ANASTASIO AQUINO

Valle de Jiboa

Es 24 de julio de 1833. El pelotón de fusilamiento eleva, perpendiculares a los cuerpos, sus armas de fuego. Pero testigos del hecho afirman que, unos segundos antes, el indócil sentenciado sonreía mientras intercambiaba unas palabras con el sujeto que le vendaba los ojos.

-¿Quieren jugar a la gallinita ciega? –preguntó Aquino, con sarcasmo.

El sedicioso es físicamente fuerte, de cabello lacio y comúnmente usa caites de correas gruesas y una capa sin mangas, adornada con seda roja.

Semanas antes, mientras guardaba prisión en Santiago Nonualco, después de haber sido capturado tres meses atrás en su escondite del cerro el Tacuazín, una noche Aquino se durmió profundamente. Ingresó, con la fuerza de ánimo acostumbrada, a un sueño (que bien puede llamarse frustración o pesadilla), un sueño que –conjeturo- es otra poderosa forma de la realidad. El escenario era una casa de adobe cercana al Valle de Jiboa, rodeada de árboles de fuego y de amate. Frente al proscrito Aquino se encontraba un rostro conocido y familiar, y ahora odiado. Aquino quiso golpearlo; pero también quería entender porque había sido traicionado. Se contuvo. Y mientras con la mirada lanzaba un filo como de obsidiana, abrió el sincero diálogo:

-Lo que pasó, pasó. Ahora sólo hay una cosa en el mundo de la cual me arrepiento: debí cortarte las venas cuando pude, en vez de sólo expulsarte de mi ejército.

-Vos tuviste la culpa, por tratarme mal -respondió Cascabel, con un ligero temblor en la voz.

-Vos querías abusar de aquellas mujeres. Sos un depravado. O algo peor que eso, un soplón cobarde, un infame delator -sentenció Aquino, con palabras lentas y tono enfático.

La claridad de la mañana se apoderaba con decisión del rancho y de los ojos de ambos hombres. Los clarineros gritaban y saltaban entre las ramas de los árboles. Una niebla densa se colaba intermitentemente al interior de la habitación única. Y era como la materialización de los sentimientos que maniataban el alma de los interlocutores… era gris y era fría.

Cascabel, con la mirada turbia puesta sobre el suelo, interrumpió el breve silencio con unas palabras que querían ser valientes:

-Yo no me arrepiento de nada. Puedo hablarte con la verdad y decirte lo fácil que fue informarles a los hombres del Presidente Prado el lugar de tu escondite.

-Mirá -dijo con serenidad, Aquino-, yo sé que te han dado dinero los ladinos. Ya sé que los traidores como vos, se conforman con pequeños pagos y no entienden que todo los que existe en la extensión de estas tierras pertenece a mis indios, a mis hermanos que viven en la miseria. Pero si tenés un poco de vergüenza, deberías meditar en las consecuencias de tu estupidez…

-¿Y qué acaso creíste que podrías vencer a los blancos sin la ayuda de los mestizos? -interrumpió Cascabel-. Yo no te traicioné sólo porque vos me golpeaste y sacaste de tus filas. El odio que te tengo por eso, únicamente aceleró lo inevitable. Y ahora lo que más deseo en la vida es olvidar tu nombre.

Aquino, que escuchaba atento, fue cambiando su dura mirada por ojos de reflexión. Observó con la vista perdida el techo de paja… y el odio que sentía hacia Cascabel, cuyas palabras quizás eran verdaderas, fue opacado por la duda. Después de un lapso de treinta segundos, Aquino miró a Cascabel fijamente a los ojos y declaró con lucidez:

-Nadie va a olvidar mi nombre. Y vos, menos. Eso te lo aseguro.

La espesa niebla persistía tercamente en ocultar fragmentos de los cuerpos. Sin embargo, todo tenía un significado tan grande, digo, todo lo que concierne a los ojos y a las palabras, porque si alguno ocultaba un arma era imposible saberlo…

Aquí termina el sueño y volvemos a la hora final.

El pelotón está listo. Las armas suenan, como la voz de una tormenta breve y letal. El corazón santiagueño se detiene. A alguien no le basta eso y el hacha, que también mata árboles, corta el cuello del cadáver y la cabeza rueda ensangrentada. Se dice que será exhibida, dentro de una jaula, en un borde de la Cuesta de los Monteros.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía del Valle de Jiboa tomada por Óscar Perdomo León

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CANTA EL PUEBLO (El indio Anastasio Aquino)

Esta canción es el poema anónimo “CANTA EL PUEBLO” (que aparece en LAS HISTORIAS PROHIBIDAS DEL PULGARCITO de Roque Dalton) y fue musicado por ZUNCA, un grupo musical salvadoreño de los años ´80.
Primeras voces en esta canción: Juan Carlos Flamenco (además, acordeón), Otto Hugo Urrutia y Carlos Alberto Romero Cárcamo. Los otros miembros que participaron en esta grabación son: Mario  Edgardo Romero Cárcamo (guitarra) y Óscar Perdomo León (contrabajo). 
Esta grabación se hizo en la sala de una casa frente a una pequeña grabadora con cassette, en 1986.

Para quienes no puedan hacer correr el video en mi blog, lo pueden hacer dando un clic en este enlace.

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ZUNCA, el reencuentro 2013. Fotorreportaje

ZUNCA 1986 2013-08-04 11.49.46

En esta foto se alcanzan a ver, de izquierda a derecha, a:  Juan Carlos Flamenco, Otto Hugo Urrutia, Gustavo Pineda, Carlos Romero Cárcamo y Óscar Perdomo León (con sombrero). Al extremo derecho, con máscara y cargando   “el torito”, se puede ver a David Mata, el bailarín. Estábamos tocando en una escuela de San Salvador.

Zunca fue el grupo musical de mi adolescencia y juventud temprana, parte de la escuela musical que pude compartir con otros 7 integrantes.

Después de 27 años de haber cerrado las puertas de ZUNCA, los ex integrantes de ese grupo musical tan efímero (sólo duró un par de años), pero que nos marcó el recuerdo a todos los que tocamos en él, nos reunimos para compartir la tarde del 04 de agosto de 2013 y recordar aquellos momentos que vivimos: los numerosos ensayos, los conciertos, las composiciones originales, los viajes al interior de nuestro país y al extranjero.

Aunque en “el reencuentro”, lleno ya de canas y de algunas barrigas, no pudieron estar un par de ex integrantes, por motivos de fuerza mayor, los que sí asistimos a la reunión pudimos disfrutar escuchando las viejas grabaciones (hechas con una grabadora en cassettes, en fin, grabaciones caseras) y mirando algunos videos de algunas de nuestras presentaciones, como los que se hicieron en San Francisco y Los Ángeles, California.

(Para los que nunca hayan oído hablar antes de Zunca y quieran saber sobre su origen y el porqué de su nombre, lo pueden hacer leyendo el breve reportaje ZUNCA, una búsqueda de la raíz latinoamericana, que escribí  en este mismo blog hace cuatro años.)

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En la fotografía de arriba está Otto Hugo Urrutia, quien era la voz líder del grupo Zunca. Sin embargo yo considero que también eran primeras voces  -¡y lo fueron!-  Juan Carlos Flamenco, Chepito Pineda, Mario Romero y Carlos Romero.

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Gustavo Pineda, quien interpretaba varios instrumentos musicales, entre ellos, y en especial, la caramba.

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Mario Romero  tocando la guitarra y cantando en 1986.

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Mario Romero en el 2013.

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 ¿Cómo olvidar la sonrisa y la emoción que Juan Carlos Flamenco le ponía a las presentaciones en vivo, así como su facilidad de palabra para dirigirse al público? Arriba, Juan Carlos tocando el cuatro, en 1986.

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Juan Carlos Flamenco en el 2013.

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Mirando viejos videos del grupo Zunca. 2013.

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AMPLIA VARIEDAD DE INSTRUMENTOS MUSICALES. Había una amplia variedad de instrumentos musicales en Zunca, lo cual era un gran aporte para el arcoíris de colores brillantes en la sonoridad musical; entre estos instrumentos estaba la marimba; en la foto de arriba se puede apreciar a Carlos Romero y a Juan Carlos Flamenco tocándola. Otros instrumentos eran la caramba, el sacabuche, la quijada de burro, el caparazón de tortuga, las timbaletas, la guitarra, el cuatro, el violín, la concertina, el guitarrón, el contrabajo y las vainas del árbol de fuego.

AMPLIA VARIEDAD DE INSTRUMENTOS MUSICALES. Algunas canciones las tocábamos (y las grabábamos) no con el contrabajo, sino con el guitarrón (como se ve puede ver en el extremo derecho de la foto de arriba).

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Arriba, una parte de la caramba; abajo, la chirimía.

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MÚSICA ORIGINAL

Zunca, que inició a finales de 1985 y tuvo su ruptura en 1987, fue un proyecto ambicioso en cuanto a que queríamos rescatar una parte de la identidad del ser salvadoreño, a través del arte musical; en este sentido se hicieron canciones originales, como por ejemplo: La dancita del requise (una composición colectiva, en donde todos de alguna manera pusimos algo de imaginación, especialmente Carlos y Mario Romero, Juan Carlos Flamenco y Gustavo Pineda). «La dancita del requise» es, a decir de Mario Romero, “una de las más bellas composiciones originales de Zunca.”

También queríamos expresar nuestra manera de ver la realidad salvadoreña en tiempos de la guerra civil; en ese sentido se hicieron canciones de denuncia social -sin caer en lo panfletario-. Para ejemplificar y entender bien lo anterior se pueden escuchar las siguientes dos canciones:  El surco de don Simeón La libertad de mi pueblo (ambas compuestas por Carlos Romero Cárcamo). (En «El surco de don Simeón» la primera voz es Otto Hugo Urrutia y en «La libertad de mi pueblo» la primera voz es Carlos Romero Cárcamo.)

Un fuerte evento coyuntural causado por la naturaleza el 10 de octubre de 1986, dañó San Salvador (la capital de El Salvador); ese día a las 11:50 a.m. un severo e intenso terremoto la destruyó en buena parte, inspirándonos para crear música, y fue así como nació la composición El samangueón (música y letra de Carlos Romero Cárcamo y Óscar Perdomo León). A esta composición no le faltó tampoco un poco de denuncia social. (La primera voz en esta canción es Juan Carlos Flamenco.)

Otras composiciones buscaban un rescate histórico, como es el caso de El indio Anastasio Aquino, que se trata del poema anónimo “Canta el pueblo”, al cual Mario Romero le hizo la música. Además, lleva en medio otro poema agregado escrito por Roque Dalton. Esta canción es interesante también desde el punto de vista de interpretación vocal, porque se pueden escuchar los variados timbres de voz de algunos de los integrantes de Zunca: Juan Carlos, Otto Hugo y Carlos, quienes cantaron cada uno, como primera voz, un trozo de la letra.

Más adelante en el tiempo, Zunca experimentó con otros ritmos y otros temas, como es el caso de Cada vez, una canción para enamorados compuesta y cantada por Chepito Pineda.

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Chepito Pineda.

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A la izquierda está Mario Romero Cárcamo, ejecutando el cuatro. En medio están Carlos Romero y Juan Carlos Flamenco tocando la marimba. A la derecha estoy yo, tocando el contrabajo.

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Mario Romero conserva aún el original y viejo cuatro que se tocaba en Zunca.

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UNIFORME. El huipil blanco era el uniforme de Zunca. Pero yo al mío le había agregado a nivel de los hombros y en la parte alta de la espalda, una tela colorida, indígena, que compramos con mi mamá en Nahuizalco, Sonsonate.

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PRESENTACIONES EN VIVO

Zunca se caracterizó también por tratar de imprimir calidad en las interpretaciones y por poner además un poco de buen humor sobre el escenario. La seriedad estaba en tratar de tocar bien; pero las bromas y la improvisación de frases “ocurrentes” no faltaban en cada presentación que hacíamos en vivo.

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Chepito Pineda tocando la guitarra; Mario Romero, el violín; y Juan Carlos Flamenco, la concertina.

ZUNCA en Los Angeles 2 2013-08-04 14.38.08 - copia

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INTENTO DE RESCATE MUSICAL CENTROAMERICANO

También, al menos al principio, queríamos rescatar algunas canciones representativas de todo el istmo centroamericano, de tal manera que tocábamos canciones populares y una que otra folclórica, como El torito pinto La yunta (una composición de Ángel Duarte), ambas de El Salvador; El espíritu guanacasteco, de Costa Rica (cuya música es de Medardo Guido A. y la letra es de Guillermo Chávez Ch., sin embargo la versión de Zunca es instrumental); El tacuazín, de Honduras; o  La hacienda de don Nelo, de Nicaragua (música y letra de Carlos Mejía Godoy), etc.  

Pero hay que decir que, con  el pasar de los meses, lo que más fue pesando en los conciertos, y por supuesto en las grabaciones, fue la música original de Zunca.

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Tocando «El torito pinto». Carlos Romero en el pito y su hermano Mario en el tambor. Esta presentación se realizó en  la ciudad de Chico, San Francisco, California.

Zunca, tocando en el teatro de Atiquizaya, Ahuachapán.

Zunca 1986

ZUNCA en 1986. De izquierda a derecha: Mario Romero, David Mata, Gustavo Pineda, Carlos Romero y Juan Carlos Flamenco.  En el mismo orden, y acurrucados junto a la pequeña marimba, Óscar Perdomo León y Otto Hugo Urrutia.

ZUNCA en varias vistas

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ZUNCA en el año 2013. De izquierda a derecha: Carlos Romero Cárcamo, Óscar Perdomo León, Gustavo Pineda, Juan Carlos Flamenco y Mario Romero Cárcamo.

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ANÉCDOTAS

Fue interesante, por otro lado, en esta reciente reunión que tuvimos, escuchar las anécdotas vividas que contaba cada uno de nosotros y que los demás, por efecto del paso del tiempo, escuchábamos casi como si fueran nuevas; o algunas otras veces las confirmábamos sonriendo.

Las risas, las reflexiones y las memorias nos llenaron esa tarde.

Hubo muchas anécdotas, como la que relató, por ejemplo, Mario Romero, sobre nuestra participación en un concurso de canto en la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas» (UCA), en el cual ganamos el primer lugar. En esa ocasión él cantó la primera voz; entre los jueces estaban el poeta Francisco Andrés Escobar y el actual Presidente de la República Mauricio Funes. Mario nos recordó que nos interesaba ganar el concurso porque con los 100 colones de premio compraríamos una marimba.

Anécdotas de ZUNCA

Contando anécdotas.

O recordar que la primera presentación en público de Zunca fue el 25 de enero de 1986 en el Instituto Nacional Francisco Menéndez (Inframen), concierto que quedó grabado y del cual Mario nos regaló a todos una copia en CD.

Yo, por mi lado, recordé con cierta claridad las imágenes de cuando Carlos Romero y yo, a la orilla de la cancha de fútbol de la Escuela Monterrosa de Atiquizaya, empezamos a componer la canción El samangueón. Sólo cargábamos dos cosas con nosotros: una guitarra y un profundo entusiasmo por la música.

VOLVER A TOCAR JUNTOS

Ya casi para finalizar la tarde nos dieron ganas de tocar y lo hicimos. De entrada me di cuenta que después de tanto tiempo de no tocar el contrabajo, mis habilidades para hacerlo habían sufrido gran desmedro. Sin embargo, entre recordar notas y acordes musicales, y recobrar desde lo más profundo de la memoria las letras de las canciones, disfrutamos mucho volver a interpretar los viejos temas.

Zunca tocando 2013-08-04 17.00.36

Tocando juntos otra vez.

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Yo, todavía con cara de niño-adolescente, tocando el pequeño pero sonoro contrabajo en 1986.
Óscar tocando el contrabajo 2013-08-04 - copia
Año 2013. Después de tanto tiempo de no tocar el contrabajo, me di cuenta que mis habilidades para hacerlo habían sufrido gran desmedro.

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LA ESPERANZA 

Para terminar esta reseña, quiero contarles sobre una cosa que llamó mucho mi atención, y que mirándola en retrospectiva hace que mi interés crezca (pero antes hay que aclarar que la grabación de «La esperanza», como todas las grabaciones que hizo Zunca, se hizo en la sala de una casa frente a una pequeña grabadora con cassette, en 1986. Una grabación casera, pues.) (En este tema la primera voz la hace Otto Hugo Urrutia.)

Les decía que una cosa llamó mucho mi atención y es que alguien en “el reencuentro” nos hizo ver que una composición tan bella y profunda como LA ESPERANZA, con hermosos acordes (y, ya casi al final, con una modulación tan original que en vez de subir medio tono o un tono, para enfatizar las ideas musicales, como la mayoría de canciones del mundo, por el contrario baja, de una manera genial, medio tono), salió de la imaginación de Carlos Romero Cárcamo, quien en ese entonces apenas tenía 17 años de edad (casi un niño): era el miembro más joven del grupo.

He estado pensando en eso durante varios días y he pensado en otros escritores de canciones que empezaron también siendo adolescentes, como es el caso de Carole King o Paul McCartney. 

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Carlos Romero Cárcamo en 1986, cantando y tocando la concertina.

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Carlos Romero Cárcamo en el año 2013.

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EPÍLOGO

En lo personal, esa tarde no dejé de sentir por un momento un sabor agridulce al darme cuenta que con la desaparición de Zunca, también quedaron atrás muchas ilusiones de juventud, deseos sanos, ingenuos si se quiere, pero buenos.

Zunca fue rico en melodías, letras, música e interpretaciones,  y sé bien que las expectativas personales, la vida estudiantil y laboral –entre otras cosas- hicieron que el grupo se deshiciera.

No me cabe duda que algo que hizo de Zunca un grupo fuerte, carismático en el escenario, único, musicalmente hablando, durante el tiempo que duró, fue la intensa vehemencia, el corazón sincero y grande que cada uno de nosotros le poníamos a la composición y a la interpretación de nuestra música.

Sin embargo, como todo en el universo tiene su tiempo de vida y el germen de la muerte está dentro de cada ser vivo y de cada proceso, interés o agrupación, pues también Zunca cumplió con las leyes de la naturaleza: nacer, vivir, reproducirse (en canciones) y morir.

 

Texto:

Óscar Perdomo León

Nota: Agradecimientos sinceros para Laura María Perdomo Pacas y Érika Valencia-Perdomo por ayudarme a revisar la sintaxis de este texto.
Fotografías:

Tere Cárcamo Braghiroli de Romero

Jaime Ramírez

y Óscar Perdomo León

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