«UN PASEO POR LA VIDA». Fragmento del capítulo V.

Ya en la alborada de las tempestuosas hormonas de la adolescencia, «el chele» Virgilio siempre seguía inventándose alguna travesura para divertirse o para mostrar que él siempre estaba a la delantera de los otros. Era un pillo no mal intencionado, que continuaba afanoso haciendo fechorías de niño-grande, como si hacerlas fuera su deber. Esta vez la travesura se relacionaba con el sexo. Virgilio, que para entonces tenía 17 años, fue el primero de los tres que tuvo relaciones sexuales, y no fue con una jovencita, sino con una mujer muy vivida que trabajaba en un prostíbulo, hecho que cantó a los cuatro vientos entre los jóvenes amigos de su edad. A los pocos días de eso, incitó al Conde y a Miguel a ir con él al burdel. Al Conde y a Miguel les gustó la idea, pero ambos tenían miedo, aunque también querían tener esa experiencia que a sus ojos había convertido al «chele» en un hombre de verdad.

El Conde y Miguel se fueron a deliberar sobre el tema. Su disyuntiva, según les había dicho el «chele», era la de convertirse en hombres o vivir el resto de sus vidas como “mariquitas”. Miguel y el Conde se reunieron en el parque y luego se fueron a caminar a la orilla de una cancha de fútbol. Ahí se la pasaron horas y horas reflexionando o tratando de ser más fuertes que su temor a entrar a la casa de citas. Cuando se decidieron por fin, se fueron a contarle su valiente decisión a Virgilio, quien les prometió acompañarlos por la tarde, para que no fueran solos. Ese mismo día, cuando el sol empezaba a declinar, los tres caminaron juntos hasta un serrallo conocido como “Las bellas durmientes”.

Se quedaron un rato en la calle, mirando desde afuera el lugar del placer y la perdición, tomando aire y agarrando fuerzas y coraje para poder entrar. Después de un par de minutos, por fin entraron, siguiendo a Virgilio, quien, según mostraba en su forma de caminar y en sus gestos, se creía ya todo un experto.

En el interior la atmósfera era grisácea, llena de humo de cigarrillo y con las luces bajas. Una señora gorda, de unos cincuenta años, que estaba sentada tras una barra de licor, con la mirada fría y cara de mala, era la dueña y proxeneta del local. Cuando los tres jóvenes entraron, Virgilio continuó con su actitud de mostrarse muy seguro y de intentar dar la impresión de ser un viejo lobo, todo un versado en mujeres de la vida alegre. Miguel y el Conde, por el contrario, se veían un poco irresolutos, cohibidos, con la aprensión que no podían ocultar en sus miradas. La dueña del local, con su actitud de indiferencia y con un desgano sincero en la expresión de su cara, cambió de pronto al reparar en los tres menores de edad. Cuando los jóvenes se acercaron al bar, ella les dirigió unas palabras:

-Pasen adelante –e instantáneamente soltó con ironía una sonrisa pequeña, pero poderosa, al ver a los tres pichones que “querían ser hombres”. Con la mirada le indicó a una de las prostitutas que se acercara a ellos. La chica, que era un poco mayor que las otras junto a quienes estaba sentada, y que además era un verdadero caramelo de voluptuosidad, obedeció inmediatamente y caminó hacia los tres muchachos, contorneando el cuerpo como una artista de la seducción.

El Conde, Miguel y Virgilio se quedaron congelados mirando a la mujer y admirando su belleza. Parecía una tigresa acechando a sus presas, una bruja tan bella como la de «Hechizada», pero en versión morena. Los tres metros que la mujer caminó hacia ellos, les pareció una película de tonos grises en cámara lenta, en donde la minifalda    –muy corta- de lona, era la artista principal. Al llegar frente a ellos les sonrío y les ofreció algo de beber. Como querían parecer muy machos, los tres pidieron cerveza.

La chica platicó jovialmente con ellos y al rato ya había hecho trato. Uno por uno fueron pasando a las diferentes habitaciones, cada quien con su chica de la diversión. Sólo «el chele» Virgilio se quedó afuera, sonriente y triunfante, orgulloso de ser quien propiciara la iniciación de sus amigos en «las artes del amor».

En el cuarto donde entró Miguel había en el fondo una imagen de la Virgen de la Paz colgada en la pared; casi junto al impoluto cuadro de la madre de Dios estaba un cartel a colores de Donna Summer, la cantante-diosa de ébano, y a la par, un calendario con una mujer semidesnuda. La muchacha entró primero y se sacó de un tirón la blusa y la falda corta, y luego se quitó el sostén sin pretensión alguna; los pechos liberados eran grandes y muy bien hechos. Cuando estaba por bajarse el calzón, se dio cuenta que Miguel estaba paralizado mirándola. Tenía los ojos casi desorbitados explorando cada parte de su desnudez. Ella, que podría tener unos 20 años de edad, sonrió de manera comprensiva y se acercó a él. Le ayudó a quitarse la camisa y lo haló hasta la orilla de la cama; ella se sentó y él quedó de pie. Le bajó el zipper del pantalón y le hizo entonces una felación relativamente corta, pero que fue suficiente para que él cerrara los ojos y sintiera que estaba tocando el paraíso. Suspiró profundo y le acarició la cara a la chica. De pronto en una explosión intensa, eyaculó una gran cantidad de semen espeso. Sus piernas se aflojaron y cayó sobre la cama…

El Conde fue conducido de la mano por la primera mujer que se había acercado primero a ellos, y era mucho mayor que él, de unos 35 años; era sensual y bella del rostro, con el cuerpo muy bien cuidado. El Conde, al contacto con la mano de ella, sólo con eso, tenía ya una erección húmeda verdaderamente rígida. No sólo era la mano de ella la que lo guiaba, era también su perfume delicioso, nigromante, que lo hacía fantasear antes de llegar al lecho de la lujuria. Ella sonreía coqueta y le hablaba con soltura palabras triviales que a él le parecían poemas. Su voz, ligeramente ronca, le daba un agregado de sensualidad a la mujer. Además, sus maneras tan bonachonas y alegres, hicieron que el Conde se sintiera tan en confianza con ella que el temor se le fue desvaneciendo poco a poco. Al entrar a la habitación ella lo abrazó y le empezó a desabotonar la camisa; él intentó besarle la boca, pero ella lo evadió. Siguió sonriendo mientras se acercaba a la cama quitándose la ropa y lanzándola por los aires; pero lo hacía de una manera lenta, trabajada, ensayada, con la más premeditada intención de hacer imaginar de una manera vívida el placer que tras sus ropas había. Así, se bajó la falda de lona poco a poco y le mostró el blanco calzoncito transparente, adornado con encajes finos, revelando sutilmente el vello pubiano. La blusa se la quitó de encima y la arrojó contra un espejo. El sostén se lo fue quitando muy, pero muy lentamente y luego lo lanzó con suavidad hasta la cara del Conde. Éste sintió que la excitación en el centro de su cuerpo se elevaba como leche hirviendo y sintió como si su pene fuera a estallar en cualquier momento. El Conde se empezó a desvestir torpemente sin dejarla de mirar. Ella, mientras lo veía pícaramente, empezó a masturbarse lentamente. Él se le acercó y  le tomó la mano a ella, y en un arranque de instinto animal, se la llevó a su nariz y la olió con devoción, con una aspiración profunda. Ella sonrió al ver la entusiasta lujuria de él. Luego, con un movimiento lento y sensual de la mano lo llamó y abrió las piernas; en ese momento el Conde se montó sobre ella y trató de penetrarla, pero sin éxito: ella comprendió la situación de su inexperto cliente y entonces tomó su pene y lo colocó en su introito vaginal. El Conde entró y sintió un calor húmedo que lo hizo pensar en la música y en los bosques. Pero al mismo tiempo se sentía cautivado por la personalidad extrovertida y simpática de la mujer, por lo que trató de platicar con ella mientras movía rítmicamente su cadera. Ella le seguía el movimiento con su cadera, y también le seguía la plática. Pero todo pasó muy rápido. De pronto, como en un abrir y cerrar de ojos, una mano golpeó la puerta de la habitación y una voz áspera y torva se escuchó afuera:

-¡Magaly, ya es hora!

La mujer empujó al Conde y de prisa empezó a vestirse.

-Mirá, lástima que no has terminado, pero ya me tocaron la puerta y si no salgo me van a regañar.

La burbuja del encanto se rompió en un instante. El Conde quedó confundido, pero igual se vistió rápidamente y salió a reunirse con sus dos amigos como quien ha ganado el maratón olímpico, pero con un sabor agridulce en el corazón.

En el bar sus amigos lo esperaban.

-¿Cómo te fue, Conde?

-¡Buenísimo, buenísimo! –mintió el Conde y ocultó su frustración a sus compañeros de aventuras, mientras sentía ya un fuerte dolor de testículos.

Los tres jóvenes salieron de la casa del desenfreno sintiéndose hombres hechos y derechos, cargando una sonrisa en los labios, pero caminado con rapidez, porque no tenían permiso para llegar tan tarde a sus casas.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo león

«UN PASEO POR LA VIDA». Capítulo III.

Ese dolor inmenso y llorar así de golpe por la noticia inesperada de la muerte su amigo Virgilio, llevaron al Conde a un viaje veloz hacia su niñez, hacia los primeros días de antes y después de esa otra muerte que lo había golpeado fuerte en la vida: la muerte de su padre.

Unos días antes, su padre había sido ingresado en el hospital y el Conde, que apenas tenía 8 años de edad, se la pasaba por las noches acostado mirando el techo y lloriqueando como una esponja exprimida, porque, aunque nadie se lo había dicho directamente, sabía -o intuía- que su padre tenía una enfermedad grave. Era un hombre joven de apenas 33 años de edad que, estando en aparente buen estado de salud, había caído de pronto inconsciente al suelo, después de una terrible y repentina cefalea.

Mientras miraba las manchas en las paredes, el Conde recordaba cómo unos días después su tío Rodrigo le había mentido diciéndole que lo llevaría al hospital a ver a su padre. «Pero antes vamos a pasar a hacer un mandado», le había dicho su tío, mientras el teatro, la alcaldía y la catedral veían al hombre y al niño atravesarse el parque.

Al doblar una esquina, después de caminar un par de calles, vio la funeraria y a toda esa gente de luto. Entraron sigilosamente. El ambiente parecía brumoso. El Conde y su tío voltearon la mirada al escuchar un llanto… Era la mamá del Conde sentada en un extremo opaco. Luego vieron el ataúd al fondo. El Conde presintió lo peor. No quería creerlo y sólo quería salir corriendo para cualquier lugar que no fuera la funeraria; pero sabía que la realidad no desaparecería alejándose de ella, así que se acercó lentamente al féretro. Cuando ya estaba frente a él, alguien lo tomó en brazos y lo levantó, como para que se convenciera de lo terrible, de lo amarga que puede ser la vida a veces, y entonces pudo ver a su padre. Estaba con los ojos cerrados, acostado, vestido de saco y corbata, con un color pálido tenebroso en la piel y unos algodones tapando cada una de las fosas nasales. Esa impactante imagen y esos cortos segundos quedaron grabados en su memoria para siempre.

Después de eso, los recuerdos se volvieron nebulosos en la cabeza del Conde. Sólo recordaba que a continuación del sepelio, él y su familia pasaron varios días hospedados en la casa de su tía Teresa (esposa de su tío Rodrigo), porque ella pensaba que era una manera de dar apoyo a su hermana que se había quedado viuda y con dos niños pequeños. Su casa era grande y espaciosa y les había asignado un dormitorio con dos camas, en donde el Conde, su mamá (Margarita) y su hermano Hernán se sintieron de alguna manera reconfortados.

Margarita estaba desconcertada con la muerte de su esposo y parecía estar como en un limbo soñoliento de donde no alcanzaba a aterrizar los pies sobre el crudo escenario de la vida o era tal vez que la realidad la había jalado tan fuerte y bruscamente hasta el suelo que el golpe la había dejado semiinconsciente. Lo cierto es que se le veía derrumbada, afligida y desconsolada. Por eso su hermana Teresa no dudó un solo instante en pedirle que se quedara unos días con ella hasta que se sintiera un poco mejor. Y en verdad que mejor, lo que se llama “mejor”, no se sintió, a pesar de que los días pasaban y pasaban;  pero Margarita sabía que al final tenía que regresar a su casa. Así que después de una larga semana hizo las maletas y tomó rumbo hacia el que entonces se había vuelto un incompleto espacio llamado hogar. Ese fue un día inolvidable, tristemente sentido para el Conde. Cuando su hermano, él y su madre llegaron a su casa, se quedaron mirando la fachada, como queriendo reconocerla, como adivinando que ya no era la misma casa que había albergado a una familia feliz.

Entraron por fin a su morada. Todo estaba oscuro y polvoriento. Había sobre el suelo del corredor un montón de restos de capulines dejados por los murciélagos nocturnos. Las telarañas oscilantes en los ángulos de las paredes se habían adueñado de la vivienda. El ambiente era sombrío y la casa estaba silenciosa y solitaria. Caminaron juntos, casi con el mismo ritmo. De pronto, al ver la penumbra, su madre se detuvo y abrazó a los dos niños y rompió en llanto. El Conde y su hermano se refugiaron en el regazo de la angustiada mujer. El Conde intentó decir unas palabras que quisieron dar alivio a su madre, pero se le quedaron aglomeradas y atascadas en un grueso nudo de la garganta. Margarita, vestida de luto completo –el cual usó durante todo un año-, estaba inconsolable, llorando sin reparos, con lágrimas y lamentos, como si intentara  sacar todo el dolor que llevaba adentro.

Eran más o menos las cinco y media de la tarde y el sol rojo, en el horizonte lejano, crispaba en agonía…

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

LO QUE APRENDÍ DE RAFAEL MENJÍVAR OCHOA.

Conocí a Rafael Menjívar Ochoa allá por el año 2004, en la Casa del Escritor, que está en la Villa Monserrat, la enigmática casa donde vivió Salarrué, nuestro más querido escritor. Yo había llegado emocionado buscando a Rafael con un escrito mío sobre una ficción de los años ´60 y ´70 y él tuvo la cortesía de leerlo. La verdad es que nunca voy a olvidar ese día: me lo destrozó de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. Me sentí decepcionado en el momento; pero presté atención a todo lo que me decía. Rafael tenía una manera peculiar de decir las cosas. Y no me refiero a su acento mexicano –siendo salvadoreño-, sino a su manera tajante de afirmar algo y al mismo tiempo de usar tonos en la voz que eran como invitaciones para que uno reflexionara y mirara más allá de lo escrito. No había en ello nada de indiferencia; al contrario, era el interés genuino de Rafael en ayudarlo a uno a mejorar.

Me llamó mucho la atención su manera tan aguda de analizar cada frase, cada palabra; me pareció que veía a un oftalmólogo suturando el ojo con sus hilos casi invisibles: ¿Qué había detrás de las palabras? ¿Por qué estaba yo contando eso? ¿Estaba acaso escribiendo algo que en realidad no quería decir? ¿Había palabras redundantes e innecesarias? Rafael me cuestionó todo, hasta la médula. Me habló de modas en la ropa, de personajes artísticos de la época (recuerdo que yo mencionaba en el escrito al actor Mauricio Garcés, entre otros, y Rafael amplió las posibilidades de los personajes femeninos que solían aparecer en esas películas, hablándome de la diferencia en los maquillajes que usaban las actrices, etc.); me habló de metáforas al expresar las ideas, del ritmo de una frase… Me habló de un todo completo que puede tener un escrito y me hizo ver mi propia debilidad en la redacción. Ahora le agradezco de veras ese bofetón intelectual que recibí.

Quiero decir que alguna vez sentí cierta petulancia en él; pero fue la primera impresión, puedo asegurar que no lo era, al irlo conociendo mejor me di cuenta que era su carácter fuerte y punzante a la hora de examinar un texto, era esa mirada penetrante de sus ojos saltones y escrutadores que no dejaban pasar ni el más mínimo error.

Aprendí también mucho leyendo a Rafael Menjívar Ochoa (por cierto que tengo en mi poder dos libros suyos que me autografió y los guardo con cariño). Su literatura es fuerte y decidida y si uno la mira, no sólo de la manera tradicional, disfrutándola, paladeando las frases y saboreando los argumentos, sino leyendo entre líneas y mirando con lupa, puede uno rescatar algo de la filosofía y disciplina literaria de Rafael. Desde el inicio de un cuento o una novela suya, uno siente como si entrara en otro cosmos, en un mundo crudo de personajes oscuros que él extrajo muy bien de la realidad y nos los arrojó sin previo aviso y con fuerza en la consciencia. Siempre me ha parecido que sus novelas de corte policial son tan cinematográficas que puede uno casi ver los ojos de los policías y sentir sus respiraciones, tocar las ropas y oler las traspiraciones de todos esos personajes oscuros y sonámbulos que habitan su literatura. En sus novelas uno, como lector apasionado, toma asiento frente a sus personajes mientras estos discuten o se agreden y hasta teme uno ser salpicado por su sangre o su saliva. Todos esos protagonistas de sus novelas y cuentos son realmente creíbles, muy bien dibujados. Jorge Luis Borges habló sobre esto alguna vez, usando la Metamorfosis de Frank Kafka: «Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso  insecto». Y lo explicó también con el ejemplo del Quijote de La Mancha: «En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…». “Y ahí”, dice, Borges, “ya estamos en otro mundo…”. Creo que esa debe ser la misión de todo escritor de ficción, hacer creer con propiedad al lector que lo que está leyendo es la verdad completa y existente. Algo difícil de hacer con el intrincado y laberíntico lenguaje, tan rebelde como él solo. Y sin embargo Rafael Menjívar Ochoa logró llevar la credibilidad a sus historias sin duda alguna.

Es además una gran virtud de Menjívar Ochoa plantear en sus novelas todo un escenario de acción en un par de frases dichas por sus personajes o en un par de líneas que de entrada no parecieran tener la intención de describir nada. Economía de recursos dicen los entendidos. Genialidad diría yo.

No todos podemos escribir como Menjívar Ochoa, ni creo que debamos hacerlo. Cada uno de nosotros tiene su propia identidad y debe buscar su propia voz. Pero en los libros de Menjívar Ochoa podemos hallar una ruta de inicio para la expresión, una escuela que no está velada para el que quiera ver y hallar; quizás su literatura sirva hasta de inspiración para futuros trabajos lingüísticos.

Como ya es conocido por muchos, Rafael Menjívar Ochoa fundó la Casa del Escritor, en donde dio durante años tutorías a muchos jóvenes amantes de la literatura. Aunque yo no formé parte de su grupo de alumnos, sí nos vimos varias veces más con Rafael, en diferentes circunstancias y esas otras veces que hablé con él, a través de su visión profunda y cosmopolita de este planeta, también aprendí algo nuevo. Y hay una cosa que siempre le voy a agradecer a Rafael y es que me aconsejó leer algunos libros que yo desconocía y gracias a eso me encontré con grandes autores del presente y del pasado que hoy alimentan mi espíritu.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografía extraída de: El Salvador.com http://www.elsalvador.com/mwedh/nota/nota_completa.asp?idCat=6482&idArt=1728664

OTRO POEMA DE LOS DONES. Uno de mis poemas favoritos de Jorge Luis Borges.

Algunos amigos que gustan de la lectura me han dicho que a veces se “saltan” el prólogo de los libros y todos tienen sus razones: unos se aburren, otros no quieren sentirse  “predispuestos” a la lectura que viene, a algunos no les gustan los análisis críticos o las largas introducciones, etc.

Yo generalmente leo los prólogos; aunque más de alguna vez los he obviado debido a mi ansiedad de entrar directamente en materia, es decir, en el libro en sí. Ahora bien, los libros de Jorge Luis Borges puedo decir que son un caso muy especial. Me encantan sus prólogos, los prólogos que él mismo escribe para sus libros; incluso a veces escribe epílogos, y todos son tan fascinantes como los contenidos de sus libros propiamente dichos. Realmente disfruto de sus introducciones y sus dedicatorias. Uno de mis prólogos favoritos de él es el del libro «El Hacedor».

Hace poco compré un libro maravilloso, una joya de verdad: la «Poesía completa» de Borges. Varios de los libros ahí contenidos ya los había leído, pero de muchos otros no conocía ni un solo poema o solamente conocía algún par de versos dispersos en antologías.

El libro, de 670 páginas, abarca desde «Fervor de Buenos Aires» (1923) hasta «Los conjurados» (1985). Sería muy difícil decidirse y decir cuál de los libros de poesía de Borges es el mejor, y más aún, inclinarse por alguno de sus poemas para nombrarlo como el más sobresaliente. Sin embargo, hay un poema que siempre me ha gustado mucho y es «Otro poema de los dones», que pertenece a su libro «El otro, el mismo», de 1964. Quizás me gusta tanto porque me siento identificado con el sentimiento armonioso de agradecimiento que posee y por la manera espléndida en que parece abarcar el mundo entero; pero también por las profundas revelaciones que, en bellas figuras poéticas, Borges nos lanza a la consciencia con su peculiar manera de escribir. Me encanta, por ejemplo, lo que dice sobre la rosa,  o el énfasis que hace del contraste físico entre el diamante y el agua, o la manera en la que se refiere a la música al final del poema, o la mención que hace de su abuela paterna de origen inglés: Frances Haslam, etc.

Hay que hacer ver que en 1960, Jorge Luis Borges publicó su libro «El Hacedor», en donde venía incluido el poema titulado «Poema de los dones», que es también maravilloso. Pero en esta ocasión quiero compartir con ustedes la bella composición «Otro poema de los dones».

Óscar Perdomo León

***

OTRO POEMA DE LOS DONES

Gracias quiero dar al divino

laberito de los efectos y de las causas

por la diversidad de las criaturas

que forman este singular universo,

por la razón, que no cesará de soñar

con un plano del laberinto,

por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,

por el amor, que nos deja ver a los otros

como los ve la divinidad,

por el firme diamante y el agua suelta,

por el álgebra, palacio de precisos cristales,

por las místicas monedas de Ángel Silesio,

por Schopenhauer,

que acaso descifró el universo,

por el fulgor del fuego

que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo,

por la caoba, el cedro y el sándalo,

por el pan y la sal,

por el misterio de la rosa

que prodiga color y que no lo ve,

por ciertas vísperas y días de 1955,

por los duros troperos que en la llanura

arrean los animales y el alba,

por la mañana en Montevideo,

por el arte de la amistad,

por el último día de Sócrates,

por las palabras que en un crepúsculo se dijeron

de una cruz a otra cruz,

por aquel sueño del Islam que abarco

Mil Noches y Una Noche,

por aquel otro sueño del infierno,

de la torre del fuego que purifica

y de las esferas gloriosas,

por Swedenborg,

que conversaba con los ángeles en las calles de Londres,

por los ríos secretos e inmemoriales

que convergen en mí,

por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria,

por la espada y el arpa de los sajones,

por el mar, que es un desierto resplandeciente

y una cifra de cosas que no sabemos

y un epitafio de los vikings,

por la música verbal de Inglaterra,

por la música verbal de Alemania,

por el oro, que relumbra en los versos,

por el épico invierno,

por el nombre de un libro que no he leído: Gesta Dei per Francos,

por Verlaine, inocente como los pájaros,

por el prisma de cristal y la pesa de bronce,

por las rayas del tigre,

por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,

por la mañana en Texas,

por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral

y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,

por Séneca y Lucano, de Córdoba,

que antes del español escribieron

toda la literatura española,

por el geométrico y bizarro ajedrez,

por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,

por el olor medicinal de los eucaliptos,

por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,

por el olvido, que anula o modifica el pasado,

por la costumbre,

que nos repite y nos confirma como un espejo,

por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,

por la noche, su tiniebla y su astronomía,

por el valor y la felicidad de los otros,

por la patria, sentida en los jazmines

o en una vieja espada,

por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,

por el hecho de que el poema es inagotable

y se confunde con la suma de las criaturas

y no llegará jamás al último verso

y varía según los hombres,

por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos

por morir tan despacio,

por los minutos que preceden al sueño,

por el sueño y la muerte,

esos dos tesoros ocultos,

por los íntimos dones que no enumero,

por la música, misteriosa forma del tiempo.

***

Revisión de ortografía y redacción: Laura María Perdomo Pacas.
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EL INMORTAL, de Jorge Luis Borges 
BORGES ORAL. Jorge Luis Borges en la universidad de Belgrano.

LOS HÉROES TIENEN SUEÑO. Una novela de Rafael Menjívar Ochoa.

Esta novela policial de Rafael Menjívar Ochoa se lee rápido porque es corta (sólo tiene 87 páginas) y porque su lenguaje es muy sencillo. Pero esa sencillez no significa que la novela carezca de profundidad, porque en realidad el autor, con su hábil buceo en las consciencias de varios policías “especiales”, nos muestra un panorama de lo que son los sicarios, en varias dimensiones.

Este buceo del que hablo es un paseo de Menjívar Ochoa en la psicología y la sociología de los personajes principales. La destreza en la escritura de este novelista está en mostrarnos todo ese amplio submundo, oscuro, implacable, lleno de corrupción y de secretos y misterios inimaginables, a través de diálogos y monólogos muy bien escogidos, que unas veces son frases aparentemente sin importancia y otras veces dicen sus verdades, las verdades que ellos viven; algunas frases puestas en la boca de los personajes a veces rayan en lo parco, casi en la indiferencia, pero que por lo mismo son muy efectivas para enmarcar la manera de pensar de estos asesinos gubernamentales a sueldo.

Toda la trama se desarrolla en México D.F. y los personajes principales son el Coronel, el Perro, el Ronco y el narrador omnisciente, del cual nunca sabemos el nombre, y que también es otro policía que vive y pervive junto a ellos todos los trabajos sucios que se les encomiendan.

La configuración de los personajes es muy buena; sin ser descritos físicamente, uno puede ya imaginárselos mirando, caminando, corriendo y asesinando. Cada uno de ellos tiene una voz propia, aunque la mayoría de ellos por momentos toma una forma de hablar casi displicente, quizás por su contacto con la muerte casi diaria, en donde la fingida indiferencia ante la vida es su manera de irse transformando en esos seres duros, insensibles, pero que cuando llega el momento de la verdad se vuelven sentimentales y fieles, a su manera. Arriesgan su vida por su fidelidad a su jefe. Uno de ellos casi se enamora de una prostituta; otro se preocupa de su mujer y de sus hijos; todos son seres humanos que han decrecido en una inmoralidad asesina, es verdad, pero que en ciertos momentos muestran rasgos de innegable valentía, y en otros, debilidades y necesidades como cualquier otro ciudadano normal…  Son héroes a su manera. Tienen su propio código de ética. Viven y mueren obsesionados en su “trabajo”.

Acercándose al final, por un momento la narración me recuerda el final de la película «American beauty», de Sam Mendes, ganadora del Oscar en 1999, por el tono casi de ultratumba cuando el narrador dice en la novela: “Sentí un golpe en la cabeza y un peso en el cuerpo como si me hubiera caído un edificio. Después me morí, y fue lo mejor que me pudo pasar. Por eso sé que cualquier forma de morirse es buena.” Hay que aclarar que «American beauty» salió a la luz en septiembre de 1999 y la novela de Menjívar Ochoa fue publicada antes, en abril de 1998.

Disfruté mucho leer «Los héroes tienen sueño», como gocé del mismo modo otra de sus novelas policiales: «De vez en cuando la muerte», en donde, por cierto, Menjívar Ochoa usa también a los personajes el Ronco y el Perro.

PARA FINALIZAR, UNA BREVE ANÉCDOTA.

Esta novela la compré en el año 2004 sin querer; en realidad yo andaba buscando otro libro, pero en un estante me topé con ella y me dio curiosidad leerla. Un par de meses después me encontré con su autor, se la mostré y escribió en ella una pequeña dedicatoria. Recuerdo que se puso muy contento de verla porque, según le dijo a su hijo Rafael Eduardo, con quien estaba en ese momento, él pensaba que todas las copias se habían agotado ya. Y su hijo le respondió: “De todas tus novelas policíacas, ésta es la que me más gusta”.

Texto:

Óscar Perdomo León

Imágenes escaneadas del libro en cuestión.

JORGE LUIS BORGES. Programa de radio dedicado al gran escritor argentino.

Jorge Luis Borges

Los amantes de la literatura y en especial los que gustan de la obra de Jorge Luis Borges (1899-1986), creo que disfrutarán de este programa de radio que hice en el año 2005. Este programa radial que inventé y que se llamaba «La noche es tierna» (y que duró al aire aproximadamente un año y medio) lo hacía sólo por el especial amor que siento hacia la literatura y hacia la música.

Además de algunos textos escritos por el grandioso Jorge Luis Borges, en este programa radial específico podrán escuchar  también la música de Facundo Cabral y de Astor Piazzolla.

No soy locutor de profesión, así que solicito para mí su amable paciencia y tolerancia. Los dejo, pues, con mi humilde homenaje radial al gran escritor Jorge Luis Borges.

Texto:

Óscar Perdomo León

Imagen de Borges extraída de Google.

ESAS EXTRAÑAS COINCIDENCIAS

I

Hace muchos años estaba yo leyendo «Luz Negra», de Álvaro Menen Desleal. Llevaba una lectura muy lenta porque en realidad lo que ocupaba casi todo mi tiempo -del día y de la noche- eran mis turnos como médico de cierto hospital. Un día me mandaron a cubrir la Torre Oncológica. La noche anterior había terminado por fin de leer esa gran obra de la dramaturgia y todavía Goter y Moter andaban sonando en mi cabeza. Subí por el ascensor de la Torre y al llegar al tercer piso, me encontré, para mi sorpresa, que uno de los enfermos ingresados era nada más ni nada menos que Álvaro Menen Desleal. Intercambié unas breves palabras con él, le pregunté si tenía dolor y me dijo que no. Aunque se veía que no se sentía bien, se mostró optimista y me regaló una sonrisa. Luego me alejé para dejarlo descansar y me pasé varios días pensando en eso…

II

Años después me pasó otra coincidencia cuando terminé de leer «Hacer el amor en el refugio atómico», también de Álvaro Menen Desleal. Me sentí muy conmovido por el trágico final de la obra, ese que Menen Desleal rodeó y salpicó muy bien con la música del cuarto movimiento de la «Novena Sinfonía» de Beethoven; la verdad es que mi emoción era tanta que hice un gran esfuerzo para no llorar. Respiré profundo, después me levanté de mi asiento y me fui directamente hacia mi carro, para ir a hacer una diligencia. Todavía conmocionado por el libro, al subir a mi vehículo, encendí la radio y sintonicé, como casi siempre, el 103.3 F.M. Por extraña coincidencia en ese preciso momento estaba sonando el cuarto movimiento de la «Novena Sinfonía». Entonces la intensidad y la belleza de la música fueron tan grandes y se mezclaron con las palabras escritas por Menen Desleal que aún venían frescas en mi mente, que ya no pude contener mis lágrimas…

III

Hace muchos años, entre 15 y 17 años más o menos, viví en  la colonia Los héroes de San Salvador; una muchacha muy bonita vivió también allí, sin embargo nunca nos encontramos a pesar de vivir sólo a unos cien metros de distancia. Esa muchacha estudiaba Medicina, lo mismo que yo. Nunca la vi en la Universidad ni en ningún hospital. Esa muchacha había nacido el mismo día, mes y año que mi hermana menor. Esa muchacha tuvo dos hijas, al igual que yo, y su primera hija nació en 1995, el mismo año en que nació mi primera hija. En el año 2001 esa joven tan cercana a mí y tan lejana al mismo tiempo, se divorció, el mismo año en el que también yo me divorcié.

Cuatro años después esa joven doctora llegó a trabajar al mismo hospital en donde yo trabajaba y la conocí. Me llamó la atención verla un día sentada leyendo «Narraciones», un libro de la Biblioteca Básica Salvat, que contenía una colección de cuentos de Jorge Luis Borges, el mismo, coincidentemente, que yo andaba releyendo por esos días.

Me hice novio de ella cuando nos descubrimos el uno al otro escuchando a Fito Páez. Ya las coincidencias eran muy fuertes e innegables. Ya era insoportable no estar con ella.

Ese mismo año nos fuimos a vivir juntos. Y un año después nos casamos muy enamorados, la misma fecha (esta vez ya no por coincidencia, sino de manera premeditada) en que nos habíamos hecho novios…

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografías extraídas de Google.

RODOLFO GÓCHEZ. ESCUCHANDO AL POETA. Un cortometraje documental salvadoreño.

Este documental era una especie de cuenta pendiente conmigo mismo, porque siempre andaba pensando en hacer algo sobre mi ciudad natal, Atiquizaya (Ahuachapán, El Salvador), y el poeta Rodolfo Góchez (1919) que es originario de esa ciudad y es un personaje humano y literario interesante, me dio a través de su talento, la oportunidad de conseguirlo.  Así que a través de él estoy llegando hasta mi querida ciudad.

En este siglo XXI en que vivimos, en donde las comunicaciones son tan rápidas y las distancias se han reducido increíblemente, y buena parte de la población mundial tiene acceso a Internet, y la vida la vivimos agitadamente, corriendo de un lado para otro, es un tiempo en donde, a pesar de que las oportunidades han aumentado con respecto al pasado, muy pocos leen libros; la mayoría prefiere leer únicamente frases breves en twitter o palabras superfluas en facebook. Por eso encontrarme con Rodolfo Góchez, un hombre nacido a principios del siglo pasado que se nutrió de educación de una manera autodidacta, no deja de causarme admiración y asombro. Además su sensibilidad hacia la poesía es tan grande, de tal manera que no sólo la lee, sino también la escribe, que inmediatamente me atrajo para tomarlo como personaje de este documental.

Pero no sólo la poesía ha sido su vida, sino también el dibujo. Además su labor como empresario del cine-teatro Fox de Atiquizaya fue muy interesante y enriquecedora culturalmente hablando para la ciudad de Atiquizaya. Vale la pena también escucharlo contar sus anécdotas, escuchar sobre su amistad con el actor mexicano Tin Tan u oír sus opiniones sobre algunos de los más conocidos escritores salvadoreños, como Pedro Geoffroy Rivas o David Escobar Galindo, por ejemplo, para sumergirnos en un mundo en donde el pasado se mezcla con el presente.

Quiero decir además que este documental no hubiese sido posible sin la participación de mi querida esposa Érika. Ella y yo somos ÁRBOLESDEFUEGO, la pequeña empresa con la que contra viento y marea llevamos a cabo nuestros humildes proyectos audiovisuales.

Quiero que sepan asimismo que sin la participación de mi tío  Henry Perdomo Escobar, quien aportó una gran cantidad de información tan valiosa e importante sobre el poeta Góchez, este documental no hubiese quedado igual. Además, un punto esencial del cortometraje es cuando mi tío Henry lee el poema “Ecce Homo”: nadie pudo haber leído de mejor manera ese poema, ustedes se darán cuenta que en la voz de mi tío hay una potencia notable y una gran fuerza expresiva, volumen suficiente y mucho corazón y, por si fuera poco, una dicción perfecta.

Los invito, pues, a que vean el cortometraje documental RODOLFO GÓCHEZ. Escuchando al poeta.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografías:

Érika Valencia-Perdomo

Este mismo artículo con vídeo incluido fue publicado por primera vez, la semana pasada, en el blog LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR 

Créditos del documental:
Un cortometraje dirigido por ÉRIKA VALENCIA-PERDOMO y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Importante intervención de HENRY PERDOMO ESCOBAR, maestro y empresario, amigo del poeta y conocedor de su obra.
Montaje: ÉRIKA VALENCIA-PERDOMO y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Música compuesta por: ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Arreglos musicales e interpretación: ARECIO D´ LEÓN y ÓSCAR PERDOMO LEÓN

ÉRIKA Y LA NOVELA

Es increíble el destino de los libros. El ser humano siente una acumulación en su corazón, que no lo deja tranquilo, entonces toma una página y escribe. Y luego otra página y otra… Con los meses o los años, ha escrito una novela.  ¿Y qué es una novela  –el manuscrito original- en la casa del que la ha escrito? Es un libro escondido o casi perdido. Es un cúmulo de palabras que no respiran ni se mueven. No hay respuesta para ellas. No es más que un texto asfixiado, un volumen muerto.

Pero luego una editorial lo edita, lo imprime y lo publica (o lo resucita, que es lo mismo). Y es asombroso y hasta fascinante como pueden pasar años y años, quizás siglos, tal vez recorriendo océanos, horas y días, para que ese libro se la pase en una librería durmiendo, antes de caer en las manos del lector adecuado, del humano clarividente que sabrá interpretar su mensaje y su belleza.

A veces tienen que pasar vicisitudes, accidentes, cosas inimaginables y quizás hasta sucesos que se parecen mucho a los milagros, para que ese alguien, sin buscarla, precisamente en el año adecuado y en el lugar exacto, encuentre en la librería menos pensada, la novela solitaria, la somnolienta, la oportuna para su alma… la adecuada.

Pero que no les quepa duda que valdrá la pena el añejamiento del papel y la tinta que rodará en el tiempo. La unión del esfuerzo creativo a un extremo de la cuerda y la bienvenida gentil y amorosa en el otro extremo, será explosiva. ¡El disfrute para ese alguien, entre cada párrafo y cada página, será orgásmico!

¿Y qué es la vida, sino un paseo por ese ejemplar de novela, por esa narración de largo aliento que es la conveniente, la apropiada para su corazón y su cerebro, entre miles y miles que se han escrito?

Pues déjenme contarles, amigos y amigas, que esa misma seducción embrujada que le provocará a ese alguien la novela adecuada, fue la misma fascinación que sentí cuando conocí y me enamoré de Érika.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

LOS REYES DEL MAMBO CANTAN CANCIONES DE AMOR. Una novela de Óscar Hijuelos.

Me tropecé en una librería, sin andarlo buscando, con un ejemplar de «Los reyes del mambo cantan canciones de amor» e inmediatamente me llamó la atención porque yo sabía lejanamente dos cosas sobre ella: una, que había sido una novela en la cual se había basado la película de The Mambo Kings y dos, que en esa cinta había aparecido Antonio Banderas y Celia Cruz. No había visto la película (y aún no la he visto), así que me sentí interesado.

Mis hábitos de lectura son un poco raros, digo yo, porque casi nunca estoy leyendo un solo libro a la vez, sino dos o tres. Y hay algo además, cuando estoy por finalizar un libro que me ha gustado mucho, en sus últimas diez o cinco páginas generalmente bajo la velocidad de lectura, como para prolongar el placer y me paso un par de día inventando pretextos para no terminarlo. Es un goce como cuando uno deja la porción de comida que más le gusta por último, para saborearla mejor. Y «Los reyes del mambo cantan canciones de amor» no ha sido la excepción a esta regla mía.

Esta novela publicada originalmente en inglés en 1989 y que consta de 590 páginas, ha sido una verdadera delicia para mí. Me atrajo principalmente por la ambientación en que se da la trama, que es alrededor de los años ´40, ´50 y ´60 del siglo XX, esencialmente, así como la importancia de la música como trasfondo y corazón de la historia.

El protagonista cardinal de la novela es César Castillo, un músico cubano que en su juventud emigra hacia Nueva York, junto a su hermano Néstor. Lo hacen antes de la llegada de la Revolución, así que básicamente nunca experimentaron vivir bajo el gobierno de Fidel; sin embargo el protagonista principal toma una posición política: la de no apoyar directa o indirectamente a la Revolución.

En su natal Cuba, César y Néstor habían tenido la experiencia de un padre muy violento; pero también habían tenido la oportunidad de aprender música. Al llegar a los Estados Unidos, ambos hermanos trabajaron en varias faenas no relacionadas con la música; pero lograron al fin armar una orquesta de calidad, en donde César cantaba y Néstor tocaba la trompeta.

La nostalgia de su patria y de un amor nunca abrazado hizo que Néstor, con una pequeña ayuda de César, compusiera “Bella María de mi alma”, la cual fue un verdadero éxito en sus conciertos y en la ventas; además la cantaron triunfalmente en el famoso programa televisivo «Yo amo a Lucy», invitados por Desi Arnaz (esposo de Lucy Ball).

Disfruté mucho de las alusiones musicales, de estilos, de composiciones, de músicos tan reconocidos como Chico O´Ferril o John Coltrane, para mecionar sólo algunos.

La novela inicia cuando a César lo llama una vecina para que vea que en la televisión está saliendo un capítulo de la serie «Yo amo a Lucy», en donde él y su hermano Néstor son los invitados. Y toda la historia transcurre con César, sentado en una habitación del hotel Esplendor, recordando su niñez, su juventud, su adultez y sus numerosas mujeres, su vida en Cuba y su nueva existencia en los Estados Unidos.

Es una novela muy amena. Cuando la compré no sabía que Óscar Hijuelos había ganado con este libro el premio Pulitzer de ficción en 1990. Ahora sólo me queda ver la película, cuando tenga oportunidad.

Este libro es muy recomendable para los que, como yo, aman la música y la literatura.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografía: fragmento de la portada tomada a  mi novela (maltratada, de tanto ir de aquí para allá).

LEONARDO DA VINCI. Una biografía escrita por Jay Williams.

Autorretrato de Leonardo da Vinci

Las biografías de los grandes hombres o mujeres que han hecho evolucionar a la humanidad siempre me han interesado. Y si hablamos de grandes, pues la verdad que Leonardo da Vinci ha sido uno de los más grandes. Era un hombre multifacético, genio en todo lo que hacía. No sólo fue pintor, escultor, músico, arquitecto, científico e inventor, sino también filósofo y humanista.

Me gustó mucho leer este libro porque sus 150 páginas están llenas de ilustraciones con dibujos, pinturas, bocetos, inventos, estudios de anatomía, etc., todas hechas por Leonardo. Era un hombre perfeccionista y fue quizás el representante más brillante de esa época iluminada de la humanidad conocida como Renacimiento.

Draga
«En medio de sus múltiples ocupaciones Leonardo halló tiempo para investigar sobre los problemas de la ingeniería civil. Sugirió las primeras casas prefabricadas y proyectos de planeamiento de ciudades. Otra idea en la que insistió varias veces  fue la construcción de canales, esclusas y compuertas, con miras a hacer navegables los ríos. También trazó planos importantes para la creación de nuevos campos de cultivo mediante la desecación de pantanos, e inventó una draga (arriba) para extraer el barro. Una de sus más grandes ideas de ingeniería fue una ciudad imaginaria con pasos superpuestos (abajo). Sugiere una solución a los problemas del tráfico moderno…»
Ciudad imaginaria con pasos superpuestos

Leonardo era “hijo natural de Piero, notario del pueblo de Vinci, cercano a Florencia, del cual tomó el apellido su familia.”  Nació Leonardo el año de 1452 y de niño se la pasaba explorando la campiña, con una ardiente curiosidad por conocerlo todo. En la escuela absorbía con rapidez todo lo que le enseñaban sus maestros.

Empezó a dibujar desde niño y además le gustaba coleccionar cosas que amontonaba en su habitación y de las cuales tomaba numerosos apuntes.

En una ocasión en que Piero fue a la ciudad de Florencia, llevó consigo los dibujos de su hijo y se los mostró a su amigo Andrea del Verrocchio, quien era uno de los mejores artistas de la ciudad, para saber su opinión. “Verrocchio se dio cuenta en seguida de que los dibujos de Leonardo contenían algo más que una mera promesa.” De tal manera que el joven Leonardo se trasladó a Florencia al taller de Verrocchio, para iniciar su aprendizaje ya más formal sobre las artes.

Este fue el inicio de su aprendizaje más formal de las técnicas en la pintura y la escultura. Y así, con el tiempo, Leonardo creó algunas de las obras más bellas y además conocidas por la humanidad, como La virgen de las rocas, La Mona Lisa y La Santa Cena.

La virgen de las rocas
«Leonardo pintó dos versiones de «La virgen de las rocas». La primera de ellas (arriba) terminada probablemente antes de que abandonara Florencia, se halla en el Museo del Louvre de París; la segunda, que al parecer era un retablo encargado por la cofradía de Milán, está en la National Gallery de Londres. Estos cuadros marcan una notable evolución en la historia del arte, pues contrariamente a los pintores anteriores que separaban las formas contorneándolas, Leonardo modelaba sus figuras solamente con luz y sombra. Esta técnica, llamada claroscuro, les daba un aspecto tridimencional. Agrupó también sus figuras en una pirámide, para  que la mirada fuera atraída por el máximo punto de interés: la cabeza de la virgen. Leonardo creó y perfeccionó ambas técnicas, que se transformaron en leyes básicas para las generaciones de artistas posteriores.»
He aquí un fragmento de La Mona Lisa, su famosa pintura.
La Santa Cena (o conocida también como La Última Cena).

Este espacio es demasiado pequeño para contar todo lo que se dice en su biografía; pero me gustaría aquí reproducir algunos de los otros comentarios que hicieron algunas personas sobre Leonardo.

Giorgio Vasari, pintor, escultor e historiador de arte italiano, escribió en 1558: «La naturaleza lo dotó de tal modo que en todo aquello que emprendía su cerebro o su mente, demostraba armonía, vigor, vivacidad, excelencia, belleza y gracia incomparables. Su conocimiento del arte le impidió terminar muchas obras que había empezado, porque sentía que su mano no conseguiría realizar las perfectas creaciones de su imaginación…»

G.P. Lamazzo, historiador de arte italiano, escribió en 1590: «Gracias a este método (utilizando luz y sombra en  sus pinturas) representó, en sus rostros maravillosos y en sus figuras, cuanto puede hacer la propia naturaleza. Y en esto fue superior a todos, pues se puede afirmar que la inteligencia de Leonardo era divina.»

Hippolyte Taine, filósofo de arte e historiador francés, escribió en 1897: «El mundo no ha conocido quizá ningún otro ejemplo de un genio tan universal, tan dotado de imaginación, insatisfecho, sediento de lo eterno, naturalmente sutil y adelantado a su propio siglo y a los posteriores. Sus figuras expresan un espíritu y una sensibilidad increíbles: rebosan pensamientos y sentimientos no expresados hasta entonces.»

Cloux. Esta fue la mansión que había asignado para vivir a Leonardo da Vinci, el rey Francisco I. Fotografía de Roger-Viollet.

Théophile Gautier, poeta y crítico francés, escribió en 1875: «Leonardo es el pintor por excelencia del misterio, de lo inefable y del crepúsculo; su pintura parece música en tono menor. Sus sombras son velos a través de los cuales deja una rendija, o bien los espesa para hacernos adivinar su secreto.»

La alcoba donde pasó sus últimos años Leonardo da Vinci. Fotografía de Pierre Jahan.

Sus últimos días, Leonardo los pasó en Francia, en los dominios del rey Francisco I, quien le había dado un lugar para vivir y le pagaba cierta cantidad de dinero al mes. Lo único que le pedía era que de vez en cuando tuvieran el placer de una conversación. Benvenuto Cellini, famoso órfebre, escribió: «No sé qué placer es mayor, si el del príncipe que halla a un hombre de acuerdo con su propio sentir, o el del artista que encuentra a un príncipe que le facilita los medios para llevar a cabo su obra.»

El 02 de mayo de 1519, Leonardo murió. Se dice que el rey Francisco I, al enterarse de la noticia, «lloró lleno de pesadumbre».  Un amigo del genio Leonardo, Francisco de Melzi, escribió: «Fue para mí como el mejor de los padres… Perder un hombre como él es un perjuicio para todos, pues la naturaleza no puede producir otro  semejante.»

Texto:

Óscar Perdomo León

Todas las citas, entre comillas, así como las fotografías, han sido tomadas del libro Leonardo da Vinci, publicado en 1968; excepto La Última Cena, extraída del blog La página de Juan.

LA MUJER QUE NUNCA FUE MÍA

En la pared las sombras de los árboles danzaban rítmicas, empujadas por un viento frío. Yo, acostado en mi cama, me sentía muy solo y acongojado. El reloj de la alcaldía repicaba las tres de la mañana y mi insomnio y mi tristeza danzaba también en mi pecho, como las sombras.

(Los noctámbulos solemos tener inmensas energías por la noche, y descarga de nuestra batería corporal por las mañanas. Es algo difícil de entender para los humanos sanos y acomodados a este mundo; pero estar viviendo al revés de nuestras intensidades es algo terrible.)

Yo era sólo un adolescente y mi nostalgia rayaba como un cristal roto mi corazón. Me había acostumbrado ya al sonido del viejo reloj del pueblo y era él mi acompañante solitario. Sus repiques eran como un marco familiar para mi consciencia imberbe.

En la oscuridad miraba las sombras, móviles y frías, y dentro de ellas miraba mis recientes recuerdos de niño-adolescente, esos que me llevaban a esa tarde de Tercer Ciclo, bajo el quemante sol del mediodía. Estaba en octavo grado. Y ahí estaba ella, la más bella de todas. Y ahí estaba yo, como un idiota, besándola en la mejilla mientras ella se burlaba sin piedad de mi inocencia. Era tres años mayor que yo y ya tenía, clandestinamente, marido.

Texto:

Óscar Perdomo León

Imagen tomada de Google imágenes.

HOMBRES CONTRA LA MUERTE. Una novela de Miguel Ángel Espino.

Miguel Ángel Espino

Al leer la novela «Hombres contra la muerte», de Miguel Ángel Espino, quedé sumamente impresionado. Su prosa es verdaderamente exquisita. Es una escritura con mucha energía y realismo, cuyas frases tienen verdaderamente una fuerza volcánica, y su pensamiento muy inclinado a lo social,  hacia los valores relacionados con la bondad y la fidelidad hacia los ideales de querer ver crecer con equidad a nuestros pueblos latinoamericanos.

También hay una gran cantidad de poesía en esta novela, sus palabras tienen alas de belleza, vuelan con metáforas e imágenes hermosas. Esto no es de extrañar, ya que el hermano de Miguel, Alfredo Espino, es el autor de ese bello poemario llamado “Jícaras tristes”, recopilado por Alberto Masferrer.

Pero volviendo a «Hombres contra la muerte», me gustaría decir  que en este siglo XXI, en un tiempo en donde algunos escritores salvadoreños prefieren darle la espalda a la realidad de nuestro país subyugado por un poder que no obedece más que al dinero, en contraste me tropiezo felizmente con «Hombres contra la muerte» y encuentro en su argumento una historia de amor por Belice, por América toda, una historia de amor hacia Latinoamérica, llena de la ilusión por la libertad y la justicia.

En este tiempo en que los dirigentes del FMLN han alcanzado el poder en el gobierno y al mismo tiempo se han convertido en la nueva burguesía insensible a la pobreza del pueblo, una dirigencia insensata que ha olvidado la necesidad de buscar y darle una verdadera educación a este país desangrado, un FMLN que ha perdido el rumbo y el porqué de una larga lucha, de generaciones y generaciones, en búsqueda de la dignidad para El Salvador, una lucha que el FMLN, el partido que se suponía que defendía los más altos sueños de El Salvador, ha traicionado, me estrello suavemente con esta novela de Miguel Ángel Espino (terminada de escribir en noviembre de 1940), tan llena de patriotismo, pero no de patriotismo barato y demagógico, sino de un profundo afecto por la tierra americana que nos ha visto nacer.

Sus 315 páginas capturaron mi atención. No hay debilidad ni aburrimiento en su lectura. Sus párrafos nos van llevando, jalando, por sucesos emocionantes, tiernos, de ímpetu poético, de hondas descripciones que nos hacen vivir, experimentar la grandeza del bosque, el duro trabajo de los leñadores, la variedad de animales de la selva oscura,  la sencillez o lo complicado de los sentimientos humanos.

Me encantaron por ejemplo algunas frases colmadas de ilusión y de idealismo. He aquí cinco de ellas, extraídas al azar:

“La vida es el derecho a modelar el presente y a bosquejar el porvenir, y cuando la vida no es eso por voluntad de otro, entonces la vida no es el goce, sino la nostalgia de una cosa que perdieron nuestro abuelos y que recibimos nosotros como una herencia que nos hace odiar la felicidad.”

“Ser valiente quiere decir tener valor para defender el bien. Defender el mal es cobardía. Todos los asesinos son cobardes. Defender la verdad es más grande que defender la mentira.”

“Lo primero es conquistar el derecho de soñar, convencerlos de que podemos soñar, de que no sólo podemos cultivar café y exportar fiebre amarilla, como creen.”

“La tierra y el honor no se venden.”

“Un poco de ingenuidad, un poco de esperanza, un poco de justicia. Esto quiere decir también un poco de belleza. Porque América entiende que donde no hay un lugar para la belleza, para el ensueño, tampoco habrá un lugar para la justicia, y donde no hay un lugar para la justicia, jamás los hombres encontrarán la huella del amor y de la felicidad.”

También me gustó mucho la descripción tan detallada pero decorosa de una mujer en un acto de erotismo:

“Leona salió del cuarto de madera (…) Nadie se dio cuenta. La noche con sus constelaciones borrosas le cayó en los ojos. Era un silencio como jamás lo había soñado, con mil motivos musicales que no estallaban, con mil ruidos de seda que se arrastraban. Aquello era mitad luz y mitad música. La tierra respiraba como una mujer dormida. El cielo se había hecho un hombre con ganas de besar. Leona participaba de la onda amorosa. Se dirigió despacio hasta la plazoleta, caminando con pasos de pájaro, llegó al fondo, subió sobre uno de los cúes que afectaba una forma de cono truncado, y sobre la cúspide de tierra apisonada se tendió a ver la inmensidad titilante. Una embriaguez voluptuosa la envolvía, le distendía los nervios, corría por los músculos, parecía ofrecer la boca al amante estrellado. El calor la hizo despojarse del cubridor, y quedó soberanamente desnuda, blanca, sacudida por una lascivia que no entendía. Un deseo sagrado hacía temblar sus carnes de nácar. Los senos le dolían, el vientre jadeaba, las uñas se hundían en los muslos. No se sabía hasta donde llegaba el cielo y donde comenzaba  la tierra, donde terminaba la tierra y empezaba el alma de aquella muchacha envuelta en suspiros. Entre las piernas una V de trigo celoso dibujaba las ansias virginales de la doncella sacudida por las furias del trópico. Leona se retorcía, anhelante. Apretó las manos sobre el bajo vientre, crispó la boca, extendió las piernas, se quejó débilmente con un sollozo que era gorjeo de mujer herida por el placer, y se quedó así, sumida en un lujurioso espasmo, en una inmovilidad dichosa, en un frenesí que le llenaba el pecho de plenitud, de estrellas lontanas.

“Después de la entrega, aquella mujer, a quien acababa de besar el cielo, sobre una tierra lánguida, aquella mujer solicitada por la noche penetrante de los mayas, se quedó un largo rato sin sentido, arrullada por la dulzura infinita que había entrado a su cuerpo de diosa.

“Amaneció con ojeras. Bajó las pupilas verdes la vida había extendido la sombra de un amor.”

***

Ramiro Cañas -el personaje principal de esta novela- profesor salvadoreño, emigrado a Belice para trabajar en el comercio de la madera, bajo las órdenes de los ingleses, encarna la nobleza, la valentía, la rectitud, el hombre bondadoso en busca de la justicia, enraizado en nuestro pasado indígena, en nuestro presente mestizo y en un futuro de esperanza.

No les contaré la trama en sí, ni el final tampoco, por supuesto. Sólo les diré que tenía tiempos de no llorar con el final de un libro; el heroísmo y la intensidad de lo que sucede en las últimas páginas de esta novela y la manera tan bella en que lo cuenta Espino, me conmovió verdaderamente.

Recomiendo leer «Hombres contra la muerte», escrita por Miguel Ángel Espino, uno de nuestros mejores escritores, quien nació en Santa Ana, (El Salvador, América Central) el 17 de diciembre de 1902 y falleció el 1 de octubre  de 1967, en México D. F.

Texto:

Óscar Perdomo León

Imágenes tomadas de Google.

Agradecimientos sinceros para Jonathan Cruz Salmerón por facilitarme «Hombres contra la muerte».

NOVELISTAS ESTADOUNIDENSES MODERNOS. Ernest Hemingway. Cuarta y última parte.

Ernest Hemingway

Como ya  lo había escrito en las entregas anteriores, lo que he estado presentando aquí en NOVELISTAS ESTADOUNIDENSES MODERNOS, no es mi opinión, sino una reseña de cada uno de los cuatro ensayos referidos a cuatro grandes escritores estadounidenses.

Óscar Perdomo León.

4- ERNEST HEMINGWAY. Ensayo escrito por Philip Young.

Durante su vida Ernest Hemingway fue probablemente el escritor más famoso de los Estados Unidos. Su estilo, el particular tipo de héroe en sus novelas, sus actitudes y sus modales han sido ampliamente reconocidos. Esto es cierto no sólo en el mundo angloparlante, sino donde quiera que se lean abundantemente libros. Y puede ser que ningún otro novelista haya tenido una influencia igual en el lenguaje de la ficción moderna.

Hemingway tuvo también una extraordinaria reputación como un interesante ser humano. Durante 30 años sus aventuras fueron constantemente reportadas en periódicos  y revistas. Pero por largo tiempo ni él ni su obra fueron bien entendidos, y a pesar del crecimiento en el entendimiento durante los últimos diez años*, todavía no es entendido como podría ser.

Nunca hay una llave sencilla para el entendimiento de un escritor; pero en el caso de Hemingway hay algo que luce casi como una llave y que no puede escapar a ningún lector pensante e informado. Y ésta yace curiosamente  esperando en la primera historia de su primer libro de cuentos, el más importante libro suyo de cualquier tipo.

El libro, «En nuestro tiempo», apareció en 1925. Muy probablemente el autor se inspiró para el título de la bien conocida frase de una oración cristiana: «Danos la paz en nuestro tiempo.» Lo más notable cosa de este libro es que no hay paz en ninguna de todas las historias. La siguiente cosa extraordinaria acerca de estas historias es que la mitad de ellas están dedicadas al desigual pero cuidadoso desarrollo de un personaje de la más grande importancia, y aun así largamente ignorado. A la primera vista no estaba claro para los lectores que ese personaje fuera la figura central en las historias en las cuales aparece. Lo vemos como un niño y luego como un joven hombre llamado Nick Adams. Las historias están arregladas de modo que lo que en ellas pasa, primero se dan durante la niñez de Nick y luego durante su juventud temprana. Además estas historias están íntimamente relacionadas entre sí. Considerado de este modo, el libro es casi una novela, ya que algunas de las historias no pueden ser bien entendidas sin la idea central de la primera historia.

La más importante e interesante de esta historias es la primera de ellas, «Campamento indio». Revela con gran fuerza lo que el autor estaba pensando en 35 años de carrera como escritor. Nos cuenta acerca del doctor Adams, el padre de Nick, quien ayuda a una mujer india durante el parto. El doctor debe operar a la mujer, pero sólo tiene una pequeña navaja de bolsillo y ninguna droga para aliviar el dolor. El esposo de la mujer, quien está enfermo e incapaz de levantarse, se encuentra acostado en otra cama. Nick, un niño pequeño, sujeta una palangana para su padre. Cuatro hombres sostienen fuertemente a la mujer, hasta que el bebé nace. Una vez finalizado el parto, el doctor mira al esposo que está en la otra cama y se da cuenta que el esposo, que había estado escuchando los gritos de su esposa durante dos días, se ha cortado el cuello con una navaja.

Una cuidadosa lectura de esta historia muestra que Hemingway no está primariamente interesado en estos horrorosos eventos. Él está interesado en los efectos de éstos sobre el pequeño niño que los ha presenciado. Al principio los eventos no parecen tener ningún gran efecto sobre el niño. Pero son importantes, porque mucho más tarde el niño se convierte en un joven muy nervioso. Hemingway nos está diciendo la primera razón de la nerviosidad de Nick.

La historia nos ha proveído un notable entendimiento de la naturaleza del trabajo de Hemingway. Pero la historia tiene también una conclusión importante. El niño le pregunta al padre por qué el hombre se había suicidado. El padre le responde que no lo sabe, y que quizás el hombre ya no pudo soportar más la vida. Luego el niño le pregunta si muchos hombres se suicidan. El padre le responde: «No muchos, Nick.» Sentado en el bote con su padre remando, el niño «siente una seguridad de que él nunca moriría.»

Discutiendo la vida de un escritor, uno no puede evadir mencionar que los dos hombres reales de donde se tomaron estos dos personajes, el padre y el hijo, fueron tomados y conducidos a la destrucción de sí mismos. El doctor Clarence Edmonds Hemingway, el modelo para el doctor Adams, mientras se encontraba enfermo, se suicidó con una vieja escopeta en 1928. El hijo, Ernest hemingway, el modelo para Nick Adams, se disparó a sí mismo con una escopeta de cacería en 1961.

Muchos de los eventos clave en la vida del héroe, Nick Adams, están fuertemente ligados a la vida de Hemingway. Su atención estaba muy a menudo tirada a la violencia y a la muerte violenta.

Las siguientes seis historias de «En nuestro tiempo» concernientes a Nick Adams no son tan violentas como «Campamento indio»; pero cada una de ellas es desagradable y perturbadora.

Fidel Castro y Ernest Heminway.

«El viejo y el mar»  (1952) es quizás su más famosa novela. En ella, Santiago, un viejo pescador cubano, es su principal personaje. La historia va de esta manera. Después de 84 días sin atrapar ni un tan solo pez, Santiago se aventura solo muchas millas de la orilla y consigue atrapar un gran pez. Por dos días y dos noches, el viejo es arrastrado por el pez cada vez más y más lejos.  Finalmente mata al pez y lo ata a su bote. Casi al momento, grandes y peligrosos peces empiezan a destrozar y comerse con sus grandes dientes su presa. Él logra matarlos aunque tiene sólo un pedazo de madera para pelear contra ellos. Pero antes, ellos se comen todo el pez, excepto su esqueleto. Medio muerto de cansancio, Santiago regresa a su casa con lo que queda del pez, se acuesta en su cama, se duerme y sueña con otros días. Lo más importante sobre él es que se comporta perfecta y honorablemente, con gran resistencia y coraje, a pesar de la gran pérdida del pez gigante que había capturado. 

La cosa que aleja a «El viejo y el mar» de la grandeza es la sensación que uno tiene que el autor está imitando el estilo que él mismo creó y que lo hizo famoso. Pero hay más que suficiente significado en el libro para balancear esta objeción. Como siempre, el héroe clave, en este caso Santiago, tiene un mensaje. Es básicamente que mientras un hombre puede envejecer y no tener nada, sino mala suerte, pero él puede todavía desafiar, obedecer las reglas, continuar aun cuando sea golpeado y, por lo tanto, por la manera en que asume esta pérdida, el puede ganar su victoria.

En otro nivel la historia puede ser leída como una historia simbólica de la lucha misma del autor, su determinación, su desarrollo literario y sus cambios. Como Santiago, Hemingway es un maestro que coloca sus anzuelos y lanza sus hilos de pescar con más cuidado y exactitud que sus competidores, pero él no ha tenido buena suerte durante un largo tiempo.. Toda su reputación está en peligro y él se está haciendo viejo. Pero todavía siente que tiene suficiente fuerza. Conoce su negocio. No significa nada que él haya probado su fuerza antes; él debe probarla otra vez y lo hace. Pero después que él ha capturado su presa viene los grandes peces y se la arrebatan, y es algo que ellos tratarán de hacerlo siempre. Sin embargo, él lo capturó, dio una buena batalla, hizo todo lo que pudo, lo cual fue bastante, y al final es se siente feliz.

En el sentido más amplio, sin embargo, la novela es la representación de la vida como una lucha contra las inconquistables fuerzas de la naturaleza, en la cual sólo una victoria parcial se puede conseguir. La novela es algo así como una antigua tragedia griega en la cual vemos la grandeza del héroe mientra cae y falla. Y es una tragedia cristiana también, especialmente por el uso de numerosos símbolos, particularmente de la muerte de Jesucristo en la cruz.

Una mirada a la vida en esta novela representa un extraordinario cambio en su autor. Hemingway parece haber desarrollado un sentimiento de gran respeto por la lucha por la vida y por la hombría. El conocimiento de que un simple hombre es capaz de tener decencia, dignidad y aun heroísmo, características que Santiago posee, y que su batalla puede ser vista en términos heroicos, es en sí misma, es la victoria más grande que Hemingway ganó. Muy parecido a esto es la gran cantidad de cosas que él quiso decir cuando remarcó a alguien, poco tiempo después de publicar su libro, que por lo que había luchado toda su vida, él lo había conseguido finalmente con «El viejo y el mar».

Ernest Miller Hemingway nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, Illinois, un área de clase media a las orillas de Chicago.  Ganó el Premio Pulitzer en 1953 y el Premio Nobel de Literatura en 1954. Viajó a través del mundo abundantemente. Vivió principalmente entre Florida y Cuba; pero en 1959 se mudó a Idaho, en donde se suicidó el 02 de julio de 1961.

 Reseña y traducción:

Óscar Perdomo León

*El libro de donde fue tomado este ensayo fue publicado en 1973.
Imagen tomada de Google.

Tres vídeos interesantes:

HEMINGWAY DELIRA. Buena Vista Social Club.

Entrevista a Hemingway en Cuba, tras ganar el Premio Nobel.

Ernest Hemingway lived a life complete.

NOVELISTAS ESTADOUNIDENSES MODERNOS. Tercera parte. William Faulkner.

William Faulkner

3- WILLIAM FAULKNER. Este ensayo  fue escrito por  William Van O´Connor y en él nos explica que Faulkner escribió sobre la tierra, la historia y la gente del norte de Mississippi; sin embargo, los cambió dentro de su creación literaria. Además nos aclara que es muy difícil separar la ficción escrita por Faulkner, del condado de Yoknapatawpha y del de Jefferson, de Mississippi.

William Faulkner, que fue uno de cuatro hermanos, nació en New Albany, Mississippi, en 1897. En 1902 su familia se mudó a Oxford, el sitio de la Universidad de Mississippi. Su padre poseía un almacén y un establo, y más tarde se convirtió en el gerente de negocios de la universidad.

El bisabuelo de William nació en 1825 y fue un hombre famoso en el norte de Mississippi. Los detalles de su vida parecieran los incidentes de una novela. Y a menudo estos incidentes aparecen en los libros de Faulkner. Dos veces fue encontrado inocente de cargos de homicidio. Fue además un soldado y un oficial audaz durante la Guerra Civil de su país. Su vida empezó como un niño probre tratando de ganar dinero para ayudar a su madre viuda, pero terminó su carrera como dueño de un ferrocarril y un funcionario electo en el gobierno del estado. Fue asesinado por un antiguo compañero del ferrocarril a quien él había vencido en una elección gubernamental del estado.

El abuelo de William Faulkner fue abogado, banquero y funcionario gubernamental. Fue muy activo en ayudar a los agricultores pobres que alquilaban tierra para trabajar. Aquellos que lo recuerdan dicen que él era un hombre de dignidad, un poco sordo y que tenía un temperamento rápido y violento.

Obviamente el bisabuelo y el abuelo de Faulkner son los originales  para el Coronel Sartoris y Bayard Sartoris, los inconquistables hombres de «Sartoris, El Invensible»  y en muchas historias más.

Un hermano y los padres de Faulkner también son fuertemente pintados y son el centro de «El Sonido y la furia», aunque aparecen también en otras historias.

Faulkner fue un estudiante pobre y dejó la escuela cuando era adolescente para trabajar en el banco de su abuelo. Leyó y escribió ampliamente poesía. También intentó pintar. En 1914 conoció y trabó amistad con Phil Stone, un joven abogado, con quien tuvo la oportunidad de discutir sobre literatura y quien además le ayudó a estudiar a ciertos escritores, como Conrad Aiken y Robert Frost, entre otros.

Durante la Primera Guerra Mundial, Faulkner no fue aceptado en el ejército debido a su bajo peso y a su estatura que sólo era de 5 pies y 5 pulgadas. Sin embargo, fue aceptado por la Fuerza Aérea de Canadá y fue entrenado como piloto. Al final de la guerra fue liberado del servicio canadiense como oficial honorario. Como la mayoría de los escritores de su edad, Faulkner consideró los eventos de la Primera Guerra Mundial y su significado; así, sus libros más tempranos y uno de los últimos, «Una fábula», tratan acerca de la guerra. Gracias a su servicio durante la guerra, se le permitió asistir a la Universidad de Mississippi. Ahí estudió inglés, español y francés; pero sólo permaneció en la universidad durante un año. Mirando algunos escritos de su tiempo de estudiante, se puede deducir que Faulkner no tenía claro para entonces que es lo que deseaba hacer.

Trabajó en una librería, también como carpintero y pintor de casas. Luego volvió a la universidad y alcanzó una maestría y trabajó, en 1924, allí mismo; pero pronto renunció a su cargo. Ese mismo año su amigo Stone pagó para que un libro de poemas de Faulkner se publicara. Conoció al admirado escritor Sherwood Anderson, quien le ayudó a publicar su primera novela, «El pago del soldado», en 1926. Entre 1925 y 1926 Faulkner navegó entre Italia, Francia y Alemania. Su primera novela recibió buenas críticas, gracias a lo cual firmó con la editorial un contrato para escribir una segunda novela.

«Mosquitos» (1927) es una novela que usó a Nueva Orleans como escenario. Es una sátira en la cual Dawson Fairchild, uno de los personajes, está basado en su amigo Sherwood Anderson.

«Sartorios» (1929) es una novela que marca el final del entrenamiento de Faulkner como escritor, ya que se considera que su siguiente novela, «El sonido y la furia», es el trabajo de un escritor mayor.

«Luz de agosto» (1932) es una novela que trata sobre la inhabilidad o el rechazo a perdonar la debilidad humana. Es una obra hábilmente hecha. Contiene una gran variedad de personajes que parecen existir como una comunidad de seres humanos que respiran vivamente. Exhibe una profundidad más grande que cualquier otra novela de Faulkner. Puede ser quizás el más alto logro de Faulkner como novelista.

En 1950 William Faulkner recibió el Premio Nobel de Literatura, el cual fue seguido de otros premios.  Visitó numerosos países del mundo y en 1957 se situó como escritor en residencia en la Universidad de Virginia.

Falleció en 06 de julio de 1962, en Oxford, Mississippi, tres emanas después de ser arrojado por un caballo.

Reseña y traducción:

Óscar Perdomo León

Imagen de William Faulkner tomada de Google.

NOVELISTAS ESTADOUNIDENSES MODERNOS. Segunda parte. F. Scott Fitzgerald.

Empezaré diciendo, como lo hice la semana pasada en la primera parte de NOVELISTAS ESTADOUNIDENSES MODERNOS, que lo que les estoy presentando este día en este blog no es mi opinión personal, sino más bien, es una breve reseña de la opinión de cuatro  ensayistas que tratan a cuatro escritores (Sinclair Lewis, F. Scott Fitzgerald, William Faulkner y Ernest Hemingway). Esta semana el ensayista es Charles E. Shain y el escritor es F. SCOTT FITZGERALD.

F. Scott Fitzgerald

 2- F. SCOTT FITZGERALD. Este ensayo fue escrito por Charles E. Shain y nos muestra en él a un escritor que no fue aceptado como un novelista serio y ambicioso hasta después de su muerte, ocurrida en 1940.  La historia del temprano ascenso y la repentina caída de su reputación literaria puede ubicarse en la década comprendida entre 1920 y 1930.

Nació en San Paul el 24 de septiembre de 1896. Era nieto de un hombre pobre que llegó de Irlanda a los Estados Unidos y desarrollo un gran negocio a través de una tienda de alimentos, que al final de su vida alcanzó un valor de $ 400, 000.

Alcanzó la fama muy pronto, cuando en los primeros tres meses de 1920 publicó su primera exitosa novela, Este Lado Del Paraíso.Guapo, inteligente y con suerte, Fitzgerald fue una de las más importante figuras de esa época.

Lo que Princeton le dio a la educación de Fitzgerald, como escritor estadounidense, puede ser descubierto en su primera novela, Este Lado del Paraíso. En buena parte la novela es la historia de su vida. Para el escritor, la Universidad de Princeton fue desde el primer momento un lugar encantador, un sitio emocionante, la sensación de toda la juventud maravillosa que había pasado por ahí en los últimos 200 años.

Así como los hombres jóvenes de Fitzgerald dejaron la universidad por los campos armados de la Primera Guerra Mundial, así lloraron por su propia juventud perdida. A través de la mayoría de las páginas de la novela Princeton es primariamente un orden social ricamente complejo con muchas posibilidades atractivas para un joven brillante tratando de abrirse paso y elevarse en la sociedad. Un crítico cree que lo que Princeton le dio a Fitzgerald fue la situación y la suerte de hallar a un grupo de amigos de literatura que le dieron respeto por su trabajo literario, lo cual fue más responsable que cualquier otra cosa de hacer de él un hombre serio.

En 1918, mientras estaba haciendo su servicio militar en Montgomery, Alabama, se enamoró de una joven de 18 años de edad, Zelda Sayre. Este romance fue la historia central de su novela Este Lado del Paraíso. En su ficción el personaje masculino malévolo es físicamente atractivo; pero al final es engatusado por las mujeres y él las trata a ellas como prostitutas. El héroe de Fitzgerald, en cambio, tiene cualidades  más blandas, es generoso y considerado. Lejos de que estas cualidades lo hicieran parecer una mujer, lo hacían parecer casi un dios. Los hombres de esta novela se muestran, como el propio Fitzgerald era en la realidad, asombrados por la valentía y la prudencia de las mujeres. La verdadera historia de Este Lado Del Paraíso es reportada como la lectura emocional de la vida de un hombre joven. Esta novela fue con la que Fitzgerald convenció a Zelda a casarse con él. Fue también, así es considerado, el evento que marcó la Edad del Jazz. Esta novela es halagada por las cualidades de conectar cercanamente a cierto período de la vida estadounidense. Los lectores de hoy la leen para estudiar ese período completo y su ruina.

El más alto punto de su fortuna llegó en 1925, cuando logró un espléndido éxito artístico, su novela The Great Gatsby.

Por supuesto que escribió otras novelas y cuentos; pero esta es sólo, como había dicho, una breve reseña.

Antes de que Fitzgerald muriera ya estaba muerto como escritor. Nadie compraba sus libros, aunque había muchos de ellos disponibles. El no merecía ser tan descuidado por su público. Al morir tenía apenas 44 años de edad.

Reseña y traducción:

Óscar Perdomo León

Artículo relacionado:

Novelistas Estadounidenses Moderrnos. Primera parte. Sinclair Lewis.
Imagen de F. Scott Fitzgerald extraída de:
http://myliteraryquest.files.wordpress.com/2011/04/f_scott_fitzgerald_5.jpg

NOVELISTAS ESTADOUNIDENSES MODERNOS. Primera parte. Sinclair Lewis.

Este sugestivo libro, Novelistas Estadounidenses Modernos, publicado en 1973, trata en realidad de cuatro novelistas estadounidenses que marcaron la literatura de su país y del mundo con su fuerza y su singularidad en el siglo XX. Se trata de Sinclair Lewis, F. Scott Fitzgerald, William Faulkner y Ernest Hemingway. Originalmente cada uno de estos escritores fueron abordados a manera de ensayos que fueron publicados en la Universidad de Minnesota en 1959, 1959, 1961 y 1963, respectivamente. Estos cuatro trabajos compilados en un solo libro son muy interesantes, ya que en ellos no sólo se hace un esbozo de la vida de cada uno de los novelistas, sino también se analiza su obra literaria.

La breve reseña de este libro que presentaré en mi blog es más bien una aproximación resumida de lo que han escrito cuatro ensayistas (Mark Schorer, Charles E. Shain, William Van O´Connor y Philip Young), sobre los cuatro escritores ya mencionados. En otras palabras, y valga la redundancia, no es mi opinión la que estoy dando aquí, sino más bien la opinión de los cuatro ensayistas.

En esta primera parte escribiré solamente sobre el primero de ellos y la semana que viene trataré a alguno de los que siguen.

Sinclair Lewis

1- SINCLAIR LEWIS. Escrito por Mark Schorer, este ensayo nos muestra a un joven nacido el 07 de febrero de 1885, en Sauk Centre,  un pequeño pueblo de Minnesota, cuya niñez y juventud transcurrió de una manera dolorosa para él, debido a que en su apariencia física no era muy agraciado y a que su vista era un poco pobre y se la pasaba tropezando, fue tratado, por sus compañeros de escuela y por la comunidad de su pequeño pueblo en general, como si fuera inferior. Esto le confirió una soledad que lo condujo rápidamente a ser un lector tenaz. A los 17 años se inscribió en la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut. Ahí pensó él que tendría una vida más feliz, sin embargo su estancia en la universidad fue más bien solitaria y sin amigos. Con el pasar del tiempo empezó a escribir poemas y breves relatos. En 1904 él fue el primer estudiante de primer año a quien La Revista Literaria de Yale le aceptaba y publicaba un artículo, revista de la cual después, cuando estaba ya en tercer año, se convirtió en su editor. También publicó en otras revistas universitarias.

Luego empezó a escribir una novela, a la cual llamó “Calle principal”, la cual fue rechazada por numerosas casas editoriales, hasta que en 1914, fue publicada por Harper. Ese mismo año Lewis contrajo matrimonio. Esa novela fue muy importante;  la historia acontecía en un pueblito de ficción, pero similar al pueblo donde él había nacido;  por primera vez un escritor hablaba de la clase media estadounidense de una manera directa e  irónica. Los novelistas que lo antecedieron pintaban a la clase media de un pequeño pueblo como dulce y buena. Lewis criticaba de una manera desnuda las peores cualidades de la esa clase media antes idealizada: fingir ser amable y generosa, colocar en un valor demasiado elevado a las cosas materiales y doble moral; además criticaba el aburrimiento diario que se vive en esas villas.

Lewis escribió varias novelas más y llegó a ser una figura pública. Declinó  aceptar en Premio Pulitzer, argumentando que esos premios tienden a establecer estándares de gusto literario. En 1930 recibió el Premio Nobel de Literatura; en su discurso de aceptación en Estocolmo dijo: “A nuestros profesores americanos les gusta la literatura clara y fría y pura y muy muerta”.

Muchos escritores contemporáneos de Lewis fueron muy duros con él y criticaron y estuvieron en desacuerdo en que se le diera el Nobel, como Theodore Dreiser y Ernest Hemingway; incluso uno de estos escritores, Sherwood Anderson, no consideraba a Lewis un artista. Y sin embargo Lewis fue uno de los más generosos hombres en su relación con los otros escritores: alentaba a los jóvenes escritores con elogios y dinero; y a Dreiser, quien se había declarado su enemigo, lo puso en el primer lugar de su lista de los más grandes escritores americanos modernos; así como también reconoció públicamente la brillantez del joven Hemingway y lo ayudó a conseguir un premio.

Lewis tenía el don de imitar voces que muchos escritores experimentados no tienen. Él le dio a los estadounidenses un vistazo a una realidad espantosa que había pasado desapercibida hasta que él la escribió. Sinclair Lewis no fue, en el sentido estrictamente literario, un gran escritor; pero sin sus escritos uno no puede imaginarse la literatura estadounidense moderna.

Reseña y traducción:

Óscar Perdomo León

Imagen de Sinclair Lewis extraída de TimePieces:

http://events.mnhs.org/TimePieces/SourceDetail.cfm?SourceID=243

EL EVANGELIO SEGÚN JESUCRISTO. Una novela de José Saramago

«El Evangelio según Jesucristo» es una belleza en prosa de pies a cabeza. Esta novela me cautivó desde su título hasta la última página. La leí en el año 2002 y lo recuerdo muy bien porque al año siguiente volví a leerla. Me gustó mucho su narración descriptiva que se mezclaba con los diálogos de los personajes sin que se sintiera un solo tropezón en las palabras o que se perdiese el hilo de la historia. Al principio sentí muy rara la manera de narrar, porque yo quería ver los diálogos escritos de la manera tradicional,  en apartados con guiones; pero una vez tomé el ritmo de la narración, ya no me importó mucho y, al contrario, admiré la originalidad del escritor.

Saramago, como todo un maestro de la narración, nos conduce e introduce en el mundo antiguo que vivió Jesús; los detalles del paisaje, de la conducta humana y de la psicología de los personajes, hacen un todo explosivo que convierten la lectura en un deleite.

Jesús es visto como hombre, en toda la extensión de la palabra. Y por supuesto es el centro de todo el relato; pero su padre, José, es un personaje que me agradó mucho como se le pintó en la totalidad de la historia.

Mi escenas favoritas son muchas -las llamaré escenas, aunque no estoy hablando de teatro, porque las narraciones en esta novela son tan vívidas que pareciera que uno está frente a un melodrama sobre tablas o frente a un cine-. Voy a mencionar tres:

1-Cuando Jesús corre junto a María, su madre, buscando a José y al final del camino lo encuentran crucificado, como uno más de  los crucificados de ese día. Es una estampa muy triste y conmovedora.

2-Mi segunda escena privilegiada es cuando Jesús conoce en la ciudad de Magdala a María Magdalena, la prostituta; él, que presentaba una herida en un pie es ayudado por la mujer. Jesús, virgen e inocente, pero no ignorante, siente fuertes deseos hacia ella e inicia un romance con la cortesana. Ella lo ha aceptado aun cuando él no tiene dinero para pagarle. Se ha iniciado una relación de amor y confianza. Un asunto polémico, pero verosímil.

3-Mi tercera secuencia predilecta es una red de palabras bien tejidas en la que se muestra la imagen de José mirando las primeras luces de la mañana penetrar por una rendija de la puerta, en ese momento él se levanta a orinar, a plena llanura y bajo los destellos del alba, y se queda mirando con intensidad las estrellas. Hay cierta poesía en ese acto tan común y mundano como lo es el de descargar la vejiga mientras se admira el universo infinito.

Saramago, como el ateo declarado que era, tenía que expresar su visión de Jesús y de sus contemporáneos de una manera diferente a la que estamos acostumbrados. Sin restarle su grandeza humana, Jesús es fotografiado en esta novela por Saramago como un hombre terrenal, con todas sus virtudes y con todos sus defectos, algo que para los creyentes cristianos puede parecer una herejía. Así es esta novela de Saramago, provocativa, directa, llena de controversia, con cierto encanto metafórico, llena de realismo y humanismo.

«El Evangelio según Jesucristo», una novela de las que más me ha tocado el corazón.

Texto:

Óscar Perdomo León

Artículo relacionado: ENSAYO SOBRE LA CEGUERA, novela de José Saramago. Una reseña escrita por mi esposa Érika Perdomo-Valencia.

Imagen de la portada del libro tomada de:http://start.facemoods.com/results.php?s=el+evangelio+seg%C3%BAn+jesucristo&category=images&a=stonicla&f=4&start=1

DIARIO PROHIBIDO. Novela corta. Un aniversario más.

Portada de DIARIO PROHIBIDO

Este 2011, la novela corta DIARIO PROHIBIDO cumple un aniversario más de vida, han pasado ya 9 años desde que la terminé de escribir y 8 años de haber sido publicada. La primera edición se vendió muy bien y creo que sólo un par de ejemplares están aún a la venta. La mayoría de la gente la encontró entretenida y un par de personas se acercaron a decirme que no habían podido dejar de leerla hasta terminarla (un elogio inmerecido pero muy gratificante).

Yo estoy consciente que no es una gran novela, si la comparamos con las maravillosas novelas escritas por genios como José Saramago, Carlos Fuentes, Alejandro Dumas, Gabriel García Márquez, Fedor Dostoievski, Julio Cortázar o Henry Miller, por mencionar algunos; sin embargo le tengo cariño a «mi librito» porque me permitió ordenar mis ideas, luchar contra la dicotomía hirviendo en mi corazón de poder y no poder, me obligó a imaginar cosas, a entender que la realidad se puede novelar y que la novela se puede cargar de realidad. Con DIARIO PROHIBIDO llegué a la conclusión en mi cabeza que yo podía escribir verdades generales mezcladas con mentiras específicas. ¿Y cómo no querer los libros que he escrito, ya que son de alguna manera mis hijos, con sus defectos y sus virtudes, carne de mi carne, sangre de mi sangre, tinta de mi tinta?

Debo mencionar también, a propósito de tintas, que el dibujo de la portada fue hecho, por María Gracia Araujo Romagoza, con tinta china, en 1993. Para entonces yo sólo había escrito unos fragmentos de la novela y tenía en mi cabeza un verdadero desorden en cuanto a cómo quería contar lo que terminé narrando en DIARIO PROHIBIDO. Y María Gracia se basó para hacer el dibujo en el fragmento que le mostré, en donde Sofía -uno de los personajes- se convierte en colibrí y Alfredo sale de la misteriosa cueva. (Ese breve fragmento lo pueden leer aquí.) La verdad que ese dibujo de María Gracia me gusta mucho, es bellísimo, no lo cambiaría por ningún otro, vale agua y oro. Siempre estaré en deuda con vos, María Gracia.

Retomando la aritmética del primer párrafo, quiere decir que me pasé como 11 años escribiéndola, eso sí, con grandes períodos de inactividad: vino hacia mi pluma un período de silencio. Fue el tiempo de mi primer matrimonio y hogar. En esa época me sentí desconectado con la historia que había ido maquinando en mi cabeza por años. Fueron años felices que compartí con mis dos hijas y con mi ex esposa. Pero fueron también años casi estériles con respecto a la creación literaria. Por momentos escribía; pero la mayoría de veces desistía molesto y decidía dedicarme sólo a la Medicina y a la Poesía (en esos día me creía poeta); pero los manuscritos de la novela incompleta , cuando pasaba cerca de ellos, me miraban con recelo y casi podía escuchar las voces de los personajes llamándome y reclamando por mi abandono. Así que regresaba a ellos, a los papeles viejos y a sus personajes, un poco arrepentido y muy ansioso de seguir escribiendo. Algunas veces me despertaba de madrugada con una idea y corría a escribirla…

Sin embargo, después de mi divorcio en el año 2001 y coincidiendo con un lugar de trabajo diferente al que el que tenía, recobré mi verdadero entusiasmo por escribir y me volví más constante y comprometido con la novela. Examiné mis ideas, recordé las crónicas que me contaron algunos, traje hasta mi memoria las pequeñas confidencias que me dijeron otros y extraje de ellas su médula, recolecté papeles viejos, escritos de mi adolescencia y de mis inicios en la universidad y los analicé y revisé; descarté muchos de ellos y utilicé sólo los necesarios. Empecé a acumular ideas y seguí escribiendo. Experimenté con narradores omniscientes en primera, segunda y tercera persona. Experimenté con diferentes tipos de letras. Incluí detalles de mi vida privada en ciertos personajes, masculinos y femeninos. DIARIO PROHIBIDO es pues, en general, y reafirmando lo que escribí antes, el resultado de un cúmulo de verdades generales con mentiras especificas. (Y en pocas ocasiones, viceversa). Recuerdo bien que decidí iniciar con el capítulo más erótico porque sabía que sería de alguna manera una provocación; pensé que la persona que lo leyera decidiría en ese preciso momento que amaría u odiaría mi libro. O lo leería todo o lo lanzaría en ese mismo momento al basurero. Sería todo o nada. Sería como el amor: existe o no existe. Sería todo o nada, pero nunca la indiferencia.

Recuerdo también que, en esa época tan productiva literariamente para mí, cuando retomé la escritura, rompí buena parte de lo que había escrito; además cambiaba de posición uno y otro capítulo. Al final decidí narrar una historia con la mayor sinceridad posible, contando aquellas cosas que miré o que me contaron y que de alguna manera me impactaron y me daban vueltas y vueltas en la cabeza. Bien sé que no soy escritor, sino un escribidor (eso ya lo había dicho antes); pero contar algo con sinceridad e imaginación tiene, supongo, algún mérito.

Quiero compartirles, además, y para finalizar, dos cosas más. Una, que reafirmo que DIARIO PROHIBIDO fue mi primera novela; pero después vino HABLANDO CON LOS MUERTOS  y luego MARÍA PUEDE VOLAR (co-escrita con mi esposa Érika) y que está aún sin publicar. Sueño, sin embargo todavía, con poder escribir algún día «esa novela» que supere todo lo que he escrito hasta ahora.

Por supuesto que, como ya lo he dicho antes, una novela crece jugosa y profunda, y de una manera verdaderamente lenta. Y por eso no se puede escribir una novela de un día para otro, porque su esencia es extensa y consubstancial con la vida. No se puede improvisar toda una novela. La novela necesita primero respirar, desamodorrarse, extender poco a poco sus alas, mirar el horizonte y observar al mismo tiempo su interior para sacarlo todo a la luz y decir toda la verdad. Decir toda la verdad y, sin perder su naturaleza, mezclarla con la ficción.

Y la segunda cosa que quería contar, ya para terminar, es que buscando unos archivos de fotografías en mi vieja computadora, me encontré sin querer con esta entrevista que me hizo Carlos Párraga, en torno a DIARIO PROHIBIDO, a finales 2006, en su programa radial «La Bohemia», de YSUCA.

He aquí un pequeño fragmento de más o menos un minuto de aquella deliciosa plática al aire. (Recuerdo que Párraga estaba contento porque el programa había recibido bastantes llamadas telefónicas).

Carlos Párraga y Óscar Perdomo León, platicando en \”La Bohemia\” (de radio YSUCA), en torno a DIARIO PROHIBIDO (novela corta).

Texto:

Óscar Perdomo León

Dibujo:

María Gracia Araujo Romagoza

Artículo relacionado: COMENTARIOS ESCRITOS SOBRE DIARIO PROHIBIDO, escritos por Silvia Elena Regalado y Orsy Campos
FOTOGRAFÍAS DEL DÍA EN QUE SALIÓ PUBLICADO DIARIO PROHIBIDO
DIARIO PROHIBIDO (novela corta) en formato de libro electrónico.