LA MAÑANA EN QUE FALLECIERON DÁMASO Y GREGORIO


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Aunque Dámaso y Gregorio habían nacido en el mismo año de 1910 y del mismo padre (el hacendado Juan Gutiérrez) la forma de vida de cada uno de ellos había sido muy diferente.

Increíblemente ambos hombres se encontraron frente a frente sólo una vez en la vida. Fue en una ocasión en que a la esposa de Dámaso se le pinchó una llanta en un parqueo de San Salvador. Casualmente Gregorio estaba bajándose de su vehículo y al ver a la mujer en dificultades, se acercó a ayudarla. Justo al momento de terminar de cambiar la llanta Gregorio, llegó Dámaso. Se reconocieron por referencias, pero ninguno de los dos dijo nada.  Dámaso le agradeció a Gregorio y éste se marchó inmediatamente.

Coincidieron sin embargo nuevamente (aunque no físicamente) en algo crucial: el día en que la muerte los abrazó a ambos.

***

Es una mañana de rocío, en la que hace unas pocas horas los gallos ofuscados habían golpeado el viento con sus raspadas voces. Las ollas repletas de café burbujean en las casas de la ciudad. Los buses ensucian desde temprano la respiración del mundo. Y es un fatídico 03 de diciembre del año 1972.

Gregorio Martínez despierta y se levanta. Su esposa se ha puesto en pie desde muy temprano y se ha ido ya a la misa dominical. Su hijo, de ocho años de edad, se sorprende que su padre sólo vaya al servicio sanitario y vuelva a acostarse. Gregorio se siente mareado y tiene dolor de cabeza, así que antes de regresar a la cama, manda a su hijo la farmacia a comprar un analgésico. El niño va enseguida. Al regresar, Gregorio ya está dormido otra vez y ronca fuertemente. Su hijo prefiere dejarlo dormir.

Al otro lado de la ciudad, a esa misma hora, Dámaso Gutiérrez, que se ha levantado con el sol y se ha quedado un largo tiempo meditando después de bañarse, se mira en el espejo y se afeita con aparente tranquilidad; se arregla muy bien con la tijera su mostacho oscuro. Contempla su semblante y comprueba cómo día a día se pone más pálido y delgado. Se mira a los ojos y ve la tristeza profunda, esa pesadumbre que antes era tan desconocida para él. E inmediatamente piensa en la bodega del fondo de la casa. Luego se viste parsimoniosamente con su traje de gala.

 

***

Gregorio Martínez era un hombre de 62 años de edad, de mediana estatura, de piel morena y de cabello rizado, fino y oscuro, siempre bien recortado. Hijo no reconocido. Era de poco hablar, pero cuando lo hacía, siempre había serenidad y fuerza en sus palabras. Tenía la frente amplia y los ojos negros, en los que había un filo de audacia y de firmeza; sus movimientos eran varoniles y seguros; y en su corazón vivía, trotando, un caballo de larga crin y de gigantesca estatura.

Dámaso Gutiérrez era alto, con el cabello castaño y liso, siempre muy bien peinado hacia atrás. En sus ojos verdes casi siempre había habido un destello de alegría, como una especie de sonrisa que estaba por aproximarse. Sus manos grandes eran las adecuadas para el que nació para tocar el contrabajo, que era su pasatiempo favorito. Su conversación era, antes de que se enfermara, elocuente y fluida, divertida e ingeniosa, siempre salpicada con una gran dosis de buen humor. Su risa solía ser contagiosa.

Gregorio a muy temprana edad quedó huérfano. Y siendo un niño de 6 ó 7 años, se marchó a pie de su pequeño pueblo natal salvadoreño hacia Guatemala, en una fría tarde de viento. Se fue siguiendo una caravana migratoria, desligándose de sus hermanos, caminando entre extraños, siguiendo una ruta desconocida, entre el hambre y la soledad. Caminaron muchos días y descansaban bajo los árboles. Apenas sí comían. Al mediodía de uno de tantos días, llegaron a Atescatempa, un pequeño pueblo chapín. Gregorio se sentó a descansar a la orilla de un portal y se dio cuenta que ahí había una sastrería. Los trabajadores se afanaban encima de las telas y por momentos, sin dejar de trabajar, platicaban y bromeaban entre ellos. Parecían alegres. El pequeño niño se quedó mirando hacia adentro y ya no se movió de allí. Cuando eran como las seis de la tarde el dueño de la sastrería empezó a cerrar las puertas, pero vio al pequeño sentado con la cara sucia e inocente y le dijo:

-Niño, andate para tu casa,  ya es tarde, te van a regañar tus papás.

Y el niño, con la mirada totalmente sincera y la voz firme le contestó:

-Yo no tengo casa ni papás.

-¿Y de dónde venís, pues?

-De Atiquizaya.

-Mirá, mujer -le dijo el viejo sastre a su esposa- este pobre patojo no tiene donde dormir.  Dale  un  poco  de  comida.

Y el niño entró apresurado al oír la palabra comida, sin saber que se iba a quedar en esa casa durante varios años. Esa noche Gregorio por fin durmió bajo techo. Esa noche por fin no tuvo pesadillas.

***

Dámaso, por el contrario, nació  en Ahuachapán, en cuna llena de comodidades. Sus padres, hacendados del occidente de El Salvador, cuidaron de él con esmero. Desde niño aprendió cómo era el comercio de la tierra y la agricultura, y ya desde entonces se le notaba que tenía habilidad para los negocios. Fue a los mejores colegios de San Salvador y estudió economía en la universidad. Para cuando era un hombre maduro, allá por 1943, ya había acumulado por sí mismo varias casas, fincas y terrenos: El Chayal, San Fernando, El Jícaro, Iscaquilillo, San Pedro y otros más; pero la finca más grande era Santa Rosa; allí además de una gran plantación de café, habían muchas frutas y ganado.

Aunque Dámaso Gutiérrez era un hombre serio y dedicado a su trabajo, hay una anécdota que describe muy bien su verdadera personalidad.

Cierta vez Dámaso se dirigía a la fiesta de un amigo. Estacionó su vehículo y caminó atravesando el parque Concordia, con un evidente aire de alegría y vestido con un traje totalmente blanco. Allí se encontró a unos jóvenes irreverentes y bromistas.

-Buenos noches don Damas, que tarde se le antojó hacer la primera comunión. Sólo le falta la candela -dijo en tono de burla uno de ellos, mientras los demás sonreían con cierta ironía.

-¡No, si aquí te la traigo! –respondió Dámaso, tocándose los genitales.

Las risitas explotaron en verdaderas carcajadas.

 

***

Al día siguiente de haber llegado a Atescatempa, el pequeño niño Gregorio, sin que nadie le hubiera dicho nada, se puso a acarrear agua del pozo. Cuando el viejo sastre lo vio, le dijo a su mujer, con una sonrisa de satisfacción:

-Mirá qué patojito más arrecho. ¡Ya se ganó el desayuno!

Y así, poco a poco, Gregorio fue conquistando el cariño del viejo sastre, de quien aprendió el oficio del corte y de la tela.

Cuando Gregorio cumplió 14 años de edad recibió de aquél, como regalo, unas tijeras nuevas. Pero cuatro días después el viejo sastre falleció y, una vez más, Gregorio quedó huérfano.

Entonces decidió volver a El Salvador. Regresó a su ciudad natal con dos cosas: con la habilidad de ser sastre y con un par de tijeras en sus manos. Era todo lo que tenía. Pero era un joven emprendedor. Traía una experiencia grande a su corta edad, ganada a fuerza de golpes y de prisa; parecía que su palabra favorita era “resistir”. La tragedia de muerte, una tras otra, y la espinosa quemadura de la pobreza y la orfandad, le habían revelado, felizmente, que él era un muchacho valiente, un hombre valiente, un sobreviviente tenaz. En 1930 Gregorio empezó a hacer pantalones por encargo de uno de los almacenes de la ciudad. También comerciaba con guatemaltecos que llegaban  a El Salvador cada mes, con sus ventas de colchas, frutas, etc. Se privaba de muchas cosas y ahorraba obsesivamente. Acostumbrado desde niño al esfuerzo, y al esfuerzo intenso, no cedía nunca ante la holgazanería. Con los años, impactados de trabajo y sacrificio, llegó a tener su propio almacén, en donde se vendían telas, zapatos, sombreros, etc. Además llegó a tener varias casas y automóviles. Y de una niñez plagada de pobreza y orfandad, pasó a tener las comodidades que el dinero da.

En 1966 Gregorio se mudó con su esposa a San Salvador donde abrió dos sucursales de su almacén.

 

***

Con el tiempo, Dámaso también se casó y mudó a San Salvador para desarrollar un comercio de imprentas y publicidad; aunque siempre regresaba a su ciudad natal por sus otros negocios, así como también por el cariño primitivo que le tenía al lugar que lo había visto nacer. Sin embargo, a principios de los años setenta, pasó algo inesperado: Dámaso les repartió sus propiedades a sus hijos; principalmente porque le habían diagnosticado cáncer de pulmón con metástasis en el hígado y sabía que moría más temprano que tarde. No quiso internarse en ningún hospital y le dijo a su familia que quería morir en su propia casa.

***

El hijo de Gregorio regresa al dormitorio y ve que sangre oscura le sale de la nariz y los oídos a su padre. Como su madre no ha regresado a casa todavía, corre entonces hasta donde sus vecinos para pedirles ayuda. Ellos intentan despertarlo, pero es imposible. Gregorio sólo emite un ronquido grueso y extraño.

Inmediatamente llaman a un médico. A través de un amigo de Gregorio, otro médico se entera de lo que pasa, así que terminan juntándose dos galenos en la casa. Ambos lo examinan cuidadosamente. El hijo de Gregorio los observaba a escondidas…

Ve con curiosidad todo el ritual de observación, palpación y auscultación que ejecutan los doctores. Primero uno de ellos y después el otro. Ve como alumbran los ojos de su padre con una lámpara de mano. En ese momento Gregorio ya no ronca.

Al terminar de examinarlo, ambos médicos se miran mutuamente a los ojos y  hacen al mismo tiempo un gesto de negación con sus cabezas.

-Es un evento cerebrovascular hemorrágico fulminante -dice uno de ellos, mientras el otro asiente y cubre a Gregorio, de cuerpo entero, con una sábana blanca.

El niño se marcha a un rincón de la casa. Siente como si estuviera en un mundo lejano y en algún tipo de pesadilla. Inclina la cabeza, cierra los ojos y llora desconsolado…

 

***

Dámaso sale de su dormitorio con su traje de gala y camina erguido, casi con el ritmo y la solemnidad de quien camina en la iglesia para entregar a una novia. Se dirige a la bodega donde guardaba cosas diversas. Su familia completa ya se ha ido para misa.

Llega a la bodega y abre la puerta. Entra y busca con detenimiento. Luego toma una escopeta recortada y varios cartuchos. Camina hacia la sala de su casa y se acomoda en una silla mecedora acolchonada.

Y experimentando un desconsuelo opresivo en su pecho y sintiendo en carne viva el cáncer que lo consume, se pega en plena mañana un limpio disparo en la boca. Su cuerpo queda inclinado hacia atrás, goteando sangre y meciéndose levemente.

El rugido seco y breve del arma hace que unas palomas, que anidan en el techo de su casa, alcen el vuelo.

 

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Escrito por

Óscar Perdomo León.

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Fotografía: El volcán Chaparrastique, por Ó.P.L.

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A propósito de volcanes, dando un clic aquí podrán ver fotos del volcán Chinchontepec.

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