LUCIANO HERNÁNDEZ, poeta y político.


En el artículo que hace un par de días escribimos con mi esposa, “Arte y educación en Sensuntepeque”, aparece una foto del parque “Luciano Hernández” y alguien me preguntó que quién era este personaje para que le hayan dado su nombre al parque que está en el corazón del comercio, la religión y la administración de la ciudad de Sensuntepeque. Bueno, escribí esto, por si alguien más quería saber.

Luciano Hernández nació en Sensuntepeque en el año de 1836. Desde muy joven mostró elevadas facultades intelectuales y un gran entusiasmo por la vida; esto lo llevó a graduarse de abogado en la Universidad de El Salvador y luego a ser elegido como diputado de la Asamblea Legislativa en donde “se distinguió por la vehemencia de sus discursos, en los cuales empezó a dar brillantes pruebas de su claro talento y de sus felices disposiciones oratorias”.[1]

Peleó contra el general Gerardo Barrios y luego participó como Sun-Secretario de Relaciones Exteriores en el gobierno del doctor Francisco Dueñas.

En el transcurso de su vida habitó en varios países, exiliado, como Honduras, Nicaragua y Costa Rica. En la Universidad de Honduras contribuyó al establecimiento de las cátedras de Matemáticas y de Gramática española.
Tomando en cuenta su genio en los discursos cautivadores y enardecedores, como lo afirma Esteban Castro[2], la facilidad del uso del lenguaje y de la fluidez de ideas, era de esperarse que en su madurez desarrollara mejor sus dotes de bardo. Pero parece ser que la vida política lo absorbió de tal manera que muy poco pudo dedicarse a la poesía y los poemas que hay en su mayoría son de su período de juventud.

He aquí un poema de Luciano Hernández, tomado de “Guirnalda salvadoreña”:

UN PADRE A SU HIJA

Virginia, permita el cielo
que se deslice tu vida
por una senda florida,
como lo quiere mi anhelo.

Permita que sin enojos
sin dolor, sin aflicción
nunca derramen tus ojos
lágrimas del corazón.

Que te ofrezca siempre el mundo
nacaradas ilusiones
en sueños de amor profundo,
sin acíbar, sin pasiones.

Y nunca pase la aurora
que alumbra tu juventud;
pero busca como ahora
del saber la plenitud,

conservando la inocencia
la virtud, la castidad,
tesoros de la existencia,
fuentes de felicidad.

Tal es de un padre la ofrenda,
para su hija en su natal,
rogando a Dios la defienda
con su mano celestial.

[1] Román Mayorga Rivas, “Guirnalda salvadoreña”, Dirección de Publicaciones, segunda edición, 1977, p. 259.

[2] Román Mayorga Rivas, “Guirnalda salvadoreña”, Dirección de Publicaciones, segunda edición, 1977, p. 260.

Texto y fotografías:
Óscar Perdomo León

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