NUNCA


NUNCA. Parque Cuscatlán

Estaban todavía abrazados, haciendo el amor, cuando ella empezó a gemir con intensidad y seguidamente empezó a llorar.

—¿Te lastimé?  —preguntó él.

Ella negó con su cabeza y siguió llorando.

Hacía dos días que ella había aceptado ser su novia. Él la había seguido por todas partes y le había escrito por messengger casi todos los días, desde hacía dos semanas. Le decía muchas cosas amorosas y ella suspiraba al leer los mensajes, pero apenas le contestaba.

A ella le gustó él, desde el principio, pero sentía miedo, porque sólo había tenido un hombre en su vida, su “compañero de vida”, ese que la había abandonado hacía mucho y la había dejado con una niña en brazos. Hoy esa niña tenía ya 15 años de edad y ella continuaba soltera.

Muchas dudas le pasaban por la cabeza. ¿Era este otro hombre uno más que solamente quería jugar con sus sentimientos?  ¿Estaba enamorado de ella como él lo aseguraba?  ¿Era un hombre honrado?

Dos días antes de hacer el amor se habían citado en el parque Cuscatlán, para hablar. Cuando se encontraron, las chispas y las estrellas reventaron en sus corazones. No hubo en realidad necesidad de hablar. Él la abrazó y ella lo correspondió. Era como si se conocieran de años. Y luego vinieron los besos y más besos, como dos adolescentes enamorados.

Pero ella ya no era una niña. Tenía 40 años y él, 52.

Estaban sentados en una de las bancas del parque y por momentos caía sobre sus cabezas una llovizna suave, casi invisible. Ella era gordita; vestía una falda roja y una blusa negra, estampada con flores doradas. Él era delgado y un poco más alto que ella; vestía camisa verde y pantalón azul oscuro. Ella lo mirada emocionada cuando él hablaba. Él, con sus secuelas de acné en el rostro, no dejaba de sonreír. Ella sentía la ternura de sus caricias. Él le hablaba por momentos al oído y ella reía.

Estaban ensimismados el uno en el otro. No se daban cuenta que cerca de ellos una mujer había estado recogiendo mangos caídos en el suelo y se los comía al instante o los guardaba en una bolsa. No se daban cuenta tampoco que, mucho más cerca, una escritora le hablaba a un grupo heterogéneo de estudiantes de literatura, que estaban sentados en las gradas cercanas al museo Salarrué.

Sólo ellos dos importaban. Sólo su amor nuevecito llenaba sus sentidos.

Ahora, dos días después, estaban en esa habitación barata de motel, sintiéndose la pareja más feliz y unida del mundo. Y de pronto, el llanto de ella…

Entonces él le preguntó:

—¿Y por qué llorás, pues?

Y ella, sollozando todavía, le respondió:

—Es que nunca había sentido algo tan rico en mi vida.

*

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

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