NOCHE

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Noche, caótica estructura donde se desarrollan mi locura y mis ansias, fuente del abismo donde caigo, perfume que me aroma por momentos… Poblada de grillos cantores envolvés con tu sinfonía las largas horas de espera… (¿Dónde están tus ojos? ¿Qué observan? ¿Qué móviles ideas corren y se entrecruzan en tu mente? ¿Estoy en alguna de ellas?)

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Noche: caótica estructura donde se desarrollan mi locura y mis ansias…

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(Cerré las puertas del sueño y corrí y corrí por las negras praderas, rompiendo el aire frío, los canales de agua vital bebiendo, los poemas de amor amando… Recordándote siempre   -oh, lejana-, reconquistando tu presencia…)

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(La madrugada cae como un vértigo negro… Cauterizo mis heridas escribiéndote, creyendo que cada letra que hago explotará telepáticamente en tu cerebro como el placer más bello que se ha inventado; pero todo ésto es sólo una fe dolorosa, un desgarramiento íntimo, un papel amoroso.)

Noche: hay en tu cuerpo una grey de astros musitando los secretos de un cosmos desconocido que vibra de vida y de movimiento.

La luna y las estrellas bailan la eminente danza espacial -¡gravitación de acordes infinitos!

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografías tomadas por
Óscar Perdomo León

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LA ÚLTIMA VEZ

Catalina y Salarrué

¿Y qué pasó con esa amistad que usted formó con Salarrué? ¿Se mantuvo a través del tiempo? –preguntó Amelia.

-Sí, por mucho tiempo –contestó doña Catalina.

-Ay, era un hombre tan guapo. Yo me hubiera enamorado de él.

Doña Catalina sonrió.

-Hay algo que te voy a contar, Amelia. Es un suceso muy íntimo, y creo que ahora que ha pasado mucho tiempo y que me parece por momentos como si sólo hubiera sido un sueño, es hora de que se lo cuente a alguien.

Amelia escuchaba atenta y silenciosa, mientras servía unas tazas de café. Doña Catalina, sin mirar a Amelia, con la vista puesta hacia la ventana que daba a la calle, siguió hablando pausadamente, pero con mucha emoción en la voz.

-Él era un hombre muy atractivo, no sólo físicamente, sino espiritual e intelectualmente. Una tarde lo cité y nos vimos en la casa de una buena amiga. Allí charlamos mucho y en un momento en que nos reíamos de algo, ya no recuerdo de qué, él me besó. Y no hice nada más que enamorarme de él. Esa tarde romántica y deliciosa, me entregué a él. Y aunque sabía que estaba casado y que ya tenía una hija, no podía resistir no mirarlo, no sentirlo, no hablar con él.

-¡Señora! –exclamó Amelia, entre sorprendida y feliz.

-Sí, Amelia, fue una locura; pero fue una de esas locuras de las que una nunca se arrepiente. Te aseguro que en sus brazos fui muy feliz.

-¿Y cuánto tiempo…?

-Fue poco tiempo. Un año con un par de meses más, quizás…  Y en ese tiempo nos vimos unas cuantas veces solamente.

Los ojos de Amelia brillaban y su mente viajaba en la imaginación.

-Fue un tiempo de mucha dicha para mí. Tenía una voz muy sensual y reposada. Y su mirada estaba llena de luces de tranquilidad. Estar con él era como tocar la paz y la serenidad.

Doña Catalina se levantó y se acercó a la ventana. Y así, de espaldas a Amelia, continuó:

-La última vez que lo vi me dijo que me amaba, pero que amaba más a su esposa y que debíamos dejar de vernos. Sin dramas ni tragedias, acepté sus razones y me alejé de él. Pero esa tarde, cuando él salió por la puerta, lloré en silencio, como nunca había llorado antes…

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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SOLILOQUIO ENVENENADO

1

Al otro lado de esos frondosos árboles un hombre con sombrero y botas fuma con placer un cigarrillo. Y yo que no concibo un cigarrillo más que como un compañero solitario en una noche de música desgarrada. Desde hace unas semanas estoy fumando como una chimenea y hoy sólo me queda un cigarrillo. Así que me aguanto. No hay una tienda cerca donde comprar. Lo voy a guardar para la noche. Pero se puede olfatear desde aquí el humo gris y casi puedo palpar la ceniza recién nacida. Me siento embrujado por el humo o quizás por el recuerdo de Evelyn… Creo que voy a encender mi último cigarrillo. Aspirar el humo y expirarlo es un placer lento. En cambio la evocación es el medio de transporte sin duda más rápido y efectivo. Puedo recobrar, con precisión casi matemática, a Evelyn y a cada una de sus palabras.

En ese ayer Evelyn y yo concertamos una cita, inspirados por el compartir de una música que a los dos nos gustaba, embebidos en un plan de común acuerdo, decididos por fin: «Acepto huir e irme a vivir con vos, Jorge»; ella y yo, jóvenes de corazón, llenos de una atracción espontánea y oculta, esperanzados en un futuro compartido por ambos, un futuro que cambiaría nuestras vidas para siempre.

Desde el primer día que nos conocimos, dos años atrás, nos sentimos arrebatados por una lujuria no declarada, una salvaje inclinación que las normas sociales trataban de serenar, una atracción que ella intentaba esconder pero que sabía que yo la intuía, así como también yo sabía que ella descubría poco a poco que yo sentía lo mismo. Cuando la encontré por primera vez la percibí cercana y conocida, con la sensación de saberle secretos y rutinas, con la firme seguridad del instinto. Su rostro me era tan familiar; me recordaba el rostro de la novia de un hermano mayor, cuando yo era apenas un niño; me recordaba los rostros alegres y bellos de las modelos de mediados de los años sesenta, con el maquillaje típico de la época, esas pestañas gruesas y con el cuerpo de esas actrices de las películas del actor mexicano Mauricio Garcés; su cara me recordaba también la inocencia y la tradición, y -al mismo tiempo- el deseo de libertad, fumar marihuana y tener sexo libre.

El primer día que la vi, su mirada, sus labios, su rostro en general, provocaron un chispazo musical en mi memoria, tres canciones sonaron claramente en mi cabeza, una tras otra: «Little wing » de Jimi Hendrix, «The sounds of silence» de Simon y Garfunkel y «Somos novios» de Armando Manzanero. Evelyn tenía un rostro magnético y peculiar. Así que cuando fuimos presentados, estreché su mano con naturalidad, como si fuera la primera vez que la veía, aun cuando en numerosas ocasiones ya la había visto de lejos; así que al estrechar su mano me encontré sintiendo inexplicables vibraciones en todos mis huesos, como una especie de presentimiento, que oculté como pude. Sus ojos me miraron con extrañeza, como quien está a punto de preguntar algo y se queda a medio camino, indeciso… A medida que la fui conociendo, me sentí fuertemente empujado hacia ella. (Soy un imprudente fanático de las mujeres de belleza extraña.) Evelyn no sólo era una mujer bonita. Su piel era trigueña, de ojos negros y cabello negro, brillante y ondulado, camino en medio. Poseía una mirada preciosa, era una mirada tan insinuante e inocente al mismo tiempo; parecía tener siempre una sonrisa en la noche de sus ojos. Su nariz era de tamaño perfecto para su contorno facial; sus facciones rememoraban de alguna manera a una princesa maya. Tenía también la sonrisa a flor de piel y la voz dulce. Tenía 29 años.

Veo este cementerio tan verde en esta época del año y, al mismo tiempo, la vea a ella claramente adentro de mi cabeza, sonriendo y mirando con sus ojos delatores, tan maliciosos… Casi le habló y ella casi me contesta, intento tocarla y ella empieza a tocarme la mano y la espalda y ahora yo le estoy tocando la mano y nos abrazamos y casi puedo acariciar sus pies tan perfectos y le digo que la quiero y ella me habla al oído las perversidades amorosas más deseables… Nos encontramos en un beso y luego nos miramos tan de cerca que aspiro su respiración… («…los primeros meses quería decirte te quiero pero temía hacerlo…»)

Su voz suena, mi mente sueña, sus ojos ríen y yo sonrío…

Escrito por

Óscar Perdomo León 

EL ESCRITOR

Paisaje nublado con caballo 2

1

En la entrada de la casa del casco de la hacienda, Catalina Salazar, bella y atrayente, de 19 años de edad, miraba el paisaje, maravillada por las variadas tonalidades de verde y azul con que se pavoneaban las montañas, según la distancia y la luz que las cobijara.

-Aquí está el caballo, niña –le dijo el viejo mandador de la hacienda.

-Gracias, Eustaquio.

-Le traje a Colorín porque es el más tranquilo y es el que más le gusta a usted, ¿verdad?

-Sí, este animal es mi favorito -mientras lo acariciaba.

Y casi terminando de decir la frase, Catalina montó al equino y se fue trotando hacia el horizonte, como en final de película.

-No se vaya muy lejos, niña, que con todo lo que ha pasado con ésto de los comunistas, está bien peligroso.

Catalina ya no lo alcanzó a escuchar. Su mente se perdía entre el viento fresco de una mañana de mayo de 1932. Su destino era Santa Ana. Tenía ganas de cabalgar un rato por la ciudad.

Cuando llegó por fin, trotó por sus calles abiertas. El clima era fresco y Catalina se sentía de muy buen ánimo. De pronto, en una esquina, un hombre que caminaba distraído se interpuso en su camino. Ella logró detener su corcel, pero éste se asustó y se paró en dos patas; Catalina perdió el equilibrio y resbaló hasta caer al suelo empedrado. El hombre, al percatarse de lo sucedido, corrió inmediatamente para auxiliarla. Al acercarse, notó que ella estaba inconsciente. Se acurrucó junto a ella y puso la mano izquierda bajo su cabeza, como a manera de almohada. El hombre pudo ver entonces la belleza de la juventud que rebosaba en el rostro de ella.

A los dos o tres segundos, Catalina abrió los ojos. Primero vio nublado, pero después la vista se le aclaró y miró frente a ella a un hombre que le pareció muy alto, de piel blanca y ojos con un tono entre verde y azul. Él la miraba con unos ojos intensos, escrutadores pero serenos. Parecía uno de esos gringos que de vez en cuando caminan como turistas por nuestras calles. A Catalina le dolía un poco la cabeza.

-Lamento mucho lo que pasó, señorita. Fue mi culpa.

-¿Quién es usted? –le preguntó Catalina, con la voz en un susurro.

-Mi nombre es Salvador Salazar Arrué.

2

Pintura hecha por Craig Pursley

(Año 1992.)

-Yo no sabía entonces que ese joven tan apuesto, al que casi atropello, era el que sería más tarde uno de nuestros más grandes escritores –dijo doña Catalina.

-¡Ay, señora, qué romántico! –dijo exaltada Amelia-.

-Él era un hombre muy educado y su conversación era muy agradable –continuó doña Catalina-. Te hablaba de cosas cotidianas y de pronto lo escuchabas diciendo palabras profundas, meditadas, y siempre con un sentido hacia el amor. Era un artista, en el sentido más grande que se le pueda dar a esa palabra.

-¿Y esa vez en Santa Ana fue la única vez que usted lo vio?

La mirada de doña Catalina brilló al recordar. A veces añoraba volver a El Salvador.

Afuera la tarde era un poco fría y las hojas de los árboles ya estaban cayendo y desnudando a los primeros árboles; pero adentro, en la sala con magnífica calefacción, un ambiente agradable rodeaba las dos mujeres que, sentadas en unos sillones suaves, conversaban, no como jefa y empleada, sino como dos buenas y viejas amigas.

-No, Amelia, después de eso, él y yo nos vimos muchas veces. Recuerdo otra ocasión en que platicamos en la Plaza Gerardo Barrios, en San Salvador. Fue casi un año después de conocernos. Él estaba tan bello, con esos ojos expresivos y sus manos tan blancas…

***

-Es usted un hombre interesante, señor Salvador Salazar Arrué. ¿Es el mismo del pseudónimo «Salarrué» que tantos comentarios ha causado por el artículo que escribió?

-¿Artículo?

-Sí, me refiero a «Mi respuesta a los patriotas». Se ha vuelto usted muy famoso, señor –le dijo Catalina.

-No, no creo que yo sea famoso –respondió Salarrué.

-No sea modesto. Leí también lo que escribió en el periódico Patria, sobre el dirigente comunista Farabundo Martí, y mucha gente en el país lo leyó también. Me gustó el juego de palabras…

Salarrué escuchaba atento.

-Sí, lo de «Faramundo», por Farabundo.

Salarrué sólo sonrió como respuesta.

-Fue muy valiente de su parte escribir algo así, después de la derrota sufrida por esa gente, y después del fusilamiento de Farabundo. ¿Es usted comunista?

-No, claro que no…  Pero eso no me impide ver la masacre de miles de compatriotas y el fusilamiento de un hombre que sólo buscaba justicia.

-¿Y en qué cree usted, Salvador?

-Creo en muchas cosas, Catalina. Creo en mirar hacia nuestro pasado personal y, más atrás aún, hacia nuestros antepasados. Creo que mirar atrás nos da una fortaleza que teníamos desde antes pero que no habíamos podido sentir, una fortaleza edificada con los logros y los fracasos de aquellos que estuvieron vivos en esta tierra.

-¡Habla de esos muertos como si hubieran fallecido hace más de cien años!

-No importa si fue ayer o hace cien años. El pasado es el pasado, y muy pronto usted y yo, con el tiempo, también seremos parte del pasado…

3

-¡Hola, Salvador! No esperaba verle. Qué sorpresa más agradable.

Catalina estaba sentada en una banca del parque leyendo un libro que desde que lo vio por primera vez le pareció interesante: «El libro del trópico». El viento fresco de octubre de 1934 traía los frutos más amorosos de la literatura. Catalina, que había estado concentrada en la lectura, rebosaba de juventud y buen ánimo. La brisa fresca rozaba su rostro.

-Me halagan sus palabras, Catalina.

-¿Cómo supo que yo estaría aquí?

-No lo sabía, al menos conscientemente –le contestó Salarrué-. Pero algo inexplicable me trajo hasta aquí. En el inconsciente a veces somos más sabios y es conveniente dejarnos guiar por él de vez en cuando. Y fue lo que yo hice hoy.

-¡Pues aplaudamos y demos un aleluya al inconsciente! –replicó emocionada Catalina.

Salarrué lanzó una carcajada espontánea y breve. Sonrió y le dijo:

-Sé que a usted le gusta leer, así que le quiero regalar este librito mío recién publicado –y se lo entregó a Catalina, pero ella se lo devolvió en el acto.

-No me lo va a dar así nada más. El obsequio tiene que ser completo –le dijo con una dulce sonrisa-. ¿No me lo va a autografiar?

Salarrué se alegró y se sentó junto a ella. Escribió entonces en la primera página: «Para mi querida amiga Catalina, con el sincero destello nacido en este terruño de sencillo légamo, ceniza y corazón.»  Luego, con una mirada verde y diáfana, le entregó nuevamente el libro a Catalina. Ella leyó en silencio la dedicatoria. Y después, en voz alta, leyó con emoción el título del libro:

-¡«Cuentos de barro»!

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía «Caballo en la niebla» tomada por:
Óscar Perdomo León

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Pintura de mujer, realizada por Craig Pursley

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TU MEMORIA

Tu memoria

Yo recuerdo que un día caminamos los dos, agitados por el sol y el polvo del mediodía, por las calles del centro de San Salvador. Era un día como todos; pero sé que te dije que en algún momento moriría la atracción nuestra y mutua, en manos de dos enemigos infinitos: el tiempo y la rutina.

Y ya ves que tuve razón. Pero vos olvidaste decirme que me olvidarías tanto y tan pronto, que hoy me sorprendo al saber que a la memoria se le mueren pedazos todos los días, cada minuto.

Mas quiero decirte que los pedazos tuyos que tengo están todavía riendo y llorando, corriendo en mi vida. Y quiero decirte también que me siento resentido con vos o con tu memoria o, en fin, con ambas.

¿Es que no te acordás de esta cabeza que siempre pensó en tu vida? ¿No te acordás de esta mirada herida y sin embargo limpia? ¿Y de estas manos con versos para vos no te acordás tampoco?

Escrito por

Óscar Perdomo León

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TENIS

Minifalda tenis

Nunca he sido muy dado a los deportes, ni como espectador ni como participante directo. Así que, para ser sincero, llegué al tenis atraído por las minifaldas de las jugadoras. Esas falditas tan cortitas que hacían parecer el ambiente como si aún estuviéramos en los años ´60. Esas minifalditas… Pero hay que enfatizar que una vez seducido por la belleza femenina, me vi eventualmente atrapado por el juego de tenis en sí. Lo veía cada vez que había oportunidad a través de la televisión. Con el tiempo, me hice un asiduo al Grand Slam, y especialmente al campeonato de Wimbledon.

A ella la conocí en la cancha de tenis de la universidad. Jugaba algunas veces con pantaloncitos cortos bien pegaditos al cuerpo y, otras veces, con minifalda. Tenía una energía tan grande y tan envidiable que sólo pude pensar que tanto arrojo únicamente podría ser adjudicado a la fresca juventud. Se llamaba Yanira.

Yo había empezado a ir a la cancha de tenis para mirar jugar en vivo, porque la televisión ya no era suficiente. Una de tantas tardes que fui la conocí, al menos de lejos. Ella me gustó desde el primer día que su figura atravesó mis pupilas. Pero no me atreví a hablarle en varias semanas. Sólo la veía y ella apenas notaba mi presencia. Creo que en esos días mi autoestima rozaba mucho el polvo y de alguna manera ya me había acostumbrado a concertar citas con chicas lindas y terminar plantado en algún café, así que la soledad era algo consubstancial a mí y de verdad que no encontraba ningún sentido el hacer amistad con alguien y mucho menos enamorar a nadie.

Desde que la conocí los días pasaban sordos en mi cabeza, era como si quisiera estar mirándola de frente y sentir su mirada en la mía. Sus ojos eran café claros y yo los veía de lejos en todo momento y empezaba a amarlos. Pensar en eso y en ella era como una extraña angustia, como cuando se siente una nostalgia (aunque en este caso, de algo que no había pasado, pero que me dolía en el pecho).

En aquellos días me atormentaban también las ideas de otras personas, que no toleraban que alguien se saliera de su línea –recta, constante y predecible- y probara de vez en cuando otros caminos. Si eras arquitecto, no tenías por qué ser miembro del equipo de baloncesto de tu ciudad; si eras contador, no tenías por qué entrar en la competencia nacional de ajedrez. Ahora ya no me importa lo que ellos piensen. Y lo digo con la serenidad y confianza que me da el sentirme feliz incursionando en varios campos del arte, yo, que trabajo hoy en la universidad como catedrático de biología. En aquellos días en que decir tenis y Yanira significaban para mí la misma cosa, yo escribía ya poemas y cuentos cortos, más o menos existencialistas, algunos medio cómicos y a veces hasta depresivos. También escribí canciones –nada memorables- de las cuales grabé algunas con otros aficionados a la música.

Pero volviendo al tenis –o a ella-, un día mientras jugaba, inesperadamente, me miró a los ojos, sólo fueron unos dos segundos, pero fueron dos segundos muy intensos. Yo quedé petrificado. Al terminar el juego, ella volvió a mirarme, pero esta vez le agregó una sonrisa al rostro. No recuerdo si le sonreí o sólo seguí petrificado mirándola; sin embargo, recuerdo que me sentí muy feliz. Y me fui por el camino de siempre soñando con esos ojos y esa sonrisa.

Minifalda tenis 2

Un día saqué valor de no sé dónde y la invité a almorzar en un pequeño restaurante cerca de la universidad. Ya me había preparado psicológicamente para el rechazo, así que no me sentí muy preocupado por su respuesta.

-Sí, me gustaría almorzar con vos.

Esa respuesta tan directa y espontánea me hizo el muchacho más feliz del mundo. Y así fue como empezamos a hacernos amigos y, eventualmente, novios. Disfrutábamos mucho del tiempo que pasábamos juntos. Conversábamos de muchas cosas; recuerdo una plática en particular en la cual discutíamos sobre quién habría ganado en un hipotético juego entre Steffi Graf y Serena Williams o entre Rafael Nadal y John McEnroe, si el tiempo no fuera una barrera inquebrantable.

A ella le gustaban mis poemas; pero creo que resentía un poco mi casi nula inclinación al deporte. Estudiaba odontología y siempre me contaba sobre enfermedades y tratamientos de los dientes. Ella escuchaba con atención las canciones que yo escribía y me hacía sugerencias. Y yo la iba a ver jugar tenis un par de días a la semana. Hacíamos el amor mañana, tarde y noche, y en los lugares menos pensados. Éramos dos antorchas que ponían a hervir el aire, la tierra y el cielo.

Después de dos años de maravilloso noviazgo ella empezó a mostrarse un poco fría y distante. (El amor me causaba confusión. Aún hoy me confunde.) Un par de semanas después de su cambio de actitud hacia conmigo, se fue, gracias a una beca, a vivir a Italia para continuar sus estudios. Se fue lejos. Se fue sin despedirse, sin contarme nada, sin dejar una nota. Unas amigas suyas me lo contaron todo.

En la privacidad de mi dormitorio, lloré como un bebé perdido en la oscuridad y en la mitad de ninguna parte.

Entonces, sin desearlo y empujado por Yanira, volví a mi soledad. Era una soledad muy sola, que, como dice el dicho popular: “sólo Dios conmigo”; pero como yo sabía que Dios no existe, podrán ustedes entender que de verdad era una soledad muy sola y solitaria la que yo estaba viviendo.

Sin embargo, con el pasar de los días, me puse a pensar. Medité con mucho respeto en los hombres antiguos y en cómo lidiaban con sus problemas. Pero como ellos son los que empezaron con eso de inventar dioses cuando no encontraban explicación a algo o cuando se sentían solos y mortales, entonces me fui aún más atrás en el tiempo, hasta aquellos remotos días cuando, debido a la inocencia o quizás a la falta de imaginación de esos seres casi humanos, no tenían dioses y estaban bellamente solos, realistas y salvajes en el mundo.

¿Cómo sobrevivían entre tanta adversidad real (como el medio ambiente hostil y los animales salvajes que trataban de devorarlos)? ¿Cómo superaban alguna soledad grande, desgarradora y parásita que se prendiera -como caracol en la piedra- de sus corazones? ¿Cómo sobrevivían?

Pensé mucho y llegué a la conclusión que simplemente seguían adelante. Sólo eran fuertes y tenían ganas profundas de vivir. Y me di cuenta que yo era descendiente de ellos. Así que con la fuerza y el ejemplo de tantos ascendientes prehistóricos bajo mis pies y dentro de mi sangre, ya no me sentí tan solo. Y sólo seguí adelante.

Y sin estar ya en un estado tan deshabitado en mi corazón, seguí escribiendo mis poemas y mis cuentos, mis canciones, mis locuras… Sólo seguí mirando tenis en la televisión, sin rencores y sin resentimientos.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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UNA DECISIÓN

FLOR. Fotografía por Óscar Perdomo León

Joaquín sintió un dolor terrible cuando la carreta pasó encima de su abdomen, junto con el peso de un tonel de agua y de aproximadamente once personas. El paso sobre su cuerpo fue rápido; pero en ese instante él percibió el tiempo como un túnel negro, largo e infinito.

Esa mañana el sol de las once ya había endurecido los caminos del cantón El Espinal. Un viento ralo y caluroso golpeaba los rostros de los niños -quizá unos quince- que iban subidos en la carreta, junto al carretero Chepe Cotón, a través de una vereda polvorosa, cuyas orillas estaban llenas de arbustos, árboles y cercos de madera cubiertos de hiedra. Era un 02 de febrero de 1975 y era el regreso del primer día de clases. Joaquín era un joven de 13 años de edad,  fuerte y profundamente arraigado a su tierra natal, inocente e ilusionado con la vida.

El camino desparejo y pedregoso hacía que la carreta se moviera con un vaivén de barco en el mar, con un vaivén de hamaca rígida. Cuando la carreta pasó inesperadamente sobre una piedra grande, Joaquín, quien llevaba abrazados todos sus libros de texto –de televisión educativa de séptimo grado- perdió el equilibrio y cayó inevitablemente bajo la carreta (aún cuando era supuestamente el más experto carretero de entre todos sus amigos); al caer quedó trabado en “el matabuey”, por el que fue arrastrado más o menos 10 metros antes de que le pasara la carreta encima.

Unos vecinos cercanos al lugar del accidente lo auxiliaron. Lo acostaron en una cama de lona, de esas de doblar, y le dieron un poco de agua. El dolor era intenso y el abdomen se empezaba a distender y endurecer. Joaquín se sentía morir, había un dolor intenso al respirar profundo; sin embargo su pensamiento más inmediato y necesario era, sin duda, que no se le avisara a su madre porque tenía miedo de que lo regañara. No obstante, en esas comunidades pequeñas las noticias corren como pólvora encendida y, muy pronto, su madre se vio envuelta en la angustia.

Chepe Cotón trató de ayudarlo, pero no sabía que hacer.

-¿Qué fue lo que pasó?  -le preguntó uno de los primeros vecinos que llegaron al lugar del accidente. Y Chepe Cotón, con un evidente sentimiento de culpabilidad, con una fuerte sensación de responsabilidad, contestó:

-¡Ya maté un bicho ahí!

En realidad todo había sido un desafortunado accidente; pero el sentimiento de culpabilidad lo empujó a tratar de ayudar con ímpetu al joven, por lo cual Joaquín fue llevado con prontitud al hospital de Cojutepeque, en donde los médicos que estaban de turno decidieron referirlo inmediatamente al hospital Rosales, debido a su comprometido estado; pero no había ambulancia, así que en esa deplorable y grave situación como Joaquín se encontraba, tuvo que caminar desde el hospital hasta la parada de buses de Cojutepeque, en donde tomó un bus hasta la Terminal de Oriente de San Salvador, en donde tomó un taxi. Fueron horas que parecían siglos. Fueron dolores que se parecían mucho a la tortura.

Cuando llegó a la jungla de concreto y entró al hospital Rosales, los cirujanos no pensaron dos veces para llevarlo a Sala de Operaciones e intervenirlo quirúrgicamente a través de una Laparotomía Exploradora, sin el previo y rutinario lavado quirúrgico. ¡Gritaba a leguas que era un abdomen quirúrgico! Había alrededor de Joaquín numerosos estudiantes de Medicina y algunos médicos residentes de Cirugía. Joaquín fue llevado por largos pasillos hasta la Sala de Operaciones de Emergencia. Ahí se le realizó resección y anastomosis de intestino delgado, y además, resección del bazo.

Al despertar de la anestesia, Joaquín sintió el dolor postoperatorio, pero en realidad lo que le importaba y preocupaba más en ese momento era la extrañeza de encontrarse en un lugar completamente distinto del campo abierto, verde y silvestre. Se vio en cambio a sí mismo acostado sobre una cama blanca, en medio del aire acondicionado de la Sala de Recuperación y de las cuatro paredes cerradas. Joaquín vio una enfermera que escribía afanosamente. Casi con angustia, mientras veía las ventanas sol-aire y sentía la zozobra de encontrarse en un ambiente extraño para él, de vidrios, luces artificiales y pintura blanca, le dijo a la enfermera:

-Quiero ver árboles…

A la enfermera le cayó en gracia el pedido del joven y le sonrió.

-No te preocupés que ya te vamos a sembrar unos árboles  -le contestó en tono de broma.

“Quiero ver árboles”… lo cual en realidad significaba quiero regresar a mi casa, quiero estar con los míos, quiero, en fin, irme de aquí. En su corazón había una inquietud perturbadora, un llanto silencioso sin lágrimas, una nostalgia quemante sin tregua. “Quiero ver árboles”: una frase muy dolorosa en ese contexto.

Joaquín se hundió involuntariamente en el sueño otra vez, sometido por los remanentes de la anestesia y soñó con su casa, con sus amigos, con su madre y su padre, con sus vecinos del cantón El Espinal.

(El Espinal es un cantón que pertenece jurídicamente a San Rafael Cedros, departamento de Cuscatlán. Es un lugar en donde se siembra caña de azúcar y que en los días en que Joaquín era un joven no había agua potable ni energía eléctrica, las cuales se han instalado hasta hace relativamente muy poco tiempo.)

Al día siguiente, por la mañana, en la pasada de visita rutinaria de los médicos, en el hospital Rosales, el jefe del servicio del Primero Cirugía de Hombres, un doctor de apariencia agradable, que inspiraba respeto e irradiaba entusiasmo, vestido con canas en las sienes y espeso bigote gris y con el saco café colgado en los hombros, se acercó a Joaquín y dijo en voz alta dirigiéndose a todos los demás médicos y estudiantes de medicina que lo seguían:

-A este muchacho es al que le pasó la carreta encima ¿verdad?

-No, doctor,  -replicó Joaquín, con la voz sostenida y profunda que le producía el dolor post-quirúrgico-  sólo fue una rueda la que me pasó encima.

El especialista se sonrojó. Y la risa fue general, entre médicos y pacientes, al oír la ocurrencia del joven.

El tiempo fue pasando lentamente en el hospital. Joaquín estuvo ingresado durante ocho días, sin probar ningún alimento y con drenos y líquidos endovenosos. Fueron días largos y tediosos, llenos de aprendizaje y de prueba a su fortaleza. Aunque no todo fue doloroso. Hubo momentos divertidos, gracias a uno de los pacientes que también estaba ingresado ahí. Siempre estaba contando anécdotas o chistes y Joaquín trataba de no reírse –aunque era inevitable- debido al dolor que le causaba en la herida operatoria.

Joaquín, en su ignorancia de niño, se preocupaba por momentos, pensando en si quedaría estéril o si acaso nunca más practicaría deportes.

Un día, mientras Joaquín era curado y miraba las torundas empapadas de jabón yodado y mientras un Médico Interno le extraía uno de los drenos (lo cual le causó un dolor exquisito), tomó una firme decisión:

-Cirujano quiero ser.

Se lo dijo a sí mismo, hacia adentro, sin voz ni ruidos, sólo con la decidida confianza de que lo que acababa de desear era algo irrevocable. Y durante algún tiempo no se lo confesó a nadie.

Joaquín nunca había estado antes en un hospital y era además la segunda vez que se encontraba San Salvador.

Joaquín soñó esa noche, que se acercaba al día de su alta, con coloridos pájaros cantando y árboles llenos de verde follaje, con lagartijas y zompopos. Soñó con un mar de cosas verdes y silvestres. Soñó con lo que más amaba, sin saber que veinte años después se estaría graduando de Cirujano General del mismo hospital en donde estaba siendo atendido.

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía tomada por

Óscar Perdomo León

***

SUSANA

Casa

«Susana es una bella mujer. Su cabello rubio me gusta tanto, parece que tuviera lingotes de oro finamente derretidos sobre su cabeza…  (Es quizás la sensación subconsciente de vivir en un país en donde las verdaderas rubias naturales son relativamente escasas y hay por el contrario una excesiva abundancia de falsas rubias, de cabellos teñidos,  la mayoría de veces con muy mal gusto.) Me gusta acariciar su cabello y pasarlo por mi rostro, tocar la suave piel de su cara nunca maquillada, sentir la tímida mirada de sus ojos verdes y tocar sus manos. ¡Es tan inocente! Ella, que sólo tiene 20 años de edad, me abraza el cuerpo como quien está a la orilla de un precipicio y no quiere caerse. He podido sentir su olor virginal, lleno de juventud…»

Susana vivía en el campo. Estudió hasta segundo grado de primaria y su lenguaje era sencillo. Podía leer con dificultad y escribía con una pésima ortografía. Cuando conoció a Alfredo se sintió atraída por su conversación de hombre de ciudad. Tuvo mucha curiosidad. Ella había nacido y  crecido en un cantón refundido y perdido de San Miguel, un lugar donde no llega el periódico, pocas tienen un televisor y todos tienen un radio. Alfredo había llegado a conocer un territorio y conoció a esta preciosa muchacha;  la primera vez que se vieron ella casi lo llamó con la vista, en el bus lleno de hombres con sombrero, y él se acercó para  platicar (fue una atracción a primera vista); las piedras y el polvo del camino no le molestaron a Alfredo; el rostro angelical de Susana era un aliciente poderoso. El bus recorrió varios kilómetros antes de llegar a la orilla del río Lempa. Allí había una lancha grande en donde cabían dos vehículos. La vista era espectacular. La naturaleza había hecho que junto a un río caudaloso crecieran cerros verdes y cafés. Unas garzas volaron majestuosas sobre sus cabezas.

Al llegar al pueblo, Alfredo se instaló en la casa de una señora muy amable llamada Carlota, quien le alquiló un cuarto y le vendió comida. Pronto se corrió la voz en el pequeño pueblo que un doctor había llegado.

La gente del campo suele ser amable y espontánea. Y esto lo tenía muy en cuenta Alfredo y lo apreciaba. Muchas semanas después de hablar con Susana y tomar su mano y besarla, decidió ir a visitarla a su casa. Preguntando y preguntando dio con la dirección exacta. Por supuesto que todo el cantón y el promotor de salud se enteraron inmediatamente. (“El doctor fue a visitar a la hija de la Juana.”) Cuando llegó, vio que a  la entrada de su casa había un jardín en el que parecía que se habían invertido muchas horas de trabajo y amor.

-Buenas tardes…     Buenas tardes…

-Pase adelante. ¡Adió, no lo había conocido, doctor! Entre pa´ dentro, no se quede afuera.

-Muchas gracias, niña Juana. Qué bonito tiene aquí.

-Ay, doctor, esa es mi «entretención», cuidar las plantitas.  Y a veces estas cipotas me ayudan un poco. Siéntese.  ¿O se quiere recostar en la hamaca?

***

DIGRESIÓN JUSTIFICADA.
Las hamacas son extremadamente comunes en el oriente de El Salvador. En el departamento de San Miguel no he entrado a una tan sola casa en donde no haya una hamaca. Las hay grandes y pequeñas. De colores diferentes y texturas variadas. En los pequeños pueblos las personas acostumbran dormir en estas relajantes camas colgantes; y hacen bien, el calor de los días y las noches es insoportable. Así que la gente duerme aireándose y meciéndose, en una forma de  tierno y maternal arrullo. Se puede dormir con la espalda ovalada o por el contrario, puede uno poner su cuerpo casi de una forma transversal a la hamaca, de tal manera que la espalda quede recta, evitando dolores por la mañana. La habilidad de usar las hamacas es tal que es infrecuente que un niño se caiga de ellas y muchas personas comen sus alimentos subidas en ellas. Y por supuesto, no se puede dejar de mencionar que hacer el amor en una hamaca requiere de práctica y de mucha motivación o, como es usual por estos lugares, hacer el amor en una hamaca es una necesidad y casi una obligación. Hay varias posiciones sexuales que se pueden ejecutar en una hamaca, de las que espero poder hablar en otra ocasión.

***

-Es usted muy amable, niña Juana, pero en este taburete estoy bien. (Silencio un poco incómodo y anti-diplomático).

-¿Está Susana?

-Sí, creo que por ahí anda esta muchacha. ¡Susana! -gritando a todo pulmón-.       Ah, aquí viene, con permiso, voy a ir a hacer unas cosas.

-Es propio, niña Juana, pase.

Susana estaba entre asombrada y alegre. Acababa de bañarse y se veía tan limpia y joven que Alfredo quedó extasiado. Más que hablar entre ellos, se miraron mutuamente, a los ojos, al cuerpo, a los gestos…

-Me alegro que haya venido. Se siente bien raro porque desde que mi papá murió, casi ningún hombre ha entrado a esta casa.

-Entonces soy un privilegiado   -le contestó Alfredo-.  Y…  ¿cuándo murió su padre?

-Hace cinco años. Le dio un ataque al corazón y se murió bien rápido. Yo nunca había sentido tanto dolor como ese día…

Luego Susana lo invitó a caminar por los alrededores de su casa.

El objetivo era alejarse un poco de su madre y tener un poco de privacidad; aunque también había que burlar las miradas entrometidas de sus hermanas. Caminaron y caminaron y cuando se habían alejado bastante de la casa, cerca de un árbol de mango y a la sombra de unos pepetos, Alfredo besó a Susana. Muy pronto estuvieron retozando sobre la hierba viva, entre ignorados insectos y con algo de polvo en los cuerpos.

Susana no era virgen…

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía por

Óscar Perdomo León

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SENTIDO COMÚN Y RESPETO. Matrimonio gay

El sueño de Gustave Courbet (1866)

Así como la Revolución Francesa en el siglo XIX influenció al mundo con sus reformas sociales, así también todo avance que se dé en la actualidad en materia de derechos civiles en cualquier país del mundo, influenciará a otras partes del planeta.

La recién aprobada ley de legalización en Estados Unidos del matrimonio civil para la comunidad gay, tendrá repercusiones positivas en todo el mundo para esa minoría, discriminada por mucho tiempo, por demasiado tiempo.

Así como los heterosexuales sienten deseos de casarse, así también los homosexuales pueden sentir lo mismo en algún momento de su vida. El amor no conoce fronteras.

Para aquellos que no aceptan, debido a sus creencias cristianas, que dos personas del mismo sexo se casen, les hago una pregunta. ¿No es acaso la frase «Ámense los unos a los otros como yo los he amado» la premisa más importante del Cristianismo? La discriminación de los homosexuales, el mirarlos como ciudadanos inferiores o de segunda clase, no tiene concordancia con la frase arriba mencionada.

El sentido común nos dice que una sociedad excluyente es una sociedad injusta, una sociedad que no puede funcionar correctamente.

El sueño, de Gustave Courbet (1866). 2

Para entender que dos personas del mismo sexo se amen y deseen vivir juntas, sin ocultarse y bajo el amparo de la ley, no se necesita mucho, sólo abrir los ojos a la naturaleza y a su inmensa diversidad. Sólo se necesita que nos demos cuenta que ya no estamos en la Edad Media ni mucho menos en la Edad del Bronce. Sólo se necesita un poco de sentido común y respeto hacia los demás.  Sólo se necesita un poco de empatía.

Escrito por

Óscar Perdomo León

Imagen:

«El sueño», de Gustave Courbet (1866).

SU ROSTRO SIEMPRE ESTUVO AHÍ

Lago de Ilopango 1

Ahora que lo he perdido

puedo ver en todas partes

las facies del amor.

Estuvo siempre ahí,  constante

y presente,

con su rostro inconfundible, pero vedado

para mis pupilas primitivas.

Su rostro estuvo en una

y en muchas mujeres.

Y en todas, como en la misteriosa, la efímera rosa,

en sus bocas

estaban presentes y camufladas

la espina y la sonrisa.

Ahora que he perdido a mi amor

me duele el recuerdo de las sonrisas

y de la piel me brota y gotea un líquido rojo y espeso:

las espinas me rayan profundo,

hasta la dermis,

para que la cicatriz se forme

como una memoria tangible,

como una prueba irrefutable del beso

y el amor

perdidos para siempre.

Y sin embargo,

abro los brazos al futuro

y recibo los nuevos ojos

y la nueva boca

(sensual como un pétalo)

para que retocen junto a mi rostro

que aún brilla

de esperanza.

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Escrito por

Óscar Perdomo León

ÉL LEYÓ EN SUS OJOS. Canción

Collage 3 Guillermo Arecio Óscar

La vida está hecha de días y de noches, de luz y de sombra… De momentos que queremos olvidar; pero también de instantes de gozo que atesoramos con intensidad en nuestros corazones.

La vida… la vida… tiene victorias y alegrías, pérdidas y duelos… Está hecha de ciclos que se abren y se cierran. Aprender a reconocer esos ciclos, aceptarlos y seguir adelante, es parte de nuestro crecimiento interno.

ÉL LEYÓ EN SUS OJOS

( Letra en español e inglés)

Para quien no pueda ver el video aquí en mi blog, lo puede hacer dando un clic acá.

Música y letra:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Arreglos musicales:
GUILLERMO ECHEVERRÍA
y ARECIO DE LEÓN
Sintetizador:
ARECIO DE LEÓN
Guitarra eléctrica y batería:
GUILLERMO ECHEVERRÍA
Primera voz, bajo eléctrico y guitarra acústica:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Voces:
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Traducción al inglés:
LAURA MARÍA PERDOMO PACAS
© Él leyó en sus ojos. Óscar Perdomo León.
El Salvador, en América Central.

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MONSEÑOR ROMERO Y ROQUE DALTON COMPARTEN ALGO MÁS QUE EL MES DE MAYO

Monseñor Romero 2 - copia

En los días de la guerra civil salvadoreña (1980-1991), mencionar a Roque Dalton y a Monseñor Oscar Arnulfo Romero estaba tácitamente prohibido. Las fuerzas de la derecha política y quienes se identificaban con esa ideología miraban con muy malos ojos a quienes se expresaran bien de Romero y de Dalton; la gente que sentía cariño sincero o curiosidad hacia ambos, leían clandestinamente sus homilías y sus libros de poesía, respectivamente.

Cuando se firmaron los Acuerdo de Paz en 1992 empezó a haber más apertura para el conocimiento de estos dos personajes; sin embargo las personas más conservadoras siempre tuvieron mucho recelo hacia ellos.

En mayo de 2015, como una feliz coincidencia, se han unido estos dos salvadoreños universales que, desde diferente perspectiva, se pronunciaron contra la impunidad y la injusticia imperante en El Salvador. Y es que este mes nos trae el 10 de mayo, fecha en que Roque Dalton fue asesinado, el 14 de mayo, fecha de su nacimiento, y el 23 de mayo (de 2015), fecha de la beatificación de Monseñor Romero.

Monseñor Romero, ferviente creyente, fue asesinado cuando él era la máxima autoridad de la Iglesia Católica en El Salvador; él pensaba que no se podía hablar «del amor de Dios» sin hacer de este mundo un lugar más justo y equitativo. Dos semanas antes de su muerte dijo en una entrevista: «He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.»

Romero recibió una bala mortal un día después de pronunciar las siguientes palabras: «Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: ´No matar´. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión». (Homilía dominical, 23 de marzo de 1980).

Afiche de Roque Dalton

Roque Dalton, poeta, no creyente, y eternamente enamorado de la idea de ver -también- un El Salvador más justo y equitativo, fue asesinado por sus compañeros de lucha (el ERP) bajo acusaciones falsas y en un «juicio» turbio y amañado. En su lucha por la justicia, Dalton había sufrido cárcel y exilio en numerosas ocasiones. Durante sus años más productivos, literariamente hablando, publicó libros en varios países, y ganó el prestigioso premio de Casa de las Américas.

Roque Dalton había escrito: «Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre, porque se detendría la muerte y el reposo. (…) Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.  Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta. No dejes que tus labios hallen mis once letras. Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.»

Monseñor Romero y Roque Dalton comparten hoy no sólo el mes de mayo, sino también el hecho que sus asesinatos tienen un origen político y de poder. Ambos fueron asesinados también debido a la intolerancia. Dalton y Romero comparten, desafortunadamente, además, las hieles de la impunidad. Ninguno de sus asesinos han sido acusados y llevados a juicio, y la injusticia, en El Salvador, brilla como una lámpara macabra, que hace cada día más y más, de este país, una vergonzosa y desacreditada sociedad.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografías por Óscar Perdomo León. La fotografía de Monseñor Romero fue tomada a la entrada del Museo Monseñor Romero, ubicado en el hospital Divina Providencia, en San Salvador. La fotografía de Roque Dalton es la de un afiche sacado por el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte, CONCULTURA, y entregado en un concersatorio que se llevó a cabo en el auditorio de la Universidad Centroamericana UCA (San Salvador); era la primera vez que una organización gubernamental se pronunciaba sobre Roque Dalton.

***

Les dejo aquí el documental ROQUE DALTON, EL POETA GUERRILLERO, narrado por el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II. Muy bueno. Se los recomiendo.

NOTA: Una advertencia: cuando aparece hablando el poeta Ricardo Castrorrivas, ponen, equivocadamente, el nombre de Dagoberto Gutiérrez.

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Y les dejo además esta entrevista a Carlos Dada, director del periódico digital El Faro, en donde se habla sobre la muerte y los asesinos de Monseñor Romero.

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MI ROSTRO

Óscar P. L. IMG_20150507_150737 - copia

I

Hermana, hermano, den su mano a esta criatura dolorida,

a esta media mirada

que gotea una lágrima.

Mi tristeza es un panal amargo, un colibrí con alas rotas,

una mirada perdida

en ninguna parte.

II

Mi rostro fue cortado.

Una mitad solloza

y la otra cayó en la basura.

No importa.

Creo que como una estrella de mar o una lagartija nerviosa

regeneraré un día en mi cara

la sonrisa.

III

Los días avanzan incansables,

-directos en su misión-

implacablemente

buscando mi muerte.

Los días no se equivocan. Llegarán a su destino.

IV

Mientras tanto, con la mitad de vida que me queda,

abrazaré la música,

besaré a mis hijas,

devolveré a mi madre

una palabra amorosa.

V

Hermana, hermano: gracias por no soltar mis dedos.

Amigo lejano: gracias también. Tu cercana presencia alivió mi angustia.

Ahora estoy seguro:

mi rostro mutilado

emergerá

de las tinieblas.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

ESTEBAN E ISABEL (Tercera y última parte)

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Isabel, de profesión periodista, nació en Santa Ana en 1972; vivió durante sus primeros –y tan importantes- años de vida en la pequeña ciudad salvadoreña de Atiquizaya, en donde las particularidades del lenguaje ingenioso y burlón, ofensivo y atacante, vulgar y sabroso, le habían llevado a tener, en medio de San Salvador, entre tanto capitalino, una expresión verbal singularmente original, producto no sólo de las palabras –o palabrotas- que usaba en sí, sino también del acento característico que les daba, esa especie de tono en la voz como quien habla con cierta indignación pero en la cual no hay indignación alguna en absoluto.

Durante los años de inicio de la guerra civil salvadoreña, Isabel era prácticamente una niña; todos esos años los vivió alejada hasta cierto punto de la violencia fratricida. Por supuesto que todos y cada uno de los salvadoreños que vivieron esa época fueron afectados por la violencia de una u otra manera; pero Isabel vivió esos días con cierta paz e inocencia, hasta que se presentó en Atiquizaya la muerte de 6 estudiantes en 1980. El caso es que los jóvenes entre 11 y 14 años, quienes se habían inscrito inocentemente como miembros del MERS, fueron sacados de sus casas por la noche por los Escuadrones de la Muerte; sus cadáveres aparecieron asesinados y con señales de tortura en las calles y en diferentes partes del municipio de Atiquizaya. Las exequias al siguiente día fueron impresionantes y desgarradoras. Isabel, sin entender muy bien el porqué de los homicidios, grabó en su memoria aquellos acontecimientos.

Durante su adolescencia, Isabel, que era una mujer muy atractiva, tuvo muchos pretendientes; tuvo una que otra relación de noviazgo, pero nada en serio.

Es justo que diga que su pubertad estuvo llena de amor e instrucción; especialmente en el tiempo que pasaba con su padre; sus conversaciones eran siempre muy ricas y estimulantes; las historias de Esteban siempre le revelaban, sin fronteras, algo de nuestro país El Salvador o del mundo; ellas le hacían ver también las preferencias y gustos de su padre.

Cuando empezó a verse con Roberto se podría decir que los encuentros entre ellos habían sido suaves colisiones frecuentes y que habían entablado mutuamente una relación fluida y constante… Habían hablado mucho y se sentía que entre ellos había crecido una confianza franca; así que se habían contado recíprocamente muchas cosas de su vida.

Por eso la muerte de Esteban y la forma en que ocurrió, fue uno de esos traumas pesados y que cicatrizan grueso en el alma. Y ese queloide emocional y amplio que llevaba Isabel podía casi palparse cuando contaba su historia…

Una vez Isabel le contó a Roberto como esa terrible tarde del crimen de su padre ella regresó sola a su casa. Entró como quien entra en otra galaxia, como quien ingresa en una pesadilla desmembrada, confusa y malévola. Recordó cómo se lanzó sobre el cuerpo de Esteban y desahogó todo su llanto, en un abrazo último. La escena era abrumadora, espeluznante, como sacada de un cuento de terror, sangrienta, inhumana, febril, macabra y convulsionante… los adjetivos y los conceptos se me agotan al pensar en ella.

Con un trapo blanco Isabel limpió como pudo la sangre del pecho de Esteban y lloró desconsolada sobre el cuerpo ya sin vida. De pronto escuchó suavemente un llanto seco y reprimido y levantó su rostro. Se puso de pie y abrió el armario. Con inmensa sorpresa encontró a su madre, Rocío, acurrucada. Allí estaba ella con los ojos opacos y los labios temblorosos. En un pasillo de la casa, miró también a Salomón, quien se había arrastrado con mucha dificultad, tratando de salir de la casa.

Isabel se enjugó las lágrimas y su mirada se perdió en la nada… Entonces comprendió todo. Pero Isabel no juzgó a su madre. Sólo la auxilió, la acompañó al hospital y le dio soporte psicológico; ella, que apenas estaba entrando en la adolescencia, que sólo era casi una niña, era en realidad casi una mujer en cuerpo y mente.

Candelaria, siempre atenta y servicial, ya le había colocado el torniquete a Rocío en el antebrazo izquierdo y luego había salido a buscar ayuda…

***

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Una de esas noches de amor insaciable también Isabel le contó a su novio Roberto que años después de muerto su padre, buscó a Candelaria, testigo del asesinato de Esteban, para que le relatara paso a paso, detalle a detalle, todo lo que había acontecido esa noche de 1990.

Candelaria, una anciana bondadosa, de piel y hueso, supersticiosa, discreta al hablar y al actuar, siempre con una sonrisa arrugada en su rostro, presta a trabajar y a servir, tenía ese no sé qué de sabiduría que tienen nuestras viejos de pueblo, que en una frase sencilla pero que se ha venido añejando con los años, expresan una verdad de la vida.

-Niña, no haga que recuerde lo que no debieron haber visto mis ojos ni los suyos.

-Candelaria, sólo usted puede ayudarme a saber. Tengo que acordarme y saber todos y cada uno de los detalles de la muerte de mi padre.

-¿Para qué, niña Isabel? Eso sólo le va a trozar más su dolor.

-No, Cande, usted no entiende. Sólo voy a curar este dolor cerrando ese capítulo de mi vida y mientras ignore detalles no voy a descansar. Este capítulo de mi vida quiero abrirlo sólo cuando yo quiera y no cuando a él se le antoje abrirse.

-Vaya pues, niña –contestó Candelaria, con tristeza en los ojos-. Se lo voy a contar. Lo que pasó esa noche fue que…

A lo lejos podía verse una bandada de zanates y clarineros que caían sobre un árbol de fuego, erizándolo. Un árbol de Cortés alumbraba con su vivo amarillo. Un árbol de Maquilishuat, con su flor rosada, era testigo de lo que se contaba. En la lejanía podía verse, junto al árbol de Fuego encendido de flores y de pájaros, a las dos mujeres hablando cercanamente. La pavorosa escena de violencia emergía y crecía en las palabras de Candelaria, con grotesca vitalidad…

Lágrimas amargas brotaban sin parar de los ojos de Isabel, mientras escuchaba y revivía toda la historia de los labios de Candelaria.

(Así mismo volvió a llorar cuando se lo contó todo a Roberto, como si el asesinato de Esteban acabara de suceder. Aún hoy sería difícil olvidar el dolor de Isabel expandiéndose hacia el alma de Roberto).

Sin más palabras Isabel y Candelaria se abrazaron fuertemente.

El árbol de fuego –testigo callado- seguía encendido de flores y de pájaros…

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografías tomadas por Óscar Perdomo León

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Maquilishuat IMG_5102

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ESTEBAN E ISABEL (Segunda parte)

Esteban 1

Un día del año de 1984, le fue asignada una tarea al caporal Eustaquio, empleado de confianza y amigo de muchos años de Esteban:

-Necesito, Eustaquio, que vayás a mi casa y traigás el machete nuevo que está en el armario del comedor. Si no lo hallás, decile a Candelaria que te lo busque -dijo Esteban, con amabilidad, pero con la firmeza de quien manda.

-Ahorita mismo, patrón.

Eustaquio, un hombre de más o menos 50 años de edad, se había iniciado siendo casi un niño en los trabajos del campo a las órdenes del padre de Esteban. Así que en la relación de trabajo entre Eustaquio y Esteban había también cierto aire de familiaridad, de confidencia y cordialidad. Eustaquio era un hombre fuerte pero de pequeña estatura, impulsivo y valiente, de temperamento enérgico. Era también servicial y trabajador, muy compenetrado en sus labores.

De tal manera que Eustaquio se marchó muy obediente cabalgando un hermoso caballo negro. Unas nubes oscuras en el cielo anunciaban la lluvia que se avecinaba. El viento empezaba a soplar con más fuerza.

Eustaquio llegó a la casa de la hacienda y amarró a un árbol al oscuro rocinante. Unas pequeñas gotas de lluvia empezaban a caer.

Entró a la casa con naturalidad y se dirigió al comedor. Ya con el machete en la mano se disponía a salir, cuando unos gemidos femeninos de placer en el dormitorio le llamaron la atención. Intrigado, caminó hacia el dormitorio con sigilo. Los truenos empezaron a retumbar afuera de la casa; el viento agitaba con fuerza una ventana; la lluvia entonces cubrió la casa como una túnica arrolladora. Eustaquio abrió la puerta del dormitorio de golpe. Sorprendido, encontró desnudos sobre la cama a Rocío, la mujer de su patrón, con su amante Salomón.

Rocío 2

El caporal, al ver la inesperada escena, sintió que la sangre le corría caliente por la cara. Eustaquio conocía muy bien a Salomón y siempre había sentido desagrado hacia él y al verlo, su ideología conservadora, su rígida moral y su propia visión del mundo se vieron golpeadas. Una ira incandescente envolvió su cabeza. Un instinto violento levantó cercos alrededor de su razonamiento.

Fiel como un perro y sin pensarlo mucho, Eustaquio sintió la afrenta de otro como suya propia y sacó entonces de la vaina con un criterio indomable el machete filoso para agredir al amante de la esposa de Esteban. Aquel desenfundó también su machete, el cual tenía a la orilla de la cama y se defendió con agresividad. Se desencadenó una batalla frenética y casi primitiva. La mujer se interpuso entre ellos tratando de detenerlos. Trozos de carne y borbollones de sangre –¡explosivos en siniestros caminos!- profusamente saltaron como perdigones por un lado y por otro. Rocío pegó un grito desgarrador, de dolor intolerable. La batalla fue breve, pero inclemente.

Eustaquio cayó muerto al suelo, con el rostro rayado de heridas y semi-decapitado; su miembro superior izquierdo estaba cercenado en el antebrazo; tenía además una herida profunda en el abdomen. Salomón, por su lado, con heridas en el tórax, los brazos y el rostro sangraba copiosamente.

Lejos del casco de la hacienda los truenos y el viento se escuchaban también con ferocidad. La lluvia se precipitaba aceleradamente. Las ramas de los árboles se mecían con fuerza y Esteban se inquietó. No había donde protegerse de la lluvia y Esteban montó su caballo blanco. A galope suelto se dirigió a su casa del casco de la hacienda. Su inquietud iba en aumento. La lluvia era un manto transparente. En la lejanía Esteban parecía un jinete mágico, un cuerpo viril y veloz, una sombra brillante poblada de misterio y eternidad.

Prácticamente había venido pisándole los talones a Eustaquio. Esteban llegó bajo la lluvia pertinaz al casco de la hacienda con una sensación como si un instinto o corazonada inexplicable lo empujara hacia el camino. Bajó del garañón domado y notó que el caballo de Eustaquio estaba pastando cerca. Entró con rapidez a la vivienda.

Al entrar a la infausta casa escuchó sonidos extraños. Caminó entonces hacia su dormitorio y encontró casi en el umbral de la puerta el cadáver desangrado y tibio de Eustaquio, sobre el suelo teñido. Levantó la mirada y sorprendió a Salomón herido de gravedad, quien, al ver a Esteban, no vaciló en sacar su revolver 38 y dispararle sin previo aviso, directo al corazón. El sonido del arma fue una especie de reverberación opaca. Esteban alcanzó a ver a Rocío semidesnuda y se desplomó instantáneamente sobre el suelo.

Esteban murió Instantáneamente.

Escondida tras la puerta y observándolo todo, estaba la empleada doméstica Candelaria, callada y envuelta en lágrimas y miedo.

Repentinamente Isabel, la hija de Esteban, de 12 años de edad, se acercó a la escena de la tragedia; Candelaria la alejó inmediatamente, pero la niña, temeraria, se le escapó de las manos y corrió hacia adentro del dormitorio.

-¡Isabel! -gritó impotente Candelaria.

***

Continuaré diciendo, sobre el impactante hecho, que minutos después, Salomón, ensangrentado y peligrosamente herido, fue recibido en la Emergencia de un hospital privado de Santa Ana. Una doctora lo atendió con rapidez y a los pocos minutos se acercó a la mujer que lo acompañaba para interrogarla y conocer los detalles sobre lo que había ocurrido. Pudo ver que era una mujer elegante y con apariencia de cierta solvencia económica. A las palabras de la doctora ella no contestó nada, sólo bajó el rostro y sollozó. Su mente era una tormenta con rayos y truenos. Los recuerdos frescos de violencia eran como grandes olas saladas sacudiéndole la conciencia.

Como la doctora entendió que Rocío no le contaría nada y además la vio llamativamente manchada de rojo, le preguntó:

-¿Está usted bien?

Y la mujer, cubierta con un suéter, no respondió nada otra vez; sólo se descubrió un poco para mostrar su miembro superior izquierdo aún sangrante, protegido por un apretado torniquete, con la mano totalmente amputada.

Rocío

-¿Y la mano? -preguntó la doctora, sorprendida.

Y a la par de la mutilada mujer, sin responder tampoco nada, la niña que la acompañaba, extrajo de su mochila la cianótica mano salpicada; la chiquilla de 12 años de edad, con el rostro petrificado, como perdida en un sórdido sueño, se la entregó a la doctora. Esa pequeña niña era Isabel.

(Continuará)

Escrito por

Óscar Perdomo León

ESTEBAN E ISABEL (Primera parte)

Esteban 2

Esteban nació un 12 de octubre de 1940, en una pequeña ciudad de El Salvador. Su niñez fue alegre y tuvo siempre todo lo que un niño de su edad y de su época podía desear. Creció entre su natal Atiquizaya y la ciudad morena de Santa Ana; pero con frecuencia se iba hacia el campo con su padre, quien era un hacendado exitoso, acompañándolo en sus tareas diarias de dirigir sus prósperos cultivos y su ganado porcino y vacuno. Allí disfrutaba de dos cosas principalmente: de los ríos de los alrededores de la ciudad, en donde aprendió a nadar con habilidad, y de comer de una forma silvestre su fruta preferida, el mango.

Le gustaba caminar entre las malezas del campo o cabalgar sobre su caballo favorito, «Tormenta»; Esteban tuvo cierto entrenamiento hípico y se instruyó muy bien en el cuido de los agraciados corceles.

A veces por las noches, siendo un niño, su padre lo llevaba a cazar conejos y algunas otras veces se adentraban en las montañas más heladas y tupidas de árboles para, con sigilo y paciencia, cazar venados. Entonces no se pensaba que esos bellos animales estuvieran al borde de la extinción en nuestro país. El padre de Esteban cazaba un solo animal en cada travesía y no sentía culpabilidad alguna por eso.

Siendo un niño y siendo hijo único, Esteban compartía también mucho de su tiempo con sus amigos, de quienes sólo estaba separado por un par de años. Juntos jugaban plenamente en el agro y aprendían de igual forma a convivir y a desarrollar habilidades agrestes; así como de la misma manera estudiaban y se instruían en el colegio. Para Esteban fue una época vivificante hacia el desarrollo de su imaginación y de su destreza para resolver problemas.

Su padre, un hombre entusiasta de la literatura y con una cultura amplia, le hablaba de Historia pero igualmente de las cosas simples de la vida. Su padre era un hombre bondadoso e inteligente, con una influencia tremenda y positiva sobre él.

Su madre era muy amable y muy entregada a su cuidado y siempre se la pasaba muy pendiente de los pequeños detalles de la casa, la cual lucía limpia y ordenada. Era una mujer con una tendencia fuerte en dirección a la religión cristiana, aunque no hacia los ritos, sino más bien hacia su esencia. Así que “amaos los unos a los otros” era su código profundo de vida y ella se consideraba a sí misma como una especie de «católica liberal». Esto penetró sin duda en el corazón de Esteban. Su madre solía ser además una cocinera maravillosa; era una especialista en comidas típicas como el chilate, el atol shuco, los tamales dulces y salados, el atol de elote y las pupusas. Y su sopa de patas era un verdadero manjar.

Esteban desde niño enfrentó las faenas del campo con alegría y coraje, tal como enfrentaba los retos que le presentaban la escuela y la ciudad. Nada parecía amedrentar al niño Esteban y casi nada parecía tampoco poder arrebatarle el buen sentido del humor. A veces se mostraba polémico, pero generalmente lo hacía de una forma propositiva y tranquila.

Durante su adolescencia fue un estudiante tenaz y muy inclinado a la lectura, en cierta forma guiado por su padre.

Su voz profunda, con un aire de natural autoridad, siempre alumbraba palabras adecuadas al momento; lo mismo podía expresar un concepto científico ante sus familiares, así como una pícara respuesta ante algún vecino.

A Esteban le gustaba también, durante sus días de pubertad, departir con sus amigos en las esquinas, mientras escuchaban música, a través de un pequeño radio de transistores; en esas reuniones no faltaban las bromas y las risas sonoras. Regularmente algunos de ellos visitaban al «viejo Juan», un anciano sabio de la ciudad, quien, siendo un amante nato de la música y un cultivador incansable de ella, les tocaba la marimba, la concertina o el saxofón y después, bajo la luz pálida del «parque Viejo», les contaba remotas anécdotas de principios de siglo. Esos días compartidos con el músico eran días como tesoros, en los que ni la radio ni la televisión (ese invento nuevo que sólo unas pocas personas tenían en la ciudad de aquellos días) se interponían entre el concierto musical en vivo, el lenguaje oral y el ávido y paciente oído.

A mediados de los años sesenta, Esteban era un joven de veinte y cinco años de edad, con la piel curtida y requemada, cabello ondulado y ojos de un verde oscuro, con un iris que, si se lo miraba de cerca, parecía estar formado por pequeños pétalos de flor.

Y al alcanzar la adultez, Esteban fue un hombre muy complejo; pero muy accesible. Conversaba abiertamente con todos; pero constantemente meditaba sobre el porqué y el para qué de la vida. Y su conclusión había llegado a ser muy simple: que la vida servía para compartir, ayudar y ser feliz.

Era y se sentía muy respetado y querido por sus vecinos. Siempre estaba de una u otra manera involucrado con la comunidad. Para él eran tiempos de regocijo y asimilación del mundo.

Es conveniente también dejar claro que Esteban vivía entre dos mundos: el urbano y el rural. Y él estaba muy consciente de ello. En la ciudad vestía de traje formal; en el campo, de botas, sombrero y machete. En el campo trabajaba bajo el sol entre sudores y plantas, entre barro y cabezas de ganado; en la ciudad trabajaba con las ideas y las palabras.

Esteban podía descifrar el canto de los pájaros y el lenguaje del viento; conocía las huellas de los animales y los mensajes del clima. Pero también podía ser muy agudo y sensible en el entendimiento del arte y lo abstracto.

Por eso al regresar a su casa, abría los libros más fascinantes y los leía con anhelo de niño. En su modesta biblioteca heredada de su padre y alimentada por él mismo, no faltaban Borges, Henry Miller, Stevenson, Neruda, Nietzsche, Salarrué, Arturo Ambrogi, George Bernard Shaw, Fiodor Dostoievski, J.J.R. Tolkien, Claribel Alegría, Roque Dalton, Claudia Lars y William Shakespeare, por mencionar algunos. Así como también libros de historia, geografía y leyes. No obstante, sus favoritos durante mucho tiempo fueron los libros de Jorge Luís Borges, tanto que la noche que releyó una y otra vez «El inmortal» y «El jardín de senderos que se bifurcan», resultó tan satisfecho de esos cuentos que pensó que ya no quedaba nada más por leer en el mundo; esa noche Esteban durmió muy intranquilo. Por supuesto que al día siguiente ya estaba sin escape enredado con el libro de algún otro autor. Y sin embargo, siempre regresaba a Borges, con transparente lealtad.

También la combinación de música y literatura era una cosa fascinante para Esteban, como el cuento «El perseguidor», de Julio Cortázar.

Además amaba los libros, con la manía de los coleccionistas, no sólo por su contenido, sino también por su presentación, por el arte con que habían sido editados. Uno de sus libros más apreciados era uno de pasta dura, de hojas de papel de cebolla, de tamaño casi de bolsillo, editado e impreso en Madrid en 1953: Los hermanos Karamazov, con traducción directa del ruso, prólogo y notas de Rafael Cansinos Assens.

Del mismo modo, Esteban entendía con claridad la música; era un melómano sin remedio y disfrutaba de un amplio arco iris sonoro: desde las más sencillas rancheras hasta las obras de Beethoven y Stravinsky, pasando por los más variados músicos de Jazz. Algo interesante de mencionar es que Esteban recibió de su padre, con mucho orgullo y alegría, una vieja partitura musical escrita de puño y letra de la mano de Agustín Barrios Mangoré: “La Catedral”; el padre de Esteban la adquirió directamente de las originales manos del guitarrista genio, con quien había trabado amistad en San Salvador. Esteban guardaba con recelo el texto musical en un cofre, bajo llave.

De entre todos los músicos sus favoritos eran Miles Davis y Ludwig Van Beethoven, por razones un poco objetivas y con mucho de subjetividad (como muchas de nuestras más sinceras preferencias), de quienes tenía numerosos discos de 33 y 78 revoluciones, en su mayoría traídos desde Los Estados Unidos. Pero por supuesto, como ya había mencionado antes, no sólo tenía discos de Jazz o de música académica. Un ejemplo era su colección de música afro antillana y de boleros, discos de Gardel y de Pedro Infante, así como también el disco Abbey Road de Los Beatles, que era una de las grabaciones a las que más le tenía aprecio. Con el tiempo su colección crecía. Le gustaba, por ejemplo, Leo Dan, porque sentía que en su música y en sus letras sencillas, directas, sin una gota de poesía, había una belleza muy grande; y por otro lado, sentía que en la poesía de la música y las letras de las canciones de Silvio Rodríguez, había otro tipo de belleza, nada menor, por supuesto.

Con el pasar de los años Esteban se enamoró y se casó con Rocío, una mujer verdaderamente bonita.

En forma similar a la tragedia de Shakespeare, en la que Otelo y Desdémona terminan fatalmente, así también concluyó la historia de Esteban y Rocío; aunque en circunstancias y desenlace diferentes.

Bueno, he aquí lo que sobrevino.

(Continuará)

Escrito por

Óscar Perdomo León

LA RAZÓN

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Cerremos las ventanas y las puertas,

abramos el corazón y los sentidos,

subamos hasta el vértice del orgasmo

y bajemos la guardia para siempre.

Que esto no es la guerra,

que la emoción de mi sangre no es la muerte,

que ese gesto tuyo y febril no debe reprimirse:

desde hace varios años la vida vibra en nosotros.

Todo movimiento es ahora explosivo, es agradable, es gratificante.

Nada podrá inundarnos de frío, algo en el pecho nos da la fuerza,

todo en derredor propicia el amarse.

Arriesguemos en secreto muchas cosas,

que te quiero y no hay razón más convincente.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

Fotografía tomada por
Óscar Perdomo León

UNA CUEVA

Cello

UNA CUEVA

(Que pretende ser un dormitorio… 3:20 p.m.)

El teléfono insistente sonó dolorosamente y Roberto levantó el auricular con cierto desgano.

-Aló…

-Disculpame, por favor, Roberto, no pude llegar, tuve un contratiempo ineludible…

-No importa, Isabel, no hay problema…

-¿Estás enojado? ¿Cómo te sentís?

-No sé… Me siento bien y me siento mal. No sé en realidad. Es algo parecido al infierno, como estar a pleno sol en medio de una trabazón vehicular. Y al mismo tiempo siento como estar entre las piernas de quien se ama. No sé… Me siento adolorido pero también me siento grande, sereno, me siento tierno y me siento original… ¿Has oído la composición Cassandra del disco Réquiem de Branford Marsalis?

-Sí, es una de mis favoritas.

-Bueno, entonces ya tenés una idea de cómo me siento.

-Sí, sí, trato de entender, Roberto, estoy tratando de entender… Pero dejame que llegue a tu casa. ¿Estás solo, verdad? Quiero ir a tu casa. Es más, ya voy para allá. Te quiero abrazar y besar y… quisiera estar más, mucho más cerca de vos…

-¿Más cerca? ¿Más aún de lo que estás en mi cabeza y en mi corazón?

-Sí, Roberto. Te quiero…

-Yo también te quiero, Isabel. Te espero entonces…

Roberto, mareado y confundido, pensó automáticamente unas palabras que estaban entre el sueño y la vigilia:

«Gris y negro, perla y rojo, azul oscuro y gris azulino. Una niebla plateada y espesa ciega mis ojos. Un enorme tambor suena en mi cabeza y un olor agrio y húmedo me inunda y me golpea… Caries dentales arriba y abajo, tumores malignos creciendo, abscesos sanguino-purulentos se derraman, fiebres agotantes galopan como fieras salvajes, dolores artríticos deformantes se pegan como hiedra a la piel y a los huesos, lluvias torrenciales que inundan casas y derrumban paredones, calientes sequías debilitantes, besos falsos y promesas rotas, terremotos destructores… Arrugas. Llanto. Juventud cortada de filo bruscamente. Impolutas rosas se marchitan. Amores que eran para siempre, se desvanecen como el humo en el aire… Todo lo devora el tiempo. Absolutamente todo. Y todo lo devora tu partida. Estoy rodeado de mil personas y la soledad que me carcome es más real y ardorosa que todo el monótono bullicio. Chet Baker toca «Autumn leaves» y «The wind» y las toca para mí, para mi alma, para mis largos dedos que no te alcanzan, Isabel. Cráneos, tierra y barro pegados a la piel. La muerte toma a varios de un solo tajo. Despierto entonces aterrado y sudoroso, con la boca seca… Cada noche o madrugada entre pesadillas y sueños, vos, Isabel, te me aparecés como un chispazo fantasmagórico. Un cigarrillo encendido corrompe el aire. Aspiro profundamente y el humo llena mis pulmones. La luz del foco que dejé encendido parece un sol y mis ojos tienen llamas…»

Roberto, sudoroso y agitado, abrió sus ojos. Miró su habitación colmada de soledad.

Isabel no llegaría…

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía tomada por:
Óscar Perdomo León

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EL BIEN Y EL MAL

EL BIEN Y EL MAL Blog La Casa de Óscar Perdomo León

«Life is very short and there’s no time
for fussing and fighting, my friend.» 1
Lennon y McCartney

El filósofo alemán Friedrich Nietzsche tenía su propia visión sobre el bien y el mal: decía que el bien es todo aquello que nos da poder y fortaleza. Leer sus ideas sobre nihilismo, transvaloración de los valores, la voluntad de poder, el súper hombre y el eterno retorno, son un verdadero placer. Bueno, no soy filósofo, pero estoy sólo parcialmente de acuerdo con él, porque él pensaba que la compasión era mala, una debilidad. Por otro lado, el físico inglés Stephen Hawking hace poco dijo que una de las cosas que podrían acabar con la especie humana es la agresión, la cual si bien en la época de las cavernas sirvió para luchar por comida y reproducción, en este época podría ser una catástrofe de iniciarse una guerra nuclear; opinó que uno de los rasgos de la humanidad que, de ser magnificada, podría hacer que se salvara es la empatía.

Ustedes y yo podemos estar de acuerdo con ambos pensadores o no. Y así, podríamos estar de acuerdo o en desacuerdo en muchas cosas: tener enfoques diferentes en deportes, religión, política… Todos tenemos una opinión, por supuesto. Pero… ¿quién tiene la razón? Y lo que es más importante: ¿qué está bien y qué está mal?

Tener las razón o, dicho con otras palabras, acercarse lo más que se pueda a la verdad, es muy importante. Pero tener la razón, en ciertas circunstancias, puede ser irrelevante si lo comparamos con el hecho de saber qué  es lo que está bien y qué es lo que está mal.

Creo que hay una manera muy simple de saber cuando algo está bien o cuando algo está mal,  más allá de los dogmas religiosos o las creencias políticas, más allá de los «libros sagrados» y las agendas de poder.

Es simple. Muy simple.

El mal inicia cuando empezamos a hacerle daño a alguien. Tan simple como eso.

Las personas que, por alcanzar sus objetivos pasan sobre otras, a través de intrigas, causándoles dolor, han ejecutado algo malo. Las personas que justifican un acto de crueldad, por razones políticas y/o religiosas, han avivado las llamas del mal.

Hace poco salió en Internet el video en donde el Estado Islámico quema vivo al piloto jordano Muad al Kasaesbe. ¡La brutalidad y el salvajismo en su máxima expresión! Las razones para realizar tal bestialidad tiene razones políticas, religiosas y de propaganda.

Mirar esas imágenes tan crudas, arrastró mi mente hacia mil catástrofes realizadas por humanos contra humanos durante toda la historia. Me llevó a pensar en la manera en que la Iglesia Católica, durante la edad media castigaba a los que disentían con ella. Me llevó a pensar en las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagazaki. Me llevó a pensar en la bala que atravesó el pecho de Monseñor Romero y el de Mahatma Gandi. Me llevó a pensar en el juez que se dejan sobornar para dejar libre al asesino. Me llevó a pensar en los políticos que mienten para alcanzar el poder.

Me llevó a pensar en la hoguera; quemar vivos a los apóstatas y a las «brujas» era una de las torturas favoritas de la Iglesia Católica. Pero además de la hoguera había todo tipo y variedad de castigos inimaginables, ideados para hacer sufrir con saña y sin piedad. Se cree que durante la Edad Media la Inquisición, precedida por los religiosos, asesinó en toda Europa entre 40,000 a 70, 000 mujeres, sin contar a los niños ni a los hombres.

Todo eso me llevó a pensar que las bombas, sobre Hiroshima y Nagazaki, asesinaron instantáneamente a un número aproximado de 240,000 personas, entre ancianos, adultos, jóvenes y niños.

Pensé en los drones, los puñales, las ametralladoras…

¡La irracionalidad  y la violencia de la especie humana no tienen límites!

El mal inicia cuando se cruza esa línea (que todos podemos entender) hacia el territorio del dolor.

¿Y el bien? ¿A dónde empieza el bien?

El bien, de igual manera, es simple de entender. Jorge Luis Borges decía que se puede percibir muy bien quien lo quiere o quien lo malquiere a uno.

¿A dónde empieza el bien? El bien empieza cuando hacemos sentir cómoda a una persona, cuando la escuchamos con atención. El bien es cuando respetamos la dignidad de las personas. Cuando las valoramos en su esencia, sin discriminación peyorativa.

Tratar de entender a las personas, ayudarlas cuando haya oportunidad, eso también cuenta mucho.

Y, para terminar, hay que decir que  hay un nivel más elevado del bien:  es cuando se ama.

El bien es amar con sinceridad. Amar sin egoísmo. Amar con lealtad.

Amar…

Simplemente amar, así, sin epítetos.

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía por

Óscar Perdomo León

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Posdata. La madre del piloto jordano falleció de un ataque al corazón al enterarse de la manera de morir de su hijo.

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1. «Life is very short, and there’s no time for fussing and fighting, my friend.» (Fragmento de la canción WE CAN WORK IT OUT de Los Beatles.)

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TRISTE

Árbol talado. Fotografía por Óscar Perdomo León

Tengo un llanto atrapado

entre el pecho y la mirada,

un dolor que no puedo liberar.

Y me ahogo y me estremezco

en mi propia sangre

y en mi desgracia.

Un martillo me golpea,

una lanza me atraviesa.

¡Estoy tan triste

y no puedo llorar!

Quisiera que mi cuerpo

se convirtiera en agua salada,

en una lágrima gigante

que se desparramara en una fuente

o en la tierra llana

o sobre la hierba buena de mi patio,

porque estoy seguro que este amor frustrado y encendido

que tengo atrapado entre el pecho y la mirada

tiene el poder

de dar felicidad a otro ser

o de matarme

lentamente…

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía:
Óscar Perdomo León

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