TENIS


Minifalda tenis

Nunca he sido muy dado a los deportes, ni como espectador ni como participante directo. Así que, para ser sincero, llegué al tenis atraído por las minifaldas de las jugadoras. Esas falditas tan cortitas que hacían parecer el ambiente como si aún estuviéramos en los años ´60. Esas minifalditas… Pero hay que enfatizar que una vez seducido por la belleza femenina, me vi eventualmente atrapado por el juego de tenis en sí. Lo veía cada vez que había oportunidad a través de la televisión. Con el tiempo, me hice un asiduo al Grand Slam, y especialmente al campeonato de Wimbledon.

A ella la conocí en la cancha de tenis de la universidad. Jugaba algunas veces con pantaloncitos cortos bien pegaditos al cuerpo y, otras veces, con minifalda. Tenía una energía tan grande y tan envidiable que sólo pude pensar que tanto arrojo únicamente podría ser adjudicado a la fresca juventud. Se llamaba Yanira.

Yo había empezado a ir a la cancha de tenis para mirar jugar en vivo, porque la televisión ya no era suficiente. Una de tantas tardes que fui la conocí, al menos de lejos. Ella me gustó desde el primer día que su figura atravesó mis pupilas. Pero no me atreví a hablarle en varias semanas. Sólo la veía y ella apenas notaba mi presencia. Creo que en esos días mi autoestima rozaba mucho el polvo y de alguna manera ya me había acostumbrado a concertar citas con chicas lindas y terminar plantado en algún café, así que la soledad era algo consubstancial a mí y de verdad que no encontraba ningún sentido el hacer amistad con alguien y mucho menos enamorar a nadie.

Desde que la conocí los días pasaban sordos en mi cabeza, era como si quisiera estar mirándola de frente y sentir su mirada en la mía. Sus ojos eran café claros y yo los veía de lejos en todo momento y empezaba a amarlos. Pensar en eso y en ella era como una extraña angustia, como cuando se siente una nostalgia (aunque en este caso, de algo que no había pasado, pero que me dolía en el pecho).

En aquellos días me atormentaban también las ideas de otras personas, que no toleraban que alguien se saliera de su línea –recta, constante y predecible- y probara de vez en cuando otros caminos. Si eras arquitecto, no tenías por qué ser miembro del equipo de baloncesto de tu ciudad; si eras contador, no tenías por qué entrar en la competencia nacional de ajedrez. Ahora ya no me importa lo que ellos piensen. Y lo digo con la serenidad y confianza que me da el sentirme feliz incursionando en varios campos del arte, yo, que trabajo hoy en la universidad como catedrático de biología. En aquellos días en que decir tenis y Yanira significaban para mí la misma cosa, yo escribía ya poemas y cuentos cortos, más o menos existencialistas, algunos medio cómicos y a veces hasta depresivos. También escribí canciones –nada memorables- de las cuales grabé algunas con otros aficionados a la música.

Pero volviendo al tenis –o a ella-, un día mientras jugaba, inesperadamente, me miró a los ojos, sólo fueron unos dos segundos, pero fueron dos segundos muy intensos. Yo quedé petrificado. Al terminar el juego, ella volvió a mirarme, pero esta vez le agregó una sonrisa al rostro. No recuerdo si le sonreí o sólo seguí petrificado mirándola; sin embargo, recuerdo que me sentí muy feliz. Y me fui por el camino de siempre soñando con esos ojos y esa sonrisa.

Minifalda tenis 2

Un día saqué valor de no sé dónde y la invité a almorzar en un pequeño restaurante cerca de la universidad. Ya me había preparado psicológicamente para el rechazo, así que no me sentí muy preocupado por su respuesta.

-Sí, me gustaría almorzar con vos.

Esa respuesta tan directa y espontánea me hizo el muchacho más feliz del mundo. Y así fue como empezamos a hacernos amigos y, eventualmente, novios. Disfrutábamos mucho del tiempo que pasábamos juntos. Conversábamos de muchas cosas; recuerdo una plática en particular en la cual discutíamos sobre quién habría ganado en un hipotético juego entre Steffi Graf y Serena Williams o entre Rafael Nadal y John McEnroe, si el tiempo no fuera una barrera inquebrantable.

A ella le gustaban mis poemas; pero creo que resentía un poco mi casi nula inclinación al deporte. Estudiaba odontología y siempre me contaba sobre enfermedades y tratamientos de los dientes. Ella escuchaba con atención las canciones que yo escribía y me hacía sugerencias. Y yo la iba a ver jugar tenis un par de días a la semana. Hacíamos el amor mañana, tarde y noche, y en los lugares menos pensados. Éramos dos antorchas que ponían a hervir el aire, la tierra y el cielo.

Después de dos años de maravilloso noviazgo ella empezó a mostrarse un poco fría y distante. (El amor me causaba confusión. Aún hoy me confunde.) Un par de semanas después de su cambio de actitud hacia conmigo, se fue, gracias a una beca, a vivir a Italia para continuar sus estudios. Se fue lejos. Se fue sin despedirse, sin contarme nada, sin dejar una nota. Unas amigas suyas me lo contaron todo.

En la privacidad de mi dormitorio, lloré como un bebé perdido en la oscuridad y en la mitad de ninguna parte.

Entonces, sin desearlo y empujado por Yanira, volví a mi soledad. Era una soledad muy sola, que, como dice el dicho popular: “sólo Dios conmigo”; pero como yo sabía que Dios no existe, podrán ustedes entender que de verdad era una soledad muy sola y solitaria la que yo estaba viviendo.

Sin embargo, con el pasar de los días, me puse a pensar. Medité con mucho respeto en los hombres antiguos y en cómo lidiaban con sus problemas. Pero como ellos son los que empezaron con eso de inventar dioses cuando no encontraban explicación a algo o cuando se sentían solos y mortales, entonces me fui aún más atrás en el tiempo, hasta aquellos remotos días cuando, debido a la inocencia o quizás a la falta de imaginación de esos seres casi humanos, no tenían dioses y estaban bellamente solos, realistas y salvajes en el mundo.

¿Cómo sobrevivían entre tanta adversidad real (como el medio ambiente hostil y los animales salvajes que trataban de devorarlos)? ¿Cómo superaban alguna soledad grande, desgarradora y parásita que se prendiera -como caracol en la piedra- de sus corazones? ¿Cómo sobrevivían?

Pensé mucho y llegué a la conclusión que simplemente seguían adelante. Sólo eran fuertes y tenían ganas profundas de vivir. Y me di cuenta que yo era descendiente de ellos. Así que con la fuerza y el ejemplo de tantos ascendientes prehistóricos bajo mis pies y dentro de mi sangre, ya no me sentí tan solo. Y sólo seguí adelante.

Y sin estar ya en un estado tan deshabitado en mi corazón, seguí escribiendo mis poemas y mis cuentos, mis canciones, mis locuras… Sólo seguí mirando tenis en la televisión, sin rencores y sin resentimientos.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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