SAN SALVADOR EN «SÓLO DE NOCHE VIENES»

«El Chulón

«Sólo de noche vienes» es una película de 1965, dirigida por Sergio Véjar, con las actuaciones de Julio Alemán y Elsa Aguirre, dos actores muy importantes del cine de oro mexicano. El guión fue escrito por Elena Garro.

Aunque es una producción mexicana, muchas de las locaciones que se usaron se encuentran en El Salvador. Es muy interesante mirar el viejo San Salvador de los años ´60. En el largometraje puede verse la Zona Rosa y algunas calles de la colonia San Benito, por ejemplo. Además hay varias escenas en La Puerta del Diablo.

Algunas escenas, como las de las procesiones de Semana Santa, fueron filmadas en Guatemala.

Los Hermanos Cárcamo Los Hermanos Cárcamo

Otra cosa interesante es ver al trío salvadoreño Los Hermanos Cárcamo, muy jóvenes para entonces, pero ya muy desarrollados en cuanto a la calidad interpretativa musical. Al inicio de la película aparecen cantando la canción «Te deseo, amor». Para quienes no la conozcan, pueden escucharla completa, con Los Hermanos Cárcamo, en dos versiones que ellos interpretaron años después de haberla cantado en la película, una en el año 2002, y la otra en el año 1992; ambas en vivo. (Don Roberto Cárcamo, voz líder del trío, contó en una entrevista en febrero de 2002, que la oportunidad de aparecer en la película les surgió cuando Julio Alemán los escuchó tocar en el Hotel El Salvador Intercontinental, hoy conocido como Crowne Plaza). 

Bueno, sin más preludios, los dejo con la película «Sólo de noche vienes».

Para quienes no puedan ver aquí la película, lo pueden hacer dando un clic en el siguiente enlace:   «Solo de noche vienes» Pelicula Completa

Texto:

Óscar Perdomo León

UN CADÁVER (Historia basada en el terremoto del año 2001)

Fotografía del deslave sobre Las Colinas, extraída de un video proporcionado por el periodista William Meléndez.
“… y en respuesta ante las víctimas, la Ciudad… conoció una toma de poderes, de los más nobles de su historia, que trascendió con mucho los límites de la mera solidaridad, fue la conversión de un pueblo en gobierno y del desorden oficial en orden civil. Democracia puede ser, también, la importancia súbita de cada persona.” (1)
Carlos Monsiváis

El 13 de enero del año 2001 en El Salvador, un gigantesco derrumbe en una zona de la cordillera del Bálsamo, causado por el primer terremoto de los dos que habría ese año, cubrió un gran número de casas en la colonia Las Colinas, de Santa Tecla. En un par de segundos varios cientos de personas se vieron soterradas bruscamente, de una forma terriblemente inesperada.

No sólo en Santa Tecla había habido tragedia, por supuesto; el terremoto había sacudido fuertemente también otras partes del país; pero la magnitud del infortunio de Las Colinas era incuestionable. La medición del sismo había sido de 7.6 en la escala de Richter y con una duración de 45 segundos. Miles de metros cúbicos de tierra del deslave habían caído violentamente sobre 267 viviendas. La cifra de fallecidos –nunca precisada- era entre 450 y 600 personas.

Vista desde la carretera Panamericana, esa mañana de enero Las Colinas era un paisaje aterrador. Pero era aún peor al acercarse: bajo los pies podía uno sentir las vibraciones, los golpes y la angustia que bajo tierra producían algunas personas que se encontraban todavía con vida. Era una situación agobiante, como si una zozobra maléfica hubiese querido reinar por unos días, celebrando una fiesta de desgracias.

Roberto, un joven médico de San Salvador, escuchó la noticia por la radio y corrió al lugar del desastre, a la zona donde otros salvadoreños sufrieron fatalmente en carne propia la tragedia. Roberto ayudó con pico y pala cavando y acarreando tierra. Intentaba dirigirse por los ruidos subterráneos; pero no conseguía encontrar a nadie. Roberto estaba con los demás voluntarios, unos diez salvadoreños que se solidarizaron con la calamidad, decena que después creció bastante. Buenas personas se acercaban por momentos para regalarles agua o algún trozo de pan.

De pronto, caída la tarde, después de incansables excavaciones, se empezaron a encontrar las primeras personas muertas. Eran tres: dos muchachos y una señora de edad. Sus cuerpos fueron colocados unos junto a otros en la improvisada morgue. Muy pronto llegaron peritos forenses, quienes, después de tomar notas y fotografías, ordenaron que los cadáveres fueran envueltos en bolsas negras y trasladados hacia Medicina Legal.

Ya entrada la noche Roberto se sentía agotado. Muchos habían empezado a irse. Él quería irse también; pero algo dentro de sí gritaba: «No te vayás, no te vayás».

Repentinamente algo pasó. A unos cuarenta metros de él alguien gritó: « ¡Una mano, una mano…!»

Todos corrieron para tratar de ayudar. El cuerpo completo estaba enterrado y sólo su mano derecha sobresalía en la superficie; estaba muy pálida y tenía rastros de esmalte transparente en las uñas.

Los socorristas alejaron a los otros voluntarios un poco del lugar y hábilmente hicieron su trabajo. Ellos, con destreza, arrebataron de la tierra abrazante el cuerpo de una mujer de unos 30 años de edad; su cadáver fue encontrado sobre la mesa del comedor destruido de una casa, bajo metales retorcidos, trozos de madera y otros escombros; estaba sucio y en las primeras horas de descomposición; pero también había abundante sangre desecada en su cabeza.

Mano de “Isabel” (interpretada por Rosario Ríos).

Roberto no podía imaginar quién era… Se acercó por curiosidad primero; pero también porque le pareció ver algo fuertemente familiar en ella.

Cuando vio su cadáver, con el rostro totalmente cubierto de tierra, irreconocible al principio, sintió una aguda estocada en el corazón: era el presentimiento de lo peor. Era la dolorosa corazonada. Eran sus pies, eran sus manos, eran sus labios…

-¡Yo la conozco! –gritó Roberto.

Observó con atención el cuerpo de Isabel. ¡Y ahí estaba el tatuaje de un colibrí verde, en el muslo izquierdo!

Cuando se dio cuenta de que era ella, que era Isabel, Roberto no pudo más que sentir incredulidad. Seca y chocante incredulidad.

Las preguntas rondaron como hormigas rojas en su cerebro. « ¿Qué hace ella aquí? ¿Estuvo aquí la noche anterior al terremoto y por eso no llegó a dormir a su casa? »

-¡Isabel! ¡Isabel! –musitó Roberto casi si fuerzas, desconsolado, junto a los restos de ella.

Camilleros de la Cruz Roja (interpretados por los socorristas Nelson Gálvez, José Mauricio Retana y Nery Anthony Medina) cargando a “Isabel”.

Y luego, con el breve tiempo y la prontitud que se requiere cuando es un ser humano amado el que muere, Roberto se aterró con la noticia y la asimiló con dolor y amargura…

La mano de alguien –no supo nunca la de quién- le dio unas palmadas en la espalda.

Escrito por:

Óscar Perdomo León

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UN CADÁVER es un fragmento de la novela HABLANDO CON LOS MUERTOS by Óscar Perdomo León, escrito en donde se basó el cortometraje de ficción del mismo nombre (realizado en el 2005).
HABLANDO CON LOS MUERTOS cortometraje de ficción primera parte.mp4 – YouTube
HABLANDO CON LOS MUERTOS segunda parte – Vìdeo Dailymotion
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(1) Fragmento entre comillas tomado de la crónica que Monsiváis escribió sobre los terremotos de México, de septiembre de 1985.

JORGE «EL MÁGICO» GONZÁLEZ AL SALÓN DE LA FAMA

Jorge el Mágico González

De Jorge «El Mágico» González se han hablado muchas cosas; pero una cosa en la que todos coinciden es que Jorge ha sido uno de los mejores jugadores de fútbol del mundo. Este día quiero en mi blog hacer mi homenaje particular al «Mágico» y decir que me siento honrado de tener a un compatriota genio del fútbol.

Me siento obligado a confesar que no me considero un gran aficionado del fútbol; pero por supuesto de vez en cuando veo uno que otro juego en la televisión. He ido unas cuantas veces al estadio en todo mi vida y puedo agregar que generalmente veo los juegos que cada cuatro años presentan a los mejores equipos del mundo.

Al «Mágico» lo vi en persona hace tiempos corriendo en las afueras del estadio Cuscatlán y no me aguanté las ganas de gritarle: «Mágico», a lo que él me respondió con un saludo de la mano y una sonrisa.

Muchos años después, fui al estadio Jorge «Mágico» González (antes conocido como estadio «Flor Blanca») a ver el juego de despedida profesional de Jorge. (Recuerdo que me acompañaba una amiga irlandesa que había venido a conocer El Salvador.) Sin embargo, tuvo Jorge muchos otros juegos después de eso, como algunos para recolectar fondos para alguna institución de caridad o el juego que tuvo junto a Maradona cuando éste vino a El Salvador.

Para quienes no lo hallan visto, los dejo, pues, con el video de la ceremonia en donde «El Mágico» fue incluido este año como el primer centroamericano en entrar al Salón de la Fama del fútbol.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografía extraído de Google.

LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y HOMOSEXUALIDAD

???????????????????????????????El caso reciente de escándalo en El Salvador (América Central) a raíz del artículo «Una visita a la casa de Fabián y Tulio»escrito por el  muy conocido comunicador Daniel Rucks, me conduce a hacer una breve reflexión sobre la homosexualidad y la libertad de expresión en nuestro país.

Empezaré diciendo que la poca libertad de expresión, que tenemos en El Salvador, se ganó gracias a la reciente guerra civil salvadoreña (1980-1992), en la cual se derramó mucha, demasiada sangre. (En este punto no puedo dejar de escribir, aunque me salga un poco del tema, que los dirigentes de esa izquierda que luchó en la guerra, han perdido en la actualidad esos ideales de justicia y libertad). Es decir, que nuestra libertad de expresión es un bien muy preciado que debemos amar y defender; esto quiere decir que debemos respetar las opiniones que no concuerden con las nuestras. Si vamos a combatir una opinión con la cual diferimos, debemos hacerlo con argumentos y con respeto.

Pienso que lo fundamental en cuanto a libertad de expresión es que no debe haber ningún tema tabú para ser abordado. Nada debe limitar nuestra expresión oral y escrita. Pero esta libertad implica también una responsabilidad al ser usada y es la de tratar de apegarnos a la verdad y tratar de no ofender a los demás.

Ahora bien, no sólo con escritos o discursos serios podemos dar a conocer nuestras ideas; hay otro instrumento para expresar nuestro desacuerdo con un tema: la comedia. He visto maneras elegantes de hacer comedia, al mismo tiempo que son muy divertidas, son finas e inteligentes, con una ironía que lo obliga a uno a pensar y reflexionar; pero esto no es fácil, no todos tienen la capacidad de contar chistes sin sonar pesados o aburridos; para hacer comedia se necesita mucho talento y, sobre todo, argumentos sólidos con qué sostener esa comedia.

Sin embargo en El Salvador tenemos muy poca comedia «stand up» que sea brillante y ponga el dedo en la llaga de temas importantes. Lo más cercano a este tipo de comedia fina son algunas buenas caricaturas que salen en los periódicos.

En el caso del artículo de Daniel Rucks opino dos cosas: a) él tiene todo el derecho a estar en desacuerdo con la vida homosexual; b) pero él debería comprender que no se les puede privar a los homosexuales (hombres y mujeres) de su derecho ciudadano a casarse y tener hijos adoptivos o, mejor dicho, a disfrutar de la maternidad y la paternidad.

Los que lean el artículo de opinión de Rucks podrán formarse su propio juicio.

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Quiero terminar con dos reflexiones.

Soy de la opinión que vivimos en un país que se dice democrático, pero que en realidad es un país hipócrita, con leyes homofóbicas, que trata con resuelta y decidida discriminación a los homosexuales, violando abiertamente sus derechos.

Pero no todo está perdido. Creo que la clave para cambiar esta injusticia es ver a los homosexuales más allá del tabú, es decir, mirarlos como lo que son, como seres humanos, como hombres y mujeres que ven y sienten la sexualidad de diferente manera. Seres humanos que merecen nuestro respeto como cualquier otra persona, sin diferencias de derechos y obligaciones en la sociedad.

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

MARÍA JOSEFINA 1932. (Capítulo VII)

VLADIMIR FEDOTKO,RUSIA, PHOTOGRAPHY

María Josefina era una especie de reencuentro en la sangre femenina, de toda la saga de Marías salvadoreñas que provenían, hasta donde se sabía, de María Xicotencatl. Sin saberlo conscientemente, había dentro de ella un instinto que la atraía hacia la tierra y hacia sus antepasados. Físicamente no se parecía en nada a su antepasado María Xicotencatl, quien tuvo un bello color moreno en la piel, los ojos negros como las pozas de agua en la sombra al atardecer, y el cabello tan largo, liso y negro que le llegaba hasta las caderas; María Josefina, por el contrario, tenía ojos verdes como los mismos bosques de las montañas de Sonsonate y Ahuachapán, la piel era blanca y tersa, y el rostro naturalmente rosado; sin embargo, la mezcla de las razas que convergían en ella se podía adivinar en el cabello negro liso y en sus facciones tan peculiares. Por eso María Josefina investigaba sobre sus orígenes. Buscaba las respuestas a su árbol genealógico, pero en tierra donde no muchos escriben para dejar sus historias a las futuras generaciones, le era difícil responder sus preguntas.

Durante muchos años había rehusado casarse; pretendientes no le faltaban. Pero sus inclinaciones a la pintura y al estudio autodidacta la llenaban tanto que no parecía necesitar nada más. O quizás no la había tocado el amor. Y en una sociedad como en la que ella vivía, ya se hablaba en las calles de que ella era una solterona. Decían las malas lenguas que de adolescente se había enamorado de Gustavo D´ León, el hijo de un hacendado amigo de su familia, y que se había ido a estudiar a Europa, y ella para sobrellevar el despecho se había marchado un tiempo a los Estados Unidos, y que esa separación ella nunca la había superado. Sin embargo, María Josefina estaba libre de todo prejuicio y lo que dijera la gente de ella la tenía sin cuidado.

Sonsonate y Ahuachapán, en la zona occidental de El Salvador, tenían la abundancia de los cafetales, con su aromático fruto, que se vendía bien dentro del país y en el extranjero. El padre de María Josefina era dueño en esa zona de algunas fincas de café, de algunos terrenos en donde se sembraban y cultivaban frutas y hortalizas, así como también poseía unas cuantas cabezas de ganado.

En 1929, a sus 30 años, María Josefina se dedicaba, sin cobrar, durante cuatro horas matinales a dar clases de arte a niños de entre 10 y 15 años. Su padre, chapado a la antigua, no estaba muy contento con los procedimientos y decisiones de María Josefina; pero la amaba tanto que cedía ante sus deseos y caprichos con sólo oír su dulce voz. De su madre no tenía apoyo porque desgraciadamente, al igual que María Xicotencatl, había muerto en el parto.

Por las tardes María Josefina practicaba el bordado, leía o tocaba el piano. Le gustaba leer poesía; pero sus lecturas favoritas eran los libros de historia y las novelas de aventuras.

Por esos días había trabado amistad con una joven poeta que había nacido en Armenia, departamento de Sonsonate, que se llamaba Carmen Brannon. Se escribían cartas frecuentemente y se visitaban. Carmen le enviaba, desde donde estuviera, inspiraciones líricas recién escritas y María Josefina le contestaba con comentarios y agradecimientos. También intercambió correspondencia un par de veces con un joven escritor y pintor de Sonsonate, cuyo nombre era Salvador Salazar Arrué, a quien le compró en el transcurso de los años varias pinturas, algunas de las cuales terminaron, como después se comprenderá bien, en una casa de Europa.

En música le fascinaba Chopin, sus sonatas, mazurcas, valses, polonesas, nocturnos y preludios. También admiraba mucho a Beethoven, la conmovía la fuerza de sus composiciones; sentía que él expresaba cosas de una manera que nadie más lo había hecho antes.  De ambos tocaba sus obras con bastante destreza en el piano.

A veces, también por las tardes, salía a dar unas caminatas por las extensas fincas de su padre. Otras veces montaba a su amado corcel «Bravío», que sólo con ella era dócil, pero ¡ay de aquellos que quisieran montarlo!

Una tarde, cabalgando junto a un sembradío de pepinos, en la soledad de la extensión y sintiendo que el viento la acariciaba y le cantaba suavemente al oído, se detuvo y cerró los ojos, pero para ver a través de la piel. De pronto, el natural sonido silvestre fue interrumpido por los cascos de otro caballo que parecía acercarse. María Josefina abrió los ojos verdes y miró cómo se acercaba un jinete de piel morena y de ojos igualmente verdes, pero más oscuros. Ella dudó por unos segundos; pero entonces con su natural alegría y espontaneidad desmontó del caballo y salió caminando hacia el hombre que montaba. Éste hizo lo mismo y corrió hacia ella. Sonriendo y llorando de la alegría, se abrazaron fuertemente, como si no quisieran soltarse. Inmediatamente se vieron a los ojos, profundamente.

-Regresaste –dijo María Josefina.

-Regresé por vos –dijo Gustavo-. ¿Por qué dejaste de escribirme?

-Es que con los años sentí que me escribías como si no tuvieras nada que decirme y pensé que lo más seguro es que tuvieras un nuevo amor.

Él no le contestó, sólo la volvió a abrazar, la tomó con firmeza de la cintura acercándola a él y le beso dulcemente la boca. María Josefina le correspondió con todo el amor reprimido que puede tener una mujer de 30 años.

Tomados de la mano, caminaron hacia la orilla de un gran árbol de amate. Sentados, cada uno de ellos bebió como un sediento las palabras del otro. El amor renacido latía en el corazón de María Josefina. Entre caminatas, risas, anécdotas narradas y cómplices miradas las horas pasaron más rápido de lo que alguno de los dos hubiera deseado. Al atardecer, volvieron a besarse y esta vez los cuerpos ya no podían esperar más, la piel y los sentidos habían despertado furiosamente, cual Izalco encendido. Con el ocaso como único testigo y dejando que las preocupaciones se perdieran con el sol, ambos despojaron espontáneamente sus cuerpos de las vestiduras que llevaban. Gustavo, como si fuera un entrenado amante, trató a María Josefina con paciencia y delicadeza, le besó tiernamente todo el cuerpo como queriendo apoderarse de cada parte de ella, sus manos cual mariposas revoloteando le acariciaron el fino y delicado cuello y las delgadas y sensibles manos de artista. Recorrió con suavidad y pasión a la vez sus brazos, su espalda y sus muslos… Luego pasaron de ser la lujuriosa unidad, para convertirse en la unión estrecha donde el movimiento, los suspiros y la lengua, los quejidos y el sudor, eran el lenguaje inefable…

***

Se casaron casi de inmediato y se fueron a vivir a Francia, donde su esposo tenía un jugoso trabajo. María Josefina vivía feliz y alimentándose de toda la cultura cosmopolita de París. Tocaba día y noche el piano y acudía con su esposo a todos los conciertos, museos y exposiciones disponibles. Cada principio de enero su esposo y ella regresaban a El Salvador a visitar a sus respectivas familias.

Cuando volvió en 1932 vino sola, porque Gustavo había tenido un problema impostergable de negocios.

María Josefina aprovechó su estancia en su casa y repitió todos los ritos cotidianos que acostumbraba desde que era una adolescente. Lo primero fue caminar por los sembradíos de hortalizas y después husmear a la naturaleza en la intimidad de los cafetales. Se sentó a descansar y se quedó cavilando en las cosas que pensaba antes de irse a Europa. La agitada y vibrante vida de allá a veces no le daba tiempo de meditar. Por tratar de abarcar todo el conocimiento externo del mundo que le proporcionaba París, olvidó mirar su interior. Así que pensó que había sido muy buena idea venir sola a El Salvador y poder quedarse reflexionando todo lo que quisiera y sorprenderse con los pequeños detalles que día a día observaba en estas coloridas tierras. Irremediablemente empezó a cuestionarse sobre la posibilidad de convertirse en madre y acerca del origen de su sangre. Estando en esta distracción puramente intelectual y recostada plácidamente bajo la sombra de una frondosa ceiba, empezó a recorrer el camino que de la vigilia lleva al sueño y antes de quedarse totalmente dormida oyó que una voz masculina y desconocida le decía:

-Claro que vas a tener hijos.

Sin poder entender totalmente lo que estaba sucediendo María Josefina no se asustó y dejó que su mente y su cuerpo sucumbieran inexorablemente al placer del sueño.

Inmersa bajo el hechizo de Morfeo, María Josefina vio que un gran peñasco se partía en dos y que un aluvión descendía hacia un pequeño poblado. Los rostros de angustia se sucedían uno a otro y los gritos se iban incrementando en su cabeza. De pronto una melancólica mujer, de bello rostro, le decía:

-Mi raza está herida y muy pronto se levantará en protesta contra las injusticias del gobierno.

Pronunciaba estás palabras con firmeza; pero la mujer, a pesar de la seriedad de la sentencia dicha, la miraba a los ojos llena de amor.

-Ella es tu gran abuela María Xicotencatl. Ella es tu origen y en tu sangre corre su sangre –continuó la misma voz masculina sin rostro-. Ella, al igual que tu madre, murió en el parto.

En el sueño María Josefina preguntó:

-¿Quién habla?

Y fue entonces que la voz se materializó y ella lo pudo oír y mirar.

-Soy yo –le respondió un hombre alto y casi albino, que tenía dos alas cerradas en su espalda y con la mirada profunda como la de un halcón.

María Josefina despertó sudorosa y agitada. El sol ya estaba en pleno cenit. Se levantó y regresó a su casa, recordando el sueño completo, de una manera visual y sonora, vívida e inusual.

***

Ese año de 1932 El Salvador no estaba en las mejores condiciones. Los problemas en el país eran complejos y no era fácil descifrarlos; pero una mezcla de complicaciones económicas, políticas, étnicas y de gran desigualdad social propició un levantamiento campesino principalmente en varias ciudades del occidente del país, con consecuencias fatales.

Quizás el punto central del problema era que los campesinos indígenas habían venido sufriendo la expropiación de sus tierras desde el siglo XIX, las cuales se habían concentrado en muy pocas manos, es decir, en una pequeña burguesía.

Asimismo, El Salvador había sido golpeado por el colapso de 1929 de la bolsa de Nueva York.

El pueblo estaba descontento además por el reciente derrocamiento del Presidente Arturo Araujo el 02 de diciembre de 1931, llevado a cabo por el ejército salvadoreño bajo el mando de general Maximiliano Hernández Martínez y apoyado por los terratenientes; ese descontento se agigantó aún más por el fraude electoral del 03 de enero de 1932.

En medio de esa crisis y después del sueño que había tenido, María Josefina empezó a tener una conciencia más atenta sobre lo que ocurría con los pobres de su país. Ella, aunque no era demasiado rica, se sentía por supuesto en el lado superior de la escala de clases; pero eso no le impidió empezar a tener sensibilidad social y comprender que algo no funcionaba como debía en la sociedad; las injusticias eran demasiado evidentes; para decir algo, la paga de un jornalero en aquellos días era de dos tortillas y dos cucharadas de frijoles, al inicio y al final del día, y las monedas locales con que se pagaba en las haciendas, sólo podían ser cambiadas por productos en la tienda que pertenecía al mismo dueño del cafetal. Además los hacendados veían con menosprecio a sus trabajadores, tanto así que W. J. McCafferty, encargado de la delegación estadounidense en San Salvador, le refirió en una carta a su gobierno que en El Salvador un animal de labranza tenía más valor que un trabajador…

***

Muchas dudas y agitación habían en el corazón de María Josefina. Un atardecer en que salió a cabalgar para despejar su mente tuvo un accidente. Su querido caballo «Bravío» metió la pata en un agujero que nadie vio porque estaba cubierto de hojas. Al instante ambos, caballo y mujer, rodaron por el suelo. El equino se fracturó la pata y tenía incluso un fragmento de hueso saliendo a través de la piel. «Bravío» evidentemente ya no se pudo levantar y sufría mucho. María Josefina, con unas cuantas abrasiones y laceraciones en su piel, empezó a llorar y abrazó a su caballo. Sabía que la única alternativa era el sacrificio del animal.

De pronto miró en el suelo una gran sombra que en segundos se hacía cada vez más y más grande. Miró hacia el cielo y vio a un hombre alado que, a pocos metros de donde estaba ella, aterrizó.

Ella se levantó asustada y se alejó caminando hacia atrás. El ser alado la miró y después dirigió su vista al caballo. Se acercó a él y se acurrucó. Colocó sus dos manos sobre la pata del caballo y cerró los ojos.

María Josefina observaba incrédula la escena. No había nadie a quien pedir ayuda en un par de kilómetros a la redonda. Recordó que al ser alado ya lo había visto en su sueño y ahora se sentía asustada y confundida; no sabía si estaba soñando otra vez o si estaba alucinando.

De repente el hombre alado se puso de pie y caminó unos metros hacia atrás. Entonces «Bravío» se levantó y dio unos pasos, después se paró en dos patas y relinchó.

Los ojos de María Josefina, que se llenaron de gran alegría, no podían creer lo que veían. Miró al ser alado y éste en tono amable le dijo:

-María Josefina, tu raíz más lejana que debés conocer se llama María Xicotencatl…

El hombre con alas le hablaba en un español muy bien pronunciado y continuó:

-La conocí en 1762 cuando ella tenía catorce años y el cerro que conocían como El Chulo se partió en dos y sufrió un gran deslave que cubrió numerosas casas de Panchimalco. Por querer mirar de más cerca ese fenómeno natural y por un error imperdonable, mi esposa y yo nos vimos envueltos en la tragedia. Ella murió instantáneamente ese día y yo, Kérridat, no la pude auxiliar porque estaba herido. María Xicotencatl me encontró y me ayudó a sobrevivir. Yo le prometí en agradecimiento que le ayudaría a todas sus descendientes…

María Josefina perdió el miedo, se acercó a él y sentados bajo la sombra de un amate hablaron por unos minutos, largo y tendido. Luego él con una señal de alto con la mano, le indicó que se callara. Y empezó a transmitirle a María Josefina, de una forma telepática, palabras e imágenes de sus ascendientes y de los hechos importantes que los rodearon. María Josefina, con los ojos cerrados y en silencio, sólo derramaba unas lágrimas de la emoción que le producía conocer todas esas cosas y de esa manera. En su cerebro aparecieron sus orígenes indígenas y las transformaciones que sufrió su sangre a través de los años y los años. María Josefina vio a María Dolores y a tantas abuelas de su sangre…

Cuando terminó de recibir información, Kérridat le dijo:

-Los seres humanos tienen una organización social aún muy primitiva, María Josefina. No se ayudan los unos a los otros. Y en tu país una insurrección está por ocurrir en pocos días. Tratá de mantenerte alejada. Deberías volver con tu esposo.

Inmediatamente Kérridat se despidió de ella con un gesto y se alejó volando. “¿Cuándo te voy a volver a ver?”, le preguntó María Josefina con un grito. “Muy pronto”, le contestó Kérridat.

***

El 23 de enero de 1932 explotó el levantamiento indígena campesino, en la zona occidental de El Salvador, acompañado por obreros y estudiantes universitarios. Eran unos hombres valientes, indignados por la situación del país y por la opresión militar, dispuestos a recobrar el honor, el valor y el respeto arrebatado a los pobres de la nación, no importando si para ello era necesario matar o morir; sin embargo estaban altamente desorganizados y armados únicamente con machetes.

Los campesinos se alzaron simultáneamente en varias ciudades; Juayúa, Izalco, Nahuilingo, Sonsonate, Tacuba, Sonzacate, Salcoatitán, Nahuizalco y Santa Tecla, entre otras; asesinaron en su trayecto de pueblo en pueblo un total de veinte civiles y treinta militares. Su objetivo era tomar el poder. Pero muy pronto fueron reprimidos, con lujo de barbarie, por las fuerzas militares del general Martínez. Sus principales dirigentes indígenas fueron capturados: Francisco Sánchez, Rosalío Nerio y el cacique Feliciano Ama; también los estudiantes universitarios Alfonso Luna y Mario Zapata. Todos fueron asesinados. Las órdenes no eran de investigar a los agitadores o las razones de su disgusto; sino de exterminar a los indios. Todas las personas que vistieran como indios o tuvieran facciones indígenas eran capturadas y aniquiladas. Si eran inocentes o culpables, eso era lo de menos. Los cogían en grupos, los obligaban a cavar tumbas colectivas y les descargaban sus ametralladoras sin piedad. La sangre corría como un río maldito. Era también muy común ver numerosos cuerpos sin vida tirados en las calles. Los cadáveres se acumularon, uno sobre otro, durante los tres días que duró la implacable represión, hasta alcanzar 30,000 muertos. En un país que en aquellos días tenía una población de más o menos un millón de habitantes, el etnocidio representó un 3% de la población.

El Partido Comunista Salvadoreño, que recién en 1930 había sido fundado, tuvo en la revuelta una participación más bien simbólica, de acompañamiento, de solidaridad y de identificación con la justicia de la causa, más que una contribución verdaderamente organizativa, porque la organización del movimiento sedicioso provenía principalmente de las cofradías controladas por los lideres indígenas; sin menospreciar, por supuesto, que su máximo dirigente Farabundo Martí, valiente y lleno de amor hacia su gente, murió apoyando al pueblo que se había sublevado.

En complicidad con los aguerridos nietos de Atonal y como si hubiesen escuchado el llamado a la rebelión, sendas erupciones simultáneas de los imponentes volcanes de Agua y de Fuego en Guatemala, y del grandioso Izalco en Sonsonate, se llevaron a cabo; pero en ese momento, la fuerza del hombre, a través de las armas y la represión, se impuso a la nube de cenizas escupidas por el Izalco, la cual se alzó por kilómetros y cubrió muchos de los pueblos involucrados en la revuelta. Era como si la naturaleza se hubiera unido al clamor de justicia de los pobres.

Durante esos angustiosos días María Josefina agudizó su cerebro; sus ojos captaron imágenes de madres y niños asesinados únicamente por ser indios; oyó las ráfagas de las lejanas ametralladoras y escuchó –en la clandestinidad- algunas confesiones de inocencia de algunos perseguidos a los que ella misma brindó refugio en algún lugar de la hacienda de su padre. La visión que tuvo días atrás le había abierto la mente a la realidad que día con día habían vivido sus lejanos hermanos de sangre, los verdaderos pobladores de las tierras del Señorío de Cuscatlán, y que ella había ignorado, no por voluntad propia, sino simplemente porque fue criada en un lugar lleno de lujos y sin padecer nunca carencias de ningún tipo; pero también sin conocer sus propios orígenes, sin saber que portaba sangre tan india como la de los miles de asesinados injustamente durante esos días de persecución étnica.

Los indígenas sobrevivientes en su mayoría cambiaron su vestimenta y trataron de no hablar náhuat. Los ritos indios y mucho de su cultura se volvieron secretos hasta casi extinguirse. Es más, el trauma y el temor colectivo continuó sumergido dentro de varias generaciones indígenas.

Al estabilizarse la situación, María Josefina regresó a Francia. Ahí se encargó de divulgar la masacre ocurrida en su país natal y la hermosa manifestación volcánica en apoyo a los suyos; pese a que su padre no estaba contento ni aprobaba los testimonios que ella daba en Europa. Sin embargo, en El Salvador los datos oficiales fueron ocultados y la verdad de la lucha fue tergiversada por los gobiernos de aquel entonces.

 Epílogo del capítulo VII

“Los indios son sacados de sus escondrijos; a tiros son detenidos en su fuga o bajados de las ramas de los árboles. En grupos son ajusticiados. Mueren impávidos, mostrando todo el valor que ya no tienen, porque en eso consiste el heroísmo. Pálidos, lívidos, se enderezan, aun insultan. Piden la muerte a voces. Dizque sonríen con muecas viriles. Muestran los dientes como los coyotes, para ocultar con su blancura amarga, el brillo de la lágrima que humedece el ojos cargados de amargura.” (1)
Salarrué
Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Fotografía del ruso Vladimir Fedotko.

(1) Salarrué, “Catleya luna”, segunda edición, Dirección de Publicaciones, Ministerio de Educación, San Salvador, El Salvador, 1980. Capítulo 8, Balsamera, p. 160.

MARÍA DOLORES. 1811 (Capítulo V)

Mestiza 1

La pequeña María Dolores era una niña muy inquieta, inteligente, ojos de color miel, cejas bien definidas y sonrisa brillante; el mestizaje había hecho bien su trabajo en ella. Se crió en un ambiente totalmente distinto al de sus ancestros. Vivió en una mansión llena de habitaciones y empleados. La educación que recibió desde pequeña fue muy buena; tuvo profesores de alta calidad, algunos habían venido desde España para enseñarle historia, letras y etiqueta.

Sus hermanos mayores la querían mucho y tenían siempre especial atención hacia ella.

A la edad de 22 años, en el año de 1800, contrajo matrimonio con Gilberto Morales, un acaudalado hombre originario de Sensuntepeque, población que pertenecía al distrito de Titihuapa, por lo que ella se mudó hacia esas tierras, en donde su esposo tenía una gran hacienda. Gilberto Morales se dedicaba en grande al cultivo del añil y sus ganancias eran bastante considerables.

Durante muchos años la pareja estuvo buscando un embarazo que nunca llegaba; María Dolores pensaba –porque la fe y la fama trascienden al tiempo- que si su madre, María Xicotencatl, “la bruja”, estuviera viva, le habría dado alguna pócima medicinal que la habría ayudado a quedar embarazada rápidamente. Sin embargo sólo le quedaba resignarse y de vez en cuando, en silencio, realizar ayunos severos ofrecidos a Santa Bárbara, para recibir el amparo y la fortaleza necesaria para aceptar que jamás sería madre.

El esposo de María Dolores era paciente; pero también deseaba mucho tener un heredero; con los años, trató de embarazar a otras mujeres y tuvo éxito al tener varios vástagos ilegítimos con un par de mozuelas foráneas que vivían en las cercanías de la hacienda Niqueresque, en La Puebla (hoy conocida como Ciudad Dolores); sin embargo, todos los hijos que tuvo fueron niñas.

En esos días toda la zona centroamericana estaba sometida a la España imperialista; pero los grandes hacendados y los terratenientes criollos ya no soportaban más seguir pagando los impuestos a la Corona Española. Buscaban la independencia, pero la desorganización era grande, hasta que el 24 de enero de 1811, muy lejos de donde vivía María Dolores, en el pueblo de Mexicanos, los curas Nicolás y Vicente Aguilar, junto al general Manuel José Arce y otros patriotas, se reunieron para planear la insurrección independentista. Todos éstos eran dueños de grandes haciendas.

Las noticias viajan rápido y los rumores de este movimiento de liberación llegaron a oídos de María Dolores, quien se identificó de inmediato con la causa, debido a que ella en su corazón deseaba la libertad de todos los esclavos e indígenas que estaban sometidos a un trato infrahumano, porque ella no olvidaba que los orígenes de su sangre provenían de una civilización ancestral esplendorosa, una raza muy sabia que había llegado a desarrollar la ciencia en forma muy avanzada, un pueblo indígena que había sufrido muchos atropellos y que merecía un mejor destino. Además, era esposa de un hacendado del añil, que era de los que saldrían más beneficiados en caso de un triunfo independentista.

María Dolores mostró su apoyo y amistad a María Feliciana de los Ángeles y Manuela Miranda, bravías y valientes mujeres sensuntepecanas que junto con algunos hombres, de forma clandestina, también daban su respaldo a la causa.

Ese año de 1811 fue muy agitado y de numerosas revueltas libertarias, como las ocurridas en Santiago Nonualco, Usulután, Chalatenango, Tejutla, Santa Ana y San Salvador.

Cuando María Dolores cumplió 33 años de edad, en 1811, quedó, milagrosamente, por fin embarazada. Con los meses María Dolores se palpaba el abdomen ya hinchado, lleno de una nueva vida y pensaba que su hijo iba nacer en una nueva era, por eso convenció a su esposo Gilberto de que a partir del sexto mes de gestación se instalaran en la quinta que poseían en el poblado de Sensuntepeque, previendo el momento del nacimiento y para facilitar la llegada pronta de la partera, ya que la hacienda quedaba en un lugar en las afueras de Sensuntepeque y de muy difícil acceso por el cordón de cerros y montañas que han caracterizado desde siempre a esa zona.

El 20 de diciembre de 1811, en el lugar conocido como la Piedra Bruja en Villa Victoria, se reunieron personas procedentes de San Lorenzo, La Bermuda, El Volcán y San Matías, para levantarse en armas, dirigidas por los comisarios Juan Morales, Antonio Reyes, Isidoro Cibrián, y las señoras María Feliciana de los Ángeles y Manuela Miranda.

En las primeras horas del amanecer, penetraron clandestinamente a Sensuntepeque, unos montados en sus caballos y otros a pie, y, con mucha habilidad castrense, se tomaron el cuartel militar, sacando en desbandada al subdelegado español José María Muñoz.

Sin embargo, muy pronto los refuerzos militares llegaron para repeler a los insurgentes. Las fuerzas libertarias no contaban con demasiada gente y habían pensado que el pueblo sensuntepecano se les uniría para combatir a los extranjeros españoles que tantos años y años habían tenido subyugado al pueblo centroamericano. Pero los pobladores de Sensuntepeque y de Guacotecti no les dieron respaldo a los insurrectos que buscaban la tan ansiada independencia de España.

La quinta de Gilberto Morales y de María Dolores, simpatizantes del movimiento de independencia, fue atacada por las fuerzas militares fieles a la Corona Española. Gilberto le ordenó a Fabián, uno de sus empleados de confianza, que se llevara a María Dolores a un lugar seguro. Numeroso armamento continuaba disparando nutrida pólvora hacia la quinta.  Gilberto, arma en mano, continuó resistiendo.

María Dolores y Fabián salieron rápida y sigilosamente por una puerta secreta que comunicaba con una calle perpendicular a la entrada principal. Ambos, parapetados por la escasa luz de los tenues rayos solares y por los altos árboles de mangos, naranjos y ceibas de los alrededores de la quinta, lograron escapar, huyendo rumbo al nororiente por una vereda que conducía a un monte escondido, buscando hacia el Cerro Grande. Pero en el camino un disparo, que parecía una bala perdida o el certero proyectil de un franco tirador, hirió fatídicamente en la cabeza a Fabián, quien cayó al suelo de golpe y convulsionó brevemente, con los ojos puestos hacia el cenit y con la boca emanando saliva en forma de espuma. En cortos segundos dejó de respirar. María Dolores trató de auxiliarlo, pero comprendió que todo era inútil. El pecho de María Dolores estaba agitado y casi podía oír sus propios latidos cardíacos.

Sintiendo en sus talones los cascos cercanos de la caballería española, María Dolores corrió como pudo, aún en su estado de avanzada preñez, alcanzando a llegar al Cerro Grande, pero estando allí tropezó accidentalmente con una gran raíz saliente de un enorme y viejo árbol de amate, cayendo al suelo y causándose un fuerte golpe en el abdomen. Inmediatamente inició dolores de parto. María Dolores alcanzaba a escuchar la pólvora de armas de guerra que reventaba a lo lejos.

De pronto sintió que algo húmedo escurría a través sus genitales y se tocó con la mano derecha, la cual quedó manchada de sangre oscura. Los dolores que anuncian la venida del nuevo ser fueron en aumento, así como también su angustia. Igualmente la inquietaba la incertidumbre de no saber dónde estaba su esposo ni qué le había pasado. El sangramiento se incrementaba a cada momento, sintió frío y empezó a ver oscuro. Entre lágrimas, dolor y temor se preguntó sí acaso moriría igual que su madre. En un par de minutos perdió el conocimiento.

En Sensuntepeque las fuerzas rebeldes fueron aplastadas. Pero el fracaso del movimiento sensuntepecano no impediría el avance de las fuerzas libertadoras por toda el área centroamericana. Las gestas independentistas se sucedían una a otra en todo el istmo centroamericano, a partir del fuego germinal que había sido encendido en el departamento de San Salvador.

Al siguiente día, al amanecer, María Dolores abrió los ojos. Sintió un alivio de sus pesares.  Instintivamente se palpó el abdomen y estaba casi plano. Entonces se asustó. Se levantó haciendo un gran esfuerzo y un poco mareada, miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en un rancho rural deshabitado. Lentamente salió de éste y observó que frente a ella, dándole la espalda, estaba una criatura alada  -de gran estatura, con fuertes y definidos músculos-  que ella no había visto nunca, pero ni en sueños. Se quedó paralizada de la impresión, helada de temor.

El ser alado se volvió hacia ella y en sus brazos, cargándolo con ternura, tenía un bebé que dormía mansamente.

-Es tu hijo –le dijo.

-¿Mi hijo? ¿Y usted quién es?

-Quien soy, no importa. Pero si querés nombrarme de alguna forma me podés llamar Kérridat. Lo único que en verdad interesa y que debés saber es que conocí a tu madre y por ella estoy acá. Yo asistí tu parto, María Dolores, mientras estabas inconciente.

Luego se acercó a ella y le entregó el bebé.

María Dolores estaba intrigada y sorprendida mirando a Kérridat. Luego lloró de la emoción y de la gran felicidad de ver a su hijo. Apretando el bebé contra su pecho y pensando en voz alta entre sollozos dijo:

-Tu nombre será Gilberto, como tu padre. Mario Gilberto.

Y luego agregó:

-¡Ojalá estuviera aquí mi esposo para verlo!

Kérridat guardó silencio y la miró con ojos compasivos. Luego se alejó rápidamente y se elevó hacia los cielos.

***

María Dolores estuvo dos meses en ese lugar. Sobrevivió sin ayuda de nadie. Cuando emprendió el regreso a pie hacia su casa, por el camino se encontró a algunos indígenas que la conocían y quienes la creían muerta. María Dolores se puso tan contenta de verlos que unas lágrimas de alegría le rodaron en el rostro.

Al preguntar por Gilberto ellos le hicieron saber sobre el fallecimiento de su esposo, en plena batalla, defendiendo los ideales de libertad.

A María Dolores se le confundieron las lágrimas de alegría con las de dolor.

Al llegar a su hogar en ruinas, debido a que había sido incendiado el día del alzamiento por las fuerzas de la Corona Española, fue recibida por los fieles trabajadores que aún estaban ahí. Fue así como se enteró del cruel destino de María Feliciana y Manuela Miranda, quienes fueron atrapadas y condenadas a 25 azotes y luego trasladadas a la casa del cura de San Vicente, Manuel Antonio Molina, para guardar prisión y que le sirvieran durante toda la condena. Algunos de los hombres que participaron en el movimiento fueron capturados días después y se les envió a prisión al Castillo de Omoa, en Honduras y nunca más se supo de ellos. María Dolores decidió vender lo poco que le quedaba y con el pequeño Mario Gilberto en brazos decidió radicarse en la lejana ciudad de La Unión.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Fotografía de Hugo «Turix» Borges.

RICARDO LINDO EN LA VOZ DE LEO ARGÜELLO

Tengo bien metido en la cabeza que la literatura se ha hecho para ser leída en solitario y, sin embargo, cuando alguien tiene la habilidad de leer en público y cautivar con su buena dicción y un tono de voz agradable, me doy cuenta que en esto del arte de las letras no hay reglas rígidas.

Eso me pasó al escuchar leer a Leo Argüello «La ciudad y un fósforo», un cuento muy poético escrito por el salvadoreño Ricardo Lindo, extraído de su primer libro (1968) XXX (Equis, equis, equis).

LA CIUDAD Y UN FÓSFORO

Pueden escuchar, también de Ricardo Lindo, «Por aquí pasan las estrofas del aire», siguiendo este enlace: https://soundcloud.com/leo-arg-ello-1/por-aqu-pasan-las-estofas-del

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

Artículo relacionado: RICARDO LINDO: “VARIAS VECES MORIMOS EN LA VIDA”. | LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR

UNO. LA HISTORIA DE UN GOL. Una película de Gerardo Muyshondt y Carlos Moreno

Selección salvadoreña de 1982.

Los documentales sobre algún evento histórico importante tratan de presentarnos la realidad de la manera más cercana a la verdad, aunque siempre con cierta inclinación hacia el punto de vista del realizador; sin embargo, cuando esa realidad es contada por los protagonistas mismos de ese evento histórico, entonces nos vamos acercando cada vez más a la verdad de lo ocurrido.

«Uno. La historia de un gol», un documental dirigido por Gerardo Muyshondt y Carlos Moreno, toma uno de los temas que más apasionan a las multitudes, el fútbol, y lo enfoca en la Selección Mundialista Salvadoreña de 1982, la que tanta alegría y tanta decepción causó al mismo tiempo a El Salvador. La alegría de eliminar a México y clasificar para ir a España ´82 y la decepción de alcanzar un deshonroso record mundial que hasta hoy es recordado.

Las condiciones sociales y la guerra civil fueron dos elementos que influyeron sin duda en la selección de fútbol de aquellos días. El país estaba radicalmente dividido y sin embargo la Selecta de aquellos días fue un punto de unión y convergencia entre los salvadoreños. En palabras del periodista deportivo Sergio Gallardo: «…bombas por todos lados, se caían postes, cortes de energía, atentados, bombas propagandísticas también, en cualquier lugar, menos en donde jugó la Selección.»

Las balas paraban en cada partido. Eran treguas militares no pactadas previamente. El fútbol tenía la magia de hacer de El Salvador una nación de hermanos.

Hay que hacer ver que era una selección que contaba con algunos de los mejores jugadores que ha tenido El Salvador, como el mundialmente conocido Jorge «El Mágico» González.

Para los que éramos unos jóvenes melenudos en aquellos días es grato escuchar hablar en esta película a los grandes de aquellos días, empezando con sus directores técnicos Mauricio «El Pipo» Rodríguez y Salvador «Chamba» Mariona, así como a los jugadores Jaime «La Chelona» Rodríguez, Norberto «El Pajarito» Huezo, Ever Hernández, Ramón Fagoaga, Mario «La Macora» Castillo, José María «El Mandingo» Rivas, Carlos Humberto «IMACASA» Recinos, Francisco «Paco» Jovel, Francisco «Pancho» Osorto, Baltazar Ramírez «El Pelé» Zapata, José Luis «El Chelis» Rugamas, Mauricio «El Tuco» Alfaro, Guillermo «Lorenzana» Ragazzone, Joaquín «La Muerte» Ventura, entre otros.

Jorge  «El Mágico» González y Diego Armando Maradona, muchos años después de enfrentarse en el Mundial de España ´82.

El Salvador fue el primer país de Centroamérica en ir por primera vez en dos ocasiones a un Mundial, en llevar el portero más joven (17 años) a un mundial, en meter el primero y único gol en un Mundial que haya hecho Centroamérica y, por desgracia, en recibir la mayor goleada que se haya impartido en un Mundial. Sin embargo, La Selecta salvadoreña de aquellos días se enfrentaba a condiciones muy adversas, como por ejemplo, se le debían más de seis meses de sueldo a los jugadores. Además, el dinero que envió el comité organizador de la Copa Mundial para asegurar que la selección salvadoreña viajaría a España «se perdió», razón por la cual los mismos jugadores tuvieron que hacer una colecta a nivel nacional para conseguir el dinero de los pasajes de avión. Y para colmo, al llegar a España, la Selecta no tenía balones para entrenar y sólo llevaba un uniforme para jugar todos los juegos, porque esos implementos básicos también «se habían perdido».

¿Cómo ocurrieron los hechos? ¿Qué fue de la pelota cuadrada de la que hablaba el jugador mexicano Hugo Sánchez o qué fue de los 11 goles que dijo Maradona que le iban a propinar a El Salvador? ¿Qué comentarios tienen al respecto el arquero de la selección salvadoreña de 1970 Raúl «Araña» Magaña, el Dr. Juan Calix, médico de la selección del ´82 y el ex entrenador de la selección de Honduras Ramón Enrique «El Primitivo» Maradiaga? ¿Qué comentarios tiene al respecto el director técnico de la selección del ´70 Hernán Carrasco Vivanco? ¿Qué tienen que decir los jugadores, los verdaderos protagonistas de aquel evento histórico después de 30 años? ¿Realmente eran unos jugadores tan malos como para sufrir esa humillación de perder 10 goles a 1 contra Hungría? ¿Fue toda la culpa del portero Luis Ricardo Guevara Mora? ¿Por qué la Selecta salvadoreña jugó mucho mejor contra Argentina, quien era el campeón del mundo? Estas y otras muchas dudas se esclarecen en este largometraje.

El tema es todavía muy controversial en las conversaciones y en el imaginario colectivo salvadoreño. Y estoy seguro que los salvadoreños que vean este documental sentirán que les toca las fibras más sentidas del corazón.

Los dejo con el avance de la película.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografías tomadas de Google.
Publicado originalmente en LA CINERATA.

LAS MASACRES DE EL MOZOTE. Un cortometraje de Bernat Camps Parera, Daniel Valencia y Marcela Zamora Chamorro

Después de una espantosa tragedia, a muchas personas se les amarga el corazón. Pero este no es el caso de Antonio Pereira, sobreviviente de la mayor masacre perpetuada en Latinoamérica, conocida como Las Masacres del Mozote, porque ocurrió en la zona del cantón El Mozote, perteneciente al departamento de Morazán, El Salvador. Sin olvidar su dolor, sin perder consciencia de su desdicha, Antonio aún sonríe. Algo esperanzador, en verdad.

La guerra civil salvadoreña dejó una estela de terror, escrita con sangre de gente inocente, especialmente de civiles (entre ellos mujeres, niños y ancianos) pertenecientes a la franja rural del país. Esta masacre fue ejecutada por el Batallón Atlacatl de la Fuerza Armada salvadoreña los días 10, 11 y 12 de diciembre de 1981.

(La pérdida de valores y la descomposición social que enfrenta en el presente El Salvador tiene algo de su origen en la crueldad del conflicto armado, y en otros muchos factores, por supuesto.)

En sólo aproximadamente 20 minutos este corto les muestra un panorama sombrío que se trató de ocultar por muchos años y por cada uno de los gobiernos de turno, a pesar de las notas periodísticas que en enero de 1982 ya habían hecho sobre este caso Raymond Bonner del New York Times y la mexicana Alma Guillermo Prieto, cuyo artículo apareció en el Washington Post. Sin embargo, en 1992, con la acertada intervención y las excavaciones del Equipo Argentino de Antropología Forense, ya no hubo duda del terrible acontecimiento.

Seleccionado como uno de los documentales que irá a exhibición y a representar a El Salvador en el Ícaro centroamericano, este cortomeraje realizado por Bernat Camps Parera, Daniel Valencia y Marcela Zamora Chamorro, recoge los testimonios de algunos de los sobrevivientes de esos crímenes de lesa humanidad.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografías extraídas de Google.

SOLEDAD. Un cortometraje de Érika y Óscar

Realizar SOLEDAD ha sido una aventura muy bonita para Érika y para mí. La idea original la concebimos hace aproximadamente unos once meses, a partir de un pequeño escrito que publiqué en mi blog personal, y hace ocho meses empezamos a trabajar en el guión. Si la idea original fue: “me estoy haciendo viejo”, pues la verdad esa idea inicial, aunque se conservó, se modificó en cierta manera y se le agregaron muchas más ideas.

Lo interesante de este proyecto para nosotros son tres cosas principalmente:

1- Las actuaciones de Stefany Escobar (en el papel de Soledad), Ricardo Flores y Mariana Guardado Valencia, nos han dejado un gusto muy gratificante en nuestros corazones.

2-La experiencia de realizar un corto de ficción, en cierta manera experimental, nos ha dado una felicidad que no esperábamos; la verdad nos sentimos muy contentos con el resultado final.

3- Y finalmente, el estímulo de la creatividad; todo: el guión, los escenarios, los actores, la música, el vestuario, etc., se fue enriqueciendo día con día. Las precariedad económica con que se hizo nos obligó a sacar provecho de las cosas que son gratis en la vida, como el viento y el sol…

Soledad es un monólogo casi existencialista, cuyo final se narra únicamente con imágenes y música.

Sin más palabras, pues, he aquí el cortometraje SOLEDAD:

Texto:

Óscar Perdomo León

ANEXO. Me he alegrado mucho al leer las reacciones que ha generado nuestro cortometraje. Mil gracias a las personas que se han tomado el tiempo de ver el corto Soledad y de reflexionar sobre él. Mil gracias a todos los que nos han felicitado. También acepto cualquier crítica constructiva. Además, es lógico esperar que no a todo el mundo le guste el corto. 
He aquí algunos de los comentarios sobre el cortometraje Soledad. Se los dejo casi textualmente como los escribieron.
Pabela Lake: “Oscar… han demostrado que el cine es también poesía, desde el texto hasta las imágenes, me han llegado muchísimo!!  Un aplauso para Oscar y Érika y por muchos más cortos tan gratificantes como este. Enhorabuena!”
Milton Moreira: «vi su corto metraje. creo que hay que seguir buscando un estilo propio, en el entorno y con los recursos disponibles. Buen esfuerzo.»
Odaliz Navarrete: “Felicitaciones Excelente Trabajo”.
Antonio Turcios: “No habia podido ver el corto hasta hoy. Me gusto mucho la fotografia, las escenas, muchas de ellas son como poesia visual y de plano muestran la riqueza de colores y vida en nuestro paisito. Las lineas o script fue muy bueno, la narracion en buen matrimonio con las escenas, la musica de plano fue espectacular y las actuaciones, sobre todo de Soledad. Lo unico que si no estuve tan cierto fue del final, pero de plano…fantastico trabajo. No es facil hacer un filme, es facil decir es bueno o no, pero parir uno, hacerlo de la nada….trabajo duro y muy bien hecho.”
Carolina Valencia Uribe: «Me parece conmovedor, intelectual y profundo.Lleno de todas las riquezas y del colorido de nuestros pueblos en El Salvador.Como siempre mi admiración y respeto por todo lo que hacen, queridos Erika y Oscar. Muy lindo corto, me gustó y me sentí conmovida…»
Laura Bodin: «Gracias, Oscar y Erika, por haber realizado esta obra de tan iluminada inspiración creativa. Estoy tan orgullosa de ustedes! Cuando me sienta sola en estas tierras lejanas, aqui encontrare, en este poema visual, intitulado «Soledad», alivio y sustento para seguir, día tras día, implacablemente hasta el final.»
Nota: Este cortometraje fue publicado originalmente  en LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR y en LA CINERATA.

EL MARAVILLOSO MUNDO DEL ROSALES. Exposición fotográfica de Mauro Arias.

Pacientes con insuficiencia renal, esperando su turno para someterse a la diálisis peritoneal.

Este fin de semana que pasó fui al Museo Tecleño (Santa Tecla) y me encontré con varias exposiciones interesantes; pero hubo una que me impacto mucho: «El maravilloso mundo del Rosales»,  fotografías tomadas por Mauro Arias.

Lo primero que debo aclarar es que las fotografías que presento aquí son fotos que yo tomé a las fotos de la exposición, he allí la explicación de que su nitidez no sea tan buena y que haya algunos errores de iluminación en ellas.

El Rosales es el principal hospital de El Salvador, por ser uno de los máximos centros en recibir referencias desde todo el país, ya que cuenta con las especialidades de Medicina Interna, Cirugía y muchas de las sub-especialidades que de ellas se derivan.

Mesita  que sirve para poner medicamentos.

Al inicio de la exposición hay una lámina que textualmente dice: «Los número hablan por sí solos: 4,200 cirugías, 5,800 emergencias, y casi 30,000 consultas al año, convierten al hospital Rosales en el más importante de El Salvador. E igual de importantes son las carencias, deficiencias u obstáculos que enfrentan usuarios y personal del centro capitalino.»

Estas imágenes del hospital Rosales no me son del todo extrañas, pues durante mis años de estudiante de Medicina conocí los pasillos principales, los Servicios de Medicina, Cirugía, Ortopedia, Urología, etc. y casi cada rincón de ese nosocomio.

o

Pacientes mientras esperan consulta, descansan sentadas en unas cajas que contienen sueros.

Una colchoneta vieja y rota sirve de almohada para este carrito.

Silla de ruedas «reparada».

¿Tienen ustedes alguna sugerencia para el Ministerio de Salud?

Texto:

Óscar Perdomo León

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