LA INFLUENCIA DE ROQUE DALTON EN ARTISTAS CHILENOS

Este día tengo la alegría de publicar en mi blog las palabras de un amigo chileno, Rodolfo de los Reyes, quien amablemente me ha proporcionado este artículo tan interesante sobre nuestro querido poeta Roque Dalton. Gracias, Rodolfo. Y un apretón de manos desde El Salvador hasta Chile.
Óscar Perdomo León

LA INFLUENCIA DE ROQUE DALTON

EN ARTISTAS CHILENOS

El poeta centroamericano dejó profunda huella en la creación y vida de  distintos artistas chilenos, que en distintos trabajos poéticos, musicales y narrativos hacen referencia a la vida, obra y  al estilo literario, irreverente, crudo, irónico y vital del bardo centroamericano, que lamentablemente tuvo una muerte “demasiado temprana” al decir en palabras de Mario Benedetti.

Chile en el corazón

No deja de extrañar que el escritor de las telúricas y tropicales tierras de “La Cinturadel Continente» latinoamericano, al decir del cantante nicaragüense Luis Enrique Mejía Godoy, “El Pulgarcito de América” al decir de nuestra entrañable Gabriela Mistral, marcara a diversos artistas y escritores de chile, territorio austral y lejano. Si bien en la biografía de Dalton encontramos conexiones con Chile, como decir por ejemplo que estudió Derecho enla Universidadde Chile, en la década del cincuenta y que conoció a personalidades como a Diego Rivera, a quién le debe su primerizo acercamiento al marxismo al vivir una  brutal anécdota que Dalton cuenta en muchas ocasiones, más la amistad con intelectuales y artistas nacionales, entre quienes, rescatamos el tórrido romance con una de las más grandes dramaturga chilena, la recientemente fallecida Isidoro Aguirre, que hace una veintena de años escribió el bello libro testimonial “Carta a Roque Dalton”, un hermoso texto plagado de los recuerdos de su romance con el poeta, además de una suerte de pequeña mini biografía de Dalton unido al comentario y reproducción de algunos de sus célebres poemas.

Los seguidores chilenos

También ha influenciado a otros poetas y escritores que no tuvieron la suerte de conocerlo ni verlo, por razones de tiempo, el hecho de no haber sido coetáneos no ha  impedido, que estos artistas se hallan inspirado en vida y obra para incluirlo en sus creaciones o bien que hayan musicalizado a algunos de sus poemas, como lo hizo el grupo de música andina y urbana  Illapu, al poner bellas melodías tropicales al poema “Alta Hora dela Noche” convertido en la canción “No Pronuncies Mi Nombre” del álbum “De Amor y Libertad”  (1986).

El poeta chileno y radicado en México  Hernán Lavín Cerda, también lo recuerda “Con unas ganas de vivir enormes”  en alusión a su alegría, optimismo, vitalidad y fuerza creadora, dueño de una simpatía y carisma sin iguales. El extinto Premio Nacional de Literatura, Volodia Teitelboim, también conoció de su obra y personalidad, irreverente y crítico a la poesía de Neruda, lo que en Chile de los sesenta y setenta era casi una herejía, pero Dalton tenía motivos y argumentos y su obra buscaba la fuerza de la vida desgarrada que de alguna manera la veta de César Vallejo reflejaba. Eso lo hacía adalid de los jóvenes poetas chilenos de los sesenta y setenta que buscaban apartarse de la sombra nerudiana, una sombra asfixiante al decir de algunos.

De esta forma el poeta rock, músico y cantautor Mauricio Redolés le rinde homenaje en su bellísimo poema “Bello Barrio” editado en su albúm (1987) titulado de la misma forma, donde además convierte en canción titulada “Epitafio” otro poema de Roque Dalton. A ello hay que agregar la influencia en muchos poetas jóvenes de los ochenta, entre ellos al hace poco extinto, el académico y poeta Osvaldo Ulloa, gran conocedor de la poesía centroamericana, que enseñaba en sus múltiples talleres literarios de la periferia santiaguina. Es posible también encontrar nexos literarios entre la obra del poeta, escritor, editor de Mosquitos Ediciones y dirigente dela Sociedadde Escritores de Chile (SECH), Cristián Cottet, que en antiguas publicaciones ha difundido la obra de Dalton. Lo propio ha hecho el abogado y escritor Rodrigo de los Reyes Recabarren, en diarios del Sur de Chile (Coronel, Concepción, Puerto Montt, Coyhaique, etc.), el periodista y poeta santiaguino Cristián Pávez, como nuevas generaciones de poetas chilenos, ya del 2000 y 2010, incluso como el incipiente poeta juvenil curicano Carlos Urzúa  y otros más. También los poetas curicanos Américo Reyes, Leonidas Rubio, han leído su obra, con opiniones distintas. Es más aún, el crítico literario y sacerdote del Opus Deis, el cura Ignacio Valente, seudónimo de  José Miguel Ibáñez Langlois, columnista del diario “El Mercurio”, hace referencia  a la vida y obra de Dalton en varios artículos publicados en distintas épocas, destacando el sentido del humor , la ironía y la plasticidad poética del escritor salvadoreño.

La Antipoesía

Me atrevo incluso a señalar que parte de la celebrada anti poesía de nuestro anti poeta Nicanor Parra, tiene una herencia clarísima de Cesar Vallejo, pero hay elementos notorios de la poesía coloquial y exteriorista de Roque Dalton, sobre todo cuando la ironía y el humor se apodera de la poética parriana, aunque Parra no lo reconozca. De hecho es muy revelador el Arte Poética de Roque Dalton, algo así como su Manifiesto lírico que dice así: “Poesía perdóname por haberte hecho comprender que no sólo estas hecha de palabras”.

Y de seguro la influencia es mayor, esto es lo que a grandes rasgos se conoce, más mi propia subjetividad, porque de todas formas en América Latina, la vida y obra del poeta salvadoreño es mucho más conocida que de lo que hablamos de él en Chile. Sin embargo las nuevas generaciones con inquietud empiezan a conocer la obra de un poeta demasiado universal para “enjaularlo” en la historia de su país, cuya obra,  vida y  visión crítica y autocrítica  de la sociedad y la cultura siguen plenamente vigentes.

Texto:

Rodolfo de los Reyes Recabarren

rodolfodelosreyes@yahoo.es

Imagen de Roque Dalton extraída de: http://www.google.com.sv/search?rlz=1C1AVSX_enSV398SV408&q=roque%20dalton&um=1&ie=UTF-8&tbm=isch&source=og&sa=N&hl=es&tab=wi&biw=1280&bih=699

QUERIDO HOMO SAPIENS. Un libro de Rafael Mendoza, El Viejo.


Rafael Mendoza Mayora

Cuando todos callaron, Rafael Mendoza habló.

Déjennos explicarles. Hace muchos años, sentados en una de las butacas del auditórium Miguel Mármol de la Universidad de El Salvador, escuchamos por primera vez al poeta Rafael Mendoza, leyendo un poema de su propia producción: «Vida, pasión y muerte de un poeta», dedicado a otro gran poeta salvadoreño: Roque Dalton. Eran los primeros años de la guerra civil salvadoreña. En aquellos tiempos turbios, confusos y aciagos, cuando todos guardaron silencio tras la muerte de Dalton, Rafael Mendoza, por el contrario, fue el primero en reivindicar positivamente la memoria de Dalton. Cuando todos callaron, Rafael Mendoza habló. Y este es un precedente importante, esto dice mucho de Mendoza. Fue un gesto poético y humano de alguien que se ha mantenido por mucho tiempo fiel a sus ideales en pro de la justicia, en pro de la raza humana. Así que leer ahora su libro de poemas «Querido Homo sapiens» ha sido para nosotros una confirmación a nuestra manera de entender la obra poética de Mendoza. Es una obra cargada de humanismo, pero también de una calidad poética reconocida por los expertos en esta materia.

En un tiempo en donde algunos predican que la poesía debería alejarse de los problemas sociales y volverse intimista y hasta quizás indiferente, somos testigos a través de «Querido Homo sapiens» de una voz que se preocupa por el destino de los más desposeídos y por el planeta herido por los abusos del poder mundial, una voz que sin ser religiosa pareciera predicar en el desierto. Estamos sordos a la destrucción de nuestra tierra, la sociedad del tercer mundo pareciera ir en un declive hacia el cuarto mundo, en medio de las drogas y los asesinatos.

Sin embargo, no vayan a mal interpretarnos. «Querido Homo sapiens» no es un manual de pesimismo. En él se denuncian los absurdos e injusticias de este mundo; pero en un tono sereno, conciliatorio con la razón, con la esperanza. Pero no por eso dejan de ser palabras firmes, con una intensa fuerza y una convicción verdadera. En esas palabras encontramos una poesía llena de denuncia reflexiva, sin los rencores irracionales de los inmaduros. Sus palabras son profundas, con el sello del vino reposado por largo tiempo.

A través de sus versos nos damos cuenta que el hombre ha creado «empresas asombrosas»; pero también grandes desastres, como el derrame de petróleo en el mar. Pareciera que el desarrollo intelectual ha desembocado en avaricia, envidia e hipocresía. Y aun así, el hombre prefiere  vivir en lo vano y lo superficial, en lugar de pensar y profundizar acerca de las cosas. Pareciera que el ser humano todavía es el mismo ser primitivo que vivió en las cavernas.

«Querido Homo sapiens» descubre y denuncia, pues, al ser humano que ha invertido grandes cantidades de dinero en la investigación del espacio exterior, pero que ha olvidado explorar su propio ser interior. Es cierto que través del dolor somos conscientes de nuestra existencia. Y eso le interesa a Mendoza; pero también le preocupan las guerras creadas por el poder y los desastres naturales a causa del daño a la ecología.

«Querido Homo sapiens» es un examen de consciencia, un viaje intimista al centro de la humanidad, representa el eslabón perdido entre el Hombre y el hombre. Sus páginas están llenas de reflexiones, anhelos, sueños concretados y sueños perdidos. Escrito hace 30 años, las palabras de este libro son hoy, quizás, tan vigentes e impactantes, como lo fueron al ser concebidas por Mendoza. 

Ante un mundo achicado por la era del ciberespacio, este poemario revela que aún se puede llegar a lograr la conexión perdida con la gran energía universal, o, lo que para muchos otros, será la línea de unión entre Dios y su pueblo.

Más que un llano poemario, «Querido Homo sapiens» es un cántico hacia, desde y para la vida. En cada verso Rafael Mendoza desnuda palmo a palmo la mediocridad, la mentira, lo perverso, el desdén y la hipocresía que rodea al ser humano. Mendoza nos deja sin nuestros vestidos harapientos y nos muestra al hombre que somos en verdad. Al sentirnos vulnerables nos obliga a iniciar nuevamente nuestro camino alejándonos del carbón que por años hemos sido, para acercarnos al diamante que podemos llegar a ser.

La crítica al hombre sencillo y corriente trasciende cuando Mendoza evoca a las grandes potencias económicas, el espacio y los satélites artificiales; es ahí cuando orgásmicamente llegamos al culmen de su pensamiento. Es ahí cuando descubrimos que el consumismo, la deshumanización, la alienación y el ser por el tener, nos han engullido vorazmente. Todos nosotros estamos en esto, unos primero y otros después, unos más que otros, pero todos al fin hemos estado en más de una ocasión segados por el dolor, el rencor, el desprecio, el amor y el desamor, y el deseo de tener algo más que posiblemente no necesitemos. La indiferencia ha salpicado nuestros corazones, y es ahí donde «Querido Homo sapiens» nos toma de la mano y nos lleva, línea a línea, párrafo a párrafo, mostrándonos nuestro errores como humanos que somos y nos hace reflexionar sobre nuestro futuro y el de las nuevas generaciones, esas que aún no han nacido y que bajo sus pensamientos y actuaciones nuestro planeta vivirá o morirá.

Magistralmente Rafael toca el tema de la Divinidad y nos hace ver cómo perfectamente hemos manipulado su existencia para nuestra conveniencia y para calmar y callar nuestras conciencias.

Nuestro Rafael nos quita el pañuelo que cubre nuestros ojos y ciega nuestro interior, hace que irremediablemente entremos en terrenos escabrosos y escandalosos para algunos, cuando duda de la creación del Hombre a imagen y semejanza de Dios.

Pero más allá de que estemos o no estemos de acuerdo con Mendoza y antes de que juzguemos sin haber reflexionado, «Querido Homo sapiens» nos hace pensar, meditar e indagar en nuestro interior. Es de la mano de Rafael que este libro nos da la pauta para cambiar y nos enseña que el Hombre tiene futuro, siempre y cuando que seamos «humanos» y dejemos que nuestro interior palpite desde el centro hacia afuera, ese centro en donde la «V nos palpita, la V de Vergüenza, Verdad, Victoria» y Valor.

«Querido Homo sapiens»  nos invita a un camino de moral y ética, cuando nos pide que andemos por el lado justo, por la verdad, sin juzgar y aprendiendo a aceptar a todos y a nosotros mismos.

Si esto último lo pusiéramos en la práctica cotidiana, médicos, artesanos, escritores, abogados, presidentes, estudiantes, docentes, alcaldes y diputados, entonces, otro gallo nos cantaría. Y quizás Rafael Mendoza no habría parido a nuestro «Querido Homo sapiens».

Óscar Perdomo León y Rafael Mendoza Mayora

Hay que recalcar que «Querido Homo sapiens» es una denuncia del Hombre por el hombre; pero también es un canto por la vida, es un testimonio de nuestros días y, al mismo tiempo, un espejo en donde podemos vernos la consciencia.

Texto y fotografías:

Érika Valencia-Perdomo

Óscar Perdomo León

Artículo relacionado: FOTORREPORTAJE DE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO QUERIDO HOMO SAPIENS 

EL PARAÍSO EN LA OTRA ESQUINA, un libro de Mario Vargas Llosa.

«El paraíso en la otra esquina» es una novela doble en sí misma, un apasionante relato sobre la vida de dos personas conectadas por la sangre y por su forma revolucionaria de llevar sus vidas.  Publicada en el año 2003, este libro narra en capítulos intercalados y bajo la genial pluma del recién ganador del Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa (1936), la historia y la vida de dos grandes personajes históricos, Flora Tristán, la fiel defensora de las derechos de los obreros y especialmente los de la mujer, y la historia de su nieto , el famoso pintor Paul Gauguin.

Flora Tristán

Flora Tristán (París, 1803- Burdeos, 1844), mujer francesa que vivió al principio oprimida y maltrada por su esposo, se escapó de su hogar en una época en donde hacer eso era un acto criminal, para predicar y dar a conocer su ideología socialista con la cual redimiría a la sociedad. Teniendo orígenes peruanos de «buena familia» (su padre fue el coronel Mariano Tristán y Moscoso, y quien por cierto nació en Arequipa, Perú, la misma ciudad en donde nació Vargas Llosa), se embarcó hacia Sudamérica en una aventura de resultados imprevistos.

Paul Gauguin

Su nieto, el también ciudadano francés, Paul Gauguin (París, 1848- Atouna, Islas Marquesas, 1903), por su lado, no se conformó con seguir los patrones pictóricos artísticos de su tiempo, sino que se lanzó a experimentar con los pinceles y la tela, hasta alcanzar una identidad propia.

(Nadie puede pasar desapercibido a Gauguin además por aquel tan conocido encuentro con ese otro gran pintor: Vincent Van Gogh, después del cual éste se cortó la oreja).

Flora era incansable, inteligente, intuitiva, soñadora y buscadora de la justicia universal. Sufrió en carne propia la discriminación, sólo por ser mujer, pero también por ser pobre. Tenía la ilusión de que un mundo mejor era posible y luchó durante muchos años de su vida con tenacidad para conseguirlo.

Paul Gauguin era un poco egoísta, genial, impulsivo, sexual en todo momento, salvaje en muchos aspectos, que prefirió vivir lejos de París, el gran urbe cosmopolita, y lo cambió por la primitiva Tahití.

Toda la trama es manejada excelentemente por Vargas Llosa, con una narración limpia y añadiendo un poco de suspenso, de tal manera que los detalles, los conflictos, las batallas de cada uno de estos dos personajes, las alegrías y las tristezas, las dificultades económicas, la visión hacia el futuro, las enfermedades, toda la agonía y la delicia de la vida se expone con rigor, llevándonos a conocer la fama que de alguna manera ambos se forjaron, así como también el libros nos conduce a conocer la intimidad de sus actos y pensamientos.

«El paraíso en la otra esquina» es de verdad una novela digna de ser leída.

Texto:

Óscar Perdomo León

Artículo relacionado: EL LENGUAJE DE LA PASIÓN, de Mario Vargas Llosa.
Imágenes extraídas de: http://www.google.com.sv/search?rlz=1C1AVSX_enSV398SV408&q=el%20para%C3%ADso%20en%20la%20otra%20esquina&um=1&ie=UTF-8&tbm=isch&source=og&sa=N&hl=es&tab=wi&biw=1280&bih=699

LA CASA DEL LABERINTO

Cuando llegué a la entrada de la casa donde me reuniría con Omega, mi viejo amigo, me detuve un poco y miré la puerta de madera. Dudé. No sabía si regresar a mi casa o tocar. Después de unos segundos decidí sonar la aldaba, pero la mano atravesó la puerta de humo y me fui de bruces. Me levanté en el acto y miré para todos lados. Me di cuenta que esta casa la conocía bastante bien. Quizás demasiado. Era una casa de pueblo, grande, con ladrillos de piso viejo y manchados por el tiempo, pero limpios. La sala tenía siempre los mismos muebles, esos donde muchas veces nos sentamos a ensayar con nuestros instrumentos musicales. Hice una pausa y con los ojos cerrados pude escuchar otra vez la música, nuestra música, la que compusimos cuando soñábamos con ser como Los Beatles. Abrí los ojos y regresé al presente y la vieja radiola donde oímos por primera vez el Abbey Road estaba intacta; sobre ella estaba la añeja fotografía en sepia donde Omega, de 8 meses de edad, iba sentado en un pequeño coche de bebé, que era empujado por mis brazos y mi fuerza de apenas tres años de edad. Seguí con mi búsqueda y mi amigo no estaba en la sala.

Me fui caminando con paciencia, entrando y saliendo de cada habitación, llenas todas de recuerdos, de olores añejos, de muebles viejos pero bien conservados. Todas las memorias que llegaron a mis cinco sentidos me hicieron sentir que muchas cosas tenía yo en mi alma y que el tiempo no había pasado en vano. Pero la ausencia de mi amigo me reventó en la cara como un dolor sin piel y sanguinolento. La última vez que lo vi, se iba del país, buscando despierto un sueño lejano como el horizonte. Recuerdo que, parcos, nos despedimos con la incertidumbre entre las manos…

Caminé hacia mi lugar favorito, el patio, con sus baldosas de pequeños cuadros grises, su árbol de granada y su laberinto de plantitas de flores rojas, largas y delgadas como gusanos peludos. Corté una granada y me la comí. En la estaca estaba la lora de siempre, cuyos ojos de pupilas negras que se contraían y dilataban me escrutaban con fervor. Dejé de sentir miedo. Me sentí cómodo, como si ese fuera mi hogar. Pero sé que no vine hasta aquí a deleitarme con este sitio. Vine porque de alguna manera mi amigo me llamó y yo acudí porque siempre fuimos así, leales y amigazos desde niños. Desde muy niños. Miré para todos lados y mi amigo no estaba tampoco en el patio.

De pronto, Omega salió de la antigua bodega y me miró con tristeza. No me habló ni yo le pude hablar. Ya no había palabras que decir. Una densa niebla se escurría lenta en el laberinto del patio.  Sentí, de la misma manera que la última vez que nos despedimos, que una distancia grande se había abierto entre él y yo, y que los niños y jóvenes que fuimos se habían muerto ya en el pasado y sólo quedaban, dentro del laberinto rojo, estos cadáveres vivos -¡alejados el uno del otro!- que somos ahora.

Texto:

Óscar Perdomo León

Imagen extraída de: http://www.google.com.sv/search?hl=es&q=laberinto&gs_sm=e&gs_upl=3883l5923l0l9l9l0l3l3l0l422l1103l2-1.1.1&um=1&ie=UTF-8&tbm=isch&source=og&sa=N&tab=wi&biw=1280&bih=699

EL MAR. Un poema de Roque Dalton.

En un momento cuando ya no se puede creer en ningún político salvadoreño, ya sea de izquierda o de derecha, en un año en que la economía y el tejido social salvadoreño han sufrido una degradación enorme, nos aferramos a las figuras que mantuvieron, mientras estuvieron vivas, una conducta fiel a sus ideales. Amamos a aquellos que hicieron cosas bellas y elevadas, mientras otros traicionaban al ser humano o desperdiciaban su vida en labores superfluas.

Por eso en este nuevo aniversario, que es el  número 76 de su nacimiento y el número 36 de su asesinato, volvemos los salvadoreños a recordar a Roque Dalton (1935-1975).

En su memoria, yo transcribo aquí, literal, uno de sus más bellos poemas: «El mar», escrito en la Habana, Cuba, en 1962.

Óscar Perdomo León


EL MAR

A tati, Meri, Margarita, con quienes compartí una ola…

I


Hay grandes piedras en tu oscuridad tempestuosa
grandes piedras con sus fechas lavadas por tu sombra
porque hasta el sol de día cómese tu sombra                                                                              cruje en el frío despidiéndose del aire                                                                                                  que no se atreve a penetrarte.

 Oh! mar donde los desesperados pueden dormir                                                                                arrullados por explosiones impasibles                                                                                   alfabeto del vértigo paisaje diluido que los muros envisten                                                           las gaviotas y la espuma de los peces son tu primavera                                                                   la furia es una pirámide verde                                                                                                               una resurrección del fuego más agudo tu clima                                                                                   tu mejor huella sería un caracol                                                                                           caminando  con pasos de niño el desierto

(Amé siempre esas poblaciones disímiles                                                                                             al parecer robadas de las manos del mar                                                                                               pequeñas villas junto a la arena                                                                                                     puertos escandalosos en la ebriedad del salitre                                                                         caseríos tiritando entre la niebla llena de corales                                                                       grandes ciudades titánicas frente a las tempestades humilladas                                                 aldeas de pescadores ciegos bajo un faro de aceite                                                                 factorías acechantes entre los manglares con un largo cuchillo

Valparaíso como una gran cascada en suspenso                                                                               Manta Puná puertos del Ecuador que me negaron las hojas                                                           Buenaventura aromática como un gran puerto sucio                                                                     Panamá con los ojos punzados por la depravación                                                                           Cartagena siempre aguardando a los piratas hambrienta                                                             Willemstadt náufraga en los dominios del petróleo                                                                           Tenerife y su dulce copa de vino                                                                                                   Barcelona bostezando entre los bancos y los carabineros                                                             Nápoles bellamente tumefacta                                                                                                               Génova Leningrado Sochi La Guaira Buenos Aires                                                                           Montevideo como una margarita                                                                                                             Puerto Limón Corinto                                                                                                                             Acajutla en una lenta playa de mi patria                                                                                       todos mirándose en el espejo grave que surcan los delfines                                                         apartando como un sable veloz                                                                                                                 las infinitas espigas de esmeralda.)

II

…sal de los sacrificios…
García Lorca

Si la noche rescata su cúpula de fósforo                                                                                               y tus perdidos maonstruos bajo el rayo se arrugan                                                                      los  peces desatados son diez rápidos niños                                                                                    que maduran profundos el himno de la escama

El oxígeno muerto sobre los minerales                                                                                       cuando pasa un desfile de hipocampos dorados                                                                enturbia el agua verde con su herida maldita                                                                    mientras prosigue sordo el rito de los pulpos.

Sal de los sacrificios vecindad corrosiva                                                                                           luz sin fuego mordiente quemadura licuada                                                                             pálida sangre antigua de corriente furiosa                                                                                donde los ahogados resucitan su fiebre

El mar el mar entierra su salada noticia                                                                                                el mar devora sordo la solar quemadura                                                                                            el mar alza su rostro su cicatriz al cielo                                                                                                 el mar recae roto al cuido del abismo

En los embarcaderos nos engaña el aroma                                                                                        de las algas vencidas de los peces amargos                                                                                       el mar no es un cadáver es un sueño azotado                                                                                  un móvil laberinto donde tiemblan los astros

ESTUARIO

Hoy has bajado desde el monte negro                                                                                             otra vez sin tu lámpara.

(Vienes a mí en sigilo de dulce delincuente                                                                          evadiendo las miradas curiosas de la aldea                                                                                        la envidia de las viejas hundidas en el calor                                                                                    los gritos de los niños tratando de prenderse de tu frescura.)

Nos hemos quedado desnudos mirándonos en la suave oscuridad

recordando los viejos días que siempre renacen en la sangre                                                      y a la hora de amar hemos sido tiernos como nunca                                                                 poblados de pequeñas palabras como nunca                                                                             todos nuestros sentidos abiertos como una flor al sol.

He despertado antes del amanecer                                                                                                          y veo que ha quedado la forma de tu cuerpo                                                                                  retenida en la almohada.

Y he salido a lavarme con el agua de la lluvia de anoche                                                                  y se me ha olvidado cantarle a las gaviotas                                                                                como todos los días…

III

Un barco cargado de                                                                                                                                  tedio                                                                                                                                                                     un barco cargado de grupos taciturnos                                                                                       escapando con muerta lentitud a las mandíbulas del sargazo.                                                    En la proa cortamos el gran muro del aire                                                                              silenciosos estamos pensando en el país                                                                                        donde el amor quedó temblando en su primera soledad.                                                          Los libros están húmedos de sal                                                                                                              y el agua desde aquí parece una gran plaza desértica.                                                              ¡Qué jerarquía la de su soledad azotada!                                                                                                ¡La de su fría desnudez de piedra negra                                                                                                  que allá en el horizonte languidece en los brazos del viento!

ESTUARIO

Ha terminado el amanecer de los nadadores. No estoy comprometido.                             Yo solamente abro la ventana                                                                                                                   para que os venga la gran rosa del yodo                                                                                                la más diseminada la violenta rosa                                                                                                      que es aquí todo y en todo establece su tacto.

Cuando os veo desnudos amándoos bajo la leve sábana                                                                -temblorosa mirada bajo los párpados cerrados-                                                                          Sé que no es sólo este mundo de borde marino                                                                            este filoso olor a sal caliente                                                                                                                      lo que me enrostra las húmedas añoranzas.

Nunca debí dejarla ir.

Lo siento más en ciertos domingos como este domingo once                                                    en que no os importa al final presencia                                                                                                y copuláis largamente                                                                                                                        furiosamente bajo la leve sábana                                                                                                temblorosa mirada bajo los párpados cerrados.

IV

El día en que el padre pez prolonga su castigo en el aire                                                                  el día en que se arriesga en el aire letal                                                                                              prendidas a su última escama restos de algas                                                                                       restos de pálidas algas amarillas                                                                                                sobrevientes a no sé cuál sumergimiento                                                                                            el día en que mi herida se detiene en la orilla de la espuma                                                         al margen de su agresión diseminada de sus volátiles                                                        dientecillos                                                                                                                                                      el día en que la marisma es el horizonte                                                                                        volcada en su ebriedad la rosa de los vientos                                                                                      no se puede                                                                                                                                                      no se puede sino pensar en los laberintos que debemos                                                              en los hondos secretos que nos enmarañan el corazón.

Y no caben los exorcismos es el vacío pleno                                                                                      el desasosiego en medio de la humedad poderosa                                                                  todas las preguntas se van al fondo de los huesos                                                                             y ahí se quedan como las estaciones de año desgraciado.

Ni el sumum de las huellas podría amotinarse                                                                          a contrasombra se nos duerme la sed                                                                                                   y sólo la desnudez de las palomas resuena                                                                                         en el oído que se confiesa hastiado de los golpes.

(Cómo quisiéramos ir hasta la raza de la clava hasta el murmullo                                          seguro se sí mismo en la intimidad subterránea                                                                                ¿pero cuál llave cuál cerrojo besar                                                                                                            que no nos venda a las facciones del guardián                                                                             con qué amargura echar toda la suerte que nos queda                                                                     sin que nos haga resbalar en sus traidores                                                                                  vástagos resurgiendo de la ceniza?)

El mar y el momento son por ahora indescifrables.

Bebamos                                                                                                                                                      bebamos un vaso de este ron difamado                                                                                    alejémonos hacia la altura de la playa                                                                                                de este playa cuya arena es el cadáver de un mármol corrompido                                            y preparémonos para responder al sueño que vendrá.

Mayo de 1962.
Poema «El mar» extraído de: Dalton, Roque,  NO PRONUNCIES MI NOMBRE, poesía completa I, Colección Orígenes, No. 18, Dirección de Publicaciones e Impresos y CONCULTURA, San Salvador, 2005,   «El Mar», p. 517-527.
NOTA: Roque Dalton nació un 14 de mayo y fue asesinado un 1o de mayo (día de la madre.)
Enlaces de artículos relacionados y muy interesantes, que están en el Archivo Digital Roque Dalton, del periódico ContraPunto:
LA TRAGEDIA DEL HEREJE, escrito por Horacio Castellanos Moya.
EL INTELECTUAL «PENSANTE» VERSUS EL INTELECTUAL «OPERATIVO». EL DISCURSO ANTIINTELECTUAL EN EL «PROCESO» DE ROQUE DALTON, escrito por Luis Alvarenga.
LA RETÓRICA EN DALTON, escrito por Álvaro Rivera Larios.
«NO RECUERDO EL ASESINATO DE ROQUE DALTON, RECUERDO UN PROCESO POLÍTICO», entrevista a Jorge Meléndez, realizada por Tomás Andréu.
TENEMOS INCRUSTADAS UN MONTÓN DE ESPINAS DE ACERO. Entrevista por Fernando de Dios a Juan José Dalton.

VIDEO sobre la exposición de Roque Dalton en el MUPI.

Imágenes extraídas de: http://www.google.com.sv/search?tbm=isch&hl=es&source=hp&biw=1280&bih=699&q=roque+dalton&btnG=Buscar+im%C3%A1genes&gbv=2&aq=f&aqi=&aql=&oq=

BORGES, ORAL. Jorge Luis Borges en la Universidad de Belgrano.

Jorge Luis Borges

Entre el 24 de mayo y el 25 de junio de 1978, Jorge Luis Borges dio cinco conferencias en la Universidad de Belgrano (de Buenos Aires, Argentina). Éstas fueron grabadas en cintas magnetofónicas y luego, después de muy poca edición, es decir, sin hacer ninguna modificación, a excepción de eliminar «algunos tropiezos, baches y algunas vacilaciones» (1), las conferencias fueron pasadas al papel casi literales, como las había expuesto Borges,  e impresas la primera vez en 1979, con el nombre de «Borges, oral.»

Debió ser un verdadero placer escuchar a un hombre que había leído tanto y que tenía una expresión oral tan ordenada y atrayente. 

En el prólogo del libro Borges explica brevemente sobre los temas que trató en esas conferencias:

«Cuando la Universidad de Belgrano me propuso dar cinco clases, elegí temas con los cuales me había consustanciado el tiempo. El primero, El libro, ese instrumento sin el cual no puedo imaginar mi vida, y que no es menos íntimo para mí que las manos o que los ojos. El segundo, La inmortalidad, esa amenaza o esperanza que han soñado tantas generaciones y que postula buena parte de la poesía. El tercero, Swedenborg, el visionario que escribió que los muertos eligen el infierno o el cielo, por libre decisión de su voluntad. El cuarto, El cuento policial, ese juguete riguroso que nos ha legado Edgar Allan Poe. El quinto, El tiempo, que sigue siendo para mí el problema esencial de la metafísica.»

Es interesante saber que Jorge Luis Borges siempre fue muy tímido para hablar en público y la manera que él encontró para superar ese problema fue pensar en voz alta. Si lo hacía de esta manera, olvidaba por un momento que estaba frente a un gran público y esto le permitía recordar y reflexionar profundamente sobre el tema que estuviera tratando.

A mí en especial me interesa mucho su conferencia llamada El libro. En esta expone sus ideas tan originales sobre este maravilloso invento. Esta parte es con la que más me siento identificado, porque yo me enamoré de los libros cuando aún era niño y para mí eran -y siguen siendo- como objetos elevados, mágicos, yaciendo en un pedestal.  Así que leer al gran Borges refiriéndose a los libros me causó mucha satisfacción. He aquí sus palabras:

«De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones del cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación.»

Recomiendo leer «Borges, oral», porque al enfrentarse a este libro uno se imagina a Jorge Luis Borges hablando pausado y sabiamente, con su ceguera luminosa y sus manos sobre el bastón, sintiendo ese placer tan sencillo -y a veces olvidado y menospreciado- de hablar y de escuchar, un placer magnificado por la presencia y el conocimiento profundo de este gran escritor. Su voz suelta y libre en el aire, cae como un suave rocío sobre las páginas blancas, volviéndose letras negras, luciérnagas inundadas de vida.

Texto:

Óscar Perdomo León

Imágenes extraídas de: http://www.google.com.sv/search?rlz=1C1AVSX_enSV398SV408&q=borges&um=1&ie=UTF-8&tbm=isch&source=og&sa=N&hl=es&tab=wi&biw=1280&bih=699
(1) Palabras escritas por Martín Müller, en el epílogo de:  Borges, Jorge Luis, «Borges oral», Emecé Editores S.A., Editorial Belgrano, Buenos Aires, 1979, p. 102.
Agradecimientos: no quiero dejar de mencionar que este libro (Borges, oral) me fue obsequiado ya hace años por mi amigo Danilo Colindres.
Artículo relacionado: EL INMORTAL, de Jorge Luis Borges.

POESÍA Y MÚSICA

Me gusta leer poesía; aunque leo prosa en una proporción más grande. Mi acercamiento a la poesía siempre ha sido por razones estéticas: musicalidad e imaginación elevadas a la décima potencia. Algo fuera de serie. La poesía en el pedestal de mis amores.

Pero también hay que decir que leer (y escribir) poesía es más difícil que hacer lo mismo con la prosa. Para leer poesía necesito siempre silencio y un ambiente de armonía. Recuerdo que en los días de la guerra civil, en los festivales musicales y poéticos que se hacían en la Universidad de El Salvador, los que leían poesía lo hacían sobre una tarima frente a un mar de alumnos ruidosos. Era poesía, en su mayoría, panfletaria, y aun así la disfrutaba, porque era al menos algo como un pequeño oasis.

Me gustan mucho los poemas, especialmente aquellos que tienen una musicalidad interna que lo conduce a uno suavemente por el ritmo tan peculiar de las palabras. La musicalidad de un soneto no es igual a la musicalidad de un poema en verso libre; el ritmo y los silencios entre cada verso es una cosa muy diferente en ambos casos. Y ambos casos me gustan.

La música interna de las palabras ordenadas de cierta manera misteriosa que sólo los magos-poetas conocen es un secreto que está en sus corazones y que sacan a relucir casi espontáneamente.

Pero cuando estos poemas están acompañados literalmente de música, para mí el placer se magnifica. Muchos músicos, a través de la historia, le han puesto música a los textos de poetas y dramaturgos, como por ejemplo el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven o, más recientemente, los poemas de Miguel Hernández musicados por Joan Manuel Serrat o el álbum «Expedición» de Silvio Rodríguez.

Hace poco volví a escuchar una canción, en inglés, del grupo Bread, que tiene una melodía muy bonita y una letra muy poética. No sé mucho de poesía, pero para mí es un poema lleno de metáforas e imágenes muy bellas; la canción se llama If. Una traducción al español de la canción «If» la podrán encontrar aquí.

He aquí otro ejemplo -¡y de mis favoritos!- de lo estoy hablando hoy:  Toti (del álbum «Expedición»)  de  Silvio  Rodríguez.

Poesía y música, el matrimonio ideal.

Texto:

Óscar Perdomo León

Imágenes extraídas de:
http://api.ning.com/files/CNsUB9tEuCYAqUSgfLT04HTI0EigJ7Zn-KLc-jCdG3aAVnQNg1D6pZC7ZTwtGO12NdhCEWi4Gh5b2mnPVR*llL8D2uuwly4Y/poesia.jpg
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MANGORÉ, EL MAESTRO QUE CONOCÍ. Libro de José Roberto Bracamonte Benedic.

Agustín Barrios Mangoré. Fotografía tomada por Roberto Bracamonte.

«Mangoré, el Maestro que conocí», es un libro escrito por el Dr. Roberto Bracamonte, uno de los alumnos predilectos de uno de los más grandes guitarristas que ha producido el mundo: Agustín Barrios Mangoré, conocido como Nitsuga Mangoré, un paraguayo que recorrió muchas partes del mundo con su arte y que al final de su vida hizo escuela de guitarra en El Salvador y fue también aquí, en estas tierras cuscatlecas, donde dio su último suspiro de vida.

Las ciento cuarenta y cinco páginas del libro nos conducen por ciertas zonas antes desconocidas del Maestro Mangoré, vistas a través de los ojos de un testigo querido y cercano a él, un salvadoreño que, aunque con otra profesión diferente a la de músico, amaba tanto la guitarra y la música que llegó a dominarles  y conocerlas de una manera muy intensa. Y todo bajo la tutela del grandioso guitarrista Barrios Mangoré, quien dejó tras de sí una serie de alumnos y seguidores de su obra. Las reflexiones y las descripciones físicas y espirituales que hace Roberto Bracamonte sobre Mangoré están inundadas de gran respeto y admiración, pero no por eso dejan de ser un informe muy fidedigno del famoso «indio guaraní»:  Nitsuga Mangoré.

Hay que decir que Barrios no sólo fue un grande e inigualable domador del instrumento de las seis cuerdas, fue también poeta y conversador ameno, un hombre desligado del egoísmo, que compartía con sus alumnos las enseñanzas que sabía sin restricciones. Bracamonte lo describe como un hombre parco a la hora de hablar de sus triunfos, humilde pues por principios, pero muy agradable y suelto a la hora de hablar sobre la guitarra o sobre los músicos que admiraba.

El Dr. Bracamonte había sido exhortado en varias ocasiones por el Dr. Carlos Rodríguez Payés (también guitarrista) para que escribiera los numerosos recuerdos que sobre el maestro Barrios aquel tenía. Así que «Mangoré, el Maestro que conocí» tiene entonces la gran cualidad y ventaja de ser un testimonio bastante cercano y directo sobre la vida del músico. Especialmente porque Bracamonte no sólo fue alumno de Mangoré, sino también porque vivió con él los últimos tres años de su vida. Así que el libro está lleno de anécdotas sobre el famoso guitarrista, así como de revelaciones de pequeños detalles sobre su vida cotidiana. Algunas anécdotas están contadas de una manera tan vívida que parieran como breves cortometrajes en blanco y negro. El libro al cual me refiero este día fue publicado en 1995. Una buena manera de conocerlo mejor es leyendo directamente las palabras de su escritor. He aquí, pues, un breve fragmento de alguno de los detalles que Roberto Bracamonte cuenta en su libro:

«Además del español, el cual conocía en sus reglas gramaticales y retóricas, Mangoré tenía dominio del idioma materno del Paraguay, el guaraní. A mi pedido y para satisfacerme, recitaba versos propios y de otros poetas en guaraní, cuya dulzura y sonoridad musical siempre me encantó. Mangoré me explicaba que era una lengua completa y me apuntaba sus dificultades y sus reglas. Es tan bello y armonioso como el español, decía, y me dio la impresión que, para él, eran las lenguas más completas y hermosas del mundo, lo que nunca puse en duda. Yo escuchaba aparentando seriedad en la atención, porque lo único que me agradaba era el ritmo métrico y la sonoridad que daba a lo pronunciado y que él con entusiasmo ponía en el ambiente.»

A propósito de Rodríguez Payés, a quien mencioné unas líneas arriba, cuenta el Dr. Bracamonte Benedic que fue precisamente el Dr. Carlos Rodríguez Payés quien le llevó  las partituras de Mangoré al famoso guitarrista australiano John Williamsquien en ese momento se encontraba en Londres. A partir de ahí surgió el disco que ayudó a resucitar en cierta manera el conocimiento de Barrios Mangoré alrededor del mundo.

Es prudente mencionar que en 1992 se había publicado, en idioma inglés, el libro «Mangoré. Seis cuerdas de plata», del estadounidense Richard D. Stover, el cual llegó a las manos de Roberto Bracamonte y se refiere a él en su libro. Yo lo leí cuando en el año 2002 fue publicado en español, en El Salvador, bajo el auspicio de Miguel Huezo Mixco y con traducción de Rafael Menjívar Ochoa. El libro de Stover es un documento muy valioso, lleno de investigaciones exhaustivas, basadas en mucha bibliografía, en visitas a los lugares que frecuentó el maestro de la guitarra, así como en pláticas y entrevistas a varias personas que conocieron al grandioso guitarrista . Es realmente un libro de inestimable valor para la cultura guitarrística mundial. (Por cierto que a Stover tuve el gusto de escucharlo hace ya un par de años en un concierto que dio en la Universidad Don Bosco.)

Pienso que en muchos detalles ambos libros (el de Stover y el de Bracamonte)  se complementan.

Pero volviendo al libro que hoy nos ocupa, es bueno decir que Bracamonte retoma además en su libro algunas impresiones muy íntimas de su maestro, en el campo de la composición y de la técnica interpretativa de la guitarra. Quizás lo mejor sería transcribir un pequeño párrafo para entender y disfrutar mejor de lo rescatado por Roberto Bracamonte:

««La Catedral» he tenido la suerte de escucharla por varios intérpretes y por el mismo maestro -fue lo primero que oí de sus manos- y me ha parecido que hacen magníficas ejecuciones, pero también tengo la impresión de que se podrían mejorar. La obra es, en los tres movimientos, una serie de campanas repicando, y varias veces le pedí al maestro que tocara el «allegro» y el «andante» más despacio para tener esa impresión.

«El «andante» es algo serio de interpretar y la mayoría lo toca con cierta velocidad que resta la solemnidad que se espera escuchar. Los primero acordes, en la parte inferior del traste doceavo, deben ejecutarse ligeramente arpegiados, aun cuando Mangoré no los dejó así indicados, pues las cuerdas sueldas dan el sabor de campanela. La sucesión de acordes tan bien hilvanados en los tres bordones, no deben sonar precipitadamente y son ellos los que dan la solemnidad, majestuosa y quizás ligeramente fúnebre a este andante. En todo momento debe hacerse sentir la campanela, siempre que se pueda arpegiando ligeramente, como ya dije.

«El «allegro» de esta sonata es muy complejo. En el repiqueteo de los primeros compases es necesario destacar además la nota grave del acorde de larga duración, las notas que quedan bajo el dedo medio y el anular, con un tanto menos que el primer sonido, lo que vuelve más difícil la ejecución y disminuye la velocidad; pero tengo entendido que aquí es mejor ser un tanto lento y conseguir los efectos esperados, porque para lucir la habilidad hay obras de otros autores y del mismo Mangoré que lo permiten. El problema es precisamente éste, que todos los ejecuntantes lo hacen a gran velocidad y desaparece el efecto de campanela que se continúa produciendo en muchos compases y que el compositor, incluso, no apuntó con lo signos debidos.»

Dr. Roberto Bracamonte.

Bracamonte también apunta sobre su disyuntiva entre dedicarse a la guitarra o brindar su vida a la Medicina, y lo hace de esta manera:

«Yo, que escribo estas líneas, fui un afortunado huésped por casi tres años en casa de Mangoré y Gloria (esposa, de origen brasileño, de Mangoré); llegué a conocer algo de la amada guitarra, gracias a la enseñanzas y observaciones del Maestro y desarrollé una pulsación bastante aceptable. La mala fortuna, que nunca deja de perseguirme y a ratos me da horribles tratamientos, hizo que la Medicina fuera mi carrera principal y me vi obligado a dejar totalmente el instrumento por recomendación del mismo Mangoré, quien, informado que estuve a punto de perder un año de Medicina de las más duras y difíciles materias por estar con la guitarra entre mis brazos hasta altas horas de la noche, en vez de los secos, poco atrayentes y nada afectivos libros de Esculapio, me dijo: «Ché, dos mujeres no caben en casa y tienes que dejar una: escoge y toma partido. Decídete.» Masoquista y sin dinero para seguir estudios de música seriamente, me quedé con la Medicina que, aun cuando es una esposa muy rebelde de manejar y, además de dominante, cruelmente celosa, en reconocimiento me ha tratado con cariñoso afecto,  cariño que todavía acepto con un tanto de triste resignación. Guardé pues la guitarra hace casi cincuenta años y una que otra vez la toco como su fiel amante y a escondidas, sufriendo de no tenerla junto a mi pecho, pero sin celos, ya que no he dejado de amarla y me siento feliz cuando oigo sus quejas por no estar en mis manos cuando otros esposos la acarician y abrazan amorosamente. Debo confesar con sinceridad que aún me duele no haber llegado cuando menos, a ser artista aceptable y no un médico como me deparó el destino. Así fue que quien más oportunidad tuvo de aprender y disfrutar del genial compositor paraguayo fue el que menos cosechó.»

«Mangoré, el Maestro que conocí»  es un libro indispensable para todos aquellos que quieran saber más de la guitarra y conocer además al Mangoré que vivió en El Salvador.

Dr. Roberto Bracamonte junto a la tumba de Mangoré, en el Cementerio de los Ilustres, en San Salvador.

DOS PALABRAS SOBRE ROBERTO BRACAMONTE.

El Dr. Bracamonte fue un destacado médico salvadoreño, que estudió su post grado en oftalmología en Brasil y Argentina; fungió como catedrático de la Universidad de El Salvador y como Director del Centro de Rehabilitación de Ciegos. Importante fue que desarrolló en 1982 un programa para la formación de oftalmólogos en el Hospital Rosales (en San Salvador). En 1940 conoció a Mangoré y se volvió su discípulo en la guitarra, teniendo además el privilegio, como ya se ha dicho antes, de vivir junto a él durante los últimos tres años de vida del famoso guitarrista.

Roberto Bracamonte estuvo casado con América Valencia, pianista que hizo estudios de interpretación y composición en Italia (y tía de mi esposa Érika) y a quien agradezco que me haya obsequiado, en una visita que le hicimos a su casa, el maravilloso libro que escribió su esposo.

El Dr. Roberto Bracamonte falleció en el año 2007.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografía de Mangoré con lentes, tomada por el Dr. Bracamonte, extraída de:http://www.elsalvador.com/mwedh/aspnet/imagen.aspx?idArt=4542840&idImag=10901037&res=0&idcat=6482&w=450&maxh=400
Fotografía de portada del álbum de John Williams extraída de:
http://www.google.com.sv/images?hl=es&q=williams%20plays%20barrios%20mangor%C3%A9&um=1&ie=UTF-8&source=og&sa=N&tab=wi&biw=1280&bih=699

Las otras imágenes han sido extraídas del libro del Dr. Bracamonte.

Video recomendado: Santo de la guitarra: la historia fantástica de Agustín Barrios mangoré.

LOS GIRASOLES CIEGOS, de Alberto Méndez.

Acabo de leer «Los girasoles ciegos» del escritor español Alberto Méndez (1941-2004), un libro que trata sobre  la post guerra civil española. No es una crónica ni un estudio histórico; sino cuatro relatos de ficción breves e independientes básicamente unos de otros, pero que se integran entre sí en el contexto de una guerra recién finalizada, con todo el peso que eso trae consigo contra los derrotados. Me parece, aunque son cuatro relatos autónomos, bien podría este libro ser una especie de novela, si tomamos en cuenta lo bien integradas y relacionadas que están estas cuatro historias.

Previamente había visto también la película homónima, dirigida por José Luis Cuerda y en la que se presenta básicamente, o con más énfasis, la última historia de las cuatro que hay en el libro. Pienso que la película es una belleza desde el punto de vista artístico, desde el director hasta el último extra.

Pero no diré nada más acerca de la película; me limitaré aquí a hablar solamente acerca de mis impresiones sobre el libro. Y lo primero que quiero decir es que desde el inicio quedé prendado de él, porque sentí que el lenguaje escrito por Méndez era como un gran brazo grande que me iba halando suavemente pero con firmeza a través de sus 155 páginas, en una especie de tobogán fluido que me hizo disfrutar mucho de cada frase, de cada diálogo y de cada ingenioso giro gramatical.

Yo diría que el principal personaje de este libro es el dolor. Y no sólo el dolor físico, sino -especialmente- el espiritual, el dolor emocional e intelectual y todos los sucedáneos que lo puedan rodear y glorificar, como la soledad, la humillación, la pérdida de la esperanza, el miedo a la muerte,  la pérdida de libertad en medio de una dictadura, etc.

Alberto Méndez

Las cuatro historias que Alberto Méndez relata son vehementes, pero sin caer en lo cursi y lo superficial, y están más bien enfocadas como si lo hiciera con una cámara al hombro y con acercamientos de primer plano. Están narradas de una manera tan magistral que el lenguaje aparenta una simpleza y una fluidez orgánica; pero en realidad el escritor nos presenta un derroche de destreza para manejar el lenguaje: la manera tan económica de presentarnos el panorama general, los colores, los paisajes, los olores, los íntimos pensamientos de los personajes y las tramas apretadas e intensas.

Cada relato tiene un título, así: «Primera derrota 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir», «Segunda derrota 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido», Tercera derrota 1941 o El idioma de los muertos» y «Cuarta derrota 1942 o Los girasoles ciegos».

Cada final de cada una de las cuatro partes del libro tienen la habilidad de hacernos mirar hasta lo más profundo de  la dicotomía del alma: la grandeza y la miseria humanas.

El destino de los derrotados en una guerra es sufrir la pérdida de todo, de su dignidad y de su libertad. (Creo que así debieron sentirse los indígenas mesoamericanos cuando los españoles los esclavizaron. La historia se repite una y otra vez, aunque la magnitud, las circunstancias ideológicas y políticas, la región geográfica y las lenguas sean diferentes.)

En el relato final hay tres voces narrando la historia: el cura lujurioso que se confiesa con un sacerdote, el adulto recordando el niño que fue y la tragedia de sus familia, y un narrador omnisciente. Poco a poco, y con un ritmo muy bien asentado, las tres voces se van uniendo como en un coro, alcanzando un clímax siniestro, que lo mantiene a uno con los ojos abiertos y siguiendo cada palabra con mucha atención hasta la última letra.

«Los girasoles ciegos» es de verdad uno de los mejores libros que he leído últimamente.

Texto:

Óscar Perdomo León

 

Imágenes extraídas de: http://www.google.com.sv/images?um=1&hl=es&biw=1280&bih=699&tbs=isch%3A1&sa=1&q=LOS+GIRASOLES+CIEGOS%2C+de+Alberto+M%C3%A9ndez.&btnG=Buscar&aq=f&aqi=&aql=&oq=

Imagen de Alberto Méndez: http://literarte.wikispaces.com/file/view/alberto.mendez.jpeg/108888627/alberto.mendez.jpeg

ESCRIBIR

Al principio de la humanidad, cuando lenguaje era muy primitivo,  la escritura no era tan compleja, porque que quizás la misma sociedad no se había desarrollado tanto como en nuestros días. Se ha encontrado escritura hecha hace más de 30,000 años, lo que demuestra que escribir siempre ha sido una necesidad para cierta parte de la sociedad. Probablemente entonces eran necesidades mágico-religiosas.

Escribir es una forma de comunicación simbólica, con signos a los que les hemos dado un significado arbitrario y al que estamos acostumbrados, y que ha venido pasando por tradición de generación en generación.

En mi caso particular, la necesidad de escribir se me presentó cuando estaba en sexto grado de primaria. No sé exactamente cuál fue el gatillo que disparó ese deseo, no lo recuerdo. Pero sí recuerdo que en los días calurosos me tiraba sobre el piso con un cuaderno y escribía y escribía. En esos días intenté con gran dificultad redactar pensamientos que se me ocurrían o breves sucesos de mi diario vivir, especialmente experiencias en la escuela, con mis profesores o mis compañeros.

Al final de ese año escolar -yo tenía 12 años de edad- me gané el primer lugar en el laboratorio de biología y química, y me obsequiaron algo muy bonito: «Corazón», un bello libro escrito por el italiano Edmondo de Amicis, publicado por primera vez en 1886. Lo leí con interés y me gustó mucho. Me enamoré del libro. Quise escribir – pero sin éxito- algo similar, tratando de copiar su estructura a manera de diario. Luego quise escribir una historia sobre la India, país del que no sabía prácticamente nada, pero que había llegado a mi corazón por las historias que se contaban de encantadores de serpientes. El cuento tenía algún invento, alguna imaginación; pero la sintaxis y la ortografía eran tan enredadas que cuando se las di a leer a un adulto, me aconsejó reescribirlo totalmente de principio a fin.

Luego me llegó la «etapa poética» y fue justamente después de leer a Alfredo Espino. Unos años después leí a un poeta que me impresionó mucho: Rafael Góchez Sosa. Su temática, su ritmo, su estructura en los versos, su voz -si se quiere decir de otra manera- era diametralmente diferente a Espino.

Le siguió Roque Dalton y Claudia Lars.    «El mar» de Dalton y los «Poemas del norte y el sur» de Lars, fueron como llamaradas que me marcaron el corazón. Mi amor por la literatura ya era para entonces irreversible.

Siguieron Salarrué y Arturo Ambrogi. Mágicos, capaces de hacerme volar por mundos inventados o, por el contrario, hacerme chocar de frente y con fuerza, contra tierras tan reales como nuestro universo rural salvadoreño.

Después vinieron las novelas. No muchas al principio. Me sentía más a gusto con los cuentos. Hasta que leí «Los cachorros» y «El coronel no tiene quien le escriba». No diré nada de «Cien años de soledad», porque es una novela maravillosa de la cual se ha escrito ya mucho.

Y de allí me he topado con variados libros de muchos escritores que me han deleitado. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar a un creador que tiene la capacidad  -no sé cómo- de hacerme sentir un inmenso placer con cada palabra que imprime en sus libros:  Jorge Luis Borges.

Por mi parte, desde 1986 hasta 2002 estuve escribiendo mi primera novela. Son muchos años, pero es que dejaba los papeles inconclusos por meses y meses, y luego regresaba para agregar un par de líneas.  En el 2003 la publiqué. No es una gran novela, estoy consciente de ello; pero ya sea que suene a música o ruido, o tenga el color que tenga, eso es lo de menos. Lo importante es que he escrito con sinceridad y es mi voz la que ha quedado ahí guardada.

Desde entonces he escrito otros libros, porque me ha nacido hacerlo.

No soy escritor; soy más bien un «escribidor» que ama leer y escribir. Y dejaré mi legado, no a la humanidad, que ya tiene suficientes grandes y bellos libros, sino a mis hijas y sus descendientes, para que, de aquí a unos cien años, sepan aunque sea un poquito sobre mí.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

Libros de Óscar Perdomo León:
http://issuu.com/search?q=%C3%B3scar%20perdomo%20le%C3%B3n

CUENTOS DE BARRO, de Salarrué.

Creo que fue en 1986 que algunos miembros del extinto grupo musical ZUNCA, buscando temas con cierto sentido nacional para inspirarnos y musicarlos, hicimos un resumen del cuento «El negro», de Salarrué, de su libro «Cuentos de barro», en una especie de poema en cuartetos, con endecasílabos imperfectos, tomando casi todas las frases textuales del susodicho cuento. Y luego le pusimos música. Recuerdo que esa canción la cantó Chepito Pineda.

Pero de lo que quiero hablar hoy es de los «Cuentos de barro», libro que vio la luz por primera vez en 1933 y que fue escrito por Salvador Salazar Arrué, mejor conocido como Salarrué (1899-1975), uno de los más bellos libros que he leído. Desde que entré por primera vez al breve prólogo escrito por el mismo autor y que él llamó «Tranquera» (así se llaman las puertas primitivas que se usan para entrar a los potreros o a las fincas) sentí que estaba entrando a una dicotomía difícil de definir: un mundo de magia, donde las cosas más simples y cercanas tomaban un brillo no visto por mis ojos hasta entonces, pero también sentí que estaba entrando a una realidad cruda y desgarrada, al mejor estilo de los campesinos salvadoreños.

Las historias presentadas en cada cuento de este libro son sencillas en su forma; pero increíblemente profundas. El acercamiento que hace Salarrué de cada personaje es recóndito, acentuado, es como si quien escribiera fuera hermano de cada personaje, a quien además quisiera mucho. Hay un amor inherente de parte del autor hacia cada uno de sus personajes, que la realidad lejana se me vuelve íntima al ir leyendo paso a paso, letra a letra, cada cuento.

Además, debo mencionar que la manera en que Salvador Salazar Arrué narrá, es muy peculiar, porque aunque su prosa es directa en muchos sentidos, podría decir también que está colmada de poesía, usando bellas metáforas y acertados símiles, que me transportan como a una pluma flotando en el aire, hasta los lugares donde Salarrué quiere llevarme.

Sus cuentos son sinceros y conmovedores. No hay sentimentalismo barato ni soluciones inverosímiles. Sus cuentos en verdad son acercamientos a la cotidianidad de los campesinos salvadoreños de principios del siglo XX: sus sufrimientos, sus deseos, sus alegrías, sus sueños más queridos, su ignorancia en educación formal evidente contrastada con su popular sabiduría ancestral, su peculiar manera de ver el mundo…  Todo lo recoge Salarrué en sus «Cuentos de barro», sin juzgar, sin inducir, sin opinar pero sin caer en la indiferencia. Su amor por los campesinos no le permite a Salarrué cerrar los ojos…

Los lectores de «Cuentos de barro» que no son salvadoreños -tengo que confesar- tendrán dificultades con algunas palabras, ya que Salarrué las escribió siguiendo la fonética de la pronunciación de sus personajes campesinos. Incluso, en alguna parte leí alguna vez que Claribel Alegría, junto a su esposo Darwin J. Flakoll, trataron en algún momento de traducir «Cuentos de barro» al inglés, pero desistieron, porque pensaron que algo esencial se perdía en la traducción.

Salarrué escribió otro libro de cuentos muy famoso también: «Cuentos de cipotes», en el que la manera de narrar es en la forma muy particular y especial en la que narran los cuentos los niños. Además Salarrué  incursionó en la novela y la poesía. Fue también pintor y músico.

Salarrué

Actualmente El Museo de la Imagen y la Palabra en El Salvador tiene una exposición itinerante de Salarrué, en donde se pueden observar sus objetos personales, algunas de sus cartas, algunas de sus pinturas, fotografías, etc.

En la Villa Monserrat, casa donde vivió parte de su vida y sus últimos días Salarrué, que está en los Planes de Renderos, se encuentra hoy La Casa del Escritor (actualmente dirigida por la poeta Silvia Elena Regalado), un lugar para que los amantes de las letras, especialmente los jóvenes, puedan aprender sobre literatura.

En el parque Cuscatlán de San Salvador está la Sala de Exposiciones Salarrué, en donde muchos artistas plásticos nacionales y extranjeros han mostrado sus pinturas.

Roque Dalton, en su libro «Las historias prohibidas del Pulgarcito», le escribió un poema muy emotivo a Salarrué , en donde, a través de una parodia respetuosa de «Cuentos de barro», le dice como será El Salvador que Roque soñaba.

El cuento «La honra» (de «Cuentos de barro») fue musicado con gran acierto por el cantautor nicaragüense Carlos Mejía Godoy, en los años ´80.

Y podría seguir; pero baste aquí hacer constar mi admiración hacia Salarrué y su gran producción literaria, especialmente para ese libro, «Cuentos de barro», que sólo los salvadoreños podemos sentirlo en el corazón al cien por ciento.

Texto:

Óscar Perdomo León

Imágenes extraídas de:
http://www.google.com.sv/images?rlz=1C1AVSX_enSV398SV408&q=cuentos%20de%20barro&um=1&ie=UTF-8&source=og&sa=N&hl=es&tab=wi&biw=1280&bih=699

Un poema de RODOLFO GÓCHEZ, para mi abuelo ÁNGEL PERDOMO. Y además, algo sobre la historia de un huéfano.

Este poema que viene a continuación lo escribió el poeta atiquizayense Rodolfo Góchez, quien, a sus 97 años, aún se encuentra activo escribiendo y además armando, poco a poco, un pequeño museo de literatura en un rincón cálido de su casa. Sueña que en un futuro los jóvenes de Atiquizaya puedan visitarlo y aprender algo sobre arte. Hace un par de días visité a don Rodolfo y me mostró un poema que escribió para mi abuelo, Ángel Perdomo, quien era su amigo.
La historia de mi abuelo, que fue huéfano de padre y madre desde niño, es muy dura; pero también es un ejemplo a seguir en muchos sentidos.  Les contaré un poco sobre su vida más adelante, después de mostrarles el poema del que les hablo.
Óscar Perdomo León

 

 ANTE SU FERETRO

No pude ver la decisión postrera

de tu encendida llama contra el viento,

ni el último recurso que tu aliento

puso al final de la glacial frontera.

 

No pude estar en la intrigante espera

que dio a tu corazón el desconcierto

para negarle el ostensible acierto

del convulsivo reto que te hiciera.

 

¡Ya estabas deshojado como un roble!

¡Sereno… en actitud imperturbable

como desciende el sol en el ocaso…!

 

Y ante la estupefacción de tu alhaja

un hastapronto yo atiné en voz baja,

con unción de responso… en tu regazo…

Poema escrito por

Rodolfo Góchez

LA HISTORIA DE UN HUÉRFANO

A principios del siglo XX nació mi abuelo Ángel Perdomo y a muy temprana edad quedó huérfano (él y otros hermanos) de padre y madre. Y siendo un niño de 6 ó 7 años, se marchó a pie de Atiquizaya,  su pequeño pueblo natal salvadoreño, hacia Guatemala, en una tarde de mucho viento y frío. Se fue siguiendo una caravana migratoria. Su historia podría parecer falsa, pero es tan verdadera como la luz del sol que nos alumbra.

Podrán imaginarse el desamparo, el hambre y la soledad que pudo haber sentido este pequeño niño, caminando entre extraños, siguiendo una ruta desconocida y desligándose de sus otros hermanos huérfanos.

Caminaron muchos días y descansaron bajo los árboles. Apenas sí comían. Al mediodía de uno de tantos días, llegaron a un pequeño pueblo chapín. Mi abuelo se sentó a descansar a la orilla de un zaguán y vio que adentro había una sastrería. Los trabajadores se afanaban encima de las telas y por momentos, sin dejar de trabajar, platicaban y bromeaban entre ellos. El pequeño niño se quedó mirando hacia adentro y, cansado por el largo viaje, ya no se movió de allí. Cuando eran como las seis de la tarde el dueño de la sastrería, que empezaba a cerrar las puertas, vio al pequeño sentado con la cara sucia e inocente y le dijo:

-Niño, andáte para tu casa, te van a regañar tus papás.

Y el niño, con la mirada totalmente sincera y con la voz firme le contestó:

-Yo no tengo casa ni papás.

-¿Y de dónde venís, pues?

-De Atiquizaya.

-Mirá, mujer -le dijo el viejo sastre a su esposa- este pobre patojo no tiene donde dormir. Dale un poco de comida.

Y el niño entró apresurado al oír la palabra comida, sin saber que se iba a quedar en esa casa durante varios años. Esa noche por fin durmió bajo techo. Esa noche por fin no tuvo pesadillas.

Al día siguiente, muy temprano, el pequeño niño, sin que nadie le hubiera dicho algo, se puso por su cuenta a barrer la basura que quedó en el taller de la sastrería y luego se fue a acarrear agua del pozo. Cuando el viejo sastre despertó y vio lo que el niño había hecho le dijo a su mujer, con una sonrisa de satisfacción:

-Mirá qué patojito más arrecho, ¡ya se ganó el desayuno!

Y así mi abuelo conquistó el cariño del viejo sastre, de quien poco a poco aprendió el oficio. Cuando cumplió 14 años de edad recibió de regalo unas tijeras, grandes y filosas. Pero cuatro días después el viejo sastre falleció y mi abuelo volvió a quedar huérfano, una vez más. Entonces decidió regresar a El Salvador.

Ángel regresó a su ciudad natal y pequeña con la habilidad de ser sastre y con un par de tijeras en sus manos. Era todo lo que tenía. Pero era un joven emprendedor, con la frente amplia y los ojos negros; su cabello rizado siempre estaba bien recortado. Tenía una estatura mediana. Traía una experiencia grande a su corta edad, ganada a fuerza de golpes y de prisa; parecía que su lema favorito era resistir. La tragedia de muerte, una tras otra, y la espinosa quemadura de la pobreza y la orfandad, le habían revelado, felizmente, que él era un muchacho valiente, un hombre valiente, un sobreviviente tenaz; por eso en su mirada había un filo de audacia y de firmeza; sus movimientos eran varoniles y seguros; y había en su corazón, trotando, un caballo de larga crin y de gigantesca estatura.

Así que Ángel empezó a hacer pantalones por encargo de uno de los almacenes de la ciudad. También comerciaba con guatemaltecos que llegaban cada mes, con sus ventas de colchas, frutas, etc. Acostumbrado desde niño al esfuerzo, y al esfuerzo intenso, no cedía nunca ante la holgazanería; por el contrario, siempre estaba dedicado a su trabajo u ocupado pensando en cómo hacer crecer su incipiente negocio. Fue entonces que, para esos días, le pidió prestado a su hermano Emigdio 50.oo colones, para invertir en telas y otros artículos. Buscando telas fue como conoció a la mujer que sería su verdadero amor. Ella era una joven santaneca que llegaba a Atiquizaya a vender telas con su madre. Era una muchacha de rostro bonito y con una expresión deliciosamente serena. Sus ojos oscuros contrastaban armónicamente con su piel clara. Su cabello, el cual le daba un no sé qué de altivez que no ofendía, era negro, liso y muy bien cuidado. Su nombre era Ana Domitila y ya tenía un hijo, como madre soltera. Era, al tratarla, alegre y muy comunicativa.

De tal manera, que el día que se conocieron no se hizo esperar. Desde el primer día que Ángel se acercó a ella para comprarle telas, hubo entre ellos un chispazo, un entendimiento silente, un saber que entre ellos inevitablemente algo pasaría.

Ángel vivía en un cuartito sin luz eléctrica. Y sin importar eso, con el tiempo, Ana Domitila lo siguió y se fue a vivir con él a ese lugar. Era un espacio pequeño pero lleno de amor.

Con los años, impactados de trabajo y sacrificio, Ángel llegó a tener su propio almacén, en donde se vendían telas, zapatos, sombreros y otros artículos de vestir y del hogar. Además llegó a tener varias casas y automóviles. Y de una niñez plagada de pobreza y orfandad, pasó a tener las comodidades que el dinero da y, por si fuera poco, una familia numerosa.

Pero la vida, que no es justa, le tenía reservados dos golpes de muerte más, que lo apalearon intensamente: la muerte de su esposa Ana Domitila, en 1962, de una enfermedad crónica y rapaz. Y la muerte temprana, súbita e inmerecida, en 1972, de su hijo mayor, Óscar Alfredo Perdomo Escobar, quien era mi padre.

Pero Ángel Perdomo, que nunca fue un cobarde, siguió adelante con su vida. No era un insensible. Casi 20 años después de muerto mi papá, yo platicaba con mi abuelo y él no pudo evitar derramar unas lágrimas frente a mí al recordar a su hijo muerto. ¡20 años y todavía lloraba a su hijo! Dicen que es el dolor emocional más grande que un ser humano puede sufrir: perder un hijo.

En 1994 un infarto llevó a mi abuelo a ser hospitalizado en Santa Ana. Mi mamá lo fue a visitar y me cuenta que cuando ella entró a la habitación del hospital, él la miró y se le humedecieron los ojos. Creo que ya sentía que era su final y al ver a mi mamá volvió a recordar a su hijo muerto, es decir, a mi padre.

Al día siguiente,  mi abuelo se reinfarto y falleció, pienso yo que satisfecho de su vida y con una larga descendencia corriendo hacia el futuro.

Tres de las muchas bisnietas de Ángel Perdomo
Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografías:

Érika Valencia-Perdomo

Óscar Perdomo León

BREVES PALABRAS IMPÚDICAS, de Horacio Castellanos Moya.

Qué bien se siente leer a alguien que reflexione sobre su arte con tanta sinceridad y transparencia. Y eso fue lo que hallé al leer «Breves palabras impúdicas», que  es un libro de Horacio Castellanos Moya recién publicado aquí en El Salvador (septiembre, 2010) bajo el patrocinio del Centro Cultural de España en El Salvador y bajo la dirección editorial de Miguel Huezo-Mixco, como parte de la Colección Revuelta, que es una serie de libros que incluirá sólo a escritores salvadoreños y que se publicará en parejas, es decir, dos libros cada vez, uno de un escritor ya consagrado y el otro de un escritor novel.

La noche de la presentación de Colección Revuelta, Vladimir Amaya leyó sus poemas. Miguel Huezo Mixco enfocó al público con la cámara para que Horacio Castellanos Moya, en el extranjero, pudiera verlo.

Y el martes 14 de diciembre de 2010 fue presentado oficialmente el libro «Breves palabras impúdicas» en San Salvador, junto al libro de poemas «Agua inhóspita» de Vladimir Amaya, un joven poeta emergente de 25 años de edad.

Horacio Castellanos Moya, desde el extranjero, gracias a la tecnología pudo estar presente en tiempo real y contestar las preguntas del público. Fue agradable oír a Horacio, su voz y sus palabras; pude percibir la densidad del conocimiento que él tiene de su oficio, no sólo en sus frases y opiniones, sino también a través de lo que había «entre líneas».

 «Breves palabras impúdicas» consta de un ensayo y cuatro conferencias que Castellanos Moya dio y escribió entre 2004 y 2008, escritos que ya habían sido publicados por separado y en diferentes momentos en México y en Madrid, así como también en algunos sitios virtuales; pero que aquí en nuestro país eran prácticamente desconocidos. Y lo mejor de todo -aunque no estoy de acuerdo con el asistencialismo, excepto en algunos casos como este- todos los libros de esta Colección Revuelta serán gratis, regalados a quien los quiera y distribuidos en bibliotecas y centros educativos. Su presentación me sorprendió, por su tamaño pequeño, tan manejable que cabe en un bolsillo, con una edición muy cuidadosa y una bella portada.

 

El público acudió masivamente al Centro Cultural de España en El Salvador a la inauguración de la Colección Revuelta.

«Breves palabras impúdicas» es una verdadera delicia de lectura. Desde el inicio del libro («La guerra: un largo paréntesis») hasta el final («Lo político en la novela latinoamericana»), Castellanos Moya nos introduce y conduce por lo vericuetos de su mente inclinada a la literatura, en medio de un conflicto político y armado que desencadenó en la guerra civil salvadoreña, su exilio obligado hacia México y otros países, sus recuerdos de niñez y de sus compañeros de letras, sus apreciaciones del ambiente social y político, la mención de algunos hechos históricos que lo marcaron como ser humano y sellaron, de una manera directa o indirecta,  una parte de su literatura, todo sazonado de una manera espléndida con sus razonamientos, sus reflexiones, análisis y puntos de vista de su propia naturaleza creativa y de la literatura en general, hacen de este libro un delicia; pero también es muy ilustrativo para entender al novelista Horacio Castellanos Moya y sus fuentes de «inspiración».  

En esta fotografía, en donde se observa a un joven hacer una pregunta a Castellanos Moya, se captó la imagen de mi esposa Érika (a la izquierda, de chal verde) y la mía (atrás, mano al mentón, pancita cervecera).

«Breves palabras impúdicas» tuvo también la colaboración de María Tenorio en la corrección de estilo, de Contracorrientes editores en el diseño y la diagramación, y la fotografía de portada es de Walterio Iraheta y es un libro que vale la pena ser leído.

Texto:

Óscar Perdomo León

Aquí se pueden descargar gratis los libros de la Colección Revuelta: https://sites.google.com/site/coleccionrevuelta/los-libros
Artículo relacionado: «La diáspora» de Horacio Castellanos Moya: https://oscarperdomoleon.wordpress.com/2010/05/20/la-diaspora-de-horacio-castellanos-moya/
Fotografía de la portada del libro tomada por Walterio Iraheta y extraída de: 
https://sites.google.com/site/coleccionrevuelta/los-libros
Fotografías tomadas por María Tenorio y extraídas de:
http://picasaweb.google.com/revueltacoleccion/LanzamientoDeColeccionRevuelta#slideshow/5551051077323989586

LAS HORAS, de Michael Cunningham.

Cuando compré y empecé a leer la novela «Las horas», lo hice porque ya había oído decir que la película del mismo nombre, salida a la luz en el 2002, le dio la oportunidad a la actriz australiana Nicole Kidman de ganar un Golden Globe y un Oscar. Aunque no he visto aún el film, sí siento curiosidad de hacerlo, porque la novela es verdaderamente muy buena y me gustaría ver cómo se abordó desde el punto de vista cinematográfico.

El autor de  «Las horas»  es el escritor  y profesor de escritura estadounidense Michael Cunningham, nacido en 1955 y ganador, precisamente con esta novela, de los premios Pulitzer y PEN/Faulkner, en 1999, y del premio Grizane Cavour en el 2000.

A mi parecer «Las horas», de 228 páginas, es un libro denso, en el sentido de la introspección que hace el autor de sus personajes. Cada personaje principal está rodeado de una época y un ambiente específico, y su estudio psicológico está muy bien logrado. La mirada del lector hacia el interior del pensamiento de los personajes, especialmente de los femeninos, está muy bien conducida por Cunninghan. Y hay además un transfondo homosexual (especialmente lésbico) en todo el libro, tocado   (aunque de manera abierta) sutilmente, y reflejado en las tres protagonistas principales. El tema del suicidio es también una constante: se piensa, se analiza, es una opción, se descarta, se ejecuta, se vuelve a analizar…

Toda la acción de la novela se da en el transcurso de un día y las tres mujeres principales de la obra viven en lugares y épocas diferentes; pero están interconectadas por la novela «Mrs. Dalloway», que Virginia Woolf publicara en 1925 . Las personajes principales de «Las horas» son: 1) la escritora inglesa Virginia Woolf, quien en 1923 se encuentra escribiendo precisamente su novela «Mrs. Dalloway». 2) Laura Brown quien, en 1945, es una ama de casa con una aparente felicidad en su matrimonio. Y 3) Clarissa Vaughan, una editora homosexual, independiente, decidida, liberada, que, a finales del siglo XX, cuida de un amigo poeta que está muriendo de SIDA.

Virginia Woolf

La novela inicia cuando Virginia Woolf sale en 1941 de su casa desesperadamente; su esposo, una hora después, encuentra una nota de ella para él que es una despedida y sale apresuradamente también de la casa en busca de ella. Virginia llega al río, se introduce una gran piedra en la bolsa del abrigo y se lanza para suicidarse. Pero el abordaje por parte de Cunningham de este hecho trágico es abordado de una manera muy interesante: no hay aflicción en el suicidio, todo parece un poco surrealista, o quizás más bien, todo parece una pintura impresionista en movimiento, es como si Virginia flotara en el aire en cámara lenta… El escritor consigue darle una belleza inusitada al ahogamiento.

Cunningham se aproxima al suicidio casi de una manera poética; no lo condena, no lo justifica, sólo lo narra y lo expone en qué contexto se realiza. Esto lo lleva a pensar a uno que todos tenemos derecho al suicidio, como lo dijo Jorge Luis Borges en el cuento «Utopía de un hombre que está cansado»: «Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte». Y algún filósofo dijo alguna vez que toda muerte es básicamente un suicidio, porque una vez la persona se rinde, permite que la muerte se apodere de ella. Por supuesto que todo esto es discutible. Y desde mi punto de vista muy personal, el suicidio no es una solución. Pero todos tenemos opiniones al respecto.

Volviendo a la novela, debemos reconocer seriamente que Virginia Woolf estaba afectada mentalmente. Y el suicidio para ella fue una salida; pero también una consecuencia de su propia enfermedad. Las voces que escuchaba, las cefaleas, su vida como una prisión, su sensación de fracaso y de no ser la talentosa escritora que sí era…

De la misma manera que fue una salida para Laura Brown huir un par de horas a un hotel, simplemente para no estar en su casa, para alejarse de su esposo, de su hijo, de su vecina lesbiana Kitty, de la torta que hizo para el cumpleaños de su esposo, para separarse por un momento de todo ese mundo que no la satisfacía…

Me gustó el final sorpresivo, la manera de interconectar las tres historias y la sobriedad del tono narrativo con que termina el último capítulo Cunningham. «Las horas» es una novela homenaje a Virginia Woolf y a su novela «La señora Dalloway», así como también es un homenaje y un acercamiento, liberado de prejuicios, al mundo gay, a su punto de vista y sus diversas maneras de vivirlo.

Texto:

Óscar Perdomo León

Cita textual extraída del cuento «Utopía de un hombre que está cansado», Borges, Jorge Luis,  «El Libro de Arena», Emecé Editores S.A., 1975, Buenos Aires, Argentina,  p.129
Fotografía de la portada del libro The hours extraída de 1001 libros:http://www.1001libros.com/las-horas-de-michael-cunningham/
Fotografía de Virginia Woolf extraída del blog Kalipedia: http://www.kalipedia.com/literatura-universal/tema/grandes-novelistas-ingleses-modernos.html?x=20070418klplylliu_182.Kes&ap=1

UN POEMA PARA MI PADRE, de Rodolfo Góchez.

Óscar Alfredo Perdomo Escobar (1939-1972) *

Mi padre, Óscar Alfredo Perdomo Escobar, falleció el 05 de diciembre de 1972 de un accidente cerebro vascular, a la prematura edad de 33 años. Cuando pienso que ha pasado tanto tiempo y que yo he sobrepasado la edad que él tenía al morir, no dejo de sentir algo raro e irracional dentro de mí.

Después que mi papá murió, un amigo de él, el poeta Rodolfo Góchez, escribió un poema en su memoria y muchos años después de haberlo escrito, en una de las visitas que hice a su casa, porque yo era compañero en la Escuela de Medicina de su hijo Ricardo, don Rodolfo me lo mostró. Creo que le dije que me gustaría tener una copia; pero por «dejado», como decimos en Atiquizaya, nunca conseguí la copia.

Los poetas Marina Salmán de Cáceres y Rodolfo Góchez

Esto se lo comenté un día a la también poeta Hilda Marina Salmán Góchez de Cáceres y ella me prometió tratar de conseguirme el poema. Y así lo hizo.

Marina Salmán de Cáceres se dirige a la audiencia en el homenaje al poeta Rodolfo Góchez. Al fondo, de izquierda a derecha, sentados, se alcanza a ver a Carlos Saz, Carlos Barraza, Rodolfo Góchez y Mari Barraza Lemus (esposa del poeta atiquizayense premiado).

Cabe aquí mencionar que el 30 de noviembre recién pasado se le otorgó en Atiquizaya, departamento de Ahuachapán, merecidamente el Premio al Mérito «Alfredo Betancourt» al poeta Rodolfo Góchez (premio creado este año gracias a la iniciativa de Carlos Barraza).

De izquierda a derecha: Carlos Saz, Marina Salmán de Cáceres, Chela Bahaia (madre de Carlos Barraza) y el poeta Rodolfo Góchez.

Y a la poeta Marina Salmán de Góchez también se le brindara un homenaje este próximo 01 de diciembre de este año, en la XX Feria Cultural de Atiquizaya.

¡Qué alegría que su propio pueblo, Atiquizaya, reconozca a estos dos valores, humanos y literarios! Un abrazo sincero para ambos y un agradecimiento eterno.

He aquí el soneto que don Rodolfo Góchez escribiera a mi papá, ya hace tantos años:

PARA EL AMIGO AUSENTE

(A la memoria de Oscar Perdomo Escobar)

 

Me cuentan que cruzaste los dinteles

silenciosos y sombríos de la nada,

que apagaste el fulgor de tu mirada

al sonoro tropel de tus corceles.

 

Sin embargo, te veo presuroso

sobre el veloz carruaje de tu anhelo,

con tu melena al viento,  junto al vuelo

de tu destino, en alas caprichoso.

 

¡Qué extraño me pareces en la ausencia!

Y qué pronta y absurda tu ponencia

en el fragor de tu alto meridiano.

 

Me resisto a pensar que todo es cierto,

mas, habré de buscarte en algún puerto

para darte, cordial, siempre esta mano.

Rodolfo Góchez

 

Texto en prosa:

Óscar Perdomo León

Fotografía marcada con asterisco tomada por fotógrafo desconocido en 1958.
Fotografías proporcionadas amablemente por Hilda Marina Salmán Góchez de Cáceres. 
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PANORAMA DE LA LITERATURA SALVADOREÑA, de Luis Gallegos Valdés.

La literatura es un mundo casi infinito, difícilmente abarcable en su totalidad, aún para aquellos lectores tan ávidos y voraces que se leen un par de libros gruesos cada semana. Y es que cada día salen publicados en todo el mudo, en diversos  idiomas, tantos libros que humanamente es imposible tener acceso a todos ellos. Pero los expertos en literatura celebran, y con razón, a ciertos escritores ya clásicos que deben ser necesariamente leídos. Y sin embargo, siempre va apareciendo por ahí uno que otro escritor talentoso que merece ser ojeado y disfrutado. Aunque si nos atenemos a lo que Borges dijo una vez acerca de que cada libro tiene su lector, pues todos los escritores, «buenos» o «malos», tienen oportunidad de ser leídos. 

Ahora bien el universo literario lo podemos hacer más pequeño, con fines de estudio y conocimiento, sin olvidarnos por supuesto de la literatura universal, si nos ubicamos en cierta área geográfica. Y esto es lo que ha hecho Luis Gallegos Valdés con su «Panorama de la literatura salvadoreña«.

Este libro es de gran utilidad para aquellos amantes de la literatura que, como yo, no han tenido estudios especializados en la materia, así como también para los estudiosos nacionales y extranjeros, que necesitan tener una perspectiva general de la literatura cuzcatleca.

Así que «Panorama de la literatura salvadoreña», del cual poseo un ejemplar publicado por UCA EDITORES  en 1981, abarca un estudio desde el período precolombino hasta el año de 1980.  Es cierto que a partir de 1980 han surgido en El Salvador algunos escritores muy buenos que no han sido incluidos aquí por razones obvias; pero también es cierto que las bases de nuestra literatura nacional están en estas aproximadamente 490 páginas.

Verán aparecer en ellas a dioses de las letras salvadoreñas, como Salarrué, David Escobar Galindo, Claribel Alegría, Roque Dalton y Claudia Lars, por mencionar algunos, así como también a otros mucho menos conocidos y que dieron también su aporte a la cultura nacional.

Su autor, el escritor, catedrático de literatura y diplomático, Luis Gallegos Valdés (1917-1990), obtuvo múltiples reconocimientos nacionales e internacionales por su trabajo literario. Investigador acucioso. Su prosa es deliciosa y educativa, sin digresiones inútiles y a veces con un acercamiento a lo humano en los escritores.

Recomiendo leer «Panorama de la literatura salvadoreña» por el placer que da leerlo y porque nos ayuda a ampliar nuestro marco de referencia con respecto a los literatos del «Pulgarcito de América».

Texto:

Óscar Perdomo León

Caricatura de Luis Gallegos Valdés hecha por Bollani y extraída del blog «Diván del escriba» de Andrés Cruchaga: http://divandelescriba.blogspot.com/2009/05/prplogo-destellos-del-tacto-luis.html
Portada de «Panorama de la literatura salvadoreña» extraída de Librería Legado: http://www.editlegado.com/valdes-luis-gallegos-panorama-literatura-salvadorena-periodo-precolombino-1930-p-246.html
NOTA. Otro de los libros de Luis Gallegos Valdés que me gusta mucho es «Caricaturas verbales«, en donde el autor se explaya muy bien dando a conocer la vida de nuestro gran caricaturista de fama internacional Toño Salazar.

EL LENGUAJE DE LA PASIÓN, de Mario Vargas Llosa.

Ahora que Mario Vargas Llosa ha sido el ganador del Premio Nobel de literatura de este año, se me antoja decir un par de palabras sobre su libro «El lenguaje de la pasión», el cual he leído en dos ocasiones porque los temas que trata son del todo muy interesantes y variados.

El libro está formado por una selección de artículos aparecidos en su reconocida columna «Piedra de Toque», publicados entre los años 1992 y 2000, en  donde Vargas Llosa vierte su opinión sobre  el aborto, cuestiones políticas, arte, etc.  Escritos con un lenguaje directo pero no por eso ausente de gran belleza, su lectura causa un inmenso deleite, aun cuando en algún punto de algún tema uno no esté de acuerdo con Vargas Llosa.

Por uno de estos textos, «Nuevas inquisiciones», Vargas Llosa recibió en España el Premio de Periodismo José Ortega y Gasset en 1998. «Nuevas inquisiciones» trata sobre el dirigente laborista Ron Davies, quien era ministro encargado de Asuntos de Gales en el gabinete de Tony Blair y candidato de su partido a presidir la primera Asamblea galesa. Davis renunció súbitamente después de ser víctima de un robo a mano armada, en donde perdió su carro, su teléfono portátil, su credencial de congresista, su cartera y sus documentos de identidad. ¿Tenía Ron Davis algo de culpa en esto u ocultaba algo? Bueno, pronto se supo, a través del periódico británico News of the world (4 millones de ejemplares de tirada) que Davis había subido voluntariamente al ladrón a su vehículo en Claphan Common, un reconocido parque de levante de homosexuales.

Vargas Llosa analiza el punto de privacidad del ciudadano común y del ciudadano público de hoy, el papel de los tabloides amarillistas y nos explica que «la raíz del fenómeno está en la banalización lúdica de la cultura imperante, en la que el valor supremo es divertirse, entretenerse, por encima de toda otra forma de conocimiento o quehacer.» Y concluye, Vargas Llosa: «La prensa sensacionalista no corrompe a nadie; nace corrompida, vástago de una cultura que, en vez de rechazar las groseras intromisiones en la vida privada de las gentes, las reclama, porque ese pasatiempo, olfaterear la mugre ajena, hace más llevadera la jornada del puntual empleado, del aburrido profesional y la cansada ama de casa. El ex ministro Ron Davis no fue víctima de la maledicencia reporteril, sino de la frivolidad, reina y señora de la civilización posmoderna.»

Vargas Llosa habla de otros temas muy interesantes, como la eutanasia, en «Una muerte tan dulce»; sobre lo que representa para Brasil y el mundo el Carnaval de Río, en «La erección permanente»; sobre «el más respetable político vivo de nuestro tiempo», en «La isla de Mandela»; sobre el racismo y la xenofobia en España, en «Los pies de Fataumata»; o en el vibrante artículo «Resistir pintando», en el que habla sobre Frida Kahlo; para mencionar sólo algunos de los temas que figuran en «El lenguaje de la pasión», un libro definitivamente muy recomendable para ser leído.

De Vargas Llosa se dice que es un liberal en cuanto a temas como el aborto, los derechos de la mujer, el matrimonio entre homosexuales y la eutanasia; pero que es un conservador en temas económicos, como en la tan proclamada sabiduría del mercado para autorregularse, sin la necesidad de la regulación estatal.   Sin embargo, Vargas Llosa tiene derecho, como cualquier otro ciudadano, a creer en lo que quiera. Yo tengo la impresión que él siempre ha defendido la libertad de elección y la libretad de expresión, cosas con las que estoy de acuerdo con él. Pero su derecho a creer en lo que cree es harina de otro costal. Yo espero que el Premio Nobel de Literatura se le haya concedido a Mario Vargas Llosa no por sus ideas que influencian a tanta gente en el mundo, sino especial y principalmente por su  vasta obra literaria, de innegable calidad. Espero que el Nobel de Literatura 2010 lo haya ganado por el gran novelista que es.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografía de Mario Vargas Llosa extraída de:
http://ovario.files.wordpress.com/2009/09/mario_vargas_llosa1.jpg
Fotografía de la portada de «El lenguaje de la pasión» extraída de: http://www.libros.universia.es/libro-COMENTARIOS-REALES-INCA-GARCILASO-DE-LA-VEGA/9788470398551/portadas/9788466369169_04_n.jpg

 

EROTISMO Y SEXO

El erotismo, sin que sea confundido con pornografía, es una fuerza que toca con intensidad una fibra interna  en los hombres y en las mujeres. Y en el caso de algunos dibujos tan artísticos, sensuales, de unos ojos masculinos que miran a la mujer, como los del peruano Alberto Vargas, el erotismo roza con algo que podríamos llamar poesía visual.

Pero no sólo sobre un papel o sobre el lienzo de un pintor podemos hallar arte. Algunas mujeres son tan bellas en persona que nos hacen admirarlas y fantasear sobre ellas. Pero no es tanto el «físico perfecto», al que nos tienen condicionados los medios de comunicación masivos mundiales, que es como un alud en donde tales o cuales medidas son «las correctas» o esta o aquella raza es «la mejor». Es más bien la actitud provocativa, la seguridad al caminar o al hablar, es la mirada impetuosa que puede quemar a los hombres más fríos, la breve, pero muy breve pose de sincera altanería para pasar inmediatamente a una sonrisa sensual…

…es el aroma, el movimiento de una mano al tocarse el cabello, la entonación de la voz y la risa…

La sonrisa es un punto crucial en cualquier relación; pero en especial la sonrisa espontánea puede ser una arma erótica muy eficaz.

Las manos y los pies bien cuidados, las uñas ligeramente largas en las manos, bien recortadas en los pies, son como brillantes y perlas eróticas en las mujeres bellas.

El erotismo es el puente sinuoso y divertido que conduce al sexo. Y una vez que lo cruzás, podés alcanzar la parte más deliciosa del sexo, que es cuando te entregás con ganas a tu pareja. Y esa sensación de delicia se incrementa cuando estás enamorado de tu mujer. Entonces es cuando soltás las inhibiciones, como quien deja escapar un ramo de globos, y te sumergís en la búsqueda de la satisfacción de tu novia o de tu esposa, y de vos mismo además, tratando de despertar y atrapar la empatía, la intuición, la ternura…

…para que poco a poco crezca y crezca hasta que se eleve a un estado en donde dos se convierten en uno, física y espiritualmente. Es algo tan intenso y gratificante que la delgada línea entre el amor dulce y la lujuria salvaje parece desvanecerse, todo se mezcla, todo se esparce, y todo se vuelve a mezclar, las emociones y las secreciones, las miradas y los quejidos…

El placer de poseer. El amor fluyendo en mil direcciones…

Texto:

Óscar Perdomo León

 Dibujos hechos por Alberto Vargas, extraídos de: http://www.terra.com.pe/php/galeria/hechoenterra/galeria.php?ad=true&slideshow=0&galeria=75383&foto=21&volver=
http://www.terra.com.pe/php/galeria/hechoenterra/galeria.php?ad=true&galeria=75383&slideshow=0&foto=16&volver=
http://www.terra.com.pe/php/galeria/hechoenterra/galeria.php?galeria=75383&foto=10

EL ZAHIR andaba tras mis pasos

La primera vez que oí hablar del Zahir fue en un cuento de Jorge Luis Borges, precisamente con ese mismo nombre. El cuento de Borges es una cosa absorbente, como casi todo lo escrito por él, y habla de una moneda de la cual el personaje no puede dejar de pensar. Es como una gran obsesión destructiva. “Zahir, en árabe, quiere decir notorio, visible; en tal sentido, es uno de los noventa y nueve nombres de Dios; la plebe, en tierras musulmanas, lo dice de « los seres o casa que tienen la terrible virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente» .” (1)

Pues bien, mi esposa Érika me regaló el libro “El Zahir”, de Paulo Coello, que es una novela de más o menos 350 páginas sobre un escritor famoso que sale en busca de su esposa desaparecida; en el transcurso de su búsqueda el personaje principal se encuentra con varias situaciones y experiencias que lo obligan a meditar sobre su propia vida y sus relaciones con sus semejantes.
 
Debo confesar que al principio me mostré renuente a leer a Coello; en realidad no me atraían sus libros y era por una razón absurda: un prejuicio que tengo para sospechar de todo escritor que tenga demasiada publicidad. Quizás por el medio cultural en donde nos hemos desarrollado los salvadoreños, un poco provinciano, si nos comparamos con la cultura de otros países. Tal vez, como dijo alguna vez el escritor Álvaro Menen Desleal, los salvadoreños necesitamos viajar más y leer más. (Pero como todo prejuicio es una conducta negativa y cerrada, con seguridad tarde o temprano el sol saldrá por la mañana).
 
 
 

Y esto, lo del prejuicio, es aún más viejo. Recuerdo que hace como cinco años yo producía y conducía un programa de radio en el que ponía música y leía poemas, y a veces invitaba a algún amigo o personaje sobresaliente de la sociedad para entrevistarlo en vivo. En una ocasión invité a Azucena, una amiga enfermera a quien le gustaba mucho leer y ese día entre los dos hicimos una charla amena que en algún momento nos llevó a Coello y yo le dije que nunca lo había leído, pero que, a sugerencia de ella lo haría… La verdad no lo hice, hasta hoy.

 

Hace unos meses, que salimos a comer con mi esposa Érika una carnita con ensalada y una cerveza, me quedé mirando el estante de libros del restaurante, mientras esperábamos a que nos sirvieran, y me llamó la atención -sin saber porqué- un libro de pasta amarilla. Me levanté a mirarlo y me di cuenta que era “El zahir” de Coello. Le eché un vistazo. Mi esposa, que se ha leído como cinco libros de él, me dijo que leyera aunque sea un par de líneas. Cuando nos sirvieron la carne ya iba por la página 48 y tuve que regresarlo al estante. Pero me quedé con la curiosidad.

Pero bien, como decía al principio, mi esposa se apareció un día de estos con el libro “El Zahir” y entonces pude terminar de leerlo.

El lenguaje de Coello es sencillo y directo, pero logra mantener la tensión necesaria para que uno continúe leyendo la novela. En el transcurso de sus páginas encontramos, como en todo buen libro, alguna enseñanza aunque sea pequeña sobre la vida y nuestra relación con la sociedad.

Es un libro interesante. Su lenguaje no tiene los vuelos de “Cien años de soledad” de García Márquez, de “El Zahir” de Jorge Luis Borges u otros clásicos de la literatura latinoamericana; pero es un libro bien escrito y coherente, con su propio estilo y su propia voz, que es lo más importante. Este día me gustaría recomendar “El Zahir” de Paulo Coello.

 

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León
 
 

(1) Borges, Jorge Luis, “El Aleph”, Obras Maestras del siglo XX, Editorial Seix Barral, S.A., © Emecé Editores, S.A., Buenos Aires, 1983, edición española, p. 94.

 

 

HONOR Y FIEBRES

-¿Y vos que a ser cuando seás grande?

-Méquico.

Las risas explotaron a mi alrededor. Las sonrisas y los rostros me miraban desde arriba.

-¿Médico?

-Sí, méquico-

***

Aunque vivo en un país pobre de Latinoamérica  –El Salvador-  tuve la suerte de cumplir mi sueño, el que tuve desde que era un pequeño niño que apenas podía pronunciar las palabras. Desde que tengo memoria siempre supe que sería médico.

En el camino hacia mi destino tropecé y caí varias veces. Creo que la vida no tendría ninguna gracia si no se nos presentaran dificultades que resolver. A veces en la búsqueda de esas soluciones el universo conspira para que veamos o caminemos otros senderos diferentes al trazado, antes de que retomemos el rumbo. Esas cosas me pasaron a mí y estoy seguro que no sería quien soy si no hubiese tenido ese enriquecimiento.

Toda experiencia que he vivido me ha hecho más rico cada día, no en dinero, pero sí en espiritualidad y conocimiento. Con los años he aprendido a amar la vida y toda la diversidad que se manifiesta palpitante en este planeta y más allá, la variedad de rostros humanos y animales, de hojas y de frutas, de suelos y de lluvias…

Cuando estaba en cuarto grado de la escuela primaria tenía 10 años de edad. A mediados de ese año escolar y justo después de enfrentarme a unos exámenes de Estudios Sociales e Idioma Nacional, inicié con fuertes fiebres que me tumbaron en la cama y me sumergieron en delirios fantásticos y absurdos, en sueños y pesadillas que se mezclaban entre mi consciencia y mi subconsciente; todas las imágenes y sonidos que veía y escuchaba dentro de mi cabeza se conjugaban y deformaban para llenarme de terror, y es una cosa verdaderamente fascinante entender que las pesadillas infantiles están repletas de una imaginación ilimitada.

No sólo la cabeza me funcionaba erróneamente, sino también la piel, en la cual brotaban unas ampollas pequeñas y pruriginosas llamadas vesículas, llenas de un líquido claro que se rompían al menor contacto. Me salieron también pápulas y costras.

En mi aciago estado de salud, varias noches y varios días me parecieron infinitos.

Cuando recuperé por un momento la razón y volví a este mundo «real», empecé a sentirme mejor, y recuerdo que un tío-abuelo que había llegado a visitarnos se ofreció para hacerme una cura mágica y vegetal que había aprendido más allá de unas montañas de Guatemala.

Mi tío-abuelo, cuyo nombre era Nemesio, era un trotamundos de a pie, que odiaba los automotores y que pensaba, además, que andar a caballo debilitaba el espíritu del viajero. Así que había recorrido toda Centroamérica y México caminando, comiendo en un lado, durmiendo en otro, trabajando de esto y de aquello…

Mi mamá, en su aflicción por mis fiebres, vio su llegada como un acontecimiento de la fortuna divina, mi tío-abuelo fue para ella un ángel enviado para salvarme.

La cura era muy simple y sólo requería que él dijera en voz alta unas oraciones a su Dios, masticara una cabeza de ajo, hiciera una especie de tubo con papel periódico y soplara a través de él todo su aliento sobre mi humanidad, incluyendo mi rostro y fosas nasales…

Yo pensé en ese momento que con ese olor cualquier enfermedad terminaría muerta y de verdad creí que, después de ese rito mágico-religioso, me había curado.

A continuación de eso mi tío Nemesio almorzó con nosotros y nos contó muchas historias. Luego se marchó por mucho, mucho tiempo.

Mi enfermedad era muy común y se llamaba varicela, y debo decir que mi mamá, que es una mujer de mucha fe, todavía continúa agradecida con mi tío-abuelo por haberme curado. Recuerdo que, mucho tiempo después, cuando yo era estudiante de Medicina, recordaba de vez en cuando ese evento patológico de mi niñez y también me sentía agradecido con mi tío Nemesio por su –aunque inútil- buena intención. Muchas infecciones virales tienen una vida auto-limitada, siempre y cuando no se sobre-infecten con bacterias.  Y mi varicela ya iba de salida para cuando llegó mi enigmático tío-abuelo.

Lo que yo no entendía para entonces, en esos días de joven estudiante de Medicina, es que la fe es una parte muy importante para la curación y recuperación de los pacientes, entendiéndose la fe en este caso como la creencia positiva de que los medicamentos de verdad nos harán bien.

Para un médico o un estudiante de Medicina hay una delgada línea entre sentirse seguro del conocimiento y los excesos de petulancia. Pero ya me metí a hablar de Medicina y de arrogancia y ese no es el punto al que quiero llegar (por el momento).

Un día después de la cura sobrenatural de mi tío-abuelo me sentí mucho mejor y pude sentarme en la ventana de mi casa que daba a la calle, para mirar a la gente pasar.

Estando sentado en la ventana, casi al mediodía, un compañero de la escuela al que conocíamos como Vanegas, me reconoció y se quedó platicando un rato conmigo. Le conté lo de mis fiebres y él me contó que mi nombre estaba en la pizarra que colgaban los profesores en un pasillo de la escuela con las mejores notas de cada mes: mi nombre estaba en el primer lugar del cuadro de honor.

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León