RELATO-POEMA. Miles Davis

Miles Davis

En su piel la noche se había visto en un espejo. Y en su alma,

toda una raza se vio a sí misma.

Su trompeta no toca,

canta.

Su corazón no late,

grita serenamente .

***

Hijo de un odontólogo neoyorquino, se le impuso la tarea de estudiar y tocar música académica. Pero una música intensa que iba pegada a su piel, como sudor, como perfume luminoso, como sangre sobre los cuerpos,

decantada,

extraída con violencia,

de los moribundos,

de sus ancestros sometidos y oscuros,

recogida

y elevada con dignidad,

a fuerza de instinto y belleza,

explotó

en una sola palabra:

J a z z .

***

Sueño imposible: 02 de Marzo de 1959.

Una mano oscura y fuerte se posó sobre mi hombro y de los labios de él salieron las palabras inesperadas pero esperadas una y otra vez:

-Tengo prisa, pero quise venir a saludarte.

-¿Adonde vas, Miles?

-A intentar grabar con unos hermanos.

-¿Standards o algo nuevo?

Y mostrándome unas partituras hechas de prisa y con fuego, me contestó:

-Algo nuevo. Hace apenas unas horas he compuesto esto. Está inconcluso; pero los muchachos y yo lo resolveremos en el camino.

Y luego Miles agregó con humildad:

-Ellos tendrán que hacer la mayor parte…

***

Hermosa oscuridad brillante,

trompeta volando sin alas y divina,

aniquilador de barreras,

constructor de edificios

musicales,

he sabido oír tus lamentos y tus alegrías…

Digno Miles: te he entendido, te he escuchado.

Te he visto tocar,

maravillosa negrura,

con una mano el cielo

y con la otra el infierno…

Le has dado a mis días

y a mis oídos

alegría y felicidad

inagotables.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Dibujo de Miles Davis hecho por Vanessa Holley, tomado del libro “Jazz para principiantes”, de Ron David.

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BLUE IN GREEN. Miles Davis

***

LA SIGUANABA

La Siguanaba
Un anciano, sobreviviente del levantamiento campesino que se desencadenó en El Salvador en 1932 (y que fue aplastado por las fuerzas militares del general Maximiliano Hernández Martínez), narra su anécdota personal, entre el sueño, la locura y el terror…

***

«… a todos se oye hablar de ella. Yo tengo aún en mi memoria, por las noches, su espantosa voz a lo lejos. Su nombre fue 1932.

«Al acercarme aquel día –recuerdo- parecía ella una campesina adornada por dieciocho veranos, olorosa a claro nacimiento de agua o a cañaverales azotados por la brisa. Recuerdo bien que su boca era el primer paso en el camino del sexo y su cabello negro y liso era la misma noche abrazándome. Su piel daba –aunque yo por eso estuviese ardiendo- la sensación de perfume y frescura. Dos atractivas consignas de las que se escuchan en las manifestaciones callejeras eran sus ojos café-claro. Y sus pechos desnudos, encendíanme las ganas de todo…

«Pero cuando por fin el beso -nuestro beso- hizo parir inevitablemente la alegría y una secuencia de emociones y deseos, su belleza, cuidadosamente hecha, se volvió un mar de arrugas y de gritos; sus ojos eran entonces dos candiles incendiándome de miedo, y el genocidio histórico de mi pueblo corrió como una tenebrosa película exhibiéndose en mi sangre…

«La inmortal Siguanaba reía horriblemente –lo recuerdo bien claro- al verme correr, tropezando, entre el río y las flores muertas, en algún lugar del occidente de mi país… »

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Pintura: La Siguanaba, realizada por Salarrué.

UNA CASA EN NOVIEMBRE

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Entre agosto y septiembre de este año, establecí una relación bastante extraña con una señorita doctora y colega mía del hospital.  Es decir, no somos novios; pero hemos abierto una conexión más o menos intensa de amistad y aventuras sexuales.

Esta muchacha de 26 años de edad está llena de juventud, de cierta inmadurez que le da un toque único e interesante. Señales especiales: ansiedad en la mirada, que le da una apariencia de falsa inocencia y, además, una cicatriz operatoria en el abdomen. Es de mente vivaz y rápida;  a veces es recatada y tradicional en ciertas cosas y otras veces es abiertamente vulgar (en el buen sentido de la palabra). Puede ser petulante y burlona. Otras veces, cuando está de mal humor, puede ser sarcástica.  Hay  en  ella ciertas negligencias sociales, verdaderas intransigencias contra el status quo,  verdaderas perversidades intolerables.

Debo agregar que me gusta mucho su cuerpo y que me desagrada que fume. Su nombre es Lorena.

Lorena tiene unos antecedentes familiares muy interesantes. Su abuelo materno, Fermín, era un tipo irresponsable y mujeriego. Su abuela materna, Hortensia, había sido violada impunemente, quedando embarazada, y sus padres, al enterarse, guardaron todo en secreto y le arreglaron el casamiento rápidamente con Fermín. De allí nació Inés, la madre de Lorena, una mujer ultra feminista; de tal manera que Lorena nunca supo quién era su verdadero abuelo. Esta información la recibió accidentalmente hasta que tuvo 17 años de edad, cuando escuchó una conversación que tenían en una fiesta dos de sus tías.

Este hecho le dolía muy en el fondo, aunque Lorena no lo aceptara abiertamente. Tal vez por eso (y por otras cosas) se emborrachaba casi cada quince días, hasta terminar dormida en mis brazos.

Otra cosa que atormentaba el alma de Lorena era algo aparentemente insignificante (comparado  en  la  grandeza  del universo); pero era algo que la mortificaba, aun en sus sueños. Lorena tuvo una compañera de escuela en la infancia, María Antonieta, con quien compartió juegos, estancias escolares con olor a lápiz, cantos de pomponte niña pomponte que ahí viene tu marinero… y una escapada de la escuela juntas, que les costó una semana de castigo. Y luego la adolescencia, la primera menstruación, el compartir secretos de sus primeros novios. Y después, la separación. María Antonieta entró en las drogas y a un mundo tenebroso de asaltos, armas y viajes legales (e ilegales) de ida y vuelta a los Estados Unidos. Mientras tanto Lorena estudiaba Medicina en la universidad. Años después, cuando Lorena se acababa de graduar de doctora, se enteró que María Antonieta estaba ingresada con el diagnóstico de SIDA, en el mismo hospital donde ella trabajaba. Fue a verla. Hablaron, largo y tendido. Lorena trató de darle consuelo. Pero algo había cambiado en su mirada, en sus gestos; ya no era la misma María Antonieta que Lorena conoció. En esa ocasión María Antonieta le pidió un abrazo a Lorena, pero ésta se negó. Tuvo miedo (quizás injustificado, quizás no).Tuvo miedo  que María Antonieta, tomando en cuenta sus antecedentes criminales, tratara de puncionarla con una aguja infectada y la contagiara del VIH. Lorena salió caminando de prisa dela  habitación del hospital, asustada y contrariada. Dos días después María Antonieta murió y Lorena lloró amargamente. “Pude haber sido mejor. Pude haberla abrazado; ella era mi amiga”,  pensó Lorena.

Pero el suceso que mortificaba mortalmente el corazón de Lorena, era uno que ocurrió en 1989, cuando entró a estudiar su primer año de Medicina. Trataré  de contarles los hechos tal y como ocurrieron.

Ahora, ustedes y yo, caminaremos junto a una historia insana. En ésta los silencios serían irreprochablemente sagrados; pero la verdad también es sagrada y no debe callarse.

En el extranjero cuando la gente pensaba en El Salvador, invariablemente se resignaba a creer en un país en guerra civil. ¡Y ahí terminaba todo! La ignorancia foránea es un monstruo que masifica al ser humano; ¡qué saben los demás de los inagotables sucesos que ocurren en una ciudad, en la intimidad de una casa!…

Violeta de Hernández vivía en la casa 201 de la calle Circunvalación, en San Salvador. Era una mujer atractiva, sin hijos, de muy buen gusto al vestir y al hablar. Se consideraba a sí misma, después de cuatro años de matrimonio con el doctor Benjamín Eduardo Hernández, una buena ama de casa y una amante perfecta. Siendo una mujer estéril, su único temor era que Benjamín encontrara otra mujer que quisiera darle un hijo; ellos hablaban de adoptar un niño, pero en el fondo no querían eso; alguna esperanza guardaban.

Una casa en noviembre 2013-11-02 10.53.17 - copia

Violeta se entretenía por horas en el jardín, mientras la radio permanecía encendida en la misma emisora con la música que amaba. Más para tener alguien con quien conversar, en las extensas horas en que su esposo estaba en la clínica, que para agregar un poco de ganancia económica, pensó que sería bueno dar en alquiler una habitación que no usaban y que se mantenía vacía desde que se mudaron a esa casa, ésa que fue el obsequio de su padre cuando se casó con el médico. Esa casa era un lugar acogedor. Como un viejo guardián, como una enorme fogata deslumbrante, un árbol de fuego inauguraba la entrada; estaba cercada al frente por una reja barroca, tras la cual había un jardín de rosas al centro y veraneras a los costados; todos los cristales que daban al exterior estaban polarizados.

Una tarde de mayo de 1989, poco antes de que el sol se refugiara en la oscuridad, un dedo con la uña pintada de rojo toco el timbre de la casa. Violeta abrió.

-Buenas tardes. Vengo por lo del alquiler del cuarto.

Violeta, con la serena sonrisa que la caracterizaba, invitó a la joven con un ademán a pasar a la sala. Hablaron aproximadamente veinte minutos, durante los cuales Violeta se enteró de las razones que movían a la joven a buscar pupilaje y, con la mayor sutileza, de otros pormenores importantes. La joven era Lorena y tenía 18 años de edad.

Desde el primer momento ambas simpatizaron. Separadas sólo por unos cinco años de edad, tenían intereses en común (incluso uno insospechado e inexistente para entonces). Gustaban de tomar café juntas por las tardes y charlar de diversos temas, pero el favorito era el arte en general, ya que Lorena amaba el arte y Violeta era muy sensible a todo eso. Los fines de semana salían de compras al supermercado y más tarde al cine o a comer, éstos últimos con la compañía de Benjamín. Durante algunos meses formaron un trío amistoso que iba de un lugar a otro; Lorena al pasar los meses, se mortificaba al sentir una chispa de envidia por Violeta y una sórdida atracción por Benjamín; pero esos sentimientos los ocultaba eficientemente.

Al regresar a la casa, Lorena se encerraba en su habitación hasta el día siguiente. Estudiaba unos sesenta minutos, pero después se distraía mirando la llanura abierta e infinita, el paseo maravilloso y deseado (u obligado); frecuentemente asistía a ese lugar inmenso que aún no había terminado de conocer: la llanura…  Así es como ella llamaba a su alma. Solía quedarse recostada en un sofá café y esponjoso, enredándose en sus memorias o en pensamientos que eran como engranajes sueltos. Lorena, cuando no había nadie que pudiera verla, lloraba con facilidad.

Es duro irse a la cama sola. El insomnio, como una criatura moribunda que se niega a abandonar la respiración, recurre cada  noche; se es consciente de los grillos y de las pequeñas manchas en las paredes y se siente el desesperado sabor del cansancio inútil. Por eso Lorena a veces sonreía levemente con la intención de no parecer desagradable; pero en ese acto hay quienes advertían su vulnerabilidad, especialmente Benjamín.

Benjamín, un médico de edad madura, con un número de pacientes regularmente abundante, era un buen esposo. El football y el boxeo, el álgebra y la lluvia, los rompecabezas, los crucigramas y el mar le interesaban; pero de pronto se le había agregado otro interés, secreto y turbador, pero deliciosamente inmoral: Lorena.

Una tarde de noviembre en la que él sabía que Violeta había salido a un salón de belleza, regresó a la casa. Entró silenciosamente y caminó hacia el jardín interior y vio el silencioso y extravagante espectáculo que quería: Lorena. Ella se encontraba sentada en una silla metálica, tenía una blusa rosada y escotada de los hombros y usaba una falda corta; con la espalda ligeramente encorvada y un pie sobre el asiento, se pintaba las uñas del pie desnudo y blanco, pequeño y perfecto, que junto a sus piernas y a sus muslos, era como una creación escultural helénica. Ella era lo que yo llamaría una mujer inocentemente sensual: se sentaba en algún lugar sin la menor malicia y quien la veía no podía ignorar tanta belleza, la abundante cabellera negra y su rostro delicadamente hecho.

Benjamín consideró que su esposa no volvería hasta dentro de un par de horas. Ese era el momento. Tenía que romper el incómodo sentimiento de fingir que Lorena no le gustaba y caminó hacia ella. Lorena irguió su espalda y bajo la pierna inmediatamente.

-Hola… No quería interrumpirte; pero he ensayado durante semanas unas palabras que quería decirte y ahora que te veo, por fin sola, he comprendido que las palabras empequeñecerían lo que estoy sintiendo…

Lorena, que lo escuchaba atentamente, sorprendida, advirtió que él la deseaba; sintió temor, pero también una inesperada satisfacción que no pudo ocultar. Trató de hablar:

-Mire, doctor…

-Vos tampoco tenés que usar palabras –interrumpió Benjamín, con voz baja-. Sólo son reiteraciones de lo que nuestros corazones ya saben.

Entonces sin esperar más, la abrazó y besó tiernamente. Lorena se resistió, lo empujó, pero sintió que sus brazos eran débiles; se olvidó de su amiga (¡deseó y consiguió olvidarse!) y sintió que el vacío, por donde caía cada noche, se desvanecía progresivamente. En pocos minutos Benjamín, lascivamente, la hizo suya sobre la grama del jardín que Violeta cariñosamente cuidaba.

Pasaron los días y Lorena dijo que tenía que irse e inventó una historia; había estado comportándose muy esquiva y ya no miraba a los ojos. Violeta no era tonta  y ya sospechaba algo; pero fingía no darse cuenta y lo hizo bien. Por la noche Lorena se despedía con una maleta en la mano y Violeta pensó que era mejor dejar las cosas así y la despedía deseándole buena suerte. Benjamín, por su lado, se refugiaba en su cuarto de estudio y mientras sentía dolor trataba de convencerse de que ya no la deseaba, y de que otra infidelidad no tenía que repetirse.

Sin embargo, el destino se empeñó en no dejar las cosas así y al momento que Lorena salía se escucharon fuertes detonaciones y ráfagas  de  armas  de gran  calibre.  Era, insisto, noviembre de 1989 y la guerrilla del FMLN y la Fuerza Armada salvadoreña habían empezado a combatir a gran escala en las entrañas de San Salvador. Lorena volvió a la casa, asustada y llena de confusión. En un momento los tres se encontraron en la sala escuchando las noticias, asombrados. La radio oficial  condenaba el ataque subversivo y aseguraba que la situación sería controlada; la radio clandestina pregonaba y preconizaba una gran victoria.

La presión fue demasiada para Violeta y esta mujer serena y segura de sí misma estalló en nervios. Benjamín le prescribió hipnóticos y reposo. Violeta durmió rápidamente.

El cinismo y la traición tienen una impulsiva manera de comportarse. Benjamín y Lorena, como separados e indiferentes de lo que pasaba en la fracturada capital, subieron juntos a la habitación que siempre debió permanecer vacía y se entregaron a la pasión, a la fogosa y deliberada pasión.

Violeta soñó con un millón de pájaros negros que venían a comerse las hojas de los árboles y luego con un abismo húmedo y selvático, en el que un león copulaba con una pantera negra y después sintió que se asfixiaba y despertó violentamente, sudorosa y sintiendo celos y odio. Se levantó. Caminó hacia el dormitorio de Lorena, de una forma automática, y acercó el oído a la puerta:   escuchó lamentos femeninos de satisfacción que inducen a la lujuria, pero que a ella le despertaron una idea abominable. Regresó a su dormitorio; abrió un cajón del tocador y sacó una pistola, la examinó y comprobó que estaba cargada y se dirigió otra vez hacia la habitación de Lorena.

Afuera, en la torcida calle, el tiroteo arreció. Violeta recordó con energía su adolescencia, cuando iba al cuartel con su padre, un militar ya retirado, y jugaba con armas y afinaba la puntería. Sintió, al escuchar los aviones disparando, al casi percibir las vibraciones de las explosiones, al oír las botas militares y las ráfagas interminables, que el mundo estaba terminando para todos y especialmente para ella. Ya todo era oscuridad y crueldad en los alrededores y también en su corazón. Sintió que matar y morir era ya lo más natural y cotidiano en el mundo y abrió de golpe la puerta para ver los cuerpos desnudos. Les apuntó, mientras ellos, con ojos de sorpresa y después de terror, la observaron sin decir una palabra. Violeta tenía odio en los ojos y les gritó claramente y sin balbucear:

-He creído tener una amiga. He creído ser eficaz. He creído tener un amor interminable. He creído muchas cosas; ahora creo muchas otras y todas las anteriores han muerto.

Inmediatamente disparó contra ellos hasta descargar el arma. Y a nadie le importó, porque las balas que explotaron dentro de la casa se confundieron con las balas que explotaban en la infartada calle. Violeta los vio agonizar…  Inmóvil, como perdida en un delirio sereno y esquizofrénico, escuchó los últimos estertores…   Un minuto después despertó de su odio y se echó a llorar amargamente sobre los cuerpos…

Luego corrió desesperadamente y llamó a su padre para contarle lo que había sucedido. Su padre, después de darle algunas instrucciones, se encargó de sacarla del país con la mayor prisa posible.

La empleada doméstica de la casa, un par de minutos después, subió a la habitación  y encontró los cuerpos desangrados. Benjamín había fallecido; pero Lorena aún respiraba. La empleada doméstica llamó a la Cruz Roja. Sacó, bajo las órdenes y con la ayuda de Violeta, los cuerpos a la calle. De esta manera Lorena fue llevada a la Emergencia del Hospital Rosales, en donde fue intervenida quirúrgicamente; luego pasó a Cuidados Intensivos, en coma, con respiración mecánica, catéteres en la nariz y los miembros superiores, drenos en el abdomen y alimentación parenteral.

Benjamín, por su lado, fue contado como una baja de guerra.

Violeta nunca más ha regresado a El Salvador y no se sabe nada de ella. La empleada doméstica desapareció, misteriosamente, un día después del sangriento hecho.

Después de dos semanas, Lorena pasó a otra sala de recuperación, ya consciente y notablemente mejorada, de donde salió, un mes más tarde y por fortuna, vivita y coleando.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Dibujo extraído de QUIERO+DISEÑO
Fotografía tomada por Óscar Perdomo León

 

DIBUJAR CON LETRAS

Poster 10 Literatura

Este día les presento en mi blog un breve, pero bonito texto de una amiga.

DIBUJAR CON LETRAS

Cuando se escribe para abordar cualquier tema, independientemente si es un artículo, prosa, reportaje o una carta (creo que ya nadie hace), es como dibujar con las letras los sentimientos que danzan dentro de uno, y que a veces hasta duelen, cuando pugnan por salir. Y no es difícil hacerlo cuando se logra el contacto adecuado entre lo que se quiere representar en el papel o la pantalla, el ojo que mira lo externo, incluso lo interno, y las letras que salen como deslizadas, suavemente, en un tobogán.

Para hacer un paisaje con todo eso, se debe de tener paciencia, entender que los escritos no se logran con excelencia al primer intento, y ser uno su juez más severo, para repetir las veces que sea necesario el trabajo en el que uno se embarca. Tampoco nos desilusionemos si no logramos acercarnos a la estatura literaria de un García Márquez, por ejemplo. Lo que sí podemos hacer, es realizar nuestro propio paisaje con las letras-pinceles que nos salen del corazón, del alma, y que ese cuadro e intentar llegar a lo profundo del sentimiento a quien o quienes va dirigido.

Si logramos que nuestros lectores o un lector, se identifique con nuestras ideas, debemos darnos por bien servidos, pues hemos logrado el cometido, es decir, hemos dibujado con letras nuestros sentimientos, nuestras vivencias, y nos han entendido, ya que el lector sintió empatía con el paisaje de letras que le presentamos. Intentemos ser paisajistas con pinceles de letras.

Tratemos de describir, al inicio, un pétalo de flor, una hoja de árbol, la pluma de una linda ave, lo que vemos en la carita de un niño, qué sentimos ante una nube de tormenta, una nube blanca, el sol, cómo suena la lluvia en una teja, y si conseguimos que quienes nos lean sientan, al menos, algo de lo que a nosotros nos estremece, digamos que hemos conseguido nuestro objetivo. Logramos conexión, empatía con quien ha descifrado el paisaje que le presentamos con las letras.

Escrito por

Ana Mercedes Miranda Morán

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UNA HISTORIA DE EL SALVADOR EN LOS INICIOS DE LOS AÑOS ´80

Jonas

En la década de los ´80, en esos tiempos de guerra como los que vivía El Salvador, la mayor obsesión de Jonás era su lucha anti-izquierdista. Una anécdota de su juventud que lo dibuja claramente podría ser esta:

Una noche de agosto del año 1980, cuando el día estaba opaco y el invierno social había sembrado sus garras heladas en San Salvador (y la guerra civil tenía una mecha encendida de sólo apenas tres centímetros de largo), Jonás manejaba su vehículo con la mente totalmente plagada de ideas, ideas de las cuales estaba convencido hasta la médula.

Jonás nunca había sido soldado; pero estaba fascinado con las armas. Su relación con los militares había sido a través de Gilberto, un capitán con ideas ultraderechistas y que había sido compañero y amigo suyo de la adolescencia. Esta actividad a la que estaba entrando la realizaba de una manera esporádica, pero con gran placer.

Esa noche Jonás se estacionó. Bajó del carro y tocó el timbre de la casa que lo esperaba. Gilberto le abrió la puerta y entraron a una bodega. Ahí revisaron las armas que usarían. Revisaron el plan. Cenaron juntos y platicaron de cosas triviales. A las once y treinta de la noche se dirigieron a su objetivo. En el camino recogieron a dos sujetos más. Se detuvieron en un barrio pobre de los alrededores de San Salvador. Se pusieron sus máscaras pasamontañas. Se bajaron del vehículo tres de ellos y el conductor se mantuvo adentro. La calle solitaria los amparaba. A lo lejos se escucharon un par de detonaciones.

Tocaron la puerta por costumbre, pero en realidad, la puerta que no esperaba visitantes, la abrieron a golpes. En medio de los gritos de terror de sus hijos y de su esposa, un desafortunado individuo de unos 56 años de edad fue sacado a la fuerza, vendado de los ojos y sujetado de sus manos por la espalda. En el camino fue golpeado varias veces con la culata de los fusiles.

Se estacionaron, pasada la medianoche, a la orilla de un pasaje de una populosa colonia. Lo bajaron a empujones y ya en el suelo, con sangre en el rostro, Jonás le ordenó que se pusiera de rodillas, le quitó la venda de los ojos y le apuntó con una escuadra en la cabeza. Jonás, a su vez, se quitó la máscara pasamontañas.

-¡No me matés, Jonás! -lo reconoció el desafortunado individuo-. ¡Yo fui tu profesor en la escuela!

Jonás sólo tuvo una respuesta a la súplica: haló con frialdad el gatillo. La explosión firme y seca penetró en la frente y reventó la región occipital…

Escrito por

Óscar Perdomo León

UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Segunda y última parte

SERGIO DUGAN  Exposición pictórica IMG_6421 - copia
“Morena de ojos tan negros
como mi suerte,
mírame aunque con ellos
me des la muerte…”
              Cornelio Reyna.

Regresaron de la playa a Santa Ana al mediodía, sin que sus padres se dieran cuenta. En esa ocasión Alfredo le preguntó por qué le habían puesto de nombre el diminutivo de Elizabeth y ella le contó que sus padres lo habían oído hace años en una gringa que visitó su pueblo.

La alegría de Lizbeth fue tan grande, que esa noche soñó que navegaba en el mar; pero no en el indócil, sino en el sereno, el mar apacible color turquesa. En el sueño ella iba sobre una pequeña lancha sobre unas aguas tranquilas y junto a ella, nadaban y saltaban delfines alegres, que amistosamente parecían sonreírle (como lo había visto en los libros), como queriéndole decir que había encontrado el amor y que el amor es inmenso como el mar y nos puede conducir por lejanos confines, mientras logremos mantenernos a flote. Levantó la vista y vio unas nubes grises acercarse por el oriente y los delfines se alejaron. Por la mañana, cuando despertó, buscó a Alfredo para contarle el sueño.

Alfredo y Lizbeth vivieron muchos momentos de sincera amistad y de intimidad como pareja. Lizbeth, a pesar de provenir de un pequeño pueblo tradicional, era muy abierta de su mente y pronto hizo una excelente mancuerna con Alfredo. No sólo intercambiaban información de tipo intelectual, sino que experimentaban desinhibidamente en el campo sexual.

Jaroslav Monchak, Ucrania, Fotografia

En 1986 ambos estaban estudiando en San Salvador. Lizbeth había alquilado una habitación en  un pupilaje de una señora de lo más amable. Alfredo, por su lado, había alquilado una casa con otros amigos. Algunas veces Lizbeth se quedaba a dormir con Alfredo. Eran noches furtivas, de intensa pasión, tiernas y amorosas. A veces Alfredo le leía cuentos o trozos de novelas; esto a ella le encantaba; Alfredo, que era un excelente articulador de palabras, lograba colocar una atmósfera adecuada en las lecturas. Así que después de hacer el amor, estos jóvenes llenos de energía se abrazaban y él empezaba a leer.

Terremoto de 1986 San Salvador 2

Pero la vida y la muerte, esa pareja tan unida y separada que se miran con recelo la una a la otra, tienen sus días implacables cada una. Y la vida puede darnos muchos días de felicidad; pero la muerte a veces puede ser injusta y prematura: en 1986 San Salvador fue un caos… y Lizbeth falleció inútilmente en el terremoto del 10 de octubre.

Terremoto de 1986 San Salvador 3

Alfredo soñaba y revivía el terrible percance de su muerte. Se veía a sí mismo esperando entre los retorcidos hierros y el cemento despedazado, caminando de un lado a otro, tratando de abrirse paso entre el mal herido edificio. Escuchaba y sentía los golpes bajo tierra que provenían de las personas enterradas vivas por el terremoto. Casi podía escuchar los gritos y lamentos de las víctimas. Veía la horripilante escena de dos cadáveres que «los topos» desenterraron: el de un padre abrazando a su pequeña bebé y cuyas identidades fueron descubiertas debido a un anillo que llevaba el adulto. Veía a los familiares de las víctimas llorando en los alrededores.

En sus pesadillas se veía a sí mismo caminando interminablemente y cargando en sus brazos el cadáver de Lizbeth. Luego aparecía siempre al final una cortina de humo negro y azul, y Lizbeth desaparecía de sus brazos y él la buscaba y la buscaba, pero no podía encontrarla. Este terrible mal sueño fue recurrente durante los primeros meses después de la muerte de ella.

Y Alfredo invariablemente despertaba sudoroso y agitado. Encendía la lámpara de la mesa de noche, miraba la fotografía de siempre y pensaba: «Morena de ojos tan negros…»

Al reverso del retrato Lizbeth había escrito, de su puño y letra: “La felicidad es compartir”.

En la foto, que les había tomado un amable anciano, están Lizbeth y Alfredo a la orilla del mar; ella sostiene con su mano derecha una enorme concha marina y gris que se había hallado; con su mano izquierda lo abraza y su rostro está lleno con una sonrisa de alegría sincera. Él la está abrazando también, mientras le besa la mejilla izquierda. Al fondo puede verse un azul hermoso y un pelícano en pleno vuelo…

Escrito por

Óscar Perdomo León

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UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Primera parte
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CRÉDITOS DE LAS IMÁGENES.
Pintura realizada por  Sergio Dugan (argentino).
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Fotografía de la muchacha tomada por Jaroslav Monchak (Ucrania) y extraída del blog Urielarte
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Fotografías del terremoto de 1986 en San Salvador extraídas de La Prensa Gráfica.
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UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Primera parte.

Terremoto de 1986 San Salvador

Durante su juventud temprana Alfredo llevó una vida acelerada en cuanto a la música y a los desvelos. Tenía una aventura amorosa por aquí y por allá, hasta 1982. En ese año Alfredo conoció a una muchacha del oriente del país y que venía con su familia huyendo de la crudeza de la guerra civil. Para entonces la muchacha tenía 19 años y tenía una mirada de desamparo; parecía que estaba en la oscuridad y sus pasos estaban desorientados. Necesitaba una mano amiga, urgentemente. Venía de un pequeño pueblo de San Miguel, Nuevo Edén de San Juan.  Su familia tenía algunas tierras y cabezas de ganado. Cultivaban maíz y frijol; pero su fuerte era la venta de ganado y la venta de queso y crema.

Su nombre era Lizbeth y tenía otros cinco hermanos. Los dos mayores eran un símbolo de lo que estaba pasando en esos días en El Salvador:  uno de ellos era un comandante guerrillero, que se mantenía cerca del río Torola; el otro, era miembro del ejército salvadoreño, con el grado de teniente. Sus padres estaban entre los dos bandos. Cada uno de los dos hermanos luchaba convencido en su conciencia de tener la verdad. Y lo hacían con un frenesí que asustaba. Esta era una difícil situación para los padres, quienes no deseaban que ninguno de sus hijos muriera; además tenían que cuidar a sus otros descendientes. Eso los llevó a peregrinar durante algunos meses, hasta que encontraron una casa en Santa Ana.

Desde el primer momento en que Lizbeth vio a Alfredo se enamoró de él. Al principio Alfredo, al ver el interés de ella hacia él, pensó que era una muestra de amistad de sus nuevos vecinos. Así que era amable con ella. Jugaban damas chinas y platicaban durante horas; además Alfredo le enseñaba a jugar ajedrez. Pasaban horas compartiendo juntos. Así supo Alfredo que dolorosamente la familia de Lizbeth se había fragmentado; un hijo se había ido con un coyote hacia los Estados Unidos, otros dos estaban directamente involucrados en la guerra, y ella y su hermano menor de 12  años vivían con sus padres.

Lizbeth nunca había tenido novio. Pronto Alfredo notó que él le gustaba a Lizbeth, porque, con el pasar de las semanas, ella coqueteaba torpemente con él; pero también vio bellas cualidades en ella. Era sincera, sencilla, amistosa, amable e inteligente; y había en su piel algo que parecía hervir. Con el tiempo, Alfredo también se sintió atraído hacia ella. Una tarde en que estaba sola invitó a Alfredo a su casa y le declaró abiertamente su amor. Alfredo se sorprendió; pero también tomó la sartén por el mango. La llevó de la mano al dormitorio de ella y allí la besó, suavemente. La fogosidad de Lizbeth no retrasó lo inevitable y desde entonces, andaban viéndose secretamente en uno y otro lugar, como amantes. Alfredo, con los meses, se enamoró de ella.

Jaime Ibarra II , Austin Texas, Fotografia

Lizbeth le contaba cosas de su pueblo natal.

-La mejor manera de llegar allá es por el lado de Sensuntepeque; luego tomás la calle que va para Dolores (ciudad conocida también como La Puebla) después seguís hasta llegar al río Lempa. Te atravesás el río en lancha y a menos un kilómetro de allí está Nuevo Edén de San Juan. En la casa que tenemos allá, hay árboles de mangos y de jocotes de todo tipo. Teníamos bastante ganado; pero cuando se lo empezaron a robar e inició la guerra, mi papá lo vendió prácticamente todo. A mí me gustaba ordeñar las vacas…

El pequeño pueblo natal de Lizbeth estaba en cierta forma alejado del progreso. Los accesos eran terriblemente difíciles. De tal manera que a ese lugar casi nunca llegaba un periódico, excepto algunas veces en que algún vendedor de telas o frutas foráneo llevara alguno, o a veces al motorista del bus se le ocurría comprar uno; si éste era el caso, el periódico rodaba de casa en casa, entre las personas que sabían leer, porque había un buen porcentaje de analfabetismo. Había una Unidad de Salud en la cual casi nunca había médico, debido a lo extraviado del lugar, el pésimo servicio de buses y el sueldo miserable que se ofrecía. Muchas personas del lugar andaban cómodamente descalzas y los cerdos y otros animales, andaban libres por las calles, dejando por supuesto por todos lados sus fétidas gracias. En cuanto al servicio de agua, era notablemente deficiente. Sin embargo, con todo ese panorama de atraso en pleno siglo XX, la gente llevaba una vida tranquila y apacible. El tiempo caminaba lentamente y no se medía con relojes, sino con la salida y la puesta de sol. Tomando en cuenta que el río Lempa estaba casi a la orilla del pueblo, mucha gente se dedicaba a la pesca. Otras se dedicaban a la agricultura. Y muchos de ellos se dedicaban al negocio del ganado, unos más, otros menos.    Este   aislamiento   cultural  tenía también sus ventajas. La delincuencia era prácticamente nula. Cualquiera podía dejar, por ejemplo, olvidada su cartera en la acera de una calle y quien la encontrara se encargaba de  devolverla a su dueño. El famoso “estrés” de las grandes ciudades era una cosa desconocida en Nuevo Edén de San Juan. La gente se entretenía en sus trabajos y con los chismes de éste y de aquélla. En la época lluviosa era casi un milagro recorrer los caminos, llenos de lodo pesado y pegajoso. En la estación seca el calor era intenso, aun en las noches, y el viento soplaba un hálito caliente. Políticamente Nuevo Edén de San Juan pertenece al departamento de San Miguel; pero la gente viajaba principalmente a sus compras y transacciones comerciales hacia Sensuntepeque, del departamento de Cabañas, debido a su cercanía geográfica.

Lizbeth había iniciado con sacrificios sus estudios de bachillerato en Sensuntepeque, los cuales fueron interrumpidos tempranamente debido a la guerra. Pero ella a pesar de haber crecido con las fuertes costumbres de su pueblo, es decir, que la mujer debía aprender a hacer las tortillas, la comida y cuidar a los niños, siempre estuvo interesada en los estudios y su padre siempre la alentó a aprender todo lo que pudiera. Él  fue  quien decidió que no debía quedarse con los estudios de primaria y que Lizbeth debía continuar hacia adelante todo lo que se pudiera. No eran ricos; pero no tenían grandes problemas económicos. Los negocios de la familia marchaban bien.  Hasta que inició la guerra y empezaron las muertes de uno y otro bando. En los primeros años de la guerra civil, la carnicería fue brutal. Casi todas las familias, al recrudecer la guerra, tenían un difunto. Los cadáveres aparecían en los caminos, decapitados y con señales de tortura. Por las noches uno u otro ciudadano eran sacados de sus casas y asesinados, a veces frente a sus propias familias.

Así que la familia de Lizbeth dejó la mayoría de sus pertenencias y huyó de Nuevo Edén de San Juan. El pueblo casi siempre estuvo controlado militarmente por el FMLN; pero la familia de Lizbeth tenía, como ya dije, un hijo en cada bando, de tal manera que lo mejor que pudieron hacer fue irse.

Había una frescura en Lizbeth que Alfredo disfrutaba. Por ejemplo, Lizbeth nunca había entrado a una sala de cine, así que cuando Alfredo la llevó, en Santa Ana, a ver por primera vez una película, sus ojos negros relucieron de alegría, de novedad. La pantalla gigante, los sonidos a gran volumen, los colores, el ambiente oscuro con olor a palomitas de maíz. Era como entrar a otro mundo. Era olvidar por un momento, totalmente, la nostalgia de su casa dejada atrás, de sus amigas, de la seguridad de su infancia perdida de golpe. Escuchar hablar en inglés y leer los subtítulos. Todo era nuevo. De tal manera que se convirtió, junto a Alfredo, en una cinéfila. Se sabía de memoria las películas y el nombre de sus principales actores.

Otra cosa que Lizbeth compartió por primera vez con Alfredo fue el mar. “Sólo he leído de él; pero nunca lo he visto.”  Así que Alfredo arregló un día el viaje hacia el Puerto de La Libertad. Gracias a un primo Alfredo consiguió un vehículo apropiado y salieron en plena madrugada. El aire frío era exquisito. Mientras viajaban hablaban y reían. Para Lizbeth era, increíblemente, algo nuevo viajar a 90 kilómetros por hora en una calle de asfalto. La velocidad y el viento golpeaban agradablemente el corazón de Lizbeth.

Cuando por fin llegaron, Alfredo se estacionó muy cerca de la arena. Lizbeth se bajó deslumbrada al ver tanta agua junta, tan azul e interminable. Bellísima agua serena al fondo y olas sueltas y agresivas en la orilla. Alfredo con una sonrisa sincera no veía el mar, sino el rostro de Lizbeth. La tomó de la mano y la acercó a las olas. Lizbeth sintió algo de temor; pero la curiosidad era mayor.

-Esta es una experiencia que nunca voy a olvidar, Alfredo. Gracias. Algún día te tengo que llevar al río Lempa, justo a la orilla de mi pueblo. No es tan grande, por supuesto, como el mar; pero también es bellísimo. Él asintió y sonrió.

-¡Quitémonos los zapatos!  -gritó Alfredo.

Inmediatamente, corrieron por la orilla descalzos, jubilosos y gritando. Luego Lizbeth se detuvo repentinamente y besó apasionadamente en la boca a Alfredo.

Más tarde, caminaron recogiendo conchas de distintos colores y formas…

Escrito por

Óscar Perdomo León

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UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Segunda y última parte

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PRÓXIMO MARTES. No se pierdan el próximo martes la segunda (y última) parte de esta historia.

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Fotografía en blanco y negro extraída de La Prensa Gráfica.

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Fotografía a colores tomada por Jaime Ibarra II , de Austin Texas, y extraída del blog URIELARTE.

LA CANCIÓN II

Junto a la fuente seca

I

Emplazándome a una fiesta de silencio comunicativo con la mirada bordada de palabras, envolvés mis ojos, desatás mis manos, gritás el latente poema. Una caricia, esta noche, es una flauta. Un beso, un violín. Se ha abierto ya la puerta que querías. Pero nos detenemos En el umbral nos detenemos un poco, un poco más, haciendo la mejor melodía…

Desciendo la prenda interior, de vos, con cuidado, sin prisa, continúo con paciencia, nos amamos, sin bruscos movimientos empezamos… somos la canción, somos la canción… Somos la canción de la humana libertad. La canción en movimiento. La reivindicación de la verdad. Somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción… Fuimos… (hemos terminado el primer viaje de la noche). 

 

II 

Yo amo los cuartos oscuros donde los sonidos son la luz. Ahí donde mis escrutadoras pupilas verdes se dilatan vanamente por encontrar tus ojos oscuros, donde mis labios pueden ver tanto, donde mis manos observan tus piernas claramente y obtengo tu voz palpable y el tacto se nos vuelve palabra. Nuestros movimientos se sincronizan y los cuerpos pasan a ser dos libélulas volando unidas sobre una tenue humedad y sobre un estuario de sábanas blancas, floreadas… (Y me has contado luego que relámpagos de tu pensamiento vagan en rostros y habitaciones que de pequeña conociste; que te sentís niña escalando árboles…) Yo amo los cuartos oscuros donde nos desarrollamos sobre contracciones dinámicas y calores…

Texto y fotografía por

Óscar Perdomo León

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LA CANCIÓN I

LA CANCIÓN

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LA CANCIÓN 

I

Quiero quedarme largas horas a solas con vos sin que nadie nos mire. Quiero que me digás palabras sensuales al oído, vocablos tuyos para mí que nadie habrá de escuchar.

Tenés la edad en que el goce de la piel es el vicio más sano que puede haber. Sos excitante y bella; tu cabello de obsidiana es suave y ondulado; tus brazos de vara y barro, como dos antiguas construcciones mayas se aferran a mi cuerpo en movimiento; tus manos son las manos más bellas del mundo; tus pezones, como dos pequeñas ciruelas rosadas, se hunden en mi paladar siempre que te tengo; el Monte de Venus arde rápido como el ocote cuando lo palpan mis dedos y, cuando toco más abajo, es el pie húmedo de un caracol lo que toco.

Tus extremidades inferiores son dos impresionantes pinos salvadoreños cuyas copas terminan uniéndose en millares de hojitas aciculadas y negras, ensortijadas, burbujeantes, formando el fragante triángulo que me gusta…

Amor: sos una mujer bonita y milenaria.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

LORENA

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Lorena se levantó, entró y salió con rapidez del baño, pensó vagamente en la noche que acababa de pasar y salió apresurada de su casa. Vio que los carros congestionados y los buses, más que todo, parecían una alfombra de humo gruesa, que los estudiantes se atropellaban entre sí corriendo a sus clases, que dos jóvenes enfermeras que esperaban bus reían sin razón, que las canasteras y los mecapaleros se movían ofuscados, y vio con asombro, además, como el silencio interno que usualmente la acompañaba, caía brutalmente asesinado a puñaladas por un pequeño monstruo nacido hace poco en su pecho, que le golpeaba internamente el tórax ventral sin descanso y como con odio.

Las calles húmedas por el aguacero de la madrugada empezaban a secarse por el calor de la mañana, se evaporaba la lluvia lentamente, bailando hacia el cielo un zigzag mojado sin color, en tanto un árbol de Cortez, que se sentía avergonzado sin su amarillo, pegó un suspiro quién sabe de qué, y las incontables paredes manchadas continuaban gritando injurias incansables, mientras un remolino de viento ralo se cruzaba por la veinticinco avenida y una lluvia de zanates caía sobre un árbol de fuego, erizándolo, y los ancianos tirados en la acera, recostados en las paredes del hospital Rosales, despiertos ya pero soñando aún con la gracia de Dios que nunca llega, se abrazaron a su soledad para no sentirse solos,  y  en  lo  alto  de un Amate  -lento temblor de hojas-   tres pajaritos celestes pregonaron sinceramente a Lorena un amanecer sin amanecer, un pozo al que falta mucho que excavársele para encontrar agua. La mañana, retorcida como pañal de trapeador y tendida en una pita del patio, había entrado ya en confianza con la ciudad.

Lorena se perdió entre la multitud acalorada y sintió un exasperante frío. Se detuvo en la parada de buses. Su rostro era casi sereno. “En un lugar pequeñísimo, visto desde el mapa-mundi, hace 26 años encontré un día la vida” , pensó Lorena. Cruzó los brazos, se recostó en un árbol vecino y siguió pensando:  “Un día escribí, hace dos años, un poema premonitor de esta pena, que hoy también es, de alguna manera, un consuelo. En esos versos dije, con otras palabras, que perdemos porciones de la memoria en el curso del tiempo, con lo cual me refería, en realidad al amor. (¿Podré no amarlo algún día?)”. Su rostro se marcó entonces con las arrugas de la frente.  Sacó un cigarrillo y lo encendió con aparente tranquilidad. Y, como si el humo fuera su boleto de viaje o algún artificio mágico, tomó vuelo mentalmente hasta su pueblito perdido y refundido en el país; recordó las calles empedradas y el parque solitario a las diez de la noche; recordó caras conocidas; pero principalmente la de sus amigas de infancia…  Las ideas entretejidas burbujeaban en su cabeza. Apretó con los dedos el filtro del cigarrillo y trató de volcar su mente en otra cosa.

-¡Mercado Central, simanes, hospitales, véngase atrás, véngase, véngase! -gritó de repente un cobrador de bus de aspecto sucio-  ¡Vaya, niños, pasaje!

Lorena absorta en sus ideas dejó pacientemente que toda la gente subiera al bus, quedándose de último, mientras daba el último sorbo profundo al cigarrillo. Dentro del móvil vio rostros comunes pero desconocidos. Percibió el mal aliento mezclado con perfumes y sudores. Escuchó voces ininteligibles y monótonas. Pensó nuevamente. El aire fresco del apretado viaje se le metía en los ojos; se colocó unos lentes oscuros y bajó del bus. No era la parada donde debió hacerlo, faltaban como cinco calles, así que caminó bruscamente. Siguió pensando.

Un hombre delgado con silencio en los ojos la esperaba en un cafetín, ni tan vacío ni tan lleno, de puertas de vidrio e impregnado de un olor a pan dulce. Lorena se acercó al cristal y lo buscó. Entró y caminó segura hacia él. Su novio (o mejor dicho, su ex novio), observó la cabellera abundante, las manos bellísimas, el rostro inconfundible. Ella lo vio. Sonrió, casi como una obligación. Se observaron a los ojos, pero él no pudo sostener la mirada ni un par de segundos. Había entre los dos fuerzas eléctricas invisibles golpeándoles el pecho, aunque por razones distintas; a él por la humillación de haber sido descubierto; a ella, por la desilusión y el dolor de saberse engañada. Se miraron nuevamente a los ojos y, como perdidos en un laberinto de asombro y de incomodidad titánica, enmudecieron un par de segundos  -profundos como huellas de una edad prehistórica-  y al sentirse extraños, metidos en ese trance, huyeron de él y volvieron al pasado más cercano. Él intentó atenuar la situación:

-Fueron dos años que no voy a olvidar nunca.

-No es necesario que hablés. Tus ojos me lo han dicho todo  -murmuró ella, y reconoció en sus labios el amor de antes. Y lo recordó con los ojos callado; pero gritando con su risa inconfundible. Y sintió, por primera vez con tanto ardor, en todo su ruidoso pecho y en toda su extensión, como el derrumbe de las horas (que eran como meses) de soledad amodorrada, de las horas caídas unas sobre otras como capas de suelo sin erosionar, pero inmensamente pesado, se derrumbaban sobre ella.

Sus ojos, sin embargo, estaban serenos…

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

DOS POETAS HABLAN DE MANUEL ÁLVAREZ MAGAÑA. Video

Manuel Álvarez Magaña

El poeta salvadoreño Manuel Álvarez Magaña (1876-1945) nació en Atiquizaya, departamento de Ahuachapán. Pueden encontrar un esbozo biográfico sobre él, algunos de sus poemas y otros datos, dando un clic aquí.

Este día les traigo un pequeño video en donde dos poetas, Rafael Mendoza (el viejo) y Rodolfo Góchez, nos hablan brevemente sobre Álvarez Magaña.

Rafael Mendoza nos cuenta una interesante y divertida anécdota sobre Manuel Álvarez Magaña y el ex Presidente Tomás Regalado (1861-1906).

Y Rodolfo Góchez nos relata sus recuerdos de niñez cuando vio por las calles de Atiquizaya al poeta Álvarez Magaña, aportándonos información sobre su físico y algunos otros detalles.

DOS POETAS HABLAN SOBRE MANUEL ÁLVAREZ MAGAÑA

Para quienes no puedan correr el video aquí en el blog, lo pueden hacer dando un clic aquí.

La imágenes del video de Rafael Mendoza y Rodolfo Góchez fueron extraídas de los cortometrajes HE DICHO y ESCUCHANDO AL POETA, respectivamente.

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Óscar Perdomo León

MI PAÍS INVENTADO

Mi país inventado ISABEL ALLENDE

Siempre he pensado que algunos de los mejores libros son aquellos en donde quien escribe lo hace de personas y cosas que conoce de verdad. Y cuando digo los mejores libros, me refiero a muchos de lo que captan mi atención (aunque ésto es algo subjetivo, pero igual, sirve de cierta referencia).

«Mi país inventado» es una novela de Isabel Allende (1942), que me capturó de principio a fin; y es que cuando alguien cuenta su vida y la de quienes le rodean, hay cierta sinceridad en las palabras que me conmueve.

Lo interesante de esta novela es que nos da un panorama amplio de una escritora que, después de algún tiempo viviendo en San Francisco, vuelve la mirada a su pasado y nos muestra a su país sudamericano de origen, Chile, desde los años ´40  hasta los ´70 (del siglo XX), es decir, los años en que ella vivió su época de niñez, juventud y madurez temprana. Narra también con ciertos detalles esa época del gobierno de Salvador Allende, tan llena de esperanzas para algunos; así como también el posterior golpe de estado. Luego habla de su familia, su primer esposo, sus hijos, sus viajes… su segundo matrimonio.

Para conocerse a uno mismo, debe uno conocer a sus compatriotas, su carácter, sus costumbres, su manera de hablar…  Pues bien, siguiendo esta línea, Isabel Allende nos muestra un retrato físico y psicológico muy interesante de los chilenos. Allende escribe este libro llevada o, más bien, arrastrada por la nostalgia y el afán de reconocerse a sí misma en el tiempo ido.

Finalmente, en una especie de relación amor-odio con su país, Isabel Allende se reconcilia de alguna manera con su patria y consigo misma.

«Mi país inventado» es una novela de 220 páginas y dividida en 17 capítulos, publicada en el año 2003 por editorial Areté.

Recomendable.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

LOS CIEN AÑOS DE SOLEDAD DE GARCÍA MÁRQUEZ

Gabriel-García-Márquez

Creo que «Cien Años de soledad» ha sido uno de los libros más grandes y maravillosos que se haya escrito jamás. Cuando me tropecé con él la primera vez, me quedé flotando como en otro mundo, totalmente extasiado, iluminado por la historia y por su manera de ser contada. Sus múltiples personajes, como Melquíades, Úrsula Iguarán o José Arcadio Buendía, a quienes llegué a amar y a recordar y a recordar, aun con el largo paso del tiempo, tenían algo inusual, porque a pesar de haber miles de millones de libros en el mundo, son pocos los personajes que se quedan grabados en la memoria colectiva del tiempo.

Y así, de esa misma manera, aprendí a amar al escritor Gabriel García Márquez, sin conocerlo personalmente, pero sintiéndolo cercano, admirándolo, respetándolo. Si sólo hubiese escrito «Cien años de soledad», habría bastado para que yo lo recordara por siempre. Pero el prolífico escritor nos ha dejado a todos un inmenso legado literario, no sólo en cantidad, sino en calidad.

Entrar sin previo aviso a «Cien años de soledad» y leer las las primeras palabras, es como colisionar con el universo y el tiempo, y descender en caída libre hasta un mundo mágico y extraordinario: Macondo.

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.»

¡Hermoso! En las primeras dos frases estamos en el futuro y, después de la segunda coma, viajamos automáticamente hacia el pasado, hacia los primeros días de la mítica ciudad de Macondo.

Cien años de soledad

Cuando he releído alguno de los capítulos de esta novela, siempre he tenido descubrimientos gratos, y he vuelo a sonreír y a llorar entre sus páginas. Cien años de soledad es una fuente inagotable de vida, muerte, magia e ilusión.

El jueves 17 de abril, mientras hacíamos con mi esposa Érika una visita domiciliar a una paciente, escuchamos por la televisión que había muerto el gran Gabriel García Márquez. Su muerte nos impactó y nos dolió. Cuando regresábamos en el carro a nuestro hogar, mi esposa y yo no pudimos evitar derramar, casi en silencio, unas lágrimas.

Hay pesar en Latinoamérica y en el mundo entero. 

«Cien años de soledad» seguirá viviendo en mi corazón hasta mis últimos días y mi último respiro. Y estoy seguro que vivirá también en los corazones de las generaciones venideras.

Texto:

Óscar Perdomo León

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Para quien quiera leer completa la novela «Cien años de soledad», lo puede hacer aquí, dando un clic al siguiente enlace: CIEN AÑOS DE SOLEDAD Gabriel García Márquez.

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EMPATÍA EN LA LECTURA

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ESCRIBIR

 

 

LIBRO DE LOS ESPEJISMOS

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¿Qué leer? Bueno, la literatura es casi infinita y tan variada como diferentes somos unos de otros los hombres y las mujeres, los países y los idiomas. ¡Hay tantos libros hermosos en el mundo!

Esta vez quiero recomendarles un libro que disfruté mucho. Para leerlo se necesita silencio, no sólo externo, sino interno; hay que adentrarse en él como quien nada en un mar inmenso a la orilla de una isla desierta. Ésto nos conduce a mirarnos a nosotros mismos como al borde de un precipicio; pero también a mirar a los otros con ojos más comprensivos.

El libro al cual me refiero es el «Libro de los espejismos», escrito por Javier Alas (1964) y publicado por la DPI en el año 2013. Su presentación es la de libro de bolsillo y consta de 98 páginas. Está dividido en cuatro partes: «Del engaño del arte», «La vulgaridad del tiempo», «Miseria humana» y «Civitas».

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En un tiempo en que los seres humanos vivimos de una manera tan acelerada, en que nos es difícil detenernos a pensar con profundidad, ya sea sobre nuestra propia vida como seres humanos, o sobre un tema literario que nos ha acompañado desde tiempos remotos, como es la poesía, Javier Alas, a través de reflexiones breves y aforismos, se detiene, medita y nos conduce por senderos de sorpresa, ironía y disfrute intelectual.

He aquí algunos fragmentos del libro escrito por Javier Alas:

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La página inmortal, elusiva, quimérica. Es comprensible que una condición inherente para pretenderla sea la juventud.

*

La vanidad de los poetas: «vate de las grandes ligas», he llamado hoy a uno; le encantó.

*

La soledad produce desesperados y místicos; el tedio, a lo sumo, señoritos con pretensiones literarias.

*

Casi equiparable al deleite de leer un libro es la ilusión de abrir uno nuevo.

*

¿Por que habría un novelista de renunciar a crear ficción sobre la historia? Al final de cuentas, al representar la versión del vencedor, la historia misma es en parte ficcional.

*

Ajena a los premios, la literatura respira.

*

La culta Europa desgarrada por guerras étnicas…

*

Dado que toda autobiografía es ficcional, su lectura resulta más apetecible que hurgar en una vida rebajada a biografía.

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La convicción es una forma sosegada de la necedad.

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El propio silencio del cosmos sugiere la existencia de vida extraterrestre. ¿Cómo podría no ser inteligente quien evita la raza humana y se mantiene a prudente distancia en el espacio?

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Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

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Javier Alas (1964), salvadoreño, es poeta, pintor y editor. Gran Maestre de Poesía (2007) y Gran Maestre de Cuento (2009).

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Fotografía del volcán Chinchontepec, tomada desde el desvío-entrada a Apastepeque, San Vicente, El Salvador.

UN CADÁVER (Historia basada en el terremoto del año 2001)

Fotografía del deslave sobre Las Colinas, extraída de un video proporcionado por el periodista William Meléndez.
“… y en respuesta ante las víctimas, la Ciudad… conoció una toma de poderes, de los más nobles de su historia, que trascendió con mucho los límites de la mera solidaridad, fue la conversión de un pueblo en gobierno y del desorden oficial en orden civil. Democracia puede ser, también, la importancia súbita de cada persona.” (1)
Carlos Monsiváis

El 13 de enero del año 2001 en El Salvador, un gigantesco derrumbe en una zona de la cordillera del Bálsamo, causado por el primer terremoto de los dos que habría ese año, cubrió un gran número de casas en la colonia Las Colinas, de Santa Tecla. En un par de segundos varios cientos de personas se vieron soterradas bruscamente, de una forma terriblemente inesperada.

No sólo en Santa Tecla había habido tragedia, por supuesto; el terremoto había sacudido fuertemente también otras partes del país; pero la magnitud del infortunio de Las Colinas era incuestionable. La medición del sismo había sido de 7.6 en la escala de Richter y con una duración de 45 segundos. Miles de metros cúbicos de tierra del deslave habían caído violentamente sobre 267 viviendas. La cifra de fallecidos –nunca precisada- era entre 450 y 600 personas.

Vista desde la carretera Panamericana, esa mañana de enero Las Colinas era un paisaje aterrador. Pero era aún peor al acercarse: bajo los pies podía uno sentir las vibraciones, los golpes y la angustia que bajo tierra producían algunas personas que se encontraban todavía con vida. Era una situación agobiante, como si una zozobra maléfica hubiese querido reinar por unos días, celebrando una fiesta de desgracias.

Roberto, un joven médico de San Salvador, escuchó la noticia por la radio y corrió al lugar del desastre, a la zona donde otros salvadoreños sufrieron fatalmente en carne propia la tragedia. Roberto ayudó con pico y pala cavando y acarreando tierra. Intentaba dirigirse por los ruidos subterráneos; pero no conseguía encontrar a nadie. Roberto estaba con los demás voluntarios, unos diez salvadoreños que se solidarizaron con la calamidad, decena que después creció bastante. Buenas personas se acercaban por momentos para regalarles agua o algún trozo de pan.

De pronto, caída la tarde, después de incansables excavaciones, se empezaron a encontrar las primeras personas muertas. Eran tres: dos muchachos y una señora de edad. Sus cuerpos fueron colocados unos junto a otros en la improvisada morgue. Muy pronto llegaron peritos forenses, quienes, después de tomar notas y fotografías, ordenaron que los cadáveres fueran envueltos en bolsas negras y trasladados hacia Medicina Legal.

Ya entrada la noche Roberto se sentía agotado. Muchos habían empezado a irse. Él quería irse también; pero algo dentro de sí gritaba: «No te vayás, no te vayás».

Repentinamente algo pasó. A unos cuarenta metros de él alguien gritó: « ¡Una mano, una mano…!»

Todos corrieron para tratar de ayudar. El cuerpo completo estaba enterrado y sólo su mano derecha sobresalía en la superficie; estaba muy pálida y tenía rastros de esmalte transparente en las uñas.

Los socorristas alejaron a los otros voluntarios un poco del lugar y hábilmente hicieron su trabajo. Ellos, con destreza, arrebataron de la tierra abrazante el cuerpo de una mujer de unos 30 años de edad; su cadáver fue encontrado sobre la mesa del comedor destruido de una casa, bajo metales retorcidos, trozos de madera y otros escombros; estaba sucio y en las primeras horas de descomposición; pero también había abundante sangre desecada en su cabeza.

Mano de “Isabel” (interpretada por Rosario Ríos).

Roberto no podía imaginar quién era… Se acercó por curiosidad primero; pero también porque le pareció ver algo fuertemente familiar en ella.

Cuando vio su cadáver, con el rostro totalmente cubierto de tierra, irreconocible al principio, sintió una aguda estocada en el corazón: era el presentimiento de lo peor. Era la dolorosa corazonada. Eran sus pies, eran sus manos, eran sus labios…

-¡Yo la conozco! –gritó Roberto.

Observó con atención el cuerpo de Isabel. ¡Y ahí estaba el tatuaje de un colibrí verde, en el muslo izquierdo!

Cuando se dio cuenta de que era ella, que era Isabel, Roberto no pudo más que sentir incredulidad. Seca y chocante incredulidad.

Las preguntas rondaron como hormigas rojas en su cerebro. « ¿Qué hace ella aquí? ¿Estuvo aquí la noche anterior al terremoto y por eso no llegó a dormir a su casa? »

-¡Isabel! ¡Isabel! –musitó Roberto casi si fuerzas, desconsolado, junto a los restos de ella.

Camilleros de la Cruz Roja (interpretados por los socorristas Nelson Gálvez, José Mauricio Retana y Nery Anthony Medina) cargando a “Isabel”.

Y luego, con el breve tiempo y la prontitud que se requiere cuando es un ser humano amado el que muere, Roberto se aterró con la noticia y la asimiló con dolor y amargura…

La mano de alguien –no supo nunca la de quién- le dio unas palmadas en la espalda.

Escrito por:

Óscar Perdomo León

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UN CADÁVER es un fragmento de la novela HABLANDO CON LOS MUERTOS by Óscar Perdomo León, escrito en donde se basó el cortometraje de ficción del mismo nombre (realizado en el 2005).
HABLANDO CON LOS MUERTOS cortometraje de ficción primera parte.mp4 – YouTube
HABLANDO CON LOS MUERTOS segunda parte – Vìdeo Dailymotion
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(1) Fragmento entre comillas tomado de la crónica que Monsiváis escribió sobre los terremotos de México, de septiembre de 1985.

DE SEUDÓNIMO CLARA. Un libro de Nora Méndez

De seudónimo Clara IMG_7186

«De seudónimo Clara», publicado a finales de 2013 por la editorial guatemalteca Letra Negra, es un libro escrito por la salvadoreña Nora Méndez (1969), que trata sobre su captura por la Policía Nacional, siendo ella una guerrillera de los comandos urbanos del Partido Comunista Salvadoreño. Clara, de 19 años de edad, idealista y con mucho amor, en las manos de los represivos cuerpos de seguridad del Estado, durante los últimos días de la guerra civil salvadoreña, es interrogada, golpeada, endrogada y violada, de la manera más brutal en que sólo los torturadores salvajes saben hacerlo.

¿Cómo clasificar este libro? Los conocedores de literatura sabrán cómo hacerlo. Para mí, como simple lector embelesado, es un libro impactante de memorias, con un excelente tratamiento literario. Es un testimonio novelado. Es también una denuncia de la represión y la falta de justicia en El Salvador. Es una reunión de recuerdos que se aglomeran para ser detallados y, principalmente, meditados. Es, en verdad, una obra literaria muy bien hecha que lo atrapa a uno de principio a fin.

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En la entrada del primer párrafo de este libro, lo primero que percibí fue lo buena narradora que es Nora. Se siente su prosa fluida y cautivante; coherente y, al mismo tiempo, hermosamente alucinada. Pero, principalmente, se siente en su voz una narración honesta y con mucha sustancia. 

La profundidad de la voz de Nora, que mira a su alrededor y se mira a sí misma, es innegable. Su discurso, que va en una primera persona muy íntima, nos cuenta las cosas cotidianas de su vida normal, así como sobre su doble vida como guerrillera clandestina; y por momentos, sus palabras nos conducen, en medio de la cruda realidad, a un mundo onírico y lleno de angustia existencial; sin embargo sus palabras, en ningún momento, dejan de sentirse sinceras.

De esta historia, se puede deducir que las actuaciones sociales y de consciencia de Nora Méndez fueron coherentes con sus ideas y su percepción de nuestro país, desgarrado por la exclusión económica y social. En ese contexto, podría decir que Nora, la poeta, llegó a igualarse a Roque Dalton, quien también ingresó a la guerrilla llevado por el amor que tenía hacia su pueblo y por su franco compromiso con su país. Una conducta ético-moral.

Además de que su historia es lo suficientemente sugestiva como para mantenerlo a uno interesado todo el tiempo, algo que me gustaría agregar sobre este libro es que tiene algunas frases poéticas (muy adecuadamente colocadas), así como también alusiones a canciones o libros conocidos, lo que le da un poco más de sabor a la lectura.

La verdad es que disfruté mucho leer «De seudónimo Clara». Confieso que me lo leí «de un sólo tirón»; no me pude dormir hasta mirar (y casi olfatear y escuchar), en las horas silentes de la madrugada, sus últimas palabras.

«De seudónimo Clara» es un libro conmovedor, de 166 páginas, totalmente recomendable, que trata, en fin, de una bella heroína luchando, en una selva urbana y despiadada, por un mundo mejor.

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Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

NOCHE

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NOCHE

Noche, caótica estructura donde se desarrollan mi locura y mis ansias,

fuente del abismo donde caigo, perfume que me aroma por momentos…

Poblada de grillos cantores envolvés con tu sinfonía las largas horas de espera…

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(¿Dónde están tus ojos? ¿Qué observan? ¿Qué móviles ideas corren y se entrecruzan en tu mente? ¿Estoy en alguna de ellas?)

Noche: caótica estructura donde se desarrollan mi locura y mis ansias…

(Cerré las puertas del sueño y corrí y corrí por las negras praderas, rompiendo el aire frío, los canales de agua vital bebiendo, los poemas de amor amando… Recordándote siempre      -oh, lejana-, reconquistando tu presencia…)

La madrugada cae como un vértigo negro…

Cauterizo mis heridas escribiéndote,

creyendo que cada letra que hago explotará telepáticamente en tu cerebro como el placer más bello que se ha inventado;

pero todo ésto es sólo una fe dolorosa, un desgarramiento íntimo, un papel amoroso.

Noche: hay en tu cuerpo una grey de astros musitando los secretos de un cosmos desconocido que vibra de vida y movimiento.

La luna y las estrellas bailan la eminente danza espacial

-¡gravitación de acordes infinitos! 

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Poema y fotografías por:

Óscar Perdomo León

KÉRRIDAT. (Capítulo IX)

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-Quiero que vayan ustedes dos a ese lejano planeta y lo investiguen. Ya hace un par de cientos de años que hemos detectado que una civilización ha empezado a desarrollarse allí  –dijo una especie de hombre, con una voz masculina y profunda, y en un idioma complejo y sublime.

Era un ser alto, oscuro de la piel y con un par de grandes alas negras. Tenía en la mirada y en la voz una fuerza de mando y dignidad que los otros dos seres que lo acompañaban parecían respetar.

-¿Durante cuánto tiempo deberíamos estar allá? –dijo una voz femenina.

Era una figura de mujer, alta, con fisonomía suave, con dos pechos erectos y bien formados. Su piel y sus alas eran blancas, casi impolutas.

-Diez o quince siglos. El tiempo que sea necesario –le respondió el ser de piel oscura.

Y después, el ente alto y oscuro, dirigiendo su mirada al tercero, le dijo:

-Serás el responsable de la misión, Kérridat.

Kérridat asintió al negro ser alado, con respeto. Luego miró complacido a su compañera con una sonrisa.                

 

     FIN

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

***

Nota: aquí termina la historia «María puede volar», formada por nueve capítulos. Muchas gracias a todos los que nos siguieron y leyeron cada martes que publicábamos un capítulo.

Fotografía extraída del blog vivicervera.

FÁTIMA MARÍA. 1992. (Capítulo VIII)

Fotógrafa juan-yanes-fotografa-550x550

*

María Josefina regresó a vivir a El Salvador a los cincuenta años de edad, seis meses después de que Gustavo, su esposo, falleciera de cáncer pulmonar en Francia. Sola y con dos hijos varones -Antonio y Juan- decidió hacerse cargo personalmente de la hacienda que su padre le heredó al morir. Trabajó un tiempo en ella; pero cuando Antonio entendió el teje y el maneje de la hacienda, se hizo cargo de ella y María Josefina regresó a Europa. Pero desde allá estaba pendiente de lo que ocurría en El Salvador. Escribía cartas con frecuencia a sus hijos.

Juan, el hijo menor, sintió que las tierras salvadoreñas eran muy estrechas para sus aspiraciones y decidió partir a Estados Unidos, convirtiéndose en marino; únicamente volvió a El Salvador en 1971 y luego se regresó hacia los Estados Unidos. Mandaba postales de los lugares más inesperados que visitaba alrededor del mundo. Nunca se casó y jamás tuvo hijos. Murió solo en Nueva York en 1987.

María Josefina, antes de morir, en 1985, pidió ser enterrada en Ahuachapán, luego de dedicar su vida a promover la educación y las artes en ese departamento. Benefició a cientos de niños campesinos al donar al Estado algunos terrenos para construir escuelas y pagar maestros para las mismas, creando un fideicomiso para esa causa.

María Josefina tuvo una única nieta a quien llamó Fátima María. El nombre lo escogió la misma María Josefina, con el consentimiento de Irene y de Antonio, los padres de la niña.

Fátima María creció en Ahuachapán, entre rumores lejanos de una guerra civil en su país. De doña Narcisa y don Laureano, con quienes vivía, aprendió a respetar la naturaleza, al prójimo, y a su padre -Antonio- a quien vio siempre como el proveedor de dinero, pero nunca como papá. Sus padres, amigos y abuelos eran la pareja de viejos que le brindaron su amor y cuidados desde que su memoria funcionaba. Fue justamente con ellos que visitó el 25 de marzo de 1980, la Basílica Sagrado Corazón para asistir a la vela del asesinado arzobispo de San Salvador Monseñor Oscar Arnulfo Romero -uno de los eventos más traumáticos para la sociedad salvadoreña- . Fátima María tenía entonces 16 años de edad y sus recuerdos guardaban la imagen en color sepia de la Basílica del Sagrado Corazón durante la noche; miraba en su mente la fila de los miles de visitantes congregados ahí para dar el último adiós. Los rezos y cánticos junto con el cuerpo descansando en la caja mortuoria, quedaron incrustados para siempre en su alma.

En los últimos años de la década del ´70, se había incrementado el accionar de los Escuadrones de la Muerte, amparados por el ejército y las fuerzas de seguridad del gobierno, de tal manera que todas las noches estos grupos sacaban de sus casas a civiles (sospechosos de colaborar con la izquierda) que luego aparecían asesinados en la calles y en las carreteras de todo El Salvador. Eran los cadáveres de estudiantes de bachillerato y de la universidad, trabajadores de fábricas, profesores, etc., que mostraban señales de haber sido cruelmente torturados. Surgían de la nada por las mañanas, decapitados y despellejados.

Monseñor Romero 2

**

También la izquierda había radicalizado su lucha, y empezó a asesinar civiles; aunque en una cantidad menor que la derecha. Estos actos desprestigiaban su «lucha por la justicia».

Un día antes de que lo asesinaran, Monseñor Romero se había dirigido hacia las fuerzas de seguridad y del ejército salvadoreños con estas palabras: “En nombre de este pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, ¡cese la represión!”.

Durante el momento de la consagración en la misa y justo cuando él levantaba los brazos, un disparo seco y certero le atravesó el corazón; cayó fulminado y desangrado al suelo, frente a la feligresía que no podía creer lo que ocurría. Fue llevado de emergencia a la Policlínica Salvadoreña; pero la herida que llevaba era mortal. El llanto de la nación fue general. La comunidad internacional condenó la tragedia.

Años después Fátima María rehusó comprar en oferta un vehículo volkswagen rojo de cuatro puertas que le vendían, recordando que un carro similar había conducido Amado Garay aquel fatídico 24 de marzo para transportar al francotirador que había asesinado a Monseñor Romero.

***

Con el pasar de los años Fátima María se convirtió en una joven muy especial, un tanto solitaria, pero muy independiente. Era bonita como su madre Irene y como su abuela María Josefina. Tenía ese aire agradable que hacía que las personas quisieran estar cerca de ella. Pero su don más grande era su facilidad para el lenguaje. Se expresaba con brillo y fluidez, siempre usaba la palabra correcta, pronunciaba con claridad y todo lo acompañaba con unos sutiles gestos femeninos que adornaban todo lo que decía. Se escribía cartas con su abuela al menos una vez al mes. Y fue a conocer Europa un par de veces. Su abuela quiso que se quedara estudiando allá; pero Fátima María quería volver a El Salvador.

Con el paso del tiempo se dio cuenta de la condición infrahumana en la que vivía mucha gente en El Salvador y se interesó en conocer a fondo los orígenes de la lucha interna nacional.

Al iniciar sus estudios universitarios se trasladó a la capital del país. Para entonces ya no estaba con sus queridos don Laureano y doña Narcisa. Vivía en San Salvador; pero con frecuencia los visitaba. Para ella eran su verdadera familia.

La elección de la carrera no fue difícil, aunque había tantas cosas que quería aprender. Por un lado le interesaba la ciencia, pero la fuerza de las letras y la oratoria la atraían como un imán; la historia, la antropología y la sociología formaban una trilogía difícil de ignorar.

Amaba la lectura, la fotografía, la música y la pintura, y le gustaba combinar todo eso con el punto de vista social.

Su inteligencia la había distinguido de sus coetáneos desde la infancia, así que en un intenso y verdadero examen de conciencia en donde puso sobre la mesa sus gustos, habilidades y la realidad de su país, el cual estaba enclaustrado en una guerra civil que ya llevaba un poco menos de media década, llegó a la conclusión de que estudiaría periodismo.

Luego de dos años de estudios superiores, decidió probar suerte en un concurso universitario centroamericano de fotografía, el cual ganó con un retrato en blanco y negro al que tituló «Alas» y que era la imagen de una niña de unos seis años de edad vendiendo periódicos en el Parque Libertad de San Salvador, y que estaba sentada en una de las gradas que llevan al obelisco que sostiene al Ángel de la Libertad. La fotografía fue tomada en una posición y un ángulo que permitieron ver como si las alas del ángel estuvieran en la espalda de la niña. Las alas habían sido la obsesión de Fátima María, desde aquella vez en que se cayó y fue suturada en la barbilla, después de ver lo que volaba en el cielo. Aunque nunca había logrado dilucidar exactamente qué había sido lo que sus ojos observaron aquella mañana.

El haber sido la ganadora le valió asistir a Costa Rica para recibir el premio y participar en la exposición de los trabajos concursantes; ahí fue donde representantes de periódicos extranjeros vieron la calidad de su trabajo y le solicitaron un portafolio con las mejores fotos que, al criterio de ella, hubiese tomado. Tan bien fue recibido éste que de inmediato le ofrecieron ser la corresponsal de un diario europeo; su misión sería la de cubrir la guerra civil salvadoreña en imágenes. Unió trabajo y estudios y al final de la carrera ya era una reconocida y respetada fotógrafa de guerra.

Uno de los más impresionantes momentos en su vida profesional fue cuando tuvo que cubrir fotográficamente el asesinato de los sacerdotes jesuitas junto con dos de sus ayudantes en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” UCA, dentro del marco de la ofensiva guerrillera de noviembre de 1989.

El FMLN había desplegado una ofensiva de gran envergadura, llevando la guerra desde los cantones más alejados de la urbe, hasta la capital, San Salvador. El ejército gubernamental respondió con intensidad, utilizando gran cantidad de soldados, helicópteros y aviones.

Ese momento de guerra en la capital fue propicio para aquellos que siempre habían querido callar las críticas voces de los jesuitas. El ejército salvadoreño acordonó la UCA y durante la madrugada del 16 de noviembre ingresó al campus universitario. Los soldados dirigidos por oficiales entraron a las residencias de habitación de los jesuitas y a sangre fría ultimaron a seis desarmados sacerdotes y profesores de la universidad, entre ellos a su rector Ignacio Ellacuría. Además los soldados asesinaron a dos colaboradoras de los jesuitas, dos mujeres: la cocinera y su hija.

Por la mañana todos los noticieros internacionales ya sabían la noticia y Fátima María acudió a la escena del crimen. Era como una macabra película de guerra que se había vuelto realidad. Los cuerpos de los sacrificados estaban boca abajo sobre el pasto verde, desangrados y con fragmentos cerebrales diseminados por doquier.

Fátima María, con lágrimas en los ojos y con un gran nudo en la garganta, se movía de un lado a otro fotografiando el sombrío cuadro. Retrató todos y cada uno de los cadáveres. Ingresó a las residencias y vio las paredes ametralladas y manchadas de sangre. Fotografió la espeluznante rúbrica de los lanzallamas en la vivienda jesuítica.

Fotografiaba por olfato periodístico; pero su corazón estaba contraído y no lograba asimilar lo que sus ojos miraban. Captó el odio de aquellos que creyeron poder matar las ideas. Sus fotografías desgarradoras, crudas y realistas, tomadas con la destreza de la experiencia, dieron la vuelta al mundo.

Al finalizar su trabajo periodístico y ya en su casa, con la piel eriza y la mandíbula apretada, lloró.

Unos años después Fátima María cubrió la noticia del juicio que se llevó a cabo contra los militares. Ahí tomó la fotografía del padre José María Tojeira, estrechando la mano en señal de perdón a los militares culpables materialmente del asesinato de sus compañeros jesuitas. Aún se desconoce exactamente a los autores intelectuales del crimen. Horas después, Fátima María fotografió el bello jardín de rosas que cultivó en la UCA el esposo de la cocinera asesinada, sobre el pasto donde encontraron los cadáveres.

***

A finales de 1991 ya se oían rumores de la finalización del conflicto armado y una vez más, Fátima María fue destinada para cubrir las últimas rondas de negociación que se dieron en Nueva York. Acudió emocionada.

El 31 de diciembre de ese año no pudo contener las lágrimas de alegría, junto a miles de salvadoreños, al presenciar, fotografiar y ser partícipe del anuncio del fin de la guerra civil que tantos lamentos había causado a su pueblo. Por fin, uno de los sueños de Fátima María se hacía realidad.  Le hubiese gustado compartir esta alegría con su abuela.

En El Salvador, esa noche por unos minutos la tradicional pólvora se dejó de oír. Todas las familias estaban reunidas frente al televisor, presenciando ese anuncio tan esperado. A la medianoche los morteros y cohetes sonaron más fuertes que nunca y los abrazos de bienvenida al año nuevo fueron los más felices y llenos de esperanza en muchos años para los salvadoreños.

Las negociaciones de paz habían empezado en Ayagualo, departamento de La Libertad, a petición de José Napoleón Duarte, el entonces Presidente de la República.

Uno de los primeros que había empezado a hablar de diálogo, al inicio de los años ´80, fue precisamente uno de los sacerdotes asesinados, Ignacio Ellacuría.  Él era un intelectual de primera línea y la guerra se lo había tragado.

La firma de los Acuerdos de Paz se llevó a cabo en el castillo de Chapultepec, en México, el 16 de enero de 1992. Este acontecimiento tuvo una cobertura periodística internacional e importante y Fátima María estuvo ahí fotografiando todo el evento. Fue un día muy agitado, entre emociones desbordadas y arduo trabajo. Esa noche soñó con un ser alado.

Unos días posteriores al acto de la Firma de los Acuerdos de Paz, Fátima María abordó un vuelo México-San Salvador. Ansiaba poder reposar un poco en su cama, habían sido días muy difíciles. La mañana siguiente a su llegada, durante la ducha, planificó tomarse el día libre. Antes de desayunar releyó unas cartas nunca enviadas y manuscritas que estaban guardadas en un viejo baúl que le habían hecho llegar desde Europa cuando María Josefina murió y que narraban su experiencia con un hombre alado, pero Fátima María nunca le dio veracidad a lo que ya había leído tantas veces, porque las cartas estaban fechadas dos años antes de la muerte de su abuela y pensó que tal vez eran alucinaciones de la edad.

Al mediodía se fue a comer un gran pescado al Puerto de La Libertad; al regreso tomó la ruta alterna que de La Libertad conduce a San Salvador y que pasa por Rosario de Mora y Los Planes de Renderos; fue al llegar a la altura del mirador de este lugar que tomó la decisión de ir a la Puerta del Diablo. Quiso ir a ver el ocaso desde ahí, desde ese lugar que siempre le había parecido místico y que le daba una tranquilidad y relajación espiritual intensas. Esa puesta de sol fue magnífica, la paleta de tonos malvas, naranjas, dorados, celestes y violetas coloreaban intensamente el hilo de nubes que jugaban con los penúltimos rayos de sol. En el horizonte las sombras de las aves coronando el crepúsculo creaban una atmósfera de armonía. Había brisa proveniente del norte; sintió un poco de frío y sacó entonces de su mochila un sencillo suéter azul  –que más bien podría parecer una blusa manga larga-, y rápidamente se vistió con él. Eran las cinco y media de la tarde y una pequeña estrella se asomaba en lo alto del cielo.

Fátima María se encontraba en pleno éxtasis. Unos días atrás había tenido la gran oportunidad de ser testigo ocular de la firma de los Acuerdos de Paz, un hecho sin precedentes en la historia salvadoreña, y esa tarde estaba sentada sola en la cima de la rocosa Puerta del Diablo. Abajo quedaban los bulliciosos turistas. Desde ahí y con la luz menguando minuto a minuto miraba aún el océano, dibujado como una delgada línea azul en la lejanía. Inhaló profundamente todo el aire que sus pulmones pudieron contener y luego lo exhaló lentamente -como quien se deleita con un sabroso vino tinto en una magnífica copa-, cerró sus ojos un instante y sus labios sonrieron. Escuchó el sonido del aire. Se sentía tan libre y feliz que casi podía volar. Una corriente de aire más fría que las demás recorrió fugazmente su cuerpo. Sintió que alguien se acercaba. Rápidamente abrió los ojos.

Sentada junto a ella, con una mirada profunda y cubierto con un fino vello corpóreo blanquecino, llevando sobre su espalda unas alas enormes con plumas albas y cenizas, estaba el ser alado. Un intenso escalofrío recorrió su espalda y el temor la inmovilizó. Al instante vinieron a su mente las cartas de su abuela y su propia obsesión por las alas. Guardó silencio porque de su boca no podía salir palabra alguna. Estaba helada de miedo y de asombro.

-Soy Kérridat –dijo, y con voz ronca y pausada continuó-. Soy alguien de un punto en el espacio exterior tan lejano que vos no podés siquiera imaginar. Pero que no te extrañe. Todos somos hijos de la misma Energía Universal. Te conozco desde antes que nacieras. Te conocí aquí en este mismo lugar.

-¿Aquí? –dijo tiritando.

La voz de Fátima María denotaba un poco de sorpresa y curiosidad a la vez.

-Sí -contestó Kérridat-. Fue acá donde por primera vez te vi y aquí nació nuestra amistad.

-¿Qué? –dijo sorprendida.

-¿Conocés a María Xicotencatl?

-No –contestó Fátima María, en medio de un oleaje de estupor.

-Ella fue tu gran abuela y la conocí aquí en 1762. Te la mostraré. Cerrá los ojos.

Ella, mostrando cierta desconfianza dio un paso hacia atrás.

-No tengás miedo.

Entonces ella obedeció. Y como en un documental cinematográfico, de alta fidelidad en sonido e imagen, Fátima María empezó a mirar dentro de su cerebro las vidas de sus antepasados, que corrían de manera cronológica y en reversa. Pudo ver a su abuela fallecer en su lecho del apartamento en París y luego abrir los ojos y convertirse en una bella joven y finalmente volverse una bebé; y así sucesivamente miró a sus muchas abuelas caminando, brillando, pariendo, amando, hablando con sabiduría y también equivocándose, recorriendo la geografía nacional y la línea del tiempo. Todos los sucesos históricos que formaron este país, sus muertos, sus líderes, sus caudillos, las víctimas torturadas, los llantos y las alegrías, todas las cosas pasaron por su mente con la velocidad de las sinapsis de las células del cerebro.

Miró a tantas personas; era como si viajara por todo el mundo volando en tiempo y espacio. Vio a su heroica bisabuela María Dolores luchando por la independencia de Centroamérica; su mente fue testigo de cómo su gran abuela María Xicotencatl ayudaba a Kérridat herido durante la tragedia del cerro El Chulo. Observó más allá, mucho más allá en el profundo pasado y vio las grandes inmigraciones de indígenas que venían desde el norte.

Mientras recorría la vida de sus antepasados grandes lágrimas rodaban por sus mejillas; sonreía, suspiraba y lloraba en forma alterna y su mente recordaba al mismo tiempo el poema de Pedro Geoffroy Rivas, «Los Nietos del Jaguar»:

«anduvimos errantes

años años años anduvimos errantes

la ventisca el granizo los violentos vendavales

las grandes bestias devoradoras

nada pudo detener nuestros pasos

cruzamos ríos

montes

abismos de terror

cumbres a las que nadie se atreviera antes

pavorosos desiertos

nada pudo detener nuestros pasos

en tierra arena roca dejamos hondas huellas

junto al mar caminamos

sobre las altas sierras

de día caminamos

de noche

sin detenernos

caminamos naciendo y caminando

soñando y caminando

pariendo y caminando

caminando cantando y caminando

nada pudo detener nuestros pasos…»

Y entonces Fátima María supo que todo era verdad. Que el ser humano es todo y uno, que es diferente pero también es el mismo en todas las geografías y en todos los tiempos…

Cuando abrió los ojos, Kérridat estaba de pie. Ella también se levantó. Él le sonrió y le ofreció su mano y ella la aceptó. Lo abrazó y le acarició las alas.

En seguida Kérridat desplegó las majestuosas alas y emprendió vuelo con habilidad y elegancia. Fátima María, con una sonrisa sincera, se sentó y en silencio lo observó navegar sobre el aire y perderse en la lejanía del cielo herido por el ocaso.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

***

NOTA: no se pierdan el próximo martes el final de esta historia de la saga de las Marías: «María puede volar».
* Fotógrafa. Fotografía tomada por Juan Yanes.
** Monseñor Romero. Busto ubicado en el museo Monseñor Romero, San Salvador. Fotografía tomada por Óscar Perdomo León.

MARÍA JOSEFINA 1932. (Capítulo VII)

VLADIMIR FEDOTKO,RUSIA, PHOTOGRAPHY

María Josefina era una especie de reencuentro en la sangre femenina, de toda la saga de Marías salvadoreñas que provenían, hasta donde se sabía, de María Xicotencatl. Sin saberlo conscientemente, había dentro de ella un instinto que la atraía hacia la tierra y hacia sus antepasados. Físicamente no se parecía en nada a su antepasado María Xicotencatl, quien tuvo un bello color moreno en la piel, los ojos negros como las pozas de agua en la sombra al atardecer, y el cabello tan largo, liso y negro que le llegaba hasta las caderas; María Josefina, por el contrario, tenía ojos verdes como los mismos bosques de las montañas de Sonsonate y Ahuachapán, la piel era blanca y tersa, y el rostro naturalmente rosado; sin embargo, la mezcla de las razas que convergían en ella se podía adivinar en el cabello negro liso y en sus facciones tan peculiares. Por eso María Josefina investigaba sobre sus orígenes. Buscaba las respuestas a su árbol genealógico, pero en tierra donde no muchos escriben para dejar sus historias a las futuras generaciones, le era difícil responder sus preguntas.

Durante muchos años había rehusado casarse; pretendientes no le faltaban. Pero sus inclinaciones a la pintura y al estudio autodidacta la llenaban tanto que no parecía necesitar nada más. O quizás no la había tocado el amor. Y en una sociedad como en la que ella vivía, ya se hablaba en las calles de que ella era una solterona. Decían las malas lenguas que de adolescente se había enamorado de Gustavo D´ León, el hijo de un hacendado amigo de su familia, y que se había ido a estudiar a Europa, y ella para sobrellevar el despecho se había marchado un tiempo a los Estados Unidos, y que esa separación ella nunca la había superado. Sin embargo, María Josefina estaba libre de todo prejuicio y lo que dijera la gente de ella la tenía sin cuidado.

Sonsonate y Ahuachapán, en la zona occidental de El Salvador, tenían la abundancia de los cafetales, con su aromático fruto, que se vendía bien dentro del país y en el extranjero. El padre de María Josefina era dueño en esa zona de algunas fincas de café, de algunos terrenos en donde se sembraban y cultivaban frutas y hortalizas, así como también poseía unas cuantas cabezas de ganado.

En 1929, a sus 30 años, María Josefina se dedicaba, sin cobrar, durante cuatro horas matinales a dar clases de arte a niños de entre 10 y 15 años. Su padre, chapado a la antigua, no estaba muy contento con los procedimientos y decisiones de María Josefina; pero la amaba tanto que cedía ante sus deseos y caprichos con sólo oír su dulce voz. De su madre no tenía apoyo porque desgraciadamente, al igual que María Xicotencatl, había muerto en el parto.

Por las tardes María Josefina practicaba el bordado, leía o tocaba el piano. Le gustaba leer poesía; pero sus lecturas favoritas eran los libros de historia y las novelas de aventuras.

Por esos días había trabado amistad con una joven poeta que había nacido en Armenia, departamento de Sonsonate, que se llamaba Carmen Brannon. Se escribían cartas frecuentemente y se visitaban. Carmen le enviaba, desde donde estuviera, inspiraciones líricas recién escritas y María Josefina le contestaba con comentarios y agradecimientos. También intercambió correspondencia un par de veces con un joven escritor y pintor de Sonsonate, cuyo nombre era Salvador Salazar Arrué, a quien le compró en el transcurso de los años varias pinturas, algunas de las cuales terminaron, como después se comprenderá bien, en una casa de Europa.

En música le fascinaba Chopin, sus sonatas, mazurcas, valses, polonesas, nocturnos y preludios. También admiraba mucho a Beethoven, la conmovía la fuerza de sus composiciones; sentía que él expresaba cosas de una manera que nadie más lo había hecho antes.  De ambos tocaba sus obras con bastante destreza en el piano.

A veces, también por las tardes, salía a dar unas caminatas por las extensas fincas de su padre. Otras veces montaba a su amado corcel «Bravío», que sólo con ella era dócil, pero ¡ay de aquellos que quisieran montarlo!

Una tarde, cabalgando junto a un sembradío de pepinos, en la soledad de la extensión y sintiendo que el viento la acariciaba y le cantaba suavemente al oído, se detuvo y cerró los ojos, pero para ver a través de la piel. De pronto, el natural sonido silvestre fue interrumpido por los cascos de otro caballo que parecía acercarse. María Josefina abrió los ojos verdes y miró cómo se acercaba un jinete de piel morena y de ojos igualmente verdes, pero más oscuros. Ella dudó por unos segundos; pero entonces con su natural alegría y espontaneidad desmontó del caballo y salió caminando hacia el hombre que montaba. Éste hizo lo mismo y corrió hacia ella. Sonriendo y llorando de la alegría, se abrazaron fuertemente, como si no quisieran soltarse. Inmediatamente se vieron a los ojos, profundamente.

-Regresaste –dijo María Josefina.

-Regresé por vos –dijo Gustavo-. ¿Por qué dejaste de escribirme?

-Es que con los años sentí que me escribías como si no tuvieras nada que decirme y pensé que lo más seguro es que tuvieras un nuevo amor.

Él no le contestó, sólo la volvió a abrazar, la tomó con firmeza de la cintura acercándola a él y le beso dulcemente la boca. María Josefina le correspondió con todo el amor reprimido que puede tener una mujer de 30 años.

Tomados de la mano, caminaron hacia la orilla de un gran árbol de amate. Sentados, cada uno de ellos bebió como un sediento las palabras del otro. El amor renacido latía en el corazón de María Josefina. Entre caminatas, risas, anécdotas narradas y cómplices miradas las horas pasaron más rápido de lo que alguno de los dos hubiera deseado. Al atardecer, volvieron a besarse y esta vez los cuerpos ya no podían esperar más, la piel y los sentidos habían despertado furiosamente, cual Izalco encendido. Con el ocaso como único testigo y dejando que las preocupaciones se perdieran con el sol, ambos despojaron espontáneamente sus cuerpos de las vestiduras que llevaban. Gustavo, como si fuera un entrenado amante, trató a María Josefina con paciencia y delicadeza, le besó tiernamente todo el cuerpo como queriendo apoderarse de cada parte de ella, sus manos cual mariposas revoloteando le acariciaron el fino y delicado cuello y las delgadas y sensibles manos de artista. Recorrió con suavidad y pasión a la vez sus brazos, su espalda y sus muslos… Luego pasaron de ser la lujuriosa unidad, para convertirse en la unión estrecha donde el movimiento, los suspiros y la lengua, los quejidos y el sudor, eran el lenguaje inefable…

***

Se casaron casi de inmediato y se fueron a vivir a Francia, donde su esposo tenía un jugoso trabajo. María Josefina vivía feliz y alimentándose de toda la cultura cosmopolita de París. Tocaba día y noche el piano y acudía con su esposo a todos los conciertos, museos y exposiciones disponibles. Cada principio de enero su esposo y ella regresaban a El Salvador a visitar a sus respectivas familias.

Cuando volvió en 1932 vino sola, porque Gustavo había tenido un problema impostergable de negocios.

María Josefina aprovechó su estancia en su casa y repitió todos los ritos cotidianos que acostumbraba desde que era una adolescente. Lo primero fue caminar por los sembradíos de hortalizas y después husmear a la naturaleza en la intimidad de los cafetales. Se sentó a descansar y se quedó cavilando en las cosas que pensaba antes de irse a Europa. La agitada y vibrante vida de allá a veces no le daba tiempo de meditar. Por tratar de abarcar todo el conocimiento externo del mundo que le proporcionaba París, olvidó mirar su interior. Así que pensó que había sido muy buena idea venir sola a El Salvador y poder quedarse reflexionando todo lo que quisiera y sorprenderse con los pequeños detalles que día a día observaba en estas coloridas tierras. Irremediablemente empezó a cuestionarse sobre la posibilidad de convertirse en madre y acerca del origen de su sangre. Estando en esta distracción puramente intelectual y recostada plácidamente bajo la sombra de una frondosa ceiba, empezó a recorrer el camino que de la vigilia lleva al sueño y antes de quedarse totalmente dormida oyó que una voz masculina y desconocida le decía:

-Claro que vas a tener hijos.

Sin poder entender totalmente lo que estaba sucediendo María Josefina no se asustó y dejó que su mente y su cuerpo sucumbieran inexorablemente al placer del sueño.

Inmersa bajo el hechizo de Morfeo, María Josefina vio que un gran peñasco se partía en dos y que un aluvión descendía hacia un pequeño poblado. Los rostros de angustia se sucedían uno a otro y los gritos se iban incrementando en su cabeza. De pronto una melancólica mujer, de bello rostro, le decía:

-Mi raza está herida y muy pronto se levantará en protesta contra las injusticias del gobierno.

Pronunciaba estás palabras con firmeza; pero la mujer, a pesar de la seriedad de la sentencia dicha, la miraba a los ojos llena de amor.

-Ella es tu gran abuela María Xicotencatl. Ella es tu origen y en tu sangre corre su sangre –continuó la misma voz masculina sin rostro-. Ella, al igual que tu madre, murió en el parto.

En el sueño María Josefina preguntó:

-¿Quién habla?

Y fue entonces que la voz se materializó y ella lo pudo oír y mirar.

-Soy yo –le respondió un hombre alto y casi albino, que tenía dos alas cerradas en su espalda y con la mirada profunda como la de un halcón.

María Josefina despertó sudorosa y agitada. El sol ya estaba en pleno cenit. Se levantó y regresó a su casa, recordando el sueño completo, de una manera visual y sonora, vívida e inusual.

***

Ese año de 1932 El Salvador no estaba en las mejores condiciones. Los problemas en el país eran complejos y no era fácil descifrarlos; pero una mezcla de complicaciones económicas, políticas, étnicas y de gran desigualdad social propició un levantamiento campesino principalmente en varias ciudades del occidente del país, con consecuencias fatales.

Quizás el punto central del problema era que los campesinos indígenas habían venido sufriendo la expropiación de sus tierras desde el siglo XIX, las cuales se habían concentrado en muy pocas manos, es decir, en una pequeña burguesía.

Asimismo, El Salvador había sido golpeado por el colapso de 1929 de la bolsa de Nueva York.

El pueblo estaba descontento además por el reciente derrocamiento del Presidente Arturo Araujo el 02 de diciembre de 1931, llevado a cabo por el ejército salvadoreño bajo el mando de general Maximiliano Hernández Martínez y apoyado por los terratenientes; ese descontento se agigantó aún más por el fraude electoral del 03 de enero de 1932.

En medio de esa crisis y después del sueño que había tenido, María Josefina empezó a tener una conciencia más atenta sobre lo que ocurría con los pobres de su país. Ella, aunque no era demasiado rica, se sentía por supuesto en el lado superior de la escala de clases; pero eso no le impidió empezar a tener sensibilidad social y comprender que algo no funcionaba como debía en la sociedad; las injusticias eran demasiado evidentes; para decir algo, la paga de un jornalero en aquellos días era de dos tortillas y dos cucharadas de frijoles, al inicio y al final del día, y las monedas locales con que se pagaba en las haciendas, sólo podían ser cambiadas por productos en la tienda que pertenecía al mismo dueño del cafetal. Además los hacendados veían con menosprecio a sus trabajadores, tanto así que W. J. McCafferty, encargado de la delegación estadounidense en San Salvador, le refirió en una carta a su gobierno que en El Salvador un animal de labranza tenía más valor que un trabajador…

***

Muchas dudas y agitación habían en el corazón de María Josefina. Un atardecer en que salió a cabalgar para despejar su mente tuvo un accidente. Su querido caballo «Bravío» metió la pata en un agujero que nadie vio porque estaba cubierto de hojas. Al instante ambos, caballo y mujer, rodaron por el suelo. El equino se fracturó la pata y tenía incluso un fragmento de hueso saliendo a través de la piel. «Bravío» evidentemente ya no se pudo levantar y sufría mucho. María Josefina, con unas cuantas abrasiones y laceraciones en su piel, empezó a llorar y abrazó a su caballo. Sabía que la única alternativa era el sacrificio del animal.

De pronto miró en el suelo una gran sombra que en segundos se hacía cada vez más y más grande. Miró hacia el cielo y vio a un hombre alado que, a pocos metros de donde estaba ella, aterrizó.

Ella se levantó asustada y se alejó caminando hacia atrás. El ser alado la miró y después dirigió su vista al caballo. Se acercó a él y se acurrucó. Colocó sus dos manos sobre la pata del caballo y cerró los ojos.

María Josefina observaba incrédula la escena. No había nadie a quien pedir ayuda en un par de kilómetros a la redonda. Recordó que al ser alado ya lo había visto en su sueño y ahora se sentía asustada y confundida; no sabía si estaba soñando otra vez o si estaba alucinando.

De repente el hombre alado se puso de pie y caminó unos metros hacia atrás. Entonces «Bravío» se levantó y dio unos pasos, después se paró en dos patas y relinchó.

Los ojos de María Josefina, que se llenaron de gran alegría, no podían creer lo que veían. Miró al ser alado y éste en tono amable le dijo:

-María Josefina, tu raíz más lejana que debés conocer se llama María Xicotencatl…

El hombre con alas le hablaba en un español muy bien pronunciado y continuó:

-La conocí en 1762 cuando ella tenía catorce años y el cerro que conocían como El Chulo se partió en dos y sufrió un gran deslave que cubrió numerosas casas de Panchimalco. Por querer mirar de más cerca ese fenómeno natural y por un error imperdonable, mi esposa y yo nos vimos envueltos en la tragedia. Ella murió instantáneamente ese día y yo, Kérridat, no la pude auxiliar porque estaba herido. María Xicotencatl me encontró y me ayudó a sobrevivir. Yo le prometí en agradecimiento que le ayudaría a todas sus descendientes…

María Josefina perdió el miedo, se acercó a él y sentados bajo la sombra de un amate hablaron por unos minutos, largo y tendido. Luego él con una señal de alto con la mano, le indicó que se callara. Y empezó a transmitirle a María Josefina, de una forma telepática, palabras e imágenes de sus ascendientes y de los hechos importantes que los rodearon. María Josefina, con los ojos cerrados y en silencio, sólo derramaba unas lágrimas de la emoción que le producía conocer todas esas cosas y de esa manera. En su cerebro aparecieron sus orígenes indígenas y las transformaciones que sufrió su sangre a través de los años y los años. María Josefina vio a María Dolores y a tantas abuelas de su sangre…

Cuando terminó de recibir información, Kérridat le dijo:

-Los seres humanos tienen una organización social aún muy primitiva, María Josefina. No se ayudan los unos a los otros. Y en tu país una insurrección está por ocurrir en pocos días. Tratá de mantenerte alejada. Deberías volver con tu esposo.

Inmediatamente Kérridat se despidió de ella con un gesto y se alejó volando. “¿Cuándo te voy a volver a ver?”, le preguntó María Josefina con un grito. “Muy pronto”, le contestó Kérridat.

***

El 23 de enero de 1932 explotó el levantamiento indígena campesino, en la zona occidental de El Salvador, acompañado por obreros y estudiantes universitarios. Eran unos hombres valientes, indignados por la situación del país y por la opresión militar, dispuestos a recobrar el honor, el valor y el respeto arrebatado a los pobres de la nación, no importando si para ello era necesario matar o morir; sin embargo estaban altamente desorganizados y armados únicamente con machetes.

Los campesinos se alzaron simultáneamente en varias ciudades; Juayúa, Izalco, Nahuilingo, Sonsonate, Tacuba, Sonzacate, Salcoatitán, Nahuizalco y Santa Tecla, entre otras; asesinaron en su trayecto de pueblo en pueblo un total de veinte civiles y treinta militares. Su objetivo era tomar el poder. Pero muy pronto fueron reprimidos, con lujo de barbarie, por las fuerzas militares del general Martínez. Sus principales dirigentes indígenas fueron capturados: Francisco Sánchez, Rosalío Nerio y el cacique Feliciano Ama; también los estudiantes universitarios Alfonso Luna y Mario Zapata. Todos fueron asesinados. Las órdenes no eran de investigar a los agitadores o las razones de su disgusto; sino de exterminar a los indios. Todas las personas que vistieran como indios o tuvieran facciones indígenas eran capturadas y aniquiladas. Si eran inocentes o culpables, eso era lo de menos. Los cogían en grupos, los obligaban a cavar tumbas colectivas y les descargaban sus ametralladoras sin piedad. La sangre corría como un río maldito. Era también muy común ver numerosos cuerpos sin vida tirados en las calles. Los cadáveres se acumularon, uno sobre otro, durante los tres días que duró la implacable represión, hasta alcanzar 30,000 muertos. En un país que en aquellos días tenía una población de más o menos un millón de habitantes, el etnocidio representó un 3% de la población.

El Partido Comunista Salvadoreño, que recién en 1930 había sido fundado, tuvo en la revuelta una participación más bien simbólica, de acompañamiento, de solidaridad y de identificación con la justicia de la causa, más que una contribución verdaderamente organizativa, porque la organización del movimiento sedicioso provenía principalmente de las cofradías controladas por los lideres indígenas; sin menospreciar, por supuesto, que su máximo dirigente Farabundo Martí, valiente y lleno de amor hacia su gente, murió apoyando al pueblo que se había sublevado.

En complicidad con los aguerridos nietos de Atonal y como si hubiesen escuchado el llamado a la rebelión, sendas erupciones simultáneas de los imponentes volcanes de Agua y de Fuego en Guatemala, y del grandioso Izalco en Sonsonate, se llevaron a cabo; pero en ese momento, la fuerza del hombre, a través de las armas y la represión, se impuso a la nube de cenizas escupidas por el Izalco, la cual se alzó por kilómetros y cubrió muchos de los pueblos involucrados en la revuelta. Era como si la naturaleza se hubiera unido al clamor de justicia de los pobres.

Durante esos angustiosos días María Josefina agudizó su cerebro; sus ojos captaron imágenes de madres y niños asesinados únicamente por ser indios; oyó las ráfagas de las lejanas ametralladoras y escuchó –en la clandestinidad- algunas confesiones de inocencia de algunos perseguidos a los que ella misma brindó refugio en algún lugar de la hacienda de su padre. La visión que tuvo días atrás le había abierto la mente a la realidad que día con día habían vivido sus lejanos hermanos de sangre, los verdaderos pobladores de las tierras del Señorío de Cuscatlán, y que ella había ignorado, no por voluntad propia, sino simplemente porque fue criada en un lugar lleno de lujos y sin padecer nunca carencias de ningún tipo; pero también sin conocer sus propios orígenes, sin saber que portaba sangre tan india como la de los miles de asesinados injustamente durante esos días de persecución étnica.

Los indígenas sobrevivientes en su mayoría cambiaron su vestimenta y trataron de no hablar náhuat. Los ritos indios y mucho de su cultura se volvieron secretos hasta casi extinguirse. Es más, el trauma y el temor colectivo continuó sumergido dentro de varias generaciones indígenas.

Al estabilizarse la situación, María Josefina regresó a Francia. Ahí se encargó de divulgar la masacre ocurrida en su país natal y la hermosa manifestación volcánica en apoyo a los suyos; pese a que su padre no estaba contento ni aprobaba los testimonios que ella daba en Europa. Sin embargo, en El Salvador los datos oficiales fueron ocultados y la verdad de la lucha fue tergiversada por los gobiernos de aquel entonces.

 Epílogo del capítulo VII

“Los indios son sacados de sus escondrijos; a tiros son detenidos en su fuga o bajados de las ramas de los árboles. En grupos son ajusticiados. Mueren impávidos, mostrando todo el valor que ya no tienen, porque en eso consiste el heroísmo. Pálidos, lívidos, se enderezan, aun insultan. Piden la muerte a voces. Dizque sonríen con muecas viriles. Muestran los dientes como los coyotes, para ocultar con su blancura amarga, el brillo de la lágrima que humedece el ojos cargados de amargura.” (1)
Salarrué
Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Fotografía del ruso Vladimir Fedotko.

(1) Salarrué, “Catleya luna”, segunda edición, Dirección de Publicaciones, Ministerio de Educación, San Salvador, El Salvador, 1980. Capítulo 8, Balsamera, p. 160.