ADIÓS, DANIEL RABINOVICH

Daniel Rabinovich

La primera vez que escuché a los argentinos Les Luthiers fue en un cassette a principios de los años ´80 del siglo pasado. Me asombraron, me hicieron reír, me cautivaron. Hasta muchos años después pude verlos actuar. Y verlos y escucharlos es el doble de placer.

La comedia de Les Luthiers está fuertemente ligada a la música, y la verdad, todos ellos, son músicos de gran calidad.

El 21 de agosto recién pasado falleció uno de sus integrantes, el músico, escritor, humorista y actor Daniel Rabonovich (18 de noviembre de 1943 – 21 de agosto de 2015).

Siendo miembro de Les Luthiers, con su humor fino y relajado, hizo reír a tantas personas e interpretó algunos de los personajes que tocaron profundamente el corazón de muchos, como “Daniel El Seductor”, “Manuel Darío”, el Doctor que hablaba de “Esther Píscore” y, mi favorito, “Encuentro en el restaurante”.

Además, Rabinovich escribió un libro de cuentos, el cual llevaba un prólogo escrito por Joan Manuel Serrat: Cuentos en serio.

Esta semana este blog dedica este espacio para hacer un pequeño homenaje a este artista talentoso e inolvidable.

Óscar Perdomo León

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ENCUENTRO EN EL RESTAURANTE. Les Luthiers.

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EL SENDERO DE WARREN SÁNCHEZ. Les Luthiers.

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ESTHER PÍSCORE. Les Luthiers.

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LA COMISIÓN (Himnovaciones). Les Luthiers.

Este está dividido en 5 partes.

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MANUEL DARÍO. Les Luthiers.

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SOLILOQUIO ENVENENADO

1

Al otro lado de esos frondosos árboles un hombre con sombrero y botas fuma con placer un cigarrillo. Y yo que no concibo un cigarrillo más que como un compañero solitario en una noche de música desgarrada. Desde hace unas semanas estoy fumando como una chimenea y hoy sólo me queda un cigarrillo. Así que me aguanto. No hay una tienda cerca donde comprar. Lo voy a guardar para la noche. Pero se puede olfatear desde aquí el humo gris y casi puedo palpar la ceniza recién nacida. Me siento embrujado por el humo o quizás por el recuerdo de Evelyn… Creo que voy a encender mi último cigarrillo. Aspirar el humo y expirarlo es un placer lento. En cambio la evocación es el medio de transporte sin duda más rápido y efectivo. Puedo recobrar, con precisión casi matemática, a Evelyn y a cada una de sus palabras.

En ese ayer Evelyn y yo concertamos una cita, inspirados por el compartir de una música que a los dos nos gustaba, embebidos en un plan de común acuerdo, decididos por fin: «Acepto huir e irme a vivir con vos, Jorge»; ella y yo, jóvenes de corazón, llenos de una atracción espontánea y oculta, esperanzados en un futuro compartido por ambos, un futuro que cambiaría nuestras vidas para siempre.

Desde el primer día que nos conocimos, dos años atrás, nos sentimos arrebatados por una lujuria no declarada, una salvaje inclinación que las normas sociales trataban de serenar, una atracción que ella intentaba esconder pero que sabía que yo la intuía, así como también yo sabía que ella descubría poco a poco que yo sentía lo mismo. Cuando la encontré por primera vez la percibí cercana y conocida, con la sensación de saberle secretos y rutinas, con la firme seguridad del instinto. Su rostro me era tan familiar; me recordaba el rostro de la novia de un hermano mayor, cuando yo era apenas un niño; me recordaba los rostros alegres y bellos de las modelos de mediados de los años sesenta, con el maquillaje típico de la época, esas pestañas gruesas y con el cuerpo de esas actrices de las películas del actor mexicano Mauricio Garcés; su cara me recordaba también la inocencia y la tradición, y -al mismo tiempo- el deseo de libertad, fumar marihuana y tener sexo libre.

El primer día que la vi, su mirada, sus labios, su rostro en general, provocaron un chispazo musical en mi memoria, tres canciones sonaron claramente en mi cabeza, una tras otra: «Little wing » de Jimi Hendrix, «The sounds of silence» de Simon y Garfunkel y «Somos novios» de Armando Manzanero. Evelyn tenía un rostro magnético y peculiar. Así que cuando fuimos presentados, estreché su mano con naturalidad, como si fuera la primera vez que la veía, aun cuando en numerosas ocasiones ya la había visto de lejos; así que al estrechar su mano me encontré sintiendo inexplicables vibraciones en todos mis huesos, como una especie de presentimiento, que oculté como pude. Sus ojos me miraron con extrañeza, como quien está a punto de preguntar algo y se queda a medio camino, indeciso… A medida que la fui conociendo, me sentí fuertemente empujado hacia ella. (Soy un imprudente fanático de las mujeres de belleza extraña.) Evelyn no sólo era una mujer bonita. Su piel era trigueña, de ojos negros y cabello negro, brillante y ondulado, camino en medio. Poseía una mirada preciosa, era una mirada tan insinuante e inocente al mismo tiempo; parecía tener siempre una sonrisa en la noche de sus ojos. Su nariz era de tamaño perfecto para su contorno facial; sus facciones rememoraban de alguna manera a una princesa maya. Tenía también la sonrisa a flor de piel y la voz dulce. Tenía 29 años.

Veo este cementerio tan verde en esta época del año y, al mismo tiempo, la vea a ella claramente adentro de mi cabeza, sonriendo y mirando con sus ojos delatores, tan maliciosos… Casi le habló y ella casi me contesta, intento tocarla y ella empieza a tocarme la mano y la espalda y ahora yo le estoy tocando la mano y nos abrazamos y casi puedo acariciar sus pies tan perfectos y le digo que la quiero y ella me habla al oído las perversidades amorosas más deseables… Nos encontramos en un beso y luego nos miramos tan de cerca que aspiro su respiración… («…los primeros meses quería decirte te quiero pero temía hacerlo…»)

Su voz suena, mi mente sueña, sus ojos ríen y yo sonrío…

Escrito por

Óscar Perdomo León 

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HÉROES BAJO SOSPECHA

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Una de las cosas que más me gustan de los libros es su presentación; no me detendré en los numerosos detalles que pudiera tener la presentación de un libro, sino en uno que es especial y me enamora: el tipo de papel en donde se imprime. En lo personal me gusta el papel creme porque da mucha facilidad para leer (porque refleja muy poco la luz) y es totalmente flexible, lo que proporciona una mayor comodidad para la manipulación del libro. Pues bien, de este papel está hecho el libro que quiero comentar este día, no como crítico literario –que no lo soy- sino como simple lector.

Héroes bajo sospecha, Geovani Galeas IMG_6898 (1)

La editorial Athena (serie Prometeo) publicó en el año 2013 “Héroes bajo sospecha”, una crónica periodística escrita por Geovani Galeas. La ubicación geográfica: El Salvador. Toda la trama se desarrolla prácticamente desde los inicios de la década de los ´70 del siglo pasado hasta el año 1977, es decir, ya casi en los albores de la guerra civil salvadoreña.

Inicia el libro con el secuestro del millonario Ernesto Regalado Dueñas, ocurrido en 1971. Eran tiempos en los que en la sociedad salvadoreña fermentaban fácilmente los grupos de extrema derecha y extrema izquierda. Tiempos violentos. Tiempos políticamente muy convulsos.

Hay dos nombres al inicio del libro que son, diríamos, como los hilos temáticos: el primero es el del general José Alberto Medrano (creador de la Agencia Nacional de Seguridad Salvadoreña –ANSESAL- y la Organización Democrática Nacionalista –ORDEN-); el segundo nombre es el de Alejandro Rivas Mira (fundador del Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP). Los dos eran estrategas y representantes ideológicos de la derecha y la izquierda de aquellos años, respectivamente.

Al avanzar en la lectura aparecen otros dos nombres muy importantes, como actores y símbolos de esos años: Roberto d´Aubuisson y Joaquín Villalobos. Cada uno de ellos, cada uno por su lado, fue heredero de la ideología del chele Medrano y de Rivas Mira, respectivamente.

Hay un trabajo de investigación por parte del autor que se apoya en documentos escritos por los dirigentes de la izquierda de en aquella época, así como en la lectura de libros más recientes del género testimonio escritos por los protagonistas de aquella lucha guerrillera; además el autor realizó entrevistas a algunas de las personas que vivieron de primera mano los acontecimientos cruciales o que estuvieron cercanas a ellos.

EL CASO DALTON

En especial, hay que decir que en este libro encontramos información con muchos detalles que pueden hacer entender mejor –aunque no justificar- el porqué el poeta Roque Dalton y su compañero Armando Arteaga (Pancho) fueron asesinados por sus mismos compañeros de lucha. ¿Cómo era el contexto ideológico, político y emocional en el ERP en 1975? ¿Quiénes fueron los responsables de la muerte del poeta y quienes lo defendieron? Muchos de los datos que se aportan en este libro ya eran conocidos por el público, no así, creo yo, algunos de los detalles que rodearon su muerte ni el ambiente emocional de los protagonistas de esta historia. Se saca además la conclusión que la muerte de Dalton y de Pancho fueron del todo injustas. Hay algo que expresa Geovani Galeas en lo cual podría tener la razón, pero que no estoy del todo de acuerdo.  Escribe Galeas (me parece que, por el contexto en que lo dice, se refiere con especial énfasis a quiénes pudieron ser los autores materiales de los asesinatos): “Personalmente, no creo que a estas alturas sea posible conocer toda la verdad sobre el caso Dalton, sobre todo por las insalvables limitaciones que presenta el contexto de clandestinidad y conspiratividad en que ocurrieron los hechos.” En este punto estoy en desacuerdo con Galeas, porque todavía hay alguien que sabe con certeza quién o quiénes fueron los autores materiales de los asesinatos: Joaquín Villalobos está vivo y sabe esos pormenores; Villalobos fue uno de los tres que votaron a favor de la pena de muerte en contra de Dalton y Arteaga. ¿Hablará de todo esto algún día Villalobos? ¿Escribirá en un futuro su propio testimonio sobre lo ocurrido aquel fatídico 10 de mayo de 1975?

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El Salvador de la década de los ´70 estaba gobernado por las dictaduras militares. Y aún en medio de la represión política, se puede leer en “Héroes bajo sospecha”, cómo las diferentes organizaciones de izquierda (que a finales de los ´80 se unirían para formar el FMLN) trabajaban de manera separada e inclusive, en muchas ocasiones, mirándose las unas a las otras como enemigos.

Todos los sucesos de injusticia social y falta de libertad de expresión ocurridos en la primera mitad del siglo XX y acumulados en la década de los ´70, fueron el excelente caldo de cultivo para una agudización del malestar social, que desembocó en la formación de grupos armados de izquierda y al final en una guerra civil que duró casi 12 años.

Héroes bajo sospecha, de Geovani Galeas

Muy recomendable la lectura de “Héroes bajo sospecha” para entender una parte de la historia de El Salvador.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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EL ESCRITOR

Paisaje nublado con caballo 2

1

En la entrada de la casa del casco de la hacienda, Catalina Salazar, bella y atrayente, de 19 años de edad, miraba el paisaje, maravillada por las variadas tonalidades de verde y azul con que se pavoneaban las montañas, según la distancia y la luz que las cobijara.

-Aquí está el caballo, niña –le dijo el viejo mandador de la hacienda.

-Gracias, Eustaquio.

-Le traje a Colorín porque es el más tranquilo y es el que más le gusta a usted, ¿verdad?

-Sí, este animal es mi favorito -mientras lo acariciaba.

Y casi terminando de decir la frase, Catalina montó al equino y se fue trotando hacia el horizonte, como en final de película.

-No se vaya muy lejos, niña, que con todo lo que ha pasado con ésto de los comunistas, está bien peligroso.

Catalina ya no lo alcanzó a escuchar. Su mente se perdía entre el viento fresco de una mañana de mayo de 1932. Su destino era Santa Ana. Tenía ganas de cabalgar un rato por la ciudad.

Cuando llegó por fin, trotó por sus calles abiertas. El clima era fresco y Catalina se sentía de muy buen ánimo. De pronto, en una esquina, un hombre que caminaba distraído se interpuso en su camino. Ella logró detener su corcel, pero éste se asustó y se paró en dos patas; Catalina perdió el equilibrio y resbaló hasta caer al suelo empedrado. El hombre, al percatarse de lo sucedido, corrió inmediatamente para auxiliarla. Al acercarse, notó que ella estaba inconsciente. Se acurrucó junto a ella y puso la mano izquierda bajo su cabeza, como a manera de almohada. El hombre pudo ver entonces la belleza de la juventud que rebosaba en el rostro de ella.

A los dos o tres segundos, Catalina abrió los ojos. Primero vio nublado, pero después la vista se le aclaró y miró frente a ella a un hombre que le pareció muy alto, de piel blanca y ojos con un tono entre verde y azul. Él la miraba con unos ojos intensos, escrutadores pero serenos. Parecía uno de esos gringos que de vez en cuando caminan como turistas por nuestras calles. A Catalina le dolía un poco la cabeza.

-Lamento mucho lo que pasó, señorita. Fue mi culpa.

-¿Quién es usted? –le preguntó Catalina, con la voz en un susurro.

-Mi nombre es Salvador Salazar Arrué.

2

Pintura hecha por Craig Pursley

(Año 1992.)

-Yo no sabía entonces que ese joven tan apuesto, al que casi atropello, era el que sería más tarde uno de nuestros más grandes escritores –dijo doña Catalina.

-¡Ay, señora, qué romántico! –dijo exaltada Amelia-.

-Él era un hombre muy educado y su conversación era muy agradable –continuó doña Catalina-. Te hablaba de cosas cotidianas y de pronto lo escuchabas diciendo palabras profundas, meditadas, y siempre con un sentido hacia el amor. Era un artista, en el sentido más grande que se le pueda dar a esa palabra.

-¿Y esa vez en Santa Ana fue la única vez que usted lo vio?

La mirada de doña Catalina brilló al recordar. A veces añoraba volver a El Salvador.

Afuera la tarde era un poco fría y las hojas de los árboles ya estaban cayendo y desnudando a los primeros árboles; pero adentro, en la sala con magnífica calefacción, un ambiente agradable rodeaba las dos mujeres que, sentadas en unos sillones suaves, conversaban, no como jefa y empleada, sino como dos buenas y viejas amigas.

-No, Amelia, después de eso, él y yo nos vimos muchas veces. Recuerdo otra ocasión en que platicamos en la Plaza Gerardo Barrios, en San Salvador. Fue casi un año después de conocernos. Él estaba tan bello, con esos ojos expresivos y sus manos tan blancas…

***

-Es usted un hombre interesante, señor Salvador Salazar Arrué. ¿Es el mismo del pseudónimo «Salarrué» que tantos comentarios ha causado por el artículo que escribió?

-¿Artículo?

-Sí, me refiero a «Mi respuesta a los patriotas». Se ha vuelto usted muy famoso, señor –le dijo Catalina.

-No, no creo que yo sea famoso –respondió Salarrué.

-No sea modesto. Leí también lo que escribió en el periódico Patria, sobre el dirigente comunista Farabundo Martí, y mucha gente en el país lo leyó también. Me gustó el juego de palabras…

Salarrué escuchaba atento.

-Sí, lo de «Faramundo», por Farabundo.

Salarrué sólo sonrió como respuesta.

-Fue muy valiente de su parte escribir algo así, después de la derrota sufrida por esa gente, y después del fusilamiento de Farabundo. ¿Es usted comunista?

-No, claro que no…  Pero eso no me impide ver la masacre de miles de compatriotas y el fusilamiento de un hombre que sólo buscaba justicia.

-¿Y en qué cree usted, Salvador?

-Creo en muchas cosas, Catalina. Creo en mirar hacia nuestro pasado personal y, más atrás aún, hacia nuestros antepasados. Creo que mirar atrás nos da una fortaleza que teníamos desde antes pero que no habíamos podido sentir, una fortaleza edificada con los logros y los fracasos de aquellos que estuvieron vivos en esta tierra.

-¡Habla de esos muertos como si hubieran fallecido hace más de cien años!

-No importa si fue ayer o hace cien años. El pasado es el pasado, y muy pronto usted y yo, con el tiempo, también seremos parte del pasado…

3

-¡Hola, Salvador! No esperaba verle. Qué sorpresa más agradable.

Catalina estaba sentada en una banca del parque leyendo un libro que desde que lo vio por primera vez le pareció interesante: «El libro del trópico». El viento fresco de octubre de 1934 traía los frutos más amorosos de la literatura. Catalina, que había estado concentrada en la lectura, rebosaba de juventud y buen ánimo. La brisa fresca rozaba su rostro.

-Me halagan sus palabras, Catalina.

-¿Cómo supo que yo estaría aquí?

-No lo sabía, al menos conscientemente –le contestó Salarrué-. Pero algo inexplicable me trajo hasta aquí. En el inconsciente a veces somos más sabios y es conveniente dejarnos guiar por él de vez en cuando. Y fue lo que yo hice hoy.

-¡Pues aplaudamos y demos un aleluya al inconsciente! –replicó emocionada Catalina.

Salarrué lanzó una carcajada espontánea y breve. Sonrió y le dijo:

-Sé que a usted le gusta leer, así que le quiero regalar este librito mío recién publicado –y se lo entregó a Catalina, pero ella se lo devolvió en el acto.

-No me lo va a dar así nada más. El obsequio tiene que ser completo –le dijo con una dulce sonrisa-. ¿No me lo va a autografiar?

Salarrué se alegró y se sentó junto a ella. Escribió entonces en la primera página: «Para mi querida amiga Catalina, con el sincero destello nacido en este terruño de sencillo légamo, ceniza y corazón.»  Luego, con una mirada verde y diáfana, le entregó nuevamente el libro a Catalina. Ella leyó en silencio la dedicatoria. Y después, en voz alta, leyó con emoción el título del libro:

-¡«Cuentos de barro»!

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía “Caballo en la niebla” tomada por:
Óscar Perdomo León

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Pintura de mujer, realizada por Craig Pursley

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TU MEMORIA

Tu memoria

Yo recuerdo que un día caminamos los dos, agitados por el sol y el polvo del mediodía, por las calles del centro de San Salvador. Era un día como todos; pero sé que te dije que en algún momento moriría la atracción nuestra y mutua, en manos de dos enemigos infinitos: el tiempo y la rutina.

Y ya ves que tuve razón. Pero vos olvidaste decirme que me olvidarías tanto y tan pronto, que hoy me sorprendo al saber que a la memoria se le mueren pedazos todos los días, cada minuto.

Mas quiero decirte que los pedazos tuyos que tengo están todavía riendo y llorando, corriendo en mi vida. Y quiero decirte también que me siento resentido con vos o con tu memoria o, en fin, con ambas.

¿Es que no te acordás de esta cabeza que siempre pensó en tu vida? ¿No te acordás de esta mirada herida y sin embargo limpia? ¿Y de estas manos con versos para vos no te acordás tampoco?

Escrito por

Óscar Perdomo León

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TENIS

Minifalda tenis

Nunca he sido muy dado a los deportes, ni como espectador ni como participante directo. Así que, para ser sincero, llegué al tenis atraído por las minifaldas de las jugadoras. Esas falditas tan cortitas que hacían parecer el ambiente como si aún estuviéramos en los años ´60. Esas minifalditas… Pero hay que enfatizar que una vez seducido por la belleza femenina, me vi eventualmente atrapado por el juego de tenis en sí. Lo veía cada vez que había oportunidad a través de la televisión. Con el tiempo, me hice un asiduo al Grand Slam, y especialmente al campeonato de Wimbledon.

A ella la conocí en la cancha de tenis de la universidad. Jugaba algunas veces con pantaloncitos cortos bien pegaditos al cuerpo y, otras veces, con minifalda. Tenía una energía tan grande y tan envidiable que sólo pude pensar que tanto arrojo únicamente podría ser adjudicado a la fresca juventud. Se llamaba Yanira.

Yo había empezado a ir a la cancha de tenis para mirar jugar en vivo, porque la televisión ya no era suficiente. Una de tantas tardes que fui la conocí, al menos de lejos. Ella me gustó desde el primer día que su figura atravesó mis pupilas. Pero no me atreví a hablarle en varias semanas. Sólo la veía y ella apenas notaba mi presencia. Creo que en esos días mi autoestima rozaba mucho el polvo y de alguna manera ya me había acostumbrado a concertar citas con chicas lindas y terminar plantado en algún café, así que la soledad era algo consubstancial a mí y de verdad que no encontraba ningún sentido el hacer amistad con alguien y mucho menos enamorar a nadie.

Desde que la conocí los días pasaban sordos en mi cabeza, era como si quisiera estar mirándola de frente y sentir su mirada en la mía. Sus ojos eran café claros y yo los veía de lejos en todo momento y empezaba a amarlos. Pensar en eso y en ella era como una extraña angustia, como cuando se siente una nostalgia (aunque en este caso, de algo que no había pasado, pero que me dolía en el pecho).

En aquellos días me atormentaban también las ideas de otras personas, que no toleraban que alguien se saliera de su línea –recta, constante y predecible- y probara de vez en cuando otros caminos. Si eras arquitecto, no tenías por qué ser miembro del equipo de baloncesto de tu ciudad; si eras contador, no tenías por qué entrar en la competencia nacional de ajedrez. Ahora ya no me importa lo que ellos piensen. Y lo digo con la serenidad y confianza que me da el sentirme feliz incursionando en varios campos del arte, yo, que trabajo hoy en la universidad como catedrático de biología. En aquellos días en que decir tenis y Yanira significaban para mí la misma cosa, yo escribía ya poemas y cuentos cortos, más o menos existencialistas, algunos medio cómicos y a veces hasta depresivos. También escribí canciones –nada memorables- de las cuales grabé algunas con otros aficionados a la música.

Pero volviendo al tenis –o a ella-, un día mientras jugaba, inesperadamente, me miró a los ojos, sólo fueron unos dos segundos, pero fueron dos segundos muy intensos. Yo quedé petrificado. Al terminar el juego, ella volvió a mirarme, pero esta vez le agregó una sonrisa al rostro. No recuerdo si le sonreí o sólo seguí petrificado mirándola; sin embargo, recuerdo que me sentí muy feliz. Y me fui por el camino de siempre soñando con esos ojos y esa sonrisa.

Minifalda tenis 2

Un día saqué valor de no sé dónde y la invité a almorzar en un pequeño restaurante cerca de la universidad. Ya me había preparado psicológicamente para el rechazo, así que no me sentí muy preocupado por su respuesta.

-Sí, me gustaría almorzar con vos.

Esa respuesta tan directa y espontánea me hizo el muchacho más feliz del mundo. Y así fue como empezamos a hacernos amigos y, eventualmente, novios. Disfrutábamos mucho del tiempo que pasábamos juntos. Conversábamos de muchas cosas; recuerdo una plática en particular en la cual discutíamos sobre quién habría ganado en un hipotético juego entre Steffi Graf y Serena Williams o entre Rafael Nadal y John McEnroe, si el tiempo no fuera una barrera inquebrantable.

A ella le gustaban mis poemas; pero creo que resentía un poco mi casi nula inclinación al deporte. Estudiaba odontología y siempre me contaba sobre enfermedades y tratamientos de los dientes. Ella escuchaba con atención las canciones que yo escribía y me hacía sugerencias. Y yo la iba a ver jugar tenis un par de días a la semana. Hacíamos el amor mañana, tarde y noche, y en los lugares menos pensados. Éramos dos antorchas que ponían a hervir el aire, la tierra y el cielo.

Después de dos años de maravilloso noviazgo ella empezó a mostrarse un poco fría y distante. (El amor me causaba confusión. Aún hoy me confunde.) Un par de semanas después de su cambio de actitud hacia conmigo, se fue, gracias a una beca, a vivir a Italia para continuar sus estudios. Se fue lejos. Se fue sin despedirse, sin contarme nada, sin dejar una nota. Unas amigas suyas me lo contaron todo.

En la privacidad de mi dormitorio, lloré como un bebé perdido en la oscuridad y en la mitad de ninguna parte.

Entonces, sin desearlo y empujado por Yanira, volví a mi soledad. Era una soledad muy sola, que, como dice el dicho popular: “sólo Dios conmigo”; pero como yo sabía que Dios no existe, podrán ustedes entender que de verdad era una soledad muy sola y solitaria la que yo estaba viviendo.

Sin embargo, con el pasar de los días, me puse a pensar. Medité con mucho respeto en los hombres antiguos y en cómo lidiaban con sus problemas. Pero como ellos son los que empezaron con eso de inventar dioses cuando no encontraban explicación a algo o cuando se sentían solos y mortales, entonces me fui aún más atrás en el tiempo, hasta aquellos remotos días cuando, debido a la inocencia o quizás a la falta de imaginación de esos seres casi humanos, no tenían dioses y estaban bellamente solos, realistas y salvajes en el mundo.

¿Cómo sobrevivían entre tanta adversidad real (como el medio ambiente hostil y los animales salvajes que trataban de devorarlos)? ¿Cómo superaban alguna soledad grande, desgarradora y parásita que se prendiera -como caracol en la piedra- de sus corazones? ¿Cómo sobrevivían?

Pensé mucho y llegué a la conclusión que simplemente seguían adelante. Sólo eran fuertes y tenían ganas profundas de vivir. Y me di cuenta que yo era descendiente de ellos. Así que con la fuerza y el ejemplo de tantos ascendientes prehistóricos bajo mis pies y dentro de mi sangre, ya no me sentí tan solo. Y sólo seguí adelante.

Y sin estar ya en un estado tan deshabitado en mi corazón, seguí escribiendo mis poemas y mis cuentos, mis canciones, mis locuras… Sólo seguí mirando tenis en la televisión, sin rencores y sin resentimientos.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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UNA DECISIÓN

FLOR. Fotografía por Óscar Perdomo León

Joaquín sintió un dolor terrible cuando la carreta pasó encima de su abdomen, junto con el peso de un tonel de agua y de aproximadamente once personas. El paso sobre su cuerpo fue rápido; pero en ese instante él percibió el tiempo como un túnel negro, largo e infinito.

Esa mañana el sol de las once ya había endurecido los caminos del cantón El Espinal. Un viento ralo y caluroso golpeaba los rostros de los niños -quizá unos quince- que iban subidos en la carreta, junto al carretero Chepe Cotón, a través de una vereda polvorosa, cuyas orillas estaban llenas de arbustos, árboles y cercos de madera cubiertos de hiedra. Era un 02 de febrero de 1975 y era el regreso del primer día de clases. Joaquín era un joven de 13 años de edad,  fuerte y profundamente arraigado a su tierra natal, inocente e ilusionado con la vida.

El camino desparejo y pedregoso hacía que la carreta se moviera con un vaivén de barco en el mar, con un vaivén de hamaca rígida. Cuando la carreta pasó inesperadamente sobre una piedra grande, Joaquín, quien llevaba abrazados todos sus libros de texto –de televisión educativa de séptimo grado- perdió el equilibrio y cayó inevitablemente bajo la carreta (aún cuando era supuestamente el más experto carretero de entre todos sus amigos); al caer quedó trabado en “el matabuey”, por el que fue arrastrado más o menos 10 metros antes de que le pasara la carreta encima.

Unos vecinos cercanos al lugar del accidente lo auxiliaron. Lo acostaron en una cama de lona, de esas de doblar, y le dieron un poco de agua. El dolor era intenso y el abdomen se empezaba a distender y endurecer. Joaquín se sentía morir, había un dolor intenso al respirar profundo; sin embargo su pensamiento más inmediato y necesario era, sin duda, que no se le avisara a su madre porque tenía miedo de que lo regañara. No obstante, en esas comunidades pequeñas las noticias corren como pólvora encendida y, muy pronto, su madre se vio envuelta en la angustia.

Chepe Cotón trató de ayudarlo, pero no sabía que hacer.

-¿Qué fue lo que pasó?  -le preguntó uno de los primeros vecinos que llegaron al lugar del accidente. Y Chepe Cotón, con un evidente sentimiento de culpabilidad, con una fuerte sensación de responsabilidad, contestó:

-¡Ya maté un bicho ahí!

En realidad todo había sido un desafortunado accidente; pero el sentimiento de culpabilidad lo empujó a tratar de ayudar con ímpetu al joven, por lo cual Joaquín fue llevado con prontitud al hospital de Cojutepeque, en donde los médicos que estaban de turno decidieron referirlo inmediatamente al hospital Rosales, debido a su comprometido estado; pero no había ambulancia, así que en esa deplorable y grave situación como Joaquín se encontraba, tuvo que caminar desde el hospital hasta la parada de buses de Cojutepeque, en donde tomó un bus hasta la Terminal de Oriente de San Salvador, en donde tomó un taxi. Fueron horas que parecían siglos. Fueron dolores que se parecían mucho a la tortura.

Cuando llegó a la jungla de concreto y entró al hospital Rosales, los cirujanos no pensaron dos veces para llevarlo a Sala de Operaciones e intervenirlo quirúrgicamente a través de una Laparotomía Exploradora, sin el previo y rutinario lavado quirúrgico. ¡Gritaba a leguas que era un abdomen quirúrgico! Había alrededor de Joaquín numerosos estudiantes de Medicina y algunos médicos residentes de Cirugía. Joaquín fue llevado por largos pasillos hasta la Sala de Operaciones de Emergencia. Ahí se le realizó resección y anastomosis de intestino delgado, y además, resección del bazo.

Al despertar de la anestesia, Joaquín sintió el dolor postoperatorio, pero en realidad lo que le importaba y preocupaba más en ese momento era la extrañeza de encontrarse en un lugar completamente distinto del campo abierto, verde y silvestre. Se vio en cambio a sí mismo acostado sobre una cama blanca, en medio del aire acondicionado de la Sala de Recuperación y de las cuatro paredes cerradas. Joaquín vio una enfermera que escribía afanosamente. Casi con angustia, mientras veía las ventanas sol-aire y sentía la zozobra de encontrarse en un ambiente extraño para él, de vidrios, luces artificiales y pintura blanca, le dijo a la enfermera:

-Quiero ver árboles…

A la enfermera le cayó en gracia el pedido del joven y le sonrió.

-No te preocupés que ya te vamos a sembrar unos árboles  -le contestó en tono de broma.

“Quiero ver árboles”… lo cual en realidad significaba quiero regresar a mi casa, quiero estar con los míos, quiero, en fin, irme de aquí. En su corazón había una inquietud perturbadora, un llanto silencioso sin lágrimas, una nostalgia quemante sin tregua. “Quiero ver árboles”: una frase muy dolorosa en ese contexto.

Joaquín se hundió involuntariamente en el sueño otra vez, sometido por los remanentes de la anestesia y soñó con su casa, con sus amigos, con su madre y su padre, con sus vecinos del cantón El Espinal.

(El Espinal es un cantón que pertenece jurídicamente a San Rafael Cedros, departamento de Cuscatlán. Es un lugar en donde se siembra caña de azúcar y que en los días en que Joaquín era un joven no había agua potable ni energía eléctrica, las cuales se han instalado hasta hace relativamente muy poco tiempo.)

Al día siguiente, por la mañana, en la pasada de visita rutinaria de los médicos, en el hospital Rosales, el jefe del servicio del Primero Cirugía de Hombres, un doctor de apariencia agradable, que inspiraba respeto e irradiaba entusiasmo, vestido con canas en las sienes y espeso bigote gris y con el saco café colgado en los hombros, se acercó a Joaquín y dijo en voz alta dirigiéndose a todos los demás médicos y estudiantes de medicina que lo seguían:

-A este muchacho es al que le pasó la carreta encima ¿verdad?

-No, doctor,  -replicó Joaquín, con la voz sostenida y profunda que le producía el dolor post-quirúrgico-  sólo fue una rueda la que me pasó encima.

El especialista se sonrojó. Y la risa fue general, entre médicos y pacientes, al oír la ocurrencia del joven.

El tiempo fue pasando lentamente en el hospital. Joaquín estuvo ingresado durante ocho días, sin probar ningún alimento y con drenos y líquidos endovenosos. Fueron días largos y tediosos, llenos de aprendizaje y de prueba a su fortaleza. Aunque no todo fue doloroso. Hubo momentos divertidos, gracias a uno de los pacientes que también estaba ingresado ahí. Siempre estaba contando anécdotas o chistes y Joaquín trataba de no reírse –aunque era inevitable- debido al dolor que le causaba en la herida operatoria.

Joaquín, en su ignorancia de niño, se preocupaba por momentos, pensando en si quedaría estéril o si acaso nunca más practicaría deportes.

Un día, mientras Joaquín era curado y miraba las torundas empapadas de jabón yodado y mientras un Médico Interno le extraía uno de los drenos (lo cual le causó un dolor exquisito), tomó una firme decisión:

-Cirujano quiero ser.

Se lo dijo a sí mismo, hacia adentro, sin voz ni ruidos, sólo con la decidida confianza de que lo que acababa de desear era algo irrevocable. Y durante algún tiempo no se lo confesó a nadie.

Joaquín nunca había estado antes en un hospital y era además la segunda vez que se encontraba San Salvador.

Joaquín soñó esa noche, que se acercaba al día de su alta, con coloridos pájaros cantando y árboles llenos de verde follaje, con lagartijas y zompopos. Soñó con un mar de cosas verdes y silvestres. Soñó con lo que más amaba, sin saber que veinte años después se estaría graduando de Cirujano General del mismo hospital en donde estaba siendo atendido.

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía tomada por

Óscar Perdomo León

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SUSANA

Casa

«Susana es una bella mujer. Su cabello rubio me gusta tanto, parece que tuviera lingotes de oro finamente derretidos sobre su cabeza…  (Es quizás la sensación subconsciente de vivir en un país en donde las verdaderas rubias naturales son relativamente escasas y hay por el contrario una excesiva abundancia de falsas rubias, de cabellos teñidos,  la mayoría de veces con muy mal gusto.) Me gusta acariciar su cabello y pasarlo por mi rostro, tocar la suave piel de su cara nunca maquillada, sentir la tímida mirada de sus ojos verdes y tocar sus manos. ¡Es tan inocente! Ella, que sólo tiene 20 años de edad, me abraza el cuerpo como quien está a la orilla de un precipicio y no quiere caerse. He podido sentir su olor virginal, lleno de juventud…»

Susana vivía en el campo. Estudió hasta segundo grado de primaria y su lenguaje era sencillo. Podía leer con dificultad y escribía con una pésima ortografía. Cuando conoció a Alfredo se sintió atraída por su conversación de hombre de ciudad. Tuvo mucha curiosidad. Ella había nacido y  crecido en un cantón refundido y perdido de San Miguel, un lugar donde no llega el periódico, pocas tienen un televisor y todos tienen un radio. Alfredo había llegado a conocer un territorio y conoció a esta preciosa muchacha;  la primera vez que se vieron ella casi lo llamó con la vista, en el bus lleno de hombres con sombrero, y él se acercó para  platicar (fue una atracción a primera vista); las piedras y el polvo del camino no le molestaron a Alfredo; el rostro angelical de Susana era un aliciente poderoso. El bus recorrió varios kilómetros antes de llegar a la orilla del río Lempa. Allí había una lancha grande en donde cabían dos vehículos. La vista era espectacular. La naturaleza había hecho que junto a un río caudaloso crecieran cerros verdes y cafés. Unas garzas volaron majestuosas sobre sus cabezas.

Al llegar al pueblo, Alfredo se instaló en la casa de una señora muy amable llamada Carlota, quien le alquiló un cuarto y le vendió comida. Pronto se corrió la voz en el pequeño pueblo que un doctor había llegado.

La gente del campo suele ser amable y espontánea. Y esto lo tenía muy en cuenta Alfredo y lo apreciaba. Muchas semanas después de hablar con Susana y tomar su mano y besarla, decidió ir a visitarla a su casa. Preguntando y preguntando dio con la dirección exacta. Por supuesto que todo el cantón y el promotor de salud se enteraron inmediatamente. (“El doctor fue a visitar a la hija de la Juana.”) Cuando llegó, vio que a  la entrada de su casa había un jardín en el que parecía que se habían invertido muchas horas de trabajo y amor.

-Buenas tardes…     Buenas tardes…

-Pase adelante. ¡Adió, no lo había conocido, doctor! Entre pa´ dentro, no se quede afuera.

-Muchas gracias, niña Juana. Qué bonito tiene aquí.

-Ay, doctor, esa es mi «entretención», cuidar las plantitas.  Y a veces estas cipotas me ayudan un poco. Siéntese.  ¿O se quiere recostar en la hamaca?

***

DIGRESIÓN JUSTIFICADA.
Las hamacas son extremadamente comunes en el oriente de El Salvador. En el departamento de San Miguel no he entrado a una tan sola casa en donde no haya una hamaca. Las hay grandes y pequeñas. De colores diferentes y texturas variadas. En los pequeños pueblos las personas acostumbran dormir en estas relajantes camas colgantes; y hacen bien, el calor de los días y las noches es insoportable. Así que la gente duerme aireándose y meciéndose, en una forma de  tierno y maternal arrullo. Se puede dormir con la espalda ovalada o por el contrario, puede uno poner su cuerpo casi de una forma transversal a la hamaca, de tal manera que la espalda quede recta, evitando dolores por la mañana. La habilidad de usar las hamacas es tal que es infrecuente que un niño se caiga de ellas y muchas personas comen sus alimentos subidas en ellas. Y por supuesto, no se puede dejar de mencionar que hacer el amor en una hamaca requiere de práctica y de mucha motivación o, como es usual por estos lugares, hacer el amor en una hamaca es una necesidad y casi una obligación. Hay varias posiciones sexuales que se pueden ejecutar en una hamaca, de las que espero poder hablar en otra ocasión.

***

-Es usted muy amable, niña Juana, pero en este taburete estoy bien. (Silencio un poco incómodo y anti-diplomático).

-¿Está Susana?

-Sí, creo que por ahí anda esta muchacha. ¡Susana! -gritando a todo pulmón-.       Ah, aquí viene, con permiso, voy a ir a hacer unas cosas.

-Es propio, niña Juana, pase.

Susana estaba entre asombrada y alegre. Acababa de bañarse y se veía tan limpia y joven que Alfredo quedó extasiado. Más que hablar entre ellos, se miraron mutuamente, a los ojos, al cuerpo, a los gestos…

-Me alegro que haya venido. Se siente bien raro porque desde que mi papá murió, casi ningún hombre ha entrado a esta casa.

-Entonces soy un privilegiado   -le contestó Alfredo-.  Y…  ¿cuándo murió su padre?

-Hace cinco años. Le dio un ataque al corazón y se murió bien rápido. Yo nunca había sentido tanto dolor como ese día…

Luego Susana lo invitó a caminar por los alrededores de su casa.

El objetivo era alejarse un poco de su madre y tener un poco de privacidad; aunque también había que burlar las miradas entrometidas de sus hermanas. Caminaron y caminaron y cuando se habían alejado bastante de la casa, cerca de un árbol de mango y a la sombra de unos pepetos, Alfredo besó a Susana. Muy pronto estuvieron retozando sobre la hierba viva, entre ignorados insectos y con algo de polvo en los cuerpos.

Susana no era virgen…

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía por

Óscar Perdomo León

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SENTIDO COMÚN Y RESPETO. Matrimonio gay

El sueño de Gustave Courbet (1866)

Así como la Revolución Francesa en el siglo XIX influenció al mundo con sus reformas sociales, así también todo avance que se dé en la actualidad en materia de derechos civiles en cualquier país del mundo, influenciará a otras partes del planeta.

La recién aprobada ley de legalización en Estados Unidos del matrimonio civil para la comunidad gay, tendrá repercusiones positivas en todo el mundo para esa minoría, discriminada por mucho tiempo, por demasiado tiempo.

Así como los heterosexuales sienten deseos de casarse, así también los homosexuales pueden sentir lo mismo en algún momento de su vida. El amor no conoce fronteras.

Para aquellos que no aceptan, debido a sus creencias cristianas, que dos personas del mismo sexo se casen, les hago una pregunta. ¿No es acaso la frase “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” la premisa más importante del Cristianismo? La discriminación de los homosexuales, el mirarlos como ciudadanos inferiores o de segunda clase, no tiene concordancia con la frase arriba mencionada.

El sentido común nos dice que una sociedad excluyente es una sociedad injusta, una sociedad que no puede funcionar correctamente.

El sueño, de Gustave Courbet (1866). 2

Para entender que dos personas del mismo sexo se amen y deseen vivir juntas, sin ocultarse y bajo el amparo de la ley, no se necesita mucho, sólo abrir los ojos a la naturaleza y a su inmensa diversidad. Sólo se necesita que nos demos cuenta que ya no estamos en la Edad Media ni mucho menos en la Edad del Bronce. Sólo se necesita un poco de sentido común y respeto hacia los demás.  Sólo se necesita un poco de empatía.

Escrito por

Óscar Perdomo León

Imagen:

“El sueño”, de Gustave Courbet (1866).

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SU ROSTRO SIEMPRE ESTUVO AHÍ

Lago de Ilopango 1

Ahora que lo he perdido

puedo ver en todas partes

las facies del amor.

Estuvo siempre ahí,  constante

y presente,

con su rostro inconfundible, pero vedado

para mis pupilas primitivas.

Su rostro estuvo en una

y en muchas mujeres.

Y en todas, como en la misteriosa, la efímera rosa,

en sus bocas

estaban presentes y camufladas

la espina y la sonrisa.

Ahora que he perdido a mi amor

me duele el recuerdo de las sonrisas

y de la piel me brota y gotea un líquido rojo y espeso:

las espinas me rayan profundo,

hasta la dermis,

para que la cicatriz se forme

como una memoria tangible,

como una prueba irrefutable del beso

y el amor

perdidos para siempre.

Y sin embargo,

abro los brazos al futuro

y recibo los nuevos ojos

y la nueva boca

(sensual como un pétalo)

para que retocen junto a mi rostro

que aún brilla

de esperanza.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

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ÉL LEYÓ EN SUS OJOS. Canción

Collage 3 Guillermo Arecio Óscar

La vida está hecha de días y de noches, de luz y de sombra… De momentos que queremos olvidar; pero también de instantes de gozo que atesoramos con intensidad en nuestros corazones.

La vida… la vida… tiene victorias y alegrías, pérdidas y duelos… Está hecha de ciclos que se abren y se cierran. Aprender a reconocer esos ciclos, aceptarlos y seguir adelante, es parte de nuestro crecimiento interno.

ÉL LEYÓ EN SUS OJOS

( Letra en español e inglés)

Para quien no pueda ver el video aquí en mi blog, lo puede hacer dando un clic acá.

Música y letra:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Arreglos musicales:
GUILLERMO ECHEVERRÍA
y ARECIO DE LEÓN
Sintetizador:
ARECIO DE LEÓN
Guitarra eléctrica y batería:
GUILLERMO ECHEVERRÍA
Primera voz, bajo eléctrico y guitarra acústica:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Voces:
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Traducción al inglés:
LAURA MARÍA PERDOMO PACAS
© Él leyó en sus ojos. Óscar Perdomo León.
El Salvador, en América Central.

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CRECER Y AMAR. Canción

Collage Arecio Óscar 6

Me desperté una mañana con un fragmento de melodía que sonaba en mi cabeza, así que en una sola mañana le agregué la letra y lo que faltaba de melodía. Así de rápido nació «Crecer y amar». (No es lo usual, generalmente me cuesta mucho hacer una canción.)

Agradezco sinceramente a Arecio De León, por hacer los arreglos musicales y por tocar aquí casi todos los instrumentos, excepto el bajo eléctrico. Pero especialmente le agradezco por el bello solo de guitarra eléctrica que le puso al final.

CRECER Y AMAR

Para quien no pueda hacer correr el video aquí en mi blog, lo puede hacer dando un clic aquí: CRECER Y AMAR.

Letra y música:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Arreglos:
ARECIO DE LEÓN
Teclados, batería, guitarras (acústica y eléctrica):
ARECIO DE LEÓN
Bajo eléctrico:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Primera voz:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Segundas y terceras voces:
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
CHITO´S
Estudio de grabación musical.
Sensuntepeque, Cabañas.

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© Crecer y amar. Óscar Perdomo León.
El Salvador, en América Central.
Mayo de 2015.

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COMO VIVÍ LA BEATIFICACIÓN DE NUESTRO SAN ROMERO DE AMÉRICA. Crónica escrita por Eunice Echeverría

BEATIFICACIÓN MONSEÑOR ROMERO FOTO 12 (2)

Para ser sincera, nunca he sido muy dada a cosas de la Iglesia, soy católica, pues ha sido en esta religión en la que me he criado y nunca he sentido necesidad de buscar otra, pues considero que el sentido de la vida nos lo da la manera de concebir la vida misma, y no una religión en particular; además, me siento cómoda siendo socialmente católica.

Los primeros recuerdos religiosos que tengo son los de mi abuela pidiéndole a Dios por sus hijos y toda su descendencia —rezando con el rosario en manos—; también, de una figura a colores de la Virgen de Guadalupe que me regalo mi tía Lucila, de esas que al moverla y dependiendo de la luz que le llegase, proyectaba tanto a la Virgen como a San Juan Diego. Yo estaba fascinada y la historia de la Virgen del Tepeyac, contada por mi tía, me ha acompañado hasta hoy.

Cuando desde Sensuntepeque viaje a vivir a San Salvador para estudiar en la capital, mi madre me inscribió en el Colegio Guadalupano, corría el año de 1977 y teníamos ya los preparativos para celebrar el Día de la Madre, cuando de repente se suspende el acto, habían asesinado al padre Alfonso Navarro Oviedo, en la iglesia de la colonia Miramonte y las monjas estaban consternadas, “como estar en celebraciones con tantas muertes”, fue lo que nos dijo una de ellas, no recuerdo su nombre, se me perdió como tantos otros.

Poco a poco fui conociendo a monseñor Romero, lo vi una vez en el Colegio Sagrado Corazón. Luego por su legado,  al escucharlo y leer sus homilías; así como, conocer testimonios de personas que tuvieron la fortuna de conocerlo y de tratarlo.  Si bien, no voy a misas frecuentemente, pero si voy en marzo a la procesión de La Luz que organiza la Fundación Monseñor Romero desde hace ya 15 años y luego a la misa en recuerdo a nuestro hoy beato Romero —con mucha fe y  por pedirle cosas que las madres siempre pedimos—.

Comencé mis preparativos para asistir a la beatificación, precisamente el 24 de marzo, durante la misa en catedral, ya que el papa Francisco había reconocido el martirio por odio a la fe, que sufriese monseñor Romero.

Junto a Jenny Menjívar y Gabriel Cerén armamos el viaje al monumento al Divino Salvador del Mundo, nos propusimos asistir a la vigilia del viernes 22 de mayo y poder así lograr un buen puesto, ya que sabíamos que el lugar y los contornos se llenarían, y no queríamos estar apretujados.  Trate de dormir un rato el viernes por la tarde —antes de que Jenny llegase por mí—, pero no pude, el calor ambiental previo a la tormenta de las 4:30 pm, me lo impidió.

Entonces, me dedique a armar el “tambache”, Mi madre y Romeo Luna —mi gato—,  veían que cada vez se hacía más grande el bulto. Por las miradas de Maura —mi progenitora—  intuí sus palabras  ¡Y cuántos días vas a pasar en esa plaza!

No era para menos, el bulto estaba compuesto por una silla de lona, chumpa impermeable, frazada, calcetines, gorro de lana, visera, pantalón, desodorante, lámpara de mano, medicinas, termo con café, manzanas, mandarinas, agua y dulces. Ahhhh… y mi hamaca.

Llegamos en carro hasta el super Selectos de la Olímpica, abajo de la Auxiliadora, de ahí al monumento —una cuadra nomás—.  Jenny no se quedaba atrás,  también iba bien aperada con dos sillas de lona, tienda de campaña, café, pan dulce, impermeables, sandalias, frazada, bufanda y una sombrilla.

Inicialmente colocamos la tienda de campaña en la acera frente a la torre de Telefónica, pero inicio una garuvita de agua y vimos que varias personas se metían a protegerse en el predio de la empresa de telefonía —cosa que imitamos—.  Ya armado nuestro frente y protegidas de la lluvia,  como a eso de las 6:30 pm, nos dispusimos a tomar el primer café de la noche. Minutos más tarde se nos unió Gabriel,  quien venía desde Ahuachapán.

Al terminar de bebernos el cafecito, dispusimos ir a la misa de la vigilia, pero ¿quién se quedaría a cuidar el maletero?  Así que lo tiramos a la suerte, a la cara o corona; piedra, papel o tijera, nada funcionaba, pues los tres queríamos ir a la misa.

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Pishhh Gabriel  ¿Por qué no le dice a la Señora que si nos cuida las cosas y que le dejamos una silla para que descanse? Vaya pues….  dice que sí, que ella estará pendiente de todo.  Chumpa impermeable y cangurera puestas, caminamos hasta el sitio destinado a la misa, logramos quedarnos a un costado del centro comercial La Campana, y todo bien, ya no llovía.

Al terminar voy a ir a ver donde ponemos la hamaca, pensé, pero ese pensamiento no duro mucho, pues de repente San Pedro decidió abrir los chorros celestiales y una abundante lluvia nos cubrió, y para mis pesares, la chumpa impermeable no era impermeable, al cabo de un rato estaba toda mojada, durante la misa llovió y fuerte, así que tuve que iniciar la búsqueda de una camiseta, no cualquiera, una que me gustara, pues no era solo por cambiarme y tener ropa seca, no, no, no.

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Luego de comprar la camiseta de mí gusto y haber cenado un par de pupusas con un chocolate caliente, me cambie, cambie mis calcetines y me coloque unas bolsas plásticas para no mojar este nuevo par. Salí a comprar unos libros al puesto que la UCA tenía en la acera, frente a nuestro sitio de “descanso” y me dispuse a leer un rato, más café y pan dulce, una manzanita y agua.

La plaza que alberga al monumento al Divino Salvador del Mundo estaba verdaderamente alegre, personas de distintas edades provenientes de todo el país y visitantes extranjeros comenzaban a llenarla; música, cantos, bailes, colocación de pancartas, de tiendas de campaña,  ayudaron a disfrutar la noche y a que pasará pronto.

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A las 4:30 am, aun había una lluvia suave,  los primeros rayos de sol del sábado 23 de mayo, despidieron la lluvia y comenzó una nueva algarabilla, se acercaba la hora del acto de beatificación de nuestro San Romero de América, sí… San Romero de América, Santo desde hace muchos años, Santo por el pueblo, su pueblo.

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Luego de desayunar, desarmar el campamento, nos instalamos bajo las palmeras que nos protegieron del sol durante toda la beatificación, sitio que nos permitió una buena vista del templete. La animación previa al acto, fue bonita, música para Monseñor, esa que nuestros artistas le han dedicado a lo largo de 35 años,  fueron cantadas, y para ponernos en sintonía el padre José María Tojeira, explicó porqué monseñor Romero se beatifica como mártir por odio a la fe.

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Luego de los tres llamados de campanas inicia el tan esperado acto, solemne, con cinco cardenales y un montón curas de todas partes y,  entre ellos, monseñor Ricardo Urioste y  monseñor Gregorio Rosa Chávez, los principales, los que no podían faltar.

“Sin sombrillas, sin sombrillas, sin sombrillas” comenzó a escucharse entre los asistentes, ya que por el fuerte sol se habían abierto, sin quererlo fueron apagándose poco a poco de entre el público y los aplausos cuando se cerraba alguno se escuchaban por  todo el lugar. Claro las sombrillas ocultaban las pantallas y el templete; aunque  luego de una hora volvieron a abrirse y colorear plaza y calles.

No podían faltar las fotos al halo solar, maravilla natural que acompañó  el acto de beatificación de San Romero, y con el cual la madre naturaleza se unió al júbilo colectivo que vivíamos en esos momentos.

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El sonido fue impecable, y el coro fue una maravilla de voces, me hubiese gustado escucharles cantar  “Canción para un mártir”, pero bueno, espero un milagro de nuestro beato y el cambio de la actual jerarquía católica salvadoreña y que se acerque más al pueblo de San Romero de América, del Mundo.

Ya cerca del medio día, luego de casi dos horas, comencé a sentir hambre y sed, no había bebido agua para no tener que salir, pues cómo, si no se podía caminar entre tanta gente, y la reacción de mis “tripas” cuando cayó en ellas la ostia fue para recordarme una vez más que ya era hora del almuerzo; así entre risas,  di gracias a Dios y a mi San Romero por haberme permitido estar ahí, de ser parte de esas 500 mil almas. Mis tres peticiones: cuida y protege al amor de mi vida —Laura—; a mi madre, familia y amigos; ayúdame a ser mejor persona cada día.

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Al regresar a casa, luego de bañarme,  sentí deseos de ir a la cripta en catedral, pero caí en las garras de la hamaca y desperté en la noche; la visita la realice el domingo y aproveche el viaje para ir a la Casa Museo en el Hospital La Divina Providencia, cerrando con broche de oro este fin de semana especial.

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Escrito por

Eunice Echeverría

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Artículos relacionados a Eunice Echeverría:
EUNICE ECHEVERRÍA, bióloga.
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CONOCIENDO LA HISTORIA NATURAL DE EL SALVADOR.
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ENTREVISTA A EUNICE ECHEVERRÍA.
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LA BEATIFICACIÓN DE MONSEÑOR ROMERO NO ES SUFICIENTE

TUMBA DE MONSEÑOR ROMERO. Fotografía por Óscar Perdomo León

Puede ser que la beatificación de Óscar Arnulfo Romero les dé completa satisfacción a los católicos (aunque estoy seguro que no a todos los católicos).

Sin embargo para aquellos que no son católicos o para aquellos que no son creyentes, la beatificación de Monseñor Romero no tiene un gran significado, si detrás de toda la ceremonia, ritos, platillos, coros y tambores, la impunidad de su muerte es todavía una cicatriz vergonzosa y dolorosa para el sistema de justicia de El Salvador.

No niego que el hecho de que el Vaticano lo nombrara beato, ha sido ciertamente una aceptación y confirmación de la gran condición moral que Monseñor Romero manejó durante su vida.

Pero es importante no perder de vista por qué se le nombró beato. Porque no fue por “un milagro”, sino por su martirio.

¿Y por qué fue martirizado Monseñor Romero? Pues porque tuvo la valentía de denunciar las injusticias en un El Salvador convulsionado por un clima político represivo y violento. Y eso que él hizo, en aquellos días tan aciagos, lo llevó a cabo con el más sincero amor hacia los desposeídos, hacia los que siempre han estado marginados de la educación y los beneficios de la justicia.

Y esos mismos desposeídos son los que ahora, todos los días, «ocho días a la semana», se largan huyendo de El Salvador, buscando las oportunidades que este país no les brinda.

La beatificación de Monseñor Romero no es suficiente.

La beatificación de Monseñor Romero no es suficiente porque su asesinato, como los de muchos otros, aún está en la impunidad. Y los encargados de hacer justicia, continúan con los brazos cruzados, sólo mirando como el baño de sangre sin castigo, continúa manchando a nuestro querido El Salvador.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía: Tumba de Monseñor Romero, tomada en el año 2009 por Óscar Perdomo león.
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Artículo relacionado: MONSEÑOR ROMERO Y ROQUE DALTON COMPARTEN ALGO MÁS QUE EL MES DE MAYO

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EL ROSTRO EN LA VENTANA. La singular relación de Rafael Mendoza con Roque Dalton y otros personajes de su tiempo.

Collage Rafael Mendoza Mayora y Roque Dalton 2

EL ROSTRO EN LA VENTANA

La singular relación del autor con Roque Dalton y otros personajes de su tiempo.

por: Rafael Mendoza

I

Don Santiago Echegoyén, uno de mis maestros de secundaria, que había visto mis primeros intentos de hacer poesía en el periódico mural del colegio, me sugirió que después del bachillerato siguiera estudios de Derecho, pues a él le parecía que me gustaba mucho discutir tanto como escribir y, según él, los “leguleyos” casi siempre se las daban de escritores, como era el caso de varios abogados salvadoreños muy conocidos en esos años, entre los que mencionó a los doctores Julio Fausto Fernández, Pedro Geoffroy Rivas, José María Méndez y un distinguido novelista que posteriormente me transmitió sus enseñanzas en las aulas universitarias. Dos años más tarde me hallaba ya iniciando mis estudios de Ciencias Jurídicas y, entre clase y clase, participando en las tertulias que día a día, mañana y tarde, se armaban en el viejo cafetín de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador. Me reunía allí con mis compañeros de aula y con estudiantes de antiguo ingreso que mostraban interés por algún tipo de expresión artística o cultural; nos gustaba también estar presentes en las discusiones que sostenían los más entendidos en política. Entre los de mi grupo que también tenían inclinación por la literatura, estaban Narciso “Chicho” Argüello, Daniel Villamariona, Marianela García Villa y Lil Milagro Ramírez, quien ya para entonces escribía poesía (1) y compartía conmigo, además, nociones sobre la ideología socialcristiana, que ambos, posteriormente, por diferentes circunstancias, dejamos de profesar. Y entre los “bachilleres” de nivel superior con los que también me reunía, solo Mauricio López Silva, el “Chatío”, se había dado a conocer como escritor, con algunos cuentos que había publicado en periódicos y revistas universitarias.(2) Casi todos los mencionados tuvieron un final trágico: “Chicho” Argüello, quien era además aviador, se estrelló un aciago sábado en su avioneta; Lil Milagro sería asesinada en 1976 defendiendo la causa revolucionaria a la que se entregó por entero; Marianela correría igual suerte en 1983, mientras recogía información sobre asesinatos de campesinos por parte del ejército salvadoreño; y Mauricio López Silva, a principios de los setenta, con su psiquis fustigada por una decepción amorosa, decidió poner fin a su existencia, al amanecer de una noche de excesos alcohólicos, truncando así, además, un promisorio futuro como narrador.

La muerte de “Chicho” Argüello fue un duro golpe para nuestro grupo. El mismo día de su muerte escribí un corto poema que su familia decidió incluir en la tarjeta de novenario. Fue esa ofrenda en verso libre lo que me dio a conocer como novato escritor más allá de la esfera de nuestro grupo, llegando en su necrológico medio a las manos de dos catedráticos que nos impartían clases: los doctores José Enrique Silva y Napoleón Rodríguez Ruiz. Ambos me hicieron comentarios sobre aquel poema que consideraron una buena muestra de un naciente oficio que debía yo cultivar convenientemente. El doctor Silva me proporcionó algunos libros y me enfatizó la recomendación de leer y estudiar a Borges; además, como él compartía con doña Alicia de Falconio (Aldef) la dirección de la página literaria de La Prensa Gráfica, me pidió poemas para considerar la posibilidad de publicarlos. Por su parte, el doctor Rodríguez Ruiz, además de un ejemplar de su obra Jaraguá, también me proporcionó revistas literarias. Ya tocado por el “duende poético”, como le llamaba Roberto Armijo al estado de permanente versificación o de “andar en versos”, gané también la amistad del Dr. Mario Flores Macal, quien me prestó obras literarias de autores que en esa época eran de lectura obligatoria: Herman Hesse, Maiakovski y Brecht, entre otros.

Inmerso en ese mundo, una mañana de no sé de qué mes de 1964, mientras conversaba con algunos de los ya mencionados contertulios, se acercó a nuestra mesa la compañera Sonia Espínola, sumamente exaltada, a comunicarnos que hacía unos minutos había visto entrar a Roque Dalton y que en ese momento el poeta estaba sentado en una de las bancas que había en los corredores del peristilo interior. Me invitó a acompañarla y me incorporé para seguirla, pero cuando alcancé a ver de lejos que el poeta estaba rodeado por varios estudiantes, desistí de acercarme a él. Lo hice por una razón que a estas alturas me parece estúpida: aunque ya había oído mencionar al poeta Roque Dalton y que había estado en prisión bajo la tiranía del presidente José María Lemus, no sabía que su poesía era ya una de las mejor calificadas por los entendidos de la época, y pensé que quienes acudían a conocerle lo hacían por la fama de preso político que se había librado de la muerte por un golpe de Estado; no quise ser uno más que llegara a ponérsele enfrente a una leyenda. Perdí así la valiosa oportunidad de conocerle, procurar ganarme su amistad y aprender de él lo que necesitaba yo saber del oficio y de las ideas en los que él tenía ya mucho conocimiento.

Días o meses después, Roque fue capturado y puesto en prisión, de la que escaparía por un azar, no del destino, sino de la naturaleza: un sismo demolió una de las paredes de la prisión permitiendo la fuga del poeta. Ahora, a la distancia de estos recuerdos, sigo viendo a Roque, sentado de pierna cruzada en aquella banca gris, sosteniendo un libro en una mano y con su inseparable chumpa terciada entre los brazos, como tantas otras veces pudo estar sentado, cuando fue el estudiante de leyes que odiaba a su profesor de Derecho Civil, pero que aprendió lo suficiente para defenderse cuando le tocó el Turno del Ofendido. (3) No sé si Lil Milagro pudo aprovechar aquella oportunidad en que Roque visitó el recinto universitario, para hablar con él, pero sí estoy seguro de que ni ella ni yo, que compartimos aulas universitarias e inicios en la poesía, pudimos haber imaginado en esos días la relación que diez años más tarde llegaría ella a tener con el poeta salvadoreño más internacional de nuestra historia, como militantes de la misma organización revolucionaria, en una clandestinidad que, según testimonios, les permitió también tomarse el tiempo necesario para fundirse en más estrechas emociones, en torno a las cuales se tendían celadas por parte del enemigo común y también por la de los propios compañeros de agrupación de nuestro poeta.

I I

Mi paso del bachillerato a la universidad no fue, sin embargo, tan libre. Antes debí someterme a un examen privado de matemáticas, en período extraordinario, por haberlo reprobado en el primer intento; y con el propósito de asegurar su aprobación, tuve que recibir un curso veraniego de refuerzo en esa disciplina. Asistía también a esas clases una jovencita muy extrovertida y agradable llamada Ana Cecilia Soley, con quien cruzábamos a veces un saludo o un comentario sobre las clases. Un día, esa compañera me pidió prestados mis apuntes y entre sus páginas encontró un poema mío. En el descanso de la jornada, al comentar el texto me confesó que a ella le encantaba la poesía y que había hecho sus intentos de escribir. Ya identificados por algo más trascendente que los estudios de Matemática, me invitó a su casa, una amplia y cómoda residencia, aunque modestamente amueblada que, según comprobé después de varias visitas, era invadida cada tarde por una respetable población de amigos de Ana Cecilia y sus cuatro hermanos. A ella, que era la mayor de todos, le seguían en edad, Marisol, Rosalía, Jaime y Arturo. Marisol y Jaime fallecerían unos años más tarde a una edad relativamente temprana. Sus padres, el ingeniero Jaime Soley Reyes y su prima hermana, María Soledad Reyes Soley, eran nietos del famoso historiador salvadoreño Rafael Reyes y por circunstancias, precisamente históricas, nacieron en Costa Rica. De ese país tuvieron que emigrar al nuestro porque el ingeniero era del partido de Figueres y, Calderón, que estaba en el poder, además de haber encarcelado a aquel figuerista que haría de la nuestra su definitiva patria, procuró que se le cerrara toda oportunidad de trabajo. Siendo Soley un miembro de la masonería tica, pudo contar aquí con el apoyo de los “fraternales” masones locales, de los cuales, con Oscar Osorio a la cabeza, había varios ocupando plazas en el primer gobierno del PRUD.

Con todo y la mayor afinidad que pude haber sentido con la pléyade de amigos de los hermanos Soley Reyes, y de que mi ingreso a la hospitalidad de aquella casa había sido franqueado por Ana Cecilia, era con Solita, su madre, que me sentía mejor pues con esta agradable señora podía yo conversar durante horas sobre diversos temas y comentar algunas obras que ella me daba a conocer, como lo hizo con las biografías de Stefan Zweig y algunas obras de escritores ticos, entre los cuales mencionaba siempre con mucho orgullo a Luis Felipe Azofeifa y Carlos Luis Fallas, Calufa, el autor de Mamita Yunai, obra esta que el mundo conoció merced al reconocimiento recibido de parte de Pablo Neruda.

Como parte de esas conversaciones, así como Solita me contaba aspectos de su pasado familiar, también me pedía que le pusiera al tanto sobre los de mi vida. Franco que fui siempre con todo lo que se relaciona con mi existencia, muy pronto llegué a ponerle en conocimiento de la dura situación que viví en casa de mi padre, debido a que mi madrastra nunca me había dispensado la más mínima muestra de cariño, así como de la forma en que salí de aquel hogar que nunca sentí mío, para ir a dar con mis 14 años cumplidos al ático de una casa que había pertenecido a la maestra francesa Cecilia Chéry, quien durante algunos años dirigió en San Salvador un colegio para señoritas.(4) Seguramente, fue a través de la confianza que mi sinceridad pudo haberle inspirado, que poco a poco llegó a abrirse una dimensión nueva en mi relación con la gentil señora, pues la amistad nuestra se fue transformando, de mi parte hacia ella, en algo así como una veneración, y de parte de ella hacia mi, en un afecto maternal que incluso llegó a confesar ante sus amistades, cuando me presentaba ante ellas: “Rafa es como mi hijo”, solía decirles. No sé si otras personas comprenderán lo que se siente al escuchar eso de una persona que no es pariente de uno, ni siquiera amiga de la familia, cuando se ha estado acostumbrado al trato seco, despreciativo y acompañado de motes o apelativos burlescos, de parientes que debieron abrigar nuestra infancia con un poco del cariño que no pudo prodigarnos nuestra propia madre biológica.

De ahí en adelante, ya tácitamente adoptado por esa Mater Admirabilis, como le llamo en uno de los poemas que incluí en Este Mal de Familia, estuve presente por años en cuanta reunión festiva celebraban los Soley, principalmente en diciembre, lo que me permitió ganarme además el aprecio de varios amigos de la familia, entre los que figuraban algunas parejas “ticas” que también asistían religiosamente a dichos festejos, solas o con sus hijos. De más está decir que, para entonces, Solita me acompañó con su apoyo moral y su presencia en muchos momentos importantes de mi vida, especialmente en mi matrimonio, durante el tiempo que mi hija tuvo que estar hospitalizada debido al terrible accidente que sufrió con mi suegra, así como en el desaparecimiento y posterior deceso de mi padre. De igual manera estuve yo presente en los acontecimientos más felices y más tristes que hubo en su familia.

Una tarde de julio de 1969 llegué a participarle a mi benefactora que mi libro ‘Los Muertos y Otras Confesiones’ había ganado el primer lugar en el certamen de poesía que todos los años organizaba la Asociación de Estudiantes de Derecho, a nivel centroamericano, justa en la que el mismo Roque había participado y triunfado en tres oportunidades, durante su etapa de aprendiz de jurista (5). Solita, desde el día en que nos conocimos, sabía que me gustaba escribir y siempre estuvo al tanto de mis frecuentes colaboraciones en los periódicos locales, pero como yo había mantenido en secreto mi participación en aquél certamen, la sorprendí con la noticia. “Qué bueno… Te lo mereces” me dijo, y dirigiéndose a su recámara, que estaba junto al bar de la sala, agregó: “Te voy a dar algo que he guardado por algún tiempo”. Regresó con un libro en las manos y lo puso en las mías con estas palabras: “Conocí a Roque Dalton en México y me dejó este libro firmado, además del que me autografió a mi, para que yo se lo diera a quien me pareciera que iba a apreciarlo… Tómalo. Ahora es tuyo”. Era un ejemplar de ‘La Ventana en el Rostro’. Ya sentados en la sala me explicó que su hermana Pity, residente en México desde hacía muchos años, tenía su apartamento en el mismo edificio donde vivía Juan Rulfo, y que fue ahí donde le presentaron a Dalton. Eso ocurrió en 1961, año que Roque fechó en ese ejemplar bajo su firma. Dos años después conocí a la noble persona que ha sido figura central del presente testimonio. De ahí la extensión que ha merecido esta historia, pues tan valioso ha sido para mi tener un ejemplar de la primera edición del libro en que se encuentran algunos de los poemas más recordados de Roque, como el haberme ganado el corazón de la persona que lo hizo llegar a mis manos, directamente de las que lo escribieron. Resta agregar fue a ese ser tan especial a quien dediqué mi libro ganador en aquel certamen. Una vez publicado, en el próximo viaje que Solita hizo a México para visitar a su hermana, se llevó algunos ejemplares, entre los cuales iba uno para Rulfo. Este notable escritor me lo retribuyó con un ejemplar de Pedro Páramo autografiado, el que aún conservo junto al del poeta que me negué a saludar un día y seguía mostrándome su rostro en la ventana del tiempo. (6)

I I I

El Café Doreña, en el San Salvador de los tempranos años sesenta, acogió las tertulias montadas por destacados escritores salvadoreños, entre ellos Oswaldo Escobar Velado, Manlio Argueta, José Roberto Cea y Alfonso Quijada Urías. Como café y punto de reunión de intelectuales, distaba mucho de parecerse a los madrileños Café Pombo (la famosa “Sagrada Cripta”) y Café Colonial, donde las célebres tertulias de la Generación del 27, a principios del siglo pasado, devinieron fértiles eras en que germinaron los “ismos” más trascendentes e influyentes de la literatura española. (7) Diez años más tarde, los que estábamos iniciando nuestro oficio dentro de la literatura y otras expresiones artísticas, comenzamos a reunirnos en la Cafetería Skandia, porque era la más moderna de la ciudad y por su excelente ubicación; se encontraba en la planta baja del Hotel San Salvador, en una esquina anexa al lugar en donde estuvo una pequeña plazoleta conocida como “Rincón Martiano”, no muy distante de nuestros lugares de trabajo y muy cercana a la oficina de correos, el Teatro nacional, las principales librerías, otros cafés que nos gustaba visitar y la mayoría de bares de la capital. Ahí nos dábamos cita escritores noveles, teatreros, pintores y diletantes, cada quien escogiendo la mesa donde estaban aquellos con quienes sentía mayor afinidad, no tanto por compartir una rama artística o una línea de pensamiento, sino, casi siempre, por la relación de edades que determinaba ubicaciones generacionales, por la ideología política con que se identificaba cada quien, o por mera simpatía, como era el caso de algunos periodistas que se nos unían.

Quizás por las discusiones que se generaban en aquel lugar entre quienes defendíamos posiciones sobre literatura, movimientos artísticos o política, también concurrían algunos catedráticos y estudiantes de la Universidad de El Salvador que disfrutaban de aquel ambiente. Entre estos “académicos” de número se distinguía una joven muy esbelta y atractiva, de encendida mirada y fácil palabra. Se advertía en su conversación que estaba muy familiarizada con la ideología socialista. Por eso se ganó el sobrenombre de “Rosa Luxemburgo” que, seguramente, fue acuñado por Norman Douglas pues tenía sello del tremendo poder histriónico que distinguía a ese actor. El verdadero nombre de aquella joven es Mirna, y un par de años más tarde aparecería en mi vida para transmitirme la asignación de una misión sumamente especial y honrosa, a solicitud de otro poeta, amigo mío, que nunca nos acompañó en esas reuniones.

Saliendo de ese cafetín una tarde, topé con el diputado Rafael Aguiñada Carranza, el tocayo a quien muchos llamábamos “Chele”, a quien asesinarían unos meses después. Después de saludarnos me pidió acompañarle hacia donde se dirigía. Caminamos hacia el sur sobre la Avenida España y mientras lo hacíamos me preguntó sobre mis estudios de Derecho, que yo había dejado interrumpidos por interesarme más la literatura, y también me comentó el poema que escribí a la muerte de Roque, el que unos meses antes había salido publicado en la Revista Abra de la UCA (8); después de dos o tres preguntas adicionales que, en el fondo, solo eran un preámbulo sin importancia empleado por él antes de llegar al grano, detuvo el paso y viéndome fíjamente me espetó la pregunta: “¿Querés ir a Cuba? Me dejó mudo. ¡Yo tenía años de estar pendiente de todo lo que sucedía en y con Cuba! Escuchar los discursos de Fidel el 26 de julio, era algo que no podía perderme, incluso en el trabajo, disimuladamente y con audífono. “¡Por supuesto!” contesté precipitadamente para que no creyera que no iba a aceptar… “Bueno” –agregó él- “Vas a ir con otro poeta (Se trataría de Chema Cuéllar). Ya está arreglado el viaje para el otro año.

Te van a contactar cuando se acerque la fecha”. Luego se despidió y regresó sobre sus pasos por la misma calle. Nunca más le volví a ver. Un sábado por la tarde, encontrándome con otros amigos en casa de Norman Douglas, nos enteramos de que acababan de ametrallar al “Chele”. Junto al pesar por la trágica suerte de aquel notable luchador lamenté también que con él pudieran haberse ido mis esperanzas de conocer la Perla de las Antillas. (9)

Ese gran camarada nuestro que ya ha figurado en “flash back” en una nota de la segunda parte de este testimonio, el siempre calmo y sonriente “Gato” Armando Herrera, fue el encargado de anunciarnos un mes antes del viaje, que éste se realizaría en la segunda quincena de julio de 1976. Salimos en horas de la tarde del viejo aeródromo de Ilopango, pero mientras esperábamos en el mostrador de la línea aérea la revisión del boleto de salida, se me acercó, tomándome por sorpresa, una mujer con unos ojos inconfundibles. Sin más preámbulos que la simple mención de mi nombre, me dio a entender con su mirada que no había tiempo para preguntas ni explicaciones, y entregándome un paquete en papel manila, secamente dijo: “Fermán quiere que le des esto a Haydeé Santamaría o a Nicolás Guillén, en Casa de las Américas. Ahí va todo lo de la muerte de Roque. Cuidalo mucho. Adiós”. Se retiró y despegando yo la vista del paquete que ella había puesto en mis manos sin darme oportunidad de reaccionar, volví a ver en la dirección en que se marchaba, pudiendo apreciar el rítmico andar con que se alejaba al ritmo de sus inconfundibles caderas, flanqueada por dos jóvenes que, evidentemente, eran los encargados de darle seguridad asignados quizá por su comandante Fermán Cienfuegos, el poeta que después de la muerte de Roque Dalton llevó a cabo dentro del ERP, la escisión que creó la Resistencia Nacional, y quien, después de la firma de los que yo siempre he llamado “recuerdos de paz”, retomaría su nombre real: Eduardo Sancho. (10)

Ya en Casa, la única persona a la que pude hacer entrega del paquete, fue Trini Pérez, quien actualmente se desempeña como colaboradora de Miguel Barnet. Me enteré por ella de que Haydeé se encontraba colaborando en la zafra de ese año y que Guillén estaba en Moscú recibiendo el Premio Lenin. Así fue que Trini se hizo cargo de guardar la encomienda. Dos días más tarde, almorcé con Mario Benedetti y a preguntas suyas acerca de lo cierto de la muerte de su gran amigo Dalton, le enteré de la documentación que yo había dejado en Casa. Fue después de eso que comenzaron a aparecer en medios cubanos los homenajes, comentarios y demás publicaciones relacionadas con nuestro poeta. Ahora el rostro de éste me veía más fijamente y con una sonrisa franca, comprensiva, desde todas las ventanas cubanas: la cultural, la tropical, la de la solidaridad y la de los ritmos que, en plenos carnavales, sonaban allá por el malecón, unas cuadras más abajo del Habana Libre… “¡Uno, do y tré… Uno, do y tré… Qué paso má chévere, qué paso má chévere, el de mi conga é…”

IV

Entré al centro comercial por el portón norte que da acceso al supermercado y a las diversas tiendas. Ya en el corredor, doblé hacia la derecha para ir a la tienda de artículos de oficina. Fue entonces que, desde lejos, lo ví. Era él. No cabía duda. Yo conocía aquélla nariz prominente, que compensaba una amplia frente, y esos arcos ciliares que, dando forma a las cejas, le confirieron siempre a su rostro ese semblante triste (como en la foto aquella con la taza de café y los envases de sodas. ¿Lo recuerdas? – me dice el entrometido de mi otroyó).

Obviamente, él no me iba a poder ver a mí, aunque ya me había acercado lo suficiente para examinar más de cerca aquella cabeza, los ordenados cabellos, el porte y demás detalles… Es realmente su viva imagen. En este busto sí era él, inconfundiblemente. Después de examinarlo, con permiso del dueño del lugar, descubro que no tiene nombre de autor. Pero algo me dice que yo había visto ya esta obra. “Hace muchos años, acuérdate…” parecen decirme sus ojos… Pongo más atención y con esa postura en que el mentón suyo está muy levantado, le veo en otro tiempo y en otro lugar…

Allá por 1979, una tarde de esas que Ricardo Castrorrivas llama “de poesía húmica”, compartida con Chamba Juárez, Edgardo Cuéllar y alguien más que no logro recordar, dispusimos visitar al escultor “Cerritos” en el taller que él tenía en el antiguo local de una escuela, en las cercanías de La Ceiba de Guadalupe. Se encontraba trabajando en un busto de Roque Dalton, en la etapa de modelarlo en arcilla. Las nubes que en la memoria va acumulando el tiempo no me permiten distinguir en aquel busto de mis recuerdos, más detalles que los que me llamaron la atención en este otro que tenía en venta el ignaro vendedor de antigüedades que lo poseía. ¡Nada menos que el busto del poeta salvadoreño más famoso de nuestra historia! Fuese o no el de “Cerritos”, éste sí era Roque. Había que rescatarlo. Era una versión hecha en algún tipo de resina que se había manchado y deteriorado, pero esos defectos no afectaban el valor de la figura que representaba. Preguntado que hube al anticuario el precio de aquella obra, comprobé que podía pagarlo y lo hice. Rescaté al poeta. Ahora era mi Roque. Y nadie más lo tendría. ¿Nadie más? (11)

Desde el lugar donde he escrito estos testimonios, tuve siempre a la vista el busto de don Roque, que es así como mis nietos dieron en llamarle al personaje que descubrieron en lo alto de una de las libreras, sitio donde lo coloqué desde el día en que lo traje a casa y lo invité a compartir mi estudio. Los dos niños ya sabían lo que es un busto porque crecieron viendo el de Beethoven, a quien yo, delante de ellos, llamaba don Beto; de ahí, mis inquietos descendientes tomaron el “don” para endosárselo al nombre de nuestro poeta, aunque sin comprender todavía cuál había sido su oficio, a juzgar por lo que el mayor de ellos me preguntó en cierta ocasión: “Abuelo, ¿y tenés música de don Roque?” Conteniendo la risa le contesté muy seriamente que ese personaje no había sido músico sino escritor, pero que, en cierto modo, había hecho música con palabras. Eso provocó una retahíla de preguntas tras la cual pude darles a los dos mocosos una sencilla explicación de lo que es la melodía que forman los versos, cuando son armónicos, valiéndome como ejemplo del poema El Nido, de Alfredo Espino, que ambos chiquillos conocen de cabo a rabo, merced a que la paciencia de su abuela, después de mil repeticiones en altas y pausadas voces, logró que la más conocida composición del Poeta Niño se fijara en aquellas absorbentes mentes infantiles y, a la vez, que se volviera insoportable para mi, de tanto escuchárselo a ella.

Ahora, el busto de Roque posa en algún lugar del Centro Cultural Nuestra América. Antes de darlo en donación a esa institución, se lo ofrecí en más de una ocasión a los hijos de Roque, pero ninguno de ellos pareció interesarse en tenerlo o, en el mejor de los casos, no quisieron que yo me despojara de lo que para mí, es una exacta representación de la figura del notable escritor salvadoreño, que estuvo dispuesto a aceptar todas las muertes que le correspondieran, aunque nosotros, los “guanacos hijos de puta”, sus hermanos, nunca estaremos dispuestos a aceptar el cobarde e inmoral silencio de sus asesinos.

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N O T A S
(1) Muchos poemas inéditos de Lil, clandestinos en su mayoría, así como cartas personales enviadas por ella durante los años que duró la guerra revolucionaria en nuestro país, se encuentran en manos de Miriam Medrano, otra compañera nuestra que fue su más fiel amiga y camarada de luchas; con un celo admirable. ha ordenado ella todo ese precioso material que dejó Lil, esperando la oportunidad de que sea publicado. Al momento de ser escritas estas memorias, había ya una oferta en concreto de parte de la Universidad de El Salvador para publicarlo. En la página electrónica del Servicio Informativo Ecuménico y Popular, Roberto Pineda aporta algunos datos sobre Lil que a continuación transcribo:
“Lil Milagro inicia como dirigente de la Juventud Demócrata Cristiana en 1966. Su formación ideológica fue de corte socialcristiana, aunque más tarde sería fuertemente influenciada por el marxismo. En 1970 cuando recién había egresado de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales, muy decidida, abandona su hogar en San Jacinto, donde vivía con sus padres, dando inicio así, a su vida en la clandestinidad. En 1971, Lil Milagro aparece en un pequeño movimiento llamado simplemente, “El Grupo”, el cual sería el núcleo de la organización que en marzo de 1972, resurgiría con el nombre de Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), en medio de un candente proceso electoral.
“Dagoberto Gutiérrez, uno de los jefes guerrilleros durante el Conflicto armado salvadoreño y quien conoció a Lil Milagro, menciona que en los primeros años de la década de los 70, la prensa describía a Lil como una “guerrillera serena que se retiraba tranquila y disparaba segura”. A su compañera, un arma cuarenta y cinco de cacha plateada, Lil la llamaba de cariño “Santa Sofía de la Piedad”. Gutiérrez, la describe como “la jefa guerrillera, maestra del pensamiento e instructora de la paciencia, que amaba la poesía por encima de todo. La revolución fue siempre su sueño y desvelo y el socialismo su utopía más segura”.
“En 1975, Lil Milagro junto con Eduardo Sancho y otros compañeros de armas, deciden abandonar las filas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y fundar un nuevo movimiento político-militar: La Resistencia Nacional (RN). La separación fue debido a pugnas ideológicas en el seno de la organización, que tuvieron como desenlace, los asesinatos del poeta y revolucionario Roque Dalton y el obrero Armando Arteaga, ambos cometidos por la alta dirigencia del ERP. Durante un tiempo, Lil y Roque habían mantenido una relación amorosa que finalizaría abruptamente con la muerte del poeta salvadoreño.”
(2) Además del “Chato” Silva, recuerdo que siempre estaban presentes los bachilleres Mario Guerra, el “Chele” Héctor Gómez Véjar, Ivo Príamo Alvarenga, Omar Pastor y Ernesto Ramírez Guatemala, ilustrado estudiante que estuvo encarcelado muchos meses por haber lanzado piedras a la Embajada de los Estados Unidos en una manifestación de estudiantes; este personaje usaba unos lentes bastante gruesos que se le estropearon cuando lo capturaron, por lo que, al salir de la cárcel y retornar a los estudios, tomó la determinación de no procurarse otras gafas porque, según dijo, no valía la pena seguir viendo lo que ya había visto, promesa que cumplió durante mucho tiempo. Otra de sus excentricidades era darle soda con licor a su perro cuando andaba de farra. Todavía me arrepiento de haber accedido a regalarle el Napoleón de mármol que me había quedado en el reparto de bienes de la mentora Cecilia Chery, en cuya casa viví algunos años, tras abandonar la casa de mi padre debido a los problemas con mi madrastra.
(3) Esa no fue la única vez que Roque llegó a “la facultad de Derecho”. Cuenta Ricardo Aguilar “Humano” que él le acompañó en más de una ocasión, pues el poeta asistía ahí a reuniones que, seguramente, tenía con militantes del PC. Después de una de esas visitas, ya entrada la tarde, Dalton le pidió a Ricardo que le acompañara a la Facultad de Humanidades, que entonces se hallaba en lo que fuera el Colegio Sagrado Corazón, frente al Palacio de Correos. Posteriormente, se fueron de copas a varios bares de la zona conocida como “La Praviana”. Roque ya había visto a algunos sujetos que les seguían y, por momentos, cambiaba el paso de lento a apresurado, por el solo hecho de provocar a aquellos sujetos que incluso entraron a uno de los bares para mantenerle vigilado desde otra mesa. Unas horas más tarde, avanzada ya la noche, le capturaron. A los ruegos de Roque de que no lo dejara solo, Ricardo quiso subirse al vehículo de los captores, pero le rechazaron con una patada en el pecho; ya repuesto del susto y del golpe, Ricardo llevó la mala nueva, primero, a la mamá de Dalton que vivía a pocas cuadras de ahí, y después, a un bachiller llamado Ernesto Ramírez Guatemala (de quien ya nos hemos ocupado en la nota anterior y volveremos a ocuparnos en la 6), para que diera aviso a los compañeros de Socorro Jurídico. Por tanto, la vez que yo ví a Roque y no me acerqué a él, bien pudo ser la del día de su captura. La versión de Ricardo Aguilar, pareciera quedar desacreditada por la siguiente afirmación que David Hernández hace en “Roque Dalton, un modelo para armar” que aparece publicado en el suplemento Vértice del Diario de Hoy, con fecha 8 de febrero de 2004. En palabras de Hernández: “Según narró Dalton a Roberto Armijo en La Habana años después, tiene la certeza que Ricardo A. lo delató, pues antes de su captura ese septiembre de 1964, Ricardo A. se ausentó de ‘El Paraíso’(famoso bar de San Salvador, donde estuvieron bebiendo el día de la captura) y no lo vió más”. Lo curioso es que Armijo, años después, en su lecho de muerte, le confió a Aguilar los originales de su libro “El Pastor de las Equivocaciones”, para que lo publicara con fondos de la Fundación Salarrué, que Aguilar dirigía. ¿Podría ser creíble que Armijo confiara algo así a una persona sospechosa de haber sido el delator nada menos que de Roque Dalton?
(4) Doña Cecilia Chéry era hermana de Marie Chéry de Espirat y juntas fundaron la École des Jeunes Filles aquí en San Salvador. Trabajó también ahí una tía de mi padre, Antonia Mendoza, que fue una respetada mentora de su tiempo a quien educadores como don Saúl Flores, llamaban “Maestra de Maestras”, por haber desempeñado una labor al parecer muy eficiente, formando docentes en la antigua Escuela Normal España. En la casa que fue de doña Cecilia, vivía una anciana llamada Mercedes García, su antigua ama de llaves a quien legó el usufructo de la vivienda; también dos fieles empleadas y una señora nicaragüense que, nunca supe por qué circunstancias, fue huésped vitalicia de esa casa: cuatro mujeres que me prodigaron buena parte del cariño que durante mucho tiempo yo no había podido recibir de nadie. Conviví con ellas por espacio de cuatro años, hasta que la muerte de la señorita García nos hizo salir de ahí y separarnos. Una vez los sobrinos de doña Cecilia tomaron posesión de la propiedad, nos ofrecieron a cada quien de los que hasta ese día moraríamos en esa casa, llevarnos lo que se nos antojara de los bienes ahí existentes. Yo cargué con tres o cuatro cosas con las que me mudé a un aposento alquilado en el vetusto edificio Ambrogi: un chaisselonge de mimbre; una maleta que me gustaba porque la adornaban muchas de pegatinas con ilustraciones de ciudades europeas, como las que se ven en revistas de entonces; un par de artículos de escritorio con repujados en cobre y pirograbados, hechas años atrás por alumnas de las hermanas Chéry durante las clases de manualidades que impartía don Rafael Lara, abuelo del actual investigador literario Rafael Lara Martínez, quien tuvo oportunidad de apreciar esos tesoros en mi casa actual; también me llevé una estatuilla de Napoleón, en mármol, que me acompañó durante varios años hasta que un sismo la tumbó y fragmentó; ya reparada, fue a parar al escritorio del bachiller Ernesto Ramírez Guatemala, ya conocido en este testimonio. La maleta, en mi nueva residencia, nos sirvió a mi y mis amigos para guardar respetables cantidades de cannabis cultivados por las manos expertas de una de las musas de Ricardo Aguilar Humano; finalmente se fue deteriorando hasta quedar inservible. Los amigos juraban que murió drogada y en cueros pero feliz. En cuanto al chaisselonge, debo confesar que nunca lo usé. Fue la cama del poeta Uriel Valencia durante algunos años, desde la primera noche en que, habiéndome pedido posada por ser muy tarde, decidió repetir la experiencia hasta el día en que me casé y dejé el edificio. El poeta se quedó con el apartamento, el chaisselonge y mi cama, que había sido de mi padre.
(5) En efecto, de acuerdo con la biografía de Roque que aporta el Servicio Informativo Ecuménico y Popular, esos triunfos se dieron en 1956, 1958 (con su largo poema “El nuevo amor de siempre”) y 1959 (con “El hijo pródigo y otros poemas del retorno”). Creo que en el mismo certamen, solo David Escobar Galindo y yo obtuvimos premios el mayor número veces; él, al ganar accesit en 1a rama de poesía, en 1962, 1964 y 1965; y el primer lugar en la misma rama, en 1963 y 1964. En mi caso, los reconocimientos se dieron en 1969, con un accesit en la rama de poesía, por el libro “Palabrotas con dolor”; luego, en 1970, obtuve el primero en poesía con “Los muertos y otras confesiones”, y el segundo en cuento con “El matamoscas y otras ficciones”; en 1971 gané de nuevo el primero en poesía con “Los pájaros”, y el segundo en cuento con “Mitos trágicos y Breves”.
(6) Varios años más tarde me lo mostraría en unas fotografías que nuestro muy querido amigo y compañero de organización Raúl Monzón trajo de Cuba, por la época en que ese otro gran camarada que fue Armando “Gato” Herrera se hallaba al frente de la Editorial Universitaria; los tres, Armando, Raúl y yo, convenimos en utilizar mi ejemplar de la Ventana en el Rostro para hacer una reedición en facsímile y, para acompañar su lanzamiento, un cartel con una de aquellas fotografías de Roque, en donde él aparece sentado ante una mesa agitando una taza de café, entre envases de sodas y con una mirada tremendamente expresiva. Para editar el libro fue necesario desencuadernarlo y, hechas las planchas, reencuadernarlo, sacrificio al que yo accedí complacido de que muchos lectores llegaran a leer esa obra inicial de nuestro poeta, y confiado, además, en que los expertos trabajadores de dicha imprenta sabrían dejarlo como si nunca lo hubiesen desarmado. Para el cartel, además de la fotografía que aportó Monzón, aporté yo la firma de Roque que tiene mi ejemplar puesta también en facsímile; y el poeta, como pie de su foto, aportó una cuarteta de aquellos famosos versos suyos:“Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre…”.
(7) Hubo un primitivo Café Doreña, con mobiliario más moderno, ubicado en el edificio donde tenía su sede la entidad que lo había creado, conocida también como “La Cafetalera”; después abrió sus puertas otra sala del Doreña en el edificio donde, años atrás, estuvo el “Club Internacional”, centro social de la vieja “realeza” criolla, al costado oriente de la catedral; era éste el que visitaban los escritores mencionados al principio de este capítulo.
(8) El título de ese poema es VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE UN POETA. Lo escribí unos cuantos días después del asesinato de Roque y se lo mostré a Francisco Díaz Barrera, un catedrático de Letras de la UES, compañero de Luis Melgar y Uriel Valencia. Este amigo me hizo ver que era peligroso publicar un poema que se refería a los asesinos de Roque en términos tan fuertes, y que si los del ERP habían tenido agallas para matar a Dalton, nada les impedía acabar con quien lo defendiera, sobre todo –me hizo ver- si se trataba de alguien que aún no estaba organizado en ningún movimiento revolucionario y que, “para acabar de quemarse” trabajaba en una empresa derechista, como se consideraba a las agencias de publicidad. Yo le hice ver que alguien debía protestar, no solo por un asesinato tan absurdo como ese, sino, sobre todo, por la vil acusación que para justificarlo habían descargado sobre el poeta. Convencido, Francisco me dijo “yo me la juego con vos… Se lo voy a dar a Leonel Menéndez, para que lo publiquen en Abra.” Y así lo hizo. Ningún otro escritor nacional se pronunció en condena de aquel crimen. Posteriormente incluí el poema en mi libro Homenaje Nacional.
(9) Nunca estuve completamente seguro de cuál fue la razón por la que Rafael me había propuesto para hacer aquel viaje, pero pudo deberse a que tanto él como otros miembros del Partido Comunista me habían visto participar allá por 1966 en recitales para alumnos del Instituto Obrero “José Celestino castro”. Posteriormente, su director, Carlos Inocente Gallardo, me ofreció la plaza de profesor de letras y dibujo, que ocupé durante un año. Este colegio había sido establecido por el PC para brindar educación, principalmente a hijos de obreros. Entre mis compañeros de docencia puedo recordar, además de Gallardo, a Carmen Alemán de Vides, Guadalupe Lozano, el doctor Salvador Valencia Robles y Efraín Northalwarton Abullarade, con quien hicimos una buena amistad, de la que disfruté hasta el día en que fue detenido y condenado a prisión por “tenencia de literatura subversiva”, indignante delito empleado por los gobernantes del pasado contra intelectuales y profesionales progresistas. El encargado de la contabilidad del instituto, era José Dimas Alas, quien, como sabemos, acompañó a Salvador Cayetano Carpio en los inicios de las FPL. La dirección de este instituto, a inicios de los años 70, fue confiada al compañero Armando Herrera.
(10) Conocí a Eduardo Sancho en la universidad, donde ambos habíamos dado a conocer nuestra inclinación por la poesía. Yo solía visitarle en su casa y fue él quien me presentó a la pintora Rosa Mena Valenzuela, que era su vecina. A pesar de nuestra amistad, Eduardo siempre prefirió frecuentar a otros escritores, por lo que poco a poco fuimos dejando de vernos. Durante el tiempo en que él ya se había convertido en dirigente revolucionario, volví a verle algunas veces, casi siempre muy cerca de la casa de mi padre, mientras él cumplía alguna misión propia de las actividades de la organización a la que entonces pertenecía. Estoy seguro de que la publicación de mi poema a Roque, al que me he referido antes, despertó en Fermán Cienfuegos (Sancho), Lil Milagro y Mirna López, tres personas que me conocían bien, suficiente confianza para encomendarme llevar a Cuba la documentación sobre la muerte de quien había sido su compañero de armas. Cuatro meses después de mi viaje a Cuba, Lil Milagro de la Esperanza Ramírez Huezo Córdoba es herida y capturada en San Antonio del Monte, Sonsonate. A Mirna no volví a verle nunca más. A Sancho, mientras estuvo en el frente, sólo lo ví una vez en Managua, con motivo de un encuentro que tres miembros directivos del efímero Partido Social Demócrata, tuvimos con los cinco comandantes del FMLN. Curiosamente, no me permitió intercambiar con él más que el saludo.
(11) Nadie, ni sus amigos, ha sabido explicarme de dónde obtuvo el escultor Alberto Ríos Blanco el seudónimo de “Cerritos”, que es como todos le decíamos. Fue compañero de Dagoberto Reyes y bajo la dirección de su maestro Benjamín Saúl, realizaron la escultura que integra la fuente luminosa de la 25 av. norte de la capital. Compartimos con ellos muchos años de compañerismo y mesas de cafetines. Fue durante esa visita que Chamba Juárez y yo tomamos la decisión de incorporarnos al Frente de la Cultura Popular, en el que ya estaban contribuyendo con su trabajo artístico, entre otros trabajadores de la cultura de diversas especialidades artísticas, el compositor Saúl López que musicalizó “Poema de Amor” de Roque, y los hermanos Roberto y Franklin Quezada, quienes integraron el conjunto Yolokamba Itá que, durante el conflicto, llevó a muchos países esa composición que ha devenido himno de nuestra identidad.

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NOTA. Fotografía-collage: arriba y a la izquierda, Rafael Mendoza Mayora; arriba y a la derecha, Roque Dalton; abajo, el monumento hecho por el pintor, escritor y escultor Armando Solís, dedicado a Roque Dalton, y que está situado en la Universidad Nacional de El Salvador.

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           POEMAS DEDICADOS A ROQUE DALTON POR EL AUTOR

 Libro Rafael Mendoza 4

 

ROQUE DALTON GARCÍA

Siempre quise ponerme el mejor traje,

“el de reir y llorar” como decimos

aquí, los marginados,

para ir a tu despensa de bellezas.

Siempre quise darte algo.

Y, mira:

¡qué inútiles mis manos!

Solo te traen un poema.

Eso que tú has tirado en todas partes…

            (De TESTIMONIO DE VOCES. 1971)

***

Libro Rafael Mendoza 11 

VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE UN POETA

 

“Cuando sepas que he muerto
no pronuncies mi nombre”…  

Érase un individuo que tenía

una nariz muy especial,

una nariz con gran capacidad para olfatear

malos agüeros y chacales,

muy perspicaz para entenderse con su lengua

y con los grandes Lenguas no académicos.

nadie esperaba que el sujeto apareciera aquí,

precisamente aquí,

más abajo del trigal,

cerca de las Honduras del refrán,

donde bate la mar ddel sur a las sirenas

más peligrosas del mundo.

lo cirto es que al brotar esa nariz

la gente se asustó y salió gritando

que aquello era un castigo del señor

por la matanza de campesinos ocurrida un año antes.

Entonces,

los versos de Vallejo rodearon al aparecido,

los vió él, triste, emocionado;

incorporose rápidamente,

echose a andar y dijo:

“Arrodillémonos para llorar

a los muertos recónditos.

A los inadvertidos hagamos justicia.”

Eso fue suficiente para echarse encima

la antipatía de los militares,

pero tratando de ser condescendiente con el sistema,

el muchacho aceptó ir al colegio

y de ahí pasó a la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias

Sociales de la Universidad nacional,

en cuyo paraninfo pronunció su más célebre discurso:

“Pobre de mí, pobre de mí que soy marxista

y me como las uñas,

que amo los suaves garfios de la arena,

las palabras del mar

y la simplicidad de las gaviotas,

a quien todos exigen estos días

que se acueste desnudo con las tarifas aduanales

y así jure ante el viento que el juez

es superior al asesino…”

Aquello, para el gobierno, fue el colmo

y ordenó la inmediata captura

de aquel habitante de otras galaxias que así

probó por vez primera la amargura de estar preso

con La Ventana en el Rostro. Mas el tipo

siempre llevaba consigo un cigarro escondido

y una noche dispuso hacer la prueba

de invocar a la Libertad con la siguiente salmodia:

“Yo te conjuro cigarro puro padre

de tus volubles hijos de humo.

En el nombre de satanás, lucifer y luzbel

y por la virtud que tú tienes

haz que ella sienta amor por mí,

desesperado  amor por mí.”

La Libertad acudió a salvarlo

y le dijo que él no había nacido para ser un fiel

de balanzas forenses ni cosa parecida

y que mejor se marchara con su música a otros mundos;

después le entregó los códices secretos de Brujo Cunjama,

le hizo el encanto de que le salieran alas,

le dio el soplo reservado a los nahuales

y le dijo que de ahí en adelante

se las arreglara solo.

Nomasito dio vuelta por Ayagüalo camino´ell puerto

comenzaron a surgir leyendas de que él

había hecho pacto con el Cadejo

y los aprendices de poesía se atrevieron a salir del soneto

con sus largas listas de chabacanadas,

tratando de seducir a la Rosa de los Vientos

para que les revelara el misterio de las alas

y el paradero de “el Narizón”,

quien desde su retiro les enviaba de vez en cuando

un pajarito con la sabia recomendación

de que no se alagartaran y que para todos

da diós, contimás locura.

Entre tanto, nuestro amigo aprovechaba el tiempo

restaurando testimonios encontrados en los caminos

que conducen a Roma la Nueva, en compañía

de otros olfateadores de su especie,

entre ellos Pedro Páramo, Bola de Nieva,

la Mulata viuda de Tal, Pachito, el Ché,

la Maga, Sandino, la Cándida Aridnere,

la Iris Mateluna, Fantomas y el Negro

que hizo esperar a los ángeles.

Nada menos en esa isla donde los descendientes

del Caimán Barbudo tienen su famosa Casaa,

ayudó a coordinar el regreso de Mambrú

y el triunfo definitivo de la Mama Grande.

Al Pulgarcito no le iba muy bien que digamos,

pero al menos tenía un porta representándolo eficientemente

y diciéndole al mundo que aquí

“todos somos abnegados y fieles

al prestigio del bélico ardor”.

Y fue por ese ardor que al Narizón se le ocurrió

volver al “apretacanuto” cuscatleco,

lo que quedó confirmado el día en que los diarios

sacaron la noticia de que él (“no pronuncies mi nombre”)

había sido ajusticiado por un grupo de ñatos

que lo acusaban de traidor.

Después nada se supo. Digo nada

de la supuesta traición, ni del cadáver.

Bástenos recordar que el hombre poseía

una nariz tan envidiable que, claro,

nunca le iban a perdonar su experiencia

en dar saltos de envergadura y no brinquitos.

En fin,

como él mismo hubiera dicho al ser condenado:

cada revolución tiene cabrones

que no se la merecen.

A lo mejor ya se esperaba el desenlace.

Gran profeta que fue.

se adelantó a la vil sentencia

cuando le tocó El Turno del Ofendido:

 “Digo

que con una pequeña sonrisa y el viejo traje limpio

aceptaré todas las muertes que me correspondan…

…Y de nuevo podéis decirme el hermano pobre

el destrozado camarada pobre

agradeciendo como un perro si pan de cada noche.”

Lo demás sí lo sabemos:

que los poetas comprometidos tienen más enemigos

que los poetas y que los comprometidos,

sobre todo cuando  tienen una buena nariz,

de esas que saben apuntar al blanco,

razón lo suficientemente clara

como para entender por qué muchos colegas

no dijeron ni pío al enterarse

de la muerte de este “pueta” que adoraba

las conchas frescas con cerveza,

también a una gaviota llamada Lisa

y a la famosa enanita del circo que a diario

esperaba verlo salir de la tienda “La Royal”

y ahora se ha quedado sin él

sudando amor amor amor.

               (Revista ABRA. 1976 y en HOMENAJE NACIONAL. 1986)

***

Revistas Casa de las Américas

                 DÉCIMAS A ROQUE DALTON

    I

Roque de roca, trovero

telúrico, roquecido,

entre versos, gran jodido,

jugás al esconde-lero.

¡Ay, Roque, guanaco entero

de los pies a la razón,

me está doliendo en el son

de esta décima atrevida,

todo el dolor que la vida

te clavó en el corazón!

   II

Roque: he sabido que tú

fuiste brujo de la rama

secreta del Gran Cunjama,

el que burló a Belcebú;

y que también Babalú

Ayé te dio su poder;

por eso no puedo creer

que has muerto. No cabe duda:

te olvidaste de la ruda

en la emoción de volver.

    III

 

Desenrocándote, hermano,

en la luz de otras materias,

se nutren hoy tus arterias

como profético grano.

Tal vez le darás la mano

en tal fructificación

a la oruga y al carbón

que llegará a ser diamante;

si es así, pues… ¡adelante

con  tan clandestina acción!

     IV

En la montaña roqueña

que levantó tu poesía,

la noche, su minería

ejecuta, peña a peña.

En esa labor se adueña,

ella, de cada cristal

que aparece en su huacal

al escarbar bajo el verso

y lo agrega al universo

que  guarda en su delantal.

(Revista Casa de las Américas, Nº 227. Cuba. Abril-Junio, 2002)

***

rafael-mendoza-mayora-img_2007

A UN GRAN FANTASMA  INDÓCIL

Esta es la cuarta vez, mi querido poeta,

que yo le escribo algo.

En la primera di testimonio de su voz

y usted estaba todavía en este mundo.

Eso fue el mismo año en que usted se vio inflamado

por el que fue quizá su amor más subversivo

aquel que le hizo bailar un tango

cantado por Pablito Milanés,

y ya con la ayuda del ron

hasta echarse una ranchera. ¿Se acuerda?

Fue el corrido de El Hijo Desobediente

Un Domingo estando herrando
Se encontraron dos mancebos
Echando mano a sus fierros
Como queriendo pelear…).

 

¡Ah tiempo suyo aquél vivido en La Habana

recibiendo los laureles por Taberna

y compartiendo el parnaso tropical con otros grandes!

Pero antes de meterme en anécdotas,

déjeme decirle que mis otros dos homenajes.

se los dediqué cuando usted ya se había convertido

en el fantasma que con los años seguiría

deambulando por la habitación de Isidora

su amor de entonces. Según ella cuenta

en la famosa Carta que le envió a la eternidad

usted se le aparece a los pies de la cama

y le clava esa mirada fija que, todavía

a sus ochenta y seis años, suele provocarle

una leve comezón, un ardor en la piel.

Es para entender por qué, sobre esa epístola,

Mónica Ríos, otra chilena metida en textos,

se pregunta si es más o menos incorrecto

que un materialista dialéctico, como usted,

se aparezca en espíritu. “¡Vade retro!…

¡La negación de la negación! responderán

quienes le envidian a usted vida, pasión y suerte

con los lances del corazón, menos su muerte

por la que todavía no responden los asesinos.

Sí, se ha convertido usted en un fantasma indócil

que se quedó con la costumbre de visitar

la cocina donde le preparaba el café aquella musa

con la que recorrió las calles de La Habana

que llevan al mar y que ahora he sacado yo

de su Pérgola de Flores, sin ella saberlo;

de seguro al verlo ahí sentado sorbiendo el amargo,

ella le hará la misma pregunta de antes:

¿Qué le parece, maestro,

si nos vemos más seguido?  Y usted,

con el humor de siempre le responderá sonriendo

con su acostumbrado Si, cómo no, maestra.

Después se despedirá, se marchará

y Benedetti saldrá de algún libro

dispuesto a acompañarle en su viaje de regreso

a aquellos otros lugares donde el amor

sigue entendiéndose con fantasmas que saben

salvar a la humanidad con la palabra.

                                      San Salvador. 14 de mayo de 2014

***

Relacionado: HE DICHO. Cortometraje documental sobre Rafael Mendoza Mayora.

HE DICHO

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MONSEÑOR ROMERO Y ROQUE DALTON COMPARTEN ALGO MÁS QUE EL MES DE MAYO

Monseñor Romero 2 - copia

En los días de la guerra civil salvadoreña (1980-1991), mencionar a Roque Dalton y a Monseñor Oscar Arnulfo Romero estaba tácitamente prohibido. Las fuerzas de la derecha política y quienes se identificaban con esa ideología miraban con muy malos ojos a quienes se expresaran bien de Romero y de Dalton; la gente que sentía cariño sincero o curiosidad hacia ambos, leían clandestinamente sus homilías y sus libros de poesía, respectivamente.

Cuando se firmaron los Acuerdo de Paz en 1992 empezó a haber más apertura para el conocimiento de estos dos personajes; sin embargo las personas más conservadoras siempre tuvieron mucho recelo hacia ellos.

En mayo de 2015, como una feliz coincidencia, se han unido estos dos salvadoreños universales que, desde diferente perspectiva, se pronunciaron contra la impunidad y la injusticia imperante en El Salvador. Y es que este mes nos trae el 10 de mayo, fecha en que Roque Dalton fue asesinado, el 14 de mayo, fecha de su nacimiento, y el 23 de mayo (de 2015), fecha de la beatificación de Monseñor Romero.

Monseñor Romero, ferviente creyente, fue asesinado cuando él era la máxima autoridad de la Iglesia Católica en El Salvador; él pensaba que no se podía hablar “del amor de Dios” sin hacer de este mundo un lugar más justo y equitativo. Dos semanas antes de su muerte dijo en una entrevista: “He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.”

Romero recibió una bala mortal un día después de pronunciar las siguientes palabras: “Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: ´No matar´. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”. (Homilía dominical, 23 de marzo de 1980).

Afiche de Roque Dalton

Roque Dalton, poeta, no creyente, y eternamente enamorado de la idea de ver -también- un El Salvador más justo y equitativo, fue asesinado por sus compañeros de lucha (el ERP) bajo acusaciones falsas y en un “juicio” turbio y amañado. En su lucha por la justicia, Dalton había sufrido cárcel y exilio en numerosas ocasiones. Durante sus años más productivos, literariamente hablando, publicó libros en varios países, y ganó el prestigioso premio de Casa de las Américas.

Roque Dalton había escrito: “Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre, porque se detendría la muerte y el reposo. (…) Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.  Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta. No dejes que tus labios hallen mis once letras. Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.”

Monseñor Romero y Roque Dalton comparten hoy no sólo el mes de mayo, sino también el hecho que sus asesinatos tienen un origen político y de poder. Ambos fueron asesinados también debido a la intolerancia. Dalton y Romero comparten, desafortunadamente, además, las hieles de la impunidad. Ninguno de sus asesinos han sido acusados y llevados a juicio, y la injusticia, en El Salvador, brilla como una lámpara macabra, que hace cada día más y más, de este país, una vergonzosa y desacreditada sociedad.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografías por Óscar Perdomo León. La fotografía de Monseñor Romero fue tomada a la entrada del Museo Monseñor Romero, ubicado en el hospital Divina Providencia, en San Salvador. La fotografía de Roque Dalton es la de un afiche sacado por el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte, CONCULTURA, y entregado en un concersatorio que se llevó a cabo en el auditorio de la Universidad Centroamericana UCA (San Salvador); era la primera vez que una organización gubernamental se pronunciaba sobre Roque Dalton.

***

Les dejo aquí el documental ROQUE DALTON, EL POETA GUERRILLERO, narrado por el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II. Muy bueno. Se los recomiendo.

NOTA: Una advertencia: cuando aparece hablando el poeta Ricardo Castrorrivas, ponen, equivocadamente, el nombre de Dagoberto Gutiérrez.

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Y les dejo además esta entrevista a Carlos Dada, director del periódico digital El Faro, en donde se habla sobre la muerte y los asesinos de Monseñor Romero.

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MI ROSTRO

Óscar P. L. IMG_20150507_150737 - copia

I

Hermana, hermano, den su mano a esta criatura dolorida,

a esta media mirada

que gotea una lágrima.

Mi tristeza es un panal amargo, un colibrí con alas rotas,

una mirada perdida

en ninguna parte.

II

Mi rostro fue cortado.

Una mitad solloza

y la otra cayó en la basura.

No importa.

Creo que como una estrella de mar o una lagartija nerviosa

regeneraré un día en mi cara

la sonrisa.

III

Los días avanzan incansables,

-directos en su misión-

implacablemente

buscando mi muerte.

Los días no se equivocan. Llegarán a su destino.

IV

Mientras tanto, con la mitad de vida que me queda,

abrazaré la música,

besaré a mis hijas,

devolveré a mi madre

una palabra amorosa.

V

Hermana, hermano: gracias por no soltar mis dedos.

Amigo lejano: gracias también. Tu cercana presencia alivió mi angustia.

Ahora estoy seguro:

mi rostro mutilado

emergerá

de las tinieblas.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

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¿ES LA IGLESIA CATÓLICA UNA FUERZA PARA EL BIEN EN EL MUNDO?

Debate sobre la Iglesia Católica

¿Es la iglesia católica una fuerza para el bien en el mundo? Esta fue la pregunta central que se debatió y contestó en el Central Hall de Londres en una reunión patrocinada por Intelligence 2.

Hubo cuatro panelistas, Ann Widdecombe (miembro del parlamento inglés por el Partido Conservador, nacida en 1947) y John Onaiyekan (Arzobispo de Abuya, Nigeria, nacido en 1944); ambos estaban a favor de la Iglesia Católica.

Los otros dos exponentes, Christopher Hitchens (escritor y periodista británico, 1949-2011) y Stephen Fry (comediante, actor, director y escritor británico, nacido en 1957) estaban en desacuerdo con que la Iglesia Católica fuera una fuerza para el bien.

Interesante fue que se hicieron dos encuestas, una al inicio y otra al final del debate.

Encuesta hecha antes de iniciar el debate: 678 estaban a favor de que la Iglesia Católica es una fuerza para el bien, en contra hubo 1102 y el número de indecisos fue de 346.

Encuesta hecha al final del debate:  268 estaban a favor de que la Iglesia Católica es una fuerza para el bien (es decir, 410 menos que al inicio), en contra hubo 1876 (es decir, 774 más que al inicio) y el número de indecisos al final fue solo de 34.

El debate lo pueden ver completo aquí en mi blog. Está dividido en tres partes y está subtitulado en español.

Óscar Perdomo León

DEBATE 

¿Es la iglesia católica una fuerza para el bien en el mundo? Primera parte.

¿Es la iglesia católica una fuerza para el bien en el mundo? Segunta parte.

¿Es la iglesia católica una fuerza para el bien en el mundo? Tercera parte.

 ***

Artículo relacionado: “DIOS ES UN CONCEPTO CON EL CUAL MEDIMOS NUESTRO DOLOR”. Fanatismo religioso
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ESTEBAN E ISABEL (Tercera y última parte)

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Isabel, de profesión periodista, nació en Santa Ana en 1972; vivió durante sus primeros –y tan importantes- años de vida en la pequeña ciudad salvadoreña de Atiquizaya, en donde las particularidades del lenguaje ingenioso y burlón, ofensivo y atacante, vulgar y sabroso, le habían llevado a tener, en medio de San Salvador, entre tanto capitalino, una expresión verbal singularmente original, producto no sólo de las palabras –o palabrotas- que usaba en sí, sino también del acento característico que les daba, esa especie de tono en la voz como quien habla con cierta indignación pero en la cual no hay indignación alguna en absoluto.

Durante los años de inicio de la guerra civil salvadoreña, Isabel era prácticamente una niña; todos esos años los vivió alejada hasta cierto punto de la violencia fratricida. Por supuesto que todos y cada uno de los salvadoreños que vivieron esa época fueron afectados por la violencia de una u otra manera; pero Isabel vivió esos días con cierta paz e inocencia, hasta que se presentó en Atiquizaya la muerte de 6 estudiantes en 1980. El caso es que los jóvenes entre 11 y 14 años, quienes se habían inscrito inocentemente como miembros del MERS, fueron sacados de sus casas por la noche por los Escuadrones de la Muerte; sus cadáveres aparecieron asesinados y con señales de tortura en las calles y en diferentes partes del municipio de Atiquizaya. Las exequias al siguiente día fueron impresionantes y desgarradoras. Isabel, sin entender muy bien el porqué de los homicidios, grabó en su memoria aquellos acontecimientos.

Durante su adolescencia, Isabel, que era una mujer muy atractiva, tuvo muchos pretendientes; tuvo una que otra relación de noviazgo, pero nada en serio.

Es justo que diga que su pubertad estuvo llena de amor e instrucción; especialmente en el tiempo que pasaba con su padre; sus conversaciones eran siempre muy ricas y estimulantes; las historias de Esteban siempre le revelaban, sin fronteras, algo de nuestro país El Salvador o del mundo; ellas le hacían ver también las preferencias y gustos de su padre.

Cuando empezó a verse con Roberto se podría decir que los encuentros entre ellos habían sido suaves colisiones frecuentes y que habían entablado mutuamente una relación fluida y constante… Habían hablado mucho y se sentía que entre ellos había crecido una confianza franca; así que se habían contado recíprocamente muchas cosas de su vida.

Por eso la muerte de Esteban y la forma en que ocurrió, fue uno de esos traumas pesados y que cicatrizan grueso en el alma. Y ese queloide emocional y amplio que llevaba Isabel podía casi palparse cuando contaba su historia…

Una vez Isabel le contó a Roberto como esa terrible tarde del crimen de su padre ella regresó sola a su casa. Entró como quien entra en otra galaxia, como quien ingresa en una pesadilla desmembrada, confusa y malévola. Recordó cómo se lanzó sobre el cuerpo de Esteban y desahogó todo su llanto, en un abrazo último. La escena era abrumadora, espeluznante, como sacada de un cuento de terror, sangrienta, inhumana, febril, macabra y convulsionante… los adjetivos y los conceptos se me agotan al pensar en ella.

Con un trapo blanco Isabel limpió como pudo la sangre del pecho de Esteban y lloró desconsolada sobre el cuerpo ya sin vida. De pronto escuchó suavemente un llanto seco y reprimido y levantó su rostro. Se puso de pie y abrió el armario. Con inmensa sorpresa encontró a su madre, Rocío, acurrucada. Allí estaba ella con los ojos opacos y los labios temblorosos. En un pasillo de la casa, miró también a Salomón, quien se había arrastrado con mucha dificultad, tratando de salir de la casa.

Isabel se enjugó las lágrimas y su mirada se perdió en la nada… Entonces comprendió todo. Pero Isabel no juzgó a su madre. Sólo la auxilió, la acompañó al hospital y le dio soporte psicológico; ella, que apenas estaba entrando en la adolescencia, que sólo era casi una niña, era en realidad casi una mujer en cuerpo y mente.

Candelaria, siempre atenta y servicial, ya le había colocado el torniquete a Rocío en el antebrazo izquierdo y luego había salido a buscar ayuda…

***

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Una de esas noches de amor insaciable también Isabel le contó a su novio Roberto que años después de muerto su padre, buscó a Candelaria, testigo del asesinato de Esteban, para que le relatara paso a paso, detalle a detalle, todo lo que había acontecido esa noche de 1990.

Candelaria, una anciana bondadosa, de piel y hueso, supersticiosa, discreta al hablar y al actuar, siempre con una sonrisa arrugada en su rostro, presta a trabajar y a servir, tenía ese no sé qué de sabiduría que tienen nuestras viejos de pueblo, que en una frase sencilla pero que se ha venido añejando con los años, expresan una verdad de la vida.

-Niña, no haga que recuerde lo que no debieron haber visto mis ojos ni los suyos.

-Candelaria, sólo usted puede ayudarme a saber. Tengo que acordarme y saber todos y cada uno de los detalles de la muerte de mi padre.

-¿Para qué, niña Isabel? Eso sólo le va a trozar más su dolor.

-No, Cande, usted no entiende. Sólo voy a curar este dolor cerrando ese capítulo de mi vida y mientras ignore detalles no voy a descansar. Este capítulo de mi vida quiero abrirlo sólo cuando yo quiera y no cuando a él se le antoje abrirse.

-Vaya pues, niña –contestó Candelaria, con tristeza en los ojos-. Se lo voy a contar. Lo que pasó esa noche fue que…

A lo lejos podía verse una bandada de zanates y clarineros que caían sobre un árbol de fuego, erizándolo. Un árbol de Cortés alumbraba con su vivo amarillo. Un árbol de Maquilishuat, con su flor rosada, era testigo de lo que se contaba. En la lejanía podía verse, junto al árbol de Fuego encendido de flores y de pájaros, a las dos mujeres hablando cercanamente. La pavorosa escena de violencia emergía y crecía en las palabras de Candelaria, con grotesca vitalidad…

Lágrimas amargas brotaban sin parar de los ojos de Isabel, mientras escuchaba y revivía toda la historia de los labios de Candelaria.

(Así mismo volvió a llorar cuando se lo contó todo a Roberto, como si el asesinato de Esteban acabara de suceder. Aún hoy sería difícil olvidar el dolor de Isabel expandiéndose hacia el alma de Roberto).

Sin más palabras Isabel y Candelaria se abrazaron fuertemente.

El árbol de fuego –testigo callado- seguía encendido de flores y de pájaros…

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografías tomadas por Óscar Perdomo León

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EDUARDO GALEANO DEJA UNA HUELLA PROFUNDA EN AMÉRICA LATINA

EduardoGaleano_Foto_PatriciaCasanova

Eduardo Galeano (fotografía de Patricia Casanova)
Dedicado a Luis Águila.

El uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015) estuvo en El Salvador para recibir el doctorado honoris causa en el año 2005. Y es que aquí, como en todos los países de América Latina, Galeano era uno de esos escritores constantemente leídos. Sus opiniones, siempre concentradas, profundamente meditadas e interesantes, tenían mucho eco por estos lares.

En el año 2009 su nombre fue noticia internacional cuando el ex Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, le regaló al Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, un volumen de «Las venas abiertas de América Latina».

La última vez que supe de él fue cuando lo vi hablando en el largometraje documental de Tina Leisch sobre Roque Dalton, «Fusilemos la noche».

Aunque a Galeano se le contabilizan unos 43 libros publicados, su libro «Las venas abiertas de América Latina» es uno de los más leídos de él, es un clásico de la literatura que toca la historia y la economía de América Latina, y es un punto de referencia para muchos latinoamericanos que quieren explicar las raíces de la injusticia social que sufre la gente al sur del río Bravo.

A continuación les presento un artículo que escribimos con mi esposa en el año 2009 sobre «Las venas abiertas de América Latina».

Además, al final de este artículo podrán encontrar, para quienes lo deseen, un enlace para leer el libro completo.

 LAS VENAS que siguen ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

El clásico libro del uruguayo Eduardo Galeano que inicia con una cita que es como una bofetada para que todos los latinoamericanos despertemos: “… Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez…” (Proclama insurrecional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, 16 de julio de 1809), es una obra que deberían leer las masas empobrecidas y hambrientas de nuestra América, los profesionales, las amas de casa y los comerciantes; debería ser leído también por nuestros políticos (de cualquier corriente de pensamiento), para que tomaran consciencia del verdadero y adecuado papel que les correspondería jugar en la sociedad.

El libro “Las venas abiertas de América Latina” fue publicado por primera vez en 1971, pero pienso que su vigencia es tan fuerte hoy como lo fue hace 38 años. Es uno de los libros más reveladores y conmovedores que he leído en toda mi vida.

Fue escrito luego de una gran investigación por parte del autor, muestra de ello son las innumerables citas que aparecen como pie de página a lo largo de todas sus páginas. Es un viaje detallado por nuestra América que dura 500 años; muchos pueden alegar que “sólo es un libro más de izquierda”, sin embargo dudo mucho que las palabras del Códice Florentino, escrito por el fray Bernardino de Sahún durante la conquista sean de esa ideología: “mucho espanto le causó oír cómo estalla el cañón cómo retumba su estrépito, y cómo se desmaya uno; se le aturden los oídos, Y cuando cae el tiro, una bola de piedra sale de sus entrañas: va lloviendo fuego”. Los hechos son los hechos.

 El origen infame de la historia de nuestros países latinoamericanos, que han sido mil y una vez bañados de sangre y han sido víctimas de las perversas traiciones y juegos sucios de los políticos serviles de los poderosos, tiene como base la misma conquista, la cual fue hecha por ambiciosos e inmorales personajes españoles y portugueses, quienes seducidos por la avidez del poder y las riquezas vendieron sus posesiones en sus países natales para poder costear sus viajes al Nuevo Mundo, usando para someter a nuestros indígenas la infamia, la mentira y la injuria, todo bendecido por la Santa Iglesia (con pocas excepciones de algunos sacerdotes); armas heredadas desde entonces hasta la actualidad y que en definitiva son las que aún nos siguen sometiendo, entorpeciendo intencionalmente el desarrollo y el crecimiento de nuestra gente.

“La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta.”

Nuestra América estaba rebosante de riqueza, los tesoros en piedras preciosas, oro y plata eran grandísimos y cuando los Europeos del Renacimiento “clavaron su bota” en nuestro continente los saquearon sin misericordia y pensando que esas fuentes de riqueza eran inagotables.

Pero la otra gran riqueza fue la mano de obra gratis que consiguieron con la esclavitud de los indígenas de estas tierras y con la esclavitud de los negros traídos desde África. Este vasallaje inhumano contribuyó grande e innegablemente al crecimiento económico de Europa.

Pero esa riqueza tuvo un precio muy alto. El patrimonio que los europeos se robaron de Potosí, en Bolivia, especialmente en los siglos XVI y XVII, por ejemplo, dejó 8 millones de indios muertos.

 “En las comunidades, los indígenas habían visto «volver muchas mujeres afligidas sin sus maridos y muchos hijos huérfanos sin sus padres» y sabían que en la mina esperaban «mil muertes y desastres».”

“El dominico fray Domingo de Santo Tomás denunciaba al Consejo de Indias, en 1550, a poco de nacida la mina, que Potosí era una «boca de infierno» que anualmente tragaba indios por millares y que los rapaces mineros trataban a los naturales «como animales sin dueños».”

“Los indios de la América sumaban no menos de setenta millones, y quizás más, cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio después se habían reducido, en total, a sólo tres millones y medio.”

En libro de Galeano nos va conduciendo cronológicamente desde la venida de Cristóbal Colón y el encuentro de dos mundos, hasta los turbulentos días del siglo XX, con datos históricos y descripciones increíbles.

 “Los promedios engañan, por los insondables abismos que se abren, al sur del río Bravo, entre los muchos pobres y los pocos ricos de la región. En la cúspide, en efecto, seis millones de latinoamericanos acaparan, según las Naciones Unidas, el mismo ingreso que ciento cuarenta millones de personas ubicadas en la base de la pirámide social. Hay sesenta millones de campesinos cuya fortuna asciende a veinticinco centavos de dólar por día; en el otro extremo los proxenetas de la desdicha se dan el lujo de acumular cinco millones de dólares en sus cuentas privadas de Suiza o Estados Unidos, y derrochan en la ostentación y el lujo estéril -ofensa y desafío- y en las inversión total, los capitales que América Latina podría destinar a la reposición, ampliación y creación de fuentes de producción y trabajo.”

 El imperialismo –español y portugués primero, e inglés y gringo después- nos ha infundido durante siglos pensamientos errados para su propio beneficio. Por ejemplo, ha tratado de hacernos creer que nuestra pobreza está ligada a la sobrepoblación de nuestros países.

“Diversas misiones norteamericanas han esterilizado a millares de mujeres en la Amazonía, pese a que ésta es la zona habitable más desierta del planeta. En la mayor parte de los países latinoamericanos, la gente no sobra: falta. Brasil tiene 38 veces menos habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica; Paraguay, 49 veces menos que Inglaterra; Perú, 32 veces menos que Japón. Haití y El Salvador, hormigueros humanos de América Latina, tienen una densidad de población menor que la de Italia. Los pretextos invocados ofenden la inteligencia.”

Las oligarquías de cada nación latinoamericana han cerrado los ojos a la injusticia de un sistema capitalista voraz y excluyente.

 “La lluvia que irriga a los centros del poder imperialista ahoga los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes –dominantes hacia dentro, dominadas desde fuera- es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una vida de bestias de carga.”

“Incorporadas desde siempre a la constelación del poder imperialista, nuestras clases dominantes no tienen el menor interés en averiguar si el patriotismo podría resultar más rentable que la traición o si la mendicidad es la única forma posible de la política internacional. Se hipoteca la soberanía porque «no hay otro camino»; las coartadas de la oligarquía confunden interesadamente la impotencia de una clase social con el presunto vacío de destino de cada nación.”

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Los anteriores párrafos (resaltados en negro) tomados de este libro desgarrador “Las venas abiertas de América Latina” son sólo una pequeñísima muestra de la profundidad de los argumentos de Eduardo Galeano.

La independencia de Latinoamérica es una ilusión romántica. Por ejemplo, es cierto que en El Salvador nos independizamos de España hace 188 años; pero es verdad también que esa independencia no benefició a todos los salvadoreños; sino más bien a una pequeña oligarquía criolla, una minoría de raza blanca que eran hijos de españoles nacidos en estas tierras centroamericanas y que representaban apenas un 3 % de toda la población.

¿Somos independientes realmente cuando el gobierno de Los Estados Unidos de América se ha entrometido en nuestros asuntos desde principios del siglo XX hasta nuestros días? El gobierno de los Estados Unidos de América fue el propulsor de las numerosas dictaduras militares que sufrió nuestro país durante largas décadas.

Nuestras venas están hoy más abiertas que nunca. El pueblo por sí mismo puede hacer mucho, pero mientras existan en la ralea política gente deshonesta que sólo vela por sus intereses y que se vende descaradamente al mejor postor, como prostitutas baratas, seguiremos sangrando hasta quedarnos sin vida.

El destino de la mayor parte de la humanidad está condenado a la pobreza mientras el sistema internacional de relaciones entre países ricos y pobres no cambie. Y uno de los primeros pasos que se deberían tomar es la desobediencia a las políticas imperialistas de los Estados Unidos.

Para terminar -y aunque pareciera de entrada que no tiene nada que ver con el tema de hoy, pero sí lo tiene en su esencia- el pasado 05 de noviembre de 2009 recibió merecidamente el Premio Nacional de Cultura, el poeta Alfonso Kijadurías, y en su discurso de aceptación dijo: “La violencia más que la paz sigue imperando en nuestro país, porque la paz es incompatible con la miseria y la desigualdad social. No existirá paz si carecemos de una verdadera cultura democrática. Una cultura que favorezca las manifestaciones de las mejores formas del talento creativo y el acceso a ellas del mayor número de personas capaces de disfrutarlas y valorarlas con un criterio soberano, no manipulado por sutiles o explícitas coacciones de la ideología, del comercio o la moda.”

Ojalá los salvadoreños escucháramos a nuestros poetas, ojalá abriéramos los ojos a nuestros orígenes. Entonces otro gallo nos cantaría. No ignorar nuestro pasado, leyendo “Las venas abiertas de la América Latina”, sería un buen comienzo.

Escrito por

Érika Mariana Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

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Para quienes quieran leer el libro, sólo den un clic al siguiente enlace

LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA Eduardo Galeano

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