LOS PERROS


Perro corriendo

Unos días atrás leí un artículo en un periódico de circulación nacional que me hizo reflexionar sobre un acontecimiento que pasó hace un par de días en nuestro hogar. Hace como un mes nos mudamos de casa con mi esposa Érika, y nos encontramos con que los nuevos vecinos tenían tres perros. A Érika y a mí no nos gustó mucho eso de entrada, porque sus ladridos nos molestaban.

No sé por qué razón a Érika siempre le han gustado los gatos, pero los perros no. Hasta hoy a mí tampoco los perros me agradaban mucho que digamos.

Pero continuando con lo que quería contar, hace un par de días en un descuido que dejamos la puerta de la casa abierta los perros de nuestros vecinos entraron a nuestro hogar y “marcaron su territorio”. Ustedes ya sabrán como hacen eso ellos. Érika, como toda buena escorpiona, se moría de la cólera. Yo, me molesté también por supuesto (los insulté en mi mente con frases originales de Atiquizaya), pero como todo buen libra, traté de calmarme primero y de usar después, con mis vecinos, la diplomacia, la cual tuvo en realidad buenos frutos.

Pues bien, como les decía al principio, al leer el artículo del periódico sobre la reciente muerte de un perro, recapacité sobre mi relación con los seres caninos. Recordé que cuando yo era un pequeño niño tuve un perro negro-grisáceo pastor alemán y me gustaba mucho jugar con él; yo me sentía muy feliz cuando el perro se alegraba al verme regresar de la escuela. Recuerdo varias anécdotas alrededor de él. Hoy me río, por ejemplo, al recordar como mi perro mordía el trapeador que se movía de un lado a otro sobre el piso. “¡Chucho, chucho!”, gritaba la empleada doméstica que hacía la limpieza de nuestra casa.

Pero desgraciadamente sólo disfruté de la compañía de mi can un corto tiempo, ya que cuando mi hermana menor iba a nacer, mi papá decidió regalarlo y no lo volví a ver más. Sólo supe después, a través de un primo-hermano, que mi pastor alemán se había escapado de la casa de la persona a quien se lo regaló mi papá y se había unido a una jauría callejera.

Por otro lado, un par de años después el perro bravucón de un vecino me mordió la parte trasera que ocupo para sentarme y creo que desde entonces he sentido una rencorosa lejanía con esos nobles animales que son los perros. Una lejanía, mezcla de rechazo y temor infantil. Y sin embargo ahora no puedo dejar de pensar en el cariño verdadero que uno les pone a las mascotas. Ahora he recordado vívidamente cómo sufrí cuando perdí a mi pastor alemán y hoy puedo decir que en verdad lo quería, con mi amor y mi inocencia de niño.

Los perros pueden ser muy cariñosos y fieles y son seres inteligentes que merecen nuestro respeto. Su belleza física y atlética sólo es superada por su increíble fidelidad. Por cierto que recientemente vi una película sobre un perro llamado Hachi Ko, la cual es la historia de fidelidad de un perro japonés hacia su amigo humano, cuya adaptación hollywoodense puso a Richard Gere como protagonista principal. Es una película para ver en familia.

Creo que ahora tendré que mirar a los perros de otra manera y dejar mi temor atrás. Y quizás deba empezar con los perros de mis vecinos.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

Ver historia de Hachi Ko en http://www.foyel.com/cartillas/12/la_entranable_historia_de_hachi_ko.html

2 comentarios

  1. Es cierto, cuando crecemos vamos olvidando a nuestros compañeros de infancia, esos amigos que en el anonimato siempre nos esperaron al regresar de la escuela. Compartiendo recuerdos: Tuve un perro llamado Puchungo (que en realidad se llamaba Guardian, pero no sé porque razón le deciamos el otro nombre, aunque entendia por ambos), y recuerdo que cuando dormia, se subia a mi cama, y al amanecer estaba ahí, junto a mi espalda, dandome su calor y yo el mio. Al principio me enojaba y lo regañaba, despues me acostumbre a su presencia, hasta que se enfermó y sucedió lo inevitable.
    Hoy en día los perros ya no son de mi agrado, pero que bueno fue recordar que algún dia si lo fueron.
    Gracias!

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