Han pasado más de dos meses del aniversario número 75 del nacimiento de Roque Dalton y 35 años de su asesinato. Pues bien, hoy tengo como invitado en LA CASA DE ÓSCAR PERDOMO LEÓN a mi amigo Danilo Colindres, quien plantea que la muerte de Dalton fue debido a la intolerancia, intolerancia que aún impera en nuestra desangrada sociedad salvadoreña.
Al final expongo yo mis propios puntos de vista sobre lo escrito por Colindres. He aquí pues el interesante artículo que me hizo llegar mi amigo.
EL JUICIO CONTRA ROQUE DALTON
Al poeta se le realizó un juicio en el que fue hallado culpable por una organización político-militar que participó en la guerra contra la dictadura de El Salvador. ¿Fue entonces un asesinato, un homicidio, o qué?
En primer lugar debemos conocer de qué fue encontrado culpable y si los jueces que lo juzgaron lo hicieron a través de un juicio con oportunidad de defenderse del acusado. Todo indica que se defendió y perdió su juicio. Sin embargo: ¿qué pruebas se presentaron? Y los que lo juzgaron: ¿qué competencias jurídicas o profesionales tenían para ejercer de jueces en el proceso? ¿Qué les permitió a estos “jueces” valorar las pruebas? ¿Qué oportunidad tuvo Roque de presentar su caso con otras pruebas? ¿Quiénes fueron los que la hicieron de jueces? ¿Existían estatutos del ERP que contemplaran como proceder en casos como el de Roque? ¿Qué podemos saber de todo esto?
Digamos, como hipótesis inicial, que todo se llevó a cabo con cierta mínima legalidad y legitimidad de una organización subversiva y dentro de los límites de la época y de las circunstancias. Entonces estamos hablando de un crimen por equivocación: se le imputaron faltas graves y sus jueces lo sentenciaron a muerte no de mala fe sino porque que el castigo correspondía a las faltas (de acuerdo a unos estatutos conocidos por todos) o que su indisciplina a repetición inducían a pensar que Roque era incorregible y ponía en riesgo de muerte a todas las personas miembros de la organización. También se podría conjeturar que el clima de clandestinidad precipitó el juicio restándole importancia a la calidad de las pruebas, y limitando la defensa casi exclusivamente al poder de persuasión del mismo Roque que fracasó en su intento de salvarse.
¿En qué se equivocaron entonces sus jueces? No fueron suficientemente flexibles por un lado, sobrestimaron el peligro que representaban las faltas del poeta o no soportaron el dominio abrumador que ejerció el poeta en su defensa. ¿Si podía persuadirlos tan fácilmente a ellos como no convencería a sus subalternos “menos preparados” si llegase a dirigirles la palabra?
Esta versión, sin embargo, no es compatible con la razón que dieron sus jueces, los dirigentes del ERP, de su sentencia y ejecución: lo acusaron de ser colaborador, espía de la CIA, contrarrevolucionario. ¿Por qué dieron esta excusa tan absurda como insostenible? Absurda e insostenible para los que ya conocían a Roque Dalton pero fácil de tragar por sus subalternos, las bases, los subordinados que del poeta apenas conocían y para quienes el arte es el oficio de pequeños burgueses vagos e inmaduros, que hay que someter en bien de La Revolución.
Si se había decidido “eliminarlo” ¿Por qué no inventar una justificación que si bien provocaría la separación –para entonces inminente- de unos cuantos lideres (Ferman Cienfuegos, Lil Milagro Ramírez), convocaba poderosamente a sus cuadros seguidores (los de choque, los imprescindibles) a unirse aun más por la sangre derramada de un traidor desconocido?
Se había decidido eliminarlo por peligroso y se aprovechó la coyuntura para acusarlo de una falta grave imperdonable: ser enemigo activo y entrenado de La Revolución. La única, dicho sea de paso, que justificaba su eliminación sin contemplaciones. Porque si se le acusaba de comportamiento riesgoso para todos, entonces ¿Por qué no solo expulsarlo de las filas y dejarlo libre de incorporarse a otras organizaciones más tolerantes con el perfil mental del poeta, como la RN, que ya se encontraba escindiéndose del ERP?
En otras palabras, el objetivo de la justificación pública de la ejecución del poeta no era únicamente para cohesionarse. En realidad era la única que justificaba su muerte sin lugar a dudas. Y como todos sabemos: una justificación infundada. A la voluntad de matar se le buscó y adecuó la mejor justificación porque nunca existió una verdadera justificación.
En conclusión: el crimen contra Roque Dalton no fue un crimen de equivocaciones sino un crimen por intolerancia, muy parecido al crimen cometido contra Sócrates, acusado en su tiempo de corromper la juventud ateniense.
Agreguemos a la discusión lo que conocemos de la coyuntura de ese momento: la organización político militar estaba en crisis y se vislumbraba la escisión que terminaría con la unidad. Roque simpatizaba y propugnaba por un nuevo enfoque político militar que suponía una amenaza para los dirigentes de ese momento, que actuaron de jueces contra el poeta, cuando en realidad eran partes.
La sociedad ateniense condenó a Sócrates. Una organización político-militar condenó a Roque Dalton. Los dos condenados fueron vistos como amenazas a sus organizaciones. ¿Qué perdían los atenienses o los del ERP con dejar libres a sus acusados? A Sócrates se le pudo prohibir de pregonar sus enseñanzas “malévolas.” ¿Y a Roque? Que siguiera su camino por otro lado, con otra organización. Pero no: si no estaba con ellos era un traidor, enemigo de La Revolución y de El Pueblo Salvadoreño. O estaba equivocado Roque o ellos y ellos no podían estar equivocados.
¿Cómo enjuiciar a los intolerantes –buenas y dóciles gentes por lo demás- que a la menor oportunidad dirigen furibundos el dedo acusador contra aquellos que se diferencian de ellos, aquellos a quienes no comprenden, aquellos que se atreven a ser distintos siendo incapaces de ser como “todos”, aquellos que al fin y al cabo impiden que las sociedades u organizaciones se estanquen, aquellos cuya visión y, por tanto valores, y energía o voracidad evolutiva ponen en entredicho las costumbres e ideas dominantes en una sociedad que entroniza a la mayoría por sobre las minorías, la sociedad, la organización sobre el valor irreducible de la persona?
Danilo Colindres
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Sobre tu artículo “EL JUICIO CONTRA ROQUE DALTON”
Estimado Colindres:
Quiero decirte que estoy de acuerdo con tu visión y comparación de Dalton con Sócrates, debido a que ellos dos representaban para la sociedad seres fuera de serie, que no podían ser contenidos, amarrados u obligados a seguir el camino de las ovejas, como a la mayoría de seres humanos. En todo esto me gusta mucho que hayás usado la palabra “intolerancia”.
Sin embargo, pongo en duda algunas de tus afirmaciones, como:
1-“…se le realizó un juicio…”
2-“Todo indica que se defendió y perdió su juicio.”
Bueno, con respecto al inciso número 1, te pregunto: ¿Fue un verdadero juicio? Porque un juicio supone jueces, abogados defensores (o al menos que el acusado pueda defenderse con libertad) y que se lleve a cabo un proceso justo. ¿Existieron estos elementos en los sucesos de Dalton? Creo que la palabra juicio, con todas las de la ley, le queda muy grande a los hechos relacionados a los días previos al asesinato de Dalton.
En cuanto al inciso 2, no dudo que haya habido intercambio de palabras entre Dalton y sus asesinos, pero eso no implica juicio, eso no implica que las palabras de Dalton hayan tenido algún peso para ser evaluadas.
A mi manera de ver, lo que le hicieron a Dalton fue algo más oscuro, más tenebroso y corrupto. Yo creo que el sólo hecho que después de su asesinato, Alejandro Rivas Mira, el principal implicado, haya huido de El Salvador, robándose todo el dinero de una extorsión, te dice el tipo de persona que era. ¿Será que después de ejecutar a Dalton, Rivas Mira cayó en la cuenta que ese grave asesinato no se iba a quedar escondido, ni a nivel nacional ni a nivel internacional y esto le iba a perjudicar mucho? Su conducta no parece la de un revolucionario al estilo del Che, en quien todas sus acciones iban destinadas a concretar la revolución (que supuestamente mejoraría la vida en general de los más desposeídos); por el contrario, su conducta se parece más a la de un ladrón y un criminal. Y con gente así es difícil, sino imposible, realizar un juicio de verdad.
Óscar Perdomo León.





































































