YA NO ME ASUSTA LA OSCURIDAD

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Escuchar la lluvia,

sentir su rumor constante,

percibir su humedad como algo muy cercano,

como algo demasiado adyacente

a mis labios

y a mis huesos…

 

Y al abrir los ojos,

saber con certeza que esa lluvia

no es más que un susurro

atormentado

en las paredes

de mi pecho.

 

Entender que la oscuridad

ya no me asusta,

porque yo mismo

me he convertido

en noche

tensa y desplegada.

 

Es que ya soy

penumbra que transita las habitaciones

vacías,

soy la sombra tenebrosa que,

ciega y amputada,

deambula disipada,

en la madrugada más fría. Sigue leyendo «YA NO ME ASUSTA LA OSCURIDAD»

EL ADN. Canción

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Lue Lafe

«Un corazón pesado no puede volar». Creo firmemente que cuando no perdonamos, nuestro corazón se vuelve pesado y vivimos en constante dolor. Con este pensamiento inicial me puse una tarde a tratar de escribir, guitarra en mano, unas líneas.

Esta semana les presento la canción EL ADN, que escribí a mediados del mes de agosto de 2015 y que por fin grabamos en octubre. He tenido la fortuna de contar con la ayuda de tres personas: Arecio De León, Lue Lafe y Laura Ramírez.

COLLAGE COROS

Arriba (a la izquierda): Laura Ramírez; (a la derecha): Arecio De León; y abajo (a la derecha): Óscar Perdomo León.

Quiero dar un especial agradecimiento al cantante Lue Lafe por haber puesto su voz en esta canción.

EL ADN. Canción

EL ADN

Música y letra:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Primera voz:
LUE LAFE
Arreglos musicales:
ARECIO DE LEÓN
Teclados, guitarras y batería
(además de segunda voz en la estrofa final):
ARECIO DE LEÓN
Bajo eléctrico
(además de tercera y octava voz en la última palabra de la letra):
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Coros:
LAURA RAMÍREZ
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Estudio de grabación:
CHITO´S ONLY MUSIC
en Sensuntepeque, Cabañas.
El Salvador en América Central.
2015.
Nota: esta canción formará parte del álbum «REUNIÓN», de Arecio De León y Guillermo Echeverría, que muy pronto verá la luz.
© El ADN. Óscar Perdomo León.

***

TODO Y NADA

La luna gira hermosa y misteriosa. Fotografía tomada por Óscar Perdomo León

Mirar pasar el tiempo

y saber que un desconocido

día

cerraré los ojos

para unirme

a la energía inmortal.

Ser el alimento

de una planta o un gusano,

ser entonces ya una parte simple

del universo.

Cantar un verso

y hacerte mía

aunque sea un último día

en un mundo inverso.

¿Qué es la felicidad?

Es escribir la letra

de una canción

honesta

que toque tus entrañas

y que muestre

tu rostro

como en un espejo.

El tiempo

sigue corriendo

y la incertidumbre

está

a la vuelta de la esquina.

Pero hay algo que es seguro:

el mundo seguirá

aun cuando mis huesos

hayan desaparecido.

Los siglos pasarán.

Las montañas morirán

y otras nacerán.

Mas el poema

de la energía universal

seguirá generando vida

en éste

o en otro planeta.

Todo y nada.

Nada es para siempre,

todo cambia, todo cambia…

Los ríos fluyen hacia el mar

y la luna gira

hermosa y misteriosa

esta noche

en mi pupila.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

Fotografía tomada por
Óscar Perdomo León

HÉROES BAJO SOSPECHA

Héroes bajo sospecha, Geovani Galeas IMG_6897

Una de las cosas que más me gustan de los libros es su presentación; no me detendré en los numerosos detalles que pudiera tener la presentación de un libro, sino en uno que es especial y me enamora: el tipo de papel en donde se imprime. En lo personal me gusta el papel creme porque da mucha facilidad para leer (porque refleja muy poco la luz) y es totalmente flexible, lo que proporciona una mayor comodidad para la manipulación del libro. Pues bien, de este papel está hecho el libro que quiero comentar este día, no como crítico literario –que no lo soy- sino como simple lector.

Héroes bajo sospecha, Geovani Galeas IMG_6898 (1)

La editorial Athena (serie Prometeo) publicó en el año 2013 “Héroes bajo sospecha”, una crónica periodística escrita por Geovani Galeas. La ubicación geográfica: El Salvador. Toda la trama se desarrolla prácticamente desde los inicios de la década de los ´70 del siglo pasado hasta el año 1977, es decir, ya casi en los albores de la guerra civil salvadoreña.

Inicia el libro con el secuestro del millonario Ernesto Regalado Dueñas, ocurrido en 1971. Eran tiempos en los que en la sociedad salvadoreña fermentaban fácilmente los grupos de extrema derecha y extrema izquierda. Tiempos violentos. Tiempos políticamente muy convulsos.

Hay dos nombres al inicio del libro que son, diríamos, como los hilos temáticos: el primero es el del general José Alberto Medrano (creador de la Agencia Nacional de Seguridad Salvadoreña –ANSESAL- y la Organización Democrática Nacionalista –ORDEN-); el segundo nombre es el de Alejandro Rivas Mira (fundador del Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP). Los dos eran estrategas y representantes ideológicos de la derecha y la izquierda de aquellos años, respectivamente.

Al avanzar en la lectura aparecen otros dos nombres muy importantes, como actores y símbolos de esos años: Roberto d´Aubuisson y Joaquín Villalobos. Cada uno de ellos, cada uno por su lado, fue heredero de la ideología del chele Medrano y de Rivas Mira, respectivamente.

Hay un trabajo de investigación por parte del autor que se apoya en documentos escritos por los dirigentes de la izquierda de en aquella época, así como en la lectura de libros más recientes del género testimonio escritos por los protagonistas de aquella lucha guerrillera; además el autor realizó entrevistas a algunas de las personas que vivieron de primera mano los acontecimientos cruciales o que estuvieron cercanas a ellos.

EL CASO DALTON

En especial, hay que decir que en este libro encontramos información con muchos detalles que pueden hacer entender mejor –aunque no justificar- el porqué el poeta Roque Dalton y su compañero Armando Arteaga (Pancho) fueron asesinados por sus mismos compañeros de lucha. ¿Cómo era el contexto ideológico, político y emocional en el ERP en 1975? ¿Quiénes fueron los responsables de la muerte del poeta y quienes lo defendieron? Muchos de los datos que se aportan en este libro ya eran conocidos por el público, no así, creo yo, algunos de los detalles que rodearon su muerte ni el ambiente emocional de los protagonistas de esta historia. Se saca además la conclusión que la muerte de Dalton y de Pancho fueron del todo injustas. Hay algo que expresa Geovani Galeas en lo cual podría tener la razón, pero que no estoy del todo de acuerdo.  Escribe Galeas (me parece que, por el contexto en que lo dice, se refiere con especial énfasis a quiénes pudieron ser los autores materiales de los asesinatos): “Personalmente, no creo que a estas alturas sea posible conocer toda la verdad sobre el caso Dalton, sobre todo por las insalvables limitaciones que presenta el contexto de clandestinidad y conspiratividad en que ocurrieron los hechos.” En este punto estoy en desacuerdo con Galeas, porque todavía hay alguien que sabe con certeza quién o quiénes fueron los autores materiales de los asesinatos: Joaquín Villalobos está vivo y sabe esos pormenores; Villalobos fue uno de los tres que votaron a favor de la pena de muerte en contra de Dalton y Arteaga. ¿Hablará de todo esto algún día Villalobos? ¿Escribirá en un futuro su propio testimonio sobre lo ocurrido aquel fatídico 10 de mayo de 1975?

***

El Salvador de la década de los ´70 estaba gobernado por las dictaduras militares. Y aún en medio de la represión política, se puede leer en “Héroes bajo sospecha”, cómo las diferentes organizaciones de izquierda (que a finales de los ´80 se unirían para formar el FMLN) trabajaban de manera separada e inclusive, en muchas ocasiones, mirándose las unas a las otras como enemigos.

Todos los sucesos de injusticia social y falta de libertad de expresión ocurridos en la primera mitad del siglo XX y acumulados en la década de los ´70, fueron el excelente caldo de cultivo para una agudización del malestar social, que desembocó en la formación de grupos armados de izquierda y al final en una guerra civil que duró casi 12 años.

Héroes bajo sospecha, de Geovani Galeas

Muy recomendable la lectura de “Héroes bajo sospecha” para entender una parte de la historia de El Salvador.

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

EL ESCRITOR

Paisaje nublado con caballo 2

1

En la entrada de la casa del casco de la hacienda, Catalina Salazar, bella y atrayente, de 19 años de edad, miraba el paisaje, maravillada por las variadas tonalidades de verde y azul con que se pavoneaban las montañas, según la distancia y la luz que las cobijara.

-Aquí está el caballo, niña –le dijo el viejo mandador de la hacienda.

-Gracias, Eustaquio.

-Le traje a Colorín porque es el más tranquilo y es el que más le gusta a usted, ¿verdad?

-Sí, este animal es mi favorito -mientras lo acariciaba.

Y casi terminando de decir la frase, Catalina montó al equino y se fue trotando hacia el horizonte, como en final de película.

-No se vaya muy lejos, niña, que con todo lo que ha pasado con ésto de los comunistas, está bien peligroso.

Catalina ya no lo alcanzó a escuchar. Su mente se perdía entre el viento fresco de una mañana de mayo de 1932. Su destino era Santa Ana. Tenía ganas de cabalgar un rato por la ciudad.

Cuando llegó por fin, trotó por sus calles abiertas. El clima era fresco y Catalina se sentía de muy buen ánimo. De pronto, en una esquina, un hombre que caminaba distraído se interpuso en su camino. Ella logró detener su corcel, pero éste se asustó y se paró en dos patas; Catalina perdió el equilibrio y resbaló hasta caer al suelo empedrado. El hombre, al percatarse de lo sucedido, corrió inmediatamente para auxiliarla. Al acercarse, notó que ella estaba inconsciente. Se acurrucó junto a ella y puso la mano izquierda bajo su cabeza, como a manera de almohada. El hombre pudo ver entonces la belleza de la juventud que rebosaba en el rostro de ella.

A los dos o tres segundos, Catalina abrió los ojos. Primero vio nublado, pero después la vista se le aclaró y miró frente a ella a un hombre que le pareció muy alto, de piel blanca y ojos con un tono entre verde y azul. Él la miraba con unos ojos intensos, escrutadores pero serenos. Parecía uno de esos gringos que de vez en cuando caminan como turistas por nuestras calles. A Catalina le dolía un poco la cabeza.

-Lamento mucho lo que pasó, señorita. Fue mi culpa.

-¿Quién es usted? –le preguntó Catalina, con la voz en un susurro.

-Mi nombre es Salvador Salazar Arrué.

2

Pintura hecha por Craig Pursley

(Año 1992.)

-Yo no sabía entonces que ese joven tan apuesto, al que casi atropello, era el que sería más tarde uno de nuestros más grandes escritores –dijo doña Catalina.

-¡Ay, señora, qué romántico! –dijo exaltada Amelia-.

-Él era un hombre muy educado y su conversación era muy agradable –continuó doña Catalina-. Te hablaba de cosas cotidianas y de pronto lo escuchabas diciendo palabras profundas, meditadas, y siempre con un sentido hacia el amor. Era un artista, en el sentido más grande que se le pueda dar a esa palabra.

-¿Y esa vez en Santa Ana fue la única vez que usted lo vio?

La mirada de doña Catalina brilló al recordar. A veces añoraba volver a El Salvador.

Afuera la tarde era un poco fría y las hojas de los árboles ya estaban cayendo y desnudando a los primeros árboles; pero adentro, en la sala con magnífica calefacción, un ambiente agradable rodeaba las dos mujeres que, sentadas en unos sillones suaves, conversaban, no como jefa y empleada, sino como dos buenas y viejas amigas.

-No, Amelia, después de eso, él y yo nos vimos muchas veces. Recuerdo otra ocasión en que platicamos en la Plaza Gerardo Barrios, en San Salvador. Fue casi un año después de conocernos. Él estaba tan bello, con esos ojos expresivos y sus manos tan blancas…

***

-Es usted un hombre interesante, señor Salvador Salazar Arrué. ¿Es el mismo del pseudónimo «Salarrué» que tantos comentarios ha causado por el artículo que escribió?

-¿Artículo?

-Sí, me refiero a «Mi respuesta a los patriotas». Se ha vuelto usted muy famoso, señor –le dijo Catalina.

-No, no creo que yo sea famoso –respondió Salarrué.

-No sea modesto. Leí también lo que escribió en el periódico Patria, sobre el dirigente comunista Farabundo Martí, y mucha gente en el país lo leyó también. Me gustó el juego de palabras…

Salarrué escuchaba atento.

-Sí, lo de «Faramundo», por Farabundo.

Salarrué sólo sonrió como respuesta.

-Fue muy valiente de su parte escribir algo así, después de la derrota sufrida por esa gente, y después del fusilamiento de Farabundo. ¿Es usted comunista?

-No, claro que no…  Pero eso no me impide ver la masacre de miles de compatriotas y el fusilamiento de un hombre que sólo buscaba justicia.

-¿Y en qué cree usted, Salvador?

-Creo en muchas cosas, Catalina. Creo en mirar hacia nuestro pasado personal y, más atrás aún, hacia nuestros antepasados. Creo que mirar atrás nos da una fortaleza que teníamos desde antes pero que no habíamos podido sentir, una fortaleza edificada con los logros y los fracasos de aquellos que estuvieron vivos en esta tierra.

-¡Habla de esos muertos como si hubieran fallecido hace más de cien años!

-No importa si fue ayer o hace cien años. El pasado es el pasado, y muy pronto usted y yo, con el tiempo, también seremos parte del pasado…

3

-¡Hola, Salvador! No esperaba verle. Qué sorpresa más agradable.

Catalina estaba sentada en una banca del parque leyendo un libro que desde que lo vio por primera vez le pareció interesante: «El libro del trópico». El viento fresco de octubre de 1934 traía los frutos más amorosos de la literatura. Catalina, que había estado concentrada en la lectura, rebosaba de juventud y buen ánimo. La brisa fresca rozaba su rostro.

-Me halagan sus palabras, Catalina.

-¿Cómo supo que yo estaría aquí?

-No lo sabía, al menos conscientemente –le contestó Salarrué-. Pero algo inexplicable me trajo hasta aquí. En el inconsciente a veces somos más sabios y es conveniente dejarnos guiar por él de vez en cuando. Y fue lo que yo hice hoy.

-¡Pues aplaudamos y demos un aleluya al inconsciente! –replicó emocionada Catalina.

Salarrué lanzó una carcajada espontánea y breve. Sonrió y le dijo:

-Sé que a usted le gusta leer, así que le quiero regalar este librito mío recién publicado –y se lo entregó a Catalina, pero ella se lo devolvió en el acto.

-No me lo va a dar así nada más. El obsequio tiene que ser completo –le dijo con una dulce sonrisa-. ¿No me lo va a autografiar?

Salarrué se alegró y se sentó junto a ella. Escribió entonces en la primera página: «Para mi querida amiga Catalina, con el sincero destello nacido en este terruño de sencillo légamo, ceniza y corazón.»  Luego, con una mirada verde y diáfana, le entregó nuevamente el libro a Catalina. Ella leyó en silencio la dedicatoria. Y después, en voz alta, leyó con emoción el título del libro:

-¡«Cuentos de barro»!

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía «Caballo en la niebla» tomada por:
Óscar Perdomo León

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Pintura de mujer, realizada por Craig Pursley

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TENIS

Minifalda tenis

Nunca he sido muy dado a los deportes, ni como espectador ni como participante directo. Así que, para ser sincero, llegué al tenis atraído por las minifaldas de las jugadoras. Esas falditas tan cortitas que hacían parecer el ambiente como si aún estuviéramos en los años ´60. Esas minifalditas… Pero hay que enfatizar que una vez seducido por la belleza femenina, me vi eventualmente atrapado por el juego de tenis en sí. Lo veía cada vez que había oportunidad a través de la televisión. Con el tiempo, me hice un asiduo al Grand Slam, y especialmente al campeonato de Wimbledon.

A ella la conocí en la cancha de tenis de la universidad. Jugaba algunas veces con pantaloncitos cortos bien pegaditos al cuerpo y, otras veces, con minifalda. Tenía una energía tan grande y tan envidiable que sólo pude pensar que tanto arrojo únicamente podría ser adjudicado a la fresca juventud. Se llamaba Yanira.

Yo había empezado a ir a la cancha de tenis para mirar jugar en vivo, porque la televisión ya no era suficiente. Una de tantas tardes que fui la conocí, al menos de lejos. Ella me gustó desde el primer día que su figura atravesó mis pupilas. Pero no me atreví a hablarle en varias semanas. Sólo la veía y ella apenas notaba mi presencia. Creo que en esos días mi autoestima rozaba mucho el polvo y de alguna manera ya me había acostumbrado a concertar citas con chicas lindas y terminar plantado en algún café, así que la soledad era algo consubstancial a mí y de verdad que no encontraba ningún sentido el hacer amistad con alguien y mucho menos enamorar a nadie.

Desde que la conocí los días pasaban sordos en mi cabeza, era como si quisiera estar mirándola de frente y sentir su mirada en la mía. Sus ojos eran café claros y yo los veía de lejos en todo momento y empezaba a amarlos. Pensar en eso y en ella era como una extraña angustia, como cuando se siente una nostalgia (aunque en este caso, de algo que no había pasado, pero que me dolía en el pecho).

En aquellos días me atormentaban también las ideas de otras personas, que no toleraban que alguien se saliera de su línea –recta, constante y predecible- y probara de vez en cuando otros caminos. Si eras arquitecto, no tenías por qué ser miembro del equipo de baloncesto de tu ciudad; si eras contador, no tenías por qué entrar en la competencia nacional de ajedrez. Ahora ya no me importa lo que ellos piensen. Y lo digo con la serenidad y confianza que me da el sentirme feliz incursionando en varios campos del arte, yo, que trabajo hoy en la universidad como catedrático de biología. En aquellos días en que decir tenis y Yanira significaban para mí la misma cosa, yo escribía ya poemas y cuentos cortos, más o menos existencialistas, algunos medio cómicos y a veces hasta depresivos. También escribí canciones –nada memorables- de las cuales grabé algunas con otros aficionados a la música.

Pero volviendo al tenis –o a ella-, un día mientras jugaba, inesperadamente, me miró a los ojos, sólo fueron unos dos segundos, pero fueron dos segundos muy intensos. Yo quedé petrificado. Al terminar el juego, ella volvió a mirarme, pero esta vez le agregó una sonrisa al rostro. No recuerdo si le sonreí o sólo seguí petrificado mirándola; sin embargo, recuerdo que me sentí muy feliz. Y me fui por el camino de siempre soñando con esos ojos y esa sonrisa.

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Un día saqué valor de no sé dónde y la invité a almorzar en un pequeño restaurante cerca de la universidad. Ya me había preparado psicológicamente para el rechazo, así que no me sentí muy preocupado por su respuesta.

-Sí, me gustaría almorzar con vos.

Esa respuesta tan directa y espontánea me hizo el muchacho más feliz del mundo. Y así fue como empezamos a hacernos amigos y, eventualmente, novios. Disfrutábamos mucho del tiempo que pasábamos juntos. Conversábamos de muchas cosas; recuerdo una plática en particular en la cual discutíamos sobre quién habría ganado en un hipotético juego entre Steffi Graf y Serena Williams o entre Rafael Nadal y John McEnroe, si el tiempo no fuera una barrera inquebrantable.

A ella le gustaban mis poemas; pero creo que resentía un poco mi casi nula inclinación al deporte. Estudiaba odontología y siempre me contaba sobre enfermedades y tratamientos de los dientes. Ella escuchaba con atención las canciones que yo escribía y me hacía sugerencias. Y yo la iba a ver jugar tenis un par de días a la semana. Hacíamos el amor mañana, tarde y noche, y en los lugares menos pensados. Éramos dos antorchas que ponían a hervir el aire, la tierra y el cielo.

Después de dos años de maravilloso noviazgo ella empezó a mostrarse un poco fría y distante. (El amor me causaba confusión. Aún hoy me confunde.) Un par de semanas después de su cambio de actitud hacia conmigo, se fue, gracias a una beca, a vivir a Italia para continuar sus estudios. Se fue lejos. Se fue sin despedirse, sin contarme nada, sin dejar una nota. Unas amigas suyas me lo contaron todo.

En la privacidad de mi dormitorio, lloré como un bebé perdido en la oscuridad y en la mitad de ninguna parte.

Entonces, sin desearlo y empujado por Yanira, volví a mi soledad. Era una soledad muy sola, que, como dice el dicho popular: “sólo Dios conmigo”; pero como yo sabía que Dios no existe, podrán ustedes entender que de verdad era una soledad muy sola y solitaria la que yo estaba viviendo.

Sin embargo, con el pasar de los días, me puse a pensar. Medité con mucho respeto en los hombres antiguos y en cómo lidiaban con sus problemas. Pero como ellos son los que empezaron con eso de inventar dioses cuando no encontraban explicación a algo o cuando se sentían solos y mortales, entonces me fui aún más atrás en el tiempo, hasta aquellos remotos días cuando, debido a la inocencia o quizás a la falta de imaginación de esos seres casi humanos, no tenían dioses y estaban bellamente solos, realistas y salvajes en el mundo.

¿Cómo sobrevivían entre tanta adversidad real (como el medio ambiente hostil y los animales salvajes que trataban de devorarlos)? ¿Cómo superaban alguna soledad grande, desgarradora y parásita que se prendiera -como caracol en la piedra- de sus corazones? ¿Cómo sobrevivían?

Pensé mucho y llegué a la conclusión que simplemente seguían adelante. Sólo eran fuertes y tenían ganas profundas de vivir. Y me di cuenta que yo era descendiente de ellos. Así que con la fuerza y el ejemplo de tantos ascendientes prehistóricos bajo mis pies y dentro de mi sangre, ya no me sentí tan solo. Y sólo seguí adelante.

Y sin estar ya en un estado tan deshabitado en mi corazón, seguí escribiendo mis poemas y mis cuentos, mis canciones, mis locuras… Sólo seguí mirando tenis en la televisión, sin rencores y sin resentimientos.

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

UNA DECISIÓN

FLOR. Fotografía por Óscar Perdomo León

Joaquín sintió un dolor terrible cuando la carreta pasó encima de su abdomen, junto con el peso de un tonel de agua y de aproximadamente once personas. El paso sobre su cuerpo fue rápido; pero en ese instante él percibió el tiempo como un túnel negro, largo e infinito.

Esa mañana el sol de las once ya había endurecido los caminos del cantón El Espinal. Un viento ralo y caluroso golpeaba los rostros de los niños -quizá unos quince- que iban subidos en la carreta, junto al carretero Chepe Cotón, a través de una vereda polvorosa, cuyas orillas estaban llenas de arbustos, árboles y cercos de madera cubiertos de hiedra. Era un 02 de febrero de 1975 y era el regreso del primer día de clases. Joaquín era un joven de 13 años de edad,  fuerte y profundamente arraigado a su tierra natal, inocente e ilusionado con la vida.

El camino desparejo y pedregoso hacía que la carreta se moviera con un vaivén de barco en el mar, con un vaivén de hamaca rígida. Cuando la carreta pasó inesperadamente sobre una piedra grande, Joaquín, quien llevaba abrazados todos sus libros de texto –de televisión educativa de séptimo grado- perdió el equilibrio y cayó inevitablemente bajo la carreta (aún cuando era supuestamente el más experto carretero de entre todos sus amigos); al caer quedó trabado en “el matabuey”, por el que fue arrastrado más o menos 10 metros antes de que le pasara la carreta encima.

Unos vecinos cercanos al lugar del accidente lo auxiliaron. Lo acostaron en una cama de lona, de esas de doblar, y le dieron un poco de agua. El dolor era intenso y el abdomen se empezaba a distender y endurecer. Joaquín se sentía morir, había un dolor intenso al respirar profundo; sin embargo su pensamiento más inmediato y necesario era, sin duda, que no se le avisara a su madre porque tenía miedo de que lo regañara. No obstante, en esas comunidades pequeñas las noticias corren como pólvora encendida y, muy pronto, su madre se vio envuelta en la angustia.

Chepe Cotón trató de ayudarlo, pero no sabía que hacer.

-¿Qué fue lo que pasó?  -le preguntó uno de los primeros vecinos que llegaron al lugar del accidente. Y Chepe Cotón, con un evidente sentimiento de culpabilidad, con una fuerte sensación de responsabilidad, contestó:

-¡Ya maté un bicho ahí!

En realidad todo había sido un desafortunado accidente; pero el sentimiento de culpabilidad lo empujó a tratar de ayudar con ímpetu al joven, por lo cual Joaquín fue llevado con prontitud al hospital de Cojutepeque, en donde los médicos que estaban de turno decidieron referirlo inmediatamente al hospital Rosales, debido a su comprometido estado; pero no había ambulancia, así que en esa deplorable y grave situación como Joaquín se encontraba, tuvo que caminar desde el hospital hasta la parada de buses de Cojutepeque, en donde tomó un bus hasta la Terminal de Oriente de San Salvador, en donde tomó un taxi. Fueron horas que parecían siglos. Fueron dolores que se parecían mucho a la tortura.

Cuando llegó a la jungla de concreto y entró al hospital Rosales, los cirujanos no pensaron dos veces para llevarlo a Sala de Operaciones e intervenirlo quirúrgicamente a través de una Laparotomía Exploradora, sin el previo y rutinario lavado quirúrgico. ¡Gritaba a leguas que era un abdomen quirúrgico! Había alrededor de Joaquín numerosos estudiantes de Medicina y algunos médicos residentes de Cirugía. Joaquín fue llevado por largos pasillos hasta la Sala de Operaciones de Emergencia. Ahí se le realizó resección y anastomosis de intestino delgado, y además, resección del bazo.

Al despertar de la anestesia, Joaquín sintió el dolor postoperatorio, pero en realidad lo que le importaba y preocupaba más en ese momento era la extrañeza de encontrarse en un lugar completamente distinto del campo abierto, verde y silvestre. Se vio en cambio a sí mismo acostado sobre una cama blanca, en medio del aire acondicionado de la Sala de Recuperación y de las cuatro paredes cerradas. Joaquín vio una enfermera que escribía afanosamente. Casi con angustia, mientras veía las ventanas sol-aire y sentía la zozobra de encontrarse en un ambiente extraño para él, de vidrios, luces artificiales y pintura blanca, le dijo a la enfermera:

-Quiero ver árboles…

A la enfermera le cayó en gracia el pedido del joven y le sonrió.

-No te preocupés que ya te vamos a sembrar unos árboles  -le contestó en tono de broma.

“Quiero ver árboles”… lo cual en realidad significaba quiero regresar a mi casa, quiero estar con los míos, quiero, en fin, irme de aquí. En su corazón había una inquietud perturbadora, un llanto silencioso sin lágrimas, una nostalgia quemante sin tregua. “Quiero ver árboles”: una frase muy dolorosa en ese contexto.

Joaquín se hundió involuntariamente en el sueño otra vez, sometido por los remanentes de la anestesia y soñó con su casa, con sus amigos, con su madre y su padre, con sus vecinos del cantón El Espinal.

(El Espinal es un cantón que pertenece jurídicamente a San Rafael Cedros, departamento de Cuscatlán. Es un lugar en donde se siembra caña de azúcar y que en los días en que Joaquín era un joven no había agua potable ni energía eléctrica, las cuales se han instalado hasta hace relativamente muy poco tiempo.)

Al día siguiente, por la mañana, en la pasada de visita rutinaria de los médicos, en el hospital Rosales, el jefe del servicio del Primero Cirugía de Hombres, un doctor de apariencia agradable, que inspiraba respeto e irradiaba entusiasmo, vestido con canas en las sienes y espeso bigote gris y con el saco café colgado en los hombros, se acercó a Joaquín y dijo en voz alta dirigiéndose a todos los demás médicos y estudiantes de medicina que lo seguían:

-A este muchacho es al que le pasó la carreta encima ¿verdad?

-No, doctor,  -replicó Joaquín, con la voz sostenida y profunda que le producía el dolor post-quirúrgico-  sólo fue una rueda la que me pasó encima.

El especialista se sonrojó. Y la risa fue general, entre médicos y pacientes, al oír la ocurrencia del joven.

El tiempo fue pasando lentamente en el hospital. Joaquín estuvo ingresado durante ocho días, sin probar ningún alimento y con drenos y líquidos endovenosos. Fueron días largos y tediosos, llenos de aprendizaje y de prueba a su fortaleza. Aunque no todo fue doloroso. Hubo momentos divertidos, gracias a uno de los pacientes que también estaba ingresado ahí. Siempre estaba contando anécdotas o chistes y Joaquín trataba de no reírse –aunque era inevitable- debido al dolor que le causaba en la herida operatoria.

Joaquín, en su ignorancia de niño, se preocupaba por momentos, pensando en si quedaría estéril o si acaso nunca más practicaría deportes.

Un día, mientras Joaquín era curado y miraba las torundas empapadas de jabón yodado y mientras un Médico Interno le extraía uno de los drenos (lo cual le causó un dolor exquisito), tomó una firme decisión:

-Cirujano quiero ser.

Se lo dijo a sí mismo, hacia adentro, sin voz ni ruidos, sólo con la decidida confianza de que lo que acababa de desear era algo irrevocable. Y durante algún tiempo no se lo confesó a nadie.

Joaquín nunca había estado antes en un hospital y era además la segunda vez que se encontraba San Salvador.

Joaquín soñó esa noche, que se acercaba al día de su alta, con coloridos pájaros cantando y árboles llenos de verde follaje, con lagartijas y zompopos. Soñó con un mar de cosas verdes y silvestres. Soñó con lo que más amaba, sin saber que veinte años después se estaría graduando de Cirujano General del mismo hospital en donde estaba siendo atendido.

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía tomada por

Óscar Perdomo León

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ÉL LEYÓ EN SUS OJOS. Canción

Collage 3 Guillermo Arecio Óscar

La vida está hecha de días y de noches, de luz y de sombra… De momentos que queremos olvidar; pero también de instantes de gozo que atesoramos con intensidad en nuestros corazones.

La vida… la vida… tiene victorias y alegrías, pérdidas y duelos… Está hecha de ciclos que se abren y se cierran. Aprender a reconocer esos ciclos, aceptarlos y seguir adelante, es parte de nuestro crecimiento interno.

ÉL LEYÓ EN SUS OJOS

( Letra en español e inglés)

Para quien no pueda ver el video aquí en mi blog, lo puede hacer dando un clic acá.

Música y letra:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Arreglos musicales:
GUILLERMO ECHEVERRÍA
y ARECIO DE LEÓN
Sintetizador:
ARECIO DE LEÓN
Guitarra eléctrica y batería:
GUILLERMO ECHEVERRÍA
Primera voz, bajo eléctrico y guitarra acústica:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Voces:
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Traducción al inglés:
LAURA MARÍA PERDOMO PACAS
© Él leyó en sus ojos. Óscar Perdomo León.
El Salvador, en América Central.

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CRECER Y AMAR. Canción

Collage Arecio Óscar 6

Me desperté una mañana con un fragmento de melodía que sonaba en mi cabeza, así que en una sola mañana le agregué la letra y lo que faltaba de melodía. Así de rápido nació «Crecer y amar». (No es lo usual, generalmente me cuesta mucho hacer una canción.)

Agradezco sinceramente a Arecio De León, por hacer los arreglos musicales y por tocar aquí casi todos los instrumentos, excepto el bajo eléctrico. Pero especialmente le agradezco por el bello solo de guitarra eléctrica que le puso al final.

CRECER Y AMAR

Para quien no pueda hacer correr el video aquí en mi blog, lo puede hacer dando un clic aquí: CRECER Y AMAR.

Letra y música:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Arreglos:
ARECIO DE LEÓN
Teclados, batería, guitarras (acústica y eléctrica):
ARECIO DE LEÓN
Bajo eléctrico:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Primera voz:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Segundas y terceras voces:
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
CHITO´S
Estudio de grabación musical.
Sensuntepeque, Cabañas.

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© Crecer y amar. Óscar Perdomo León.
El Salvador, en América Central.
Mayo de 2015.

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COMO VIVÍ LA BEATIFICACIÓN DE NUESTRO SAN ROMERO DE AMÉRICA. Crónica escrita por Eunice Echeverría

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Para ser sincera, nunca he sido muy dada a cosas de la Iglesia, soy católica, pues ha sido en esta religión en la que me he criado y nunca he sentido necesidad de buscar otra, pues considero que el sentido de la vida nos lo da la manera de concebir la vida misma, y no una religión en particular; además, me siento cómoda siendo socialmente católica.

Los primeros recuerdos religiosos que tengo son los de mi abuela pidiéndole a Dios por sus hijos y toda su descendencia —rezando con el rosario en manos—; también, de una figura a colores de la Virgen de Guadalupe que me regalo mi tía Lucila, de esas que al moverla y dependiendo de la luz que le llegase, proyectaba tanto a la Virgen como a San Juan Diego. Yo estaba fascinada y la historia de la Virgen del Tepeyac, contada por mi tía, me ha acompañado hasta hoy.

Cuando desde Sensuntepeque viaje a vivir a San Salvador para estudiar en la capital, mi madre me inscribió en el Colegio Guadalupano, corría el año de 1977 y teníamos ya los preparativos para celebrar el Día de la Madre, cuando de repente se suspende el acto, habían asesinado al padre Alfonso Navarro Oviedo, en la iglesia de la colonia Miramonte y las monjas estaban consternadas, “como estar en celebraciones con tantas muertes”, fue lo que nos dijo una de ellas, no recuerdo su nombre, se me perdió como tantos otros.

Poco a poco fui conociendo a monseñor Romero, lo vi una vez en el Colegio Sagrado Corazón. Luego por su legado,  al escucharlo y leer sus homilías; así como, conocer testimonios de personas que tuvieron la fortuna de conocerlo y de tratarlo.  Si bien, no voy a misas frecuentemente, pero si voy en marzo a la procesión de La Luz que organiza la Fundación Monseñor Romero desde hace ya 15 años y luego a la misa en recuerdo a nuestro hoy beato Romero —con mucha fe y  por pedirle cosas que las madres siempre pedimos—.

Comencé mis preparativos para asistir a la beatificación, precisamente el 24 de marzo, durante la misa en catedral, ya que el papa Francisco había reconocido el martirio por odio a la fe, que sufriese monseñor Romero.

Junto a Jenny Menjívar y Gabriel Cerén armamos el viaje al monumento al Divino Salvador del Mundo, nos propusimos asistir a la vigilia del viernes 22 de mayo y poder así lograr un buen puesto, ya que sabíamos que el lugar y los contornos se llenarían, y no queríamos estar apretujados.  Trate de dormir un rato el viernes por la tarde —antes de que Jenny llegase por mí—, pero no pude, el calor ambiental previo a la tormenta de las 4:30 pm, me lo impidió.

Entonces, me dedique a armar el “tambache”, Mi madre y Romeo Luna —mi gato—,  veían que cada vez se hacía más grande el bulto. Por las miradas de Maura —mi progenitora—  intuí sus palabras  ¡Y cuántos días vas a pasar en esa plaza!

No era para menos, el bulto estaba compuesto por una silla de lona, chumpa impermeable, frazada, calcetines, gorro de lana, visera, pantalón, desodorante, lámpara de mano, medicinas, termo con café, manzanas, mandarinas, agua y dulces. Ahhhh… y mi hamaca.

Llegamos en carro hasta el super Selectos de la Olímpica, abajo de la Auxiliadora, de ahí al monumento —una cuadra nomás—.  Jenny no se quedaba atrás,  también iba bien aperada con dos sillas de lona, tienda de campaña, café, pan dulce, impermeables, sandalias, frazada, bufanda y una sombrilla.

Inicialmente colocamos la tienda de campaña en la acera frente a la torre de Telefónica, pero inicio una garuvita de agua y vimos que varias personas se metían a protegerse en el predio de la empresa de telefonía —cosa que imitamos—.  Ya armado nuestro frente y protegidas de la lluvia,  como a eso de las 6:30 pm, nos dispusimos a tomar el primer café de la noche. Minutos más tarde se nos unió Gabriel,  quien venía desde Ahuachapán.

Al terminar de bebernos el cafecito, dispusimos ir a la misa de la vigilia, pero ¿quién se quedaría a cuidar el maletero?  Así que lo tiramos a la suerte, a la cara o corona; piedra, papel o tijera, nada funcionaba, pues los tres queríamos ir a la misa.

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Pishhh Gabriel  ¿Por qué no le dice a la Señora que si nos cuida las cosas y que le dejamos una silla para que descanse? Vaya pues….  dice que sí, que ella estará pendiente de todo.  Chumpa impermeable y cangurera puestas, caminamos hasta el sitio destinado a la misa, logramos quedarnos a un costado del centro comercial La Campana, y todo bien, ya no llovía.

Al terminar voy a ir a ver donde ponemos la hamaca, pensé, pero ese pensamiento no duro mucho, pues de repente San Pedro decidió abrir los chorros celestiales y una abundante lluvia nos cubrió, y para mis pesares, la chumpa impermeable no era impermeable, al cabo de un rato estaba toda mojada, durante la misa llovió y fuerte, así que tuve que iniciar la búsqueda de una camiseta, no cualquiera, una que me gustara, pues no era solo por cambiarme y tener ropa seca, no, no, no.

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Luego de comprar la camiseta de mí gusto y haber cenado un par de pupusas con un chocolate caliente, me cambie, cambie mis calcetines y me coloque unas bolsas plásticas para no mojar este nuevo par. Salí a comprar unos libros al puesto que la UCA tenía en la acera, frente a nuestro sitio de “descanso” y me dispuse a leer un rato, más café y pan dulce, una manzanita y agua.

La plaza que alberga al monumento al Divino Salvador del Mundo estaba verdaderamente alegre, personas de distintas edades provenientes de todo el país y visitantes extranjeros comenzaban a llenarla; música, cantos, bailes, colocación de pancartas, de tiendas de campaña,  ayudaron a disfrutar la noche y a que pasará pronto.

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A las 4:30 am, aun había una lluvia suave,  los primeros rayos de sol del sábado 23 de mayo, despidieron la lluvia y comenzó una nueva algarabilla, se acercaba la hora del acto de beatificación de nuestro San Romero de América, sí… San Romero de América, Santo desde hace muchos años, Santo por el pueblo, su pueblo.

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Luego de desayunar, desarmar el campamento, nos instalamos bajo las palmeras que nos protegieron del sol durante toda la beatificación, sitio que nos permitió una buena vista del templete. La animación previa al acto, fue bonita, música para Monseñor, esa que nuestros artistas le han dedicado a lo largo de 35 años,  fueron cantadas, y para ponernos en sintonía el padre José María Tojeira, explicó porqué monseñor Romero se beatifica como mártir por odio a la fe.

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Luego de los tres llamados de campanas inicia el tan esperado acto, solemne, con cinco cardenales y un montón curas de todas partes y,  entre ellos, monseñor Ricardo Urioste y  monseñor Gregorio Rosa Chávez, los principales, los que no podían faltar.

“Sin sombrillas, sin sombrillas, sin sombrillas” comenzó a escucharse entre los asistentes, ya que por el fuerte sol se habían abierto, sin quererlo fueron apagándose poco a poco de entre el público y los aplausos cuando se cerraba alguno se escuchaban por  todo el lugar. Claro las sombrillas ocultaban las pantallas y el templete; aunque  luego de una hora volvieron a abrirse y colorear plaza y calles.

No podían faltar las fotos al halo solar, maravilla natural que acompañó  el acto de beatificación de San Romero, y con el cual la madre naturaleza se unió al júbilo colectivo que vivíamos en esos momentos.

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El sonido fue impecable, y el coro fue una maravilla de voces, me hubiese gustado escucharles cantar  “Canción para un mártir”, pero bueno, espero un milagro de nuestro beato y el cambio de la actual jerarquía católica salvadoreña y que se acerque más al pueblo de San Romero de América, del Mundo.

Ya cerca del medio día, luego de casi dos horas, comencé a sentir hambre y sed, no había bebido agua para no tener que salir, pues cómo, si no se podía caminar entre tanta gente, y la reacción de mis “tripas” cuando cayó en ellas la ostia fue para recordarme una vez más que ya era hora del almuerzo; así entre risas,  di gracias a Dios y a mi San Romero por haberme permitido estar ahí, de ser parte de esas 500 mil almas. Mis tres peticiones: cuida y protege al amor de mi vida —Laura—; a mi madre, familia y amigos; ayúdame a ser mejor persona cada día.

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Al regresar a casa, luego de bañarme,  sentí deseos de ir a la cripta en catedral, pero caí en las garras de la hamaca y desperté en la noche; la visita la realice el domingo y aproveche el viaje para ir a la Casa Museo en el Hospital La Divina Providencia, cerrando con broche de oro este fin de semana especial.

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Escrito por

Eunice Echeverría

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LA BEATIFICACIÓN DE MONSEÑOR ROMERO NO ES SUFICIENTE

TUMBA DE MONSEÑOR ROMERO. Fotografía por Óscar Perdomo León

Puede ser que la beatificación de Óscar Arnulfo Romero les dé completa satisfacción a los católicos (aunque estoy seguro que no a todos los católicos).

Sin embargo para aquellos que no son católicos o para aquellos que no son creyentes, la beatificación de Monseñor Romero no tiene un gran significado, si detrás de toda la ceremonia, ritos, platillos, coros y tambores, la impunidad de su muerte es todavía una cicatriz vergonzosa y dolorosa para el sistema de justicia de El Salvador.

No niego que el hecho de que el Vaticano lo nombrara beato, ha sido ciertamente una aceptación y confirmación de la gran condición moral que Monseñor Romero manejó durante su vida.

Pero es importante no perder de vista por qué se le nombró beato. Porque no fue por «un milagro», sino por su martirio.

¿Y por qué fue martirizado Monseñor Romero? Pues porque tuvo la valentía de denunciar las injusticias en un El Salvador convulsionado por un clima político represivo y violento. Y eso que él hizo, en aquellos días tan aciagos, lo llevó a cabo con el más sincero amor hacia los desposeídos, hacia los que siempre han estado marginados de la educación y los beneficios de la justicia.

Y esos mismos desposeídos son los que ahora, todos los días, «ocho días a la semana», se largan huyendo de El Salvador, buscando las oportunidades que este país no les brinda.

La beatificación de Monseñor Romero no es suficiente.

La beatificación de Monseñor Romero no es suficiente porque su asesinato, como los de muchos otros, aún está en la impunidad. Y los encargados de hacer justicia, continúan con los brazos cruzados, sólo mirando como el baño de sangre sin castigo, continúa manchando a nuestro querido El Salvador.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía: Tumba de Monseñor Romero, tomada en el año 2009 por Óscar Perdomo león.
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MONSEÑOR ROMERO Y ROQUE DALTON COMPARTEN ALGO MÁS QUE EL MES DE MAYO

Monseñor Romero 2 - copia

En los días de la guerra civil salvadoreña (1980-1991), mencionar a Roque Dalton y a Monseñor Oscar Arnulfo Romero estaba tácitamente prohibido. Las fuerzas de la derecha política y quienes se identificaban con esa ideología miraban con muy malos ojos a quienes se expresaran bien de Romero y de Dalton; la gente que sentía cariño sincero o curiosidad hacia ambos, leían clandestinamente sus homilías y sus libros de poesía, respectivamente.

Cuando se firmaron los Acuerdo de Paz en 1992 empezó a haber más apertura para el conocimiento de estos dos personajes; sin embargo las personas más conservadoras siempre tuvieron mucho recelo hacia ellos.

En mayo de 2015, como una feliz coincidencia, se han unido estos dos salvadoreños universales que, desde diferente perspectiva, se pronunciaron contra la impunidad y la injusticia imperante en El Salvador. Y es que este mes nos trae el 10 de mayo, fecha en que Roque Dalton fue asesinado, el 14 de mayo, fecha de su nacimiento, y el 23 de mayo (de 2015), fecha de la beatificación de Monseñor Romero.

Monseñor Romero, ferviente creyente, fue asesinado cuando él era la máxima autoridad de la Iglesia Católica en El Salvador; él pensaba que no se podía hablar «del amor de Dios» sin hacer de este mundo un lugar más justo y equitativo. Dos semanas antes de su muerte dijo en una entrevista: «He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.»

Romero recibió una bala mortal un día después de pronunciar las siguientes palabras: «Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: ´No matar´. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión». (Homilía dominical, 23 de marzo de 1980).

Afiche de Roque Dalton

Roque Dalton, poeta, no creyente, y eternamente enamorado de la idea de ver -también- un El Salvador más justo y equitativo, fue asesinado por sus compañeros de lucha (el ERP) bajo acusaciones falsas y en un «juicio» turbio y amañado. En su lucha por la justicia, Dalton había sufrido cárcel y exilio en numerosas ocasiones. Durante sus años más productivos, literariamente hablando, publicó libros en varios países, y ganó el prestigioso premio de Casa de las Américas.

Roque Dalton había escrito: «Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre, porque se detendría la muerte y el reposo. (…) Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.  Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta. No dejes que tus labios hallen mis once letras. Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.»

Monseñor Romero y Roque Dalton comparten hoy no sólo el mes de mayo, sino también el hecho que sus asesinatos tienen un origen político y de poder. Ambos fueron asesinados también debido a la intolerancia. Dalton y Romero comparten, desafortunadamente, además, las hieles de la impunidad. Ninguno de sus asesinos han sido acusados y llevados a juicio, y la injusticia, en El Salvador, brilla como una lámpara macabra, que hace cada día más y más, de este país, una vergonzosa y desacreditada sociedad.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografías por Óscar Perdomo León. La fotografía de Monseñor Romero fue tomada a la entrada del Museo Monseñor Romero, ubicado en el hospital Divina Providencia, en San Salvador. La fotografía de Roque Dalton es la de un afiche sacado por el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte, CONCULTURA, y entregado en un concersatorio que se llevó a cabo en el auditorio de la Universidad Centroamericana UCA (San Salvador); era la primera vez que una organización gubernamental se pronunciaba sobre Roque Dalton.

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Les dejo aquí el documental ROQUE DALTON, EL POETA GUERRILLERO, narrado por el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II. Muy bueno. Se los recomiendo.

NOTA: Una advertencia: cuando aparece hablando el poeta Ricardo Castrorrivas, ponen, equivocadamente, el nombre de Dagoberto Gutiérrez.

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Y les dejo además esta entrevista a Carlos Dada, director del periódico digital El Faro, en donde se habla sobre la muerte y los asesinos de Monseñor Romero.

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LA RAZÓN

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Cerremos las ventanas y las puertas,

abramos el corazón y los sentidos,

subamos hasta el vértice del orgasmo

y bajemos la guardia para siempre.

Que esto no es la guerra,

que la emoción de mi sangre no es la muerte,

que ese gesto tuyo y febril no debe reprimirse:

desde hace varios años la vida vibra en nosotros.

Todo movimiento es ahora explosivo, es agradable, es gratificante.

Nada podrá inundarnos de frío, algo en el pecho nos da la fuerza,

todo en derredor propicia el amarse.

Arriesguemos en secreto muchas cosas,

que te quiero y no hay razón más convincente.

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía tomada por
Óscar Perdomo León

LO QUE OFRECEN LOS POLÍTICOS. Una pregunta para ellos

Elecciones El Salvador

La campaña política en El Salvador está en plena efervescencia y ya en un par de semanas serán las elecciones para diputados y alcaldes. En otro blog, por cierto, co-escribí un artículo en donde ofrecíamos, con el derecho que nos da el ser ciudadanos, algunas sugerencias o propuestas para mejorar nuestro pequeño terruño.

Pero hoy quiero hablar de las tres maneras de sentir que me provocan los discursos y las promesas de los candidatos.

1-Enojo. (Sólo me dura un par de segundos.)

Me doy cuenta que, por la manera en que plantean sus promesas, los políticos están seguros que todos los salvadoreños somos muy poco inteligentes.

2-Indignación. (Este sentimiento es más prolongado en el tiempo; y aunque se va, es definitivamente recurrente.)

La verdad es que cansa ver las mismas caras de siempre, que nunca se han preocupado por solucionar los problemas esenciales de este país. Y cansa también escuchar sus discursos y propuestas tan poco originales y tan carentes de profundidad.

3-Indiferencia. (Este es mi estado más permanente.)

Quizás es mi mecanismo de defensa. Quizás es causada por la desesperanza de saber que las cosas aquí en mi país, con estas elecciones, no van a cambiar para mejorar ni siquiera un poquito.

Por eso este día les quiero preguntar a todos los políticos: ¿No creen ustedes que ya tuvimos suficiente los salvadoreños de tanta cancioncita tonta y de esa inútil estrategia de tratar de apelar a un patriotismo vacío?

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografías por

Óscar Perdomo León

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Artículo relacionado: NO SOMOS UN PAÍS

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LA SIGUANABA

La Siguanaba
Un anciano, sobreviviente del levantamiento campesino que se desencadenó en El Salvador en 1932 (y que fue aplastado por las fuerzas militares del general Maximiliano Hernández Martínez), narra su anécdota personal, entre el sueño, la locura y el terror…

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«… a todos se oye hablar de ella. Yo tengo aún en mi memoria, por las noches, su espantosa voz a lo lejos. Su nombre fue 1932.

«Al acercarme aquel día –recuerdo- parecía ella una campesina adornada por dieciocho veranos, olorosa a claro nacimiento de agua o a cañaverales azotados por la brisa. Recuerdo bien que su boca era el primer paso en el camino del sexo y su cabello negro y liso era la misma noche abrazándome. Su piel daba –aunque yo por eso estuviese ardiendo- la sensación de perfume y frescura. Dos atractivas consignas de las que se escuchan en las manifestaciones callejeras eran sus ojos café-claro. Y sus pechos desnudos, encendíanme las ganas de todo…

«Pero cuando por fin el beso -nuestro beso- hizo parir inevitablemente la alegría y una secuencia de emociones y deseos, su belleza, cuidadosamente hecha, se volvió un mar de arrugas y de gritos; sus ojos eran entonces dos candiles incendiándome de miedo, y el genocidio histórico de mi pueblo corrió como una tenebrosa película exhibiéndose en mi sangre…

«La inmortal Siguanaba reía horriblemente –lo recuerdo bien claro- al verme correr, tropezando, entre el río y las flores muertas, en algún lugar del occidente de mi país… »

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Pintura: La Siguanaba, realizada por Salarrué.

PERFORMANCE EN SAN SALVADOR, CONMEMORANDO A LOS CAÍDOS EN LA GUERRA. Fotografías y video

El color de la sangre jamás se olvida

Una performance es una especie de actuación teatral que se puede llevar a cabo en la calle u otros lugares y que busca causar sorpresa, asombro y reflexión en el público. Aunque conlleva un poquito de improvisación, en su planificación hay una búsqueda profunda de símbolos que resalten y expresen una idea filosófica o una denuncia social.

Para conmemorar la caída de tantos luchadores sociales en la guerra, que buscaban cambios positivos para nuestro país, la escritora (y ex miembro de los comandos urbanos de la guerrilla salvadoreña) Nora Méndez, ideó una performance muy interesante, la cual quiero compartir esta semana con ustedes.

La actividad se realizó el 11 de noviembre de 2014, fecha en que inició (en 1989) la «Ofensiva hasta el tope», en la cual la guerrilla penetró en San Salvador, para mostrar su fuerza y para presionar al gobierno salvadoreño para la reanudación del diálogo. Este año se han cumplido 25 años de esa acción armada.

Muchos fueron los caídos; entre los más recordados están los asesinados jesuitas de la Universidad Centroamericana UCA.

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Para entender mejor esta performance, dejaré que la misma Nora, con sus palabras e imágenes, nos lo explique.

(Todas las fotografías y las palabras que siguen, han sido extraídas de la página de Facebook El color de la sangre no se olvida y del muro de Facebook de Nora Méndez.)

Óscar Perdomo León

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EL COLOR DE LA SANGRE NO SE OLVIDA. Performance.

«Esta es una ofensiva contra el olvido. ¡Estamos alzados en arte!»

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«La fecha once de noviembre es numéricamente especial. Para los seguidores de las tendencias de la nueva era, significa sincronía espiritual, momento de desear, de pedir, de hacer realidad los sueños. La ofensiva guerrillera del 11 del 11 de 1989 tiene esa característica. La performance que armamos también, de una manera espontánea: 11 metros de tela, 11 involucrados, 11 del 11. Otros acontecimientos mundiales importantes que están relacionados con este número son: el cese de la segunda guerra mundial, el ataque a las torres gemelas de NY y la fecha del fin del mundo o cambio de era pronosticado por los Mayas.»

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«El soundtrack de nuestra performance: «Tanta sangre que se llevó el río… Yo vengo a ofrecer mi corazón», de Fito Páez.»

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Centro histórico de San Salvador.

«La guerrillera, la fantasma porque nadie la ve, la loca que murió por amor y porque habla sola, en el Centro Histórico.»

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Centro histórico de San Salvador.

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Melissa Rodríguez.

«Melissa Rodríguez representó a todas las guerrilleras urbanas que murieron en 1989. Todas tenían entre 18 y 21 años, todas eran flacas y tenían un rostro angelical. Todas se casaron con la muerte.»

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«Seda y botas guerrilleras. Es el look Prudencia  Vanguardista (1) que le dimos a la imagen de la guerrilera urbana que murió en 1989.»

«Durante la performance El color de la sangre no se olvida, la modelo y actriz, Melissa, me dijo algo que me hizo reflexionar: «El día que la conocí, cuando presentaba su novela De seudónimo Clara, me di cuenta de algo cuando usted hablaba y lo hicieron sus compañeros comandos urbanos. Ustedes no son gente que yo haya visto en la tele y son muchos, muchos combatientes y gente que colaboraba así. Ustedes no lucharon por el poder, lucharon por el pueblo y porque querían en verdad cambiar las cosas».  Y sí, yo creo que la gente que no está en el poder es la que sigue queriendo de verdad cambiar esta vida.»

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Universidad de El Salvador.

«En la Universidad de El Salvador, escenario de persecución y muerte durante la guerra.»

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Plaza Gerardo Barrios, en San Salvador.

«Como no hay Monumento a la Matria ni Monumento al Río de Sangre que construye esta patria, tocó inventarlo. ¡Helo aquí!»

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Monumento dedicado a los mártires del 30 de julio, en la Universidad de El Salvador.

«Como tampoco hay Monumento a la Guerrillera Urbana caída en 1989, aquí está. Ese hoyo, como dijo un amigo, estaba esperando por mi vestido y su río de sangre.»

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Nora Méndez, al centro.

«Viví mis momentos retro, sí. El primero fue en la manera en que planifiqué la performance. Di datos equivocados de dónde andaría y comenzaría para evitar que los de la OIE le pasaran el informe a sus jefecitos y me arruinaran la fiesta. Actué como en la ofensiva, me guardé todo para mí hasta el último momento y con la gente de verdad que quiso ayudarme. Luego, cuando salí del conversatorio ya algo tarde de la UES, y me subí al bus para la casa, volteé a ver quién se subía detrás de mi. «No -dije- ya no te van a seguir como antes… para eso están las redes sociales».»

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Museo de la UCA.

«Lo que nos pasó en la UCA cuando hicimos la performance. Yo que entro y le digo a la actriz que se ponga al medio y aparece el Padre Jon Sobrino. Curioso veía y veía la cola y decía: «Yo que vestido así sólo he visto a un Cardenal, ¡y en Roma!».»

«La UCA nos recibió con los brazos abiertos. Nos invitaron a realizar de nuevo la acción en la conmemoración de los Mártires de la UCA que murieron a media Ofensiva en 1989.»

El color de la sangre jamás se olvida 12En el jardín de rosas de la UCA, lugar donde fueron encontrados la mayoría de cadáveres de los jesuitas, el 16 de noviembre de 1989.

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Capilla de la UCA.

«No vi el pop up (2) del Padre Ellacuría, pero siempre que paso por la capillita de la UCA lo recuerdo. Yo me sentaba a los pies de uno de esos árboles con un libro de economía a estudiar, pero el padre Ellacuría no me creía y siempre que pasaba se paraba a verme, sin decir palabra, y me hacía una ronda para ver si en verdad leía o tenía el libro al revés. Ese Padre me encantaba, por todo lo que de él leía y porque una vez alguien me dijo que teníamos la misma mirada: pequeña y extraviada.»

«Hay otros pop ups de los padres jesuitas. A la salida me encontré con el padre Martín Baró, a quien conocí en una comunidad llamada «El Paraíso» que está cerca del Ricaldone. Era el aniversario no sé cuánto de la comunidad (tierra tomada a la fuerza pues la propiedad privada no da tregua sin dinero) y yo andaba con mi guitarra cantando, para amenizar el asunto. El Padre Nacho comenzó a hacerme bromas por mi forma de tocar el sombrero azul, pues se toca «charranganeado» y con fuerza. Lo que yo no sabía es que él también cantaba y tocaba la guitarra y lo hacía para que se la prestara Luego de un rato entendí y lo reté. Se armó un concierto muy bonito, con la voz dulce del cura.»

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En la UCA.

«Amaneció el día con mi niña cantando y me fui corriendo a mi encuentro con las celebraciones de los mártires de la UCA.Ya les he contado que hasta hace 4 años recién conocí el lugar de la masacre? Sí, no me daban ganas de acercarme. Pero Elba Ramos me llamó una noche y mi amiga Suyapa me llevó otro día al recorrido, así, por casualidad. Hay unas plantitas cuyo tallo es rojo, como si se hubieran alimentado con su sangre, su amor, sus corazones. Es un lugar muy lindo, es un jardín.»

«El día de la performance en la UCA todo fue más íntimo. Una performance para los muertos, mis muertos de la UCA. Mientras Melissa yacía recostada en el pasto recordé que yo tengo otro gran muerto en esa tierra, se trata de Toño Dimas, que derramó su sangre entre los edificios de Ingeniería. Ahí estaba Toño también. Me fui bordeando esa parte de la Universidad para ver de lejos ese espacio, sólo verlo pero entré y puse el vestido sobre donde debió morir. A la salida, ya casi corriendo, no se qué me dió por comprar un mango verde y me sorprendió que nos reconocimos casi al mismo tiempo con la vendedora. ¿Qué se había? – me preguntó. ¿Verdad que no estaba en el país? Y ya le expliqué que sí y toda la cosa. – A mí quien me dijo que se había ido era aquel muchacho colochito que andaba con usted. Y otra vez el rostro de Toño Dimas apareció. Debo gritar, pensé, en el mismo lugar donde lo vi por última vez donde entonces él me gritaba que no me fuera en el bus, y grité: «Toño Dimas, el color de tu sangre no se me olvida».»

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Palacio Nacional.

«El único lugar visitado donde tuvimos problemas fue en El Palacio Nacional, dependencia de la Secretaría de Arte y Cultura. Mientras hacíamos la performance y tomábamos fotos, yo dirigía entusiasmada a la actriz: «Pateá a Colón, patealo duro, con cólera», ahorcá a la Reina, arañale la cara, sacale los ojos», y ternuritas por el estilo, pues soy muy Felini y Tarantina. Y en eso que sale un tipejo de las entrañas del Palacio, gritándome que estaba profanando a la Reina… jajajajajajajajajajajajajajjaajaja… Y esta bestia piensa que son santos y esta es una iglesia – me dije- mientras el otro vociferaba que nos iban a decomisar la cámara. Me puse a pelear con él pues no tenía ninguna autoridad sobre nuestras cosas. «Esto es arte, ¿no entiende?», le insistí, y el muy bruto me gritó encima de la cara «No me importa». Así estamos con estos jefecitos de la Secultura; no tienen cultura, no entienden de arte y se creen dueños del patrimonio de todos los salvadoreños.»

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«Pintura roja, pluma roja, tela roja, patria roja, memoria roja, estadísticas rojas.»

«Una performance alegre y dolorosa.»

«Un río de sangre recorre San Salvador…»

EL COLOR DE LA SANGRE JAMÁS SE OLVIDA

Para quienes no puedan hacer correr el video en mi blog, pueden dar un clic en el siguiente enlace: El color de la sangre no se olvida.

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(1) Prudencia Vanguardista: se refiere a Prudencia Ayala, escritora y activista social salvadoreña.
(2) Pop up: Ventana emergente; término usado especialmente en la web.

UNA HISTORIA DE EL SALVADOR EN LOS INICIOS DE LOS AÑOS ´80

Jonas

En la década de los ´80, en esos tiempos de guerra como los que vivía El Salvador, la mayor obsesión de Jonás era su lucha anti-izquierdista. Una anécdota de su juventud que lo dibuja claramente podría ser esta:

Una noche de agosto del año 1980, cuando el día estaba opaco y el invierno social había sembrado sus garras heladas en San Salvador (y la guerra civil tenía una mecha encendida de sólo apenas tres centímetros de largo), Jonás manejaba su vehículo con la mente totalmente plagada de ideas, ideas de las cuales estaba convencido hasta la médula.

Jonás nunca había sido soldado; pero estaba fascinado con las armas. Su relación con los militares había sido a través de Gilberto, un capitán con ideas ultraderechistas y que había sido compañero y amigo suyo de la adolescencia. Esta actividad a la que estaba entrando la realizaba de una manera esporádica, pero con gran placer.

Esa noche Jonás se estacionó. Bajó del carro y tocó el timbre de la casa que lo esperaba. Gilberto le abrió la puerta y entraron a una bodega. Ahí revisaron las armas que usarían. Revisaron el plan. Cenaron juntos y platicaron de cosas triviales. A las once y treinta de la noche se dirigieron a su objetivo. En el camino recogieron a dos sujetos más. Se detuvieron en un barrio pobre de los alrededores de San Salvador. Se pusieron sus máscaras pasamontañas. Se bajaron del vehículo tres de ellos y el conductor se mantuvo adentro. La calle solitaria los amparaba. A lo lejos se escucharon un par de detonaciones.

Tocaron la puerta por costumbre, pero en realidad, la puerta que no esperaba visitantes, la abrieron a golpes. En medio de los gritos de terror de sus hijos y de su esposa, un desafortunado individuo de unos 56 años de edad fue sacado a la fuerza, vendado de los ojos y sujetado de sus manos por la espalda. En el camino fue golpeado varias veces con la culata de los fusiles.

Se estacionaron, pasada la medianoche, a la orilla de un pasaje de una populosa colonia. Lo bajaron a empujones y ya en el suelo, con sangre en el rostro, Jonás le ordenó que se pusiera de rodillas, le quitó la venda de los ojos y le apuntó con una escuadra en la cabeza. Jonás, a su vez, se quitó la máscara pasamontañas.

-¡No me matés, Jonás! -lo reconoció el desafortunado individuo-. ¡Yo fui tu profesor en la escuela!

Jonás sólo tuvo una respuesta a la súplica: haló con frialdad el gatillo. La explosión firme y seca penetró en la frente y reventó la región occipital…

Escrito por

Óscar Perdomo León