LAS CENIZAS. 1835. (Capítulo VI)

Anastasio Aquino

María Dolores llegó a La Unión en el primer trimestre del año de 1812. Viuda, con su pequeño vástago en brazos y sin conocer a nadie se instaló en una parcela de tierra cerca de la iglesia parroquial, que logró comprar con el dinero de la venta de algunas de sus propiedades de Sensuntepeque. En ese lugar construyó una casa cómoda y bien ventilada en donde vivió con su hijo Mario Gilberto. Para poder tener una vida tranquila, sin ser perseguida por el gobierno español, decidió alterar un poco su nombre y en esas calurosas tierras orientales fue conocida simplemente como María. Pero en la intimidad del hogar, le contaba a su hijo la historia de las luchas por la independencia, con énfasis en la manera heroica en que había muerto su padre.

Unos meses después llegó a vivir con ella Ana Evarista, una mujer gentil y amable, de origen indígena, que hablaba náhuat y español, y que le ayudaba con los quehaceres del hogar y quien trabajaba además como colaboradora en el próspero negocio que había empezado María Dolores. Con ella llegó a desarrollar una amistad sincera. Ambas creían mucho en los valores de libertad y de justicia. María Dolores tenía una floreciente venta de telas, que iba creciendo día con día y que le generaba lo suficiente para poder pagar una buena educación a su hijo, quien a la edad de 15 años fue enviado a Guatemala para poder realizar estudios de Medicina.

La Independencia Centroamericana, cuya acta oficial se firmó en Guatemala, se llevó a cabo el 15 de septiembre de 1821. María Dolores la celebró con gran alegría junto con los demás pobladores unionenses el 23 de septiembre, fecha en que recibieron la noticia. Ese día recordó con ímpetu a su difunto esposo Gilberto Morales y a sus amigas de Sensuntepeque.

El Padre José Simeón Cañas y Villacorta, diputado por Chimaltenango, había dado ante la Asamblea Constituyente de 1823 un sentido discurso en defensa de los indígenas esclavos, a pesar de presentar una grave enfermedad. María Dolores poseía una copia de ese discurso, que había conseguido a través de un amigo diputado. Un día decidió leérselo a Ana Evarista:

«Vengo arrastrándome y si estuviera agonizando, agonizando viniera para hacer una proposición benéfica a la humanidad desvalida. Con toda la energía con que debe un diputado promover los asuntos interesantes a la Patria, pido que ante todas las cosas, y en la sesión del día, se declaren libres nuestros hermanos esclavos…».

Al finalizar la lectura ambas mujeres lloraron de la emoción.

Muchos años después la Historia Universal demostró que el Padre Cañas había proclamado sus anhelos abolicionistas, muchos años antes que el famoso Abraham Lincoln.

En 1832 María Dolores quedó sola en su casa, ya que, por un lado Mario Gilberto continuaba viviendo en Guatemala, trabajando ya como médico, y por el otro, Ana Evarista, su tan querida y valiente amiga, se había fugado del pueblo de La Unión un día inesperado para unirse a la causa de un indígena de Santiago Nonualco, llamado Anastasio Aquino, quien se había sublevado e iniciado la resistencia y la lucha contra los terratenientes y las familias más poderosas de la zona, ya que éstos les habían arrebatado a los indígenas «los ejidos», es decir, sus tierras comunales, con el objeto de sembrar añil. Ana Evarista se había ido a escondidas de María Dolores, pero le dejó una carta muy franca y amistosa, en donde le explicaba sus razones; le contaba en la misiva que los indios nonualcos, a los que ella pertenecía, se habían dado cuenta que la Independencia no les había traído beneficios, que lo único que habían cambiado eran los amos, pero que los altos impuestos, la falta de libertad, el maltrato y las humillaciones a que los indios eran sometidos permanecían iguales. Le decía que la lucha de Anastasio Aquino era justa, pero incomprendida por muchos. Luego le expresaba el mucho cariño que le tenía y se despedía de ella con un «hasta pronto».

Hasta los oídos de María Dolores, quien se mantenía atenta a los sucesos, llegó la información de que Aquino no era un asaltante de caminos ni violador de mujeres, como pregonaba el gobierno, ya que el líder Aquino, había dicho: «…todo lo que existe en la extensión de estas tierras pertenece a mis hermanos que viven en la miseria». Y habiéndose coronado a sí mismo Rey de los Nonualcos, decretó castigos muy severos para el que realizara robos, violaciones, etc., así como también había establecido la prohibición de cobrar impuestos y de consumir bebidas alcohólicas.

Anastasio Aquino, al frente de unos tres mil hombres armados con lanzas de huiscoyol y con unos cañones fabricados por ellos mismos, derrotó en varias ocasiones a las fuerzas gubernamentales, tomándose las ciudades de Zacatecoluca y San Vicente. Su estrategia de «cien arriba y cien abajo» le había dado resultado.

Pero María Dolores supo, al año siguiente, que al insurgente Aquino lo habían atrapado en el cerro El Tacuazín, tras haber sido traicionado –como Jesús, por Judas- por uno de sus más allegados. Le contaron que lo tuvieron en prisión, pero que después lo pusieron frente al pelotón de fusilamiento, en San Vicente y, al ser vendado de los ojos, Aquino les preguntó a sus verdugos en tono irónico que si lo que querían era «jugar a la gallinita ciega». Le dijeron también que Aquino sonreía burlón y que nunca mostró temor. Luego retumbaron las armas de fuego; pero a alguien no le bastó haberlo fusilado y el hacha, que también mata árboles, cortó el cuello del cadáver y la cabeza rodó ensangrentada; ésta fue exhibida dentro de una jaula en la Cuesta de Los Monteros, como una manera de amedrentar al pueblo.

María Dolores indagó, como pudo, el paradero de Ana Evarista, pero nunca más volvió a saber de ella. Los primeros meses lloró la ausencia de su amiga.

María Dolores era muy dada a seguir los acontecimientos sociales e históricos. Así que también festejó muy contenta en enero de 1834, mes en que supo la noticia, de que el 31 de diciembre de 1833, se había abolido la esclavitud. Ese día volvió a recordar a Ana Evarista.

Mario Gilberto regresó de Guatemala en enero de 1835, para pasar sus vacaciones en La Unión; había planeado pasar todo el mes junto a su madre.

El 20 de aquel mes el amanecer fue realmente hermoso y fresco, el cielo estaba totalmente despejado. Esa mañana Mario Gilberto había convencido a María Dolores para que lo acompañara a un pequeño paseo recorriendo algunas de las playas unionenses. La casa de María Dolores era en las primeras horas del día un verdadero desparpajo, gente yendo y viniendo, María Dolores organizando las meriendas y comidas del día, y la servidumbre cargando el carruaje para el viaje. Mario Gilberto estaba alegre al ver a María Dolores tan radiante como pocas veces la había visto.

Sin embargo, la Historia de El Salvador, antes, durante y después de la colonia, se ha visto llena de caprichosas manifestaciones de la Madre Naturaleza.

A las ocho de la mañana del 20 de enero de 1835, un espantoso estruendo rompió en mil pedazos la tranquilidad y la alegría de toda Centro América. Desde La Unión y San Miguel se pudo observar en el suroeste una altísima columna de humo negro que luego se transformó en un enorme hongo compuesto de gases y cenizas que cubrieron totalmente la luz del sol, volviendo el día en una noche que duró 43 horas seguidas. Los ciudadanos de La Unión vieron y escucharon relámpagos y retumbos que no permitían el total sosiego de las almas. Muchos creyeron que era el día del Juicio Final por lo que públicamente confesaban sus culpas pidiendo la expiación de sus pecados, algunas parejas amancebadas pidieron al cura que los casara, otros creyeron que el demonio acechaba y azotaba con manotazos malignos, otros increparon al general Francisco Morazán –en ese entonces Presidente de las Provincias Unidas de Centroamérica- como único culpable del desastre por ser liberal y ateo, y no faltó quien creyera que el Vesubio nuevamente había resurgido creando un cataclismo mundial.

Tal era la oscuridad que se había esparcido por todo el pueblo que los candiles más potentes apenas iluminaban las manos de aquellos que los cargaban; no se podía ver a más allá de unos pocos pasos.

A las dos de la tarde de ese día una lluvia continua de cenizas que duró alrededor de cuatro a cinco horas cubrió por completo a La Unión y San Miguel, y un espesor de unos cinco a diez pulgadas de la grisácea precipitación formó una alfombra en los suelos; el aire era denso, costaba respirar adecuadamente, las fosas nasales ardían al inspirar y la garganta se sentía áspera y reseca; la sensación de asfixia se percibía en todos los lugares. Cuentan los ancianos del pueblo, con toda la tradición oral que los enriquece, que éstas –las cenizas- habían salido expulsadas con tal fuerza que increíblemente cruzaron los cielos y se esparcieron en un diámetro de 2735 Km., llegando incluso hasta Nueva York. Un tapete de piedra pómez se derramó sobre las aguas del Golfo de Fonseca y la de los alrededores.

Los pueblos de Honduras y Nicaragua estaban sufriendo similar situación.

María Dolores, Mario Gilberto y quienes estaban en su casa agazapados, se refugiaron temporalmente en la bodega, pero al desconocer el origen de tal fenómeno y pensando que algo más severo podía ocurrir, buscaron protección bajo el techo de la iglesia parroquial, tal y como lo había hecho muchos años atrás María Xicotencatl con el deslave del El Chulo. Durante el traslado María Dolores, al igual que otras personas, sufrió fuertes traumas faciales al colisionar muchas veces contra aves que desorientadas y ciegas por la oscurana volaban sin dirección, algunas incluso a ras de suelo. Era imposible andar a caballo o en carruajes, ya que se corría el riesgo de chocar con otro igual, pasar sobre algún transeúnte caído, con alguno de los que corrían sin rumbo o con los que se encontraban petrificados por el evento en plena vía pública. Imperioso resultó movilizarse a pie. María Dolores se asió firmemente del brazo de su hijo; las escasas cuadras que separaban su casa de la iglesia se le volvieron kilómetros.

Bajo el manto eclesial María Dolores aguardó lo peor. La misma sensación de incertidumbre que vivió décadas anteriores al huir de las fuerzas españolas se apoderó nuevamente de su corazón, el cual una vez más saltaba en su pecho.

Las desgracias nunca vienen solas. Una joven mujer primeriza de ascendencia lenca y que se encontraba en el sexto mes de embarazo rompió la fuente, en pleno centro de la nave de la iglesia, desencadenando rápidamente las contracciones inequívocas que anuncian que el momento del parto está cerca. María Dolores al darse cuenta de esto, le avisó de inmediato a  su hijo Mario Gilberto. Así, en un ambiente verdaderamente hostil para un recién nacido, en medio de decenas de personas que perplejas fueron testigos involuntarias de lo que ahí ocurría, ella le sirvió de ayudante a su hijo, quien asistió el parto. Pero la extrema prematurez de la  pequeña  infanta y sus dos y media libras de  peso fueron una mala combinación para una época en donde los avances médicos no eran suficientes para mantener con vida a un neonato de 30 semanas y menos si el parto se había dado en un ambiente en donde olía a tragedia por todos lados y la luz del día había sido arrebatada. El sacramento del Bautismo le fue otorgado inmediatamente posterior al nacimiento. María Dolores fue la madrina de una dulce niña de frágil piel color canela-transparente a la que la madre llamó María de los Milagros y que falleció en los brazos de María Dolores, segundos después que le cayeran las primeras gotas de agua bendita que el cura depositara en su pequeña cabeza. María Dolores sintió en esos momentos que el alma se le desgarraba por completo, por unos instantes sintió que todo le daba vueltas y un fino zumbido inundó sus oídos y su piel sudó helado. El médico le quitó el cuerpo de su fallecida ahijada de las manos y se lo entregó a la madre, quien en ese momento se echó a llorar desconsoladamente. El médico sujetó a María Dolores que para entonces tenía los labios y el rostro tan blancos como la misma pila bautismal de la iglesia. Descansó unas horas, mientras lloraba de impotencia en el regazo de Mario Gilberto y recordaba el  momento en el que aquel extraño ser con alas le entregó en sus brazos a su pequeño hijo.

Ahí, junto con cientos de personas soportó el terremoto que sobrevino al día siguiente, el cual fue anunciado por las dantescas detonaciones que despertaron inclusive a los pobladores de lejanas tierras como Oaxaca en México, Colombia, Venezuela y hasta el mismo Kingston, Jamaica. Los techos cayeron, las paredes rodaron por los suelos; lejos y cerca se oían los gritos de madres desesperadas que buscaban a sus hijos, los llantos de pequeñines desprotegidos y mil sonidos de animales que ensordecían los oídos de María Dolores; así que, sacando fortaleza de flaqueza y con la sangre de sus antepasados indígenas en sus venas, se irguió como pudo y salió de las ruinas de la iglesia para auxiliar a la gente herida.

Apoteósica fue la causa, pero con su cuerpo sin alimentar y con la adrenalina desbordándose, María Dolores se desmayó en una esquina cualquiera del desfigurado poblado de La Unión.

Toda la tragedia se había debido a que el Consigüina había erupcionado. El único pico nevado de toda la América Central había despertado el 20 de enero de 1835, convirtiéndose abruptamente en volcán. Ubicado en territorio nicaragüense, muy cerca del Golfo de Fonseca, el esplendoroso monte de 4376 metros de altura según medición barométrica, y que en 1802 fuera escalado por el barón alemán Alejandro de Humboldt, quedó reducido a una montaña de aproximadamente 1158 metros de altura y con un enorme cráter frente al mar.

Volcán descarga volcánica

En San Miguel, la población en estado de alarma recurrió nuevamente a la Virgen de las Lavas, para implorarle piedad, tal y como había sucedido hacía apenas 48 años, en 1787, durante la erupción del volcán de San Miguel.

Mario Gilberto salió a auxiliar a las víctimas. Buscaba también a su madre, pues en un momento de confusión, la había perdido.

María Dolores, inconciente, cubierta enteramente de cenizas, era apenas perceptible, su fina y delgada silueta, pobremente visible por los enceguecidos ojos de los angustiados unionenses, estaba tirada en medio de una calle, golpeada del rostro y habiendo sido vapuleada por las hordas de espantadas personas. Pasó así una media hora aproximadamente.

Un jinete corría despavorido y sin rumbo a gran velocidad; los cascos del caballo eran fuertemente sonoros. María Dolores empezó a abrir los ojos y vio venir sobre ella al desorientado jinete. Débilmente trató de levantarse cuando sintió que unos brazos la tomaron por la cintura y la apartaron velozmente; luego se sintió flotando y se dio cuenta de que estaba volando.

-No tengás miedo, María Dolores.

Ella se aferró con fuerza al cuerpo del ser alado que la estaba cargando y se dejó llevar. No podía ver nada más allá de un metro o algo así; pero sí sentía que iba ascendiendo velozmente. De pronto, se hizo la luz y María Dolores pudo ver al frente el inmenso mar azul oscuro; hacia abajo, la nube de cenizas  que envolvía a la tierra. Más allá alcanzó a ver una columna gigante de humo que subía hasta el cielo y se diseminaba hacia varios lugares. Una emoción rápida como un latigazo la embargó y derramó de sus ojos unas lágrimas, impresionada y aturdida por lo que miraba. Todo fue muy rápido y entonces sintió un poco de vértigo y cayó en la cuenta de que estaba siendo cargada por Kérridat. Cerró los ojos y se aferró más a él.

Luego abrió los ojos y lo vio de cerca. Pudo apreciar que la piel de Kérridat estaba cubierta por un fino pelo blanco, terso, muy delicado y supremamente corto. Tenía un olor suave, como de caballo recién bañado. Miró a los lados y las grandes alas extendidas, que planeaban en el aire con gran destreza, eran un espectáculo sin igual. A continuación recordó a Mario Gilberto y los ojos se le abrieron grandes.

-¡Mi hijo! ¿Dónde está mi hijo? –gritó María Dolores.

-Él está bien. No te preocupés –le contestó imperturbable, Kérridat.

Y agregó amablemente, pero con firmeza:

-No estás preparada para lo que sigue, así que mejor cerrá los ojos.

En seguida Kérridat empezó a bajar en picada a una velocidad muy alta. En cuestión de segundos, ambos estaban frente a tierra. Kérridat la colocó en el suelo con delicadeza y le dijo que su hijo estaba a unos diez metros en sentido sur. «Gracias», le contestó ella. Luego él se alejó volando y desapareció de su vista como si se hubiese ocultado.

***

Los años transcurrieron tranquilos y prósperos para María Dolores. Su muerte llegó con la vejez y en calma, mientras dormía. Su hijo Mario Gilberto tuvo una abundante descendencia; pero siempre sólo de varones. Hasta que en 1899 nació en Sonsonate una bisnieta de María Dolores, a quien le pusieron por nombre María Josefina.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Pintura extraída del blog Patria Literaria: Anastasio Aquino
Relacionados: El indio Anastasio Aquino, grupo musical ZUNCA.
Fotografía de volcán en erupción tomada de Google.

MARÍA DOLORES. 1811 (Capítulo V)

Mestiza 1

La pequeña María Dolores era una niña muy inquieta, inteligente, ojos de color miel, cejas bien definidas y sonrisa brillante; el mestizaje había hecho bien su trabajo en ella. Se crió en un ambiente totalmente distinto al de sus ancestros. Vivió en una mansión llena de habitaciones y empleados. La educación que recibió desde pequeña fue muy buena; tuvo profesores de alta calidad, algunos habían venido desde España para enseñarle historia, letras y etiqueta.

Sus hermanos mayores la querían mucho y tenían siempre especial atención hacia ella.

A la edad de 22 años, en el año de 1800, contrajo matrimonio con Gilberto Morales, un acaudalado hombre originario de Sensuntepeque, población que pertenecía al distrito de Titihuapa, por lo que ella se mudó hacia esas tierras, en donde su esposo tenía una gran hacienda. Gilberto Morales se dedicaba en grande al cultivo del añil y sus ganancias eran bastante considerables.

Durante muchos años la pareja estuvo buscando un embarazo que nunca llegaba; María Dolores pensaba –porque la fe y la fama trascienden al tiempo- que si su madre, María Xicotencatl, “la bruja”, estuviera viva, le habría dado alguna pócima medicinal que la habría ayudado a quedar embarazada rápidamente. Sin embargo sólo le quedaba resignarse y de vez en cuando, en silencio, realizar ayunos severos ofrecidos a Santa Bárbara, para recibir el amparo y la fortaleza necesaria para aceptar que jamás sería madre.

El esposo de María Dolores era paciente; pero también deseaba mucho tener un heredero; con los años, trató de embarazar a otras mujeres y tuvo éxito al tener varios vástagos ilegítimos con un par de mozuelas foráneas que vivían en las cercanías de la hacienda Niqueresque, en La Puebla (hoy conocida como Ciudad Dolores); sin embargo, todos los hijos que tuvo fueron niñas.

En esos días toda la zona centroamericana estaba sometida a la España imperialista; pero los grandes hacendados y los terratenientes criollos ya no soportaban más seguir pagando los impuestos a la Corona Española. Buscaban la independencia, pero la desorganización era grande, hasta que el 24 de enero de 1811, muy lejos de donde vivía María Dolores, en el pueblo de Mexicanos, los curas Nicolás y Vicente Aguilar, junto al general Manuel José Arce y otros patriotas, se reunieron para planear la insurrección independentista. Todos éstos eran dueños de grandes haciendas.

Las noticias viajan rápido y los rumores de este movimiento de liberación llegaron a oídos de María Dolores, quien se identificó de inmediato con la causa, debido a que ella en su corazón deseaba la libertad de todos los esclavos e indígenas que estaban sometidos a un trato infrahumano, porque ella no olvidaba que los orígenes de su sangre provenían de una civilización ancestral esplendorosa, una raza muy sabia que había llegado a desarrollar la ciencia en forma muy avanzada, un pueblo indígena que había sufrido muchos atropellos y que merecía un mejor destino. Además, era esposa de un hacendado del añil, que era de los que saldrían más beneficiados en caso de un triunfo independentista.

María Dolores mostró su apoyo y amistad a María Feliciana de los Ángeles y Manuela Miranda, bravías y valientes mujeres sensuntepecanas que junto con algunos hombres, de forma clandestina, también daban su respaldo a la causa.

Ese año de 1811 fue muy agitado y de numerosas revueltas libertarias, como las ocurridas en Santiago Nonualco, Usulután, Chalatenango, Tejutla, Santa Ana y San Salvador.

Cuando María Dolores cumplió 33 años de edad, en 1811, quedó, milagrosamente, por fin embarazada. Con los meses María Dolores se palpaba el abdomen ya hinchado, lleno de una nueva vida y pensaba que su hijo iba nacer en una nueva era, por eso convenció a su esposo Gilberto de que a partir del sexto mes de gestación se instalaran en la quinta que poseían en el poblado de Sensuntepeque, previendo el momento del nacimiento y para facilitar la llegada pronta de la partera, ya que la hacienda quedaba en un lugar en las afueras de Sensuntepeque y de muy difícil acceso por el cordón de cerros y montañas que han caracterizado desde siempre a esa zona.

El 20 de diciembre de 1811, en el lugar conocido como la Piedra Bruja en Villa Victoria, se reunieron personas procedentes de San Lorenzo, La Bermuda, El Volcán y San Matías, para levantarse en armas, dirigidas por los comisarios Juan Morales, Antonio Reyes, Isidoro Cibrián, y las señoras María Feliciana de los Ángeles y Manuela Miranda.

En las primeras horas del amanecer, penetraron clandestinamente a Sensuntepeque, unos montados en sus caballos y otros a pie, y, con mucha habilidad castrense, se tomaron el cuartel militar, sacando en desbandada al subdelegado español José María Muñoz.

Sin embargo, muy pronto los refuerzos militares llegaron para repeler a los insurgentes. Las fuerzas libertarias no contaban con demasiada gente y habían pensado que el pueblo sensuntepecano se les uniría para combatir a los extranjeros españoles que tantos años y años habían tenido subyugado al pueblo centroamericano. Pero los pobladores de Sensuntepeque y de Guacotecti no les dieron respaldo a los insurrectos que buscaban la tan ansiada independencia de España.

La quinta de Gilberto Morales y de María Dolores, simpatizantes del movimiento de independencia, fue atacada por las fuerzas militares fieles a la Corona Española. Gilberto le ordenó a Fabián, uno de sus empleados de confianza, que se llevara a María Dolores a un lugar seguro. Numeroso armamento continuaba disparando nutrida pólvora hacia la quinta.  Gilberto, arma en mano, continuó resistiendo.

María Dolores y Fabián salieron rápida y sigilosamente por una puerta secreta que comunicaba con una calle perpendicular a la entrada principal. Ambos, parapetados por la escasa luz de los tenues rayos solares y por los altos árboles de mangos, naranjos y ceibas de los alrededores de la quinta, lograron escapar, huyendo rumbo al nororiente por una vereda que conducía a un monte escondido, buscando hacia el Cerro Grande. Pero en el camino un disparo, que parecía una bala perdida o el certero proyectil de un franco tirador, hirió fatídicamente en la cabeza a Fabián, quien cayó al suelo de golpe y convulsionó brevemente, con los ojos puestos hacia el cenit y con la boca emanando saliva en forma de espuma. En cortos segundos dejó de respirar. María Dolores trató de auxiliarlo, pero comprendió que todo era inútil. El pecho de María Dolores estaba agitado y casi podía oír sus propios latidos cardíacos.

Sintiendo en sus talones los cascos cercanos de la caballería española, María Dolores corrió como pudo, aún en su estado de avanzada preñez, alcanzando a llegar al Cerro Grande, pero estando allí tropezó accidentalmente con una gran raíz saliente de un enorme y viejo árbol de amate, cayendo al suelo y causándose un fuerte golpe en el abdomen. Inmediatamente inició dolores de parto. María Dolores alcanzaba a escuchar la pólvora de armas de guerra que reventaba a lo lejos.

De pronto sintió que algo húmedo escurría a través sus genitales y se tocó con la mano derecha, la cual quedó manchada de sangre oscura. Los dolores que anuncian la venida del nuevo ser fueron en aumento, así como también su angustia. Igualmente la inquietaba la incertidumbre de no saber dónde estaba su esposo ni qué le había pasado. El sangramiento se incrementaba a cada momento, sintió frío y empezó a ver oscuro. Entre lágrimas, dolor y temor se preguntó sí acaso moriría igual que su madre. En un par de minutos perdió el conocimiento.

En Sensuntepeque las fuerzas rebeldes fueron aplastadas. Pero el fracaso del movimiento sensuntepecano no impediría el avance de las fuerzas libertadoras por toda el área centroamericana. Las gestas independentistas se sucedían una a otra en todo el istmo centroamericano, a partir del fuego germinal que había sido encendido en el departamento de San Salvador.

Al siguiente día, al amanecer, María Dolores abrió los ojos. Sintió un alivio de sus pesares.  Instintivamente se palpó el abdomen y estaba casi plano. Entonces se asustó. Se levantó haciendo un gran esfuerzo y un poco mareada, miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en un rancho rural deshabitado. Lentamente salió de éste y observó que frente a ella, dándole la espalda, estaba una criatura alada  -de gran estatura, con fuertes y definidos músculos-  que ella no había visto nunca, pero ni en sueños. Se quedó paralizada de la impresión, helada de temor.

El ser alado se volvió hacia ella y en sus brazos, cargándolo con ternura, tenía un bebé que dormía mansamente.

-Es tu hijo –le dijo.

-¿Mi hijo? ¿Y usted quién es?

-Quien soy, no importa. Pero si querés nombrarme de alguna forma me podés llamar Kérridat. Lo único que en verdad interesa y que debés saber es que conocí a tu madre y por ella estoy acá. Yo asistí tu parto, María Dolores, mientras estabas inconciente.

Luego se acercó a ella y le entregó el bebé.

María Dolores estaba intrigada y sorprendida mirando a Kérridat. Luego lloró de la emoción y de la gran felicidad de ver a su hijo. Apretando el bebé contra su pecho y pensando en voz alta entre sollozos dijo:

-Tu nombre será Gilberto, como tu padre. Mario Gilberto.

Y luego agregó:

-¡Ojalá estuviera aquí mi esposo para verlo!

Kérridat guardó silencio y la miró con ojos compasivos. Luego se alejó rápidamente y se elevó hacia los cielos.

***

María Dolores estuvo dos meses en ese lugar. Sobrevivió sin ayuda de nadie. Cuando emprendió el regreso a pie hacia su casa, por el camino se encontró a algunos indígenas que la conocían y quienes la creían muerta. María Dolores se puso tan contenta de verlos que unas lágrimas de alegría le rodaron en el rostro.

Al preguntar por Gilberto ellos le hicieron saber sobre el fallecimiento de su esposo, en plena batalla, defendiendo los ideales de libertad.

A María Dolores se le confundieron las lágrimas de alegría con las de dolor.

Al llegar a su hogar en ruinas, debido a que había sido incendiado el día del alzamiento por las fuerzas de la Corona Española, fue recibida por los fieles trabajadores que aún estaban ahí. Fue así como se enteró del cruel destino de María Feliciana y Manuela Miranda, quienes fueron atrapadas y condenadas a 25 azotes y luego trasladadas a la casa del cura de San Vicente, Manuel Antonio Molina, para guardar prisión y que le sirvieran durante toda la condena. Algunos de los hombres que participaron en el movimiento fueron capturados días después y se les envió a prisión al Castillo de Omoa, en Honduras y nunca más se supo de ellos. María Dolores decidió vender lo poco que le quedaba y con el pequeño Mario Gilberto en brazos decidió radicarse en la lejana ciudad de La Unión.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Fotografía de Hugo «Turix» Borges.

EL PARTO. 1778 (Capítulo IV)

Lavanderas, de José Mejía Vides washers.mejia_.vides_

Cuando María Xicotencatl cumplió 19 años de edad se enamoró por primera vez. Pero un año después se terminó casando sin amor con un criollo, debido a la palabra que empeñó su padre, quien trabajaba para éste. El criollo era hijo de un español dueño de una de las más grandes haciendas de la zona de Santo Tomás. Con el tiempo aprendió a tenerle cariño a su esposo y fue olvidando paulatinamente a su primer amor.

Durante los seis años siguientes María Xicotencatl tuvo tres embarazos, y tres varones mestizos y fuertes vinieron al mundo.

Desde que parió su primer hijo, María Xicotencatl sintió una diferencia marcada en su forma de ver el mundo. Había instantes en que presentía cosas. No había día de Dios que las corazonadas no la acompañaran. A veces también tenía sueños premonitorios que la atormentaban. Cuando por fin lo que ya había visto en sus sueños se volvía realidad, de alguna manera la embargaba un alivio, hasta que regresaba un nuevo presentimiento. En ocasiones eran acontecimientos que se podrían considerar muy importantes; pero la mayoría de veces eran hechos insignificantes del diario vivir.

La gente fue conociendo poco a poco la habilidad casi sobrenatural de María Xicotencatl y la buscaban para pedirle consejos sobre cuándo sembrar o cómo enamorar a la mujer de sus sueños; también acudían a ella para que las curara con sus medicinas vegetales, de las cuales conocía mucho, porque su viejo abuelo le había enseñado desde muy pequeña los secretos de las plantas. La gente la llamaba “la bruja”; pero en el buen sentido de la palabra. Todos confiaban en ella y la querían mucho, porque su manera de ser era la de quien mira a todos no simplemente con los ojos, sino con la profundidad del corazón.

A la edad de 30 años, en 1778, María Xicotencatl tuvo su cuarto embarazo; pero esta vez nació una niña, a la que llamó, desde antes de nacer, María Dolores. Aquella había anunciado y asegurado, desde que tenía tres meses de gestación, que el bebé que iba a tener sería una niña.

Cuando su embarazo llegó a los nueve meses, le ocurrió algo inusual. Salió a caminar por los alrededores de las propiedades de su marido, para buscar una planta aromática y rara que sólo ella sabía como cultivar. Mientras arrancaba unos retoños verdes, sintió que era observada. Miró hacia atrás y sorprendida dejó salir de su boca un pequeño gemido, aunque en su mente había sido un grito terrorífico, que luego se transformó en paz y tranquilidad interior.

-Te extrañé mucho, María Xicotencatl –le dijo una voz serena y familiar.

María Xicotencatl guardó silencio y le sonrió.

-Vine a despedirme –dijo Kérridat.

-¿Ya no vas a volver?

-Yo siempre estaré acá.

-Pero… ¿y entonces…?  –dijo María Xicotencatl-. Y guardando silencio y aunque un poco confundida miró con firmeza los ojos de Kérridat.

El ser alado con la mirada seria le dijo:

-La razón la sabrás en su momento; pero no tengás temor. Nunca tengás miedo.

El ser alado volvió a sonreír amistosamente, se dio la vuelta y corrió entre unos maizales. Unos perros ladraron. A unos metros de ahí, se elevó en vuelo y se perdió detrás de unos árboles de conacaste.

-Adiós, entonces, Kérridat –dijo María Xicotencatl, con la voz muy suave, sabiendo que él ya no la escuchaba.

Esa noche María Xicotencatl se acostó y durmió sosegadamente, hasta las tres de la madrugada, hora en que empezó a soñar y a moverse con ofuscación. Su marido, que era de sueño pesado, no se dio cuenta. María Xicotencatl balbuceó un par de palabras y empezó a sudar copiosamente. Soñaba una pesadilla terrible. Seguía moviéndose con locura hasta que repentinamente se sentó a la orilla de la cama y abrió los ojos aterrada por lo que había visto.

Tres días después de esa pesadilla, María Xicotencatl inició actividad lumbo-pélvica. Como en todos sus anteriores partos, ella no lloraba ni gritaba, soportaba los dolores con estoicismo. El parto fue difícil y largo. Eran las tres de la mañana y la partera, Justina Laguán –mujer muy experimentada- transpiraba intensamente, cosa que únicamente había hecho en dos ocasiones durante los cuarenta años que tenía de ser matrona, mientras se encomendaba con temor a Dios. Ella se daba cuenta de que María Xicotencatl estaba pasando por momentos muy críticos.

Parto indígena

El final fue fatal. Una hemorragia abundante e incontenible se desató en las primeras doce horas post alumbramiento.

Durante los últimos ciento veinte minutos que tuvo de vida, María Xicotencatl pidió ver a su recién nacida María Dolores, le dio un beso dulce en la pequeña frente y cerrando los ojos viajó hacia los caminos que estaban bordeados de pequeñas flores amarillas, allá por los meses de octubre, en su querido Santa Cruz Panchimalco. Una mano piadosa que acariciaba tiernamente la suya hizo que brevemente regresara a la realidad, abrió los  rasgados ojos negros y tiernamente con una bella sonrisa le correspondió a su esposo el gesto. Deseó poder tener fuerzas para encomendarle a sus tres hijos y a la pequeña María Dolores, pero no pudo, la pérdida de sangre era intensa. Cerró los ojos nuevamente y regresó a Panchimalco, ahí volvió a subir El Chulo, ya partido en dos; en la cima y viendo en el horizonte la intensa línea azul que teñía el final del cielo –el mar sosegado-, tomó la mano de su amigo, le acarició las alas y él le dijo algo ininteligible.

María Xicotencatl en su delirio miró por última vez a la recién nacida María Dolores. En ese preciso momento los gallos cantaron más fuerte que nunca, los perros aullaron y las aves se lanzaron despavoridas por los aires.

María Xicotencatl murió a las cinco de la madrugada.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Pintura: Lavanderas, del salvadoreño José Mejía Vides.
Fotografía tomada por el brasileño Marcos Verícimo

LA PUERTA DEL DIABLO. 1762 (Capítulo III)

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María Xicotencatl, era una joven que rondaba los catorce años de edad. Su liso y trenzado cabello negro, que era sujetado con telas muy coloridas, alegremente danzaba a la altura de su cintura. Su tez morena, como el barro, servía de marco perfecto para sus rasgados y hermosos ojos negros, los cuales lograba abrir totalmente cuando se asustaba o se asombraba de las pequeñas o grandes cosas de la naturaleza; esos mismos ojos no dejaban escapar ningún detalle, ella era una observadora nata.

Se decía que sus antepasados habían sido de origen azteca y que habían venido en las primeras migraciones desde el norte hacia las tierras del quetzal y del torogoz. Vivió en Santa Cruz Panchimalco casi toda su vida y cuentan hoy en día algunos lugareños que fue poseedora de un particular y muy agudizado “sexto sentido.”

Santa Cruz Panchimalco estaba asentado en las faldas de El Chulo, que era un cerro peñascoso, apelmazado y duro, con una apariencia áspera en su vértice; era una masa cónica e imponente que siempre estaba a la vista de todos sus habitantes. Ya en 1762, Santa Cruz Panchimalco era un poblado pequeño con verdaderas raíces indígenas y con muy pocos mestizos. La población era relativamente pequeña y todos se conocían unos a otros. Los hombres en su mayoría se dedicaban a la agricultura y a la cacería, y las mujeres a las cosas del hogar. Prácticamente todos en el pueblito eran bilingües; su lengua materna era el náhuat y es lo que se hablaba en la cotidianidad del día. Pero cuando alguien que no era un lugareño se acercaba a ellos, inmediatamente pasaban a hablar el español, por la costumbre desconfiada que llevaban en la conciencia desde que los españoles habían destruido todo el esplendor de su gran cultura.

Los hombres vestían a dos piezas, con camisas de manga larga y pantalones sin muchos adornos. La mayoría usaba sombrero. Los hombres en general eran respetuosos con sus vecinos.

Las mujeres vestían de una manera más vistosa. Usaban el tradicional traje de «panchas», una especie de falda muy larga y con mucho vuelo, que llegaba hasta los tobillos, de un gran colorido en el bordado del final de la falda, tejida hábilmente por ellas mismas en telares manuales, que aprendían a utilizar desde muy niñas. La blusa siempre tenía colores muy vivos y alegres.

Los pobladores llevaban en general una vida bastante tranquila y pacífica.

A María Xicotencatl le gustaba escaparse por horas para admirar El Chulo; le llamaba la atención que la cima del cerro fuera de poca y particular vegetación, la misma que contrastaba con la exuberancia del bosque que se encontraba a sus pies y que abrazaba el contorno del pueblito de Santa Cruz Panchimalco. Le gustaba también porque había abundancia de animales, como tepezcuintles, venados, ardillas, ocelotes y una gran variedad de bulliciosas aves. El significado de El Chulo en nahuat es “Lugar del desertor” o “Lugar del fugitivo”.  Cada nombre que los indígenas le habían dado a los lugares y a las cosas tenía una historia y un misterio que guardaban en la memoria colectiva.

La primera semana de octubre llovió tempestuosa y copiosamente. Era un temporal de los muchos que se habían sucedido durante toda la segunda mitad del siglo XVIII, en el territorio de lo que ahora es El Salvador. La gente decía que eran “diluvios” y en parte tenía razón, porque la lluvia no cesaba. Los truenos eran ensordecedores y se repetían en una casi interminable fila; los relámpagos que los precedían iluminaban todo el pequeño pueblo indígena. Los vientos huracanados eran de una velocidad y fuerza nunca antes vistas en esta zona. Para ser un área tropical, la temperatura había descendido notablemente y el frío carcomía las articulaciones. Al final de esa semana llovió más intensamente y los vientos y truenos aumentaron su poder, derribando en el pueblo un par de arbustos y algunos techos.

El ocho de octubre de aquel año muchos de los aldeanos corrieron a refugiarse en sus chozas de adobe para orar y pedir protección a sus dioses; ya no podían hacer los viejos sacrificios de sus antepasados para implorar piedad y protección; el hombre blanco les había impuesto un dios único, en el que algunos creían y otros no; pero todos trataban de mantener una apariencia que no chocara con la Corona Española.

Algunos otros pobladores buscaron albergue en la iglesia y se unieron al señor Cura para rezarle a Dios, con el fin de pedirle que los cuidara de estas acechanzas y de la furia de la naturaleza que se descargaba sobre ellos. De pronto, cuando dieron las ocho de la noche, bajo la penetrante e interminable tormenta, se escuchó un estruendo vociferante, lejano, y que a cada momento se hacía más y más fuerte, acercándose vorazmente hacia ellos. Entre el llanto de los niños, el rezo de las señoras y la confusión de lo desconocido no faltó quienes pensaron que era el fin del mundo.

El planeta Tierra, lleno de vida y de energía, en su natural evolución, estaba en el centro de los inevitables cambios que el tiempo da al universo.

El fuerte y ensordecedor sonido que los pobladores habían escuchado, provenía del cerro El Chulo, el cual había sufrido una fractura inmensa que lo había dividido en dos grandes peñascos. Un terrible deslave se originó ahí mismo y un mar de lodo, ramas, árboles, rocas y animales arrastrados descendía con furia desde la cúspide. La vorágine engulló una gran cantidad de casas, las cuales quedaron sepultadas junto con sus habitantes, bajo las infinitas toneladas de fango. Todo fue tan súbito que muy pocos, de los que estaban en su camino, se pudieron poner a salvo.

A María Xicotencatl le temblaba el cuerpo, quizás por una mezcla de frío y de miedo. Se encontraba en la iglesia, junto a una multitud atemorizada que estaba a punto de alcanzar el pánico.  Toda la noche pasó pendiente, sin cerrar un solo ojo.

Al amanecer, la lluvia fue cejando y la tragedia se vio descubierta por la luz del sol. La mayoría de casas habían sido destruidas y, la sencilla arquitectura del pueblito, sumergida en un caos. Había muertos por doquier. Los animales de crianza también fueron castigados por la madre natura. Los cadáveres de humanos y animales eran numerosos, y la mayoría estaban apilados en la confluencia de dos ríos que rodeaban al pueblo.

María Xicotencatl había sobrevivido, al igual que sus padres y sus hermanos; pero sentía una angustia por sus vecinos muertos. Asimismo sentía pesar por su querido cerro El Chulo, que de seguro no tenía la culpa de nada, que, en estas catástrofes y desdichas inesperadas, Dios era el que movía la naturaleza a su antojo. Así que, mientras unos buscaban los cadáveres de sus familiares y otros rogaban a sus dioses que los cuidara de todos los males, ella, cargando únicamente un pequeño tecomate lleno de agua, caminó sin vacilación alguna hacia el empinado sendero que se dirigía a la cima del cerro que ella tanto amaba y que al igual que sus semejantes también había sucumbido a los incomprensibles designios de la Madre Naturaleza. No le importó que la geografía natural se hubiera alterado considerablemente y que la tierra estuviera aún sin firmeza; María Xicotencatl tenía una brújula muy exacta en su sangre que la guiaba con facilidad por cualquier camino.

Quería mirar desde lo más cerca posible la herida que había sufrido el cerro. Todo estaba desolado. Los pájaros habían callado. No había caminado demasiado cuando escuchó en medio del silencio luctuoso una respiración dificultosa, tras los restos de unos árboles desprendidos. Pensó que alguno de sus vecinos que había andado cazando no había tenido tiempo de regresar y que probablemente había quedado atrapado en la tormenta. Se acercó entonces inmediatamente. Pero se detuvo bruscamente transformando sus facciones de incertidumbre a unas impregnadas de horror. Lo que habían visto sus ojos era algo atemorizante.

Instintivamente se alejó y corrió, pero su curiosidad fue más fuerte que su miedo y se detuvo. Y entonces volvió la mirada a lo que ya había visto.

¿Qué era aquello? Ella nunca había visto algo así antes. ¿Era acaso el mismísimo demonio que había venido a destruir todo lo que tenía vida? Eso no era un hombre, porque los hombres no tienen rostros como el que ella veía, ni mucho menos grandes alas en la espalda. Aunque parecía un humano de grandes dimensiones, pero también un animal herido.

María Xicotencatl se quedó un momento inmóvil mirando al extraño ser que yacía sobre un montón de lodo y con señales de haber sido golpeado en el pecho, quizás por una enorme roca. O quizás, pensó María Xicotencatl, si tenía alas y andaba volando, la tormenta lo podía haber hecho caer con violencia.

Mientras conjeturaba lo miró a los ojos y se dio cuenta de que el extraño ser parecía pedir ayuda con la mirada; se veía débil y respiraba con inquietud. María Xicotencatl pensó que el Altísimo, que había hecho el sol y la luna, a los hombres y a las mujeres, a los animales y a todo lo que se ve sobre la tierra, tiene sus designios y sus misterios, y esta extraña criatura no podía ser más que otra obra de Dios.

Así que se acercó lenta y cautelosamente. El ente la miró con ojos perdidos, como si estuviera a punto de morir. María Xicotencatl se apiadó de él y le acercó a los labios la boca del pequeño tecomate, de donde salió agua limpia y cristalina que el extraño ser bebió. Luego se quedó dormido.

María Xicotencatl regresó al pueblo, pero la voz interna de su conciencia le aconsejó no contar todavía nada a nadie.

Al atardecer regresó al lugar y el ser alado se veía aún muy débil. Ella se acercó y le ofreció beber atol shuco y le dio a comer unas tortillas con queso. Él aceptó silenciosamente; algo parecido a una sonrisa se asomó en su boca.

María Xicotencatl se alejó; pero regresó de la misma manera dos días más. Al tercer día el ser alado ya no estaba ahí.

La vida de Santa Cruz Panchimalco continuó lentamente con la reconstrucción de lo destruido y con el trabajo habitual de sus pobladores.

María Xicotencatl trató de continuar con su vida. Con su piedra de moler, deshacía los granos de maíz hasta convertirlos en aquella masa blanca moldeable, la cual en sus manos se volvía alimento, sólo tenía que darle forma esférica y palmearla y lanzarla al comal caliente; las aromáticas tortillas eran su vida y también la vida del pueblo. El maíz era el dios interiorizado en el corazón y en la mente de todos. El maíz era el alfa y el omega, la piedra angular de todo movimiento importante de la comunidad. La flor y las semillas del maíz recorrían la sangre y el alma de Santa Cruz Panchimalco.

María Xicotencatl llegó a pensar que el hombre alado había sido sólo un sueño y por las noches, acostada en su hamaca y antes de dormir, miraba hacia el cielo por una rendija del humilde rancho; buscaba las estrellas, pero también buscaba el sueño que volaba.

El pueblito se fue recuperando poco a poco. La gente fue tomando el ritmo básico de vida gradualmente.

Una tarde, tres años después de la tragedia de El Chulo, María Xicotencatl se  fue a buscar leña al bosque de las faldas del cerro. Iba distraída mirando una flor de cinco negritos que había cortado, cuando escuchó un ruido en las ramas de un árbol. Levantó la mirada y ahí estaba él. Se quedó paralizada con las manos frías. Lo había estado buscando tanto por las noches en el cielo, y ahora que se lo encontraba se congelaba de miedo.

-No tengás miedo –le dijo el ser alado, claramente en náhuat, y con una voz masculina y serena.

María Xicotencatl no le contestó ni le quitó la vista de encima. De alguna manera el tono de la voz del extraño la tranquilizó un poco, pero siempre sentía temor y desconfianza, especialmente porque los ojos del extraño parecían reflejar odio.

-Sólo vine a agradecerte por haberme ayudado.

Ella continuaba en silencio, sin embargo quería preguntarle quién era, qué era o cómo se llamaba, pero de su boca no podían salir las palabras ni sus dudas.

-Yo puedo escuchar tus palabras y tus dudas –dijo el ser alado-. Soy tu amigo. Mi nombre es Kérridat, el cual es en realidad sólo un nombre accesible a tu lenguaje.

Ella comprendió al instante que el ser alado leía su mente.

-Yo soy María Xicotencatl o… ya lo sabías, ¿verdad?

Kérridat asintió y sonrió.

-Estoy en deuda con vos y también con todos tus descendientes, María Xicotencatl.

-Pero si yo no tengo hijos –dijo la mujer.

-Pero los tendrás –le contestó suavemente Kérridat.

Luego se puso de pie en la gruesa rama del árbol.

-Muchas gracias –le dijo, mirándola fijamente a los ojos, hizo un gesto de despedida, desplegó sus grandes alas y emprendió vuelo. Volaba agitando las alas con rapidez; pero al alcanzar cierta altura, empezó a planear y a volar con la elegancia con la que vuelan las águilas o los buitres.

Ella se quedó mirándolo, con una lágrima de asombro y de alegría que rodaba en su mejilla. No quitó la vista del cielo hasta que Kérridat se desvaneció. Sí, ya volaba bien alto cuando de pronto desapareció. Así como así. María Xicotencatl se asombró, pero pensaba que la belleza de lo que ella había escuchado y contemplado era algo único, algo muy grande para no olvidar. Estaba confundida, pero muy conmovida. Se dio cuenta además de que lo que parecía odio en los ojos de Kérridat, no era realmente eso, sino más bien agudeza visual; entendió intuitivamente que esa expresión de los ojos de él reflejaba su voluntad de decisión, su valor y su entereza. Era la mirada de un halcón.

Un profundo escalofrío recorrió de arriba hacia abajo la delicada columna vertebral de María Xicotencatl, los vellos de la tersa piel de los brazos, los muslos y las piernas, se le erizaron. Sintió que toda la energía del jaguar y del universo se había mezclado en ese instante para meterse en su sangre y anidar inexplicablemente en su vientre y en su corazón, desde ese momento y para siempre.

***

María Xicotencatl continuaba ocultando su encuentro con Kérridat.

Puerta del Diablo

El cerro El Chulo, por su lado, seguía ahí, pero ahora estaba partido en dos y la muchacha pensaba a veces que las dos partes del cerro eran como dos amantes que se veían a los ojos. No odiaba a su cerro por lo que le había hecho a su pueblito. Lo seguía amando, porque su cerro había sido una víctima más de las empresas del destino.

Muchos años después, en el siglo XX, la falla orográfica del cerro El Chulo fue bautizada, por el poeta salvadoreño Raúl Contreras, como La Puerta del Diablo.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

***

Pintura por José Mejía Vides.

Fotografía del cerro El Chulo por Óscar Perdomo León.

SERES ALADOS (Capítulo II)

Collage seres alados

Los seres alados generalmente son aves, las cuales son vertebrados ovíparos (es decir, que se reproducen poniendo huevos), tienen respiración pulmonar, sangre caliente, plumas y la mayoría de ellas puede volar.

Sin embargo, no todos los seres alados son aves, dentro de estos hay un amplio espectro, algunos de ellos aún no conocidos por la ciencia; existe un sinfín de insectos desperdigados por todo el mundo, por ejemplo.

Asimismo está el murciélago, que es un mamífero que tiene alas y es capaz también, como todos sabemos, de volar.

Un animal que se presta a confusiones en esto de las combinaciones de la naturaleza es el ornitorrinco, que es un mamífero, ovíparo, que posee un pico similar al de un pato  –como si fuera un ave, pero sin alas-, anchas patas y que excava agujeros cerca del agua. Las mezclas de características que nos parecen a veces absurdas, en realidad tienen su legítimo propósito. Nada es casual. Todos los seres vivos tienen una función y un destino en el universo. Bueno, es que la naturaleza tiene sus generalidades y también sus excepciones.

En cuanto a las aves, es bueno decir que las plumas de sus alas son algo maravilloso. Pueden distinguirse varios tipos de plumas; están por ejemplo las plumas remeras primarias, que son las más distales y también las más largas; están las remeras secundarias que están más posteriores, pero también más cercanas al cuerpo del animal; y están las cobertoras inferiores, que son plumas más finas y pequeñas.

Un ala extendida de un pájaro grande como el águila real posee una increíble belleza. En un ave rapaz y diurna como ésta, puede llegar a medir hasta 90 cm. Un ave así tiene una musculatura fuerte y con las alas extendidas puede llegar a tener una increíble envergadura de aproximadamente de 2.5 m. En el vuelo son muy hábiles y ostentan una visión muy aguda, aptas para ver pequeños objetos a grandes distancias. Son muy rápidas también, pero con una elegancia casi sublime.

Sin embargo unas alas tan hermosas pueden no sólo causar admiración y placer, sino también temor, como la tarde en que Fátima María miró hacia el cielo.

¿Era un azacuán lo que vio Fátima María aquella tarde? Una niña de esa edad se asustaría con menos.

***

1970

Acurrucado sobre un techo de una casa vecina a la casa en donde vivía Fátima María, a unos 25 metros, se encontraba un hombre, si es que se le puede llamar así. Digamos mejor, un individuo con la piel muy pálida, con pies que parecen garras y manos largas y vigorosas. Lo que llamaba fuertemente la atención era su mirada: sus ojos eran grandes y estaban muy separados el uno del otro, ubicados casi lateralmente en el rostro y tenían una expresión como de enojo. Su boca era bastante grande y su nariz, por el contrario, pequeña.

La luna alumbraba suave, la oscuridad gobernaba el ambiente. El viento soplaba como queriendo acariciar. El silencio era casi total.  El individuo se mantenía casi inmóvil.

Había, a decir verdad, otra cosa fuera de serie que hubiese llamado mucho más la atención de cualquiera que hubiera visto al sujeto:  y era que de su espalda brotaban dos grandes alas emplumadas, con un color blanco, un blanco puro en ciertas partes y en otras un grisáceo tenue.

Este planeta Tierra, como lo conocemos, no alberga dentro de sí a un ser tan misterioso y extraño como éste.

En el Amazonas hay miles de insectos que aún no han sido descritos y clasificados por los científicos. ¿No podría este ser alado ser una especie de bestia de las profundidades de los bosques lluviosos, todavía desconocida, emigrando o viajando tras alimentos o aventuras?

¿Qué era este ser viviente? ¿Se alimentaba de vegetales? ¿O era acaso un depredador salvaje e implacable?

¿Qué estaba buscando en las tierras cuscatlecas?

Escrito por

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

DOÑA NARCISA y DON LAUREANO. 1970 (Capítulo I)

Collage María puede volar

Doña Narcisa de Martínez era una señorona de una edad indefinida entre ser vieja y tener aún la energía para poner patas arriba el mundo. Su rostro reflejaba una belleza que durante su juventud debió ser explosiva. Sus ojos verdes tenían todavía el vigor de la mocedad y su voz poseía la energía de la tormenta y la ternura del niño, cuando era necesario. La mayor virtud de doña Narcisa era su gran habilidad gastronómica. En una mañana podía cocinar la sopa de gallina más exquisita y empezar a preparar los ingredientes para los tamales de la cena y la flor de izote con huevo. Podía hacer las pupusas más deliciosas que se hayan podido cocinar en todo el territorio salvadoreño y acompañarlo con la tan sabrosa cochinita atiquizayense. Sin embargo su especialidad era el chilate, el atol de elote y el atol shuco. Pero la cubría un defecto bien evidente, y era el de quejarse de esto y de lo otro cuando estaba aburrida. Cuando las tardes se volvían calurosas era peor que una niña sin poder jugar en medio de una “reunión de adultos”, se volvía terca e impaciente y, desde que por cuestiones de salud cerró la tiendita que había puesto en su casa, se dedicaba a hablar hasta por los codos de todo y de todos. Y esa mañana de marzo se había despertado con todos los achaques del universo encima.

-Me duele el espinazo.

Lo dijo como si hablara sola; pero quería que su esposo, don Laureano Martínez, la escuchara.

-Mmmm… -balbuceó, don Laureano.

-Tengo un dolor en la rabadilla como si tuviera una estaca clavada.

Esta vez no hubo respuesta de parte don Laureano, un hombre de la tercera edad, fuerte y de pocas palabras. Se encontraba muy concentrado leyendo el periódico, porque eso sí era como una religión para él; don Laureano necesitaba leer y saber qué era lo último que había pasado en su país y en el mundo; se sabía de memoria las capitales de todos los países y el nombre de sus gobernantes desde antes que él naciera. Todos los acontecimientos que estallaban en el planeta los tenía dentro de su cabeza y cuando hallaba un oído dispuesto e interesado en el rumbo de la humanidad, don Laureano le descargaba una cantidad casi abrumadora de información. Sin embargo, su esposa Narcisa no era alguien que quisiera escuchar nada de eso.

-¡Laureano, de verdad, no me puedo enderezar! Me duele el carretón del lomo. Ha de haber sido porque ayer tuve que jalar agua yo sola desde el pozo hasta la cocina, porque vos, Laureano Martínez, no se te dio la gana de hacerlo, ¡todo por estar ahí en la hamaca leyendo todas esas babosadas del diario que no sirven para nada!

Don Laureano se dignó a mirar sobre sus lentes de presbicia. Tomando fuerzas y aspirando hondo Laureano le respondió con ironía:

-Yo siento que ando chimbolos en la barriga, se me duermen las manos, me chagüitean los ojos y no me quejo por nada de eso, Narcisa.

-¡Sos un insensible, Laureano! Ya le dije a la Toña que me porracee el lomo y no se me quita el dolor. Y a vos no te importa que me muera y que me coman todos los gusanos de El Salvador. Ahí te quiero ver llorando cuando no tengás quien te caliente el café.

-Sí me importa, mujer, pero dejá que termine de leer el diario, por favor. Estate callada y en juicio por un rato nada más.

Doña Narcisa se levantó de la mecedora con un gesto de enojo y salió, ante la indiferencia de don Laureano, hacia el gran patio de la casa de campo en la que vivían ellos, que tenía la ventaja de la amplitud y del aire fresco que entraba.

A lo lejos doña Narcisa alcanzó a ver a la niña de sus ojos, la pequeña Fátima María Salazar, embelesada jugando con un triciclo rojo que manejaba a la perfección, no importando si el terreno en que andaba fuera pedregoso, empinado o liso. La chiquilla de 6 años que aquella y don Laureano cuidaban como si fuera sangre de su sangre, era el amor de los dos viejos. Aunque quizá la alcahueteaban un poco, cosa que nunca hicieron con sus propios hijos. En realidad Fátima María, era la hija del patrón. Pero los dos viejos la querían mucho, la veían como a una hija porque desde que era un bebé, ellos la habían cuidado con esmero. Al principio había en ese amor una especie de lástima y de reclamo.

-¿Cómo es posible que una madre abandone a su propia hija, Laureano?

-¡Irene no abandonó a su hija, mujer! No tergiversés las cosas. Recordá bien que ella se tuvo que ir a trabajar a Guatemala por pura necesidad, no por gusto y gana.

-Esa muchacha bien pudo trabajar aquí. Una mujer se las puede arreglar en cualquier lugar sin abandonar a sus hijos. Mirá a la Lupe, ha criado a sus hijos a puro lavado y planchado ajeno. Además, el señor Antonio, le podía dar todo lo que necesitara, sólo tenía que haber cumplido con las tareas de esposa y ya. Pero no, desde chiquita siempre fue inquieta, ¡chiribisca!, ¡ajuate! Quizás por eso, de acordarme de tanta ingratitud, todas las mañanas me da un piquete en las chiches, se me engrifan las manos y siento tetelque la lengua… Eso que hizo Irene, no tiene perdón de Dios. Fijate bien lo que te digo, Laureano.

Y luego con un aire nostálgico doña Narcisa agregó:

-Aunque era bien chula la jodida. ¡Lástima!

-¡Púchica! Hablás de ella como si ya se hubiera muerto  –dijo con indignación don Laureano.

-¡Para mí es como si estuviera muerta!

-Pero bien que te echás a la bolsa los quetzales que manda todos los meses. Ahí si no está muerta, ¿verdad?

-¡Esos quetzales no son para mí, sino que para la niña Fátima!

Don Laureano sólo respondió con un gesto de duda y resignación: levantó las cejas y arrugó la boca. Y luego sumergió la mirada en los periódicos.

***

Sí y no. En realidad, lo que decía doña Narcisa era cierto. Antonio Salazar, el padre de Fátima María, tenía suficiente dinero para mantener a su familia con todas las comodidades imaginables. Era dueño de muchas tierras y de numerosos negocios, especialmente de varias e inmensas fincas de café. Y sembrar café, en aquellos días, era casi como plantar oro.

Pero lo que decía don Laureano era cierto también. La madre de Fátima, Irene Pérez, era una mujer de cuna pobre, de bello rostro y de cuerpo exuberante, aún después de la maternidad. Se había ido a Guatemala a vivir con unos parientes y a buscar trabajo; pero principalmente se había ido para alejarse de su esposo Antonio. Aunque nadie sabía los pormenores de esa separación, sí se sospechaba que había habido abuso y maltrato de parte de Antonio hacia Irene.

Sin embargo ya en el pueblo se había corrido la voz de que Antonio la golpeaba, porque un día alguien la vio comprando en una farmacia con un gran morete en la mejilla derecha y algunas vecinas cuentan que la vieron con marcas de correazos en los brazos y las piernas, esto sin mencionar la rara caída que tuvo del caballo por la que terminó con el brazo enyesado por seis semanas, debido a la fractura que se le hizo. Sin embargo, Irene jamás se quejó con nadie. Por el contrario, siempre se le veía feliz. Su radiante sonrisa, que daba gusto ver, se la había heredado a su hija Fátima María. Conoció a Antonio por pura casualidad en la casa de don Laureano y doña Narcisa un día que ella los había llegado a visitar, hacía aproximadamente siete u ocho años atrás.

Al huir Irene hacia Guatemala, Antonio, que confiaba mucho en doña Narcisa y don Laureano, decidió encargarles a ellos el cuido de la pequeña Fátima María, ya que él, como hombre de negocios, tenía muchísimas ocupaciones y creía con vehemencia que el cuidar y educar a los hijos era cosa de mujeres o de abuelos. Además andaba de amores con una mujer muy adinerada y eso le absorbía también su tiempo, y tener la responsabilidad de una niña de seis años en ese momento, según creía él, era inapropiado para sus planes.

***

El cantón donde vivían doña Narcisa y don Laureano no estaba muy lejos de la ciudad y de la jurisdicción a la que pertenecía, de tal manera que en un par de minutos tenían acceso a las tiendas, al mercado y al parque, centro de reunión en días de plaza. La casa donde vivían, y que pertenecía a Antonio Salazar, era grande, bien amueblada y con muchas entradas de luz. Estaba rodeada por unos corredores amplios, en donde ponían unas cuantas hamacas, y parcialmente por grandes árboles de cedro y de mango. Y las flores, con olores y vanidosas, crecían silvestres en los alrededores.

Se podría decir que doña Narcisa y don Laureano llevaban relativamente una vida tranquila y sin penas económicas. Recibían cada mes una buena suma de dinero por parte de Antonio Salazar por el cuido de su hija Fátima María, así como también captaban los billetes que Irene mandaba para su hija, aunque una parte de ese dinero lo guardaban en una cuenta de banco a nombre de la pequeña Fátima María; también acogían las remesas en dólares de parte de uno de sus hijos que vivía en los Estados Unidos desde hacía un par de años, cosa no tan frecuente en aquellos días en El Salvador, donde migrar al país del norte no era la rutina que llegó a ser después. Y como don Laureano y doña Narcisa llevaban ambos una vida sencilla y sin lujos -porque así era su manera de vivir, sin desear lo innecesario y sin anhelar lo que otros tienen-, guardaban siempre lo que sobraba del día y ahorraban su dinero.

***

Un día de agosto, como todos los días, Doña Narcisa se dirigió a la cocina. Mientras tanto Fátima María corría y corría en el patio de la casa. En un momento inesperado, la niña se detuvo repentinamente al ver sobre el suelo una sombra inmensa de algo que volaba muy bajo; pudo ver que la oscura sombra móvil sobre el suelo eran dos alas extendidas; claramente podían verse las grandes plumas, de lo que le parecía un animal que planeaba, pero que aleteaba de vez en cuando lentamente, para levantar vuelo y estabilizarse. Instintivamente Fátima María levantó la vista al cielo y lo vio. Un grito estremecedor salió de su garganta. Corrió nuevamente, pero esta vez hacia el interior del amplio corredor, ahí tropezó con uno de sus juguetes y cayó al suelo, causándose una herida en la barbilla.

Doña Narcisa ya se había acercado, alertada por el grito de la niña y la alcanzó a ver caer. El llanto de la niña y la sangre que brotaba llamó inmediatamente la atención de don Laureano, quien prontamente llegó y tomó a Fátima María en sus brazos y corrió hacia su vehículo, al que conocían como el “Ajado”, un viejo camión rojo con la pintura descascarándose, al que le funcionaba sólo un foco delantero y una vía trasera. Los dos viejos se subieron inmediatamente al “Ajado” y llevaron a Fátima María a un hospital. La herida no era grande, así que la sutura fue pequeña y la recuperación rápida. A doña Narcisa, en su aflicción, se le curaron momentáneamente todos sus achaques, y a don Laureano se le olvidaron las noticias del mundo y casi se le sale el corazón por la boca.

A Fátima María la experiencia le quedó grabada en la memoria.

Texto y collage:

Érika Valnencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

ISABEL y ROBERTO

Mujer frente al espejo Konstantin Razumov

-Ya no creo más en Dios.

-¿El qué? –preguntó Roberto, intrigado, con esa esa expresión y ese tono tan salvadoreños.

Isabel y Roberto estaban acostados el uno junto al otro. La habitación tenía un ambiente íntimo.

-Me pasó algo fascinante –continuó Isabel- en un día inolvidable, en un día cargado de amor y de sana locura. Me la he pasado pensando tanto. Me siento como liberada, como un ratón que logra escapar de la trampa y al salir de ella se da cuenta que en su corazón hay un león salvaje, un majestuoso delfín o un sagaz halcón.

Isabel, parecía estar en místico trance o como perdida en el tiempo y el espacio, y a su vez, su discurso era extrañamente lúcido. Roberto guardaba silencio, mientras la observaba bajo la luz de la luna, deslumbrado por su belleza. (Como telón de fondo sonaba suavemente «Réquiem», de Branford Marsalis: la percusión casi oculta, el bajo adecuado, el bellísimo solo de piano y el saxofón tenor se entremezclaban con las palabras de Isabel). Con los ojos brillando, hizo una breve pausa mientras acariciaba la mano de Roberto y continuó.

-Me he pasado, la mañana y la tarde pensando, durante varias semanas o quizás meses o tal vez años  –continuó Isabel, esta vez casi en un susurro- y ya no creo más en Dios.

Nunca nadie sabe cuándo empiezan en el subconsciente a removerse piezas que creíamos rígidas y fijas, piedras o estelas, rocas duras y ásperas; nunca nadie sabe cuándo un volcán despertará en lo más profundo de nuestros corazones.

Sus ojos miraban con ternura y tranquilidad a Roberto.

-¿Ya no creés más en Dios? ¿Te molestan las religiones?

La luna seguía alumbrando. El contorno de la piel deseable y plateada de Isabel, bajo la incesante luz que irrumpía a través de la ventana, le hacía guiños y sonrisas a Roberto. El sudor de su piel, originado al hacer el amor, se secaba lentamente con la brisa fresca que penetraba a la casa.  Ella se levantó de la cama. Le respondió a Roberto con un tono fraterno y con palabras íntimas, mientras se retocaba los labios y se miraba a sí misma frente al espejo

-Bueno, no quiero que me malinterpretés, no soy enemiga de las iglesias o de las religiones; mi ateísmo es diferente al de nuestra amiga Marisela. Por ejemplo yo admiré y sigo admirando mucho a algunas grandes personas creyentes, como Mahatma Gandhi o monseñor Óscar Arnulfo Romero. Pero lo que te quiero decir es que Dios sólo existe en la mente humana. Dios es voluntad, inspiración, fuerza de espíritu.  Es decir, yo he logrado abandonar la idea de que Dios existe, tal y como comúnmente se conoce o se cree conocer –un ser sobrenatural, omnipotente, omnipresente, etc.-. Lo que tuve fue algo así como un viaje oblicuo, una mirada de lado y hacia arriba, un espacio que se abrió, una luz nunca vista, en plena madrugada, un espacio abierto que daba alegría y asombro al saber que existía un camino brillante en el que el temor desaparecía; todo adentro de mi cabeza, pero todo en relación con el medio ambiente exterior. La cortina que ocultaba lo prohibido cayó arrugada; levanté la cortina y vi que aunque ya no podría ocultar más lo que solía esconder, era una bella cortina, llena de pasado y riqueza espiritual, era una tela de colores que muchos todavía quieren seguir teniendo y mirando y eso está bien si es eso lo que ellos desean. Yo por mi parte ya no tengo miedo de morir aunque no quiero morir; pero comprendo lo natural del proceso. Las plantas y los animales, los humanos, el sol y las otras estrellas, cada uno vive la vida que le toca y de la forma que quiere, cada quien vive el tiempo corto o largo según la especie y el género. Como dijo un gran escritor: “El chantaje del cielo ya no me conmueve”. Los seres humanos nacen, lloran y respiran, húmedos, tras su traumática salida a través del canal del parto, llenos de líquido amniótico y de sangre, buscando el aire desesperadamente; luego crecen, juegan y aprenden, piensan e inventan dispositivos, crean música, escriben libros y se embriagan con todas las demás artes, que como dijo Roque Dalton: “oh momento mágico, oh poesía de hoy, contigo es posible decirlo todo” y Shakespeare expresó: “el corazón del hombre es como un pequeño reino presa de la insurrección” y Pablo Picasso emitió con fuerza su palabra diciendo: “el arte es una mentira que nos acerca a la verdad”. Y enfrentados a la verdad de la vida los seres humanos trabajan y comen, comen y trabajan, trabajan, comen y duermen, tienen sueños y pesadillas, despiertan, trabajan y comen y luego nuevamente a trabajar, a soñar y a pensar. Muchos buscan afanosamente divertirse de las más variadas formas, en los sitios más concurridos o en las abandonadas tardes de una esquina cualquiera o buscan sólo perder el tiempo plácida o dolorosamente, disfrutan su gozo, disfrutan su pena; muchos otros se aburren inevitablemente por falta de imaginación y entre todos los seres vivos primitivos o complejos, los seres humanos son al mismo tiempo valientes y admirables, viles y cobardes, realizan las hazañas más increíbles como ir a la luna, derrotar de una pedrada a Goliat o sacar a los ingleses de la India a través de la resistencia pacífica, y así también los seres humanos ensucian su conciencia y la belleza ejecutando los más inconcebibles atropellos, como llevar a la hoguera a Juana de Arco (y a otros miles de hombres y mujeres), como exterminar a ciento cincuenta millones de negros durante la esclavitud en Estados Unidos o asesinar sistemáticamente en la década de los  ochenta en El Salvador a quien no pensara igual que uno. Y entre la grandeza y lo diminuto, entre la hipocresía y la sinceridad, los seres humanos continúan con su rutina y se continúan endrogando con todo tipo de sustancias materiales o espirituales y casi-casi también como los animales buscan su alimento y buscan sus parejas; los machos humanos son atraídos por las feromonas (y por otras delicias sexuales) hacia las hembras y éstas se ven fascinadas por el poder y el dinero o por las dulces palabras y los actos amables de los machos y luego, unos y otros, hombres y mujeres, copulan por placer o por amor. Comen, copulan y trabajan, se reproducen a mares una y otra vez y una y otra vez copulan y trabajan y vuelven a trabajar, hasta que el tiempo de la carne llega al punto de la flacidez y la soledad, al turno del olvido, la memoria y la nostalgia, a la estación del llanto y del dolor… y cuando la carga crece como una montaña en sus corazones humanos, la muerte aparece como un rico manjar ensordecedor e implacable, incolora y sin sabor, la esperada muerte que alivia todas las penas y dolores y arrebata así también toda la alegría y la felicidad del recuerdo; es el morir tan necesario como el nacer; morir es transformarse, es ser alimento de otros, es renacer, totalmente inconsciente, en mínimos fragmentos, en la sangre y en las células de otros…

Texto:

Óscar Perdomo León

Pintura hecha por Konstantin Razumov.

CATALINA y SALVADOR

Jorge Frasca, pintor argentino

*

I

En la entrada de la casa del casco de la hacienda, Catalina, de 19 años de edad, miraba el paisaje maravillada por las variadas tonalidades de verde y azul con que se pavoneaban las montañas, según la distancia y la luz que las cobijara.

-Aquí está el caballo, niña –le dijo el viejo mandador de la hacienda.

-Gracias, Eustaquio.

-Le traje a Colorín porque es el más tranquilo y es el que más le gusta a usted, ¿verdad?

-Sí, este animal es mi favorito.

Y casi terminando de decir la frase, Catalina, bella y atrayente, se fue trotando, como en final de película, sobre el equino hacia el horizonte.

-No se vaya muy lejos, niña, que con todo lo que ha pasado con esto de los comunistas, está bien peligroso.

Catalina ya no lo alcanzó a escuchar. Su mente se perdía entre el viento fresco de una mañana de mayo de 1932. Su destino era Santa Ana. Tenía ganas de cabalgar un rato por la ciudad.

Cuando llegó por fin, trotó por sus calles abiertas. El clima era fresco y Catalina se sentía de muy buen ánimo. De pronto, en una esquina, un hombre que caminaba distraído se interpuso en su camino. Ella logró detener su corcel, pero éste se asustó y paró en dos patas y Catalina perdió el equilibrio y resbaló hasta caer al suelo empedrado. El hombre al percatarse de lo sucedido, corrió inmediatamente para auxiliarla. Al acercarse notó que ella estaba inconsciente. Se acurrucó junto a ella y puso la mano izquierda bajo su cabeza, como a manera de almohada. El hombre pudo ver entonces la belleza de la juventud que rebosaba en el rostro de ella.

A los pocos segundos Catalina abrió los ojos. Le dolía un poco la cabeza. Primero vio nublado, pero después la vista se le aclaró y miró frente a ella a un hombre de piel muy blanca y ojos  verdes. La miraba con unos ojos intensos, escrutadores pero serenos. Parecía uno de esos gringos que de vez en cuando caminan como turistas por nuestras calles.

-Lamento mucho lo que pasó, señorita. Fue mi culpa.

-¿Quién es usted? –le preguntó Catalina, intrigada, con la voz casi en un susurro.

-Mi nombre es Salvador Salazar Arrué.

Miguel Ángel Avataneo, pintor argentino**

II

-Yo no sabía que ese joven tan apuesto, al que casi atropello, era el que sería más tarde uno de nuestros más grandes escritores –dijo doña Catalina.

-¡Ay, señora, qué romántico! –dijo Amelia-. ¿Y qué pasó después?

-Bueno, él era un hombre muy educado y su conversación era muy agradable. Te hablaba de cosas cotidianas, como para romper el hielo, y de pronto lo escuchabas diciendo palabras profundas, meditadas, y siempre con un sentido hacia el amor. Era un artista, en el sentido más grande que se le pueda dar a esa palabra.

-¿Y esa vez en Santa Ana fue la única vez que usted lo vio?

La mirada de doña Catalina brillaba al recordar. Extrañaba su patria. Quería volver a El Salvador. Afuera la tarde era un poco fría y las hojas de los árboles ya estaba cayendo y desnudando a los primeros árboles; pero adentro, en la sala con buena calefacción, un ambiente agradable rodeaba las dos mujeres que, sentadas en unos sillones suaves, conversaban, no como jefa y empleada, sino como dos buenas amigas.

-No, Amelia, después de eso él y yo nos vimos muchas veces. Recuerdo otra ocasión en que platicamos en la plaza Gerardo Barrios, en San Salvador. Fue casi un año después de conocernos. Él era tan alto, bello, con esos ojos expresivos y sus manos tan blancas…

 ***

-Es usted un hombre interesante, señor Salvador Salzarar Arrué. ¿Es usted el mismo del pseudónimo Salarrué que tantos comentarios ha causado por el artículo que escribió?

-¿Artículo?

-Sí, me refiero a «Mi respuesta a los patriotas». Se ha vuelto usted muy famoso, señor –le dijo Catalina.

-No, no creo que yo sea famoso –respondió Salarrué.

-No sea modesto. Leí también lo que escribió en el periódico Patria, sobre el dirigente comunista Farabundo Martí, y mucha gente en el país lo leyó también. Me gustó el juego de palabras…

-¿Juego de palabras?

-Sí, lo de Faramundo, por Farabundo.

Salarrué sólo sonrió como respuesta.

-Fue muy valiente de su parte escribir algo así, después de la derrota sufrida por esa gente, y después del fusilamiento de Farabundo. ¿Es usted comunista?

-No, claro que no. Ni por cerca soy comunista. Pero eso no me impide ver la masacre de miles de compatriotas y el fusilamiento de un hombre que sólo buscaba justicia.

-¿Y en qué cree usted, Salvador?

-Creo en muchas cosas, Catalina. Creo que mirar hacia nuestro pasado y, más atrás aún, hacia nuestros antepasados, nos permite recuperar una fortaleza que teníamos desde antes pero que no habíamos podido sentir, una fortaleza edificada con los logros y los fracasos de aquellos que estuvieron vivos en esta tierra.

-¡Habla de esos muertos como si hubieran fallecido hace más de cien años!

-No importa si fue ayer o hace cien años. El pasado es el pasado, y muy pronto usted y yo, con el tiempo, también seremos parte del pasado…

 ***

-Para entonces, sólo había publicado un par de libros.

-Ay, señora –le dijo Amelia-, yo lo he leído un libro de él como cincos veces y no me aburro.

-Bien recuerdo la primera vez –continuó diciendo doña Catalina- que tuve en mis manos un ejemplar de uno de sus libros…

 ***

Estaba sentada en una banca del parque, leyendo un libro que desde que lo empezó, le pareció interesante: «El libro del trópico». El viento fresco de octubre de 1934 traía los frutos más amorosos de la literatura. Catalina, concentrada en la lectura, rebosando de juventud y buen ánimo, sentía la brisa fresca en el rostro. De pronto alcanzó a mirar en el suelo una sombra que se acercaba a ella. Levantó el rostro y se encontró con una sonrisa amable.

-¡Hola!  No esperaba verle. Qué sorpresa más agradable.

-Me halagan sus palabras, Catalina.

-¿Cómo supo que estaría yo aquí?

-No lo sabía, al menos conscientemente –le contestó Salarrué-. Pero algo inexplicable me trajo hasta aquí. En el inconsciente a veces somos más sabios y es conveniente dejarnos guiar por él de vez en cuando. Y fue lo que yo hice hoy.

-¡Pues aplaudamos y demos un aleluya al inconsciente! –replicó emocionada Catalina.

-Sé que a usted le gusta leer, así que le quiero regalar este librito mío recién publicado –y se lo entregó a Catalina. Pero ella se lo devolvió en el acto.

-No me lo va a dar así nada más. El obsequio tiene que ser completo –dijo Catalina, con una dulce sonrisa-. ¿No me lo va a autografiar?

Salarrué sonrió y se sentó en la banca, junto a ella. Escribió entonces en la primera página: «Para mi querida amiga Catalina, con el sincero destello nacido en este terruño de sencillo légamo, ceniza y corazón.»  Luego, con una mirada verde y diáfana, le entregó nuevamente el libro a Catalina. Ella sonrió al leer en silencio la dedicatoria. Y después, en voz alta, leyó con emoción el título del libro:

-¡Cuentos de barro!

Escrito por:

Óscar Perdomo León

* Pintura de Jorge Frasca, argentino.

** Pintura de Miguel Ángel Avataneo, argentino.

LAS ASTILLAS DE CORTÉS BLANCO

«¿Quién dice que no existe la felicidad?  Yo soy feliz sólo con dos cosas facilísimas: pensar en la mujer que amo y leer  El Conde de Montecristo
David Escobar Galindo.

La disciplina es un festín sobre la mesa al que todos estamos invitados, pero sólo unos pocos  acuden. Y ese es el caso de las «Astillas de Cortés Blanco», escritas con admirable disciplina, desde el 8 de abril de 1981, por el polifacético escritor David Escobar Galindo, quien dice: «…y me precio, desde entonces, de no haber fallado ni un solo día, sea de lluvia  de sol, de ocupación o de asueto, de entusiasmo o de desgano.»

Pues bien, he vuelto a releer el volumen 4 (publicado en el 2004) de las «Astillas de Cortés Blanco», que contiene «las astillas» publicadas por un importante periódico local en tres años consecutivos (1984-1986), y he vuelto a saborear los pensamientos profundos concentrados en la brevedad, volando hacia las alturas sin perder el contacto con la tierra; algunos con humor, otros con ironía, muchos llenos de poesía, todos agudos, interesantes.

Compartiré con ustedes algunas «astillas».

Óscar Perdomo León

¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨

1984

La política es un mal necesario mientras la ética siga siendo un bien innecesario.

***

Candidato: personaje que puede tener todos los defectos, menos el de ser afónico.

***

La memoria, como todo instrumento musical, necesita práctica cotidiana.

***

Lo aciago es morder una fruta y sentir que uno es el gusano.

***

El libro favorito de los anestesistas: La vida es sueño.

***

La juventud no desaparece: se fermenta.

***

El peor caballo de Troya no es el que está lleno de griegos sino el que está lleno de troyanos.

***

Todo gobernante acaba por retirarse a la vida privada… sin privaciones, claro.

***

El problema es que los políticos creen que el refrán se lle así: «A grandes males, grandes remiendos».

***

Estamos alcanzando la perfección de la paradoja: el humano deshumanizado.

¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨

1985

Queremos la paz, es cierto; pero primero necesitamos la cortesía.

***

Nubecilla matinal: nido deshecho de la estrella.

***

Ën el cine, al contrario del Génesis, la luz se hace cuando ya todo ha concluido.

***

Arroyuelo: primera cana del paisaje.

***

Te abres una vena del cuerpo, y en unos minutos te has vaciado. Te abres una vena de la memoria, y no te vacías ni en un siglo.

***

Entre un crítico literario y un médico forense la única diferencia es el tipo de autopsia.

***

Aristóteles fue discípulo de Platón; Platón fue discípulo de Sócrates; Sócrates fue discípulo de sí mismo…

***

Los que sueñan con ser originales padecen el sueño más común.

***

La filosofía es el sueño de la dialéctica. La poesía es la dialéctica del sueño.

***

Cuando el tren arranca, se inicia la danza sensual de los pañuelos.

¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨

1986

El viaje del Arca de Noé fue el primer Crucero del Amor.

***

No es cierto que Adán y Eva fuesen expulsados del Paraíso. Ellos se fueron, en calidad de «mojados».

***

La Nada es el aburrimiento de Dios.

***

Sueño, luego existo; despierto, luego soy.

***

Nadie está contento: los ángeles sueñan con tener sexo; los hombres, con tener alas.

***

El caracol tiene adentro un mar de juguete.

***
El telescopio tiene tortícolis.

***

Los chinos, como es natural, escriben con palillos.

***

La que se casa con un ventrílocuo debe estar preparada para el «menage à trois».

***

Pasó su luna de miel -aquel tímido- temiendo que lo atacaran las abejas.

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Artículo relacionado: ASTILLAS de Cortés Blanco, de David Escobar Galindo. | LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR

SEMOS MALOS. Un cuento de Salarrué, en la voz de Leo Argüello

Salarrué

Salarrué

CUENTOS DE BARRO es uno de los más famosos libros del escritor salvadoreño Salarrué (Salvador Salazar Arrué, 1899-1975). «Semos malos» es el tercer cuento de esta colección y es la historia de dos salvadoreños (un hombre y su hijo) viajando con un fonógrafo hacia Honduras, a principios del siglo XX. En el transcurso del viaje se puede ver el paisaje, la ternura del padre, el ambiente solitario. La travesía es peligrosa. Lo que sucede al final es sórdido y nos recuerda que la violencia en Centroamérica es una daga vieja y venenosa. 

Leo Argüello, salvadoreño también, ha hecho una admirable producción auditiva de este cuento de nuestro querido escritor, y para quienes lo quieran escuchar, les dejo aquí el enlace.

Óscar Perdomo León

***

SEMOS MALOS

Cuento de «Cuentos de barro,» 1933, del autor salvadoreño Salarrué.
Adaptación, producción y voz: Leo Argüello.

SEMOS MALOS, Un cuento de Salarrué, en la voz de Leo Argüello

leo-arguello

 

Leo Argüello

https://soundcloud.com/lear-arg-ello/semos-malos-cuento-de-salarrue

RICARDO LINDO EN LA VOZ DE LEO ARGÜELLO

Tengo bien metido en la cabeza que la literatura se ha hecho para ser leída en solitario y, sin embargo, cuando alguien tiene la habilidad de leer en público y cautivar con su buena dicción y un tono de voz agradable, me doy cuenta que en esto del arte de las letras no hay reglas rígidas.

Eso me pasó al escuchar leer a Leo Argüello «La ciudad y un fósforo», un cuento muy poético escrito por el salvadoreño Ricardo Lindo, extraído de su primer libro (1968) XXX (Equis, equis, equis).

LA CIUDAD Y UN FÓSFORO

Pueden escuchar, también de Ricardo Lindo, «Por aquí pasan las estrofas del aire», siguiendo este enlace: https://soundcloud.com/leo-arg-ello-1/por-aqu-pasan-las-estofas-del

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

Artículo relacionado: RICARDO LINDO: “VARIAS VECES MORIMOS EN LA VIDA”. | LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR

ESTA MUECA CIRCULAR Y SOLA. Antología poética de Rafael Góchez Sosa

Tengo un amigo que me ha confesado que no lee poesía porque dice que muchos poetas sólo escriben cosas abstractas y él no entiende de qué están hablando. Yo, como no soy crítico literario, solamente tengo como arma en este campo de la literatura, las pocas lecturas que he hecho durante mi vida. Así que lo que hice fue prestarle la antología poética de Rafael Góchez Sosa (1927-1986), «Esta mueca circular y sola», publicada por la Dirección de Publicaciones e Impresos en 1997. Y lo hice porque el poeta Góchez Sosa, junto a la belleza de su lenguaje poético, siempre aterriza en la realidad con temas profundos que tratan de la existencia, la alegría y el dolor, el amor y la soledad, o con temas de la contidianidad simple de nuestros días que, con su óptica, les podemos ver el lado humano.

Para mi sorpresa, mi amigo quedó encantado con el libro. Aunque siempre sigue prefiriendo leer prosa, me dijo que a partir de este libro, ya mira la poesía con otros ojos.

Por eso este día quiero compartir con ustedes tres poemas extraídos de esta antología.

(Disculpen el uso inadecuado que hago aquí de los asteríscos para separar las estrofas, pero tengo problemas en el blog para dar espacios.)

Óscar Perdomo León

::::

MARINA ESPUMA

La espuma es la palabra de los mares

expresando con sal toda ternura;

es el milagro de la suave anchura

en diluida campana de azahares.

*

Se deja aprisionar, luego se fuga.

Retorna al viejo de la noche eterna;

tal vez para volver más blanca y tierna

con la luna del viento que madruga.

*

La espuma tiene voz, tiene sonido.

Con sexual placidez llega a la arena

cantando el navegar de un primer beso.

*

Nos habla de viajeros, del herido

pescador, de misterios, de la pena,

de dichas. Y del viaje sin regreso.

*

ELEGÍA GATUNA

Murió mi gato.

Murió cuando las voces del crepúsculo

traspasaban los últimos

vidrios

de la tarde. Murió con luces

del primer lucero

que nunca supo comprender su origen,

su amistad con la luna y los tejados,

sus profundos ojos vencedores

del sol y oscuridades.

*

¡Cómo extraño sus brincos, su piel,

su ronroneo!

*

A veces,

triste yo junto a laas horas

vacías, se acercaba y con su lomo de neblina

o brisa borraba mi cansancio, mis instantes

de humo negro, mis crueles

soledades

de hombre débil.

*

¡Y qué gato!

Muchas hembraas lo buscaron

para saber de su felina gracia, de su tacto

pequeño y lisonjero,

del viento entrelazado en su pelamen.

¡Y qué gato!

Miraba una luciérnaga con atención

extraña, y volvía

a mí hasta perder de vista

la lucecilla vaga y misionera.

*

Cómo anhelo

su figura inmólvil en el viejo sofa

que era su amigo.

*

Ayer, acostumbrado a su presencia entera,

lo vi jugando con su larga cola. Y quise

acariciarlo, palparlo.

¡Qué tristeza tocar sólo una sombra!

*

En el jardín de la casa

está enterrado. Hoy las flores

se dan mucho más suaves.

Por

las noches

luciérnagas errantes, llegan a platicar

con su silencio…

*

LA CARTA

No. No quiero abrir

esta carta.

¿Para qué si estoy cansado

de siempre recibir

el mismo

hueco?

Mensajes de cumpleaños. Noticias

del amigo que ascendieron

de empleo. Cobros.

Catálogos. Necrológicas.

¿Para qué?

*

Sin embargo la abriré. Pueda

ser

que esta vez

venga un poema.

*

LA MANO DE FÁTIMA. Una novela de Ildefonso Falcones

Un buen escritor crea interés de lectura desde las primeras tres o cuatro líneas de su libro. Pero un gran escritor hace que uno lo siga por 955 páginas, el número de páginas de «La mano de Fátima» de Ildefonso Falcones, las cuales leí con mucha comodidad. La trama de la novela, aunque ficticia, en su médula está basada en la verdadera historia de la expulsión de los musulmanes de España entre los años 1599 y 1614; se podría decir entonces que es una novela histórica.

El protagonista principal es Hermando, un joven nacido de la violación consumada por un cura católico en una mujer morisca, de nombre Aisha.

Es una historia de xenofobia, de lucha de poder y de intolerancia religiosa. Pero también es una historia de amor de un joven morisco, que vive entre dos culturas y dos religiones enemigas. ¿Él es católico o es musulmán? Tiene que aparentar ser cristiano, aunque en su corazón reina el lado musulmán. Pero él soñaba que ambas religiones alcanzaran la tolerancia entre sí a través del culto hacia la virgen María, admirada y respetada por musulmanes y católicos.

Tres mujeres embelesan a Hernando: Fátima, Rafaela e Isabel. Dos religiones lo abrazan.  Y el fanatismo es una constante que persigue el corazón de los hombres y mujeres de la España de aquellos días.

Esta obra literaria está narrada de una  manera magistral, así, los actos de bondad y de amor o los de odio y de cruenta violencia, se muestran con imágenes coloridas, vívidas, intensas.

Una cosa que me queda muy clara a mí después de leer esta novela es que los cristianos y los musulmanes se asesinaban unos a otros por razones políticas y de poder, pero también lo hacían por sus fuertes (y fanáticas) creencias religiosas, lo cual, si uno lo piensa bien, es algo muy triste para el mundo, es algo que verdaderamente denigra al ser humano, un ente inteligente que bien podría optar por el amor y la tolerancia, en lugar de la violencia.

La mano de Fátima es un libro totalmente recomendable. Quien lo lea se introducirá en una época y en un mundo muy lejanos y diferentes de nuestro siglo XXI, y sin embargo las virtudes y defectos de los personajes harán que las similitudes con nuestra actualidad sean innegables.

Texto:

Óscar Perdomo León

Nota: Gracias a mi amigo Jonathan Cruz Salmerón por darme a conocer este grandioso libro.

EL VARÓN DOMADO. Un libro de Esther Vilar

 

 

He leído con mucho placer «El varón domado», escrito (originalmente en alemán) en 1971 por Esther Vilar (Buenos Aires, 1935), escritora argentino-alemana que estudió Medicina, Psicología y Sociología. No estoy de acuerdo con muchas de las premisas que se exponen en este libro; pero sí con muchas de ellas. Además, está claro que aunque Vilar generaliza, en su manera de referirse a las mujeres, está ella también consciente que hay mujeres que se salen de esa casilla reducida en donde a través de su discurso las ha colocado.

Conocí este ensayo a través de un amigo ya hace muchos años. Cuando llegué a buscarlo a su casa él no estaba y pude intercambiar un par de palabras con su esposa; estaba muy enojada porque recién acababa de darse cuenta qué estaba leyendo mi amigo con tanto entusiasmo desde hacía un par de días : «El varón domado».

La verdad es que estoy seguro que algunas mujeres al leerlo se verán como en un espejo y aun así se sentirán ofendidas (como la mujer que entrevistó a Vilar en 1973. Ver el vídeo abajo). Otras sólo se verán reflejadas muy parcialmente ¿o desenmascaradas? Pero a ellas le digo que lo racional sería encontrar en él una especie de crítica constructiva para sí mismas. Nadie tiene toda la verdad, porque la verdad es relativa. Y Esther Vilar tiene su verdad planteada de una manera abierta y llena de argumentos. Suno no está de acuerdo con sus premisas, lo lógico sería combatirlas con ideas. Por ejemplo, estoy de acuerdo en que en muchas ocasiones las mujeres (no todas, por supuesto) usan su sexualidad para manipular a los hombres o para alcanzar ciertos objetivos. De eso todos, hombres y mujeres, hemos sido testigos en algún momento, durante nuestros años en la universidad o en los trabajos.

Para despertarles a ustedes la curiosidad por leer este libro extraigo de él unas cuantas líneas, unos cuantos fragmentos para que puedan entender un poco el punto de vista de Esther Vilar:

«A diferencia de la mujer, el varón es hermoso, porque, a diferencia de la mujer, es un ser espiritual. Eso significa que el hombre tiene curiosidad (quiere saber cómo es el mundo que le rodea, y cómo funciona).Que piensa (obtiene inferencias de los datos que encuentra). Que es creador (hace cosas nuevas sobre la base de lo que conoce acerca de lo ya existente.) Que tiene sentimiento (el varón registra lo habitual, pero con los más sutiles matices, en su amplísima escala emocional, extraordinariamente rica de dimensiones. Y, además, crea o descubre nuevos valores emocionales y los hace accesibles a las demás personas mediante sensibles descripciones o ejemplificaciones artísticas). No hay duda de que de todas esas cualidades del varón la curiosidad es la más acusada. Se trata de una curiosidad tan diferente de la de la mujer que la cosa requiere imprescindiblemente algunos comentarios. La mujer no se interesa en principio más que por cosas que puede aprovechar directa y útilmente para sí misma. Cuando una mujer lee un artículo político, es mucho más probable que esté intentando capturar a un estudiante de Políticas que interesándose por la suerte de los chinos, los israelitas o los sudafricanos. Si consulta en un diccionario el artículo dedicado a un filósofo griego, eso no quiere decir que se le haya despertado repentinamente el interés por la filosofía griega, sino que necesita alguna palabra relacionada con aquel filósofo para resolver un crucigrama. Si está estudiando los prospectos de publicidad de un nuevo automóvil, es que se lo quiere comprar, y no que esté platónicamente interesada por sus posibles novedades técnicas. Es un hecho que la mayoría de las mujeres -incluidas las que son madres- no tienen idea de cómo surge el fruto humano, de cómo se desarrolla en su cuerpo ni qué estadios atraviesa hasta llegar al nacimiento. Y para ellas sería completamente superfluo saber algo sobre esas cosas, puesto que, de todos modos, no podría darles influencia alguna sobre el desarrollo del feto. Lo que les importa saber es que el embarazo dura nueve meses, que hay que cuidarse mientras dura y que a la menor complicación hay que ir al médico, el cual, naturalmente, lo arreglará todo. La curiosidad del varón es muy diferente: se basta a sí misma, no está directamente ligada a ningún efecto útil. Y, sin embargo, es más útil que la de la mujer.»

«El hombre no se limita a informarse de todo lo que pasa alrededor suyo (y en todo el mundo), sino que, además, lo interpreta. Como intenta informarse de todo, le resulta fácil hacer comparaciones, reconocer ciertas regularidades de los sucedidos y aplicarlas útilmente, siempre con la finalidad de conseguir algo diferente, a saber, algo nuevo. No hará falta subrayar que todos los inventos y todos los descubrimientos de este mundo han sido obra de varones, trátese de electricidad, de aerodinámica, de ginecología, de cibernética, de mecánica, de física cuántica, de hidráulica o de teoría de la evolución. Hasta los principios de la psicología infantil, de la alimentación de los lactantes o de la conservación de alimentos han sido descubiertos por varones.»

EL SEXO EN CUANTO RECOMPENSA. Una de las partes más controversiales del libro es cuando Vilar muestra a la mujer como prostituta, es decir, cuando la mujer hace: «…que un hombre trabaje para ella, a cambio de poner intermitentemente a su disposición, como contraprestación, la vagina…».

«Toda doma se basa en el principio del látigo y el terrón de azúcar. La aplicabilidad de una u otra punta del método depende en cada caso de la correlación de fuerzas entre el domador y el objeto de la doma. Pero incluso en la doma de niños pequeños se advierte que predomina la tendencia al terrón de azúcar: éste tiene, en efecto, la ventaja de que conserva mejor la confianza de los niños en sus padres; los niños siguen acudiendo con sus problemas a sus padres y se dejan manipular más fácilmente que si fueran enderezados con palizas sistemáticas. Cuando un delfín ejecuta correctamente uno de los actos de su doma, el domador le premia con un pez. El delfín se tiene que alimentar, y hace por su alimentación lo que le exigen. En cambio, un varón es capaz de procurarse por sí mismo su alimento: el dinero pasa, al menos, por sus manos. Por eso sería hasta cierto punto insobornable si no sintiera otra necesidad muy intensa que no puede satisfacer por sí mismo: la necesidad de contacto físico con el cuerpo de una mujer. Es una necesidad tan intensa y el hombre experimenta tanto gusto al satisfacerla que aquí se encuentra quizás el motivo más robusto de su sumisión a las mujeres…».

El hombre: «…tiene que satisfacer su necesidad, y el fundamento de la economía sigue siendo el trueque. El que pide la prestación de un servicio tiene que ofrecer a cambio algo igualmente valioso. Ocurre, empero, que los varones han llegado a encarecer hasta precios insensatos la utilización en exclusiva de una vagina. Esto permite a la mujer ejercer una explotación intensísima que supera ampliamente al sistema capitalista más conservador. Ni un solo varón se salva de ello. Y como lo femenino es ante todo un hecho social, y no tanto un fenómeno biológico, ni siquiera los varones homosexuales se libran de esa explotación. Entre ellos, el miembro menos instintivo de la pareja descubre pronto la manipulabilidad del más fuerte sexualmente y adopta el papel de explotador -o sea, de mujer- incluso en su comportamiento externo: ser femenino quiere decir ser el de menos impulso sexual. Del mismo modo que no se pueden permitir grandes sentimientos, las mujeres renuncian también a una libido intensa (si no, ¿cómo se podría explicar que las chicas se nieguen al amigo que les gusta, pero sigan hablando de amor con él y respecto de él?). La mujer reprime la libido -siguiendo los consejos de su madre- ya durante la pubertad, en interés del capital que eso ha de rentarle más adelante. Antiguamente la única novia valiosa era la novia virgen, y todavía hoy se considera que una muchacha de pocos amantes vale más que una que haya tenido muchos.»

EL SEXO Y LOS ANTICONCEPTIVOS. Con respecto a estos temas, Esther Vila opina que el hombre: «…sigue siendo víctima de su costumbre de aplicar sus propios criterios a la estimación de la mujer. Ahora cree que, como la mujer cuenta con un método anticonceptivo seguro, no va a tener más obsesión que la de recuperar todo lo perdido y dedicarse exclusivamente a lo que él mismo -por la eficacia de su doma- considera el más alto de todos los placeres, el sexo. Error evidente. El sexo es, desde luego, un placer para las mujeres, pero no el mayor. La satisfacción que produce a la mujer un orgasmo se encuentra en su escala de valores muy por debajo de la que le procura, por ejemplo, una cocktail-party o la compra de un par de botas acharoladas de color calabaza.»

«Se puede decir que las mujeres ninfómanas existen casi exclusivamente en el cine y en el teatro. El público tiene curiosidad de ellas precisamente porque son muy escasas en la vida (por la misma razón son tantas las películas y novelas que tratan de gentes riquísimas, cuya proporción en la población total es muy baja).»

«Las mujeres se interesan -cuando se interesan por la potencia masculina principalmente por razón de los hijos que quieren tener. La mujer necesita hijos  -como veremos más adelante- para poder realizar sus planes. Es de presumir que muchas mujeres se alegrarían de que la potencia sexual de su marido se agotara tras haber engendrado dos o tres niños. Esto le evitaría una enorme cantidad de pequeñas complicaciones. Que la importancia que da la mujer a la capacidad física del varón es escasa lo prueba, finalmente, el hecho de que los varones que ganan o tienen mucho dinero se pueden volver a casar y seguir casados con toda normalidad cuando ya son impotentes (en cambio, es casi imposible imaginarse que una mujer sin vagina tuviera posibilidad alguna de casarse con un hombre de predisposiciones normales).»

***

Son palabras muy interesantes las que ha escrito Esther Vilar, ¿no lo creen? Y esto que no les he puesto aquí ningún fragmento sobre lo que Esther piensa, por ejemplo, de la relación que hay entre la religión y las mujeres. Aquí sólo les estoy presentando la punta del iceberg. Ojalá que alguna mujer al leer esto comentara con alguna idea contrapuesta y creativa.

Por mi parte, he tenido la oportunidad de hablar con algunas mujeres cuya conversación es muy estimulante desde el punto de vista intelectual y artístico, y creo fervientemente que las mujeres tienen la capacidad de alcanzar todo lo que deseen, en cualquier campo de la vivencia y del trabajo humano. 

Pero también me he encontrado muchas veces con mujeres tan banales que se ajustan muy bien (desgraciada y vergonzosamente) a la visión que tiene Esther Vilar de las féminas.

Sin embargo, este libro tiene una evidente contradicción y es que la misma Esther Vilar, quien trata en su ensayo de tontas a las mujeres, es también una mujer y ella ha sido capaz de escribir un libro muy original, brillante y, en muchas de sus partes, bastante cercano a la realidad. Yo entiendo también que ella se refiere al grueso de las mujeres indiferentes con su formación espiritual e intelectual, apáticas al estudio e inclinadas a las cosas más superfluas de la vida. Sin embargo, en la dedicatoria Esther Vilar dice:

«Este libro está dedicado
a las personas que no aparecen en él:
a los pocos hombres que no se dejan amaestrar
y a las pocas mujeres que no son venales.
Y a los seres afortunados que no tienen valor mercantil,
por ser demasiado viejos, demasiado feos o demasiado enfermos.»

A mí me parece que este libro de Esther Vilar debería ser abordado por las mujeres y los hombres con un poco de humor y lo deberían de ver y sentir como una crítica a nuestra sociedad.

Quiero dejar claro, también, por cualquier duda morbosa, que no estoy de acuerdo con la violencia en general, y tampoco, por supuesto, con la ejercida contra la mujer, ni contra el hombre. Y digo esto porque algunas feministas creen que no estar de acuerdo con ellas en todo, es estar de acuerdo con la violencia contra ellas. Nada más lejos de la verdad. Estoy además en pro de que las mujeres alcancen altos cargos políticos, artísticos o ejecutivos en una empresa, toda vez que el puesto lo consigan porque están capacitadas para ello y que no lo hagan por la ley de cuotas.

Por eso, en estos tiempos de reivindicaciones femeninas y en donde se habla tanto de la mujer como un ser superior al hombre, en estos tiempos de excesos como el de ciertas feministas radicales (no todas, por supuesto) que han llegado a convertir su bandera en un machismo al revés o en vandalismo, es muy apropiado leer a Esther Vilar, para no menospreciar a los hombres y más bien alcanzar un equilibrio entre los dos sexos.

Para quien esté interesado en leer este libro sólo tiene que dar un clic en el siguiente enlace: EL VARÓN DOMADO. Esther Vilar.

Si no lo pueden leer con el enlace de arriba, tal vez lo puedan escuchar en el audiolibro que dejo abajo; se los dejo en dos versiones, una en voz masculina y otra en voz femenina.

 

Texto:

Óscar Perdomo León

Artículo relacionado: THE MANIPULATED MAN. By Esther Vilar.

***

CALACAS PARA PEDRO Y FRANCISCO GABILONDO

Las calaveras (o calacas) literarias son una tradición mexicana en la que se honra la muerte, pero también se juega con ella, a través de escribir décimas en homenaje medio en serio, medio en broma, a algún fallecido.
Este día viernes 02 de noviembre la Embajada de México en El Salvador invita a la inauguración, a las 18:30, del Altar de Muertos en homenaje a Chabela Vargas y Carlos Fuentes.
Yo publico sólo los martes, pero este día hago una excepción para hacer mi pequeño homenaje a dos mexicanos muertos que llevo en mi corazón.

CALACA PARA PEDRO

I

Hubo una nave estrellada

que marcó mi corazón.

Fue su muerte la sazón

de la dura pena hallada

que aunque estuvo muy callada

de mi ser arrancó el grito,

por ese que ahora es mito.

¡Qué cuesta subir la cuesta!

¡Qué terrible pena es ésta

de una voz maravillada!

II

Infante no era infantil,

y la calaca a buscar

fue la voz de Pedro en par

y su presencia viril.

Un duro quince de abril

aquel avión se estrelló.

Vida el bolero no halló,

la ranchera estremecía

y mi alma se mecía

en la voz que se calló.

III

La muerte, la multitud,

y el llanto y el funeral.

Luisa lloraba el final,

Irma actuaba en rectitud,

Lupita era pulcritud.

La León, la Torrentera.

¿Y Dorantes la mera era?

Corren juntas tres mujeres,

tras Infante y sus haberes,

mas él se fue a su galera.

IV

Y después de tanto daño,

la frustración de la muerte

arribó con mucha suerte

después de un año y un año

porque pa´ nadie es extraño

que está la inmortalidad

en Infante, calidad.

Su voz continúa viva,

él regresó de donde iba.

¡Y qué gran genialidad

Pedro Infante
***

CALACA PARA FRANCISCO GABILONDO

I

¿Dónde estás, Conejo Blas?

El Chicote Aguamielero

me dijo: «Yo te requiero,

como a todos los demás,

porque hay alguien que jamás

dejaremos en olvido

porque vive y ha vivido

como sólo lo hace un padre.

Y aunque venga el lobo y ladre

Soler vive y no se ha ido.»

 II

Vino la Muñeca Fea,

Palomos,  Cucurumbé

bailando merecumbé.

Canas, arrugas, morfea:

el tiempo todo lo afea

y sin embargo Che Araña

conserva su piel, no engaña.

La Patita viene y va

los patitos dicen «¡´ma!»

No es un cuento, no enmaraña.

 III

 Di por qué, Cucurumbé

mi abuelita ya no brinca,

el comal a la olla trinca

y el Ropavejero ve

tal cosa que yo miré

y es que el grillito Cri Cri

me cantó donde viví.

Él estaba en todas partes,

siempre humilde y sin alardes.

«¿Y quién es el que anda allí?»

Francisco Gabilondo Soler
Décimas escritas por:

Óscar Perdomo León

Noviembre de 2012

Fotografía de la muerte tomada en Cancún por Érika Valencia-Perdomo.

Fotografía de Pedro Infante y Francisco Gabilondo Soler extraídas de imágenes de Google.

RICARDO CASTRORRIVAS: “DESNÚDENSE ANTE EL ESPEJO, ESCRIBAN CON HONESTIDAD”. Fotorreportaje

Ricardo Castrorrivas

En el contexto del Taller de Novela implementado por Roberto Laínez Díaz en la Casa del Escritor de la Villa Monserrat (Museo Salarrué), fue invitado el escritor salvadoreño Ricardo Castrorrivas (San Salvador, 1938) para que hablase de sus experiencias literarias y de su reciente libro publicado por segunda vez por la DPI, después de 40 años, “Teoría para lograr la inmortalidad y otras teorías”.

Roberto Laínez Díaz y Ricardo Castrorrivas en la Casa del Escritor. Octubre de 2012.

Firmando autógrafos a los alumnos del Taller de Novela.

El grupo literario Piedra y Siglo al que pertenece Ricardo Castrorrivas fue fundado en 1967 (el mismo año en que fue asesinado el Che Guevara) y según contó el escritor, ahora está esperando el año 2017 para celebrar los 50 años de la fundación de dicho grupo. Al momento, sólo sobreviven cuatro miembros: Rafael Mendoza, Luis Melgar Brizuela, Julio Iraheta Santos y, por supuesto, el mismo Castrorrivas.

Alumnos del Taller de Novela.

¿Cómo nació el nombre Castrorrivas? Fue en la época en que Ricardo trabajaba en la DPI y él tenía aproximadamente 30 años de edad. Surgió por sugerencia de la poeta Claudia Lars, quien le dijo a Ricardo que sus dos apellidos Castro Rivas eran muy comunes, pero que uniéndolos la sonoridad sería siempre muy buena y que tendrían  además un efecto visual memorable y original.

Alumnos del Taller de Novela.

Su libro «Teorias para lograr la inmortalidad y otras teorías» es una explosión constante de imaginación. Desde el primero al último de sus relatos hay un estímulo para hacer meditar al lector, así como también para hacer brotar sorpresa. De aproximadamente 100 páginas, está dividido en tres grandes partes: 1-las teorías, 2-los brevicuentos, y 3-las crónicas.

En lo personal, me gustaron mucho la «Crónica del fusilado» y la «Crónica de los malditos». En la primera, me impresionó mucho el trágico y terrible testimonio de Miguel Mármol convertido en una verdadera obra de arte; hay algunos párrafos en donde no hay puntuación y el lector siente como si fuera dentro de un vehículo sin frenos a gran velocidad. En la segunda, me gustó mucho lo testimonial mezclado con lo intimista y con la fantasía.

PARÉNTESIS FOTOGRÁFICO: Aquí arriba estoy con mis hijas leyendo a Castrorrivas, unos días antes del evento  en la Casa del Escritor. ***

o

Érika, mi esposa, preguntó que por qué en «La teoría para odiar a los gatos» se muestra un prosa un poco diferente a las otras que conforman el resto del libro. Según Roberto Laínez Díaz, ese cuento es particularmente un híbrido entre la literatura costumbrista y la vanguardista; es más, ese cuento es el de Castrorrivas que fue incluido en la antología del cuento realizada por Rafael Francisco Góchez.

Interesante fue escuchar un cuento nuevo, inédito de Ricardo, leído por él mismo, en donde mostró que sin lugar a dudas la lucidez y la creatividad florecen muy fuerte en su mente. Además, Roberto leyó una calaca literaria muy divertida, escrita por él para esta próxima celebración del día de los muertos (tradición muy arraigada por el pueblo mexicano) en la Embajada de México en nuestro país.

Cuando se le preguntó a Ricardo cómo había que hacer para escribir un libro tan original como su «Teoría», su respuesta fue contundente: “Desnúdense ante el espejo, escriban con honestidad, con todos los perfumes y mal olores que hay en ustedes…”

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

Fotografía con tres asteríscos *** tomada por Érika Valencia-Perdomo. Fotografía de la portada de «Teoría para lograr la inmortalidad y otras teorías» extraída de aquí.
Artículo relacionado: TEORÍA PARA EVITAR LAS SOLEMNIDADES DEL CASO. Por Roberto Laínez Díaz.

PEDRO INFANTE. LAS LEYES DEL QUERER. Un libro de Carlos Monsiváis

«Pedro Infante. Las leyes del querer», es un libro fascinante. La entrada es explosiva con la noticia de la muerte del actor y cantante Pedro Infante y la descripción de su sepelio. ¿Cómo entender la magnitud del dolor de todo un pueblo mexicano y, para ser más preciso, latinoamericano que acaba de perder a su ídolo cinematográfico? Su autor, Carlos Monsiváis, nos conduce con verdadera habilidad en el mundo interno y externo del público de aquellos días de mediados del siglo XX.

En el libro, que es una crónica-ensayo, se revisa la calidad interpretativa de Pedro Infante, como cantante y como actor. Mucha de su filmografía es analizada con objetividad, aunque no cronológicamente. Su voz, que en un principio no tenía tanta fuerza y que intentaba cantar versiones en español de canciones gringas, fue creciendo con los años al interpretar rancheras, boleros rancheros y otros estilos populares a los que imprimía una emoción genuina. Así, los aciertos y desaciertos artísticos de Infante salen a la luz a través de la pluma de Monsiváis.

También se hace notar la importancia de la relación de trabajo entre el director y guionista Ismael Rodríguez e Infante. Algunos de los trabajos que realizaron juntos los elevaron a ambos a un lugar muy alto en la historia de la cinematografía mexicana, especialmente cuando hicieron melodramas.

También se hallan en el libro anécdotas interesantes de su vida personal, de sus relaciones sentimentales con las mujeres que amó, su amor por su madre y su padre, su manera de comportarse detrás de la cámara, su amistad con otros artistas de la época, etc.

La agudeza de Carlos Monsiváis está en no sólo comprender la grandeza de Pedro Infante, sino en mirar más allá de la superficialidad, mostrándonos a un ser humano que fue una estrella y un hombre común y corriente, muy mexicano, alegre, triste, vivaz, inteligente, con la habilidad histriónica y el valor para arriesgarse a cambiar de personaje en una y otra película.

La lectura de este libro es muy entretenida. La prosa parece nunca acabársela a Monsiváis.

Texto:

Óscar Perdomo León

Vídeo relacionado: PEDRO INFANTE. LAS LAYES DEL QUERER. CARLOS MONSIVÁIS.

«DIOS ES UN CONCEPTO CON EL CUAL MEDIMOS NUESTRO DOLOR». Fanatismo religioso

«…ha pasado ya algún tiempo desde que el judaismo y el cristianismo recurrieran abiertamente a la tortura y la censura. El islam no solo empezó condenando a los escépticos al fuego eterno, sino que todavía se arroga el derecho a hacerlo en casi todos sus dominios y aún predica que dichos dominios pueden y deben ensancharse mediante la guerra.»
Cristopher Hitchens

«Dios es un concepto con el cual medimos nuestro dolor», escribió John Lennon en una canción. Y el ex Beatle no estaba errado al dar esa afirmación.

Me parece interesante ver cómo algunas personas se aferran a su fe cristiana para sentir alivio a su dolor, llámese éste soledad, miedo a la muerte, temor a lo desconocido, etc. Y me parece interesante porque es como verme a mí mismo en retrospectiva: yo también fui creyente alguna vez.

Algunas personas creyentes, y creo que son la minoría, practican su fe interiorizándola, tratando de alcanzar paz espiritual y sin sentir la necesidad urgente de convertir a sus creencias a otros. Tal vez su único proselitismo sean sólo sus acciones honestas y sus muestras de amor sincero, todo lo cual no deja de conmoverme. Pero estas personas más que religiosas, son, por decirlo de alguna manera, espirituales, y son, repito, una ínfima minoría. (Aunque esta conducta admirable la he visto también en ateos).

Muchos creyentes intentan convencer a otras personas de que sus creencias son verdaderas ¡y están en su derecho de hacerlo! (algunos lo hacen de buena manera y con buenas intenciones); pienso que en una democracia se debe defender con ahínco el derecho de culto y la libertad de expresión.  Sin embargo otros se fanatizan y tratan de imponer sus dogmas a los que están a su alrededor usando la coerción. En países en que el gobierno está fuertemente ligado a la religión, como por ejemplo Siria, donde su presidente debe por ley ser musulmán, se puede ver con más claridad el fanatismo religioso y la imposición violenta a los dogmas, algo con lo que no estoy de acuerdo. (La otra cara de la moneda es cuando los gobiernos han tratado de eliminar por la fuerza la religión, algo que también va en contra de la libertad del individuo y con lo cual no estoy de acuerdo tampoco).

El fanatismo religioso ha sido exhibido y practicado al pie de la letra siguiendo las «sagradas escrituras» (sean estas, por ejemplo, el Corán o la Biblia, según la región geográfica del mundo en donde se haya nacido), fanatismo que ha llevado a los que lo practican hasta el extremo de asesinar al que no profesa sus creencias; de tal manera que el peligro que se corre siempre cuando la religión toma el lugar de un gobierno laico es el de perder la libertad de expresión, la libertad de culto y la desgracia de ser gobernados con absurdas leyes anacrónicas, creadas por primitivos clanes que vivían en el desierto.

Por un lado, podría mencionar que de no ser por el fanatismo y la promesa de un paraíso lleno de vírgenes esperándolos, los musulmanes culpables de los atentados del 11 de septiembre, probablemente nunca se hubieran suicidado y asesinado al mismo tiempo a tantas personas en las Torres Gemelas.

O el caso emblemático del pastor estadounidense Jim Jones, quien incitó al suicidio colectivo a sus seguidores con el pretexto de irse todos juntos al paraíso. En 1978, en Guyana murieron tras ingerir cianuro, 913 personas, entre estas 270 menores de edad. ¿Les dice esto algo relacionado al fanatismo?

Un caso más reciente, de los numerosos que se podrían citar sobre fanatismo religioso, es el ocurrido en pleno siglo XXI en Nueva Jerusalén, Michoacán, México, una comunidad de más o menos 3000 habitantes, cuyo líder les dice que no aprendan a leer y escribir porque la Virgen del Rosario prefiere «burros en el cielo que sabios en el infierno», razón por la cual, a golpe limpio de pico, martillo y fuego, los provincianos ignorantes derrumbaron las dos únicas escuelas de la ciudad; además, como la comunidad se ha escindido en dos grandes sectas, la más radical de ellas le enseña a sus seguidores que asesinar a los de la secta contraria está bien porque es como «asesinar al diablo».

Por otro lado, podría decir que uno de los absurdos y contradicciones de la Biblia es que al mismo tiempo que afirma algo luego lo niega; por ejemplo, uno de sus máximos mandamientos es «No matarás», y sin embargo Dios, que es «bueno y misericordioso», le ordenó a Moisés imponer severos castigos a la desobediencia, como se puede leer en Levítico 20:13 «Si un hombre tiene relaciones sexuales con otro hombre, ambos han cometido un pecado abominable y serán condenados a muerte. Ellos mismos se buscaron su propia muerte.»   Y en Levítico 20:14 dice: «Si un hombre se casa con una mujer y con la mamá de ella, comete una perversión. La gente debe quemarlos vivos para que esta perversión no se presente entre ustedes».

En el primero de los casos nos podemos preguntar: ¿se puede entonces matar o no? Y esto con el agravante que en la actualidad la religión cristiana, ya sea católica o protestante, sigue pregonando su homofobia, su desprecio abierto hacia los homosexuales y, en el caso específico de la Iglesia Católica, simultánea e hipócritamente, sigue encubriendo a los sacerdotes violadores pederastas. La Iglesia Católica no sigue asesinando como lo hacía en la Edad Media, a través de la Santa Inquisición, porque ya no tiene a su disposición ejércitos para enviar a matar a infieles y apóstatas.  (Por su lado los musulmanes no han sido menos inhumanos: a los homosexuales los talibanes los entierran vivos).

En el segundo caso (Levítico 20:14): ¿Quemarlos vivos? ¿Tanta crueldad, tanto intento de hacer sufrir provenía de un Dios al que se le adjudica ser Amor?

Si Dios es tan sabio, misericordioso y omnipotente, ¿por qué delegó estas leyes tan crueles en manos de una tribu liderada por Moisés? Les daré la respuesta del porqué Dios hizo esto: simplemente porque él no lo hizo, porque Dios sólo vive en la mente de los creyentes (porque el ser humano creó a Dios y no a la inversa) y la ley y la moral y la ética de los creyentes arcaicos y salvajes de aquellos días era precisamente esa. Cualquier sádico castigo que quisieran imponer lo justificaban atribuyéndoselo a su Dios invisible e inventado.

Lo anterior sólo es una milésima parte de lo que se puede hablar sobre esta tema y yo no soy un experto. Pero la disección fina de las religiones, con la habilidad con que lo haría un neurocirujano en el cerebro, la hace Cristopher Hitchens (Reino Unido, 1949-Estados Unidos, 2011) en su libro «Dios no es bueno», un ensayo de aproximadamente 300 páginas publicado en el año 2007.  En él pone al descubierto toda la crueldad desatada por el fanatismo religioso, de uno y otro culto, de una y otra región del mundo; se puede también ver a la religión en su lucha por el poder y su influencia en el retraso del desarrollo de la humanidad. El libro está lleno también de otros temas, como el totalitarismo y su relación con la religión, la doble moral de las religiones o, por poner un ejemplo específico, el apoyo sin restricción de la Iglesia Católica al régimen nazi de Hitler, etc.

He aquí unos pequeños fragmentos del libro de Hitchens (tomado de la página 37):

«La generación de Jesucristo fue de esta manera: su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo.» Sí, y el semidiós griego Perseo nació cuando el dios Júpiter visitó a la virgen Dánae adoptando la forma de lluvia de oro y la dejó encinta. El dios Buda nació a través de una abertura del costado de su madre. Coatlicue, «la de la falda de serpientes», recogió una bola de plumón caída del cielo, se la escondió en el vientre y así fue concebido el dios azteca Huit-zilopochtli. La virgen Nana puso en su seno una granada tomada de un árbol regado con la sangre de Agdistis, que había sido asesinado, y dio a luz al dios Atis. La hija virgen de un rey mongol se despertó una noche y se descubrió bañada en una luz resplandeciente, la cual hizo que diera a luz a Gengis Kan. Krishna era hijo de la virgen De-vaki. Horus era hijo de la virgen Isis. Mercurio era hijo de la virgen Maya. Rómulo era hijo de la virgen Rea. Por alguna razón desconocida, muchas religiones se obligan a pensar que el canal del parto es un conducto de circulación en un solo sentido, e incluso el Corán trata con veneración a la Virgen María. Sin embargo, esto no sirvió para nada durante las Cruzadas, cuando un ejército papal se dispuso a reconquistar Belén y Jerusalén de los musulmanes y destruyó en el intento muchas comunidades judías, saqueó a su paso el herético Bizancio y llevó a cabo una masacre en las estrechas callejuelas de Jerusalén, donde, según los jubilosos y enloquecidos cronistas, la sangre derramada llegaba hasta las bridas de los caballos.”

Más adelante, hablando sobre salud, Hitchens cuenta lo siguiente (página 61):

“En 2005 me enteré de un dato. En el norte de Nigeria, un país que anteriormente había sido declarado libre de la polio de forma provisional, un grupo de religiosos islámicos promulgaron un dictamen, ofatwa, que afirmaba que la vacuna de la polio era una conspiración de Estados Unidos (y, por asombroso que resulte, de las Naciones Unidas) contra la religión musulmana. Las gotas habían sido concebidas, afirmaban estos ulemas, para esterilizar a los auténticos creyentes. Según ellos, tenían un propósito y un efecto genocida. Nadie debía ingerirlas ni administrárselas a los bebés. Al cabo de unos meses, la polio había vuelto a manifestarse, y no solo en el norte de Nigeria. Los viajeros y peregrinos nigerianos ya la habían  llevado nada menos que a La Meca, y habían vuelto a propagarla en algunos otros países libres de polio, entre los que se contaban tres países africanos y también el remoto Yemen. Había que volver a empujarde nuevo aquella roca descomunal hasta la cima de la montaña.
«Alguien podrá decir que se trata de un caso «aislado», lo cual podría ser un modo tristemente oportuno de resumirlo. Pero se equivocaría. ¿Le gustaría ver mi grabación de la recomendación hecha por el cardenal Alfonso López de Trujillo, presidente del Consejo Pontificio para la Familia del Vaticano, en la que advierte minuciosamente a la audiencia de que todos los condones se fabrican en secreto con muchos agujeros microscópicos, a través de los cuales puede pasar el  virus del sida? Cierre los ojos y trate de imaginar qué diría usted si tuviera autoridad para causar el máximo sufrimiento posible con el menor número de palabras. Piense en el daño que ha ocasionado semejante dogma: esos supuestos agujeros también permitirían el paso de otras cosas, lo cual más bien socava en primera instancia la utilidad de un condón. Realizar una afirmación así en Roma ya es bastante infame. Pero traduzca este mensaje a la lengua de los países pobres y enfermos y verá lo que sucede. En Brasil, en época de carnaval, el obispo auxiliar de Bao de Janeiro, Rafael Llano Cifuentes, le dijo a su congregación en una homilía que «la Iglesia es contraria al uso del preservativo. Las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer deben ser naturales. Jamás he visto a un perrillo utilizar ningún preservativo en el acto sexual con otro perro».’ Altos cargos eclesiásticos de algunos otros países (el cardenal Obando y Bravo de Nicaragua, el arzobispo de Nairobi en Kenia o el cardenal Emmanuel Wamala deUganda) han contado a sus feligreses que los condones transmiten el sida. De hecho, el cardenal Wamala ha dicho en público que las mujeres que mueren de sida por no utilizar esa protección de látex deberían considerarse mártires (aunque, como es de suponer, este martirio debe tener lugar dentro de los límites del matrimonio).”

Y más adelante (en la página 67):

“En una amplia franja del territorio del África animista y musulmana se somete a las jóvenes al infierno de la circuncisión y la infibulación, que supone rebanar los labios vaginales y el clítoris, a menudo con una piedra afilada, y a continuación coser la abertura vaginal con un bramante resistente que no se retirará hasta que la fuerza de un varón lo rompa en la noche de bodas. La compasión y la biología acceden a que, hasta que llegue ese momento, se deje una pequeña abertura para que pase la sangre durante la menstruación. La consiguiente fetidez, dolor, humillación y sufrimiento supera todo lo imaginable y se traduce inevitablemente en infecciones, esterilidad, vergüenza y muerte de muchas mujeres y niños en el parto. Si esta nauseabunda práctica no fuera sagrada y estuviera santificada, ninguna sociedad toleraría semejante insulto a la condición femenina y, por ende, a su supervivencia…
“Los progenitores que manifiestan creer en las disparatadas afirmaciones de la «ciencia cristiana» han sido acusados de negar la atención médica urgente a su prole, pero no siempre condenados por ello. Los progenitores que se imaginan que son «testigos de Jehová» han denegado el permiso para que sus hijos reciban transfusiones sanguíneas. Los padres que se imaginan que un hombre llamado Joseph Smith fue guiado hasta una serie de planchas de oro enterradas han casado a sus hijas menores de edad «mormonas» con tíos y cuñados privilegiados, que a veces ya tenían otras esposas mayores. Los fundamentalistas chiíes de Irán rebajaron a los nueve años la edad a la que se puede «entregar» en matrimonio a una hija, tal vez en loor e imitación de la edad de la «esposa» más joven del «profeta» Mahonia. Las niñas novias de la India son azotadas y en ocasiones quemadas vivas si se considera que la lastimera dote que aportan al matrimonio es demasiado irrisoria.”

Para quien esté interesado en mirar las religiones del mundo desde un punto de vista laico, sin prejuicios y con la mente abierta, este libro de Hitchens,  «Dios no es bueno», es muy recomendable.

Pueden leer el libro mencionado acá.

Texto:

Óscar Perdomo León

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SALIR DEL CLOSET. Ateos.

LA CHICA QUE SOÑABA CON UN CERILLO Y UN GALÓN DE GASOLINA. Una novela de Stieg Larsson.

Conocí al personaje Lisbeth Salander cuando vi la película Los hombres que no amaban a las mujeres. Y hace poco un amigo me prestó la novela «La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina», que es la continuación de la historia que se cuenta en la película que he mencionado.

Hacía días que quería escribir sobre esta novela. La verdad que desde que empecé su lectura me sentí agradablemente atrapado en su trama. Como muchos ya lo saben, esta novela es la segunda parte de la trilogía Millennium, compuesta por «Los hombres que no amaban a las mujeres», «La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina» y «La reina en el palacio de las corrientes de aire».

La heroína sin par de esta historia es Lisbeth Salander, quien con su actitud antisocial, pero al mismo tiempo apegada a la justicia, se me hace un personaje muy encantador, atrayente. Y es que además de ser bisexual, astuta, observadora,  talentosa  y valiente  -y hasta temeraria, quizás-  es muy inteligente.

La historia trata de una investigación sobre trata de blancas y sobre drogas, y el asesinato de los dos periodistas involucrados en tal investigación. También se trata de resolver el asesinato de un abogado que está muy relacionado a Lisbeth. Las investigaciones iniciales apuntan a que Salander es la culpable del triple asesinato; sólo Mikael Blomkvist, el periodista de la revista Millennium no le da la espalda y cree firmemente en la inocencia de Salander.

La novela está llena de aventuras, de reflexiones breves sobre la vida de las personas y de descripciones del entorno en donde se mueven los personajes. La novela nos acerca un poco a Suecia, en donde ocurren la mayoría de eventos. La narración es de una  habilidad tal que, en su sencillez, encontramos fluidez y movimiento continuo, que hace que el lector busque y desee seguir leyendo y leyendo.

Me gustó el final inesperado.

No contaré el desenlace de este libro, por supuesto, pero los que decidan leer esta novela no quedarán defraudados, porque encontrarán en ella un esparcimiento lleno de acción y de mucha imaginación.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografías: extraídas de Google.

TRES POEMAS

La poesía siempre me ha interesado, especialmente desde el punto de vista de lector; sin embargo de vez en cuando se me ocurren palabras y frases, a las que yo llamo poemas…

BREVE   RETRATO

Tus ojos: húmedas lámparas, de finos musgos y delicadas algas.

Tus cejas: mínimas cordilleras por donde transitan, absortos, mis ojos.

Tu nariz: fresca ternura, elementales hojas.

Tu boca: la palabra, el beso, la mina de diamantes.

Tu cabello: mutación de coral oscuro, vegetación de terciopelo.

Tu voz: un intenso relámpago, iluminando mi oído.

Tus pies: la perfección, la imparable belleza.

Tus manos:

maravillosas herramientas, bronce en movimiento, materialización de la caricia.

NUESTRA MEMORIA

I

La vida se diluye como una espiración de humo que ya no podrá ser la que fue.

¡Qué breves criaturas somos! Por eso importa tanto el sentir y el pensar. Llenarnos la memoria de atardeceres y de hojas, de arroyos y de libros, de besos y de noches, de cantos y de risas.

II

Ojalá pudiera perseguirte y mirarte haciendo cosas, diciendo palabras, llenándote de alegría. Yo, con la sorpresa en mis manos, interrumpiría tus actividades para besarte la boca y las mejillas.

III

Estoy mirando caminos. Estoy mirando tu rostro. Entrego desnudo el corazón para dar lo más puro que tengo. Hay inmensos jardines hoy mirándonos y hay, nadando, un extenso pasto bajo nosotros.

Enviémonos mensajes y respuestas, que si lo sentimos existe.

Que tus manos lo perciban, que tus ojos lo vean, que tus labios lo quieran, que lo archive tu memoria.

VOS

Vos, flor de algodón -encaje blanco-, fresa de la montaña -olor de transparente laguna-pasto fresco donde mis manos de insecto aprenden a caminar.

Vos, libro interminable, vino fuerte que no invita al estupor, paloma volando con el canto sensual en las manos.

Vos, tierna y morena, dura y rebelde, forjadora del amor, telar de caricias y colores.

Vos, la más hermosa, caminás con la luz en mi pecho.

Poemas escritos por:

Óscar Perdomo León

Fotografía tomada por:

Beatriz Andrea Perdomo Pacas