ALGUNOS RECUERDOS DE NIÑEZ (segunda parte)


Tengo otros recuerdos de niñez, pero algunos incluyen ya la etapa de adolescencia, período que visto desde esta distancia en el tiempo, me parece una segunda niñez.

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A veces salíamos al campo, lo cual era para nosotros muy divertido. Aquí estoy con mis amigos Carlos Romero y Wil Escobar.

I

Nunca había andado a caballo hasta una tarde en que me invitaron a comer en una hacienda; ahí tenían un caballo y me lo prestaron, y pude experimentar lo que se siente cabalgar. Montar a caballo me dio una sensación de libertad, pero también un poco de miedo, cuando el caballo corría. Pero cuando el caballo trotaba me llegué a sentir uno con el animal. Esa experiencia placentera la repetí varias veces, en días diferentes.

Muchos años después, en el año 2001, cuando fui director de la Unidad de Salud de Nuevo Edén de San Juan, volví a subir en varias ocasiones en un caballo, por razones de trabajo. Recorrí varios cantones, como el Cucurucho, San Sebastián, Los Laureles y Montecillos, montando «a puro pelo».

Y otra vez, trotar, sentir el viento en la cara y experimentar la libertad en el corazón.

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En esta foto probablemente tendría yo unos 15 ó 16 años de edad.

II

Recuerdo con mucho cariño a Papá Julio, quien estaba casado con mi tía Telma, hermana de mi mamá; y aunque era mi tío político, muchos sobrinos le decíamos papá Julio. Lo recuerdo siempre vestido para ir a sus fincas, con su pantalón caqui y su sombrero; era un hombre risueño, que siempre tenía un jocote en la bolsa de la camisa para ofrecérselo a uno.

Cuando regresaba por las tardes de alguna de sus fincas, a veces pasaba por nuestra casa y nos regalaba todo un racimo completo de guineos.

También a veces nos invitaba a ir con él de paseo. Para mí esos eran momentos bonitos porque iban sus hijos, es decir, mis primos Julio, Lupi, Mari, Violeta y Rosi, y mis dos hermanos Wendy y Mario, así que nos divertíamos mucho. También a veces iban mis primas Mirita y Susan.

Hay recuerdos que quedan para siempre y no conocen el olvido, como cuando uno escucha una canción por primera vez y le gusta mucho. En una de esas ocasiones en que salimos a pasear, recuerdo que mi primo Julio había puesto, justo un momento antes de salir, una canción de Paul Anka, que siempre relaciono con la foto que está abajo.

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Mi querida hermana Wendy y yo, en el río Agua Caliente, jurisdicción de Atiquizaya, departamento de Ahuachapán.

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Wendy y yo, como 33 años después.

III

Entre las memorias divertidas que resuenan en mi cabeza está la de la vez que, para un concurso de disfraces, mi amigo Wil y yo participamos como “hippies”. Creo recordar que mi prima Lupi nos ayudó con algunas de las prendas que usamos. Si mal no recuerdo nos ganamos el segundo lugar.

Con el pasar de los años, aunque Wil vive en los Estados Unidos de América y yo en El Salvador, hemos conservado una amistad fuerte y sincera.

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A mi derecha Wilfredo Escobar. Al fondo, casi sobre mi brazo, se alcanza a ver a otro de los concursantes, disfrazado de vampiro; era un paisano de Atiquizaya: Garrido.

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Wil y yo,  33 años después.

IV

La guitarra (y a veces el bajo eléctrico) me ha acompañado en muchos momentos de mi vida; por ejemplo en los cumpleaños, en fiestas de amigos, en momentos de soledad, algunas veces en escenarios y en otras, la guitarra ha hecho que yo me codee con la escurridiza creatividad musical.

Aunque sólo soy un guitarrista aficionado, siento que la guitarra es una parte de mi ser. Hace unas semanas, por ejemplo, estuve grabando con teclado y guitarra «Como la cigarra», una canción original de María Elena Walsh. Y al hacerlo, cada nota que tocaba en el teclado, me la tenía que imaginar siempre en la guitarra, no podía evitarlo.           🙂

Y aún amándola tanto, digo, a la guitarra, pase varios años alejado de ella. Podría culpar  de ello a la celosa Medicina; pero para ser honesto, hubo en mí cierto descuido en no haber estado cerca de una guitarra durante ese tiempo.

Ese tiempo fue un período gris y nostálgico. Recuerdo que los años que pasé sin guitarra, me venía a la memoria de vez en cuando un fragmento de un poema de Atahualpa Yupanqui:

“… y sin plata me quedé.
Vendí mis lindas alforjas, ¡ mi guitarra la vendí !
En mi pobreza -¡ ay de mí !- me hubiera gustado guardarla.
Tanto me ha costado comprarla, pero en fín, todo perdí.
¿Vigüela, dónde andarás? ¿Qué manos te están tocando?
Noches enteras pensando…
Siquiera como consuelo
que sea un canto de este suelo
lo que te están arrancando.”

 

Pero eso, para mi fortuna, cambió un día en que mi amigo Salvador Huiza me regaló una guitarra. Fue un gesto de amistad que no voy a olvidar nunca.

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Mi hija Laura mira como su amiga Gloria parte el pastel. Esta foto probablemente es de 1998.

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Mes de junio de 2014. Cumpleaños de mi hermano Mario, de mi mamá y de mi sobrino Carlitos.

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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