ESTEBAN E ISABEL (Primera parte)


Esteban 2

Esteban nació un 12 de octubre de 1940, en una pequeña ciudad de El Salvador. Su niñez fue alegre y tuvo siempre todo lo que un niño de su edad y de su época podía desear. Creció entre su natal Atiquizaya y la ciudad morena de Santa Ana; pero con frecuencia se iba hacia el campo con su padre, quien era un hacendado exitoso, acompañándolo en sus tareas diarias de dirigir sus prósperos cultivos y su ganado porcino y vacuno. Allí disfrutaba de dos cosas principalmente: de los ríos de los alrededores de la ciudad, en donde aprendió a nadar con habilidad, y de comer de una forma silvestre su fruta preferida, el mango.

Le gustaba caminar entre las malezas del campo o cabalgar sobre su caballo favorito, «Tormenta»; Esteban tuvo cierto entrenamiento hípico y se instruyó muy bien en el cuido de los agraciados corceles.

A veces por las noches, siendo un niño, su padre lo llevaba a cazar conejos y algunas otras veces se adentraban en las montañas más heladas y tupidas de árboles para, con sigilo y paciencia, cazar venados. Entonces no se pensaba que esos bellos animales estuvieran al borde de la extinción en nuestro país. El padre de Esteban cazaba un solo animal en cada travesía y no sentía culpabilidad alguna por eso.

Siendo un niño y siendo hijo único, Esteban compartía también mucho de su tiempo con sus amigos, de quienes sólo estaba separado por un par de años. Juntos jugaban plenamente en el agro y aprendían de igual forma a convivir y a desarrollar habilidades agrestes; así como de la misma manera estudiaban y se instruían en el colegio. Para Esteban fue una época vivificante hacia el desarrollo de su imaginación y de su destreza para resolver problemas.

Su padre, un hombre entusiasta de la literatura y con una cultura amplia, le hablaba de Historia pero igualmente de las cosas simples de la vida. Su padre era un hombre bondadoso e inteligente, con una influencia tremenda y positiva sobre él.

Su madre era muy amable y muy entregada a su cuidado y siempre se la pasaba muy pendiente de los pequeños detalles de la casa, la cual lucía limpia y ordenada. Era una mujer con una tendencia fuerte en dirección a la religión cristiana, aunque no hacia los ritos, sino más bien hacia su esencia. Así que “amaos los unos a los otros” era su código profundo de vida y ella se consideraba a sí misma como una especie de «católica liberal». Esto penetró sin duda en el corazón de Esteban. Su madre solía ser además una cocinera maravillosa; era una especialista en comidas típicas como el chilate, el atol shuco, los tamales dulces y salados, el atol de elote y las pupusas. Y su sopa de patas era un verdadero manjar.

Esteban desde niño enfrentó las faenas del campo con alegría y coraje, tal como enfrentaba los retos que le presentaban la escuela y la ciudad. Nada parecía amedrentar al niño Esteban y casi nada parecía tampoco poder arrebatarle el buen sentido del humor. A veces se mostraba polémico, pero generalmente lo hacía de una forma propositiva y tranquila.

Durante su adolescencia fue un estudiante tenaz y muy inclinado a la lectura, en cierta forma guiado por su padre.

Su voz profunda, con un aire de natural autoridad, siempre alumbraba palabras adecuadas al momento; lo mismo podía expresar un concepto científico ante sus familiares, así como una pícara respuesta ante algún vecino.

A Esteban le gustaba también, durante sus días de pubertad, departir con sus amigos en las esquinas, mientras escuchaban música, a través de un pequeño radio de transistores; en esas reuniones no faltaban las bromas y las risas sonoras. Regularmente algunos de ellos visitaban al «viejo Juan», un anciano sabio de la ciudad, quien, siendo un amante nato de la música y un cultivador incansable de ella, les tocaba la marimba, la concertina o el saxofón y después, bajo la luz pálida del «parque Viejo», les contaba remotas anécdotas de principios de siglo. Esos días compartidos con el músico eran días como tesoros, en los que ni la radio ni la televisión (ese invento nuevo que sólo unas pocas personas tenían en la ciudad de aquellos días) se interponían entre el concierto musical en vivo, el lenguaje oral y el ávido y paciente oído.

A mediados de los años sesenta, Esteban era un joven de veinte y cinco años de edad, con la piel curtida y requemada, cabello ondulado y ojos de un verde oscuro, con un iris que, si se lo miraba de cerca, parecía estar formado por pequeños pétalos de flor.

Y al alcanzar la adultez, Esteban fue un hombre muy complejo; pero muy accesible. Conversaba abiertamente con todos; pero constantemente meditaba sobre el porqué y el para qué de la vida. Y su conclusión había llegado a ser muy simple: que la vida servía para compartir, ayudar y ser feliz.

Era y se sentía muy respetado y querido por sus vecinos. Siempre estaba de una u otra manera involucrado con la comunidad. Para él eran tiempos de regocijo y asimilación del mundo.

Es conveniente también dejar claro que Esteban vivía entre dos mundos: el urbano y el rural. Y él estaba muy consciente de ello. En la ciudad vestía de traje formal; en el campo, de botas, sombrero y machete. En el campo trabajaba bajo el sol entre sudores y plantas, entre barro y cabezas de ganado; en la ciudad trabajaba con las ideas y las palabras.

Esteban podía descifrar el canto de los pájaros y el lenguaje del viento; conocía las huellas de los animales y los mensajes del clima. Pero también podía ser muy agudo y sensible en el entendimiento del arte y lo abstracto.

Por eso al regresar a su casa, abría los libros más fascinantes y los leía con anhelo de niño. En su modesta biblioteca heredada de su padre y alimentada por él mismo, no faltaban Borges, Henry Miller, Stevenson, Neruda, Nietzsche, Salarrué, Arturo Ambrogi, George Bernard Shaw, Fiodor Dostoievski, J.J.R. Tolkien, Claribel Alegría, Roque Dalton, Claudia Lars y William Shakespeare, por mencionar algunos. Así como también libros de historia, geografía y leyes. No obstante, sus favoritos durante mucho tiempo fueron los libros de Jorge Luís Borges, tanto que la noche que releyó una y otra vez «El inmortal» y «El jardín de senderos que se bifurcan», resultó tan satisfecho de esos cuentos que pensó que ya no quedaba nada más por leer en el mundo; esa noche Esteban durmió muy intranquilo. Por supuesto que al día siguiente ya estaba sin escape enredado con el libro de algún otro autor. Y sin embargo, siempre regresaba a Borges, con transparente lealtad.

También la combinación de música y literatura era una cosa fascinante para Esteban, como el cuento «El perseguidor», de Julio Cortázar.

Además amaba los libros, con la manía de los coleccionistas, no sólo por su contenido, sino también por su presentación, por el arte con que habían sido editados. Uno de sus libros más apreciados era uno de pasta dura, de hojas de papel de cebolla, de tamaño casi de bolsillo, editado e impreso en Madrid en 1953: Los hermanos Karamazov, con traducción directa del ruso, prólogo y notas de Rafael Cansinos Assens.

Del mismo modo, Esteban entendía con claridad la música; era un melómano sin remedio y disfrutaba de un amplio arco iris sonoro: desde las más sencillas rancheras hasta las obras de Beethoven y Stravinsky, pasando por los más variados músicos de Jazz. Algo interesante de mencionar es que Esteban recibió de su padre, con mucho orgullo y alegría, una vieja partitura musical escrita de puño y letra de la mano de Agustín Barrios Mangoré: “La Catedral”; el padre de Esteban la adquirió directamente de las originales manos del guitarrista genio, con quien había trabado amistad en San Salvador. Esteban guardaba con recelo el texto musical en un cofre, bajo llave.

De entre todos los músicos sus favoritos eran Miles Davis y Ludwig Van Beethoven, por razones un poco objetivas y con mucho de subjetividad (como muchas de nuestras más sinceras preferencias), de quienes tenía numerosos discos de 33 y 78 revoluciones, en su mayoría traídos desde Los Estados Unidos. Pero por supuesto, como ya había mencionado antes, no sólo tenía discos de Jazz o de música académica. Un ejemplo era su colección de música afro antillana y de boleros, discos de Gardel y de Pedro Infante, así como también el disco Abbey Road de Los Beatles, que era una de las grabaciones a las que más le tenía aprecio. Con el tiempo su colección crecía. Le gustaba, por ejemplo, Leo Dan, porque sentía que en su música y en sus letras sencillas, directas, sin una gota de poesía, había una belleza muy grande; y por otro lado, sentía que en la poesía de la música y las letras de las canciones de Silvio Rodríguez, había otro tipo de belleza, nada menor, por supuesto.

Con el pasar de los años Esteban se enamoró y se casó con Rocío, una mujer verdaderamente bonita.

En forma similar a la tragedia de Shakespeare, en la que Otelo y Desdémona terminan fatalmente, así también concluyó la historia de Esteban y Rocío; aunque en circunstancias y desenlace diferentes.

Bueno, he aquí lo que sobrevino.

(Continuará)

Escrito por

Óscar Perdomo León

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