KÉRRIDAT. (Capítulo IX)

mujer-alado

-Quiero que vayan ustedes dos a ese lejano planeta y lo investiguen. Ya hace un par de cientos de años que hemos detectado que una civilización ha empezado a desarrollarse allí  –dijo una especie de hombre, con una voz masculina y profunda, y en un idioma complejo y sublime.

Era un ser alto, oscuro de la piel y con un par de grandes alas negras. Tenía en la mirada y en la voz una fuerza de mando y dignidad que los otros dos seres que lo acompañaban parecían respetar.

-¿Durante cuánto tiempo deberíamos estar allá? –dijo una voz femenina.

Era una figura de mujer, alta, con fisonomía suave, con dos pechos erectos y bien formados. Su piel y sus alas eran blancas, casi impolutas.

-Diez o quince siglos. El tiempo que sea necesario –le respondió el ser de piel oscura.

Y después, el ente alto y oscuro, dirigiendo su mirada al tercero, le dijo:

-Serás el responsable de la misión, Kérridat.

Kérridat asintió al negro ser alado, con respeto. Luego miró complacido a su compañera con una sonrisa.                

 

     FIN

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

***

Nota: aquí termina la historia “María puede volar”, formada por nueve capítulos. Muchas gracias a todos los que nos siguieron y leyeron cada martes que publicábamos un capítulo.

Fotografía extraída del blog vivicervera.

MARÍA JOSEFINA 1932. (Capítulo VII)

VLADIMIR FEDOTKO,RUSIA, PHOTOGRAPHY

María Josefina era una especie de reencuentro en la sangre femenina, de toda la saga de Marías salvadoreñas que provenían, hasta donde se sabía, de María Xicotencatl. Sin saberlo conscientemente, había dentro de ella un instinto que la atraía hacia la tierra y hacia sus antepasados. Físicamente no se parecía en nada a su antepasado María Xicotencatl, quien tuvo un bello color moreno en la piel, los ojos negros como las pozas de agua en la sombra al atardecer, y el cabello tan largo, liso y negro que le llegaba hasta las caderas; María Josefina, por el contrario, tenía ojos verdes como los mismos bosques de las montañas de Sonsonate y Ahuachapán, la piel era blanca y tersa, y el rostro naturalmente rosado; sin embargo, la mezcla de las razas que convergían en ella se podía adivinar en el cabello negro liso y en sus facciones tan peculiares. Por eso María Josefina investigaba sobre sus orígenes. Buscaba las respuestas a su árbol genealógico, pero en tierra donde no muchos escriben para dejar sus historias a las futuras generaciones, le era difícil responder sus preguntas.

Durante muchos años había rehusado casarse; pretendientes no le faltaban. Pero sus inclinaciones a la pintura y al estudio autodidacta la llenaban tanto que no parecía necesitar nada más. O quizás no la había tocado el amor. Y en una sociedad como en la que ella vivía, ya se hablaba en las calles de que ella era una solterona. Decían las malas lenguas que de adolescente se había enamorado de Gustavo D´ León, el hijo de un hacendado amigo de su familia, y que se había ido a estudiar a Europa, y ella para sobrellevar el despecho se había marchado un tiempo a los Estados Unidos, y que esa separación ella nunca la había superado. Sin embargo, María Josefina estaba libre de todo prejuicio y lo que dijera la gente de ella la tenía sin cuidado.

Sonsonate y Ahuachapán, en la zona occidental de El Salvador, tenían la abundancia de los cafetales, con su aromático fruto, que se vendía bien dentro del país y en el extranjero. El padre de María Josefina era dueño en esa zona de algunas fincas de café, de algunos terrenos en donde se sembraban y cultivaban frutas y hortalizas, así como también poseía unas cuantas cabezas de ganado.

En 1929, a sus 30 años, María Josefina se dedicaba, sin cobrar, durante cuatro horas matinales a dar clases de arte a niños de entre 10 y 15 años. Su padre, chapado a la antigua, no estaba muy contento con los procedimientos y decisiones de María Josefina; pero la amaba tanto que cedía ante sus deseos y caprichos con sólo oír su dulce voz. De su madre no tenía apoyo porque desgraciadamente, al igual que María Xicotencatl, había muerto en el parto.

Por las tardes María Josefina practicaba el bordado, leía o tocaba el piano. Le gustaba leer poesía; pero sus lecturas favoritas eran los libros de historia y las novelas de aventuras.

Por esos días había trabado amistad con una joven poeta que había nacido en Armenia, departamento de Sonsonate, que se llamaba Carmen Brannon. Se escribían cartas frecuentemente y se visitaban. Carmen le enviaba, desde donde estuviera, inspiraciones líricas recién escritas y María Josefina le contestaba con comentarios y agradecimientos. También intercambió correspondencia un par de veces con un joven escritor y pintor de Sonsonate, cuyo nombre era Salvador Salazar Arrué, a quien le compró en el transcurso de los años varias pinturas, algunas de las cuales terminaron, como después se comprenderá bien, en una casa de Europa.

En música le fascinaba Chopin, sus sonatas, mazurcas, valses, polonesas, nocturnos y preludios. También admiraba mucho a Beethoven, la conmovía la fuerza de sus composiciones; sentía que él expresaba cosas de una manera que nadie más lo había hecho antes.  De ambos tocaba sus obras con bastante destreza en el piano.

A veces, también por las tardes, salía a dar unas caminatas por las extensas fincas de su padre. Otras veces montaba a su amado corcel «Bravío», que sólo con ella era dócil, pero ¡ay de aquellos que quisieran montarlo!

Una tarde, cabalgando junto a un sembradío de pepinos, en la soledad de la extensión y sintiendo que el viento la acariciaba y le cantaba suavemente al oído, se detuvo y cerró los ojos, pero para ver a través de la piel. De pronto, el natural sonido silvestre fue interrumpido por los cascos de otro caballo que parecía acercarse. María Josefina abrió los ojos verdes y miró cómo se acercaba un jinete de piel morena y de ojos igualmente verdes, pero más oscuros. Ella dudó por unos segundos; pero entonces con su natural alegría y espontaneidad desmontó del caballo y salió caminando hacia el hombre que montaba. Éste hizo lo mismo y corrió hacia ella. Sonriendo y llorando de la alegría, se abrazaron fuertemente, como si no quisieran soltarse. Inmediatamente se vieron a los ojos, profundamente.

-Regresaste –dijo María Josefina.

-Regresé por vos –dijo Gustavo-. ¿Por qué dejaste de escribirme?

-Es que con los años sentí que me escribías como si no tuvieras nada que decirme y pensé que lo más seguro es que tuvieras un nuevo amor.

Él no le contestó, sólo la volvió a abrazar, la tomó con firmeza de la cintura acercándola a él y le beso dulcemente la boca. María Josefina le correspondió con todo el amor reprimido que puede tener una mujer de 30 años.

Tomados de la mano, caminaron hacia la orilla de un gran árbol de amate. Sentados, cada uno de ellos bebió como un sediento las palabras del otro. El amor renacido latía en el corazón de María Josefina. Entre caminatas, risas, anécdotas narradas y cómplices miradas las horas pasaron más rápido de lo que alguno de los dos hubiera deseado. Al atardecer, volvieron a besarse y esta vez los cuerpos ya no podían esperar más, la piel y los sentidos habían despertado furiosamente, cual Izalco encendido. Con el ocaso como único testigo y dejando que las preocupaciones se perdieran con el sol, ambos despojaron espontáneamente sus cuerpos de las vestiduras que llevaban. Gustavo, como si fuera un entrenado amante, trató a María Josefina con paciencia y delicadeza, le besó tiernamente todo el cuerpo como queriendo apoderarse de cada parte de ella, sus manos cual mariposas revoloteando le acariciaron el fino y delicado cuello y las delgadas y sensibles manos de artista. Recorrió con suavidad y pasión a la vez sus brazos, su espalda y sus muslos… Luego pasaron de ser la lujuriosa unidad, para convertirse en la unión estrecha donde el movimiento, los suspiros y la lengua, los quejidos y el sudor, eran el lenguaje inefable…

***

Se casaron casi de inmediato y se fueron a vivir a Francia, donde su esposo tenía un jugoso trabajo. María Josefina vivía feliz y alimentándose de toda la cultura cosmopolita de París. Tocaba día y noche el piano y acudía con su esposo a todos los conciertos, museos y exposiciones disponibles. Cada principio de enero su esposo y ella regresaban a El Salvador a visitar a sus respectivas familias.

Cuando volvió en 1932 vino sola, porque Gustavo había tenido un problema impostergable de negocios.

María Josefina aprovechó su estancia en su casa y repitió todos los ritos cotidianos que acostumbraba desde que era una adolescente. Lo primero fue caminar por los sembradíos de hortalizas y después husmear a la naturaleza en la intimidad de los cafetales. Se sentó a descansar y se quedó cavilando en las cosas que pensaba antes de irse a Europa. La agitada y vibrante vida de allá a veces no le daba tiempo de meditar. Por tratar de abarcar todo el conocimiento externo del mundo que le proporcionaba París, olvidó mirar su interior. Así que pensó que había sido muy buena idea venir sola a El Salvador y poder quedarse reflexionando todo lo que quisiera y sorprenderse con los pequeños detalles que día a día observaba en estas coloridas tierras. Irremediablemente empezó a cuestionarse sobre la posibilidad de convertirse en madre y acerca del origen de su sangre. Estando en esta distracción puramente intelectual y recostada plácidamente bajo la sombra de una frondosa ceiba, empezó a recorrer el camino que de la vigilia lleva al sueño y antes de quedarse totalmente dormida oyó que una voz masculina y desconocida le decía:

-Claro que vas a tener hijos.

Sin poder entender totalmente lo que estaba sucediendo María Josefina no se asustó y dejó que su mente y su cuerpo sucumbieran inexorablemente al placer del sueño.

Inmersa bajo el hechizo de Morfeo, María Josefina vio que un gran peñasco se partía en dos y que un aluvión descendía hacia un pequeño poblado. Los rostros de angustia se sucedían uno a otro y los gritos se iban incrementando en su cabeza. De pronto una melancólica mujer, de bello rostro, le decía:

-Mi raza está herida y muy pronto se levantará en protesta contra las injusticias del gobierno.

Pronunciaba estás palabras con firmeza; pero la mujer, a pesar de la seriedad de la sentencia dicha, la miraba a los ojos llena de amor.

-Ella es tu gran abuela María Xicotencatl. Ella es tu origen y en tu sangre corre su sangre –continuó la misma voz masculina sin rostro-. Ella, al igual que tu madre, murió en el parto.

En el sueño María Josefina preguntó:

-¿Quién habla?

Y fue entonces que la voz se materializó y ella lo pudo oír y mirar.

-Soy yo –le respondió un hombre alto y casi albino, que tenía dos alas cerradas en su espalda y con la mirada profunda como la de un halcón.

María Josefina despertó sudorosa y agitada. El sol ya estaba en pleno cenit. Se levantó y regresó a su casa, recordando el sueño completo, de una manera visual y sonora, vívida e inusual.

***

Ese año de 1932 El Salvador no estaba en las mejores condiciones. Los problemas en el país eran complejos y no era fácil descifrarlos; pero una mezcla de complicaciones económicas, políticas, étnicas y de gran desigualdad social propició un levantamiento campesino principalmente en varias ciudades del occidente del país, con consecuencias fatales.

Quizás el punto central del problema era que los campesinos indígenas habían venido sufriendo la expropiación de sus tierras desde el siglo XIX, las cuales se habían concentrado en muy pocas manos, es decir, en una pequeña burguesía.

Asimismo, El Salvador había sido golpeado por el colapso de 1929 de la bolsa de Nueva York.

El pueblo estaba descontento además por el reciente derrocamiento del Presidente Arturo Araujo el 02 de diciembre de 1931, llevado a cabo por el ejército salvadoreño bajo el mando de general Maximiliano Hernández Martínez y apoyado por los terratenientes; ese descontento se agigantó aún más por el fraude electoral del 03 de enero de 1932.

En medio de esa crisis y después del sueño que había tenido, María Josefina empezó a tener una conciencia más atenta sobre lo que ocurría con los pobres de su país. Ella, aunque no era demasiado rica, se sentía por supuesto en el lado superior de la escala de clases; pero eso no le impidió empezar a tener sensibilidad social y comprender que algo no funcionaba como debía en la sociedad; las injusticias eran demasiado evidentes; para decir algo, la paga de un jornalero en aquellos días era de dos tortillas y dos cucharadas de frijoles, al inicio y al final del día, y las monedas locales con que se pagaba en las haciendas, sólo podían ser cambiadas por productos en la tienda que pertenecía al mismo dueño del cafetal. Además los hacendados veían con menosprecio a sus trabajadores, tanto así que W. J. McCafferty, encargado de la delegación estadounidense en San Salvador, le refirió en una carta a su gobierno que en El Salvador un animal de labranza tenía más valor que un trabajador…

***

Muchas dudas y agitación habían en el corazón de María Josefina. Un atardecer en que salió a cabalgar para despejar su mente tuvo un accidente. Su querido caballo «Bravío» metió la pata en un agujero que nadie vio porque estaba cubierto de hojas. Al instante ambos, caballo y mujer, rodaron por el suelo. El equino se fracturó la pata y tenía incluso un fragmento de hueso saliendo a través de la piel. «Bravío» evidentemente ya no se pudo levantar y sufría mucho. María Josefina, con unas cuantas abrasiones y laceraciones en su piel, empezó a llorar y abrazó a su caballo. Sabía que la única alternativa era el sacrificio del animal.

De pronto miró en el suelo una gran sombra que en segundos se hacía cada vez más y más grande. Miró hacia el cielo y vio a un hombre alado que, a pocos metros de donde estaba ella, aterrizó.

Ella se levantó asustada y se alejó caminando hacia atrás. El ser alado la miró y después dirigió su vista al caballo. Se acercó a él y se acurrucó. Colocó sus dos manos sobre la pata del caballo y cerró los ojos.

María Josefina observaba incrédula la escena. No había nadie a quien pedir ayuda en un par de kilómetros a la redonda. Recordó que al ser alado ya lo había visto en su sueño y ahora se sentía asustada y confundida; no sabía si estaba soñando otra vez o si estaba alucinando.

De repente el hombre alado se puso de pie y caminó unos metros hacia atrás. Entonces «Bravío» se levantó y dio unos pasos, después se paró en dos patas y relinchó.

Los ojos de María Josefina, que se llenaron de gran alegría, no podían creer lo que veían. Miró al ser alado y éste en tono amable le dijo:

-María Josefina, tu raíz más lejana que debés conocer se llama María Xicotencatl…

El hombre con alas le hablaba en un español muy bien pronunciado y continuó:

-La conocí en 1762 cuando ella tenía catorce años y el cerro que conocían como El Chulo se partió en dos y sufrió un gran deslave que cubrió numerosas casas de Panchimalco. Por querer mirar de más cerca ese fenómeno natural y por un error imperdonable, mi esposa y yo nos vimos envueltos en la tragedia. Ella murió instantáneamente ese día y yo, Kérridat, no la pude auxiliar porque estaba herido. María Xicotencatl me encontró y me ayudó a sobrevivir. Yo le prometí en agradecimiento que le ayudaría a todas sus descendientes…

María Josefina perdió el miedo, se acercó a él y sentados bajo la sombra de un amate hablaron por unos minutos, largo y tendido. Luego él con una señal de alto con la mano, le indicó que se callara. Y empezó a transmitirle a María Josefina, de una forma telepática, palabras e imágenes de sus ascendientes y de los hechos importantes que los rodearon. María Josefina, con los ojos cerrados y en silencio, sólo derramaba unas lágrimas de la emoción que le producía conocer todas esas cosas y de esa manera. En su cerebro aparecieron sus orígenes indígenas y las transformaciones que sufrió su sangre a través de los años y los años. María Josefina vio a María Dolores y a tantas abuelas de su sangre…

Cuando terminó de recibir información, Kérridat le dijo:

-Los seres humanos tienen una organización social aún muy primitiva, María Josefina. No se ayudan los unos a los otros. Y en tu país una insurrección está por ocurrir en pocos días. Tratá de mantenerte alejada. Deberías volver con tu esposo.

Inmediatamente Kérridat se despidió de ella con un gesto y se alejó volando. “¿Cuándo te voy a volver a ver?”, le preguntó María Josefina con un grito. “Muy pronto”, le contestó Kérridat.

***

El 23 de enero de 1932 explotó el levantamiento indígena campesino, en la zona occidental de El Salvador, acompañado por obreros y estudiantes universitarios. Eran unos hombres valientes, indignados por la situación del país y por la opresión militar, dispuestos a recobrar el honor, el valor y el respeto arrebatado a los pobres de la nación, no importando si para ello era necesario matar o morir; sin embargo estaban altamente desorganizados y armados únicamente con machetes.

Los campesinos se alzaron simultáneamente en varias ciudades; Juayúa, Izalco, Nahuilingo, Sonsonate, Tacuba, Sonzacate, Salcoatitán, Nahuizalco y Santa Tecla, entre otras; asesinaron en su trayecto de pueblo en pueblo un total de veinte civiles y treinta militares. Su objetivo era tomar el poder. Pero muy pronto fueron reprimidos, con lujo de barbarie, por las fuerzas militares del general Martínez. Sus principales dirigentes indígenas fueron capturados: Francisco Sánchez, Rosalío Nerio y el cacique Feliciano Ama; también los estudiantes universitarios Alfonso Luna y Mario Zapata. Todos fueron asesinados. Las órdenes no eran de investigar a los agitadores o las razones de su disgusto; sino de exterminar a los indios. Todas las personas que vistieran como indios o tuvieran facciones indígenas eran capturadas y aniquiladas. Si eran inocentes o culpables, eso era lo de menos. Los cogían en grupos, los obligaban a cavar tumbas colectivas y les descargaban sus ametralladoras sin piedad. La sangre corría como un río maldito. Era también muy común ver numerosos cuerpos sin vida tirados en las calles. Los cadáveres se acumularon, uno sobre otro, durante los tres días que duró la implacable represión, hasta alcanzar 30,000 muertos. En un país que en aquellos días tenía una población de más o menos un millón de habitantes, el etnocidio representó un 3% de la población.

El Partido Comunista Salvadoreño, que recién en 1930 había sido fundado, tuvo en la revuelta una participación más bien simbólica, de acompañamiento, de solidaridad y de identificación con la justicia de la causa, más que una contribución verdaderamente organizativa, porque la organización del movimiento sedicioso provenía principalmente de las cofradías controladas por los lideres indígenas; sin menospreciar, por supuesto, que su máximo dirigente Farabundo Martí, valiente y lleno de amor hacia su gente, murió apoyando al pueblo que se había sublevado.

En complicidad con los aguerridos nietos de Atonal y como si hubiesen escuchado el llamado a la rebelión, sendas erupciones simultáneas de los imponentes volcanes de Agua y de Fuego en Guatemala, y del grandioso Izalco en Sonsonate, se llevaron a cabo; pero en ese momento, la fuerza del hombre, a través de las armas y la represión, se impuso a la nube de cenizas escupidas por el Izalco, la cual se alzó por kilómetros y cubrió muchos de los pueblos involucrados en la revuelta. Era como si la naturaleza se hubiera unido al clamor de justicia de los pobres.

Durante esos angustiosos días María Josefina agudizó su cerebro; sus ojos captaron imágenes de madres y niños asesinados únicamente por ser indios; oyó las ráfagas de las lejanas ametralladoras y escuchó –en la clandestinidad- algunas confesiones de inocencia de algunos perseguidos a los que ella misma brindó refugio en algún lugar de la hacienda de su padre. La visión que tuvo días atrás le había abierto la mente a la realidad que día con día habían vivido sus lejanos hermanos de sangre, los verdaderos pobladores de las tierras del Señorío de Cuscatlán, y que ella había ignorado, no por voluntad propia, sino simplemente porque fue criada en un lugar lleno de lujos y sin padecer nunca carencias de ningún tipo; pero también sin conocer sus propios orígenes, sin saber que portaba sangre tan india como la de los miles de asesinados injustamente durante esos días de persecución étnica.

Los indígenas sobrevivientes en su mayoría cambiaron su vestimenta y trataron de no hablar náhuat. Los ritos indios y mucho de su cultura se volvieron secretos hasta casi extinguirse. Es más, el trauma y el temor colectivo continuó sumergido dentro de varias generaciones indígenas.

Al estabilizarse la situación, María Josefina regresó a Francia. Ahí se encargó de divulgar la masacre ocurrida en su país natal y la hermosa manifestación volcánica en apoyo a los suyos; pese a que su padre no estaba contento ni aprobaba los testimonios que ella daba en Europa. Sin embargo, en El Salvador los datos oficiales fueron ocultados y la verdad de la lucha fue tergiversada por los gobiernos de aquel entonces.

 Epílogo del capítulo VII

“Los indios son sacados de sus escondrijos; a tiros son detenidos en su fuga o bajados de las ramas de los árboles. En grupos son ajusticiados. Mueren impávidos, mostrando todo el valor que ya no tienen, porque en eso consiste el heroísmo. Pálidos, lívidos, se enderezan, aun insultan. Piden la muerte a voces. Dizque sonríen con muecas viriles. Muestran los dientes como los coyotes, para ocultar con su blancura amarga, el brillo de la lágrima que humedece el ojos cargados de amargura.” (1)
Salarrué
Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Fotografía del ruso Vladimir Fedotko.

(1) Salarrué, “Catleya luna”, segunda edición, Dirección de Publicaciones, Ministerio de Educación, San Salvador, El Salvador, 1980. Capítulo 8, Balsamera, p. 160.

LA PUERTA DEL DIABLO. 1762 (Capítulo III)

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María Xicotencatl, era una joven que rondaba los catorce años de edad. Su liso y trenzado cabello negro, que era sujetado con telas muy coloridas, alegremente danzaba a la altura de su cintura. Su tez morena, como el barro, servía de marco perfecto para sus rasgados y hermosos ojos negros, los cuales lograba abrir totalmente cuando se asustaba o se asombraba de las pequeñas o grandes cosas de la naturaleza; esos mismos ojos no dejaban escapar ningún detalle, ella era una observadora nata.

Se decía que sus antepasados habían sido de origen azteca y que habían venido en las primeras migraciones desde el norte hacia las tierras del quetzal y del torogoz. Vivió en Santa Cruz Panchimalco casi toda su vida y cuentan hoy en día algunos lugareños que fue poseedora de un particular y muy agudizado “sexto sentido.”

Santa Cruz Panchimalco estaba asentado en las faldas de El Chulo, que era un cerro peñascoso, apelmazado y duro, con una apariencia áspera en su vértice; era una masa cónica e imponente que siempre estaba a la vista de todos sus habitantes. Ya en 1762, Santa Cruz Panchimalco era un poblado pequeño con verdaderas raíces indígenas y con muy pocos mestizos. La población era relativamente pequeña y todos se conocían unos a otros. Los hombres en su mayoría se dedicaban a la agricultura y a la cacería, y las mujeres a las cosas del hogar. Prácticamente todos en el pueblito eran bilingües; su lengua materna era el náhuat y es lo que se hablaba en la cotidianidad del día. Pero cuando alguien que no era un lugareño se acercaba a ellos, inmediatamente pasaban a hablar el español, por la costumbre desconfiada que llevaban en la conciencia desde que los españoles habían destruido todo el esplendor de su gran cultura.

Los hombres vestían a dos piezas, con camisas de manga larga y pantalones sin muchos adornos. La mayoría usaba sombrero. Los hombres en general eran respetuosos con sus vecinos.

Las mujeres vestían de una manera más vistosa. Usaban el tradicional traje de «panchas», una especie de falda muy larga y con mucho vuelo, que llegaba hasta los tobillos, de un gran colorido en el bordado del final de la falda, tejida hábilmente por ellas mismas en telares manuales, que aprendían a utilizar desde muy niñas. La blusa siempre tenía colores muy vivos y alegres.

Los pobladores llevaban en general una vida bastante tranquila y pacífica.

A María Xicotencatl le gustaba escaparse por horas para admirar El Chulo; le llamaba la atención que la cima del cerro fuera de poca y particular vegetación, la misma que contrastaba con la exuberancia del bosque que se encontraba a sus pies y que abrazaba el contorno del pueblito de Santa Cruz Panchimalco. Le gustaba también porque había abundancia de animales, como tepezcuintles, venados, ardillas, ocelotes y una gran variedad de bulliciosas aves. El significado de El Chulo en nahuat es “Lugar del desertor” o “Lugar del fugitivo”.  Cada nombre que los indígenas le habían dado a los lugares y a las cosas tenía una historia y un misterio que guardaban en la memoria colectiva.

La primera semana de octubre llovió tempestuosa y copiosamente. Era un temporal de los muchos que se habían sucedido durante toda la segunda mitad del siglo XVIII, en el territorio de lo que ahora es El Salvador. La gente decía que eran “diluvios” y en parte tenía razón, porque la lluvia no cesaba. Los truenos eran ensordecedores y se repetían en una casi interminable fila; los relámpagos que los precedían iluminaban todo el pequeño pueblo indígena. Los vientos huracanados eran de una velocidad y fuerza nunca antes vistas en esta zona. Para ser un área tropical, la temperatura había descendido notablemente y el frío carcomía las articulaciones. Al final de esa semana llovió más intensamente y los vientos y truenos aumentaron su poder, derribando en el pueblo un par de arbustos y algunos techos.

El ocho de octubre de aquel año muchos de los aldeanos corrieron a refugiarse en sus chozas de adobe para orar y pedir protección a sus dioses; ya no podían hacer los viejos sacrificios de sus antepasados para implorar piedad y protección; el hombre blanco les había impuesto un dios único, en el que algunos creían y otros no; pero todos trataban de mantener una apariencia que no chocara con la Corona Española.

Algunos otros pobladores buscaron albergue en la iglesia y se unieron al señor Cura para rezarle a Dios, con el fin de pedirle que los cuidara de estas acechanzas y de la furia de la naturaleza que se descargaba sobre ellos. De pronto, cuando dieron las ocho de la noche, bajo la penetrante e interminable tormenta, se escuchó un estruendo vociferante, lejano, y que a cada momento se hacía más y más fuerte, acercándose vorazmente hacia ellos. Entre el llanto de los niños, el rezo de las señoras y la confusión de lo desconocido no faltó quienes pensaron que era el fin del mundo.

El planeta Tierra, lleno de vida y de energía, en su natural evolución, estaba en el centro de los inevitables cambios que el tiempo da al universo.

El fuerte y ensordecedor sonido que los pobladores habían escuchado, provenía del cerro El Chulo, el cual había sufrido una fractura inmensa que lo había dividido en dos grandes peñascos. Un terrible deslave se originó ahí mismo y un mar de lodo, ramas, árboles, rocas y animales arrastrados descendía con furia desde la cúspide. La vorágine engulló una gran cantidad de casas, las cuales quedaron sepultadas junto con sus habitantes, bajo las infinitas toneladas de fango. Todo fue tan súbito que muy pocos, de los que estaban en su camino, se pudieron poner a salvo.

A María Xicotencatl le temblaba el cuerpo, quizás por una mezcla de frío y de miedo. Se encontraba en la iglesia, junto a una multitud atemorizada que estaba a punto de alcanzar el pánico.  Toda la noche pasó pendiente, sin cerrar un solo ojo.

Al amanecer, la lluvia fue cejando y la tragedia se vio descubierta por la luz del sol. La mayoría de casas habían sido destruidas y, la sencilla arquitectura del pueblito, sumergida en un caos. Había muertos por doquier. Los animales de crianza también fueron castigados por la madre natura. Los cadáveres de humanos y animales eran numerosos, y la mayoría estaban apilados en la confluencia de dos ríos que rodeaban al pueblo.

María Xicotencatl había sobrevivido, al igual que sus padres y sus hermanos; pero sentía una angustia por sus vecinos muertos. Asimismo sentía pesar por su querido cerro El Chulo, que de seguro no tenía la culpa de nada, que, en estas catástrofes y desdichas inesperadas, Dios era el que movía la naturaleza a su antojo. Así que, mientras unos buscaban los cadáveres de sus familiares y otros rogaban a sus dioses que los cuidara de todos los males, ella, cargando únicamente un pequeño tecomate lleno de agua, caminó sin vacilación alguna hacia el empinado sendero que se dirigía a la cima del cerro que ella tanto amaba y que al igual que sus semejantes también había sucumbido a los incomprensibles designios de la Madre Naturaleza. No le importó que la geografía natural se hubiera alterado considerablemente y que la tierra estuviera aún sin firmeza; María Xicotencatl tenía una brújula muy exacta en su sangre que la guiaba con facilidad por cualquier camino.

Quería mirar desde lo más cerca posible la herida que había sufrido el cerro. Todo estaba desolado. Los pájaros habían callado. No había caminado demasiado cuando escuchó en medio del silencio luctuoso una respiración dificultosa, tras los restos de unos árboles desprendidos. Pensó que alguno de sus vecinos que había andado cazando no había tenido tiempo de regresar y que probablemente había quedado atrapado en la tormenta. Se acercó entonces inmediatamente. Pero se detuvo bruscamente transformando sus facciones de incertidumbre a unas impregnadas de horror. Lo que habían visto sus ojos era algo atemorizante.

Instintivamente se alejó y corrió, pero su curiosidad fue más fuerte que su miedo y se detuvo. Y entonces volvió la mirada a lo que ya había visto.

¿Qué era aquello? Ella nunca había visto algo así antes. ¿Era acaso el mismísimo demonio que había venido a destruir todo lo que tenía vida? Eso no era un hombre, porque los hombres no tienen rostros como el que ella veía, ni mucho menos grandes alas en la espalda. Aunque parecía un humano de grandes dimensiones, pero también un animal herido.

María Xicotencatl se quedó un momento inmóvil mirando al extraño ser que yacía sobre un montón de lodo y con señales de haber sido golpeado en el pecho, quizás por una enorme roca. O quizás, pensó María Xicotencatl, si tenía alas y andaba volando, la tormenta lo podía haber hecho caer con violencia.

Mientras conjeturaba lo miró a los ojos y se dio cuenta de que el extraño ser parecía pedir ayuda con la mirada; se veía débil y respiraba con inquietud. María Xicotencatl pensó que el Altísimo, que había hecho el sol y la luna, a los hombres y a las mujeres, a los animales y a todo lo que se ve sobre la tierra, tiene sus designios y sus misterios, y esta extraña criatura no podía ser más que otra obra de Dios.

Así que se acercó lenta y cautelosamente. El ente la miró con ojos perdidos, como si estuviera a punto de morir. María Xicotencatl se apiadó de él y le acercó a los labios la boca del pequeño tecomate, de donde salió agua limpia y cristalina que el extraño ser bebió. Luego se quedó dormido.

María Xicotencatl regresó al pueblo, pero la voz interna de su conciencia le aconsejó no contar todavía nada a nadie.

Al atardecer regresó al lugar y el ser alado se veía aún muy débil. Ella se acercó y le ofreció beber atol shuco y le dio a comer unas tortillas con queso. Él aceptó silenciosamente; algo parecido a una sonrisa se asomó en su boca.

María Xicotencatl se alejó; pero regresó de la misma manera dos días más. Al tercer día el ser alado ya no estaba ahí.

La vida de Santa Cruz Panchimalco continuó lentamente con la reconstrucción de lo destruido y con el trabajo habitual de sus pobladores.

María Xicotencatl trató de continuar con su vida. Con su piedra de moler, deshacía los granos de maíz hasta convertirlos en aquella masa blanca moldeable, la cual en sus manos se volvía alimento, sólo tenía que darle forma esférica y palmearla y lanzarla al comal caliente; las aromáticas tortillas eran su vida y también la vida del pueblo. El maíz era el dios interiorizado en el corazón y en la mente de todos. El maíz era el alfa y el omega, la piedra angular de todo movimiento importante de la comunidad. La flor y las semillas del maíz recorrían la sangre y el alma de Santa Cruz Panchimalco.

María Xicotencatl llegó a pensar que el hombre alado había sido sólo un sueño y por las noches, acostada en su hamaca y antes de dormir, miraba hacia el cielo por una rendija del humilde rancho; buscaba las estrellas, pero también buscaba el sueño que volaba.

El pueblito se fue recuperando poco a poco. La gente fue tomando el ritmo básico de vida gradualmente.

Una tarde, tres años después de la tragedia de El Chulo, María Xicotencatl se  fue a buscar leña al bosque de las faldas del cerro. Iba distraída mirando una flor de cinco negritos que había cortado, cuando escuchó un ruido en las ramas de un árbol. Levantó la mirada y ahí estaba él. Se quedó paralizada con las manos frías. Lo había estado buscando tanto por las noches en el cielo, y ahora que se lo encontraba se congelaba de miedo.

-No tengás miedo –le dijo el ser alado, claramente en náhuat, y con una voz masculina y serena.

María Xicotencatl no le contestó ni le quitó la vista de encima. De alguna manera el tono de la voz del extraño la tranquilizó un poco, pero siempre sentía temor y desconfianza, especialmente porque los ojos del extraño parecían reflejar odio.

-Sólo vine a agradecerte por haberme ayudado.

Ella continuaba en silencio, sin embargo quería preguntarle quién era, qué era o cómo se llamaba, pero de su boca no podían salir las palabras ni sus dudas.

-Yo puedo escuchar tus palabras y tus dudas –dijo el ser alado-. Soy tu amigo. Mi nombre es Kérridat, el cual es en realidad sólo un nombre accesible a tu lenguaje.

Ella comprendió al instante que el ser alado leía su mente.

-Yo soy María Xicotencatl o… ya lo sabías, ¿verdad?

Kérridat asintió y sonrió.

-Estoy en deuda con vos y también con todos tus descendientes, María Xicotencatl.

-Pero si yo no tengo hijos –dijo la mujer.

-Pero los tendrás –le contestó suavemente Kérridat.

Luego se puso de pie en la gruesa rama del árbol.

-Muchas gracias –le dijo, mirándola fijamente a los ojos, hizo un gesto de despedida, desplegó sus grandes alas y emprendió vuelo. Volaba agitando las alas con rapidez; pero al alcanzar cierta altura, empezó a planear y a volar con la elegancia con la que vuelan las águilas o los buitres.

Ella se quedó mirándolo, con una lágrima de asombro y de alegría que rodaba en su mejilla. No quitó la vista del cielo hasta que Kérridat se desvaneció. Sí, ya volaba bien alto cuando de pronto desapareció. Así como así. María Xicotencatl se asombró, pero pensaba que la belleza de lo que ella había escuchado y contemplado era algo único, algo muy grande para no olvidar. Estaba confundida, pero muy conmovida. Se dio cuenta además de que lo que parecía odio en los ojos de Kérridat, no era realmente eso, sino más bien agudeza visual; entendió intuitivamente que esa expresión de los ojos de él reflejaba su voluntad de decisión, su valor y su entereza. Era la mirada de un halcón.

Un profundo escalofrío recorrió de arriba hacia abajo la delicada columna vertebral de María Xicotencatl, los vellos de la tersa piel de los brazos, los muslos y las piernas, se le erizaron. Sintió que toda la energía del jaguar y del universo se había mezclado en ese instante para meterse en su sangre y anidar inexplicablemente en su vientre y en su corazón, desde ese momento y para siempre.

***

María Xicotencatl continuaba ocultando su encuentro con Kérridat.

Puerta del Diablo

El cerro El Chulo, por su lado, seguía ahí, pero ahora estaba partido en dos y la muchacha pensaba a veces que las dos partes del cerro eran como dos amantes que se veían a los ojos. No odiaba a su cerro por lo que le había hecho a su pueblito. Lo seguía amando, porque su cerro había sido una víctima más de las empresas del destino.

Muchos años después, en el siglo XX, la falla orográfica del cerro El Chulo fue bautizada, por el poeta salvadoreño Raúl Contreras, como La Puerta del Diablo.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

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Pintura por José Mejía Vides.

Fotografía del cerro El Chulo por Óscar Perdomo León.