¿QUIÉN SE CREE ÉL QUE SOMOS?


Nadie podrá decirme que no conozco a los escritores de mi tierra; a los clásicos, al menos. Digo esto por dos razones.

Primero, como un escudo ante Jorge, ese animal lascivo que me acosa a cada paso que doy por la vida; él pretende adueñarse de mi cuerpo; pero yo sé que colonizaré su corazón y lo arrastraré con una correa por el parque y por donde se me dé la gana, como a un perro domesticado.

Y segundo, porque en verdad, como Borges, me enorgullezco mucho por las páginas que he leído.

Todo eso le da una fuerza enigmática a mi corazón.

Quienes me observan dicen que mi rostro tiene un aire entre Claudia Lars y Claribel Alegría, cuando ambas eran unas jovencitas de 20 y tantos años. No soy altiva ni egocéntrica, sólo soy objetiva, por eso estoy de acuerdo con quienes dicen eso.  Pero hay algo más: sé que soy aun más bella que ellas dos juntas; al menos físicamente hablando. Mis pechos firmes y las curvas que hay más abajo, me hacen ser una mujer que no puede ser ignorada por nadie, ni por hombres ni por mujeres. Los hombres me ven con admiración y lujuria, y las mujeres, con envidia.

Pero sé también que no tengo el corazón tan puro y hermoso como el que tenían las dos poetas, pero eso no me hace menos que ellas. También siento y escribo. Y no me importa si para algunos son tan sólo necedades las que plasmo sobre el papel, porque tengo una certeza que me ampara: todo lo que escribo es verdadero. Y eso le da a mis escritos un peso que es difícil de menospreciar.

La primera vez que vi a Jorge, fue cuando llevé al hospital a mi abuelo, totalmente inconsciente. Jorge era el médico de la emergencia y se portó muy amable conmigo. Y atendió a mi abuelo con rapidez y eficacia: en unos pocos minutos mi ancestro ya estaba despierto y con una cara saludable.

-Era una hipoglicemia la que tenía su abuelo –me dijo.

Y luego me invitó a salir. Yo tenía sólo 18 años y lo demás es historia. Fui su esposa por tres años.

Me cautivaron de él su sentido del humor, siempre a flor de piel, y su amabilidad. Y esos ojos verdes tan intensos, que me recordaban los ojos claros de Salarrué.

Me entregué completa y sin reparos. Nos casamos pronto y fui muy feliz; pero por poco tiempo.

Me abandonó sin explicaciones. Y en el divorcio no logré conseguir ni un solo centavo.

Una mujer nunca olvida.

Ahora quiere que volvamos, que nos casemos otra vez. Dice que me ama, que nunca dejó de amarme. ¿Quiénes se cree él que somos, Elizabeth Taylor y Richard Burton?

Ahora que han pasado 7 años reaparece así como así en mi vida. Me persigue y me escribe cada minuto.  Ahora que ya no lo amo.

Ahora que al verlo sólo quiero vengarme.

*

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

Pintura hecha por

Aydemir Saidov

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