KÉRRIDAT. (Capítulo IX)

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-Quiero que vayan ustedes dos a ese lejano planeta y lo investiguen. Ya hace un par de cientos de años que hemos detectado que una civilización ha empezado a desarrollarse allí  –dijo una especie de hombre, con una voz masculina y profunda, y en un idioma complejo y sublime.

Era un ser alto, oscuro de la piel y con un par de grandes alas negras. Tenía en la mirada y en la voz una fuerza de mando y dignidad que los otros dos seres que lo acompañaban parecían respetar.

-¿Durante cuánto tiempo deberíamos estar allá? –dijo una voz femenina.

Era una figura de mujer, alta, con fisonomía suave, con dos pechos erectos y bien formados. Su piel y sus alas eran blancas, casi impolutas.

-Diez o quince siglos. El tiempo que sea necesario –le respondió el ser de piel oscura.

Y después, el ente alto y oscuro, dirigiendo su mirada al tercero, le dijo:

-Serás el responsable de la misión, Kérridat.

Kérridat asintió al negro ser alado, con respeto. Luego miró complacido a su compañera con una sonrisa.                

 

     FIN

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

***

Nota: aquí termina la historia “María puede volar”, formada por nueve capítulos. Muchas gracias a todos los que nos siguieron y leyeron cada martes que publicábamos un capítulo.

Fotografía extraída del blog vivicervera.

FÁTIMA MARÍA. 1992. (Capítulo VIII)

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*

María Josefina regresó a vivir a El Salvador a los cincuenta años de edad, seis meses después de que Gustavo, su esposo, falleciera de cáncer pulmonar en Francia. Sola y con dos hijos varones -Antonio y Juan- decidió hacerse cargo personalmente de la hacienda que su padre le heredó al morir. Trabajó un tiempo en ella; pero cuando Antonio entendió el teje y el maneje de la hacienda, se hizo cargo de ella y María Josefina regresó a Europa. Pero desde allá estaba pendiente de lo que ocurría en El Salvador. Escribía cartas con frecuencia a sus hijos.

Juan, el hijo menor, sintió que las tierras salvadoreñas eran muy estrechas para sus aspiraciones y decidió partir a Estados Unidos, convirtiéndose en marino; únicamente volvió a El Salvador en 1971 y luego se regresó hacia los Estados Unidos. Mandaba postales de los lugares más inesperados que visitaba alrededor del mundo. Nunca se casó y jamás tuvo hijos. Murió solo en Nueva York en 1987.

María Josefina, antes de morir, en 1985, pidió ser enterrada en Ahuachapán, luego de dedicar su vida a promover la educación y las artes en ese departamento. Benefició a cientos de niños campesinos al donar al Estado algunos terrenos para construir escuelas y pagar maestros para las mismas, creando un fideicomiso para esa causa.

María Josefina tuvo una única nieta a quien llamó Fátima María. El nombre lo escogió la misma María Josefina, con el consentimiento de Irene y de Antonio, los padres de la niña.

Fátima María creció en Ahuachapán, entre rumores lejanos de una guerra civil en su país. De doña Narcisa y don Laureano, con quienes vivía, aprendió a respetar la naturaleza, al prójimo, y a su padre -Antonio- a quien vio siempre como el proveedor de dinero, pero nunca como papá. Sus padres, amigos y abuelos eran la pareja de viejos que le brindaron su amor y cuidados desde que su memoria funcionaba. Fue justamente con ellos que visitó el 25 de marzo de 1980, la Basílica Sagrado Corazón para asistir a la vela del asesinado arzobispo de San Salvador Monseñor Oscar Arnulfo Romero -uno de los eventos más traumáticos para la sociedad salvadoreña- . Fátima María tenía entonces 16 años de edad y sus recuerdos guardaban la imagen en color sepia de la Basílica del Sagrado Corazón durante la noche; miraba en su mente la fila de los miles de visitantes congregados ahí para dar el último adiós. Los rezos y cánticos junto con el cuerpo descansando en la caja mortuoria, quedaron incrustados para siempre en su alma.

En los últimos años de la década del ´70, se había incrementado el accionar de los Escuadrones de la Muerte, amparados por el ejército y las fuerzas de seguridad del gobierno, de tal manera que todas las noches estos grupos sacaban de sus casas a civiles (sospechosos de colaborar con la izquierda) que luego aparecían asesinados en la calles y en las carreteras de todo El Salvador. Eran los cadáveres de estudiantes de bachillerato y de la universidad, trabajadores de fábricas, profesores, etc., que mostraban señales de haber sido cruelmente torturados. Surgían de la nada por las mañanas, decapitados y despellejados.

Monseñor Romero 2

**

También la izquierda había radicalizado su lucha, y empezó a asesinar civiles; aunque en una cantidad menor que la derecha. Estos actos desprestigiaban su “lucha por la justicia”.

Un día antes de que lo asesinaran, Monseñor Romero se había dirigido hacia las fuerzas de seguridad y del ejército salvadoreños con estas palabras: “En nombre de este pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, ¡cese la represión!”.

Durante el momento de la consagración en la misa y justo cuando él levantaba los brazos, un disparo seco y certero le atravesó el corazón; cayó fulminado y desangrado al suelo, frente a la feligresía que no podía creer lo que ocurría. Fue llevado de emergencia a la Policlínica Salvadoreña; pero la herida que llevaba era mortal. El llanto de la nación fue general. La comunidad internacional condenó la tragedia.

Años después Fátima María rehusó comprar en oferta un vehículo volkswagen rojo de cuatro puertas que le vendían, recordando que un carro similar había conducido Amado Garay aquel fatídico 24 de marzo para transportar al francotirador que había asesinado a Monseñor Romero.

***

Con el pasar de los años Fátima María se convirtió en una joven muy especial, un tanto solitaria, pero muy independiente. Era bonita como su madre Irene y como su abuela María Josefina. Tenía ese aire agradable que hacía que las personas quisieran estar cerca de ella. Pero su don más grande era su facilidad para el lenguaje. Se expresaba con brillo y fluidez, siempre usaba la palabra correcta, pronunciaba con claridad y todo lo acompañaba con unos sutiles gestos femeninos que adornaban todo lo que decía. Se escribía cartas con su abuela al menos una vez al mes. Y fue a conocer Europa un par de veces. Su abuela quiso que se quedara estudiando allá; pero Fátima María quería volver a El Salvador.

Con el paso del tiempo se dio cuenta de la condición infrahumana en la que vivía mucha gente en El Salvador y se interesó en conocer a fondo los orígenes de la lucha interna nacional.

Al iniciar sus estudios universitarios se trasladó a la capital del país. Para entonces ya no estaba con sus queridos don Laureano y doña Narcisa. Vivía en San Salvador; pero con frecuencia los visitaba. Para ella eran su verdadera familia.

La elección de la carrera no fue difícil, aunque había tantas cosas que quería aprender. Por un lado le interesaba la ciencia, pero la fuerza de las letras y la oratoria la atraían como un imán; la historia, la antropología y la sociología formaban una trilogía difícil de ignorar.

Amaba la lectura, la fotografía, la música y la pintura, y le gustaba combinar todo eso con el punto de vista social.

Su inteligencia la había distinguido de sus coetáneos desde la infancia, así que en un intenso y verdadero examen de conciencia en donde puso sobre la mesa sus gustos, habilidades y la realidad de su país, el cual estaba enclaustrado en una guerra civil que ya llevaba un poco menos de media década, llegó a la conclusión de que estudiaría periodismo.

Luego de dos años de estudios superiores, decidió probar suerte en un concurso universitario centroamericano de fotografía, el cual ganó con un retrato en blanco y negro al que tituló «Alas» y que era la imagen de una niña de unos seis años de edad vendiendo periódicos en el Parque Libertad de San Salvador, y que estaba sentada en una de las gradas que llevan al obelisco que sostiene al Ángel de la Libertad. La fotografía fue tomada en una posición y un ángulo que permitieron ver como si las alas del ángel estuvieran en la espalda de la niña. Las alas habían sido la obsesión de Fátima María, desde aquella vez en que se cayó y fue suturada en la barbilla, después de ver lo que volaba en el cielo. Aunque nunca había logrado dilucidar exactamente qué había sido lo que sus ojos observaron aquella mañana.

El haber sido la ganadora le valió asistir a Costa Rica para recibir el premio y participar en la exposición de los trabajos concursantes; ahí fue donde representantes de periódicos extranjeros vieron la calidad de su trabajo y le solicitaron un portafolio con las mejores fotos que, al criterio de ella, hubiese tomado. Tan bien fue recibido éste que de inmediato le ofrecieron ser la corresponsal de un diario europeo; su misión sería la de cubrir la guerra civil salvadoreña en imágenes. Unió trabajo y estudios y al final de la carrera ya era una reconocida y respetada fotógrafa de guerra.

Uno de los más impresionantes momentos en su vida profesional fue cuando tuvo que cubrir fotográficamente el asesinato de los sacerdotes jesuitas junto con dos de sus ayudantes en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” UCA, dentro del marco de la ofensiva guerrillera de noviembre de 1989.

El FMLN había desplegado una ofensiva de gran envergadura, llevando la guerra desde los cantones más alejados de la urbe, hasta la capital, San Salvador. El ejército gubernamental respondió con intensidad, utilizando gran cantidad de soldados, helicópteros y aviones.

Ese momento de guerra en la capital fue propicio para aquellos que siempre habían querido callar las críticas voces de los jesuitas. El ejército salvadoreño acordonó la UCA y durante la madrugada del 16 de noviembre ingresó al campus universitario. Los soldados dirigidos por oficiales entraron a las residencias de habitación de los jesuitas y a sangre fría ultimaron a seis desarmados sacerdotes y profesores de la universidad, entre ellos a su rector Ignacio Ellacuría. Además los soldados asesinaron a dos colaboradoras de los jesuitas, dos mujeres: la cocinera y su hija.

Por la mañana todos los noticieros internacionales ya sabían la noticia y Fátima María acudió a la escena del crimen. Era como una macabra película de guerra que se había vuelto realidad. Los cuerpos de los sacrificados estaban boca abajo sobre el pasto verde, desangrados y con fragmentos cerebrales diseminados por doquier.

Fátima María, con lágrimas en los ojos y con un gran nudo en la garganta, se movía de un lado a otro fotografiando el sombrío cuadro. Retrató todos y cada uno de los cadáveres. Ingresó a las residencias y vio las paredes ametralladas y manchadas de sangre. Fotografió la espeluznante rúbrica de los lanzallamas en la vivienda jesuítica.

Fotografiaba por olfato periodístico; pero su corazón estaba contraído y no lograba asimilar lo que sus ojos miraban. Captó el odio de aquellos que creyeron poder matar las ideas. Sus fotografías desgarradoras, crudas y realistas, tomadas con la destreza de la experiencia, dieron la vuelta al mundo.

Al finalizar su trabajo periodístico y ya en su casa, con la piel eriza y la mandíbula apretada, lloró.

Unos años después Fátima María cubrió la noticia del juicio que se llevó a cabo contra los militares. Ahí tomó la fotografía del padre José María Tojeira, estrechando la mano en señal de perdón a los militares culpables materialmente del asesinato de sus compañeros jesuitas. Aún se desconoce exactamente a los autores intelectuales del crimen. Horas después, Fátima María fotografió el bello jardín de rosas que cultivó en la UCA el esposo de la cocinera asesinada, sobre el pasto donde encontraron los cadáveres.

***

A finales de 1991 ya se oían rumores de la finalización del conflicto armado y una vez más, Fátima María fue destinada para cubrir las últimas rondas de negociación que se dieron en Nueva York. Acudió emocionada.

El 31 de diciembre de ese año no pudo contener las lágrimas de alegría, junto a miles de salvadoreños, al presenciar, fotografiar y ser partícipe del anuncio del fin de la guerra civil que tantos lamentos había causado a su pueblo. Por fin, uno de los sueños de Fátima María se hacía realidad.  Le hubiese gustado compartir esta alegría con su abuela.

En El Salvador, esa noche por unos minutos la tradicional pólvora se dejó de oír. Todas las familias estaban reunidas frente al televisor, presenciando ese anuncio tan esperado. A la medianoche los morteros y cohetes sonaron más fuertes que nunca y los abrazos de bienvenida al año nuevo fueron los más felices y llenos de esperanza en muchos años para los salvadoreños.

Las negociaciones de paz habían empezado en Ayagualo, departamento de La Libertad, a petición de José Napoleón Duarte, el entonces Presidente de la República.

Uno de los primeros que había empezado a hablar de diálogo, al inicio de los años ´80, fue precisamente uno de los sacerdotes asesinados, Ignacio Ellacuría.  Él era un intelectual de primera línea y la guerra se lo había tragado.

La firma de los Acuerdos de Paz se llevó a cabo en el castillo de Chapultepec, en México, el 16 de enero de 1992. Este acontecimiento tuvo una cobertura periodística internacional e importante y Fátima María estuvo ahí fotografiando todo el evento. Fue un día muy agitado, entre emociones desbordadas y arduo trabajo. Esa noche soñó con un ser alado.

Unos días posteriores al acto de la Firma de los Acuerdos de Paz, Fátima María abordó un vuelo México-San Salvador. Ansiaba poder reposar un poco en su cama, habían sido días muy difíciles. La mañana siguiente a su llegada, durante la ducha, planificó tomarse el día libre. Antes de desayunar releyó unas cartas nunca enviadas y manuscritas que estaban guardadas en un viejo baúl que le habían hecho llegar desde Europa cuando María Josefina murió y que narraban su experiencia con un hombre alado, pero Fátima María nunca le dio veracidad a lo que ya había leído tantas veces, porque las cartas estaban fechadas dos años antes de la muerte de su abuela y pensó que tal vez eran alucinaciones de la edad.

Al mediodía se fue a comer un gran pescado al Puerto de La Libertad; al regreso tomó la ruta alterna que de La Libertad conduce a San Salvador y que pasa por Rosario de Mora y Los Planes de Renderos; fue al llegar a la altura del mirador de este lugar que tomó la decisión de ir a la Puerta del Diablo. Quiso ir a ver el ocaso desde ahí, desde ese lugar que siempre le había parecido místico y que le daba una tranquilidad y relajación espiritual intensas. Esa puesta de sol fue magnífica, la paleta de tonos malvas, naranjas, dorados, celestes y violetas coloreaban intensamente el hilo de nubes que jugaban con los penúltimos rayos de sol. En el horizonte las sombras de las aves coronando el crepúsculo creaban una atmósfera de armonía. Había brisa proveniente del norte; sintió un poco de frío y sacó entonces de su mochila un sencillo suéter azul  –que más bien podría parecer una blusa manga larga-, y rápidamente se vistió con él. Eran las cinco y media de la tarde y una pequeña estrella se asomaba en lo alto del cielo.

Fátima María se encontraba en pleno éxtasis. Unos días atrás había tenido la gran oportunidad de ser testigo ocular de la firma de los Acuerdos de Paz, un hecho sin precedentes en la historia salvadoreña, y esa tarde estaba sentada sola en la cima de la rocosa Puerta del Diablo. Abajo quedaban los bulliciosos turistas. Desde ahí y con la luz menguando minuto a minuto miraba aún el océano, dibujado como una delgada línea azul en la lejanía. Inhaló profundamente todo el aire que sus pulmones pudieron contener y luego lo exhaló lentamente -como quien se deleita con un sabroso vino tinto en una magnífica copa-, cerró sus ojos un instante y sus labios sonrieron. Escuchó el sonido del aire. Se sentía tan libre y feliz que casi podía volar. Una corriente de aire más fría que las demás recorrió fugazmente su cuerpo. Sintió que alguien se acercaba. Rápidamente abrió los ojos.

Sentada junto a ella, con una mirada profunda y cubierto con un fino vello corpóreo blanquecino, llevando sobre su espalda unas alas enormes con plumas albas y cenizas, estaba el ser alado. Un intenso escalofrío recorrió su espalda y el temor la inmovilizó. Al instante vinieron a su mente las cartas de su abuela y su propia obsesión por las alas. Guardó silencio porque de su boca no podía salir palabra alguna. Estaba helada de miedo y de asombro.

-Soy Kérridat –dijo, y con voz ronca y pausada continuó-. Soy alguien de un punto en el espacio exterior tan lejano que vos no podés siquiera imaginar. Pero que no te extrañe. Todos somos hijos de la misma Energía Universal. Te conozco desde antes que nacieras. Te conocí aquí en este mismo lugar.

-¿Aquí? –dijo tiritando.

La voz de Fátima María denotaba un poco de sorpresa y curiosidad a la vez.

-Sí -contestó Kérridat-. Fue acá donde por primera vez te vi y aquí nació nuestra amistad.

-¿Qué? –dijo sorprendida.

-¿Conocés a María Xicotencatl?

-No –contestó Fátima María, en medio de un oleaje de estupor.

-Ella fue tu gran abuela y la conocí aquí en 1762. Te la mostraré. Cerrá los ojos.

Ella, mostrando cierta desconfianza dio un paso hacia atrás.

-No tengás miedo.

Entonces ella obedeció. Y como en un documental cinematográfico, de alta fidelidad en sonido e imagen, Fátima María empezó a mirar dentro de su cerebro las vidas de sus antepasados, que corrían de manera cronológica y en reversa. Pudo ver a su abuela fallecer en su lecho del apartamento en París y luego abrir los ojos y convertirse en una bella joven y finalmente volverse una bebé; y así sucesivamente miró a sus muchas abuelas caminando, brillando, pariendo, amando, hablando con sabiduría y también equivocándose, recorriendo la geografía nacional y la línea del tiempo. Todos los sucesos históricos que formaron este país, sus muertos, sus líderes, sus caudillos, las víctimas torturadas, los llantos y las alegrías, todas las cosas pasaron por su mente con la velocidad de las sinapsis de las células del cerebro.

Miró a tantas personas; era como si viajara por todo el mundo volando en tiempo y espacio. Vio a su heroica bisabuela María Dolores luchando por la independencia de Centroamérica; su mente fue testigo de cómo su gran abuela María Xicotencatl ayudaba a Kérridat herido durante la tragedia del cerro El Chulo. Observó más allá, mucho más allá en el profundo pasado y vio las grandes inmigraciones de indígenas que venían desde el norte.

Mientras recorría la vida de sus antepasados grandes lágrimas rodaban por sus mejillas; sonreía, suspiraba y lloraba en forma alterna y su mente recordaba al mismo tiempo el poema de Pedro Geoffroy Rivas, «Los Nietos del Jaguar»:

«anduvimos errantes

años años años anduvimos errantes

la ventisca el granizo los violentos vendavales

las grandes bestias devoradoras

nada pudo detener nuestros pasos

cruzamos ríos

montes

abismos de terror

cumbres a las que nadie se atreviera antes

pavorosos desiertos

nada pudo detener nuestros pasos

en tierra arena roca dejamos hondas huellas

junto al mar caminamos

sobre las altas sierras

de día caminamos

de noche

sin detenernos

caminamos naciendo y caminando

soñando y caminando

pariendo y caminando

caminando cantando y caminando

nada pudo detener nuestros pasos…»

Y entonces Fátima María supo que todo era verdad. Que el ser humano es todo y uno, que es diferente pero también es el mismo en todas las geografías y en todos los tiempos…

Cuando abrió los ojos, Kérridat estaba de pie. Ella también se levantó. Él le sonrió y le ofreció su mano y ella la aceptó. Lo abrazó y le acarició las alas.

En seguida Kérridat desplegó las majestuosas alas y emprendió vuelo con habilidad y elegancia. Fátima María, con una sonrisa sincera, se sentó y en silencio lo observó navegar sobre el aire y perderse en la lejanía del cielo herido por el ocaso.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

***

NOTA: no se pierdan el próximo martes el final de esta historia de la saga de las Marías: «María puede volar».
* Fotógrafa. Fotografía tomada por Juan Yanes.
** Monseñor Romero. Busto ubicado en el museo Monseñor Romero, San Salvador. Fotografía tomada por Óscar Perdomo León.

MARÍA JOSEFINA 1932. (Capítulo VII)

VLADIMIR FEDOTKO,RUSIA, PHOTOGRAPHY

María Josefina era una especie de reencuentro en la sangre femenina, de toda la saga de Marías salvadoreñas que provenían, hasta donde se sabía, de María Xicotencatl. Sin saberlo conscientemente, había dentro de ella un instinto que la atraía hacia la tierra y hacia sus antepasados. Físicamente no se parecía en nada a su antepasado María Xicotencatl, quien tuvo un bello color moreno en la piel, los ojos negros como las pozas de agua en la sombra al atardecer, y el cabello tan largo, liso y negro que le llegaba hasta las caderas; María Josefina, por el contrario, tenía ojos verdes como los mismos bosques de las montañas de Sonsonate y Ahuachapán, la piel era blanca y tersa, y el rostro naturalmente rosado; sin embargo, la mezcla de las razas que convergían en ella se podía adivinar en el cabello negro liso y en sus facciones tan peculiares. Por eso María Josefina investigaba sobre sus orígenes. Buscaba las respuestas a su árbol genealógico, pero en tierra donde no muchos escriben para dejar sus historias a las futuras generaciones, le era difícil responder sus preguntas.

Durante muchos años había rehusado casarse; pretendientes no le faltaban. Pero sus inclinaciones a la pintura y al estudio autodidacta la llenaban tanto que no parecía necesitar nada más. O quizás no la había tocado el amor. Y en una sociedad como en la que ella vivía, ya se hablaba en las calles de que ella era una solterona. Decían las malas lenguas que de adolescente se había enamorado de Gustavo D´ León, el hijo de un hacendado amigo de su familia, y que se había ido a estudiar a Europa, y ella para sobrellevar el despecho se había marchado un tiempo a los Estados Unidos, y que esa separación ella nunca la había superado. Sin embargo, María Josefina estaba libre de todo prejuicio y lo que dijera la gente de ella la tenía sin cuidado.

Sonsonate y Ahuachapán, en la zona occidental de El Salvador, tenían la abundancia de los cafetales, con su aromático fruto, que se vendía bien dentro del país y en el extranjero. El padre de María Josefina era dueño en esa zona de algunas fincas de café, de algunos terrenos en donde se sembraban y cultivaban frutas y hortalizas, así como también poseía unas cuantas cabezas de ganado.

En 1929, a sus 30 años, María Josefina se dedicaba, sin cobrar, durante cuatro horas matinales a dar clases de arte a niños de entre 10 y 15 años. Su padre, chapado a la antigua, no estaba muy contento con los procedimientos y decisiones de María Josefina; pero la amaba tanto que cedía ante sus deseos y caprichos con sólo oír su dulce voz. De su madre no tenía apoyo porque desgraciadamente, al igual que María Xicotencatl, había muerto en el parto.

Por las tardes María Josefina practicaba el bordado, leía o tocaba el piano. Le gustaba leer poesía; pero sus lecturas favoritas eran los libros de historia y las novelas de aventuras.

Por esos días había trabado amistad con una joven poeta que había nacido en Armenia, departamento de Sonsonate, que se llamaba Carmen Brannon. Se escribían cartas frecuentemente y se visitaban. Carmen le enviaba, desde donde estuviera, inspiraciones líricas recién escritas y María Josefina le contestaba con comentarios y agradecimientos. También intercambió correspondencia un par de veces con un joven escritor y pintor de Sonsonate, cuyo nombre era Salvador Salazar Arrué, a quien le compró en el transcurso de los años varias pinturas, algunas de las cuales terminaron, como después se comprenderá bien, en una casa de Europa.

En música le fascinaba Chopin, sus sonatas, mazurcas, valses, polonesas, nocturnos y preludios. También admiraba mucho a Beethoven, la conmovía la fuerza de sus composiciones; sentía que él expresaba cosas de una manera que nadie más lo había hecho antes.  De ambos tocaba sus obras con bastante destreza en el piano.

A veces, también por las tardes, salía a dar unas caminatas por las extensas fincas de su padre. Otras veces montaba a su amado corcel «Bravío», que sólo con ella era dócil, pero ¡ay de aquellos que quisieran montarlo!

Una tarde, cabalgando junto a un sembradío de pepinos, en la soledad de la extensión y sintiendo que el viento la acariciaba y le cantaba suavemente al oído, se detuvo y cerró los ojos, pero para ver a través de la piel. De pronto, el natural sonido silvestre fue interrumpido por los cascos de otro caballo que parecía acercarse. María Josefina abrió los ojos verdes y miró cómo se acercaba un jinete de piel morena y de ojos igualmente verdes, pero más oscuros. Ella dudó por unos segundos; pero entonces con su natural alegría y espontaneidad desmontó del caballo y salió caminando hacia el hombre que montaba. Éste hizo lo mismo y corrió hacia ella. Sonriendo y llorando de la alegría, se abrazaron fuertemente, como si no quisieran soltarse. Inmediatamente se vieron a los ojos, profundamente.

-Regresaste –dijo María Josefina.

-Regresé por vos –dijo Gustavo-. ¿Por qué dejaste de escribirme?

-Es que con los años sentí que me escribías como si no tuvieras nada que decirme y pensé que lo más seguro es que tuvieras un nuevo amor.

Él no le contestó, sólo la volvió a abrazar, la tomó con firmeza de la cintura acercándola a él y le beso dulcemente la boca. María Josefina le correspondió con todo el amor reprimido que puede tener una mujer de 30 años.

Tomados de la mano, caminaron hacia la orilla de un gran árbol de amate. Sentados, cada uno de ellos bebió como un sediento las palabras del otro. El amor renacido latía en el corazón de María Josefina. Entre caminatas, risas, anécdotas narradas y cómplices miradas las horas pasaron más rápido de lo que alguno de los dos hubiera deseado. Al atardecer, volvieron a besarse y esta vez los cuerpos ya no podían esperar más, la piel y los sentidos habían despertado furiosamente, cual Izalco encendido. Con el ocaso como único testigo y dejando que las preocupaciones se perdieran con el sol, ambos despojaron espontáneamente sus cuerpos de las vestiduras que llevaban. Gustavo, como si fuera un entrenado amante, trató a María Josefina con paciencia y delicadeza, le besó tiernamente todo el cuerpo como queriendo apoderarse de cada parte de ella, sus manos cual mariposas revoloteando le acariciaron el fino y delicado cuello y las delgadas y sensibles manos de artista. Recorrió con suavidad y pasión a la vez sus brazos, su espalda y sus muslos… Luego pasaron de ser la lujuriosa unidad, para convertirse en la unión estrecha donde el movimiento, los suspiros y la lengua, los quejidos y el sudor, eran el lenguaje inefable…

***

Se casaron casi de inmediato y se fueron a vivir a Francia, donde su esposo tenía un jugoso trabajo. María Josefina vivía feliz y alimentándose de toda la cultura cosmopolita de París. Tocaba día y noche el piano y acudía con su esposo a todos los conciertos, museos y exposiciones disponibles. Cada principio de enero su esposo y ella regresaban a El Salvador a visitar a sus respectivas familias.

Cuando volvió en 1932 vino sola, porque Gustavo había tenido un problema impostergable de negocios.

María Josefina aprovechó su estancia en su casa y repitió todos los ritos cotidianos que acostumbraba desde que era una adolescente. Lo primero fue caminar por los sembradíos de hortalizas y después husmear a la naturaleza en la intimidad de los cafetales. Se sentó a descansar y se quedó cavilando en las cosas que pensaba antes de irse a Europa. La agitada y vibrante vida de allá a veces no le daba tiempo de meditar. Por tratar de abarcar todo el conocimiento externo del mundo que le proporcionaba París, olvidó mirar su interior. Así que pensó que había sido muy buena idea venir sola a El Salvador y poder quedarse reflexionando todo lo que quisiera y sorprenderse con los pequeños detalles que día a día observaba en estas coloridas tierras. Irremediablemente empezó a cuestionarse sobre la posibilidad de convertirse en madre y acerca del origen de su sangre. Estando en esta distracción puramente intelectual y recostada plácidamente bajo la sombra de una frondosa ceiba, empezó a recorrer el camino que de la vigilia lleva al sueño y antes de quedarse totalmente dormida oyó que una voz masculina y desconocida le decía:

-Claro que vas a tener hijos.

Sin poder entender totalmente lo que estaba sucediendo María Josefina no se asustó y dejó que su mente y su cuerpo sucumbieran inexorablemente al placer del sueño.

Inmersa bajo el hechizo de Morfeo, María Josefina vio que un gran peñasco se partía en dos y que un aluvión descendía hacia un pequeño poblado. Los rostros de angustia se sucedían uno a otro y los gritos se iban incrementando en su cabeza. De pronto una melancólica mujer, de bello rostro, le decía:

-Mi raza está herida y muy pronto se levantará en protesta contra las injusticias del gobierno.

Pronunciaba estás palabras con firmeza; pero la mujer, a pesar de la seriedad de la sentencia dicha, la miraba a los ojos llena de amor.

-Ella es tu gran abuela María Xicotencatl. Ella es tu origen y en tu sangre corre su sangre –continuó la misma voz masculina sin rostro-. Ella, al igual que tu madre, murió en el parto.

En el sueño María Josefina preguntó:

-¿Quién habla?

Y fue entonces que la voz se materializó y ella lo pudo oír y mirar.

-Soy yo –le respondió un hombre alto y casi albino, que tenía dos alas cerradas en su espalda y con la mirada profunda como la de un halcón.

María Josefina despertó sudorosa y agitada. El sol ya estaba en pleno cenit. Se levantó y regresó a su casa, recordando el sueño completo, de una manera visual y sonora, vívida e inusual.

***

Ese año de 1932 El Salvador no estaba en las mejores condiciones. Los problemas en el país eran complejos y no era fácil descifrarlos; pero una mezcla de complicaciones económicas, políticas, étnicas y de gran desigualdad social propició un levantamiento campesino principalmente en varias ciudades del occidente del país, con consecuencias fatales.

Quizás el punto central del problema era que los campesinos indígenas habían venido sufriendo la expropiación de sus tierras desde el siglo XIX, las cuales se habían concentrado en muy pocas manos, es decir, en una pequeña burguesía.

Asimismo, El Salvador había sido golpeado por el colapso de 1929 de la bolsa de Nueva York.

El pueblo estaba descontento además por el reciente derrocamiento del Presidente Arturo Araujo el 02 de diciembre de 1931, llevado a cabo por el ejército salvadoreño bajo el mando de general Maximiliano Hernández Martínez y apoyado por los terratenientes; ese descontento se agigantó aún más por el fraude electoral del 03 de enero de 1932.

En medio de esa crisis y después del sueño que había tenido, María Josefina empezó a tener una conciencia más atenta sobre lo que ocurría con los pobres de su país. Ella, aunque no era demasiado rica, se sentía por supuesto en el lado superior de la escala de clases; pero eso no le impidió empezar a tener sensibilidad social y comprender que algo no funcionaba como debía en la sociedad; las injusticias eran demasiado evidentes; para decir algo, la paga de un jornalero en aquellos días era de dos tortillas y dos cucharadas de frijoles, al inicio y al final del día, y las monedas locales con que se pagaba en las haciendas, sólo podían ser cambiadas por productos en la tienda que pertenecía al mismo dueño del cafetal. Además los hacendados veían con menosprecio a sus trabajadores, tanto así que W. J. McCafferty, encargado de la delegación estadounidense en San Salvador, le refirió en una carta a su gobierno que en El Salvador un animal de labranza tenía más valor que un trabajador…

***

Muchas dudas y agitación habían en el corazón de María Josefina. Un atardecer en que salió a cabalgar para despejar su mente tuvo un accidente. Su querido caballo «Bravío» metió la pata en un agujero que nadie vio porque estaba cubierto de hojas. Al instante ambos, caballo y mujer, rodaron por el suelo. El equino se fracturó la pata y tenía incluso un fragmento de hueso saliendo a través de la piel. «Bravío» evidentemente ya no se pudo levantar y sufría mucho. María Josefina, con unas cuantas abrasiones y laceraciones en su piel, empezó a llorar y abrazó a su caballo. Sabía que la única alternativa era el sacrificio del animal.

De pronto miró en el suelo una gran sombra que en segundos se hacía cada vez más y más grande. Miró hacia el cielo y vio a un hombre alado que, a pocos metros de donde estaba ella, aterrizó.

Ella se levantó asustada y se alejó caminando hacia atrás. El ser alado la miró y después dirigió su vista al caballo. Se acercó a él y se acurrucó. Colocó sus dos manos sobre la pata del caballo y cerró los ojos.

María Josefina observaba incrédula la escena. No había nadie a quien pedir ayuda en un par de kilómetros a la redonda. Recordó que al ser alado ya lo había visto en su sueño y ahora se sentía asustada y confundida; no sabía si estaba soñando otra vez o si estaba alucinando.

De repente el hombre alado se puso de pie y caminó unos metros hacia atrás. Entonces «Bravío» se levantó y dio unos pasos, después se paró en dos patas y relinchó.

Los ojos de María Josefina, que se llenaron de gran alegría, no podían creer lo que veían. Miró al ser alado y éste en tono amable le dijo:

-María Josefina, tu raíz más lejana que debés conocer se llama María Xicotencatl…

El hombre con alas le hablaba en un español muy bien pronunciado y continuó:

-La conocí en 1762 cuando ella tenía catorce años y el cerro que conocían como El Chulo se partió en dos y sufrió un gran deslave que cubrió numerosas casas de Panchimalco. Por querer mirar de más cerca ese fenómeno natural y por un error imperdonable, mi esposa y yo nos vimos envueltos en la tragedia. Ella murió instantáneamente ese día y yo, Kérridat, no la pude auxiliar porque estaba herido. María Xicotencatl me encontró y me ayudó a sobrevivir. Yo le prometí en agradecimiento que le ayudaría a todas sus descendientes…

María Josefina perdió el miedo, se acercó a él y sentados bajo la sombra de un amate hablaron por unos minutos, largo y tendido. Luego él con una señal de alto con la mano, le indicó que se callara. Y empezó a transmitirle a María Josefina, de una forma telepática, palabras e imágenes de sus ascendientes y de los hechos importantes que los rodearon. María Josefina, con los ojos cerrados y en silencio, sólo derramaba unas lágrimas de la emoción que le producía conocer todas esas cosas y de esa manera. En su cerebro aparecieron sus orígenes indígenas y las transformaciones que sufrió su sangre a través de los años y los años. María Josefina vio a María Dolores y a tantas abuelas de su sangre…

Cuando terminó de recibir información, Kérridat le dijo:

-Los seres humanos tienen una organización social aún muy primitiva, María Josefina. No se ayudan los unos a los otros. Y en tu país una insurrección está por ocurrir en pocos días. Tratá de mantenerte alejada. Deberías volver con tu esposo.

Inmediatamente Kérridat se despidió de ella con un gesto y se alejó volando. “¿Cuándo te voy a volver a ver?”, le preguntó María Josefina con un grito. “Muy pronto”, le contestó Kérridat.

***

El 23 de enero de 1932 explotó el levantamiento indígena campesino, en la zona occidental de El Salvador, acompañado por obreros y estudiantes universitarios. Eran unos hombres valientes, indignados por la situación del país y por la opresión militar, dispuestos a recobrar el honor, el valor y el respeto arrebatado a los pobres de la nación, no importando si para ello era necesario matar o morir; sin embargo estaban altamente desorganizados y armados únicamente con machetes.

Los campesinos se alzaron simultáneamente en varias ciudades; Juayúa, Izalco, Nahuilingo, Sonsonate, Tacuba, Sonzacate, Salcoatitán, Nahuizalco y Santa Tecla, entre otras; asesinaron en su trayecto de pueblo en pueblo un total de veinte civiles y treinta militares. Su objetivo era tomar el poder. Pero muy pronto fueron reprimidos, con lujo de barbarie, por las fuerzas militares del general Martínez. Sus principales dirigentes indígenas fueron capturados: Francisco Sánchez, Rosalío Nerio y el cacique Feliciano Ama; también los estudiantes universitarios Alfonso Luna y Mario Zapata. Todos fueron asesinados. Las órdenes no eran de investigar a los agitadores o las razones de su disgusto; sino de exterminar a los indios. Todas las personas que vistieran como indios o tuvieran facciones indígenas eran capturadas y aniquiladas. Si eran inocentes o culpables, eso era lo de menos. Los cogían en grupos, los obligaban a cavar tumbas colectivas y les descargaban sus ametralladoras sin piedad. La sangre corría como un río maldito. Era también muy común ver numerosos cuerpos sin vida tirados en las calles. Los cadáveres se acumularon, uno sobre otro, durante los tres días que duró la implacable represión, hasta alcanzar 30,000 muertos. En un país que en aquellos días tenía una población de más o menos un millón de habitantes, el etnocidio representó un 3% de la población.

El Partido Comunista Salvadoreño, que recién en 1930 había sido fundado, tuvo en la revuelta una participación más bien simbólica, de acompañamiento, de solidaridad y de identificación con la justicia de la causa, más que una contribución verdaderamente organizativa, porque la organización del movimiento sedicioso provenía principalmente de las cofradías controladas por los lideres indígenas; sin menospreciar, por supuesto, que su máximo dirigente Farabundo Martí, valiente y lleno de amor hacia su gente, murió apoyando al pueblo que se había sublevado.

En complicidad con los aguerridos nietos de Atonal y como si hubiesen escuchado el llamado a la rebelión, sendas erupciones simultáneas de los imponentes volcanes de Agua y de Fuego en Guatemala, y del grandioso Izalco en Sonsonate, se llevaron a cabo; pero en ese momento, la fuerza del hombre, a través de las armas y la represión, se impuso a la nube de cenizas escupidas por el Izalco, la cual se alzó por kilómetros y cubrió muchos de los pueblos involucrados en la revuelta. Era como si la naturaleza se hubiera unido al clamor de justicia de los pobres.

Durante esos angustiosos días María Josefina agudizó su cerebro; sus ojos captaron imágenes de madres y niños asesinados únicamente por ser indios; oyó las ráfagas de las lejanas ametralladoras y escuchó –en la clandestinidad- algunas confesiones de inocencia de algunos perseguidos a los que ella misma brindó refugio en algún lugar de la hacienda de su padre. La visión que tuvo días atrás le había abierto la mente a la realidad que día con día habían vivido sus lejanos hermanos de sangre, los verdaderos pobladores de las tierras del Señorío de Cuscatlán, y que ella había ignorado, no por voluntad propia, sino simplemente porque fue criada en un lugar lleno de lujos y sin padecer nunca carencias de ningún tipo; pero también sin conocer sus propios orígenes, sin saber que portaba sangre tan india como la de los miles de asesinados injustamente durante esos días de persecución étnica.

Los indígenas sobrevivientes en su mayoría cambiaron su vestimenta y trataron de no hablar náhuat. Los ritos indios y mucho de su cultura se volvieron secretos hasta casi extinguirse. Es más, el trauma y el temor colectivo continuó sumergido dentro de varias generaciones indígenas.

Al estabilizarse la situación, María Josefina regresó a Francia. Ahí se encargó de divulgar la masacre ocurrida en su país natal y la hermosa manifestación volcánica en apoyo a los suyos; pese a que su padre no estaba contento ni aprobaba los testimonios que ella daba en Europa. Sin embargo, en El Salvador los datos oficiales fueron ocultados y la verdad de la lucha fue tergiversada por los gobiernos de aquel entonces.

 Epílogo del capítulo VII

“Los indios son sacados de sus escondrijos; a tiros son detenidos en su fuga o bajados de las ramas de los árboles. En grupos son ajusticiados. Mueren impávidos, mostrando todo el valor que ya no tienen, porque en eso consiste el heroísmo. Pálidos, lívidos, se enderezan, aun insultan. Piden la muerte a voces. Dizque sonríen con muecas viriles. Muestran los dientes como los coyotes, para ocultar con su blancura amarga, el brillo de la lágrima que humedece el ojos cargados de amargura.” (1)
Salarrué
Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Fotografía del ruso Vladimir Fedotko.

(1) Salarrué, “Catleya luna”, segunda edición, Dirección de Publicaciones, Ministerio de Educación, San Salvador, El Salvador, 1980. Capítulo 8, Balsamera, p. 160.

LAS CENIZAS. 1835. (Capítulo VI)

Anastasio Aquino

María Dolores llegó a La Unión en el primer trimestre del año de 1812. Viuda, con su pequeño vástago en brazos y sin conocer a nadie se instaló en una parcela de tierra cerca de la iglesia parroquial, que logró comprar con el dinero de la venta de algunas de sus propiedades de Sensuntepeque. En ese lugar construyó una casa cómoda y bien ventilada en donde vivió con su hijo Mario Gilberto. Para poder tener una vida tranquila, sin ser perseguida por el gobierno español, decidió alterar un poco su nombre y en esas calurosas tierras orientales fue conocida simplemente como María. Pero en la intimidad del hogar, le contaba a su hijo la historia de las luchas por la independencia, con énfasis en la manera heroica en que había muerto su padre.

Unos meses después llegó a vivir con ella Ana Evarista, una mujer gentil y amable, de origen indígena, que hablaba náhuat y español, y que le ayudaba con los quehaceres del hogar y quien trabajaba además como colaboradora en el próspero negocio que había empezado María Dolores. Con ella llegó a desarrollar una amistad sincera. Ambas creían mucho en los valores de libertad y de justicia. María Dolores tenía una floreciente venta de telas, que iba creciendo día con día y que le generaba lo suficiente para poder pagar una buena educación a su hijo, quien a la edad de 15 años fue enviado a Guatemala para poder realizar estudios de Medicina.

La Independencia Centroamericana, cuya acta oficial se firmó en Guatemala, se llevó a cabo el 15 de septiembre de 1821. María Dolores la celebró con gran alegría junto con los demás pobladores unionenses el 23 de septiembre, fecha en que recibieron la noticia. Ese día recordó con ímpetu a su difunto esposo Gilberto Morales y a sus amigas de Sensuntepeque.

El Padre José Simeón Cañas y Villacorta, diputado por Chimaltenango, había dado ante la Asamblea Constituyente de 1823 un sentido discurso en defensa de los indígenas esclavos, a pesar de presentar una grave enfermedad. María Dolores poseía una copia de ese discurso, que había conseguido a través de un amigo diputado. Un día decidió leérselo a Ana Evarista:

«Vengo arrastrándome y si estuviera agonizando, agonizando viniera para hacer una proposición benéfica a la humanidad desvalida. Con toda la energía con que debe un diputado promover los asuntos interesantes a la Patria, pido que ante todas las cosas, y en la sesión del día, se declaren libres nuestros hermanos esclavos…».

Al finalizar la lectura ambas mujeres lloraron de la emoción.

Muchos años después la Historia Universal demostró que el Padre Cañas había proclamado sus anhelos abolicionistas, muchos años antes que el famoso Abraham Lincoln.

En 1832 María Dolores quedó sola en su casa, ya que, por un lado Mario Gilberto continuaba viviendo en Guatemala, trabajando ya como médico, y por el otro, Ana Evarista, su tan querida y valiente amiga, se había fugado del pueblo de La Unión un día inesperado para unirse a la causa de un indígena de Santiago Nonualco, llamado Anastasio Aquino, quien se había sublevado e iniciado la resistencia y la lucha contra los terratenientes y las familias más poderosas de la zona, ya que éstos les habían arrebatado a los indígenas «los ejidos», es decir, sus tierras comunales, con el objeto de sembrar añil. Ana Evarista se había ido a escondidas de María Dolores, pero le dejó una carta muy franca y amistosa, en donde le explicaba sus razones; le contaba en la misiva que los indios nonualcos, a los que ella pertenecía, se habían dado cuenta que la Independencia no les había traído beneficios, que lo único que habían cambiado eran los amos, pero que los altos impuestos, la falta de libertad, el maltrato y las humillaciones a que los indios eran sometidos permanecían iguales. Le decía que la lucha de Anastasio Aquino era justa, pero incomprendida por muchos. Luego le expresaba el mucho cariño que le tenía y se despedía de ella con un «hasta pronto».

Hasta los oídos de María Dolores, quien se mantenía atenta a los sucesos, llegó la información de que Aquino no era un asaltante de caminos ni violador de mujeres, como pregonaba el gobierno, ya que el líder Aquino, había dicho: «…todo lo que existe en la extensión de estas tierras pertenece a mis hermanos que viven en la miseria». Y habiéndose coronado a sí mismo Rey de los Nonualcos, decretó castigos muy severos para el que realizara robos, violaciones, etc., así como también había establecido la prohibición de cobrar impuestos y de consumir bebidas alcohólicas.

Anastasio Aquino, al frente de unos tres mil hombres armados con lanzas de huiscoyol y con unos cañones fabricados por ellos mismos, derrotó en varias ocasiones a las fuerzas gubernamentales, tomándose las ciudades de Zacatecoluca y San Vicente. Su estrategia de «cien arriba y cien abajo» le había dado resultado.

Pero María Dolores supo, al año siguiente, que al insurgente Aquino lo habían atrapado en el cerro El Tacuazín, tras haber sido traicionado –como Jesús, por Judas- por uno de sus más allegados. Le contaron que lo tuvieron en prisión, pero que después lo pusieron frente al pelotón de fusilamiento, en San Vicente y, al ser vendado de los ojos, Aquino les preguntó a sus verdugos en tono irónico que si lo que querían era «jugar a la gallinita ciega». Le dijeron también que Aquino sonreía burlón y que nunca mostró temor. Luego retumbaron las armas de fuego; pero a alguien no le bastó haberlo fusilado y el hacha, que también mata árboles, cortó el cuello del cadáver y la cabeza rodó ensangrentada; ésta fue exhibida dentro de una jaula en la Cuesta de Los Monteros, como una manera de amedrentar al pueblo.

María Dolores indagó, como pudo, el paradero de Ana Evarista, pero nunca más volvió a saber de ella. Los primeros meses lloró la ausencia de su amiga.

María Dolores era muy dada a seguir los acontecimientos sociales e históricos. Así que también festejó muy contenta en enero de 1834, mes en que supo la noticia, de que el 31 de diciembre de 1833, se había abolido la esclavitud. Ese día volvió a recordar a Ana Evarista.

Mario Gilberto regresó de Guatemala en enero de 1835, para pasar sus vacaciones en La Unión; había planeado pasar todo el mes junto a su madre.

El 20 de aquel mes el amanecer fue realmente hermoso y fresco, el cielo estaba totalmente despejado. Esa mañana Mario Gilberto había convencido a María Dolores para que lo acompañara a un pequeño paseo recorriendo algunas de las playas unionenses. La casa de María Dolores era en las primeras horas del día un verdadero desparpajo, gente yendo y viniendo, María Dolores organizando las meriendas y comidas del día, y la servidumbre cargando el carruaje para el viaje. Mario Gilberto estaba alegre al ver a María Dolores tan radiante como pocas veces la había visto.

Sin embargo, la Historia de El Salvador, antes, durante y después de la colonia, se ha visto llena de caprichosas manifestaciones de la Madre Naturaleza.

A las ocho de la mañana del 20 de enero de 1835, un espantoso estruendo rompió en mil pedazos la tranquilidad y la alegría de toda Centro América. Desde La Unión y San Miguel se pudo observar en el suroeste una altísima columna de humo negro que luego se transformó en un enorme hongo compuesto de gases y cenizas que cubrieron totalmente la luz del sol, volviendo el día en una noche que duró 43 horas seguidas. Los ciudadanos de La Unión vieron y escucharon relámpagos y retumbos que no permitían el total sosiego de las almas. Muchos creyeron que era el día del Juicio Final por lo que públicamente confesaban sus culpas pidiendo la expiación de sus pecados, algunas parejas amancebadas pidieron al cura que los casara, otros creyeron que el demonio acechaba y azotaba con manotazos malignos, otros increparon al general Francisco Morazán –en ese entonces Presidente de las Provincias Unidas de Centroamérica- como único culpable del desastre por ser liberal y ateo, y no faltó quien creyera que el Vesubio nuevamente había resurgido creando un cataclismo mundial.

Tal era la oscuridad que se había esparcido por todo el pueblo que los candiles más potentes apenas iluminaban las manos de aquellos que los cargaban; no se podía ver a más allá de unos pocos pasos.

A las dos de la tarde de ese día una lluvia continua de cenizas que duró alrededor de cuatro a cinco horas cubrió por completo a La Unión y San Miguel, y un espesor de unos cinco a diez pulgadas de la grisácea precipitación formó una alfombra en los suelos; el aire era denso, costaba respirar adecuadamente, las fosas nasales ardían al inspirar y la garganta se sentía áspera y reseca; la sensación de asfixia se percibía en todos los lugares. Cuentan los ancianos del pueblo, con toda la tradición oral que los enriquece, que éstas –las cenizas- habían salido expulsadas con tal fuerza que increíblemente cruzaron los cielos y se esparcieron en un diámetro de 2735 Km., llegando incluso hasta Nueva York. Un tapete de piedra pómez se derramó sobre las aguas del Golfo de Fonseca y la de los alrededores.

Los pueblos de Honduras y Nicaragua estaban sufriendo similar situación.

María Dolores, Mario Gilberto y quienes estaban en su casa agazapados, se refugiaron temporalmente en la bodega, pero al desconocer el origen de tal fenómeno y pensando que algo más severo podía ocurrir, buscaron protección bajo el techo de la iglesia parroquial, tal y como lo había hecho muchos años atrás María Xicotencatl con el deslave del El Chulo. Durante el traslado María Dolores, al igual que otras personas, sufrió fuertes traumas faciales al colisionar muchas veces contra aves que desorientadas y ciegas por la oscurana volaban sin dirección, algunas incluso a ras de suelo. Era imposible andar a caballo o en carruajes, ya que se corría el riesgo de chocar con otro igual, pasar sobre algún transeúnte caído, con alguno de los que corrían sin rumbo o con los que se encontraban petrificados por el evento en plena vía pública. Imperioso resultó movilizarse a pie. María Dolores se asió firmemente del brazo de su hijo; las escasas cuadras que separaban su casa de la iglesia se le volvieron kilómetros.

Bajo el manto eclesial María Dolores aguardó lo peor. La misma sensación de incertidumbre que vivió décadas anteriores al huir de las fuerzas españolas se apoderó nuevamente de su corazón, el cual una vez más saltaba en su pecho.

Las desgracias nunca vienen solas. Una joven mujer primeriza de ascendencia lenca y que se encontraba en el sexto mes de embarazo rompió la fuente, en pleno centro de la nave de la iglesia, desencadenando rápidamente las contracciones inequívocas que anuncian que el momento del parto está cerca. María Dolores al darse cuenta de esto, le avisó de inmediato a  su hijo Mario Gilberto. Así, en un ambiente verdaderamente hostil para un recién nacido, en medio de decenas de personas que perplejas fueron testigos involuntarias de lo que ahí ocurría, ella le sirvió de ayudante a su hijo, quien asistió el parto. Pero la extrema prematurez de la  pequeña  infanta y sus dos y media libras de  peso fueron una mala combinación para una época en donde los avances médicos no eran suficientes para mantener con vida a un neonato de 30 semanas y menos si el parto se había dado en un ambiente en donde olía a tragedia por todos lados y la luz del día había sido arrebatada. El sacramento del Bautismo le fue otorgado inmediatamente posterior al nacimiento. María Dolores fue la madrina de una dulce niña de frágil piel color canela-transparente a la que la madre llamó María de los Milagros y que falleció en los brazos de María Dolores, segundos después que le cayeran las primeras gotas de agua bendita que el cura depositara en su pequeña cabeza. María Dolores sintió en esos momentos que el alma se le desgarraba por completo, por unos instantes sintió que todo le daba vueltas y un fino zumbido inundó sus oídos y su piel sudó helado. El médico le quitó el cuerpo de su fallecida ahijada de las manos y se lo entregó a la madre, quien en ese momento se echó a llorar desconsoladamente. El médico sujetó a María Dolores que para entonces tenía los labios y el rostro tan blancos como la misma pila bautismal de la iglesia. Descansó unas horas, mientras lloraba de impotencia en el regazo de Mario Gilberto y recordaba el  momento en el que aquel extraño ser con alas le entregó en sus brazos a su pequeño hijo.

Ahí, junto con cientos de personas soportó el terremoto que sobrevino al día siguiente, el cual fue anunciado por las dantescas detonaciones que despertaron inclusive a los pobladores de lejanas tierras como Oaxaca en México, Colombia, Venezuela y hasta el mismo Kingston, Jamaica. Los techos cayeron, las paredes rodaron por los suelos; lejos y cerca se oían los gritos de madres desesperadas que buscaban a sus hijos, los llantos de pequeñines desprotegidos y mil sonidos de animales que ensordecían los oídos de María Dolores; así que, sacando fortaleza de flaqueza y con la sangre de sus antepasados indígenas en sus venas, se irguió como pudo y salió de las ruinas de la iglesia para auxiliar a la gente herida.

Apoteósica fue la causa, pero con su cuerpo sin alimentar y con la adrenalina desbordándose, María Dolores se desmayó en una esquina cualquiera del desfigurado poblado de La Unión.

Toda la tragedia se había debido a que el Consigüina había erupcionado. El único pico nevado de toda la América Central había despertado el 20 de enero de 1835, convirtiéndose abruptamente en volcán. Ubicado en territorio nicaragüense, muy cerca del Golfo de Fonseca, el esplendoroso monte de 4376 metros de altura según medición barométrica, y que en 1802 fuera escalado por el barón alemán Alejandro de Humboldt, quedó reducido a una montaña de aproximadamente 1158 metros de altura y con un enorme cráter frente al mar.

Volcán descarga volcánica

En San Miguel, la población en estado de alarma recurrió nuevamente a la Virgen de las Lavas, para implorarle piedad, tal y como había sucedido hacía apenas 48 años, en 1787, durante la erupción del volcán de San Miguel.

Mario Gilberto salió a auxiliar a las víctimas. Buscaba también a su madre, pues en un momento de confusión, la había perdido.

María Dolores, inconciente, cubierta enteramente de cenizas, era apenas perceptible, su fina y delgada silueta, pobremente visible por los enceguecidos ojos de los angustiados unionenses, estaba tirada en medio de una calle, golpeada del rostro y habiendo sido vapuleada por las hordas de espantadas personas. Pasó así una media hora aproximadamente.

Un jinete corría despavorido y sin rumbo a gran velocidad; los cascos del caballo eran fuertemente sonoros. María Dolores empezó a abrir los ojos y vio venir sobre ella al desorientado jinete. Débilmente trató de levantarse cuando sintió que unos brazos la tomaron por la cintura y la apartaron velozmente; luego se sintió flotando y se dio cuenta de que estaba volando.

-No tengás miedo, María Dolores.

Ella se aferró con fuerza al cuerpo del ser alado que la estaba cargando y se dejó llevar. No podía ver nada más allá de un metro o algo así; pero sí sentía que iba ascendiendo velozmente. De pronto, se hizo la luz y María Dolores pudo ver al frente el inmenso mar azul oscuro; hacia abajo, la nube de cenizas  que envolvía a la tierra. Más allá alcanzó a ver una columna gigante de humo que subía hasta el cielo y se diseminaba hacia varios lugares. Una emoción rápida como un latigazo la embargó y derramó de sus ojos unas lágrimas, impresionada y aturdida por lo que miraba. Todo fue muy rápido y entonces sintió un poco de vértigo y cayó en la cuenta de que estaba siendo cargada por Kérridat. Cerró los ojos y se aferró más a él.

Luego abrió los ojos y lo vio de cerca. Pudo apreciar que la piel de Kérridat estaba cubierta por un fino pelo blanco, terso, muy delicado y supremamente corto. Tenía un olor suave, como de caballo recién bañado. Miró a los lados y las grandes alas extendidas, que planeaban en el aire con gran destreza, eran un espectáculo sin igual. A continuación recordó a Mario Gilberto y los ojos se le abrieron grandes.

-¡Mi hijo! ¿Dónde está mi hijo? –gritó María Dolores.

-Él está bien. No te preocupés –le contestó imperturbable, Kérridat.

Y agregó amablemente, pero con firmeza:

-No estás preparada para lo que sigue, así que mejor cerrá los ojos.

En seguida Kérridat empezó a bajar en picada a una velocidad muy alta. En cuestión de segundos, ambos estaban frente a tierra. Kérridat la colocó en el suelo con delicadeza y le dijo que su hijo estaba a unos diez metros en sentido sur. «Gracias», le contestó ella. Luego él se alejó volando y desapareció de su vista como si se hubiese ocultado.

***

Los años transcurrieron tranquilos y prósperos para María Dolores. Su muerte llegó con la vejez y en calma, mientras dormía. Su hijo Mario Gilberto tuvo una abundante descendencia; pero siempre sólo de varones. Hasta que en 1899 nació en Sonsonate una bisnieta de María Dolores, a quien le pusieron por nombre María Josefina.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Pintura extraída del blog Patria Literaria: Anastasio Aquino
Relacionados: El indio Anastasio Aquino, grupo musical ZUNCA.
Fotografía de volcán en erupción tomada de Google.

MARÍA DOLORES. 1811 (Capítulo V)

Mestiza 1

La pequeña María Dolores era una niña muy inquieta, inteligente, ojos de color miel, cejas bien definidas y sonrisa brillante; el mestizaje había hecho bien su trabajo en ella. Se crió en un ambiente totalmente distinto al de sus ancestros. Vivió en una mansión llena de habitaciones y empleados. La educación que recibió desde pequeña fue muy buena; tuvo profesores de alta calidad, algunos habían venido desde España para enseñarle historia, letras y etiqueta.

Sus hermanos mayores la querían mucho y tenían siempre especial atención hacia ella.

A la edad de 22 años, en el año de 1800, contrajo matrimonio con Gilberto Morales, un acaudalado hombre originario de Sensuntepeque, población que pertenecía al distrito de Titihuapa, por lo que ella se mudó hacia esas tierras, en donde su esposo tenía una gran hacienda. Gilberto Morales se dedicaba en grande al cultivo del añil y sus ganancias eran bastante considerables.

Durante muchos años la pareja estuvo buscando un embarazo que nunca llegaba; María Dolores pensaba –porque la fe y la fama trascienden al tiempo- que si su madre, María Xicotencatl, “la bruja”, estuviera viva, le habría dado alguna pócima medicinal que la habría ayudado a quedar embarazada rápidamente. Sin embargo sólo le quedaba resignarse y de vez en cuando, en silencio, realizar ayunos severos ofrecidos a Santa Bárbara, para recibir el amparo y la fortaleza necesaria para aceptar que jamás sería madre.

El esposo de María Dolores era paciente; pero también deseaba mucho tener un heredero; con los años, trató de embarazar a otras mujeres y tuvo éxito al tener varios vástagos ilegítimos con un par de mozuelas foráneas que vivían en las cercanías de la hacienda Niqueresque, en La Puebla (hoy conocida como Ciudad Dolores); sin embargo, todos los hijos que tuvo fueron niñas.

En esos días toda la zona centroamericana estaba sometida a la España imperialista; pero los grandes hacendados y los terratenientes criollos ya no soportaban más seguir pagando los impuestos a la Corona Española. Buscaban la independencia, pero la desorganización era grande, hasta que el 24 de enero de 1811, muy lejos de donde vivía María Dolores, en el pueblo de Mexicanos, los curas Nicolás y Vicente Aguilar, junto al general Manuel José Arce y otros patriotas, se reunieron para planear la insurrección independentista. Todos éstos eran dueños de grandes haciendas.

Las noticias viajan rápido y los rumores de este movimiento de liberación llegaron a oídos de María Dolores, quien se identificó de inmediato con la causa, debido a que ella en su corazón deseaba la libertad de todos los esclavos e indígenas que estaban sometidos a un trato infrahumano, porque ella no olvidaba que los orígenes de su sangre provenían de una civilización ancestral esplendorosa, una raza muy sabia que había llegado a desarrollar la ciencia en forma muy avanzada, un pueblo indígena que había sufrido muchos atropellos y que merecía un mejor destino. Además, era esposa de un hacendado del añil, que era de los que saldrían más beneficiados en caso de un triunfo independentista.

María Dolores mostró su apoyo y amistad a María Feliciana de los Ángeles y Manuela Miranda, bravías y valientes mujeres sensuntepecanas que junto con algunos hombres, de forma clandestina, también daban su respaldo a la causa.

Ese año de 1811 fue muy agitado y de numerosas revueltas libertarias, como las ocurridas en Santiago Nonualco, Usulután, Chalatenango, Tejutla, Santa Ana y San Salvador.

Cuando María Dolores cumplió 33 años de edad, en 1811, quedó, milagrosamente, por fin embarazada. Con los meses María Dolores se palpaba el abdomen ya hinchado, lleno de una nueva vida y pensaba que su hijo iba nacer en una nueva era, por eso convenció a su esposo Gilberto de que a partir del sexto mes de gestación se instalaran en la quinta que poseían en el poblado de Sensuntepeque, previendo el momento del nacimiento y para facilitar la llegada pronta de la partera, ya que la hacienda quedaba en un lugar en las afueras de Sensuntepeque y de muy difícil acceso por el cordón de cerros y montañas que han caracterizado desde siempre a esa zona.

El 20 de diciembre de 1811, en el lugar conocido como la Piedra Bruja en Villa Victoria, se reunieron personas procedentes de San Lorenzo, La Bermuda, El Volcán y San Matías, para levantarse en armas, dirigidas por los comisarios Juan Morales, Antonio Reyes, Isidoro Cibrián, y las señoras María Feliciana de los Ángeles y Manuela Miranda.

En las primeras horas del amanecer, penetraron clandestinamente a Sensuntepeque, unos montados en sus caballos y otros a pie, y, con mucha habilidad castrense, se tomaron el cuartel militar, sacando en desbandada al subdelegado español José María Muñoz.

Sin embargo, muy pronto los refuerzos militares llegaron para repeler a los insurgentes. Las fuerzas libertarias no contaban con demasiada gente y habían pensado que el pueblo sensuntepecano se les uniría para combatir a los extranjeros españoles que tantos años y años habían tenido subyugado al pueblo centroamericano. Pero los pobladores de Sensuntepeque y de Guacotecti no les dieron respaldo a los insurrectos que buscaban la tan ansiada independencia de España.

La quinta de Gilberto Morales y de María Dolores, simpatizantes del movimiento de independencia, fue atacada por las fuerzas militares fieles a la Corona Española. Gilberto le ordenó a Fabián, uno de sus empleados de confianza, que se llevara a María Dolores a un lugar seguro. Numeroso armamento continuaba disparando nutrida pólvora hacia la quinta.  Gilberto, arma en mano, continuó resistiendo.

María Dolores y Fabián salieron rápida y sigilosamente por una puerta secreta que comunicaba con una calle perpendicular a la entrada principal. Ambos, parapetados por la escasa luz de los tenues rayos solares y por los altos árboles de mangos, naranjos y ceibas de los alrededores de la quinta, lograron escapar, huyendo rumbo al nororiente por una vereda que conducía a un monte escondido, buscando hacia el Cerro Grande. Pero en el camino un disparo, que parecía una bala perdida o el certero proyectil de un franco tirador, hirió fatídicamente en la cabeza a Fabián, quien cayó al suelo de golpe y convulsionó brevemente, con los ojos puestos hacia el cenit y con la boca emanando saliva en forma de espuma. En cortos segundos dejó de respirar. María Dolores trató de auxiliarlo, pero comprendió que todo era inútil. El pecho de María Dolores estaba agitado y casi podía oír sus propios latidos cardíacos.

Sintiendo en sus talones los cascos cercanos de la caballería española, María Dolores corrió como pudo, aún en su estado de avanzada preñez, alcanzando a llegar al Cerro Grande, pero estando allí tropezó accidentalmente con una gran raíz saliente de un enorme y viejo árbol de amate, cayendo al suelo y causándose un fuerte golpe en el abdomen. Inmediatamente inició dolores de parto. María Dolores alcanzaba a escuchar la pólvora de armas de guerra que reventaba a lo lejos.

De pronto sintió que algo húmedo escurría a través sus genitales y se tocó con la mano derecha, la cual quedó manchada de sangre oscura. Los dolores que anuncian la venida del nuevo ser fueron en aumento, así como también su angustia. Igualmente la inquietaba la incertidumbre de no saber dónde estaba su esposo ni qué le había pasado. El sangramiento se incrementaba a cada momento, sintió frío y empezó a ver oscuro. Entre lágrimas, dolor y temor se preguntó sí acaso moriría igual que su madre. En un par de minutos perdió el conocimiento.

En Sensuntepeque las fuerzas rebeldes fueron aplastadas. Pero el fracaso del movimiento sensuntepecano no impediría el avance de las fuerzas libertadoras por toda el área centroamericana. Las gestas independentistas se sucedían una a otra en todo el istmo centroamericano, a partir del fuego germinal que había sido encendido en el departamento de San Salvador.

Al siguiente día, al amanecer, María Dolores abrió los ojos. Sintió un alivio de sus pesares.  Instintivamente se palpó el abdomen y estaba casi plano. Entonces se asustó. Se levantó haciendo un gran esfuerzo y un poco mareada, miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en un rancho rural deshabitado. Lentamente salió de éste y observó que frente a ella, dándole la espalda, estaba una criatura alada  -de gran estatura, con fuertes y definidos músculos-  que ella no había visto nunca, pero ni en sueños. Se quedó paralizada de la impresión, helada de temor.

El ser alado se volvió hacia ella y en sus brazos, cargándolo con ternura, tenía un bebé que dormía mansamente.

-Es tu hijo –le dijo.

-¿Mi hijo? ¿Y usted quién es?

-Quien soy, no importa. Pero si querés nombrarme de alguna forma me podés llamar Kérridat. Lo único que en verdad interesa y que debés saber es que conocí a tu madre y por ella estoy acá. Yo asistí tu parto, María Dolores, mientras estabas inconciente.

Luego se acercó a ella y le entregó el bebé.

María Dolores estaba intrigada y sorprendida mirando a Kérridat. Luego lloró de la emoción y de la gran felicidad de ver a su hijo. Apretando el bebé contra su pecho y pensando en voz alta entre sollozos dijo:

-Tu nombre será Gilberto, como tu padre. Mario Gilberto.

Y luego agregó:

-¡Ojalá estuviera aquí mi esposo para verlo!

Kérridat guardó silencio y la miró con ojos compasivos. Luego se alejó rápidamente y se elevó hacia los cielos.

***

María Dolores estuvo dos meses en ese lugar. Sobrevivió sin ayuda de nadie. Cuando emprendió el regreso a pie hacia su casa, por el camino se encontró a algunos indígenas que la conocían y quienes la creían muerta. María Dolores se puso tan contenta de verlos que unas lágrimas de alegría le rodaron en el rostro.

Al preguntar por Gilberto ellos le hicieron saber sobre el fallecimiento de su esposo, en plena batalla, defendiendo los ideales de libertad.

A María Dolores se le confundieron las lágrimas de alegría con las de dolor.

Al llegar a su hogar en ruinas, debido a que había sido incendiado el día del alzamiento por las fuerzas de la Corona Española, fue recibida por los fieles trabajadores que aún estaban ahí. Fue así como se enteró del cruel destino de María Feliciana y Manuela Miranda, quienes fueron atrapadas y condenadas a 25 azotes y luego trasladadas a la casa del cura de San Vicente, Manuel Antonio Molina, para guardar prisión y que le sirvieran durante toda la condena. Algunos de los hombres que participaron en el movimiento fueron capturados días después y se les envió a prisión al Castillo de Omoa, en Honduras y nunca más se supo de ellos. María Dolores decidió vender lo poco que le quedaba y con el pequeño Mario Gilberto en brazos decidió radicarse en la lejana ciudad de La Unión.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Fotografía de Hugo “Turix” Borges.

EL PARTO. 1778 (Capítulo IV)

Lavanderas, de José Mejía Vides washers.mejia_.vides_

Cuando María Xicotencatl cumplió 19 años de edad se enamoró por primera vez. Pero un año después se terminó casando sin amor con un criollo, debido a la palabra que empeñó su padre, quien trabajaba para éste. El criollo era hijo de un español dueño de una de las más grandes haciendas de la zona de Santo Tomás. Con el tiempo aprendió a tenerle cariño a su esposo y fue olvidando paulatinamente a su primer amor.

Durante los seis años siguientes María Xicotencatl tuvo tres embarazos, y tres varones mestizos y fuertes vinieron al mundo.

Desde que parió su primer hijo, María Xicotencatl sintió una diferencia marcada en su forma de ver el mundo. Había instantes en que presentía cosas. No había día de Dios que las corazonadas no la acompañaran. A veces también tenía sueños premonitorios que la atormentaban. Cuando por fin lo que ya había visto en sus sueños se volvía realidad, de alguna manera la embargaba un alivio, hasta que regresaba un nuevo presentimiento. En ocasiones eran acontecimientos que se podrían considerar muy importantes; pero la mayoría de veces eran hechos insignificantes del diario vivir.

La gente fue conociendo poco a poco la habilidad casi sobrenatural de María Xicotencatl y la buscaban para pedirle consejos sobre cuándo sembrar o cómo enamorar a la mujer de sus sueños; también acudían a ella para que las curara con sus medicinas vegetales, de las cuales conocía mucho, porque su viejo abuelo le había enseñado desde muy pequeña los secretos de las plantas. La gente la llamaba “la bruja”; pero en el buen sentido de la palabra. Todos confiaban en ella y la querían mucho, porque su manera de ser era la de quien mira a todos no simplemente con los ojos, sino con la profundidad del corazón.

A la edad de 30 años, en 1778, María Xicotencatl tuvo su cuarto embarazo; pero esta vez nació una niña, a la que llamó, desde antes de nacer, María Dolores. Aquella había anunciado y asegurado, desde que tenía tres meses de gestación, que el bebé que iba a tener sería una niña.

Cuando su embarazo llegó a los nueve meses, le ocurrió algo inusual. Salió a caminar por los alrededores de las propiedades de su marido, para buscar una planta aromática y rara que sólo ella sabía como cultivar. Mientras arrancaba unos retoños verdes, sintió que era observada. Miró hacia atrás y sorprendida dejó salir de su boca un pequeño gemido, aunque en su mente había sido un grito terrorífico, que luego se transformó en paz y tranquilidad interior.

-Te extrañé mucho, María Xicotencatl –le dijo una voz serena y familiar.

María Xicotencatl guardó silencio y le sonrió.

-Vine a despedirme –dijo Kérridat.

-¿Ya no vas a volver?

-Yo siempre estaré acá.

-Pero… ¿y entonces…?  –dijo María Xicotencatl-. Y guardando silencio y aunque un poco confundida miró con firmeza los ojos de Kérridat.

El ser alado con la mirada seria le dijo:

-La razón la sabrás en su momento; pero no tengás temor. Nunca tengás miedo.

El ser alado volvió a sonreír amistosamente, se dio la vuelta y corrió entre unos maizales. Unos perros ladraron. A unos metros de ahí, se elevó en vuelo y se perdió detrás de unos árboles de conacaste.

-Adiós, entonces, Kérridat –dijo María Xicotencatl, con la voz muy suave, sabiendo que él ya no la escuchaba.

Esa noche María Xicotencatl se acostó y durmió sosegadamente, hasta las tres de la madrugada, hora en que empezó a soñar y a moverse con ofuscación. Su marido, que era de sueño pesado, no se dio cuenta. María Xicotencatl balbuceó un par de palabras y empezó a sudar copiosamente. Soñaba una pesadilla terrible. Seguía moviéndose con locura hasta que repentinamente se sentó a la orilla de la cama y abrió los ojos aterrada por lo que había visto.

Tres días después de esa pesadilla, María Xicotencatl inició actividad lumbo-pélvica. Como en todos sus anteriores partos, ella no lloraba ni gritaba, soportaba los dolores con estoicismo. El parto fue difícil y largo. Eran las tres de la mañana y la partera, Justina Laguán –mujer muy experimentada- transpiraba intensamente, cosa que únicamente había hecho en dos ocasiones durante los cuarenta años que tenía de ser matrona, mientras se encomendaba con temor a Dios. Ella se daba cuenta de que María Xicotencatl estaba pasando por momentos muy críticos.

Parto indígena

El final fue fatal. Una hemorragia abundante e incontenible se desató en las primeras doce horas post alumbramiento.

Durante los últimos ciento veinte minutos que tuvo de vida, María Xicotencatl pidió ver a su recién nacida María Dolores, le dio un beso dulce en la pequeña frente y cerrando los ojos viajó hacia los caminos que estaban bordeados de pequeñas flores amarillas, allá por los meses de octubre, en su querido Santa Cruz Panchimalco. Una mano piadosa que acariciaba tiernamente la suya hizo que brevemente regresara a la realidad, abrió los  rasgados ojos negros y tiernamente con una bella sonrisa le correspondió a su esposo el gesto. Deseó poder tener fuerzas para encomendarle a sus tres hijos y a la pequeña María Dolores, pero no pudo, la pérdida de sangre era intensa. Cerró los ojos nuevamente y regresó a Panchimalco, ahí volvió a subir El Chulo, ya partido en dos; en la cima y viendo en el horizonte la intensa línea azul que teñía el final del cielo –el mar sosegado-, tomó la mano de su amigo, le acarició las alas y él le dijo algo ininteligible.

María Xicotencatl en su delirio miró por última vez a la recién nacida María Dolores. En ese preciso momento los gallos cantaron más fuerte que nunca, los perros aullaron y las aves se lanzaron despavoridas por los aires.

María Xicotencatl murió a las cinco de la madrugada.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Pintura: Lavanderas, del salvadoreño José Mejía Vides.
Fotografía tomada por el brasileño Marcos Verícimo

LA PUERTA DEL DIABLO. 1762 (Capítulo III)

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María Xicotencatl, era una joven que rondaba los catorce años de edad. Su liso y trenzado cabello negro, que era sujetado con telas muy coloridas, alegremente danzaba a la altura de su cintura. Su tez morena, como el barro, servía de marco perfecto para sus rasgados y hermosos ojos negros, los cuales lograba abrir totalmente cuando se asustaba o se asombraba de las pequeñas o grandes cosas de la naturaleza; esos mismos ojos no dejaban escapar ningún detalle, ella era una observadora nata.

Se decía que sus antepasados habían sido de origen azteca y que habían venido en las primeras migraciones desde el norte hacia las tierras del quetzal y del torogoz. Vivió en Santa Cruz Panchimalco casi toda su vida y cuentan hoy en día algunos lugareños que fue poseedora de un particular y muy agudizado “sexto sentido.”

Santa Cruz Panchimalco estaba asentado en las faldas de El Chulo, que era un cerro peñascoso, apelmazado y duro, con una apariencia áspera en su vértice; era una masa cónica e imponente que siempre estaba a la vista de todos sus habitantes. Ya en 1762, Santa Cruz Panchimalco era un poblado pequeño con verdaderas raíces indígenas y con muy pocos mestizos. La población era relativamente pequeña y todos se conocían unos a otros. Los hombres en su mayoría se dedicaban a la agricultura y a la cacería, y las mujeres a las cosas del hogar. Prácticamente todos en el pueblito eran bilingües; su lengua materna era el náhuat y es lo que se hablaba en la cotidianidad del día. Pero cuando alguien que no era un lugareño se acercaba a ellos, inmediatamente pasaban a hablar el español, por la costumbre desconfiada que llevaban en la conciencia desde que los españoles habían destruido todo el esplendor de su gran cultura.

Los hombres vestían a dos piezas, con camisas de manga larga y pantalones sin muchos adornos. La mayoría usaba sombrero. Los hombres en general eran respetuosos con sus vecinos.

Las mujeres vestían de una manera más vistosa. Usaban el tradicional traje de «panchas», una especie de falda muy larga y con mucho vuelo, que llegaba hasta los tobillos, de un gran colorido en el bordado del final de la falda, tejida hábilmente por ellas mismas en telares manuales, que aprendían a utilizar desde muy niñas. La blusa siempre tenía colores muy vivos y alegres.

Los pobladores llevaban en general una vida bastante tranquila y pacífica.

A María Xicotencatl le gustaba escaparse por horas para admirar El Chulo; le llamaba la atención que la cima del cerro fuera de poca y particular vegetación, la misma que contrastaba con la exuberancia del bosque que se encontraba a sus pies y que abrazaba el contorno del pueblito de Santa Cruz Panchimalco. Le gustaba también porque había abundancia de animales, como tepezcuintles, venados, ardillas, ocelotes y una gran variedad de bulliciosas aves. El significado de El Chulo en nahuat es “Lugar del desertor” o “Lugar del fugitivo”.  Cada nombre que los indígenas le habían dado a los lugares y a las cosas tenía una historia y un misterio que guardaban en la memoria colectiva.

La primera semana de octubre llovió tempestuosa y copiosamente. Era un temporal de los muchos que se habían sucedido durante toda la segunda mitad del siglo XVIII, en el territorio de lo que ahora es El Salvador. La gente decía que eran “diluvios” y en parte tenía razón, porque la lluvia no cesaba. Los truenos eran ensordecedores y se repetían en una casi interminable fila; los relámpagos que los precedían iluminaban todo el pequeño pueblo indígena. Los vientos huracanados eran de una velocidad y fuerza nunca antes vistas en esta zona. Para ser un área tropical, la temperatura había descendido notablemente y el frío carcomía las articulaciones. Al final de esa semana llovió más intensamente y los vientos y truenos aumentaron su poder, derribando en el pueblo un par de arbustos y algunos techos.

El ocho de octubre de aquel año muchos de los aldeanos corrieron a refugiarse en sus chozas de adobe para orar y pedir protección a sus dioses; ya no podían hacer los viejos sacrificios de sus antepasados para implorar piedad y protección; el hombre blanco les había impuesto un dios único, en el que algunos creían y otros no; pero todos trataban de mantener una apariencia que no chocara con la Corona Española.

Algunos otros pobladores buscaron albergue en la iglesia y se unieron al señor Cura para rezarle a Dios, con el fin de pedirle que los cuidara de estas acechanzas y de la furia de la naturaleza que se descargaba sobre ellos. De pronto, cuando dieron las ocho de la noche, bajo la penetrante e interminable tormenta, se escuchó un estruendo vociferante, lejano, y que a cada momento se hacía más y más fuerte, acercándose vorazmente hacia ellos. Entre el llanto de los niños, el rezo de las señoras y la confusión de lo desconocido no faltó quienes pensaron que era el fin del mundo.

El planeta Tierra, lleno de vida y de energía, en su natural evolución, estaba en el centro de los inevitables cambios que el tiempo da al universo.

El fuerte y ensordecedor sonido que los pobladores habían escuchado, provenía del cerro El Chulo, el cual había sufrido una fractura inmensa que lo había dividido en dos grandes peñascos. Un terrible deslave se originó ahí mismo y un mar de lodo, ramas, árboles, rocas y animales arrastrados descendía con furia desde la cúspide. La vorágine engulló una gran cantidad de casas, las cuales quedaron sepultadas junto con sus habitantes, bajo las infinitas toneladas de fango. Todo fue tan súbito que muy pocos, de los que estaban en su camino, se pudieron poner a salvo.

A María Xicotencatl le temblaba el cuerpo, quizás por una mezcla de frío y de miedo. Se encontraba en la iglesia, junto a una multitud atemorizada que estaba a punto de alcanzar el pánico.  Toda la noche pasó pendiente, sin cerrar un solo ojo.

Al amanecer, la lluvia fue cejando y la tragedia se vio descubierta por la luz del sol. La mayoría de casas habían sido destruidas y, la sencilla arquitectura del pueblito, sumergida en un caos. Había muertos por doquier. Los animales de crianza también fueron castigados por la madre natura. Los cadáveres de humanos y animales eran numerosos, y la mayoría estaban apilados en la confluencia de dos ríos que rodeaban al pueblo.

María Xicotencatl había sobrevivido, al igual que sus padres y sus hermanos; pero sentía una angustia por sus vecinos muertos. Asimismo sentía pesar por su querido cerro El Chulo, que de seguro no tenía la culpa de nada, que, en estas catástrofes y desdichas inesperadas, Dios era el que movía la naturaleza a su antojo. Así que, mientras unos buscaban los cadáveres de sus familiares y otros rogaban a sus dioses que los cuidara de todos los males, ella, cargando únicamente un pequeño tecomate lleno de agua, caminó sin vacilación alguna hacia el empinado sendero que se dirigía a la cima del cerro que ella tanto amaba y que al igual que sus semejantes también había sucumbido a los incomprensibles designios de la Madre Naturaleza. No le importó que la geografía natural se hubiera alterado considerablemente y que la tierra estuviera aún sin firmeza; María Xicotencatl tenía una brújula muy exacta en su sangre que la guiaba con facilidad por cualquier camino.

Quería mirar desde lo más cerca posible la herida que había sufrido el cerro. Todo estaba desolado. Los pájaros habían callado. No había caminado demasiado cuando escuchó en medio del silencio luctuoso una respiración dificultosa, tras los restos de unos árboles desprendidos. Pensó que alguno de sus vecinos que había andado cazando no había tenido tiempo de regresar y que probablemente había quedado atrapado en la tormenta. Se acercó entonces inmediatamente. Pero se detuvo bruscamente transformando sus facciones de incertidumbre a unas impregnadas de horror. Lo que habían visto sus ojos era algo atemorizante.

Instintivamente se alejó y corrió, pero su curiosidad fue más fuerte que su miedo y se detuvo. Y entonces volvió la mirada a lo que ya había visto.

¿Qué era aquello? Ella nunca había visto algo así antes. ¿Era acaso el mismísimo demonio que había venido a destruir todo lo que tenía vida? Eso no era un hombre, porque los hombres no tienen rostros como el que ella veía, ni mucho menos grandes alas en la espalda. Aunque parecía un humano de grandes dimensiones, pero también un animal herido.

María Xicotencatl se quedó un momento inmóvil mirando al extraño ser que yacía sobre un montón de lodo y con señales de haber sido golpeado en el pecho, quizás por una enorme roca. O quizás, pensó María Xicotencatl, si tenía alas y andaba volando, la tormenta lo podía haber hecho caer con violencia.

Mientras conjeturaba lo miró a los ojos y se dio cuenta de que el extraño ser parecía pedir ayuda con la mirada; se veía débil y respiraba con inquietud. María Xicotencatl pensó que el Altísimo, que había hecho el sol y la luna, a los hombres y a las mujeres, a los animales y a todo lo que se ve sobre la tierra, tiene sus designios y sus misterios, y esta extraña criatura no podía ser más que otra obra de Dios.

Así que se acercó lenta y cautelosamente. El ente la miró con ojos perdidos, como si estuviera a punto de morir. María Xicotencatl se apiadó de él y le acercó a los labios la boca del pequeño tecomate, de donde salió agua limpia y cristalina que el extraño ser bebió. Luego se quedó dormido.

María Xicotencatl regresó al pueblo, pero la voz interna de su conciencia le aconsejó no contar todavía nada a nadie.

Al atardecer regresó al lugar y el ser alado se veía aún muy débil. Ella se acercó y le ofreció beber atol shuco y le dio a comer unas tortillas con queso. Él aceptó silenciosamente; algo parecido a una sonrisa se asomó en su boca.

María Xicotencatl se alejó; pero regresó de la misma manera dos días más. Al tercer día el ser alado ya no estaba ahí.

La vida de Santa Cruz Panchimalco continuó lentamente con la reconstrucción de lo destruido y con el trabajo habitual de sus pobladores.

María Xicotencatl trató de continuar con su vida. Con su piedra de moler, deshacía los granos de maíz hasta convertirlos en aquella masa blanca moldeable, la cual en sus manos se volvía alimento, sólo tenía que darle forma esférica y palmearla y lanzarla al comal caliente; las aromáticas tortillas eran su vida y también la vida del pueblo. El maíz era el dios interiorizado en el corazón y en la mente de todos. El maíz era el alfa y el omega, la piedra angular de todo movimiento importante de la comunidad. La flor y las semillas del maíz recorrían la sangre y el alma de Santa Cruz Panchimalco.

María Xicotencatl llegó a pensar que el hombre alado había sido sólo un sueño y por las noches, acostada en su hamaca y antes de dormir, miraba hacia el cielo por una rendija del humilde rancho; buscaba las estrellas, pero también buscaba el sueño que volaba.

El pueblito se fue recuperando poco a poco. La gente fue tomando el ritmo básico de vida gradualmente.

Una tarde, tres años después de la tragedia de El Chulo, María Xicotencatl se  fue a buscar leña al bosque de las faldas del cerro. Iba distraída mirando una flor de cinco negritos que había cortado, cuando escuchó un ruido en las ramas de un árbol. Levantó la mirada y ahí estaba él. Se quedó paralizada con las manos frías. Lo había estado buscando tanto por las noches en el cielo, y ahora que se lo encontraba se congelaba de miedo.

-No tengás miedo –le dijo el ser alado, claramente en náhuat, y con una voz masculina y serena.

María Xicotencatl no le contestó ni le quitó la vista de encima. De alguna manera el tono de la voz del extraño la tranquilizó un poco, pero siempre sentía temor y desconfianza, especialmente porque los ojos del extraño parecían reflejar odio.

-Sólo vine a agradecerte por haberme ayudado.

Ella continuaba en silencio, sin embargo quería preguntarle quién era, qué era o cómo se llamaba, pero de su boca no podían salir las palabras ni sus dudas.

-Yo puedo escuchar tus palabras y tus dudas –dijo el ser alado-. Soy tu amigo. Mi nombre es Kérridat, el cual es en realidad sólo un nombre accesible a tu lenguaje.

Ella comprendió al instante que el ser alado leía su mente.

-Yo soy María Xicotencatl o… ya lo sabías, ¿verdad?

Kérridat asintió y sonrió.

-Estoy en deuda con vos y también con todos tus descendientes, María Xicotencatl.

-Pero si yo no tengo hijos –dijo la mujer.

-Pero los tendrás –le contestó suavemente Kérridat.

Luego se puso de pie en la gruesa rama del árbol.

-Muchas gracias –le dijo, mirándola fijamente a los ojos, hizo un gesto de despedida, desplegó sus grandes alas y emprendió vuelo. Volaba agitando las alas con rapidez; pero al alcanzar cierta altura, empezó a planear y a volar con la elegancia con la que vuelan las águilas o los buitres.

Ella se quedó mirándolo, con una lágrima de asombro y de alegría que rodaba en su mejilla. No quitó la vista del cielo hasta que Kérridat se desvaneció. Sí, ya volaba bien alto cuando de pronto desapareció. Así como así. María Xicotencatl se asombró, pero pensaba que la belleza de lo que ella había escuchado y contemplado era algo único, algo muy grande para no olvidar. Estaba confundida, pero muy conmovida. Se dio cuenta además de que lo que parecía odio en los ojos de Kérridat, no era realmente eso, sino más bien agudeza visual; entendió intuitivamente que esa expresión de los ojos de él reflejaba su voluntad de decisión, su valor y su entereza. Era la mirada de un halcón.

Un profundo escalofrío recorrió de arriba hacia abajo la delicada columna vertebral de María Xicotencatl, los vellos de la tersa piel de los brazos, los muslos y las piernas, se le erizaron. Sintió que toda la energía del jaguar y del universo se había mezclado en ese instante para meterse en su sangre y anidar inexplicablemente en su vientre y en su corazón, desde ese momento y para siempre.

***

María Xicotencatl continuaba ocultando su encuentro con Kérridat.

Puerta del Diablo

El cerro El Chulo, por su lado, seguía ahí, pero ahora estaba partido en dos y la muchacha pensaba a veces que las dos partes del cerro eran como dos amantes que se veían a los ojos. No odiaba a su cerro por lo que le había hecho a su pueblito. Lo seguía amando, porque su cerro había sido una víctima más de las empresas del destino.

Muchos años después, en el siglo XX, la falla orográfica del cerro El Chulo fue bautizada, por el poeta salvadoreño Raúl Contreras, como La Puerta del Diablo.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

***

Pintura por José Mejía Vides.

Fotografía del cerro El Chulo por Óscar Perdomo León.

SERES ALADOS (Capítulo II)

Collage seres alados

Los seres alados generalmente son aves, las cuales son vertebrados ovíparos (es decir, que se reproducen poniendo huevos), tienen respiración pulmonar, sangre caliente, plumas y la mayoría de ellas puede volar.

Sin embargo, no todos los seres alados son aves, dentro de estos hay un amplio espectro, algunos de ellos aún no conocidos por la ciencia; existe un sinfín de insectos desperdigados por todo el mundo, por ejemplo.

Asimismo está el murciélago, que es un mamífero que tiene alas y es capaz también, como todos sabemos, de volar.

Un animal que se presta a confusiones en esto de las combinaciones de la naturaleza es el ornitorrinco, que es un mamífero, ovíparo, que posee un pico similar al de un pato  –como si fuera un ave, pero sin alas-, anchas patas y que excava agujeros cerca del agua. Las mezclas de características que nos parecen a veces absurdas, en realidad tienen su legítimo propósito. Nada es casual. Todos los seres vivos tienen una función y un destino en el universo. Bueno, es que la naturaleza tiene sus generalidades y también sus excepciones.

En cuanto a las aves, es bueno decir que las plumas de sus alas son algo maravilloso. Pueden distinguirse varios tipos de plumas; están por ejemplo las plumas remeras primarias, que son las más distales y también las más largas; están las remeras secundarias que están más posteriores, pero también más cercanas al cuerpo del animal; y están las cobertoras inferiores, que son plumas más finas y pequeñas.

Un ala extendida de un pájaro grande como el águila real posee una increíble belleza. En un ave rapaz y diurna como ésta, puede llegar a medir hasta 90 cm. Un ave así tiene una musculatura fuerte y con las alas extendidas puede llegar a tener una increíble envergadura de aproximadamente de 2.5 m. En el vuelo son muy hábiles y ostentan una visión muy aguda, aptas para ver pequeños objetos a grandes distancias. Son muy rápidas también, pero con una elegancia casi sublime.

Sin embargo unas alas tan hermosas pueden no sólo causar admiración y placer, sino también temor, como la tarde en que Fátima María miró hacia el cielo.

¿Era un azacuán lo que vio Fátima María aquella tarde? Una niña de esa edad se asustaría con menos.

***

1970

Acurrucado sobre un techo de una casa vecina a la casa en donde vivía Fátima María, a unos 25 metros, se encontraba un hombre, si es que se le puede llamar así. Digamos mejor, un individuo con la piel muy pálida, con pies que parecen garras y manos largas y vigorosas. Lo que llamaba fuertemente la atención era su mirada: sus ojos eran grandes y estaban muy separados el uno del otro, ubicados casi lateralmente en el rostro y tenían una expresión como de enojo. Su boca era bastante grande y su nariz, por el contrario, pequeña.

La luna alumbraba suave, la oscuridad gobernaba el ambiente. El viento soplaba como queriendo acariciar. El silencio era casi total.  El individuo se mantenía casi inmóvil.

Había, a decir verdad, otra cosa fuera de serie que hubiese llamado mucho más la atención de cualquiera que hubiera visto al sujeto:  y era que de su espalda brotaban dos grandes alas emplumadas, con un color blanco, un blanco puro en ciertas partes y en otras un grisáceo tenue.

Este planeta Tierra, como lo conocemos, no alberga dentro de sí a un ser tan misterioso y extraño como éste.

En el Amazonas hay miles de insectos que aún no han sido descritos y clasificados por los científicos. ¿No podría este ser alado ser una especie de bestia de las profundidades de los bosques lluviosos, todavía desconocida, emigrando o viajando tras alimentos o aventuras?

¿Qué era este ser viviente? ¿Se alimentaba de vegetales? ¿O era acaso un depredador salvaje e implacable?

¿Qué estaba buscando en las tierras cuscatlecas?

Escrito por

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

DOÑA NARCISA y DON LAUREANO. 1970 (Capítulo I)

Collage María puede volar

Doña Narcisa de Martínez era una señorona de una edad indefinida entre ser vieja y tener aún la energía para poner patas arriba el mundo. Su rostro reflejaba una belleza que durante su juventud debió ser explosiva. Sus ojos verdes tenían todavía el vigor de la mocedad y su voz poseía la energía de la tormenta y la ternura del niño, cuando era necesario. La mayor virtud de doña Narcisa era su gran habilidad gastronómica. En una mañana podía cocinar la sopa de gallina más exquisita y empezar a preparar los ingredientes para los tamales de la cena y la flor de izote con huevo. Podía hacer las pupusas más deliciosas que se hayan podido cocinar en todo el territorio salvadoreño y acompañarlo con la tan sabrosa cochinita atiquizayense. Sin embargo su especialidad era el chilate, el atol de elote y el atol shuco. Pero la cubría un defecto bien evidente, y era el de quejarse de esto y de lo otro cuando estaba aburrida. Cuando las tardes se volvían calurosas era peor que una niña sin poder jugar en medio de una “reunión de adultos”, se volvía terca e impaciente y, desde que por cuestiones de salud cerró la tiendita que había puesto en su casa, se dedicaba a hablar hasta por los codos de todo y de todos. Y esa mañana de marzo se había despertado con todos los achaques del universo encima.

-Me duele el espinazo.

Lo dijo como si hablara sola; pero quería que su esposo, don Laureano Martínez, la escuchara.

-Mmmm… -balbuceó, don Laureano.

-Tengo un dolor en la rabadilla como si tuviera una estaca clavada.

Esta vez no hubo respuesta de parte don Laureano, un hombre de la tercera edad, fuerte y de pocas palabras. Se encontraba muy concentrado leyendo el periódico, porque eso sí era como una religión para él; don Laureano necesitaba leer y saber qué era lo último que había pasado en su país y en el mundo; se sabía de memoria las capitales de todos los países y el nombre de sus gobernantes desde antes que él naciera. Todos los acontecimientos que estallaban en el planeta los tenía dentro de su cabeza y cuando hallaba un oído dispuesto e interesado en el rumbo de la humanidad, don Laureano le descargaba una cantidad casi abrumadora de información. Sin embargo, su esposa Narcisa no era alguien que quisiera escuchar nada de eso.

-¡Laureano, de verdad, no me puedo enderezar! Me duele el carretón del lomo. Ha de haber sido porque ayer tuve que jalar agua yo sola desde el pozo hasta la cocina, porque vos, Laureano Martínez, no se te dio la gana de hacerlo, ¡todo por estar ahí en la hamaca leyendo todas esas babosadas del diario que no sirven para nada!

Don Laureano se dignó a mirar sobre sus lentes de presbicia. Tomando fuerzas y aspirando hondo Laureano le respondió con ironía:

-Yo siento que ando chimbolos en la barriga, se me duermen las manos, me chagüitean los ojos y no me quejo por nada de eso, Narcisa.

-¡Sos un insensible, Laureano! Ya le dije a la Toña que me porracee el lomo y no se me quita el dolor. Y a vos no te importa que me muera y que me coman todos los gusanos de El Salvador. Ahí te quiero ver llorando cuando no tengás quien te caliente el café.

-Sí me importa, mujer, pero dejá que termine de leer el diario, por favor. Estate callada y en juicio por un rato nada más.

Doña Narcisa se levantó de la mecedora con un gesto de enojo y salió, ante la indiferencia de don Laureano, hacia el gran patio de la casa de campo en la que vivían ellos, que tenía la ventaja de la amplitud y del aire fresco que entraba.

A lo lejos doña Narcisa alcanzó a ver a la niña de sus ojos, la pequeña Fátima María Salazar, embelesada jugando con un triciclo rojo que manejaba a la perfección, no importando si el terreno en que andaba fuera pedregoso, empinado o liso. La chiquilla de 6 años que aquella y don Laureano cuidaban como si fuera sangre de su sangre, era el amor de los dos viejos. Aunque quizá la alcahueteaban un poco, cosa que nunca hicieron con sus propios hijos. En realidad Fátima María, era la hija del patrón. Pero los dos viejos la querían mucho, la veían como a una hija porque desde que era un bebé, ellos la habían cuidado con esmero. Al principio había en ese amor una especie de lástima y de reclamo.

-¿Cómo es posible que una madre abandone a su propia hija, Laureano?

-¡Irene no abandonó a su hija, mujer! No tergiversés las cosas. Recordá bien que ella se tuvo que ir a trabajar a Guatemala por pura necesidad, no por gusto y gana.

-Esa muchacha bien pudo trabajar aquí. Una mujer se las puede arreglar en cualquier lugar sin abandonar a sus hijos. Mirá a la Lupe, ha criado a sus hijos a puro lavado y planchado ajeno. Además, el señor Antonio, le podía dar todo lo que necesitara, sólo tenía que haber cumplido con las tareas de esposa y ya. Pero no, desde chiquita siempre fue inquieta, ¡chiribisca!, ¡ajuate! Quizás por eso, de acordarme de tanta ingratitud, todas las mañanas me da un piquete en las chiches, se me engrifan las manos y siento tetelque la lengua… Eso que hizo Irene, no tiene perdón de Dios. Fijate bien lo que te digo, Laureano.

Y luego con un aire nostálgico doña Narcisa agregó:

-Aunque era bien chula la jodida. ¡Lástima!

-¡Púchica! Hablás de ella como si ya se hubiera muerto  –dijo con indignación don Laureano.

-¡Para mí es como si estuviera muerta!

-Pero bien que te echás a la bolsa los quetzales que manda todos los meses. Ahí si no está muerta, ¿verdad?

-¡Esos quetzales no son para mí, sino que para la niña Fátima!

Don Laureano sólo respondió con un gesto de duda y resignación: levantó las cejas y arrugó la boca. Y luego sumergió la mirada en los periódicos.

***

Sí y no. En realidad, lo que decía doña Narcisa era cierto. Antonio Salazar, el padre de Fátima María, tenía suficiente dinero para mantener a su familia con todas las comodidades imaginables. Era dueño de muchas tierras y de numerosos negocios, especialmente de varias e inmensas fincas de café. Y sembrar café, en aquellos días, era casi como plantar oro.

Pero lo que decía don Laureano era cierto también. La madre de Fátima, Irene Pérez, era una mujer de cuna pobre, de bello rostro y de cuerpo exuberante, aún después de la maternidad. Se había ido a Guatemala a vivir con unos parientes y a buscar trabajo; pero principalmente se había ido para alejarse de su esposo Antonio. Aunque nadie sabía los pormenores de esa separación, sí se sospechaba que había habido abuso y maltrato de parte de Antonio hacia Irene.

Sin embargo ya en el pueblo se había corrido la voz de que Antonio la golpeaba, porque un día alguien la vio comprando en una farmacia con un gran morete en la mejilla derecha y algunas vecinas cuentan que la vieron con marcas de correazos en los brazos y las piernas, esto sin mencionar la rara caída que tuvo del caballo por la que terminó con el brazo enyesado por seis semanas, debido a la fractura que se le hizo. Sin embargo, Irene jamás se quejó con nadie. Por el contrario, siempre se le veía feliz. Su radiante sonrisa, que daba gusto ver, se la había heredado a su hija Fátima María. Conoció a Antonio por pura casualidad en la casa de don Laureano y doña Narcisa un día que ella los había llegado a visitar, hacía aproximadamente siete u ocho años atrás.

Al huir Irene hacia Guatemala, Antonio, que confiaba mucho en doña Narcisa y don Laureano, decidió encargarles a ellos el cuido de la pequeña Fátima María, ya que él, como hombre de negocios, tenía muchísimas ocupaciones y creía con vehemencia que el cuidar y educar a los hijos era cosa de mujeres o de abuelos. Además andaba de amores con una mujer muy adinerada y eso le absorbía también su tiempo, y tener la responsabilidad de una niña de seis años en ese momento, según creía él, era inapropiado para sus planes.

***

El cantón donde vivían doña Narcisa y don Laureano no estaba muy lejos de la ciudad y de la jurisdicción a la que pertenecía, de tal manera que en un par de minutos tenían acceso a las tiendas, al mercado y al parque, centro de reunión en días de plaza. La casa donde vivían, y que pertenecía a Antonio Salazar, era grande, bien amueblada y con muchas entradas de luz. Estaba rodeada por unos corredores amplios, en donde ponían unas cuantas hamacas, y parcialmente por grandes árboles de cedro y de mango. Y las flores, con olores y vanidosas, crecían silvestres en los alrededores.

Se podría decir que doña Narcisa y don Laureano llevaban relativamente una vida tranquila y sin penas económicas. Recibían cada mes una buena suma de dinero por parte de Antonio Salazar por el cuido de su hija Fátima María, así como también captaban los billetes que Irene mandaba para su hija, aunque una parte de ese dinero lo guardaban en una cuenta de banco a nombre de la pequeña Fátima María; también acogían las remesas en dólares de parte de uno de sus hijos que vivía en los Estados Unidos desde hacía un par de años, cosa no tan frecuente en aquellos días en El Salvador, donde migrar al país del norte no era la rutina que llegó a ser después. Y como don Laureano y doña Narcisa llevaban ambos una vida sencilla y sin lujos -porque así era su manera de vivir, sin desear lo innecesario y sin anhelar lo que otros tienen-, guardaban siempre lo que sobraba del día y ahorraban su dinero.

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Un día de agosto, como todos los días, Doña Narcisa se dirigió a la cocina. Mientras tanto Fátima María corría y corría en el patio de la casa. En un momento inesperado, la niña se detuvo repentinamente al ver sobre el suelo una sombra inmensa de algo que volaba muy bajo; pudo ver que la oscura sombra móvil sobre el suelo eran dos alas extendidas; claramente podían verse las grandes plumas, de lo que le parecía un animal que planeaba, pero que aleteaba de vez en cuando lentamente, para levantar vuelo y estabilizarse. Instintivamente Fátima María levantó la vista al cielo y lo vio. Un grito estremecedor salió de su garganta. Corrió nuevamente, pero esta vez hacia el interior del amplio corredor, ahí tropezó con uno de sus juguetes y cayó al suelo, causándose una herida en la barbilla.

Doña Narcisa ya se había acercado, alertada por el grito de la niña y la alcanzó a ver caer. El llanto de la niña y la sangre que brotaba llamó inmediatamente la atención de don Laureano, quien prontamente llegó y tomó a Fátima María en sus brazos y corrió hacia su vehículo, al que conocían como el “Ajado”, un viejo camión rojo con la pintura descascarándose, al que le funcionaba sólo un foco delantero y una vía trasera. Los dos viejos se subieron inmediatamente al “Ajado” y llevaron a Fátima María a un hospital. La herida no era grande, así que la sutura fue pequeña y la recuperación rápida. A doña Narcisa, en su aflicción, se le curaron momentáneamente todos sus achaques, y a don Laureano se le olvidaron las noticias del mundo y casi se le sale el corazón por la boca.

A Fátima María la experiencia le quedó grabada en la memoria.

Texto y collage:

Érika Valnencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León