UN CANTO

Bajo eléctrico Liverpool

Hay un canto fuerte y tenaz,

una voz intensa que brilla

y que se desliza

por los impávidos techos

de los locos

y los soñadores.

Es un canto

que juega en el arcoíris,

que se mete en las cuerdas de la guitarra

y en la sonrisa de las niñas.

Es un canto

que hechiza

los labios de los enamorados.

Es un canto dulce y sincero,

transparente, juguetón y vivaz.

Un canto hermoso,

el mejor de todos:

es el amor.

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía:
Óscar Perdomo León

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SIETE AÑOS

Árboles

Su romance con Rosa María duró siete años. Un número mágico para formar ciclos. O para romperlos. Al principio, como la mayoría de parejas, eran muy apasionados en todo. Hacían el amor cada noche y cada día, en cualquier lugar y bajo todo clima. Inventaban cosas. Escribían juntos. Soñaban juntos. Eran felices sin nada y sentían que lo tenían todo.

Alejandro miraba cosas en los ojos de ella que nadie más podía mirar, cosas bellas y grandes.

Se hicieron novios un mes de septiembre, bajo el embrujo del alcohol y el deseo. Todo empezó como un juego; pero de un día para otro el misterioso amor emergió de la zona oscura y oculta en donde se encontraba.

Los años pasaban y su felicidad resplandecía.

Sin embargo, al séptimo año, la alegría se les fue apagando poco a poco. Un día, como cualquier otro, el amor hizo su maleta y, sin perder su misterio, se largó y se escondió en una zona muy negra, en un lugar tan lejano y frío como Saturno o Plutón.

Rompieron su relación de tantos años a la orilla del mar y en el peor de los meses para terminar. Fue en diciembre, el mes de la Navidad y de la noche en que se espera el Año Nuevo. El mes en que se reportan más depresiones y suicidios. El mes en que se sueña con un nuevo comienzo. Pero para ellos diciembre fue el comienzo del fin.

Un día, por cosas de las casualidades, Alejandro y Rosa María se encontraron. Platicaron por un par de horas y hasta rieron juntos como viejos amigos. Al final, cuando se despidieron, Alejandro le robó un beso a Rosa María (nueve meses después de haberse separado).

Se besaron por última vez y se abrazaron brevemente. Inmediatamente los dos se marcharon, cada uno por su lado.

Fue un beso tierno, quizás de amor. 

Se besaron por última vez y después los dos fingieron no recordarlo.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía tomada por
Óscar Perdomo León

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UNA IMAGEN QUE SOÑÉ

UNA IMAGEN QUE SOÑÉ. Foto por Óscar Perdomo León

I

Aunque a veces parezca que no te quiero

te llevo en la punta de mi lengua y de mis versos.

Aunque a veces parezca que no te quiero

he memorizado el olor de tu piel como mi melodía más querida.

Aunque a veces parezca que no te quiero

para mí toda la brisa del hombre y la mujer somos nosotros.

Y aunque nuestras vidas sean dos ríos que divergen

sé que al fin un día nuestras aguas

han de llegar al mismo mar.

II

Tu nombre sonríe.

Yo lo pronuncié en cursiva para que se me fuera la soledad;

pero me siento como un niño perdido en un desierto gritando un nombre,

gritando un nombre…

Infinita mirada oscura, interminable ilusión,

desde que te conocí y te sentí lejos

te agregaste sutilmente a la angustia que mantengo.

Yo, ciego de grandes dimensiones,

lúgubre palabra de amor,

vértigo interminable,

espejo roto en mil pedazos,

espero

un oído abierto

a mis versos,

una piel

en la cual guarecerme.

La noche con sus espinas de hielo, se inserta en mi cuerpo.

El sueño se me muere.

Fumo…

lloro…

y tu rostro me parece

una imagen que soñé.

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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HÉROES ANÓNIMOS

Riñón

En el mundo hay muchas personas que viven luchando cada día, cada minuto, con una enfermedad crónica. Los otros, los que viven en general sanos, no entienden en profundidad lo que significa levantarse cada mañana para emprender una batalla contra la muerte. Las personas que padecen de una enfermedad crónica, como la Insuficiencia Renal, sí lo saben; estas personas tan valientes, que viven sus vidas con alegría, son personas que nos inspiran, que nos trasmiten sus buenas vibras, que nos dan fuerza para seguir adelante. Estas personas son verdaderos héroes anónimos.

A mi hija Beatriz se le realizó este fin de semana un trasplante de riñón. Ayer por la mañana desayunó dieta líquida y estaba con muy buen estado de ánimo. Mi hija no se rindió nunca. Mi hija es una heroína.

Gloria, la mamá de Beatriz (y ex esposa mía) fue sometida a una operación que ella no necesitaba; pero fue intervenida voluntariamente porque su amor de madre es grande y por eso le regaló uno de sus riñones a Beatriz. Gloria le ha dado la vida a Beatriz por segunda vez. Ese sacrificio, en vida, no lo hace cualquiera. Se sometió a un riesgo quirúrgico por su hija. Ella también es una heroína.

Lo anterior que he escrito es breve y se lee fácil, pero el camino que madre e hija recorrieron para llegar al día de la operación fue largo y tortuoso.

Esta semana quiero dedicar mi admiración y mi blog a estos dos grandes seres humanos del sexo femenino, a estas dos heroínas que ahora están unidas por un amor infinito, y por un grandioso y maravilloso riñón.

Escrito por

Óscar Perdomo León 

NOCHE

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Noche, caótica estructura donde se desarrollan mi locura y mis ansias, fuente del abismo donde caigo, perfume que me aroma por momentos… Poblada de grillos cantores envolvés con tu sinfonía las largas horas de espera… (¿Dónde están tus ojos? ¿Qué observan? ¿Qué móviles ideas corren y se entrecruzan en tu mente? ¿Estoy en alguna de ellas?)

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Noche: caótica estructura donde se desarrollan mi locura y mis ansias…

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(Cerré las puertas del sueño y corrí y corrí por las negras praderas, rompiendo el aire frío, los canales de agua vital bebiendo, los poemas de amor amando… Recordándote siempre   -oh, lejana-, reconquistando tu presencia…)

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(La madrugada cae como un vértigo negro… Cauterizo mis heridas escribiéndote, creyendo que cada letra que hago explotará telepáticamente en tu cerebro como el placer más bello que se ha inventado; pero todo ésto es sólo una fe dolorosa, un desgarramiento íntimo, un papel amoroso.)

Noche: hay en tu cuerpo una grey de astros musitando los secretos de un cosmos desconocido que vibra de vida y de movimiento.

La luna y las estrellas bailan la eminente danza espacial -¡gravitación de acordes infinitos!

LUNA IMG_7090 - copia

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografías tomadas por
Óscar Perdomo León

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LA ÚLTIMA VEZ

Catalina y Salarrué

¿Y qué pasó con esa amistad que usted formó con Salarrué? ¿Se mantuvo a través del tiempo? –preguntó Amelia.

-Sí, por mucho tiempo –contestó doña Catalina.

-Ay, era un hombre tan guapo. Yo me hubiera enamorado de él.

Doña Catalina sonrió.

-Hay algo que te voy a contar, Amelia. Es un suceso muy íntimo, y creo que ahora que ha pasado mucho tiempo y que me parece por momentos como si sólo hubiera sido un sueño, es hora de que se lo cuente a alguien.

Amelia escuchaba atenta y silenciosa, mientras servía unas tazas de café. Doña Catalina, sin mirar a Amelia, con la vista puesta hacia la ventana que daba a la calle, siguió hablando pausadamente, pero con mucha emoción en la voz.

-Él era un hombre muy atractivo, no sólo físicamente, sino espiritual e intelectualmente. Una tarde lo cité y nos vimos en la casa de una buena amiga. Allí charlamos mucho y en un momento en que nos reíamos de algo, ya no recuerdo de qué, él me besó. Y no hice nada más que enamorarme de él. Esa tarde romántica y deliciosa, me entregué a él. Y aunque sabía que estaba casado y que ya tenía una hija, no podía resistir no mirarlo, no sentirlo, no hablar con él.

-¡Señora! –exclamó Amelia, entre sorprendida y feliz.

-Sí, Amelia, fue una locura; pero fue una de esas locuras de las que una nunca se arrepiente. Te aseguro que en sus brazos fui muy feliz.

-¿Y cuánto tiempo…?

-Fue poco tiempo. Un año con un par de meses más, quizás…  Y en ese tiempo nos vimos unas cuantas veces solamente.

Los ojos de Amelia brillaban y su mente viajaba en la imaginación.

-Fue un tiempo de mucha dicha para mí. Tenía una voz muy sensual y reposada. Y su mirada estaba llena de luces de tranquilidad. Estar con él era como tocar la paz y la serenidad.

Doña Catalina se levantó y se acercó a la ventana. Y así, de espaldas a Amelia, continuó:

-La última vez que lo vi me dijo que me amaba, pero que amaba más a su esposa y que debíamos dejar de vernos. Sin dramas ni tragedias, acepté sus razones y me alejé de él. Pero esa tarde, cuando él salió por la puerta, lloré en silencio, como nunca había llorado antes…

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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ADIÓS, DANIEL RABINOVICH

Daniel Rabinovich

La primera vez que escuché a los argentinos Les Luthiers fue en un cassette a principios de los años ´80 del siglo pasado. Me asombraron, me hicieron reír, me cautivaron. Hasta muchos años después pude verlos actuar. Y verlos y escucharlos es el doble de placer.

La comedia de Les Luthiers está fuertemente ligada a la música, y la verdad, todos ellos, son músicos de gran calidad.

El 21 de agosto recién pasado falleció uno de sus integrantes, el músico, escritor, humorista y actor Daniel Rabonovich (18 de noviembre de 1943 – 21 de agosto de 2015).

Siendo miembro de Les Luthiers, con su humor fino y relajado, hizo reír a tantas personas e interpretó algunos de los personajes que tocaron profundamente el corazón de muchos, como «Daniel El Seductor», «Manuel Darío», el Doctor que hablaba de «Esther Píscore» y, mi favorito, «Encuentro en el restaurante».

Además, Rabinovich escribió un libro de cuentos, el cual llevaba un prólogo escrito por Joan Manuel Serrat: Cuentos en serio.

Esta semana este blog dedica este espacio para hacer un pequeño homenaje a este artista talentoso e inolvidable.

Óscar Perdomo León

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ENCUENTRO EN EL RESTAURANTE. Les Luthiers.

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EL SENDERO DE WARREN SÁNCHEZ. Les Luthiers.

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ESTHER PÍSCORE. Les Luthiers.

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LA COMISIÓN (Himnovaciones). Les Luthiers.

Este está dividido en 5 partes.

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MANUEL DARÍO. Les Luthiers.

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SOLILOQUIO ENVENENADO

1

Al otro lado de esos frondosos árboles un hombre con sombrero y botas fuma con placer un cigarrillo. Y yo que no concibo un cigarrillo más que como un compañero solitario en una noche de música desgarrada. Desde hace unas semanas estoy fumando como una chimenea y hoy sólo me queda un cigarrillo. Así que me aguanto. No hay una tienda cerca donde comprar. Lo voy a guardar para la noche. Pero se puede olfatear desde aquí el humo gris y casi puedo palpar la ceniza recién nacida. Me siento embrujado por el humo o quizás por el recuerdo de Evelyn… Creo que voy a encender mi último cigarrillo. Aspirar el humo y expirarlo es un placer lento. En cambio la evocación es el medio de transporte sin duda más rápido y efectivo. Puedo recobrar, con precisión casi matemática, a Evelyn y a cada una de sus palabras.

En ese ayer Evelyn y yo concertamos una cita, inspirados por el compartir de una música que a los dos nos gustaba, embebidos en un plan de común acuerdo, decididos por fin: «Acepto huir e irme a vivir con vos, Jorge»; ella y yo, jóvenes de corazón, llenos de una atracción espontánea y oculta, esperanzados en un futuro compartido por ambos, un futuro que cambiaría nuestras vidas para siempre.

Desde el primer día que nos conocimos, dos años atrás, nos sentimos arrebatados por una lujuria no declarada, una salvaje inclinación que las normas sociales trataban de serenar, una atracción que ella intentaba esconder pero que sabía que yo la intuía, así como también yo sabía que ella descubría poco a poco que yo sentía lo mismo. Cuando la encontré por primera vez la percibí cercana y conocida, con la sensación de saberle secretos y rutinas, con la firme seguridad del instinto. Su rostro me era tan familiar; me recordaba el rostro de la novia de un hermano mayor, cuando yo era apenas un niño; me recordaba los rostros alegres y bellos de las modelos de mediados de los años sesenta, con el maquillaje típico de la época, esas pestañas gruesas y con el cuerpo de esas actrices de las películas del actor mexicano Mauricio Garcés; su cara me recordaba también la inocencia y la tradición, y -al mismo tiempo- el deseo de libertad, fumar marihuana y tener sexo libre.

El primer día que la vi, su mirada, sus labios, su rostro en general, provocaron un chispazo musical en mi memoria, tres canciones sonaron claramente en mi cabeza, una tras otra: «Little wing » de Jimi Hendrix, «The sounds of silence» de Simon y Garfunkel y «Somos novios» de Armando Manzanero. Evelyn tenía un rostro magnético y peculiar. Así que cuando fuimos presentados, estreché su mano con naturalidad, como si fuera la primera vez que la veía, aun cuando en numerosas ocasiones ya la había visto de lejos; así que al estrechar su mano me encontré sintiendo inexplicables vibraciones en todos mis huesos, como una especie de presentimiento, que oculté como pude. Sus ojos me miraron con extrañeza, como quien está a punto de preguntar algo y se queda a medio camino, indeciso… A medida que la fui conociendo, me sentí fuertemente empujado hacia ella. (Soy un imprudente fanático de las mujeres de belleza extraña.) Evelyn no sólo era una mujer bonita. Su piel era trigueña, de ojos negros y cabello negro, brillante y ondulado, camino en medio. Poseía una mirada preciosa, era una mirada tan insinuante e inocente al mismo tiempo; parecía tener siempre una sonrisa en la noche de sus ojos. Su nariz era de tamaño perfecto para su contorno facial; sus facciones rememoraban de alguna manera a una princesa maya. Tenía también la sonrisa a flor de piel y la voz dulce. Tenía 29 años.

Veo este cementerio tan verde en esta época del año y, al mismo tiempo, la vea a ella claramente adentro de mi cabeza, sonriendo y mirando con sus ojos delatores, tan maliciosos… Casi le habló y ella casi me contesta, intento tocarla y ella empieza a tocarme la mano y la espalda y ahora yo le estoy tocando la mano y nos abrazamos y casi puedo acariciar sus pies tan perfectos y le digo que la quiero y ella me habla al oído las perversidades amorosas más deseables… Nos encontramos en un beso y luego nos miramos tan de cerca que aspiro su respiración… («…los primeros meses quería decirte te quiero pero temía hacerlo…»)

Su voz suena, mi mente sueña, sus ojos ríen y yo sonrío…

Escrito por

Óscar Perdomo León 

HÉROES BAJO SOSPECHA

Héroes bajo sospecha, Geovani Galeas IMG_6897

Una de las cosas que más me gustan de los libros es su presentación; no me detendré en los numerosos detalles que pudiera tener la presentación de un libro, sino en uno que es especial y me enamora: el tipo de papel en donde se imprime. En lo personal me gusta el papel creme porque da mucha facilidad para leer (porque refleja muy poco la luz) y es totalmente flexible, lo que proporciona una mayor comodidad para la manipulación del libro. Pues bien, de este papel está hecho el libro que quiero comentar este día, no como crítico literario –que no lo soy- sino como simple lector.

Héroes bajo sospecha, Geovani Galeas IMG_6898 (1)

La editorial Athena (serie Prometeo) publicó en el año 2013 “Héroes bajo sospecha”, una crónica periodística escrita por Geovani Galeas. La ubicación geográfica: El Salvador. Toda la trama se desarrolla prácticamente desde los inicios de la década de los ´70 del siglo pasado hasta el año 1977, es decir, ya casi en los albores de la guerra civil salvadoreña.

Inicia el libro con el secuestro del millonario Ernesto Regalado Dueñas, ocurrido en 1971. Eran tiempos en los que en la sociedad salvadoreña fermentaban fácilmente los grupos de extrema derecha y extrema izquierda. Tiempos violentos. Tiempos políticamente muy convulsos.

Hay dos nombres al inicio del libro que son, diríamos, como los hilos temáticos: el primero es el del general José Alberto Medrano (creador de la Agencia Nacional de Seguridad Salvadoreña –ANSESAL- y la Organización Democrática Nacionalista –ORDEN-); el segundo nombre es el de Alejandro Rivas Mira (fundador del Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP). Los dos eran estrategas y representantes ideológicos de la derecha y la izquierda de aquellos años, respectivamente.

Al avanzar en la lectura aparecen otros dos nombres muy importantes, como actores y símbolos de esos años: Roberto d´Aubuisson y Joaquín Villalobos. Cada uno de ellos, cada uno por su lado, fue heredero de la ideología del chele Medrano y de Rivas Mira, respectivamente.

Hay un trabajo de investigación por parte del autor que se apoya en documentos escritos por los dirigentes de la izquierda de en aquella época, así como en la lectura de libros más recientes del género testimonio escritos por los protagonistas de aquella lucha guerrillera; además el autor realizó entrevistas a algunas de las personas que vivieron de primera mano los acontecimientos cruciales o que estuvieron cercanas a ellos.

EL CASO DALTON

En especial, hay que decir que en este libro encontramos información con muchos detalles que pueden hacer entender mejor –aunque no justificar- el porqué el poeta Roque Dalton y su compañero Armando Arteaga (Pancho) fueron asesinados por sus mismos compañeros de lucha. ¿Cómo era el contexto ideológico, político y emocional en el ERP en 1975? ¿Quiénes fueron los responsables de la muerte del poeta y quienes lo defendieron? Muchos de los datos que se aportan en este libro ya eran conocidos por el público, no así, creo yo, algunos de los detalles que rodearon su muerte ni el ambiente emocional de los protagonistas de esta historia. Se saca además la conclusión que la muerte de Dalton y de Pancho fueron del todo injustas. Hay algo que expresa Geovani Galeas en lo cual podría tener la razón, pero que no estoy del todo de acuerdo.  Escribe Galeas (me parece que, por el contexto en que lo dice, se refiere con especial énfasis a quiénes pudieron ser los autores materiales de los asesinatos): “Personalmente, no creo que a estas alturas sea posible conocer toda la verdad sobre el caso Dalton, sobre todo por las insalvables limitaciones que presenta el contexto de clandestinidad y conspiratividad en que ocurrieron los hechos.” En este punto estoy en desacuerdo con Galeas, porque todavía hay alguien que sabe con certeza quién o quiénes fueron los autores materiales de los asesinatos: Joaquín Villalobos está vivo y sabe esos pormenores; Villalobos fue uno de los tres que votaron a favor de la pena de muerte en contra de Dalton y Arteaga. ¿Hablará de todo esto algún día Villalobos? ¿Escribirá en un futuro su propio testimonio sobre lo ocurrido aquel fatídico 10 de mayo de 1975?

***

El Salvador de la década de los ´70 estaba gobernado por las dictaduras militares. Y aún en medio de la represión política, se puede leer en “Héroes bajo sospecha”, cómo las diferentes organizaciones de izquierda (que a finales de los ´80 se unirían para formar el FMLN) trabajaban de manera separada e inclusive, en muchas ocasiones, mirándose las unas a las otras como enemigos.

Todos los sucesos de injusticia social y falta de libertad de expresión ocurridos en la primera mitad del siglo XX y acumulados en la década de los ´70, fueron el excelente caldo de cultivo para una agudización del malestar social, que desembocó en la formación de grupos armados de izquierda y al final en una guerra civil que duró casi 12 años.

Héroes bajo sospecha, de Geovani Galeas

Muy recomendable la lectura de “Héroes bajo sospecha” para entender una parte de la historia de El Salvador.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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EL ESCRITOR

Paisaje nublado con caballo 2

1

En la entrada de la casa del casco de la hacienda, Catalina Salazar, bella y atrayente, de 19 años de edad, miraba el paisaje, maravillada por las variadas tonalidades de verde y azul con que se pavoneaban las montañas, según la distancia y la luz que las cobijara.

-Aquí está el caballo, niña –le dijo el viejo mandador de la hacienda.

-Gracias, Eustaquio.

-Le traje a Colorín porque es el más tranquilo y es el que más le gusta a usted, ¿verdad?

-Sí, este animal es mi favorito -mientras lo acariciaba.

Y casi terminando de decir la frase, Catalina montó al equino y se fue trotando hacia el horizonte, como en final de película.

-No se vaya muy lejos, niña, que con todo lo que ha pasado con ésto de los comunistas, está bien peligroso.

Catalina ya no lo alcanzó a escuchar. Su mente se perdía entre el viento fresco de una mañana de mayo de 1932. Su destino era Santa Ana. Tenía ganas de cabalgar un rato por la ciudad.

Cuando llegó por fin, trotó por sus calles abiertas. El clima era fresco y Catalina se sentía de muy buen ánimo. De pronto, en una esquina, un hombre que caminaba distraído se interpuso en su camino. Ella logró detener su corcel, pero éste se asustó y se paró en dos patas; Catalina perdió el equilibrio y resbaló hasta caer al suelo empedrado. El hombre, al percatarse de lo sucedido, corrió inmediatamente para auxiliarla. Al acercarse, notó que ella estaba inconsciente. Se acurrucó junto a ella y puso la mano izquierda bajo su cabeza, como a manera de almohada. El hombre pudo ver entonces la belleza de la juventud que rebosaba en el rostro de ella.

A los dos o tres segundos, Catalina abrió los ojos. Primero vio nublado, pero después la vista se le aclaró y miró frente a ella a un hombre que le pareció muy alto, de piel blanca y ojos con un tono entre verde y azul. Él la miraba con unos ojos intensos, escrutadores pero serenos. Parecía uno de esos gringos que de vez en cuando caminan como turistas por nuestras calles. A Catalina le dolía un poco la cabeza.

-Lamento mucho lo que pasó, señorita. Fue mi culpa.

-¿Quién es usted? –le preguntó Catalina, con la voz en un susurro.

-Mi nombre es Salvador Salazar Arrué.

2

Pintura hecha por Craig Pursley

(Año 1992.)

-Yo no sabía entonces que ese joven tan apuesto, al que casi atropello, era el que sería más tarde uno de nuestros más grandes escritores –dijo doña Catalina.

-¡Ay, señora, qué romántico! –dijo exaltada Amelia-.

-Él era un hombre muy educado y su conversación era muy agradable –continuó doña Catalina-. Te hablaba de cosas cotidianas y de pronto lo escuchabas diciendo palabras profundas, meditadas, y siempre con un sentido hacia el amor. Era un artista, en el sentido más grande que se le pueda dar a esa palabra.

-¿Y esa vez en Santa Ana fue la única vez que usted lo vio?

La mirada de doña Catalina brilló al recordar. A veces añoraba volver a El Salvador.

Afuera la tarde era un poco fría y las hojas de los árboles ya estaban cayendo y desnudando a los primeros árboles; pero adentro, en la sala con magnífica calefacción, un ambiente agradable rodeaba las dos mujeres que, sentadas en unos sillones suaves, conversaban, no como jefa y empleada, sino como dos buenas y viejas amigas.

-No, Amelia, después de eso, él y yo nos vimos muchas veces. Recuerdo otra ocasión en que platicamos en la Plaza Gerardo Barrios, en San Salvador. Fue casi un año después de conocernos. Él estaba tan bello, con esos ojos expresivos y sus manos tan blancas…

***

-Es usted un hombre interesante, señor Salvador Salazar Arrué. ¿Es el mismo del pseudónimo «Salarrué» que tantos comentarios ha causado por el artículo que escribió?

-¿Artículo?

-Sí, me refiero a «Mi respuesta a los patriotas». Se ha vuelto usted muy famoso, señor –le dijo Catalina.

-No, no creo que yo sea famoso –respondió Salarrué.

-No sea modesto. Leí también lo que escribió en el periódico Patria, sobre el dirigente comunista Farabundo Martí, y mucha gente en el país lo leyó también. Me gustó el juego de palabras…

Salarrué escuchaba atento.

-Sí, lo de «Faramundo», por Farabundo.

Salarrué sólo sonrió como respuesta.

-Fue muy valiente de su parte escribir algo así, después de la derrota sufrida por esa gente, y después del fusilamiento de Farabundo. ¿Es usted comunista?

-No, claro que no…  Pero eso no me impide ver la masacre de miles de compatriotas y el fusilamiento de un hombre que sólo buscaba justicia.

-¿Y en qué cree usted, Salvador?

-Creo en muchas cosas, Catalina. Creo en mirar hacia nuestro pasado personal y, más atrás aún, hacia nuestros antepasados. Creo que mirar atrás nos da una fortaleza que teníamos desde antes pero que no habíamos podido sentir, una fortaleza edificada con los logros y los fracasos de aquellos que estuvieron vivos en esta tierra.

-¡Habla de esos muertos como si hubieran fallecido hace más de cien años!

-No importa si fue ayer o hace cien años. El pasado es el pasado, y muy pronto usted y yo, con el tiempo, también seremos parte del pasado…

3

-¡Hola, Salvador! No esperaba verle. Qué sorpresa más agradable.

Catalina estaba sentada en una banca del parque leyendo un libro que desde que lo vio por primera vez le pareció interesante: «El libro del trópico». El viento fresco de octubre de 1934 traía los frutos más amorosos de la literatura. Catalina, que había estado concentrada en la lectura, rebosaba de juventud y buen ánimo. La brisa fresca rozaba su rostro.

-Me halagan sus palabras, Catalina.

-¿Cómo supo que yo estaría aquí?

-No lo sabía, al menos conscientemente –le contestó Salarrué-. Pero algo inexplicable me trajo hasta aquí. En el inconsciente a veces somos más sabios y es conveniente dejarnos guiar por él de vez en cuando. Y fue lo que yo hice hoy.

-¡Pues aplaudamos y demos un aleluya al inconsciente! –replicó emocionada Catalina.

Salarrué lanzó una carcajada espontánea y breve. Sonrió y le dijo:

-Sé que a usted le gusta leer, así que le quiero regalar este librito mío recién publicado –y se lo entregó a Catalina, pero ella se lo devolvió en el acto.

-No me lo va a dar así nada más. El obsequio tiene que ser completo –le dijo con una dulce sonrisa-. ¿No me lo va a autografiar?

Salarrué se alegró y se sentó junto a ella. Escribió entonces en la primera página: «Para mi querida amiga Catalina, con el sincero destello nacido en este terruño de sencillo légamo, ceniza y corazón.»  Luego, con una mirada verde y diáfana, le entregó nuevamente el libro a Catalina. Ella leyó en silencio la dedicatoria. Y después, en voz alta, leyó con emoción el título del libro:

-¡«Cuentos de barro»!

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía «Caballo en la niebla» tomada por:
Óscar Perdomo León

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Pintura de mujer, realizada por Craig Pursley

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TU MEMORIA

Tu memoria

Yo recuerdo que un día caminamos los dos, agitados por el sol y el polvo del mediodía, por las calles del centro de San Salvador. Era un día como todos; pero sé que te dije que en algún momento moriría la atracción nuestra y mutua, en manos de dos enemigos infinitos: el tiempo y la rutina.

Y ya ves que tuve razón. Pero vos olvidaste decirme que me olvidarías tanto y tan pronto, que hoy me sorprendo al saber que a la memoria se le mueren pedazos todos los días, cada minuto.

Mas quiero decirte que los pedazos tuyos que tengo están todavía riendo y llorando, corriendo en mi vida. Y quiero decirte también que me siento resentido con vos o con tu memoria o, en fin, con ambas.

¿Es que no te acordás de esta cabeza que siempre pensó en tu vida? ¿No te acordás de esta mirada herida y sin embargo limpia? ¿Y de estas manos con versos para vos no te acordás tampoco?

Escrito por

Óscar Perdomo León

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TENIS

Minifalda tenis

Nunca he sido muy dado a los deportes, ni como espectador ni como participante directo. Así que, para ser sincero, llegué al tenis atraído por las minifaldas de las jugadoras. Esas falditas tan cortitas que hacían parecer el ambiente como si aún estuviéramos en los años ´60. Esas minifalditas… Pero hay que enfatizar que una vez seducido por la belleza femenina, me vi eventualmente atrapado por el juego de tenis en sí. Lo veía cada vez que había oportunidad a través de la televisión. Con el tiempo, me hice un asiduo al Grand Slam, y especialmente al campeonato de Wimbledon.

A ella la conocí en la cancha de tenis de la universidad. Jugaba algunas veces con pantaloncitos cortos bien pegaditos al cuerpo y, otras veces, con minifalda. Tenía una energía tan grande y tan envidiable que sólo pude pensar que tanto arrojo únicamente podría ser adjudicado a la fresca juventud. Se llamaba Yanira.

Yo había empezado a ir a la cancha de tenis para mirar jugar en vivo, porque la televisión ya no era suficiente. Una de tantas tardes que fui la conocí, al menos de lejos. Ella me gustó desde el primer día que su figura atravesó mis pupilas. Pero no me atreví a hablarle en varias semanas. Sólo la veía y ella apenas notaba mi presencia. Creo que en esos días mi autoestima rozaba mucho el polvo y de alguna manera ya me había acostumbrado a concertar citas con chicas lindas y terminar plantado en algún café, así que la soledad era algo consubstancial a mí y de verdad que no encontraba ningún sentido el hacer amistad con alguien y mucho menos enamorar a nadie.

Desde que la conocí los días pasaban sordos en mi cabeza, era como si quisiera estar mirándola de frente y sentir su mirada en la mía. Sus ojos eran café claros y yo los veía de lejos en todo momento y empezaba a amarlos. Pensar en eso y en ella era como una extraña angustia, como cuando se siente una nostalgia (aunque en este caso, de algo que no había pasado, pero que me dolía en el pecho).

En aquellos días me atormentaban también las ideas de otras personas, que no toleraban que alguien se saliera de su línea –recta, constante y predecible- y probara de vez en cuando otros caminos. Si eras arquitecto, no tenías por qué ser miembro del equipo de baloncesto de tu ciudad; si eras contador, no tenías por qué entrar en la competencia nacional de ajedrez. Ahora ya no me importa lo que ellos piensen. Y lo digo con la serenidad y confianza que me da el sentirme feliz incursionando en varios campos del arte, yo, que trabajo hoy en la universidad como catedrático de biología. En aquellos días en que decir tenis y Yanira significaban para mí la misma cosa, yo escribía ya poemas y cuentos cortos, más o menos existencialistas, algunos medio cómicos y a veces hasta depresivos. También escribí canciones –nada memorables- de las cuales grabé algunas con otros aficionados a la música.

Pero volviendo al tenis –o a ella-, un día mientras jugaba, inesperadamente, me miró a los ojos, sólo fueron unos dos segundos, pero fueron dos segundos muy intensos. Yo quedé petrificado. Al terminar el juego, ella volvió a mirarme, pero esta vez le agregó una sonrisa al rostro. No recuerdo si le sonreí o sólo seguí petrificado mirándola; sin embargo, recuerdo que me sentí muy feliz. Y me fui por el camino de siempre soñando con esos ojos y esa sonrisa.

Minifalda tenis 2

Un día saqué valor de no sé dónde y la invité a almorzar en un pequeño restaurante cerca de la universidad. Ya me había preparado psicológicamente para el rechazo, así que no me sentí muy preocupado por su respuesta.

-Sí, me gustaría almorzar con vos.

Esa respuesta tan directa y espontánea me hizo el muchacho más feliz del mundo. Y así fue como empezamos a hacernos amigos y, eventualmente, novios. Disfrutábamos mucho del tiempo que pasábamos juntos. Conversábamos de muchas cosas; recuerdo una plática en particular en la cual discutíamos sobre quién habría ganado en un hipotético juego entre Steffi Graf y Serena Williams o entre Rafael Nadal y John McEnroe, si el tiempo no fuera una barrera inquebrantable.

A ella le gustaban mis poemas; pero creo que resentía un poco mi casi nula inclinación al deporte. Estudiaba odontología y siempre me contaba sobre enfermedades y tratamientos de los dientes. Ella escuchaba con atención las canciones que yo escribía y me hacía sugerencias. Y yo la iba a ver jugar tenis un par de días a la semana. Hacíamos el amor mañana, tarde y noche, y en los lugares menos pensados. Éramos dos antorchas que ponían a hervir el aire, la tierra y el cielo.

Después de dos años de maravilloso noviazgo ella empezó a mostrarse un poco fría y distante. (El amor me causaba confusión. Aún hoy me confunde.) Un par de semanas después de su cambio de actitud hacia conmigo, se fue, gracias a una beca, a vivir a Italia para continuar sus estudios. Se fue lejos. Se fue sin despedirse, sin contarme nada, sin dejar una nota. Unas amigas suyas me lo contaron todo.

En la privacidad de mi dormitorio, lloré como un bebé perdido en la oscuridad y en la mitad de ninguna parte.

Entonces, sin desearlo y empujado por Yanira, volví a mi soledad. Era una soledad muy sola, que, como dice el dicho popular: “sólo Dios conmigo”; pero como yo sabía que Dios no existe, podrán ustedes entender que de verdad era una soledad muy sola y solitaria la que yo estaba viviendo.

Sin embargo, con el pasar de los días, me puse a pensar. Medité con mucho respeto en los hombres antiguos y en cómo lidiaban con sus problemas. Pero como ellos son los que empezaron con eso de inventar dioses cuando no encontraban explicación a algo o cuando se sentían solos y mortales, entonces me fui aún más atrás en el tiempo, hasta aquellos remotos días cuando, debido a la inocencia o quizás a la falta de imaginación de esos seres casi humanos, no tenían dioses y estaban bellamente solos, realistas y salvajes en el mundo.

¿Cómo sobrevivían entre tanta adversidad real (como el medio ambiente hostil y los animales salvajes que trataban de devorarlos)? ¿Cómo superaban alguna soledad grande, desgarradora y parásita que se prendiera -como caracol en la piedra- de sus corazones? ¿Cómo sobrevivían?

Pensé mucho y llegué a la conclusión que simplemente seguían adelante. Sólo eran fuertes y tenían ganas profundas de vivir. Y me di cuenta que yo era descendiente de ellos. Así que con la fuerza y el ejemplo de tantos ascendientes prehistóricos bajo mis pies y dentro de mi sangre, ya no me sentí tan solo. Y sólo seguí adelante.

Y sin estar ya en un estado tan deshabitado en mi corazón, seguí escribiendo mis poemas y mis cuentos, mis canciones, mis locuras… Sólo seguí mirando tenis en la televisión, sin rencores y sin resentimientos.

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

UNA DECISIÓN

FLOR. Fotografía por Óscar Perdomo León

Joaquín sintió un dolor terrible cuando la carreta pasó encima de su abdomen, junto con el peso de un tonel de agua y de aproximadamente once personas. El paso sobre su cuerpo fue rápido; pero en ese instante él percibió el tiempo como un túnel negro, largo e infinito.

Esa mañana el sol de las once ya había endurecido los caminos del cantón El Espinal. Un viento ralo y caluroso golpeaba los rostros de los niños -quizá unos quince- que iban subidos en la carreta, junto al carretero Chepe Cotón, a través de una vereda polvorosa, cuyas orillas estaban llenas de arbustos, árboles y cercos de madera cubiertos de hiedra. Era un 02 de febrero de 1975 y era el regreso del primer día de clases. Joaquín era un joven de 13 años de edad,  fuerte y profundamente arraigado a su tierra natal, inocente e ilusionado con la vida.

El camino desparejo y pedregoso hacía que la carreta se moviera con un vaivén de barco en el mar, con un vaivén de hamaca rígida. Cuando la carreta pasó inesperadamente sobre una piedra grande, Joaquín, quien llevaba abrazados todos sus libros de texto –de televisión educativa de séptimo grado- perdió el equilibrio y cayó inevitablemente bajo la carreta (aún cuando era supuestamente el más experto carretero de entre todos sus amigos); al caer quedó trabado en “el matabuey”, por el que fue arrastrado más o menos 10 metros antes de que le pasara la carreta encima.

Unos vecinos cercanos al lugar del accidente lo auxiliaron. Lo acostaron en una cama de lona, de esas de doblar, y le dieron un poco de agua. El dolor era intenso y el abdomen se empezaba a distender y endurecer. Joaquín se sentía morir, había un dolor intenso al respirar profundo; sin embargo su pensamiento más inmediato y necesario era, sin duda, que no se le avisara a su madre porque tenía miedo de que lo regañara. No obstante, en esas comunidades pequeñas las noticias corren como pólvora encendida y, muy pronto, su madre se vio envuelta en la angustia.

Chepe Cotón trató de ayudarlo, pero no sabía que hacer.

-¿Qué fue lo que pasó?  -le preguntó uno de los primeros vecinos que llegaron al lugar del accidente. Y Chepe Cotón, con un evidente sentimiento de culpabilidad, con una fuerte sensación de responsabilidad, contestó:

-¡Ya maté un bicho ahí!

En realidad todo había sido un desafortunado accidente; pero el sentimiento de culpabilidad lo empujó a tratar de ayudar con ímpetu al joven, por lo cual Joaquín fue llevado con prontitud al hospital de Cojutepeque, en donde los médicos que estaban de turno decidieron referirlo inmediatamente al hospital Rosales, debido a su comprometido estado; pero no había ambulancia, así que en esa deplorable y grave situación como Joaquín se encontraba, tuvo que caminar desde el hospital hasta la parada de buses de Cojutepeque, en donde tomó un bus hasta la Terminal de Oriente de San Salvador, en donde tomó un taxi. Fueron horas que parecían siglos. Fueron dolores que se parecían mucho a la tortura.

Cuando llegó a la jungla de concreto y entró al hospital Rosales, los cirujanos no pensaron dos veces para llevarlo a Sala de Operaciones e intervenirlo quirúrgicamente a través de una Laparotomía Exploradora, sin el previo y rutinario lavado quirúrgico. ¡Gritaba a leguas que era un abdomen quirúrgico! Había alrededor de Joaquín numerosos estudiantes de Medicina y algunos médicos residentes de Cirugía. Joaquín fue llevado por largos pasillos hasta la Sala de Operaciones de Emergencia. Ahí se le realizó resección y anastomosis de intestino delgado, y además, resección del bazo.

Al despertar de la anestesia, Joaquín sintió el dolor postoperatorio, pero en realidad lo que le importaba y preocupaba más en ese momento era la extrañeza de encontrarse en un lugar completamente distinto del campo abierto, verde y silvestre. Se vio en cambio a sí mismo acostado sobre una cama blanca, en medio del aire acondicionado de la Sala de Recuperación y de las cuatro paredes cerradas. Joaquín vio una enfermera que escribía afanosamente. Casi con angustia, mientras veía las ventanas sol-aire y sentía la zozobra de encontrarse en un ambiente extraño para él, de vidrios, luces artificiales y pintura blanca, le dijo a la enfermera:

-Quiero ver árboles…

A la enfermera le cayó en gracia el pedido del joven y le sonrió.

-No te preocupés que ya te vamos a sembrar unos árboles  -le contestó en tono de broma.

“Quiero ver árboles”… lo cual en realidad significaba quiero regresar a mi casa, quiero estar con los míos, quiero, en fin, irme de aquí. En su corazón había una inquietud perturbadora, un llanto silencioso sin lágrimas, una nostalgia quemante sin tregua. “Quiero ver árboles”: una frase muy dolorosa en ese contexto.

Joaquín se hundió involuntariamente en el sueño otra vez, sometido por los remanentes de la anestesia y soñó con su casa, con sus amigos, con su madre y su padre, con sus vecinos del cantón El Espinal.

(El Espinal es un cantón que pertenece jurídicamente a San Rafael Cedros, departamento de Cuscatlán. Es un lugar en donde se siembra caña de azúcar y que en los días en que Joaquín era un joven no había agua potable ni energía eléctrica, las cuales se han instalado hasta hace relativamente muy poco tiempo.)

Al día siguiente, por la mañana, en la pasada de visita rutinaria de los médicos, en el hospital Rosales, el jefe del servicio del Primero Cirugía de Hombres, un doctor de apariencia agradable, que inspiraba respeto e irradiaba entusiasmo, vestido con canas en las sienes y espeso bigote gris y con el saco café colgado en los hombros, se acercó a Joaquín y dijo en voz alta dirigiéndose a todos los demás médicos y estudiantes de medicina que lo seguían:

-A este muchacho es al que le pasó la carreta encima ¿verdad?

-No, doctor,  -replicó Joaquín, con la voz sostenida y profunda que le producía el dolor post-quirúrgico-  sólo fue una rueda la que me pasó encima.

El especialista se sonrojó. Y la risa fue general, entre médicos y pacientes, al oír la ocurrencia del joven.

El tiempo fue pasando lentamente en el hospital. Joaquín estuvo ingresado durante ocho días, sin probar ningún alimento y con drenos y líquidos endovenosos. Fueron días largos y tediosos, llenos de aprendizaje y de prueba a su fortaleza. Aunque no todo fue doloroso. Hubo momentos divertidos, gracias a uno de los pacientes que también estaba ingresado ahí. Siempre estaba contando anécdotas o chistes y Joaquín trataba de no reírse –aunque era inevitable- debido al dolor que le causaba en la herida operatoria.

Joaquín, en su ignorancia de niño, se preocupaba por momentos, pensando en si quedaría estéril o si acaso nunca más practicaría deportes.

Un día, mientras Joaquín era curado y miraba las torundas empapadas de jabón yodado y mientras un Médico Interno le extraía uno de los drenos (lo cual le causó un dolor exquisito), tomó una firme decisión:

-Cirujano quiero ser.

Se lo dijo a sí mismo, hacia adentro, sin voz ni ruidos, sólo con la decidida confianza de que lo que acababa de desear era algo irrevocable. Y durante algún tiempo no se lo confesó a nadie.

Joaquín nunca había estado antes en un hospital y era además la segunda vez que se encontraba San Salvador.

Joaquín soñó esa noche, que se acercaba al día de su alta, con coloridos pájaros cantando y árboles llenos de verde follaje, con lagartijas y zompopos. Soñó con un mar de cosas verdes y silvestres. Soñó con lo que más amaba, sin saber que veinte años después se estaría graduando de Cirujano General del mismo hospital en donde estaba siendo atendido.

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía tomada por

Óscar Perdomo León

***

SUSANA

Casa

«Susana es una bella mujer. Su cabello rubio me gusta tanto, parece que tuviera lingotes de oro finamente derretidos sobre su cabeza…  (Es quizás la sensación subconsciente de vivir en un país en donde las verdaderas rubias naturales son relativamente escasas y hay por el contrario una excesiva abundancia de falsas rubias, de cabellos teñidos,  la mayoría de veces con muy mal gusto.) Me gusta acariciar su cabello y pasarlo por mi rostro, tocar la suave piel de su cara nunca maquillada, sentir la tímida mirada de sus ojos verdes y tocar sus manos. ¡Es tan inocente! Ella, que sólo tiene 20 años de edad, me abraza el cuerpo como quien está a la orilla de un precipicio y no quiere caerse. He podido sentir su olor virginal, lleno de juventud…»

Susana vivía en el campo. Estudió hasta segundo grado de primaria y su lenguaje era sencillo. Podía leer con dificultad y escribía con una pésima ortografía. Cuando conoció a Alfredo se sintió atraída por su conversación de hombre de ciudad. Tuvo mucha curiosidad. Ella había nacido y  crecido en un cantón refundido y perdido de San Miguel, un lugar donde no llega el periódico, pocas tienen un televisor y todos tienen un radio. Alfredo había llegado a conocer un territorio y conoció a esta preciosa muchacha;  la primera vez que se vieron ella casi lo llamó con la vista, en el bus lleno de hombres con sombrero, y él se acercó para  platicar (fue una atracción a primera vista); las piedras y el polvo del camino no le molestaron a Alfredo; el rostro angelical de Susana era un aliciente poderoso. El bus recorrió varios kilómetros antes de llegar a la orilla del río Lempa. Allí había una lancha grande en donde cabían dos vehículos. La vista era espectacular. La naturaleza había hecho que junto a un río caudaloso crecieran cerros verdes y cafés. Unas garzas volaron majestuosas sobre sus cabezas.

Al llegar al pueblo, Alfredo se instaló en la casa de una señora muy amable llamada Carlota, quien le alquiló un cuarto y le vendió comida. Pronto se corrió la voz en el pequeño pueblo que un doctor había llegado.

La gente del campo suele ser amable y espontánea. Y esto lo tenía muy en cuenta Alfredo y lo apreciaba. Muchas semanas después de hablar con Susana y tomar su mano y besarla, decidió ir a visitarla a su casa. Preguntando y preguntando dio con la dirección exacta. Por supuesto que todo el cantón y el promotor de salud se enteraron inmediatamente. (“El doctor fue a visitar a la hija de la Juana.”) Cuando llegó, vio que a  la entrada de su casa había un jardín en el que parecía que se habían invertido muchas horas de trabajo y amor.

-Buenas tardes…     Buenas tardes…

-Pase adelante. ¡Adió, no lo había conocido, doctor! Entre pa´ dentro, no se quede afuera.

-Muchas gracias, niña Juana. Qué bonito tiene aquí.

-Ay, doctor, esa es mi «entretención», cuidar las plantitas.  Y a veces estas cipotas me ayudan un poco. Siéntese.  ¿O se quiere recostar en la hamaca?

***

DIGRESIÓN JUSTIFICADA.
Las hamacas son extremadamente comunes en el oriente de El Salvador. En el departamento de San Miguel no he entrado a una tan sola casa en donde no haya una hamaca. Las hay grandes y pequeñas. De colores diferentes y texturas variadas. En los pequeños pueblos las personas acostumbran dormir en estas relajantes camas colgantes; y hacen bien, el calor de los días y las noches es insoportable. Así que la gente duerme aireándose y meciéndose, en una forma de  tierno y maternal arrullo. Se puede dormir con la espalda ovalada o por el contrario, puede uno poner su cuerpo casi de una forma transversal a la hamaca, de tal manera que la espalda quede recta, evitando dolores por la mañana. La habilidad de usar las hamacas es tal que es infrecuente que un niño se caiga de ellas y muchas personas comen sus alimentos subidas en ellas. Y por supuesto, no se puede dejar de mencionar que hacer el amor en una hamaca requiere de práctica y de mucha motivación o, como es usual por estos lugares, hacer el amor en una hamaca es una necesidad y casi una obligación. Hay varias posiciones sexuales que se pueden ejecutar en una hamaca, de las que espero poder hablar en otra ocasión.

***

-Es usted muy amable, niña Juana, pero en este taburete estoy bien. (Silencio un poco incómodo y anti-diplomático).

-¿Está Susana?

-Sí, creo que por ahí anda esta muchacha. ¡Susana! -gritando a todo pulmón-.       Ah, aquí viene, con permiso, voy a ir a hacer unas cosas.

-Es propio, niña Juana, pase.

Susana estaba entre asombrada y alegre. Acababa de bañarse y se veía tan limpia y joven que Alfredo quedó extasiado. Más que hablar entre ellos, se miraron mutuamente, a los ojos, al cuerpo, a los gestos…

-Me alegro que haya venido. Se siente bien raro porque desde que mi papá murió, casi ningún hombre ha entrado a esta casa.

-Entonces soy un privilegiado   -le contestó Alfredo-.  Y…  ¿cuándo murió su padre?

-Hace cinco años. Le dio un ataque al corazón y se murió bien rápido. Yo nunca había sentido tanto dolor como ese día…

Luego Susana lo invitó a caminar por los alrededores de su casa.

El objetivo era alejarse un poco de su madre y tener un poco de privacidad; aunque también había que burlar las miradas entrometidas de sus hermanas. Caminaron y caminaron y cuando se habían alejado bastante de la casa, cerca de un árbol de mango y a la sombra de unos pepetos, Alfredo besó a Susana. Muy pronto estuvieron retozando sobre la hierba viva, entre ignorados insectos y con algo de polvo en los cuerpos.

Susana no era virgen…

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía por

Óscar Perdomo León

***

SENTIDO COMÚN Y RESPETO. Matrimonio gay

El sueño de Gustave Courbet (1866)

Así como la Revolución Francesa en el siglo XIX influenció al mundo con sus reformas sociales, así también todo avance que se dé en la actualidad en materia de derechos civiles en cualquier país del mundo, influenciará a otras partes del planeta.

La recién aprobada ley de legalización en Estados Unidos del matrimonio civil para la comunidad gay, tendrá repercusiones positivas en todo el mundo para esa minoría, discriminada por mucho tiempo, por demasiado tiempo.

Así como los heterosexuales sienten deseos de casarse, así también los homosexuales pueden sentir lo mismo en algún momento de su vida. El amor no conoce fronteras.

Para aquellos que no aceptan, debido a sus creencias cristianas, que dos personas del mismo sexo se casen, les hago una pregunta. ¿No es acaso la frase «Ámense los unos a los otros como yo los he amado» la premisa más importante del Cristianismo? La discriminación de los homosexuales, el mirarlos como ciudadanos inferiores o de segunda clase, no tiene concordancia con la frase arriba mencionada.

El sentido común nos dice que una sociedad excluyente es una sociedad injusta, una sociedad que no puede funcionar correctamente.

El sueño, de Gustave Courbet (1866). 2

Para entender que dos personas del mismo sexo se amen y deseen vivir juntas, sin ocultarse y bajo el amparo de la ley, no se necesita mucho, sólo abrir los ojos a la naturaleza y a su inmensa diversidad. Sólo se necesita que nos demos cuenta que ya no estamos en la Edad Media ni mucho menos en la Edad del Bronce. Sólo se necesita un poco de sentido común y respeto hacia los demás.  Sólo se necesita un poco de empatía.

Escrito por

Óscar Perdomo León

Imagen:

«El sueño», de Gustave Courbet (1866).

SU ROSTRO SIEMPRE ESTUVO AHÍ

Lago de Ilopango 1

Ahora que lo he perdido

puedo ver en todas partes

las facies del amor.

Estuvo siempre ahí,  constante

y presente,

con su rostro inconfundible, pero vedado

para mis pupilas primitivas.

Su rostro estuvo en una

y en muchas mujeres.

Y en todas, como en la misteriosa, la efímera rosa,

en sus bocas

estaban presentes y camufladas

la espina y la sonrisa.

Ahora que he perdido a mi amor

me duele el recuerdo de las sonrisas

y de la piel me brota y gotea un líquido rojo y espeso:

las espinas me rayan profundo,

hasta la dermis,

para que la cicatriz se forme

como una memoria tangible,

como una prueba irrefutable del beso

y el amor

perdidos para siempre.

Y sin embargo,

abro los brazos al futuro

y recibo los nuevos ojos

y la nueva boca

(sensual como un pétalo)

para que retocen junto a mi rostro

que aún brilla

de esperanza.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

ÉL LEYÓ EN SUS OJOS. Canción

Collage 3 Guillermo Arecio Óscar

La vida está hecha de días y de noches, de luz y de sombra… De momentos que queremos olvidar; pero también de instantes de gozo que atesoramos con intensidad en nuestros corazones.

La vida… la vida… tiene victorias y alegrías, pérdidas y duelos… Está hecha de ciclos que se abren y se cierran. Aprender a reconocer esos ciclos, aceptarlos y seguir adelante, es parte de nuestro crecimiento interno.

ÉL LEYÓ EN SUS OJOS

( Letra en español e inglés)

Para quien no pueda ver el video aquí en mi blog, lo puede hacer dando un clic acá.

Música y letra:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Arreglos musicales:
GUILLERMO ECHEVERRÍA
y ARECIO DE LEÓN
Sintetizador:
ARECIO DE LEÓN
Guitarra eléctrica y batería:
GUILLERMO ECHEVERRÍA
Primera voz, bajo eléctrico y guitarra acústica:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Voces:
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Traducción al inglés:
LAURA MARÍA PERDOMO PACAS
© Él leyó en sus ojos. Óscar Perdomo León.
El Salvador, en América Central.

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CRECER Y AMAR. Canción

Collage Arecio Óscar 6

Me desperté una mañana con un fragmento de melodía que sonaba en mi cabeza, así que en una sola mañana le agregué la letra y lo que faltaba de melodía. Así de rápido nació «Crecer y amar». (No es lo usual, generalmente me cuesta mucho hacer una canción.)

Agradezco sinceramente a Arecio De León, por hacer los arreglos musicales y por tocar aquí casi todos los instrumentos, excepto el bajo eléctrico. Pero especialmente le agradezco por el bello solo de guitarra eléctrica que le puso al final.

CRECER Y AMAR

Para quien no pueda hacer correr el video aquí en mi blog, lo puede hacer dando un clic aquí: CRECER Y AMAR.

Letra y música:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Arreglos:
ARECIO DE LEÓN
Teclados, batería, guitarras (acústica y eléctrica):
ARECIO DE LEÓN
Bajo eléctrico:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Primera voz:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Segundas y terceras voces:
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
CHITO´S
Estudio de grabación musical.
Sensuntepeque, Cabañas.

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© Crecer y amar. Óscar Perdomo León.
El Salvador, en América Central.
Mayo de 2015.

***

COMO VIVÍ LA BEATIFICACIÓN DE NUESTRO SAN ROMERO DE AMÉRICA. Crónica escrita por Eunice Echeverría

BEATIFICACIÓN MONSEÑOR ROMERO FOTO 12 (2)

Para ser sincera, nunca he sido muy dada a cosas de la Iglesia, soy católica, pues ha sido en esta religión en la que me he criado y nunca he sentido necesidad de buscar otra, pues considero que el sentido de la vida nos lo da la manera de concebir la vida misma, y no una religión en particular; además, me siento cómoda siendo socialmente católica.

Los primeros recuerdos religiosos que tengo son los de mi abuela pidiéndole a Dios por sus hijos y toda su descendencia —rezando con el rosario en manos—; también, de una figura a colores de la Virgen de Guadalupe que me regalo mi tía Lucila, de esas que al moverla y dependiendo de la luz que le llegase, proyectaba tanto a la Virgen como a San Juan Diego. Yo estaba fascinada y la historia de la Virgen del Tepeyac, contada por mi tía, me ha acompañado hasta hoy.

Cuando desde Sensuntepeque viaje a vivir a San Salvador para estudiar en la capital, mi madre me inscribió en el Colegio Guadalupano, corría el año de 1977 y teníamos ya los preparativos para celebrar el Día de la Madre, cuando de repente se suspende el acto, habían asesinado al padre Alfonso Navarro Oviedo, en la iglesia de la colonia Miramonte y las monjas estaban consternadas, “como estar en celebraciones con tantas muertes”, fue lo que nos dijo una de ellas, no recuerdo su nombre, se me perdió como tantos otros.

Poco a poco fui conociendo a monseñor Romero, lo vi una vez en el Colegio Sagrado Corazón. Luego por su legado,  al escucharlo y leer sus homilías; así como, conocer testimonios de personas que tuvieron la fortuna de conocerlo y de tratarlo.  Si bien, no voy a misas frecuentemente, pero si voy en marzo a la procesión de La Luz que organiza la Fundación Monseñor Romero desde hace ya 15 años y luego a la misa en recuerdo a nuestro hoy beato Romero —con mucha fe y  por pedirle cosas que las madres siempre pedimos—.

Comencé mis preparativos para asistir a la beatificación, precisamente el 24 de marzo, durante la misa en catedral, ya que el papa Francisco había reconocido el martirio por odio a la fe, que sufriese monseñor Romero.

Junto a Jenny Menjívar y Gabriel Cerén armamos el viaje al monumento al Divino Salvador del Mundo, nos propusimos asistir a la vigilia del viernes 22 de mayo y poder así lograr un buen puesto, ya que sabíamos que el lugar y los contornos se llenarían, y no queríamos estar apretujados.  Trate de dormir un rato el viernes por la tarde —antes de que Jenny llegase por mí—, pero no pude, el calor ambiental previo a la tormenta de las 4:30 pm, me lo impidió.

Entonces, me dedique a armar el “tambache”, Mi madre y Romeo Luna —mi gato—,  veían que cada vez se hacía más grande el bulto. Por las miradas de Maura —mi progenitora—  intuí sus palabras  ¡Y cuántos días vas a pasar en esa plaza!

No era para menos, el bulto estaba compuesto por una silla de lona, chumpa impermeable, frazada, calcetines, gorro de lana, visera, pantalón, desodorante, lámpara de mano, medicinas, termo con café, manzanas, mandarinas, agua y dulces. Ahhhh… y mi hamaca.

Llegamos en carro hasta el super Selectos de la Olímpica, abajo de la Auxiliadora, de ahí al monumento —una cuadra nomás—.  Jenny no se quedaba atrás,  también iba bien aperada con dos sillas de lona, tienda de campaña, café, pan dulce, impermeables, sandalias, frazada, bufanda y una sombrilla.

Inicialmente colocamos la tienda de campaña en la acera frente a la torre de Telefónica, pero inicio una garuvita de agua y vimos que varias personas se metían a protegerse en el predio de la empresa de telefonía —cosa que imitamos—.  Ya armado nuestro frente y protegidas de la lluvia,  como a eso de las 6:30 pm, nos dispusimos a tomar el primer café de la noche. Minutos más tarde se nos unió Gabriel,  quien venía desde Ahuachapán.

Al terminar de bebernos el cafecito, dispusimos ir a la misa de la vigilia, pero ¿quién se quedaría a cuidar el maletero?  Así que lo tiramos a la suerte, a la cara o corona; piedra, papel o tijera, nada funcionaba, pues los tres queríamos ir a la misa.

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Pishhh Gabriel  ¿Por qué no le dice a la Señora que si nos cuida las cosas y que le dejamos una silla para que descanse? Vaya pues….  dice que sí, que ella estará pendiente de todo.  Chumpa impermeable y cangurera puestas, caminamos hasta el sitio destinado a la misa, logramos quedarnos a un costado del centro comercial La Campana, y todo bien, ya no llovía.

Al terminar voy a ir a ver donde ponemos la hamaca, pensé, pero ese pensamiento no duro mucho, pues de repente San Pedro decidió abrir los chorros celestiales y una abundante lluvia nos cubrió, y para mis pesares, la chumpa impermeable no era impermeable, al cabo de un rato estaba toda mojada, durante la misa llovió y fuerte, así que tuve que iniciar la búsqueda de una camiseta, no cualquiera, una que me gustara, pues no era solo por cambiarme y tener ropa seca, no, no, no.

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Luego de comprar la camiseta de mí gusto y haber cenado un par de pupusas con un chocolate caliente, me cambie, cambie mis calcetines y me coloque unas bolsas plásticas para no mojar este nuevo par. Salí a comprar unos libros al puesto que la UCA tenía en la acera, frente a nuestro sitio de “descanso” y me dispuse a leer un rato, más café y pan dulce, una manzanita y agua.

La plaza que alberga al monumento al Divino Salvador del Mundo estaba verdaderamente alegre, personas de distintas edades provenientes de todo el país y visitantes extranjeros comenzaban a llenarla; música, cantos, bailes, colocación de pancartas, de tiendas de campaña,  ayudaron a disfrutar la noche y a que pasará pronto.

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A las 4:30 am, aun había una lluvia suave,  los primeros rayos de sol del sábado 23 de mayo, despidieron la lluvia y comenzó una nueva algarabilla, se acercaba la hora del acto de beatificación de nuestro San Romero de América, sí… San Romero de América, Santo desde hace muchos años, Santo por el pueblo, su pueblo.

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Luego de desayunar, desarmar el campamento, nos instalamos bajo las palmeras que nos protegieron del sol durante toda la beatificación, sitio que nos permitió una buena vista del templete. La animación previa al acto, fue bonita, música para Monseñor, esa que nuestros artistas le han dedicado a lo largo de 35 años,  fueron cantadas, y para ponernos en sintonía el padre José María Tojeira, explicó porqué monseñor Romero se beatifica como mártir por odio a la fe.

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Luego de los tres llamados de campanas inicia el tan esperado acto, solemne, con cinco cardenales y un montón curas de todas partes y,  entre ellos, monseñor Ricardo Urioste y  monseñor Gregorio Rosa Chávez, los principales, los que no podían faltar.

“Sin sombrillas, sin sombrillas, sin sombrillas” comenzó a escucharse entre los asistentes, ya que por el fuerte sol se habían abierto, sin quererlo fueron apagándose poco a poco de entre el público y los aplausos cuando se cerraba alguno se escuchaban por  todo el lugar. Claro las sombrillas ocultaban las pantallas y el templete; aunque  luego de una hora volvieron a abrirse y colorear plaza y calles.

No podían faltar las fotos al halo solar, maravilla natural que acompañó  el acto de beatificación de San Romero, y con el cual la madre naturaleza se unió al júbilo colectivo que vivíamos en esos momentos.

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El sonido fue impecable, y el coro fue una maravilla de voces, me hubiese gustado escucharles cantar  “Canción para un mártir”, pero bueno, espero un milagro de nuestro beato y el cambio de la actual jerarquía católica salvadoreña y que se acerque más al pueblo de San Romero de América, del Mundo.

Ya cerca del medio día, luego de casi dos horas, comencé a sentir hambre y sed, no había bebido agua para no tener que salir, pues cómo, si no se podía caminar entre tanta gente, y la reacción de mis “tripas” cuando cayó en ellas la ostia fue para recordarme una vez más que ya era hora del almuerzo; así entre risas,  di gracias a Dios y a mi San Romero por haberme permitido estar ahí, de ser parte de esas 500 mil almas. Mis tres peticiones: cuida y protege al amor de mi vida —Laura—; a mi madre, familia y amigos; ayúdame a ser mejor persona cada día.

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Al regresar a casa, luego de bañarme,  sentí deseos de ir a la cripta en catedral, pero caí en las garras de la hamaca y desperté en la noche; la visita la realice el domingo y aproveche el viaje para ir a la Casa Museo en el Hospital La Divina Providencia, cerrando con broche de oro este fin de semana especial.

BEATIFICACIÓN MONSEÑOR ROMERO FOTO 12 (3)

Escrito por

Eunice Echeverría

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EUNICE ECHEVERRÍA, bióloga.
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CONOCIENDO LA HISTORIA NATURAL DE EL SALVADOR.
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ENTREVISTA A EUNICE ECHEVERRÍA.
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LA BEATIFICACIÓN DE MONSEÑOR ROMERO NO ES SUFICIENTE

TUMBA DE MONSEÑOR ROMERO. Fotografía por Óscar Perdomo León

Puede ser que la beatificación de Óscar Arnulfo Romero les dé completa satisfacción a los católicos (aunque estoy seguro que no a todos los católicos).

Sin embargo para aquellos que no son católicos o para aquellos que no son creyentes, la beatificación de Monseñor Romero no tiene un gran significado, si detrás de toda la ceremonia, ritos, platillos, coros y tambores, la impunidad de su muerte es todavía una cicatriz vergonzosa y dolorosa para el sistema de justicia de El Salvador.

No niego que el hecho de que el Vaticano lo nombrara beato, ha sido ciertamente una aceptación y confirmación de la gran condición moral que Monseñor Romero manejó durante su vida.

Pero es importante no perder de vista por qué se le nombró beato. Porque no fue por «un milagro», sino por su martirio.

¿Y por qué fue martirizado Monseñor Romero? Pues porque tuvo la valentía de denunciar las injusticias en un El Salvador convulsionado por un clima político represivo y violento. Y eso que él hizo, en aquellos días tan aciagos, lo llevó a cabo con el más sincero amor hacia los desposeídos, hacia los que siempre han estado marginados de la educación y los beneficios de la justicia.

Y esos mismos desposeídos son los que ahora, todos los días, «ocho días a la semana», se largan huyendo de El Salvador, buscando las oportunidades que este país no les brinda.

La beatificación de Monseñor Romero no es suficiente.

La beatificación de Monseñor Romero no es suficiente porque su asesinato, como los de muchos otros, aún está en la impunidad. Y los encargados de hacer justicia, continúan con los brazos cruzados, sólo mirando como el baño de sangre sin castigo, continúa manchando a nuestro querido El Salvador.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía: Tumba de Monseñor Romero, tomada en el año 2009 por Óscar Perdomo león.
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