió en esa calidad, pero además llegaron de El Salvador el filósofo Julio Fausto Fernández y el escritor Ricardo Trigueros de León. Ambos eran amigos de Hugo Lindo y debí cederles mi cuarto para mientras. Una noche Ricardo, cansado, llegó antes y se acostó. Poco después oyó pasos en la escalera. Pensó que se trataba del filósofo. La puerta se abrió y no vio a nadie. Hubo que explicarles lo que ocurría. Tampoco debían extrañarse si, ya tarde en la noche y la casa cerrada y a oscuras, escuchaban las bolas entrechocándose en el salón del billar. Regresamos a El Salvador el ´60 y aquí termina mi historia. Ojalá el fantasma se haya llevado tan bien con los inquilinos siguientes como con nosotros, ojalá lo hayan dejado jugar en paz sus bromas inocentes y no lo hayan hostigado con exorcismos y cosas por el estilo.
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Entrevista realizada por
Érika Valencia Uribe y Óscar Perdomo León
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Fotografías tomadas por Óscar Perdomo León
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TRES SOLILOQUIOS ENVENENADOS

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I

Cuando soñamos

¿estamos navegando en nuestro subconsciente

o estamos en un universo paralelo,

extrañamente invisible?

 

Cómo me engaño a mí mismo; sé muy bien la respuesta.

 

Y sin embargo, algo monstruoso me hace dudar

y me dice

que alguna vez crucé la puerta equivocada

y que estuve en un mundo

que se derrite y deforma,

lleno de luciérnagas gigantes;

donde el colibrí canta con voz de mujer,

huele a rosas y cambia de colores;

un lugar en donde yo

pude volar sin alas

entre la oscuridad

del bosque.

 

Y fue allí donde vi su sonrisa,

sus ojos,

sus alas

y fui feliz.

 

II

El nombre impronunciable

de esa mujer-ave

fluía libre en mi sangre

y contra mi voluntad.

 

Su nombre, en forma de fiebre, resonaba en mis sueños y en mi vigilia.

 

En el bosque lluvioso

una bruja buena, Sigue leyendo

EL NOBEL PARA LA CANCIÓN

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Todos quedamos un poco desconcertados al enterarnos que el Premio Nobel de Literatura de este año 2016 se lo dieran al cantautor Bob Dylan (cuyo verdadero nombre es Robert Allen Zimmerman (USA, 24 de mayo de 1945), no porque se dude de su calidad como creador de obras de arte muy originales, sino porque nunca antes en la historia de tan prestigioso premio se le había otorgado a un músico.

Para los purista de la literatura, esto ha sido como una especie de blasfemia, de afrenta a los libros. Me he dado cuenta que “los literatos” tienden a menospreciar una letra de canción aunque tenga un nivel de buen poema, sólo porque lleva música.

Karina Sainz Borgo escribió: “El problema no es Bob Dylan, el problema es el lugar exagerado que se le ha hecho ocupar para quitarle el suyo a Philip Roth, uno de los mayores exponentes de la Gran Novela Americana, aparcado y ninguneado por una Academia Sueca que no quiere problemas, que prefiere premiar sin gluten, sin ofender a nadie, reafirmándose en lo obvio, en lo que no genera polémicas. Que Dylan sea un genio no es algo en discusión. El debate de fondo es que, siendo ya momento de un Nobel  de Literatura para Estados Unidos, el jurado de los Nobel no quiso quemarse las manos con una obra como la de Roth: incómoda, procaz y brutal. Era mejor la dulce rebeldíabeatnick de Dylan; era más segura.”

Pero el hecho es que el premio se lo han dado a Dylan por poeta, no por músico. Se lo dieron “por crear nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición musical estadounidense”. Me parece a mí que es como un espaldarazo a la cultura popular, a las palabras bien escritas acompañadas de música. Sigue leyendo