ELLA


Cuando era niño veía por las tardes en la televisión viejas películas gringas y mexicanas en blanco y negro, y cuando el galán enamorado de la historia besaba a la muchacha, yo soñaba con ser el galán y con tener un amor. No me convertí en galán, pero sí me enamoré y la primera vez que lo hice –platónicamente- estaba en tercer grado de primaria. Y me he enamorado un par de veces más en mi vida, ya no tan platónicamente, algunas veces soportando piedras y palos, y otras veces me han querido como se debe.

Pero cuando la vi por primera vez a ella nunca pensé que me enamoraría. Yo estaba sentado en un cafetín y ella entró con su mirada que me gusta y no me miró. No nos conocíamos, por supuesto, pero me gustaron sus ojos. (O las furtivas feromonas, ¡quién sabe!). Ignorado, me quedé pensando en eso durante varios días. Y me pregunté por qué pensaba tanto en ello. Después me la presentaron formalmente como compañera de trabajo. De vez en cuando la veía de lejos y le sonreía, ella me correspondía educadamente.

 

Un día nos encontramos y no perdí la oportunidad de mostrarle mi interés hacia ella y le dije, así, a quemarropa, que me gustaba como le quedaba su blusa y entonces me miró, con una mezcla de sonrisa obligada y de cierta incredulidad.

Aprovechaba cada ocasión para charlar con ella. Luego la invité a salir dos veces, porque me gustaba físicamente y no me aburría de platicar con ella; pero siempre sentía un leve temor impreciso cuando estaba a su lado. En realidad debo aceptar hoy que para entonces ya estaba enamorado de ella; pero yo estaba en una fase de negación inconciente y con el consiguiente miedo a ser rechazado. Estaba totalmente perdido. Ella, por su lado, se mostraba muy amistosa y a gusto conmigo.

La tercera vez que salimos, un par de semanas después, su mirada hacia mí era diferente y yo comprendí que una puerta se me había abierto. Esa misma noche nos besamos.

Al día siguiente, la asustada fue ella. Creo que la situación la tomó por sorpresa. Me dijo que me olvidara de lo que había pasado y que todo había sido un error. Le dije que comprendía y no insistí. Entonces, cuando la encontraba en los pasillos del hospital sólo le hablaba para saludarla. Unos días después ella se fue de vacaciones.

Me sentía solitario y triste. Gris. Ensimismado. Ausente de mi entorno. Ni mi trabajo ni la música me llenaban. Quise escribir algo pero la página blanca permaneció en blanco por días y días. Y las fastidiosas horas largas no se alejaban de mí para nada. Yo había escrito que el amor sólo se da y recibe, no se exige. Así que tenía la obligación ética de seguir mis propios consejos y traté de olvidarme de ella.

 
 
“Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla.
Donde yo no me hallo no se halla,
hombre más apenado que ninguno.”
(1)
Sin embargo, con el pasar de los días, algo sucedió. La puerta de mi morada sonó inesperadamente. Abrí y allí estaba ella con una sonrisa, como si nada hubiera pasado y como si todo fuera nuevo. Y así fue, en realidad. No abrazamos y besamos en el umbral de la puerta como en una tonta telenovela de mediodía. Y después de un mes de intenso noviazgo, alquilamos una casa y nos fuimos a vivir juntos. Nos llevamos todos nuestros libros y nuestros discos, que al final terminaron mezclándose. Estábamos tan felices.
*
Yo encajé perfectamente en su vida y dejé atrás mi dolor.
Ella estaba radiante y cantaba canciones de Fito Páez por toda la casa.

Un año después nos casamos, en una ceremonia familiar sin ínfulas.

……………………………….

Ahora la mayor parte del tiempo no nos separamos. Leemos el uno junto al otro. Escuchamos música juntos. A veces cocinamos en colaboración mutua. En ocasiones le pregunto si no se ha aburrido de mí y ella responde:

-Yo no ¿y usted?

-Yo tampoco.

……………………………….

Me encanta su coquetería, la sensualidad que estila con su mirada y su cuerpo. Se pasa mirándose al espejo entre 20 a 30 minutos: no hay problema, su vanidad está en los límites necesarios que debe tener toda mujer.

Como buena “escorpiona” que es, tiene la suficiente dosis de pasión y lujuria que mi enfermedad necesita. Y en cuanto a sus celos… ¡qué puedo decir! Hay un par de anécdotas sobre ese su sentimiento que más que enojo ha hecho brotar de mis labios una sonrisa divertida, que si se las contara a ustedes, me mandaría esta noche a dormir al canapé de mi clínica.

Una de las cosas que más me entretiene hacer con ella es escribir. Y lo hacemos así: uno de los dos inicia un tema y escribe un par de líneas o párrafos, luego se levanta y el otro se sienta y continúa escribiendo, enriqueciendo la página con nuevas ideas o corrigiendo la sintaxis o la ortografía. Escribimos en primera persona y en singular habitualmente, con el único objetivo de que el lector pueda tener una mejor empatía con nuestros argumentos.

Nos alegramos al coincidir. Discutimos cuando no estamos de acuerdo; pero generalmente alcanzamos un consenso. Por eso hemos iniciado nuestra propia bitácora en línea: “La Esquina de Érika y Óscar”:
http://laesquinaderikayoscar.blogspot.com/ en la escribimos artículos de opinión sobre música, política, etc.

Ahora ya no puedo vivir sin la bitácora ¡perdón!, quise decir sin Érika. Y espero envejecer a su lado.

Pan “Óscar”. Riquísimo. Una creación de Érika. Lleva tocino, pollo, carne de res, jamón, lechuga, pepino, tomate y una espesa salsa con ingredientes secretos.
…………………………………………………………….
**
***
Gracias, Érika, por enseñarme cosas e historias que no conocía. Le agradezco que me haya dado a conocer cierta música que había pasado por alto. Gracias por las lecturas. Gracias por leerme a Horacio Quiroga. Gracias por hacerme enojar, reír e inventar. Gracias por compartir sus sueños conmigo. Gracias por los trucos de cocina. Gracias por los besos y las caricias. Gracias por hacerme tan feliz. Pero principalmente, gracias por hacerme sentir tan vivo cada noche y cada día.
 
Texto:
Óscar Perdomo León

Fotografías tomadas y editadas por Óscar Perdomo León; excepto * que fue tomada por Érika Mariana Valencia-Perdomo; ** y ***, que fueron tomadas por Beatriz Andrea Perdomo Pacas.

(1) Fragmento del poema “Umbrío por la pena”, de Miguel Hernández.

5 comentarios

  1. que hermoso q lo quieran asi ,yo me imagino q tu esposa al saber de ese amor q le profesas debe sentir q la vida le dio lo q ella buscaba y debe ser inmensamente feliz, yo te hablare por mi nunca he creido q ese tipo de amor exista, la vida te hace entender que ya no existen los hombres o las mujeres que se den tanta devocion como ustedes dos, es como una utopia pero al leerte me confieso arrepentida ,si existen las almas que se encuentran despues de tanto buscarse,tu sediento y ella tu agua, que hermoso,Dios siempre bendiga sus vidas y nunca los separe.

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