C. S. LEWIS. Cautivado por la Alegría.


Clive Staples Lewis, nacido en Belfast, Irlanda, en 1898 y fallecido en 1963, es un afamado escritor debido a sus libros “Las crónicas de Narnia”. Varios son muy conocidos porque han sido llevados al cine, como “El león, la bruja y el ropero” y “El príncipe Caspián”.
Pero el libro del que quiero hablar hoy es “Cautivado por la Alegría”, aparecido por primera vez en 1955 en el inglés original; en 1989 se publicó la primera versión en español y después hubo otra en el año 2006.
El libro tiene como tema central la conversión de Lewis al cristianismo; sin embargo las páginas del libro lo conducen a uno a través de una especie de autobiografía, magistralmente narrada, en donde Lewis nos muestra su niñez y sus relaciones con su hermano y su padre, pasando por sus experiencias en los colegios, en la universidad, sus viajes a Inglaterra por motivos de estudio y sus retornos a Irlanda. Describe de una manera vívida los paisajes y los contrastes entre Irlanda e Inglaterra.
Lewis disfrutaba muchísimo de la lectura y por el contrario odiaba los deportes. Tampoco disfrutaba de las matemáticas (1). Era un lector insaciable y voraz; y lo atrayente de su narración es la perspectiva psicológica con que Lewis analiza y relaciona el pensamiento de cada autor con la vida cotidiana, con el pensamiento de sus compañeros de estudios, con sus profesores y con su padre.
También hay otra cosa que me gusta de “Cautivado por la Alegría” y es la manera en que Lewis cuenta como disfrutaba de los libros, empezando por el goce de mirar su portada, sentir el papel en sus manos, el sonido de las hojas al ser pasadas, el olor del libro en general, la forma en como fue evolucionando en su manera de amar la lectura. Nos cuenta a cerca de los amigos que fue haciendo debido a la afición compartida de leer y comentar los libros devorados con ansiedad.

Asimismo es fascinante la descripción física, psicológica y anímica que hace de algunos de sus parientes cercanos, como sus abuelos, su padre y algunos tíos. Dice Lewis:
“…«tío Gussie», hermano de mi madre, me hablaba como si fuéramos de la misma edad. Es decir, hablaba Cosas. Me enseñó toda la ciencia a la que yo podía acceder entonces de forma clara, viva, sin chistes tontos ni condescendencias, sintiendo por ello evidentemente, tanto gusto como yo. Así preparó la base intelectual para que yo leyera a H. G. Wells. No creo que se preocupase por mí como persona ni la mitad que tío Joe, y eso era (sea una injusticia o no) lo que me gustaba. Durante aquellas charlas la atención de cada uno no estaba centrada en el otro, sino en el tema.”
Una parte interesante del libro es como retrata con palabras la vida que llevó en el colegio que era dirigido por un director llamado Oldie. El trato hostil que recibió y la forma en que fue desalentado para disfrutar del estudio es una gran lección para los que aspiran a ser profesores, de qué es lo que no hay que hacer con los alumnos.
Es también seductora la parte en donde narra sobre sus experiencias en Wyvern College. Ahí se encontró a una sociedad estudiantil formada por castas muy bien definidas y en donde los estudiantes que tenían más rango eran aquellos que se desempeñaban con más habilidad en los deportes, éstos eran conocidos como los patricios, quienes gozaban de prestigio, privilegios y poder. Las humillaciones a que eran sometidos los que estaban en la parte más baja de esa escala social, interna y acuartelada entre los muros de la universidad, pasaban por limpiar las botas de los patricios, hacerles las tareas escolares, y algunos hasta eran sodomizados. Lewis escribe:
“En un país gobernado por una oligarquía gran cantidad de personas, y entre ellas algunos agitadores, saben que no pueden concebir esperanzas de entrar en esa oligarquía, por eso puede merecerles la pena intentar una revolución. En Wyvern College, las clases sociales más bajas de todas eran demasiado jóvenes y, por tanto, demasiado débiles para soñar con una revuelta. La clase intermedia, los muchachos que ya no eran siervos ni todavía patricios, lo que tenían fuerza física y popularidad suficiente como para encabezar una revolución, ya empezaban a aspirar a ser patricios. Era mejor para ellos acelerar su ascenso social cortejando a los patricios ya existentes que arriesgarse a una revolución que, en el caso poco probable que tuviera éxito, acabaría con las ventajas que ellos anhelaban compartir. Y si al final perdían las esperanzas de llegar a conseguirlo… ¿para qué?; para entonces sus días de colegio casi habían terminado. Así, el sistema de Wyvern era inquebrantable.”
Lewis creció en una familia cristiana; pero su curiosidad y avidez de conocimiento lo llevaron a leer a algunos autores ateos, esto unido a una maestra que, de una manera más bien indiferente, le mostró la diversidad de religiones del mundo, lo llevó en la etapa de su adolescencia, según lo narra él mismo, al ateismo. Esto lo cuenta con muchos detalles y nos señala la forma gradual en que fue ocurriendo. Sin embargo hay cierta contradicción, porque Lewis al mismo tiempo que afirma que se ha vuelto ateo, dice estar enojado con Dios. Lewis continúa leyendo y después, con el tiempo, se da cuenta que los escritores que más le satisfacen, como Chesterton, por ejemplo, tienen tendencias al cristianismo, por lo que decide “regresar” al cristianismo. Creo más bien que de lo que habla Lewis es de que a través del tiempo y de su vida llegó a tener un convencimiento más firme de la existencia de Dios y de su fe.
Sin embargo, y dejando a un lado la inmortal discusión sobre si Dios existe o no, “Cautivado por la Alegría” es un libro muy bien escrito, totalmente deleitable, que le hace mantener la atención al lector durante sus aproximadamente 285 páginas.
Este día recomiendo leer “Cautivado por la Alegría”, porque, aunque no tenga los giros magistrales –literariamente hablando- de Borges o de García Márquez, C. S. Lewis sí es un gran narrador y pocas veces tenemos el gusto de encontrar a un verdadero gran narrador.
Texto:
Óscar Perdomo León


(1) El amigo que me prestó el libro del que estoy hablando ha hecho unas breves anotaciones y comentarios en las orillas de las páginas. En uno de los capítulos Lewis escribe: “Estudiaba álgebra -¡el infierno se la lleve!” y mi amigo comenta: “¡Amén!”. Me cayeron tan en gracia ambos comentarios que mientras leía no pude evitar soltar una gran carcajada.

Fotografías extraídas de “Cautivo por la Alegría”, de su primera edición Rayo, HarperCollins, 2006, con una traducción del inglés de María Mercedes Lucini.

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