UNA HISTORIA DE EL SALVADOR EN LOS INICIOS DE LOS AÑOS ´80


Jonas

En la década de los ´80, en esos tiempos de guerra como los que vivía El Salvador, la mayor obsesión de Jonás era su lucha anti-izquierdista. Una anécdota de su juventud que lo dibuja claramente podría ser esta:

Una noche de agosto del año 1980, cuando el día estaba opaco y el invierno social había sembrado sus garras heladas en San Salvador (y la guerra civil tenía una mecha encendida de sólo apenas tres centímetros de largo), Jonás manejaba su vehículo con la mente totalmente plagada de ideas, ideas de las cuales estaba convencido hasta la médula.

Jonás nunca había sido soldado; pero estaba fascinado con las armas. Su relación con los militares había sido a través de Gilberto, un capitán con ideas ultraderechistas y que había sido compañero y amigo suyo de la adolescencia. Esta actividad a la que estaba entrando la realizaba de una manera esporádica, pero con gran placer.

Esa noche Jonás se estacionó. Bajó del carro y tocó el timbre de la casa que lo esperaba. Gilberto le abrió la puerta y entraron a una bodega. Ahí revisaron las armas que usarían. Revisaron el plan. Cenaron juntos y platicaron de cosas triviales. A las once y treinta de la noche se dirigieron a su objetivo. En el camino recogieron a dos sujetos más. Se detuvieron en un barrio pobre de los alrededores de San Salvador. Se pusieron sus máscaras pasamontañas. Se bajaron del vehículo tres de ellos y el conductor se mantuvo adentro. La calle solitaria los amparaba. A lo lejos se escucharon un par de detonaciones.

Tocaron la puerta por costumbre, pero en realidad, la puerta que no esperaba visitantes, la abrieron a golpes. En medio de los gritos de terror de sus hijos y de su esposa, un desafortunado individuo de unos 56 años de edad fue sacado a la fuerza, vendado de los ojos y sujetado de sus manos por la espalda. En el camino fue golpeado varias veces con la culata de los fusiles.

Se estacionaron, pasada la medianoche, a la orilla de un pasaje de una populosa colonia. Lo bajaron a empujones y ya en el suelo, con sangre en el rostro, Jonás le ordenó que se pusiera de rodillas, le quitó la venda de los ojos y le apuntó con una escuadra en la cabeza. Jonás, a su vez, se quitó la máscara pasamontañas.

-¡No me matés, Jonás! -lo reconoció el desafortunado individuo-. ¡Yo fui tu profesor en la escuela!

Jonás sólo tuvo una respuesta a la súplica: haló con frialdad el gatillo. La explosión firme y seca penetró en la frente y reventó la región occipital…

Escrito por

Óscar Perdomo León

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