Relatos es una colección de prosas de temática variada, todas con El Salvador siempre como marco de acción.
Para aquellos que quieran leer un rato, se los dejo aquí.
Óscar Perdomo León Sigue leyendo «RELATOS. Óscar Perdomo León»
Relatos es una colección de prosas de temática variada, todas con El Salvador siempre como marco de acción.
Para aquellos que quieran leer un rato, se los dejo aquí.
Óscar Perdomo León Sigue leyendo «RELATOS. Óscar Perdomo León»
El periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano (1940 – 2015) era cerebro grande y sabio. Y con un corazón bello. América Latina perdió mucho en el 2015, cuando él falleció. Los oprimidos de América perdieron una voz luminosa.
Hay un libro de Galeano del cual él dijo que era donde más se reconocía, que él lo sentía como un documento muy personal: «El libro de los abrazos», publicado en 1989. Sigue leyendo «EDUARDO GALEANO Y SUS ABRAZOS»
Esta crónica de cómo se rodó mi primer cortometraje es algo que considero significativo, desde el punto de vista sentimental. Cuando la escribí lo hice con mucha emoción.
A mi parecer, y viendo ahora todo en perspectiva, el corto «Hablando con los muertos», escrito y dirigido por este servidor de ustedes, tiene algunos errores y tal vez un par de aciertos.
Sin embargo, todo esfuerzo que se haga para alcanzar un objetivo, debe ser valorado con creces, así como con una crítica justa y mesurada.
La sinópsis del cortometraje podría ser la siguiente:
Isabel (protagonizada por la actriz Rosario Ríos) es encontrada muerta, bajo los escombros del deslave de una zona de la Cordillera del Bálsamo, en el terremoto de enero de 2001 en El Salvador. ¿Qué historia hay detrás de la muerte de Isabel? ¿Cómo fueron sus últimos momentos de vida?
(No puedo dejar de mencionar lo agradecido que estoy hasta el día de hoy, con el hecho que Santiago Nogales y Rosario Ríos hayan aceptado actuar en el trabajo artístico de un aficionado como yo.)
Sin más palabras, los dejo con esta breve crónica.
CÓMO SE RODÓ «HABLANDO CON LOS MUERTOS»
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CORTOMETRAJE
Para quien tenga curiosidad de ver el cortometraje «Hablando con los muertos», les anticipo que está repartido en dos partes. La primera parte la pueden ver acá.
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«La espera» es un cortometraje de 1983, realizado por el argentino Fabián Bielinsky (1959 – 2006), basado en el cuento homónimo de Jorge Luis Borges, que forma parte de su libro El Aleph, de 1949.
Aunque en el cortometraje se mantiene la esencia de la trama borgiana, podrán ver detalles que no aparecen en el cuento, como los diálogos, el corral de gallinas o los varios personajes. Es, por supuesto, una adaptación del cuento y, además, como todos sabemos, el lenguaje cinematográfico es diferente al de la literatura. Asimismo, generalmente los guionistas y directores se toman licencias para crear sus piezas.
De cualquier manera, ambas obras artísticas, tanto el cortometraje como el cuento, son una delicia de ver y leer, respectivamente.
(No está demás mencionar que hay otro cortometraje de La espera, dirigido por Javier Perrone y que lo pueden ver aquí.)
Sin más palabras, les dejo aquí el corto y además el susodicho cuento de Borges, el cual no se arrepentirán de leer. Sigue leyendo «LA ESPERA. Un cortometraje de Fabián Bielinsky»
Esta semana que acaba de pasar me he enterado de dos noticias que me han llenado de felicidad. La primera tiene que ver con la ciencia. Y la segunda, con la literatura.
(Les dejo aquí abajo los enlaces para que puedan leer los reportajes completos.) Sigue leyendo «DOS BUENAS NOTICIAS.»
Noviembre, novela escrita por Jorge Galán (San Salvador, 1973) y publicada en el año 2015 por la Editorial Planeta Mexicana, es una interesante manera de adentrarse en el trágico acontecimiento del 16 de noviembre de 1989: el asesinato en la Universidad Centroamericana UCA de los 6 jesuitas salvadoreños y dos de sus trabajadoras.
Todo inicia cuando en 1950 alguien le pregunta a un grupo de muchachos si alguno quisiera ser voluntario para viajar a América y el joven Ignacio Ellacuría alza la mano.
A partir de ahí, el avance de la historia no es cronológica y eso le da, para mí, mucha fluidez y fuerza a esa película de palabras que nos muestran a un El Salvador cambiante a través de las décadas. Sigue leyendo «NOVIEMBRE. Una novela de Jorge Galán»
Aunque Dámaso y Gregorio habían nacido en el mismo año de 1910 y del mismo padre (el hacendado Juan Gutiérrez) la forma de vida de cada uno de ellos había sido muy diferente.
Increíblemente ambos hombres se encontraron frente a frente sólo una vez en la vida. Fue en una ocasión en que a la esposa de Dámaso se le pinchó una llanta en un parqueo de San Salvador. Casualmente Gregorio estaba bajándose de su vehículo y al ver a la mujer en dificultades, se acercó a ayudarla. Justo al momento de terminar de cambiar la llanta Gregorio, llegó Dámaso. Se reconocieron por referencias, pero ninguno de los dos dijo nada. Dámaso le agradeció a Gregorio y éste se marchó inmediatamente.
Coincidieron sin embargo nuevamente (aunque no físicamente) en algo crucial: el día en que la muerte los abrazó a ambos. Sigue leyendo «LA MAÑANA EN QUE FALLECIERON DÁMASO Y GREGORIO»
Según algunas encuestas, Japón, Finlandia y Suecia están entre los países con una mayor cantidad de lectores. En Suecia, por ejemplo, el 80% de su población ha leído al menos un libro en su vida; en Japón el 91 % de su población lee con frecuencia.
En México sólo un 2% de su población tiene arraigado el hábito de la lectura.
Uno de los países con más bajo nivel de lectura en Latinoamérica es El Salvador.
Por otro lado, se dice que entre la población mundial que tiene el hábito de la lectura, sólo un 10% lee poesía. No sé si esto sea verdadero, no he encontrado datos sobre ello; pero mi apreciación subjetiva es que probablemente sea cierto.
Quiere decir que la poesía es un gusto de pocos, como lo es, por ejemplo, el rock progresivo, entre todas las categorías del rock.
Por lo tanto, el libro que les presento hoy llegará a muy pocos lectores.
Pero lo más importante de la poesía no es llegar a ser «un best seller»; sino ser una extensión sincera de quien la escribe, un reflejo de su esencia. Si además de cumplir eso, algún poema conmueve a algún lector, entonces el círculo del arte se habrá completado.
Desde el brillo de mi oscuridad es una breve colección de poemas escritos casi en su totalidad en el año 2015 y unos pocos en el 2016. Hay un par por ahí que nacieron hace más de 15 años. Los agrupé aquí, gracias a la sugerencia de mi amigo Gustavo Pineda.
Cada poema va acompañado de una fotografía.
Aquí se los dejo.
Escrito por
Óscar Perdomo León
Collage por Óscar Perdomo León
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Duelo nacional para el arte salvadoreño. Este pasado 23 de octubre falleció Ricardo Lindo (1947 – 2016).
Hace más o menos 4 años mi ex esposa y yo le hicimos una muy breve entrevista a Ricardo Lindo y que fue publicada en un blog ya inactivo. En esa ocasión (y otras veces que lo vi) le pude tomar varias fotografías. Les dejo por aquí la entrevista tal y cómo se publicó.
Sus respuestas son dignas de ser recordadas y guardadas en nuestros corazones.
DOS PREGUNTAS PARA RICARDO LINDO
I
Cuando soñamos
¿estamos navegando en nuestro subconsciente
o estamos en un universo paralelo,
extrañamente invisible?
Cómo me engaño a mí mismo; sé muy bien la respuesta.
Y sin embargo, algo monstruoso me hace dudar
y me dice
que alguna vez crucé la puerta equivocada
y que estuve en un mundo
que se derrite y deforma,
lleno de luciérnagas gigantes;
donde el colibrí canta con voz de mujer,
huele a rosas y cambia de colores;
un lugar en donde yo
pude volar sin alas
entre la oscuridad
del bosque.
Y fue allí donde vi su sonrisa,
sus ojos,
sus alas
y fui feliz.
II
El nombre impronunciable
de esa mujer-ave
fluía libre en mi sangre
y contra mi voluntad.
Su nombre, en forma de fiebre, resonaba en mis sueños y en mi vigilia.
En el bosque lluvioso
una bruja buena, Sigue leyendo «TRES SOLILOQUIOS ENVENENADOS»
Todos quedamos un poco desconcertados al enterarnos que el Premio Nobel de Literatura de este año 2016 se lo dieran al cantautor Bob Dylan (cuyo verdadero nombre es Robert Allen Zimmerman (USA, 24 de mayo de 1945), no porque se dude de su calidad como creador de obras de arte muy originales, sino porque nunca antes en la historia de tan prestigioso premio se le había otorgado a un músico.
Para los purista de la literatura, esto ha sido como una especie de blasfemia, de afrenta a los libros. Me he dado cuenta que «los literatos» tienden a menospreciar una letra de canción aunque tenga un nivel de buen poema, sólo porque lleva música.
El problema no es Bob Dylan, el problema es el lugar exagerado que se le ha hecho ocupar para quitarle el suyo a Philip Roth, uno de los mayores exponentes de la Gran Novela Americana, aparcado y ninguneado por una Academia Sueca que no quiere problemas, que prefiere premiar sin gluten, sin ofender a nadie, reafirmándose en lo obvio, en lo que no genera polémicas. Que Dylan sea un genio no es algo en discusión. El debate de fondo es que, siendo ya momento de un Nobel de Literatura para Estados Unidos, el jurado de los Nobel no quiso quemarse las manos con una obra como la de Roth: incómoda, procaz y brutal. Era mejor la dulce rebeldíabeatnick de Dylan; era más segura.»
Pero el hecho es que el premio se lo han dado a Dylan por poeta, no por músico. Se lo dieron «por crear nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición musical estadounidense». Me parece a mí que es como un espaldarazo a la cultura popular, a las palabras bien escritas acompañadas de música. Sigue leyendo «EL NOBEL PARA LA CANCIÓN»
Estaban todavía abrazados, haciendo el amor, cuando ella empezó a gemir con intensidad y seguidamente empezó a llorar.
—¿Te lastimé? —preguntó él.
Ella negó con su cabeza y siguió llorando. Sigue leyendo «NUNCA»
La mentira
es un veneno
que te inyectan por la espalda.
Es una sonrisa falsa
que te muerde
en la oscuridad.
Es la burla grotesca
que se disfraza de amor.
Es la sombra que no produce
clorofila. Sigue leyendo «LA MENTIRA»

Un hombre y una mujer. Dos seres solitarios. Una historia inimaginable, extraordinaria, corriendo en un escenario común y corriente. Sigue leyendo «EL ASESINO MELANCÓLICO. Una novela de Jacinta Escudos»
Las imágenes reventaron con luces de colores y sonidos gratamente estridentes, como suaves petardos… Y yo flotaba entre hiedras flotantes y flores aromáticas, en un paraíso soñado. Cuando puse por fin mis pies, delicadamente, sobre el suelo, me di cuenta que caminaba sobre una espuma suave y verde de plantas exóticas. Aspiré el aire puro y sonreí. Si la felicidad es una paz que te hace sentir completo, yo estaba completo. Era mi corazón y yo con la expresión de entera satisfacción. Sigue leyendo «PARAÍSO»
1.
El joven Arturo le dijo a Antonio, su padre, que quería irse para “el norte”. Lo pensó mucho toda la noche; pero al fin, por la mañana, Antonio le dijo a su hijo que estaba de acuerdo. Aquí en El Salvador no había trabajo y la violencia en los alrededores era intensa. Sigue leyendo «TRES HISTORIAS BREVES DE MARZO Y UNA CANCIÓN»
Escuchar la lluvia,
sentir su rumor constante,
percibir su humedad como algo muy cercano,
como algo demasiado adyacente
a mis labios
y a mis huesos…
Y al abrir los ojos,
saber con certeza que esa lluvia
no es más que un susurro
atormentado
en las paredes
de mi pecho.
Entender que la oscuridad
ya no me asusta,
porque yo mismo
me he convertido
en noche
tensa y desplegada.
Es que ya soy
penumbra que transita las habitaciones
vacías,
soy la sombra tenebrosa que,
ciega y amputada,
deambula disipada,
en la madrugada más fría. Sigue leyendo «YA NO ME ASUSTA LA OSCURIDAD»
El amor,
me refiero al amor verdadero,
no a la falsa copia
que portan muchos,
el amor, ese amor del que les hablo,
es una llama
que no se apaga,
es un grito
en el corazón
con un eco eterno,
una ternura que lo perdona todo,
una raíz inextraíble,
fuerte y poderosa
que bebe de las aguas profundas
de la empatía
y la sinceridad.
El amor es una ley del universo
que no fue tomada en cuenta
por la cosmología.
El amor está en mi pecho
como un latido inextinguible
y ningún agujero negro
podrá consumirlo
en sus bestiales entrañas.
Viviré luchando.
Me moriré luchando.
Y cuando muera,
ese amor, por fin, se irá conmigo,
mas renacerá en el recuerdo
y en el pecho
de alguien más,
inacabable,
hereditario,
genético
y verbal.
El amor…
ese amor del que les hablo…
***
Óscar Perdomo León
***
Mirar pasar el tiempo
y saber que un desconocido
día
cerraré los ojos
para unirme
a la energía inmortal.
Ser el alimento
de una planta o un gusano,
ser entonces ya una parte simple
del universo.
Cantar un verso
y hacerte mía
aunque sea un último día
en un mundo inverso.
¿Qué es la felicidad?
Es escribir la letra
de una canción
honesta
que toque tus entrañas
y que muestre
tu rostro
como en un espejo.
El tiempo
sigue corriendo
y la incertidumbre
está
a la vuelta de la esquina.
Pero hay algo que es seguro:
el mundo seguirá
aun cuando mis huesos
hayan desaparecido.
Los siglos pasarán.
Las montañas morirán
y otras nacerán.
Mas el poema
de la energía universal
seguirá generando vida
en éste
o en otro planeta.
Todo y nada.
Nada es para siempre,
todo cambia, todo cambia…
Los ríos fluyen hacia el mar
y la luna gira
hermosa y misteriosa
esta noche
en mi pupila.
***
Óscar Perdomo León
***
Si pudiera darle un comienzo a esta historia, podría decir que en realidad todo se originó en el año de 1964, período en que nacimos Virgilio, Miguel y yo.
Para entonces Santa Ana, la ciudad en donde nací, era una urbe interesante y viva, colmada de movimientos culturales y sociales, así como también el lugar donde ocurrían las cosas triviales de un pueblito. Déjenme explicarlo mejor, Santa Ana era –y quizás todavía lo es- la dicotomía desnuda, la realidad cruda e inocente: ahí ocurrían los eventos culturales grandes, como los que acontecían en San Salvador (la ciudad capital), pero de la misma forma se podían vivir los más frívolos, sencillos y deliciosos placeres cotidianos.
Su desarrollo comercial era fuerte y era también el principal de toda la zona occidental de El Salvador. Los habitantes de Ahuachapán, Atiquizaya, Chalchuapa y Turín, por mencionar algunos, veían en Santa Ana la ciudad del progreso, el lugar donde hacer buenos negocios o poner a sus hijos a estudiar, la urbe más parecida a San Salvador, sin llegar a ser asfixiante y acelerada como la capital.
En esa morena cuna santaneca, inmersos entre vientos de cambio y de tradición, nos desarrollamos Miguel, Virgilio y yo, en ese sitio lleno de fuertes costumbres y de novedades que se iban abriendo paso y camino, en un país que soñaba en grande, en un El Salvador pujante de ganas por emerger de la pobreza, pero que en su mismo deseo tenía también, según lo creo yo, clavado el germen del mal, del egoísmo y de la falta de verdadero patriotismo: un país entregado y devorado por las transnacionales y obedeciendo al pie de la letra las órdenes del imperio estadounidense. Un país sin una real independencia, amargado en sus entrañas por la pobreza de la mayoría de sus habitantes, con sus colonias y barrios nutridos por gente paupérrima, que había venido del campo para tratar de sobrevivir en la ciudad. ¡Las migraciones internas de la pobreza!
No todo era desesperanzador. Había también una clase media incipiente, que irrumpía con fuerza y ganando cierto poder adquisitivo, conformada especialmente por profesionales como abogados y médicos, comerciantes y empresarios, que buscaban sobresalir y elevarse a otro peldaño más de la escala social.
Pero la Historia tiene muchas caras y muchos paisajes. Las vertientes de la soledad, de las manchas de la opresión y de la falta de libertad de expresión, inundaban asimismo las calles de ese El Salvador de los años ´60, que hoy parece tan lejano en el tiempo, pero tan cercano en su médula, en sus profundidades colmadas de injusticia social. Al verlo con hondura, El Salvador de aquellos días era con certeza un verdadero caldo de cultivo de la guerra civil que explotaría a principios de los ´80 del siglo pasado.
Sin embargo, Virgilio, Miguel y yo estábamos en una realidad más benévola. Nuestros padres, todos de clase media, nos podían dar lo básico para vivir y desarrollarnos, para disfrutar incluso de ciertas diversiones que ni en sueños podían alcanzar los habitantes de los barrios marginales.
El destino, que puede ser una brisa o una tormenta caprichosa, quiso además que, en aquella ciudad que nos había abrigado como una madre, habitáramos muy cerca los unos de los otros, así que el mismo barrio y las mismas calles de asfalto nos vieron crecer. Desde niños habíamos andado de un lado para otro en los juegos de infantes mocosos. Y así, habíamos recorrido juntos el paso de la infancia a la adolescencia y habíamos seguido juntos el camino de esa flor de la vida: la adultez.
De los tres, sólo Miguel no había nacido en Santa Ana; sino en México, pero a los tres años de edad sus padres (madre mexicana, padre salvadoreño) se vinieron a El Salvador y se establecieron en «La Ciudad Morena». Los otros dos, Virgilio y yo, habíamos nacido en el mismo hospital, el mismo año y casi a la misma hora, aunque en fechas diferentes.
Había también muchas diferencias entre nosotros. Miguel, por ejemplo, era un madrugador inclemente: amaba los amaneceres y el rocío fresco de la mañana. Yo, en cambio, funcionaba mejor al atardecer y por las noches; era básicamente un noctámbulo que debía trabajar por necesidad por las mañanas; pero sólo me desperezaba de verdad cuando la tarde iba tomando forma, cuando el sol iba buscando el horizonte y la luna empezaba a abrir los ojos. Virgilio, por su lado, era otro noctívago insaciable, pero por razones diferentes; le gustaba la noche porque le brindaba las cosas y las personas que el día no le daba; la noche y la madrugada eran sus amantes, sus doncellas desvirgadas que le ofrecían los placeres de vivir… Eso sí, por las mañanas tenía la cara con las ojeras tan grandes y profundas como si no hubiera dormido en días. Y seguramente que así había sido, porque Virgilio vivía para desvelarse bailando en algún antro con alguna mujer de baja reputación o para trabajar tocando toda la madrugada el bajo eléctrico, su instrumento musical del alma. Sin embargo, esa gran diferencia de percepción de tiempo y horarios entre nosotros, no nos causó nunca ningún problema de unión y amistad.
Miguel tenía cierto encanto: sonrisa fácil y amplia que dejaba ver sus encías; sus modales de un «gentleman inglés» los usaba en especial con las mujeres y la gente mayor. Uno de sus placeres más grandes era cocinar, para lo cual tenía mucho talento. Su conejo con mole y marinado con cerveza, era una verdadera delicia.
Virgilio, por su lado, era alto y delgado; tenía los dientes amarillos de tanto fumar y estigmas grises entre los dedos -índice y medio- (de tanto sujetar los cigarrillos); su presencia siempre traía consigo el olor del tabaco. Virgilio tenía algunas armas que lo defendían de todo: su tenacidad, su manera tan positiva de ver la vida, su amplia sonrisa y su gran sentido del humor. Era “el intelectual”, según pensábamos los otros dos, porque componía mucha más música que nosotros y escribía poemas a granel. Aunque en realidad, referido a la escritura, lo que más le gustaba era escribir novelas, de las cuales tenía ya un par inéditas y otra en estado embrionario.
Como también fuimos compañeros de colegio, de equipos de fútbol y de baloncesto, de juegos y de complicidades, siempre nos mantuvimos desde el principio muy unidos. Si echáramos un vistazo en ese punto exacto de nuestro pasado, nos veríamos delgaduchos y soñadores, vivaces y traviesos, equipados de una gran energía para la vida.
Además teníamos en común nuestro gran amor compartido por la música. Así que cuando llegamos a la adolescencia temprana empezamos, juntos también, a tratar de tocar instrumentos musicales, tropezando con cada nota, buscando la melodía exacta, luchando con cada acorde y adivinando armonías; pero eso sí, sin dejarnos amedrentar por el reto artístico.
¡Ah, la música, la música! Esa diosa entregada y promiscua que nos hechizó desde el principio con su belleza y su misterio. Vivíamos para mirarla, para olerla, para escucharla, para lamerla de pies a cabeza y dejarnos seducir por sus movimientos cadenciosos y las palabras eróticas que susurraba a nuestros oídos… vivíamos para seguirla a donde fuera, hasta el fin del mundo si llegara a ser necesario. La música era verdaderamente nuestra diosa amable, la caprichosa y vanidosa, hermosa como una fresca flor bañada de rocío que liberaba con audacia todos nuestros sentidos; pero era también absorbente y suspicaz, como una mujer ahogada en celos.
Cuando teníamos como 12 ó 13 años de edad formamos un trío melodioso que se llamaba «Los puntos azules». De los tres, Virgilio era el que tenía más sentido musical, más intuición para alcanzar el ritmo, para componer, para manosear la armonía y la melodía, «más oído», pues, como se dice en la jerga musical. Miguel y yo nos esforzábamos por colocarnos al nivel de Virgilio o al menos para no quedarnos tan atrás de él. Virgilio era entonces, como es lógico, el líder del grupo. Él tocaba el bajo, Miguel la batería y yo la guitarra. Los tres cantábamos; pero era Virgilio el que tenía la voz más sonora e interesante. Yo, sin embargo, con la influencia positiva de mi padrastro Jorge -¡un músico grandioso!- con el tiempo había ido adquiriendo una habilidad casi prodigiosa para la ejecución de la guitarra; Jorge decía que yo era «rápido, limpio e ingenioso para tocar». (Durante algún tiempo me lo creí firmemente, pero yo sé que no era una verdad al cien por ciento.) Miguel no era el típico aporreador de tambores, sino que tenía sensibilidad y delicadeza para tocar, tenía algo que muy pocos bateros tienen: intuición, esa sabiduría inexplicable de saber cuándo y con qué intensidad dar el golpe correcto al plato o al redoblante.
Los tres componíamos sencillas canciones que después pasaban por las manos de los otros, las cuales sufrían entonces agregados de notas, acordes o palabras, o por el contario se les restaban; pero era un hermoso trabajo de equipo que estaba lleno de entusiasmo y de sueños.
Si tomamos en cuenta la poderosa influencia cultural y económica de parte de los Estados Unidos de América, de Inglaterra, o de los otros países occidentales desarrollados sobre Latinoamérica, no es ninguna sorpresa, pues, encontrar que Miguel, Virgilio y yo estábamos influenciados por los ritmos del rock y del pop anglosajón de los años ´60 y ´70, acompañado todo de pantalones acampanados y cabellos largos.
En el año 1977 nosotros éramos unos adolescentes y aunque Los Beatles ya se habían separado, para nosotros ellos seguían unidos y queríamos –aunque nosotros sólo éramos tres- ser como John, Paul, George y Ringo. O queríamos ser quizás como Queen o como Yes. Queríamos tener muchas canciones originales para grabar en discos de vinilo de larga duración y que en el lado A y en el lado B estuviera escrito «Los puntos azules», con grandes letras casi –casi- psicodélicas (para no parecer fuera de moda). Y el nombre de cada canción estaría en letras claras de molde, y junto a ellas, entre paréntesis, el nombre de su respectivo compositor. Ahí diría, por ejemplo, «Un día diferente» (Julio “el Conde” González Blanco), «Bajo tu sombra» (Miguel Salazar), «María me ama» (Virgilio “el chele” Marón Menéndez)… y así sucesivamente. Y la portada del disco no se quedaría atrás, sería algo maravilloso, con una fotografía en donde aparecerían al atardecer los tres jóvenes sentados a la orilla de un río, resaltando intensamente sus siluetas casi como sombras en sepia ante un fondo a todo color, entre los tonos del crepúsculo; meditativos, serenos y guapos, mirando con profundidad el ocaso… los tres músicos compositores e intérpretes brillarían en el firmamento del espectáculo y la fama…
Todo lo teníamos planeado. En nuestros sueños despiertos podíamos ver eso y más allá…
Para lograrlo ensayábamos casi todos los días y a toda hora. Algunos vecinos estaban hartos de nuestra ruidosa música, que a veces distorsionaba más por la mala calidad del equipo de sonido que teníamos, que por la intencionalidad de darle ese sonido de distorsión roquera a la guitarra. Nos reuníamos casi siempre en la casa de Virgilio, porque era una vivienda grande, como muchas casas de pueblo –y Santa Ana, aunque era una gran ciudad, era también, de alguna manera, un «gran pueblón»-; la casa tenía además una habitación amplia dedicada exclusivamente para tocar y cantar, que era nuestro refugio, nuestro santuario musical, al cual habíamos apodado «La Caverna», en homenaje al club nocturno en donde fueron descubiertos los Cuatro Fabulosos de Liverpool. Allí escuchábamos mucha música, como es comprensible, porque un músico que no oye música es como un catador de café que no toma cafeína.
En «La Caverna» había una vieja radiola grande de madera, con dos bafles laterales sonoros y por encima tenía una tapadera finamente barnizada. En ese antiguo aparato escuchábamos los discos de 45 rpm y los de 33. Recuerdo que nos arrojábamos sobre el suelo alfombrado o sobre un viejo sofá de color café oscuro que estaba junto a la radiola y nos quedábamos largas horas y horas escuchando los más diversos ritmos y armonías de la música occidental.
Aunque la mayoría de adolescentes tienden a ser rebeldes y cerrados de la mente, aferrados sólo a un solo gusto musical o a un tipo de comida, por ejemplo, nosotros, aunque no dejábamos de serlo un poco, teníamos un criterio más amplio en cuanto a la música; pero esa actitud no era del todo casual, sino más bien gracias a la influencia de mi padrastro Jorge, quien nos visitaba regularmente a «La Caverna»; su experiencia musical era grande, era un viejo músico de Conservatorio (que había estudiado en México y Cuba) y gran coleccionista de discos, que todo el tiempo nos estaba alimentando con «nuevos descubrimientos» de la música, que bien podían ser artistas de la década de 1940 a 1950 ó los últimos discos salidos al mercado en las décadas de los ´60 ó ´70; pero para nosotros eran, los unos y los otros, tan novedosos, tan elaborados sus cantos y sus arreglos, que nos quedábamos hipnotizados oyendo la música y escuchando al mismo tiempo las anécdotas que Jorge nos contaba sobre tal o cual grupo musical, palabras que enriquecían y complementaban los sonidos que salían del viejo aparato de sonido. Esos días de entrenamiento musical y de aprendices de catadores melómanos, fueron como la gloria y el paraíso para nosotros. Por eso mismo, aunque el rock-pop nos emocionaba mucho, en ocasiones escuchábamos a los tríos que tocaban esos boleros ya inmortales, como los que cantaban Los Tres Reyes, Los Tres Ases, Los Panchos, Los Tres Diamantes o Los Hermanos Cárcamo. (Estos últimos cantaban una canción que todavía me roba el corazón: «Coatepeque», con una letra y una melodía que se compaginaban a la perfección.) Por otro lado, había períodos en que la música que nos atrapaba era la de los grandes clásicos europeos, como Mozart o Beethoven. Así, el Concierto para Piano en La Mayor o la Novena Sinfonía eran obras que a menudo sonaban en la anticuada radiola y en nuestros oídos, junto al ruido aquel como de papel de aluminio estrujado que emitían los viejos discos de vinilo gastados. Un tema que necesitaría un capítulo aparte es cuando Jorge nos introdujo al mundo del jazz; fue como una medicina dura de tragar, pero cuando al fin lo entendimos en su esencia, en su diversidad, en su grandeza, en su bella complejidad, escucharlo fue como comer un postre delicioso cada día. Conocer el jazz fue la mejor herencia que alguien pudo haberme dado alguna vez.
Por razones políticas y de consciencia, y en plena guerra civil (en 1984), desistimos de tocar por un tiempo pop-rock y nos enfrascamos en formar un grupo musical con aires folklóricos, tratando de encontrar, a través de la música, nuestra identidad como salvadoreños. Investigamos sobre las melodías y las armonías que se tocaba durante las fiestas patronales en Panchimalco y en Sonsonate, cunas de grupos indígenas que aún conservaban algo de la cultura milenaria prehispánica. No queríamos –y de eso estábamos bien seguros- seguir los pasos de otros grupos musicales populares que se desarrollaban en esa época, con una influencia sudamericana más que clara, con zampoñas y charangos, y vestidos con largos ponchos coloridos. Nosotros pretendíamos encontrar un sonido que estuviera más cercano a la región centroamericana, por eso nuestros instrumentos musicales cambiaron radicalmente: abandonamos la batería, la guitarra eléctrica y el bajo eléctrico y empezamos a usar la chirimía (muy tocada en Guatemala), el caparazón de tortuga, la marimba, la guitarra acústica, el contrabajo, la caramba, la concertina y el violín (pero tocado con ese sonido llorón y un poco carrasposo como lo tocan los músicos del campo). Le pusimos nombre a nuestro nuevo grupo y escogimos, por su sonoridad, el de uno de los tantos cantones de El Salvador: Izcaquilío. También las letras de nuestras canciones empezaron a rosar la denuncia social, pero sin ser panfletarias, tratando de acercarnos más a lo artístico, a lo poético. Llegamos a tener un repertorio musical de unas 40 canciones, en donde el 95 % era totalmente original en letra y música, y el otro 5 % estaba formado por temas como El Torito Pinto y otros. (Recuerdo que en esos días yo escribí un poema en cuartetos endecasílabos basado en el cuento «El Negro», de Salarrué y lo musicalizamos.) Se nos unieron otros músicos, como por ejemplo Gabriel, que era un estudioso de la cultura indígena y un experto tocador de la caramba. Otro músico que se agregó al grupo fue Juan, que cantaba muy bien y tocaba la guitarra y la concertina. Con ellos nos presentamos en incontables conciertos organizados dentro de la Universidad Nacional y en otros foros heterogéneos, junto a otros grupos musicales con tendencia izquierdista. También tocamos en otros países centroamericanos y en Estados Unidos. Ese período nos duró sólo un par de años. Con los estudios universitarios, el tiempo que teníamos para nuestras reuniones musicales se fue reduciendo poco a poco.
Pero yéndonos un poco más a nuestro pasado musical, es interesante, por ejemplo, entender la manera en que yo veía la música cuando era un infante. Y es que para entonces todo era más simple para mí, sólo imaginaba lo que quería ser o lo que deseaba que el mundo fuera y, por arte de magia, todo se convertía al instante en algo así como un cuento de hadas y un mundo de fantasías. Sin embargo yo, no rescataba princesas vigiladas por dragones ni intentaba deshacer hechizos con un beso. Mi mundo de ilusión era el de los túneles en la tierra, el de correr desaforadamente por la calle, el de viajar hacia la luna… y, principalmente, me gustaba jugar de tocar el piano y la guitarra. No tenía piano entonces, ni me interesó aprender a tocarlo ya siendo mayor, pero en mis juegos de niño un sofá estaba lleno de teclas blancas y negras, y bastaba con que sonara al fondo una cinta con la música instrumental de teclado y ya era yo un pianista consagrado; mi imaginación volaba y volaba sin límites. Con el pasar de los años, el piano llegó a ser para mí, si se quiere decir de alguna manera, un elegante caballero perfumado y bien vestido, pero alejado de mi mundo interno. La guitarra, por el contrario, era la mujer hermosa y amiga, la bella antojadiza, la jactanciosa que todo lo quiere, pero también que todo lo da. La guitarra me estremecía de retos sonoros y me acompañaba en tantas y tantas aventuras. Con caricias suaves en su cintura, en su mástil y en sus cuerdas, la iba enamorando y domando poco a poco…
Óscar Perdomo León
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