LO QUE OFRECEN LOS POLÍTICOS. Una pregunta para ellos

Elecciones El Salvador

La campaña política en El Salvador está en plena efervescencia y ya en un par de semanas serán las elecciones para diputados y alcaldes. En otro blog, por cierto, co-escribí un artículo en donde ofrecíamos, con el derecho que nos da el ser ciudadanos, algunas sugerencias o propuestas para mejorar nuestro pequeño terruño.

Pero hoy quiero hablar de las tres maneras de sentir que me provocan los discursos y las promesas de los candidatos.

1-Enojo. (Sólo me dura un par de segundos.)

Me doy cuenta que, por la manera en que plantean sus promesas, los políticos están seguros que todos los salvadoreños somos muy poco inteligentes.

2-Indignación. (Este sentimiento es más prolongado en el tiempo; y aunque se va, es definitivamente recurrente.)

La verdad es que cansa ver las mismas caras de siempre, que nunca se han preocupado por solucionar los problemas esenciales de este país. Y cansa también escuchar sus discursos y propuestas tan poco originales y tan carentes de profundidad.

3-Indiferencia. (Este es mi estado más permanente.)

Quizás es mi mecanismo de defensa. Quizás es causada por la desesperanza de saber que las cosas aquí en mi país, con estas elecciones, no van a cambiar para mejorar ni siquiera un poquito.

Por eso este día les quiero preguntar a todos los políticos: ¿No creen ustedes que ya tuvimos suficiente los salvadoreños de tanta cancioncita tonta y de esa inútil estrategia de tratar de apelar a un patriotismo vacío?

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografías por

Óscar Perdomo León

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Artículo relacionado: NO SOMOS UN PAÍS

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ANASTASIO AQUINO

Valle de Jiboa

Es 24 de julio de 1833. El pelotón de fusilamiento eleva, perpendiculares a los cuerpos, sus armas de fuego. Pero testigos del hecho afirman que, unos segundos antes, el indócil sentenciado sonreía mientras intercambiaba unas palabras con el sujeto que le vendaba los ojos.

-¿Quieren jugar a la gallinita ciega? –preguntó Aquino, con sarcasmo.

El sedicioso es físicamente fuerte, de cabello lacio y comúnmente usa caites de correas gruesas y una capa sin mangas, adornada con seda roja.

Semanas antes, mientras guardaba prisión en Santiago Nonualco, después de haber sido capturado tres meses atrás en su escondite del cerro el Tacuazín, una noche Aquino se durmió profundamente. Ingresó, con la fuerza de ánimo acostumbrada, a un sueño (que bien puede llamarse frustración o pesadilla), un sueño que –conjeturo- es otra poderosa forma de la realidad. El escenario era una casa de adobe cercana al Valle de Jiboa, rodeada de árboles de fuego y de amate. Frente al proscrito Aquino se encontraba un rostro conocido y familiar, y ahora odiado. Aquino quiso golpearlo; pero también quería entender porque había sido traicionado. Se contuvo. Y mientras con la mirada lanzaba un filo como de obsidiana, abrió el sincero diálogo:

-Lo que pasó, pasó. Ahora sólo hay una cosa en el mundo de la cual me arrepiento: debí cortarte las venas cuando pude, en vez de sólo expulsarte de mi ejército.

-Vos tuviste la culpa, por tratarme mal -respondió Cascabel, con un ligero temblor en la voz.

-Vos querías abusar de aquellas mujeres. Sos un depravado. O algo peor que eso, un soplón cobarde, un infame delator -sentenció Aquino, con palabras lentas y tono enfático.

La claridad de la mañana se apoderaba con decisión del rancho y de los ojos de ambos hombres. Los clarineros gritaban y saltaban entre las ramas de los árboles. Una niebla densa se colaba intermitentemente al interior de la habitación única. Y era como la materialización de los sentimientos que maniataban el alma de los interlocutores… era gris y era fría.

Cascabel, con la mirada turbia puesta sobre el suelo, interrumpió el breve silencio con unas palabras que querían ser valientes:

-Yo no me arrepiento de nada. Puedo hablarte con la verdad y decirte lo fácil que fue informarles a los hombres del Presidente Prado el lugar de tu escondite.

-Mirá -dijo con serenidad, Aquino-, yo sé que te han dado dinero los ladinos. Ya sé que los traidores como vos, se conforman con pequeños pagos y no entienden que todo los que existe en la extensión de estas tierras pertenece a mis indios, a mis hermanos que viven en la miseria. Pero si tenés un poco de vergüenza, deberías meditar en las consecuencias de tu estupidez…

-¿Y qué acaso creíste que podrías vencer a los blancos sin la ayuda de los mestizos? -interrumpió Cascabel-. Yo no te traicioné sólo porque vos me golpeaste y sacaste de tus filas. El odio que te tengo por eso, únicamente aceleró lo inevitable. Y ahora lo que más deseo en la vida es olvidar tu nombre.

Aquino, que escuchaba atento, fue cambiando su dura mirada por ojos de reflexión. Observó con la vista perdida el techo de paja… y el odio que sentía hacia Cascabel, cuyas palabras quizás eran verdaderas, fue opacado por la duda. Después de un lapso de treinta segundos, Aquino miró a Cascabel fijamente a los ojos y declaró con lucidez:

-Nadie va a olvidar mi nombre. Y vos, menos. Eso te lo aseguro.

La espesa niebla persistía tercamente en ocultar fragmentos de los cuerpos. Sin embargo, todo tenía un significado tan grande, digo, todo lo que concierne a los ojos y a las palabras, porque si alguno ocultaba un arma era imposible saberlo…

Aquí termina el sueño y volvemos a la hora final.

El pelotón está listo. Las armas suenan, como la voz de una tormenta breve y letal. El corazón santiagueño se detiene. A alguien no le basta eso y el hacha, que también mata árboles, corta el cuello del cadáver y la cabeza rueda ensangrentada. Se dice que será exhibida, dentro de una jaula, en un borde de la Cuesta de los Monteros.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía del Valle de Jiboa tomada por Óscar Perdomo León

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CANTA EL PUEBLO (El indio Anastasio Aquino)

Esta canción es el poema anónimo «CANTA EL PUEBLO» (que aparece en LAS HISTORIAS PROHIBIDAS DEL PULGARCITO de Roque Dalton) y fue musicado por ZUNCA, un grupo musical salvadoreño de los años ´80.
Primeras voces en esta canción: Juan Carlos Flamenco (además, acordeón), Otto Hugo Urrutia y Carlos Alberto Romero Cárcamo. Los otros miembros que participaron en esta grabación son: Mario  Edgardo Romero Cárcamo (guitarra) y Óscar Perdomo León (contrabajo). 
Esta grabación se hizo en la sala de una casa frente a una pequeña grabadora con cassette, en 1986.

Para quienes no puedan hacer correr el video en mi blog, lo pueden hacer dando un clic en este enlace.

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UNA ESPECIE DE MAGIA ESTRAÑA

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Cuando era un niño muy pequeño y habiendo leído muy poco y conociendo tan poco el mundo, escuché por primera vez en una grabación de un cassette a una orquesta tocando música popular, pero con arreglos muy originales. Sentí que me habían movido el piso. Escuchaba y me acuerdo que me quedaba perdido mirando el techo sin mirarlo, sólo navegando en un universo de sonidos que me embriagaban.

Salía al patio y me encontraba con las ixoras rojas, que florecían como la música que me rodeaba.

Después, cuando era un niño más grande, uno que no había entrado aún a la adolescencia, viviendo en la reducida estructura social de un pequeño pueblito y aislado de lo que ocurría en el mundo, escuché por primera vez una orquesta sinfónica en un disco de vinilo. Sonaba tan cercana y tan lejana a la vez, tan real, pero tan increíble y tan inverosímil para mi inocencia y mi ignorancia. Ese día sé que entré en otro espacio de la galaxia que no conocía.

A medida que fui ampliando mi mundo musical, como un oyente persistente, me fui dando cuenta que, en el arte de los sonidos, la melodía es el corazón, el punto central por el que me enamoraba más de una música que de otra.  Era algo incomprensible. Era una especie de magia extraña.

(Sin duda que las letras de la canciones, cuando son muy buenas, a veces sobrepasan a las melodías y tocan muy en el fondo de mis sentimientos. Pero a mi parecer, las melodías siguen llevando la delantera.)

Me resultaría imposible enumerar toda la música que me gustó y me marcó. Si digo Serrat, Los Beatles y Beethoven, sería sólo mencionar la punta del iceberg…

Un día de estos estaba leyendo un libro y sin conexión aparente empezó a sonar súbitamente en mi cabeza, una de esas canciones que escuché en mi lejana adolescencia: «Strange magic» de la banda británica Electric Light Orchestra. Aunque la canción salió en 1975, yo la escuché por primera vez allá por 1980.

Me dieron ganas de tocarla y la grabé. Aquí se las dejo. (Grabación casera)

STRANGE MAGIC
(Versión instrumental).
Compuesta por Jeff Lynne (Electric Light Orchestra).
Guitarras y bajo eléctrico: Óscar Perdomo León.

Escrito por

Óscar Perdomo León

RELATO-POEMA. Miles Davis

Miles Davis

En su piel la noche se había visto en un espejo. Y en su alma,

toda una raza se vio a sí misma.

Su trompeta no toca,

canta.

Su corazón no late,

grita serenamente .

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Hijo de un odontólogo neoyorquino, se le impuso la tarea de estudiar y tocar música académica. Pero una música intensa que iba pegada a su piel, como sudor, como perfume luminoso, como sangre sobre los cuerpos,

decantada,

extraída con violencia,

de los moribundos,

de sus ancestros sometidos y oscuros,

recogida

y elevada con dignidad,

a fuerza de instinto y belleza,

explotó

en una sola palabra:

J a z z .

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Sueño imposible: 02 de Marzo de 1959.

Una mano oscura y fuerte se posó sobre mi hombro y de los labios de él salieron las palabras inesperadas pero esperadas una y otra vez:

-Tengo prisa, pero quise venir a saludarte.

-¿Adonde vas, Miles?

-A intentar grabar con unos hermanos.

-¿Standards o algo nuevo?

Y mostrándome unas partituras hechas de prisa y con fuego, me contestó:

-Algo nuevo. Hace apenas unas horas he compuesto esto. Está inconcluso; pero los muchachos y yo lo resolveremos en el camino.

Y luego Miles agregó con humildad:

-Ellos tendrán que hacer la mayor parte…

***

Hermosa oscuridad brillante,

trompeta volando sin alas y divina,

aniquilador de barreras,

constructor de edificios

musicales,

he sabido oír tus lamentos y tus alegrías…

Digno Miles: te he entendido, te he escuchado.

Te he visto tocar,

maravillosa negrura,

con una mano el cielo

y con la otra el infierno…

Le has dado a mis días

y a mis oídos

alegría y felicidad

inagotables.

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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Dibujo de Miles Davis hecho por Vanessa Holley, tomado del libro “Jazz para principiantes”, de Ron David.

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BLUE IN GREEN. Miles Davis

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LA SIGUANABA

La Siguanaba
Un anciano, sobreviviente del levantamiento campesino que se desencadenó en El Salvador en 1932 (y que fue aplastado por las fuerzas militares del general Maximiliano Hernández Martínez), narra su anécdota personal, entre el sueño, la locura y el terror…

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«… a todos se oye hablar de ella. Yo tengo aún en mi memoria, por las noches, su espantosa voz a lo lejos. Su nombre fue 1932.

«Al acercarme aquel día –recuerdo- parecía ella una campesina adornada por dieciocho veranos, olorosa a claro nacimiento de agua o a cañaverales azotados por la brisa. Recuerdo bien que su boca era el primer paso en el camino del sexo y su cabello negro y liso era la misma noche abrazándome. Su piel daba –aunque yo por eso estuviese ardiendo- la sensación de perfume y frescura. Dos atractivas consignas de las que se escuchan en las manifestaciones callejeras eran sus ojos café-claro. Y sus pechos desnudos, encendíanme las ganas de todo…

«Pero cuando por fin el beso -nuestro beso- hizo parir inevitablemente la alegría y una secuencia de emociones y deseos, su belleza, cuidadosamente hecha, se volvió un mar de arrugas y de gritos; sus ojos eran entonces dos candiles incendiándome de miedo, y el genocidio histórico de mi pueblo corrió como una tenebrosa película exhibiéndose en mi sangre…

«La inmortal Siguanaba reía horriblemente –lo recuerdo bien claro- al verme correr, tropezando, entre el río y las flores muertas, en algún lugar del occidente de mi país… »

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Pintura: La Siguanaba, realizada por Salarrué.

UNA CASA EN NOVIEMBRE

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Entre agosto y septiembre de este año, establecí una relación bastante extraña con una señorita doctora y colega mía del hospital.  Es decir, no somos novios; pero hemos abierto una conexión más o menos intensa de amistad y aventuras sexuales.

Esta muchacha de 26 años de edad está llena de juventud, de cierta inmadurez que le da un toque único e interesante. Señales especiales: ansiedad en la mirada, que le da una apariencia de falsa inocencia y, además, una cicatriz operatoria en el abdomen. Es de mente vivaz y rápida;  a veces es recatada y tradicional en ciertas cosas y otras veces es abiertamente vulgar (en el buen sentido de la palabra). Puede ser petulante y burlona. Otras veces, cuando está de mal humor, puede ser sarcástica.  Hay  en  ella ciertas negligencias sociales, verdaderas intransigencias contra el status quo,  verdaderas perversidades intolerables.

Debo agregar que me gusta mucho su cuerpo y que me desagrada que fume. Su nombre es Lorena.

Lorena tiene unos antecedentes familiares muy interesantes. Su abuelo materno, Fermín, era un tipo irresponsable y mujeriego. Su abuela materna, Hortensia, había sido violada impunemente, quedando embarazada, y sus padres, al enterarse, guardaron todo en secreto y le arreglaron el casamiento rápidamente con Fermín. De allí nació Inés, la madre de Lorena, una mujer ultra feminista; de tal manera que Lorena nunca supo quién era su verdadero abuelo. Esta información la recibió accidentalmente hasta que tuvo 17 años de edad, cuando escuchó una conversación que tenían en una fiesta dos de sus tías.

Este hecho le dolía muy en el fondo, aunque Lorena no lo aceptara abiertamente. Tal vez por eso (y por otras cosas) se emborrachaba casi cada quince días, hasta terminar dormida en mis brazos.

Otra cosa que atormentaba el alma de Lorena era algo aparentemente insignificante (comparado  en  la  grandeza  del universo); pero era algo que la mortificaba, aun en sus sueños. Lorena tuvo una compañera de escuela en la infancia, María Antonieta, con quien compartió juegos, estancias escolares con olor a lápiz, cantos de pomponte niña pomponte que ahí viene tu marinero… y una escapada de la escuela juntas, que les costó una semana de castigo. Y luego la adolescencia, la primera menstruación, el compartir secretos de sus primeros novios. Y después, la separación. María Antonieta entró en las drogas y a un mundo tenebroso de asaltos, armas y viajes legales (e ilegales) de ida y vuelta a los Estados Unidos. Mientras tanto Lorena estudiaba Medicina en la universidad. Años después, cuando Lorena se acababa de graduar de doctora, se enteró que María Antonieta estaba ingresada con el diagnóstico de SIDA, en el mismo hospital donde ella trabajaba. Fue a verla. Hablaron, largo y tendido. Lorena trató de darle consuelo. Pero algo había cambiado en su mirada, en sus gestos; ya no era la misma María Antonieta que Lorena conoció. En esa ocasión María Antonieta le pidió un abrazo a Lorena, pero ésta se negó. Tuvo miedo (quizás injustificado, quizás no).Tuvo miedo  que María Antonieta, tomando en cuenta sus antecedentes criminales, tratara de puncionarla con una aguja infectada y la contagiara del VIH. Lorena salió caminando de prisa dela  habitación del hospital, asustada y contrariada. Dos días después María Antonieta murió y Lorena lloró amargamente. “Pude haber sido mejor. Pude haberla abrazado; ella era mi amiga”,  pensó Lorena.

Pero el suceso que mortificaba mortalmente el corazón de Lorena, era uno que ocurrió en 1989, cuando entró a estudiar su primer año de Medicina. Trataré  de contarles los hechos tal y como ocurrieron.

Ahora, ustedes y yo, caminaremos junto a una historia insana. En ésta los silencios serían irreprochablemente sagrados; pero la verdad también es sagrada y no debe callarse.

En el extranjero cuando la gente pensaba en El Salvador, invariablemente se resignaba a creer en un país en guerra civil. ¡Y ahí terminaba todo! La ignorancia foránea es un monstruo que masifica al ser humano; ¡qué saben los demás de los inagotables sucesos que ocurren en una ciudad, en la intimidad de una casa!…

Violeta de Hernández vivía en la casa 201 de la calle Circunvalación, en San Salvador. Era una mujer atractiva, sin hijos, de muy buen gusto al vestir y al hablar. Se consideraba a sí misma, después de cuatro años de matrimonio con el doctor Benjamín Eduardo Hernández, una buena ama de casa y una amante perfecta. Siendo una mujer estéril, su único temor era que Benjamín encontrara otra mujer que quisiera darle un hijo; ellos hablaban de adoptar un niño, pero en el fondo no querían eso; alguna esperanza guardaban.

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Violeta se entretenía por horas en el jardín, mientras la radio permanecía encendida en la misma emisora con la música que amaba. Más para tener alguien con quien conversar, en las extensas horas en que su esposo estaba en la clínica, que para agregar un poco de ganancia económica, pensó que sería bueno dar en alquiler una habitación que no usaban y que se mantenía vacía desde que se mudaron a esa casa, ésa que fue el obsequio de su padre cuando se casó con el médico. Esa casa era un lugar acogedor. Como un viejo guardián, como una enorme fogata deslumbrante, un árbol de fuego inauguraba la entrada; estaba cercada al frente por una reja barroca, tras la cual había un jardín de rosas al centro y veraneras a los costados; todos los cristales que daban al exterior estaban polarizados.

Una tarde de mayo de 1989, poco antes de que el sol se refugiara en la oscuridad, un dedo con la uña pintada de rojo toco el timbre de la casa. Violeta abrió.

-Buenas tardes. Vengo por lo del alquiler del cuarto.

Violeta, con la serena sonrisa que la caracterizaba, invitó a la joven con un ademán a pasar a la sala. Hablaron aproximadamente veinte minutos, durante los cuales Violeta se enteró de las razones que movían a la joven a buscar pupilaje y, con la mayor sutileza, de otros pormenores importantes. La joven era Lorena y tenía 18 años de edad.

Desde el primer momento ambas simpatizaron. Separadas sólo por unos cinco años de edad, tenían intereses en común (incluso uno insospechado e inexistente para entonces). Gustaban de tomar café juntas por las tardes y charlar de diversos temas, pero el favorito era el arte en general, ya que Lorena amaba el arte y Violeta era muy sensible a todo eso. Los fines de semana salían de compras al supermercado y más tarde al cine o a comer, éstos últimos con la compañía de Benjamín. Durante algunos meses formaron un trío amistoso que iba de un lugar a otro; Lorena al pasar los meses, se mortificaba al sentir una chispa de envidia por Violeta y una sórdida atracción por Benjamín; pero esos sentimientos los ocultaba eficientemente.

Al regresar a la casa, Lorena se encerraba en su habitación hasta el día siguiente. Estudiaba unos sesenta minutos, pero después se distraía mirando la llanura abierta e infinita, el paseo maravilloso y deseado (u obligado); frecuentemente asistía a ese lugar inmenso que aún no había terminado de conocer: la llanura…  Así es como ella llamaba a su alma. Solía quedarse recostada en un sofá café y esponjoso, enredándose en sus memorias o en pensamientos que eran como engranajes sueltos. Lorena, cuando no había nadie que pudiera verla, lloraba con facilidad.

Es duro irse a la cama sola. El insomnio, como una criatura moribunda que se niega a abandonar la respiración, recurre cada  noche; se es consciente de los grillos y de las pequeñas manchas en las paredes y se siente el desesperado sabor del cansancio inútil. Por eso Lorena a veces sonreía levemente con la intención de no parecer desagradable; pero en ese acto hay quienes advertían su vulnerabilidad, especialmente Benjamín.

Benjamín, un médico de edad madura, con un número de pacientes regularmente abundante, era un buen esposo. El football y el boxeo, el álgebra y la lluvia, los rompecabezas, los crucigramas y el mar le interesaban; pero de pronto se le había agregado otro interés, secreto y turbador, pero deliciosamente inmoral: Lorena.

Una tarde de noviembre en la que él sabía que Violeta había salido a un salón de belleza, regresó a la casa. Entró silenciosamente y caminó hacia el jardín interior y vio el silencioso y extravagante espectáculo que quería: Lorena. Ella se encontraba sentada en una silla metálica, tenía una blusa rosada y escotada de los hombros y usaba una falda corta; con la espalda ligeramente encorvada y un pie sobre el asiento, se pintaba las uñas del pie desnudo y blanco, pequeño y perfecto, que junto a sus piernas y a sus muslos, era como una creación escultural helénica. Ella era lo que yo llamaría una mujer inocentemente sensual: se sentaba en algún lugar sin la menor malicia y quien la veía no podía ignorar tanta belleza, la abundante cabellera negra y su rostro delicadamente hecho.

Benjamín consideró que su esposa no volvería hasta dentro de un par de horas. Ese era el momento. Tenía que romper el incómodo sentimiento de fingir que Lorena no le gustaba y caminó hacia ella. Lorena irguió su espalda y bajo la pierna inmediatamente.

-Hola… No quería interrumpirte; pero he ensayado durante semanas unas palabras que quería decirte y ahora que te veo, por fin sola, he comprendido que las palabras empequeñecerían lo que estoy sintiendo…

Lorena, que lo escuchaba atentamente, sorprendida, advirtió que él la deseaba; sintió temor, pero también una inesperada satisfacción que no pudo ocultar. Trató de hablar:

-Mire, doctor…

-Vos tampoco tenés que usar palabras –interrumpió Benjamín, con voz baja-. Sólo son reiteraciones de lo que nuestros corazones ya saben.

Entonces sin esperar más, la abrazó y besó tiernamente. Lorena se resistió, lo empujó, pero sintió que sus brazos eran débiles; se olvidó de su amiga (¡deseó y consiguió olvidarse!) y sintió que el vacío, por donde caía cada noche, se desvanecía progresivamente. En pocos minutos Benjamín, lascivamente, la hizo suya sobre la grama del jardín que Violeta cariñosamente cuidaba.

Pasaron los días y Lorena dijo que tenía que irse e inventó una historia; había estado comportándose muy esquiva y ya no miraba a los ojos. Violeta no era tonta  y ya sospechaba algo; pero fingía no darse cuenta y lo hizo bien. Por la noche Lorena se despedía con una maleta en la mano y Violeta pensó que era mejor dejar las cosas así y la despedía deseándole buena suerte. Benjamín, por su lado, se refugiaba en su cuarto de estudio y mientras sentía dolor trataba de convencerse de que ya no la deseaba, y de que otra infidelidad no tenía que repetirse.

Sin embargo, el destino se empeñó en no dejar las cosas así y al momento que Lorena salía se escucharon fuertes detonaciones y ráfagas  de  armas  de gran  calibre.  Era, insisto, noviembre de 1989 y la guerrilla del FMLN y la Fuerza Armada salvadoreña habían empezado a combatir a gran escala en las entrañas de San Salvador. Lorena volvió a la casa, asustada y llena de confusión. En un momento los tres se encontraron en la sala escuchando las noticias, asombrados. La radio oficial  condenaba el ataque subversivo y aseguraba que la situación sería controlada; la radio clandestina pregonaba y preconizaba una gran victoria.

La presión fue demasiada para Violeta y esta mujer serena y segura de sí misma estalló en nervios. Benjamín le prescribió hipnóticos y reposo. Violeta durmió rápidamente.

El cinismo y la traición tienen una impulsiva manera de comportarse. Benjamín y Lorena, como separados e indiferentes de lo que pasaba en la fracturada capital, subieron juntos a la habitación que siempre debió permanecer vacía y se entregaron a la pasión, a la fogosa y deliberada pasión.

Violeta soñó con un millón de pájaros negros que venían a comerse las hojas de los árboles y luego con un abismo húmedo y selvático, en el que un león copulaba con una pantera negra y después sintió que se asfixiaba y despertó violentamente, sudorosa y sintiendo celos y odio. Se levantó. Caminó hacia el dormitorio de Lorena, de una forma automática, y acercó el oído a la puerta:   escuchó lamentos femeninos de satisfacción que inducen a la lujuria, pero que a ella le despertaron una idea abominable. Regresó a su dormitorio; abrió un cajón del tocador y sacó una pistola, la examinó y comprobó que estaba cargada y se dirigió otra vez hacia la habitación de Lorena.

Afuera, en la torcida calle, el tiroteo arreció. Violeta recordó con energía su adolescencia, cuando iba al cuartel con su padre, un militar ya retirado, y jugaba con armas y afinaba la puntería. Sintió, al escuchar los aviones disparando, al casi percibir las vibraciones de las explosiones, al oír las botas militares y las ráfagas interminables, que el mundo estaba terminando para todos y especialmente para ella. Ya todo era oscuridad y crueldad en los alrededores y también en su corazón. Sintió que matar y morir era ya lo más natural y cotidiano en el mundo y abrió de golpe la puerta para ver los cuerpos desnudos. Les apuntó, mientras ellos, con ojos de sorpresa y después de terror, la observaron sin decir una palabra. Violeta tenía odio en los ojos y les gritó claramente y sin balbucear:

-He creído tener una amiga. He creído ser eficaz. He creído tener un amor interminable. He creído muchas cosas; ahora creo muchas otras y todas las anteriores han muerto.

Inmediatamente disparó contra ellos hasta descargar el arma. Y a nadie le importó, porque las balas que explotaron dentro de la casa se confundieron con las balas que explotaban en la infartada calle. Violeta los vio agonizar…  Inmóvil, como perdida en un delirio sereno y esquizofrénico, escuchó los últimos estertores…   Un minuto después despertó de su odio y se echó a llorar amargamente sobre los cuerpos…

Luego corrió desesperadamente y llamó a su padre para contarle lo que había sucedido. Su padre, después de darle algunas instrucciones, se encargó de sacarla del país con la mayor prisa posible.

La empleada doméstica de la casa, un par de minutos después, subió a la habitación  y encontró los cuerpos desangrados. Benjamín había fallecido; pero Lorena aún respiraba. La empleada doméstica llamó a la Cruz Roja. Sacó, bajo las órdenes y con la ayuda de Violeta, los cuerpos a la calle. De esta manera Lorena fue llevada a la Emergencia del Hospital Rosales, en donde fue intervenida quirúrgicamente; luego pasó a Cuidados Intensivos, en coma, con respiración mecánica, catéteres en la nariz y los miembros superiores, drenos en el abdomen y alimentación parenteral.

Benjamín, por su lado, fue contado como una baja de guerra.

Violeta nunca más ha regresado a El Salvador y no se sabe nada de ella. La empleada doméstica desapareció, misteriosamente, un día después del sangriento hecho.

Después de dos semanas, Lorena pasó a otra sala de recuperación, ya consciente y notablemente mejorada, de donde salió, un mes más tarde y por fortuna, vivita y coleando.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Dibujo extraído de QUIERO+DISEÑO
Fotografía tomada por Óscar Perdomo León

 

FANATISMO. Fanatismo religioso y libertad de expresión

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El fanatismo es una inclinación desmedida y exagerada de una o varias personas hacia un tema en particular, lo cual es bueno si se usa de una manera positiva, como un músico, por ejemplo, que estudia 12 horas al día el piano, para convertirse en el mejor pianista del mundo. Pero el problema del fanatismo empieza cuando se le da a esa inclinación un punto destructor y fulminante contra las ideas y las acciones de los demás. Es decir, cuando se usa la violencia para aniquilar físicamente a los que no piensan como uno.

El fanatismo violento se ve principalmente en nuestros días en tres áreas grandes de la actividad humana: la religión, los deportes y la política.

Este día 7 de enero de 2015 tres hombres de negro y encapuchados irrumpieron en las oficinas del semanario francés «Charlie Hebdo» y, al grito de «Alahu al akbar» («Dios es grande»), empezaron a disparar con armas largas y sin discriminación a los empleados del semanario, asesinando a sangre fría  a 12 personas e hiriendo gravemente a otras cuatro.

El semanario Charlie Hebdo, fundado en 1992, cobró relevancia internacional al republicar en el año 2006 las caricaturas del periódico danés Jyllands-Posten sobre el profeta Mahoma; a raíz de ésto el semanario fue demandado por fuerzas islámicas francesas, acusándolo de injuriar a personas en razón de su religión, además de sufrir algunos atentados violentos.

Este acto de extrema violencia del 7 de enero, realizado por fanáticos religiosos, conlleva dos aristas en las que es bueno pensar.

1-La ética.

2-La libertad de expresión.

El fanatismo religioso musulmán, que (como otras religiones) cree que hay vida después de la muerte, se siente éticamente cómodo con matar a los que según ellos han ofendido a su dios, porque eso les dice el Corán. Y es que los que profesan el Islamismo tiende a creer palabra por palabra de lo que dice su libro sagrado.

Muchos de los cristianos del siglo XXI, en cambio, tienden a editar en su mente la Biblia, es decir, a tomar sólo las partes que por ética les parecen más respetables y menos primitivas; las partes de la Biblia que hablan, por ejemplo, sobre quemar vivos o apedrear, las apartan de su mente. Qué bueno que sea así.

La libertad de expresión, que debería ser uno de los tesoros más preciados de la humanidad, ha quedado nuevamente mancillada por la irracionalidad.

El crimen de quitar la vida a otro por diferencias de opinión nos lleva directo al medioevo, cuando la religión católica reinaba con todo el poder del dinero y de los ejércitos a su disposición. Pareciera como si el ser humano no hubiera evolucionado para nada siglo tras siglo.

Y al delito del asesinato hay que agregar otro crimen tan burdo como el primero: el de la falta de humor.

El sentido del humor nos hace relajarnos y entender que todo es relativo y que nada es tan importante o tan sagrado como para no ser objeto de crítica o de una broma. El sentido del humor nos abre la mente.

La caricatura es un arte muy difícil de hacer. Hay caricaturas que tocan el espectro político, religioso o deportivo y que nos dicen a veces mucho más que cualquier ensayo sesudo.

¡Qué saludable es para una sociedad el aprender a ser tolerante y reírse de otras y de sí misma!

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía tomada por

Óscar Perdomo León

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Artículo relacionado: DIOS ES UN CONCEPTO CON EL CUAL MEDIMOS NUESTRO DOLOR

SÓLO ESTA VIDA

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El mundo sin la música sería un infierno para mí. Y  para disfrutarla, sólo tengo esta vida.

El arte es alimento para la mente. Engrandece los corazones. Hace más nobles y educadas a las personas. Produce una comunicación casi mágica y bella. (Esto aplica tanto para quienes crean arte como para quienes lo consumen.)

No puedo pasar un sólo día sin escuchar música. Ella cubre toda mi mente y todo mi cuerpo, y es grande e infinita como el tempestuoso océano.

¿Qué sería este mundo sin la música? Un mundo así sería un infierno para mí.

Sólo esta vida tenemos. Por eso hay que vivir y disfrutarla, cada quien a su manera, pero sin dañar a otros. La felicidad es cada uno de los pasos que damos durante el día y la noche, y también el camino.

Sólo esta vida tenemos. No hay vida después de la muerte. Sólo tenemos esta vida. Eso de la inmortalidad del alma es un mito.

Sólo esta vida tenemos.

Amar lo que hacemos para vivir es la mayor alegría. Amar tu carrera, tu oficio, eso es vida. De ahí provienen la paz y la satisfacción.

El dinero, como casi todas las cosas, sólo da una felicidad momentánea. Sirve para construir, como también para destruir, según sea usado y entendido. La sabiduría popular dice que «da el que quiere, no el que tiene».

Pero sé que vos y yo, queremos dar.

El tener bienes materiales no es malo. Lo malo es que se valore a las personas sólo «con la vara de tenés o no tenés dinero». Yo creo más en ser auténtico y sincero con uno mismo.

«Be yourself, no matter what they say», dice Sting en su canción.

Creo en mirar a los demás por lo que son como personas, más allá de su educación, creencias religiosas o posesiones materiales.

Para la música, para el trabajo, para dar y recibir, sólo esta vida tenemos.

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía tomada por

Óscar Perdomo León

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NOTA. A cerca del adverbio de modo «sólo», quiero decir algo. Seguiré tildándolo, aun cuando la Real Academia Española (RAE) haya dicho que ya no debe tildarse. Pienso que esa decisión le ha restado belleza escrita a nuestro idioma. Me sorprendí (y decepcioné un poco) al ver, por ejemplo, que el libro de la celebración de los 40 años de «Cien años de soledad» ya venía con el adverbio «solo» sin tilde. Yo no creo saber más que la RAE; pero siento nostalgia de esa tilde cuando leo artículos y libros. Seguir escribiéndola no es un acto de rebeldía, es un acto de solidaridad con mi lengua materna.

JOHN LENNON, UN MÚSICO INOLVIDABLE. If I fell, cover

Give teeth a chance: John Lennon.

Recuerdo que yo estaba en diciembre de 1980 en la fiesta bailable más importante de mi ciudad natal (que la hacen cerrando el parque San Juan y las cuatro calles que lo circundan) cuando uno de los grupos que tocaba -si mal no recuerdo era Fiebre Amarilla- anunció que John Lennon había sido asesinado por un demente. Me senté en una acera desconcertado, incrédulo, y uno de tantos jóvenes que andaba también en la fiesta me preguntó: ¿Quién es John Lennon? «¿En qué clase de mundo vivimos, en donde un loco asesina a un genio y pacifista, y un muchacho no sabe quién es un ex Beatle?», pensé.

Este 08 de diciembre de 2014 se cumplió el aniversario número 34 de la muerte de John Lennon, uno de los músicos más influyentes en la música pop-rock de la historia. Fue fundador de Los Beatles, uno de los grupos más revolucionarios de la música popular.

Durante su etapa Beatle compuso la mayoría de las canciones del grupo (Lennon: 84. 55 canciones; McCartney lo seguía de cerca con 73. 65; Harrison con 22. 15 y Ringo con 2. 7).

En su carrera post Beatle compuso algunas de las canciones más memorables de nuestra época, como «Imagine», que prácticamente se ha convertido en un himno por la paz alrededor del mundo.

Para hacerle un pequeño homenaje a John Lennon, les comparto esta grabación que hicimos mi amigo Arecio y yo de «If I fell», una canción escrita por Lennon y que pertenece al álbum de Los Beatles «A hard day´s night», de 1964.

Les suplico que perdonen nuestro inglés chapuceado.

IF I FELL

Cover

Guitarras, bajo eléctrico y batería: Arecio De León.
Voz  alta: Arecio De León.
Voz baja: Óscar Perdomo León.

Arecio y Óscar If I fell

Para quienes no puedan hacer correr el video en mi blog, lo pueden hacer dan un clic en este enlace: IF I FELL. The Beatles. Cover de Arecio y Óscar.

Texto:

Óscar Perdomo León

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DOS DE MIS LIBROS FAVORITOS: Beatlesongs y La vida de Los Beatles en imágenes.
UN ALUD INEVITABLE. Mi homenaje a Los Beatles.
EL OTRO LADO DEL ABBEY ROAD. George Benson.
ACROSS THE UNIVERSE. Una película de Julie Taymor.

UNA HISTORIA DE EL SALVADOR EN LOS INICIOS DE LOS AÑOS ´80

Jonas

En la década de los ´80, en esos tiempos de guerra como los que vivía El Salvador, la mayor obsesión de Jonás era su lucha anti-izquierdista. Una anécdota de su juventud que lo dibuja claramente podría ser esta:

Una noche de agosto del año 1980, cuando el día estaba opaco y el invierno social había sembrado sus garras heladas en San Salvador (y la guerra civil tenía una mecha encendida de sólo apenas tres centímetros de largo), Jonás manejaba su vehículo con la mente totalmente plagada de ideas, ideas de las cuales estaba convencido hasta la médula.

Jonás nunca había sido soldado; pero estaba fascinado con las armas. Su relación con los militares había sido a través de Gilberto, un capitán con ideas ultraderechistas y que había sido compañero y amigo suyo de la adolescencia. Esta actividad a la que estaba entrando la realizaba de una manera esporádica, pero con gran placer.

Esa noche Jonás se estacionó. Bajó del carro y tocó el timbre de la casa que lo esperaba. Gilberto le abrió la puerta y entraron a una bodega. Ahí revisaron las armas que usarían. Revisaron el plan. Cenaron juntos y platicaron de cosas triviales. A las once y treinta de la noche se dirigieron a su objetivo. En el camino recogieron a dos sujetos más. Se detuvieron en un barrio pobre de los alrededores de San Salvador. Se pusieron sus máscaras pasamontañas. Se bajaron del vehículo tres de ellos y el conductor se mantuvo adentro. La calle solitaria los amparaba. A lo lejos se escucharon un par de detonaciones.

Tocaron la puerta por costumbre, pero en realidad, la puerta que no esperaba visitantes, la abrieron a golpes. En medio de los gritos de terror de sus hijos y de su esposa, un desafortunado individuo de unos 56 años de edad fue sacado a la fuerza, vendado de los ojos y sujetado de sus manos por la espalda. En el camino fue golpeado varias veces con la culata de los fusiles.

Se estacionaron, pasada la medianoche, a la orilla de un pasaje de una populosa colonia. Lo bajaron a empujones y ya en el suelo, con sangre en el rostro, Jonás le ordenó que se pusiera de rodillas, le quitó la venda de los ojos y le apuntó con una escuadra en la cabeza. Jonás, a su vez, se quitó la máscara pasamontañas.

-¡No me matés, Jonás! -lo reconoció el desafortunado individuo-. ¡Yo fui tu profesor en la escuela!

Jonás sólo tuvo una respuesta a la súplica: haló con frialdad el gatillo. La explosión firme y seca penetró en la frente y reventó la región occipital…

Escrito por

Óscar Perdomo León

EDUCACIÓN, RELIGIÓN Y LAICISMO EN EL SALVADOR

Iglesia de Ahuachapán

La educación es uno de los instrumentos más valiosos para el desarrollo y la convivencia en la sociedad. Los otros instrumentos importantes son el respeto, hacia uno mismo y hacia los demás; la libertad de expresión, en todas sus formas; y la justicia social.

Nos centraremos aquí especialmente en la educación.

Es trascendental que se recuerde que la educación que se imparta en las escuelas públicas y privadas de corte laico, debe llevar el importante componente científico y crítico. Y un punto muy relevante en la educación es que ésta debe ser completamente laica.

¿Qué es el laicismo? Es una corriente del pensamiento que defiende la independencia de la sociedad y del Estado de toda influencia religiosa.

Sin embargo, en El Salvador, en pleno siglo XXI, algunas instituciones educativas públicas y privadas laicas, están «evangelizando» a sus alumnos, es decir, tratando de reclutarlos en alguna religión. Y las escuelas y los colegios no deberían usarse para ese fin, si no que deberían ser santuarios de la ciencia. Religión y ciencia difícilmente pueden ir de la mano.

Veamos porque la religión y la ciencia se contradicen en esencia entre ellas.

La ciencia se basa en lo que se conoce como método científico, el cual tiene ciertos principios que deben cumplirse, con el objeto de alcanzar la verdad; entre estos principios podemos mencionar la observación sistemática, la medición, la experimentación, la formulación, el análisis y la modificación de las hipótesis.

Es importante también que un experimento tenga la capacidad de reproducibilidad y de refutabilidad, es decir, que pueda repetirse, pero también que se pueda, con bases científicas, contradecir. En otras palabras, la ciencia se basa en evidencias.

¿Por qué es importante el método científico? Bueno, este método es el que ha hecho avanzar en el conocimiento y la tecnología a las sociedades.

Veamos ahora la religión.

La religión se basa en lo que se conoce como pensamiento mágico-religioso, un pensamiento muy ligado a las supersticiones, y que es el que mantuvo en el oscurantismo a la humanidad por muchos años. Este pensamiento es el que daba, por ejemplo, explicaciones sobrenaturales de las enfermedades cuando no se conocían los virus, las bacterias, etc. Es decir, que el pensamiento mágico-religioso no se basa para nada en pruebas o evidencias. Este pensamiento es totalmente lo opuesto al pensamiento lógico.

El que alguien sea de la religión cristiana, de la del islam o del hinduismo, por mencionar algunas, es sólo un accidente geográfico. Seguramente que si los que ahora son cristianos en El Salvador hubieran nacido en la India o en Nepal, ahora mismo seguramente serían hinduistas; o si hubieran nacido en Irán o en Siria, entonces abrazarían la doctrina musulmana.

A pesar que las religiones desvían de las evidencias a las personas, es decir, de la verdad, todavía habrá alguien que se pregunte: ¿son buenas las religiones? Bueno, para responder esta pregunta vayámonos a los hechos.

Si nos vamos a los antecedentes históricos de las religiones y a su historia contemporánea, encontraremos cosas tan crueles, primitivas e injustas como la aceptación de la esclavitud, las lapidaciones por adulterio, los matrimonios arreglados con niñas menores de edad (como lo hacen todavía en varios países musulmanes), los genocidios étnicos, raciales y/o religiosos, la misoginia generalizada, los sacrificios humanos, los ataques suicidas, el abuso de menores por parte de sacerdotes (abuso protegido y ocultado por los sucesivos Papas), las Cruzadas (que abarcaron casi doscientos años y que arrasaron pueblos enteros), la Santa Inquisición (que torturó y quemó viva a tanta gente, acusándola de brujería, apostasía o inclusive de las cosas más triviales), el impedir que a un familiar que se desangra se le transfunda sangre «porque es pecado»…

Lógica religiosa

La religión cristiana (sea ésta católica o protestante) niega los derechos humanos a los homosexuales, está en contra de la investigación de las células madre, arremete en contra del uso del preservativo en las relaciones sexuales (que puede prevenir muchas enfermedades, como el SIDA) e incita al no uso de los anticonceptivos, que podrían evitar tantos nacimientos no deseados.

En el artículo 53 de la Constitución de la República de El Salvador se establece que: «El Estado propiciará la investigación y el quehacer científico.» Bueno, como ya es usual, cumplir con la Constitución es lo que menos ha interesado en el transcurso del tiempo a nuestros gobiernos.

Ciencia y religión

No me opongo en absoluto a que cualquier ciudadano con la libertad de su consciencia elija creer y profesar alguna religión. Es un derecho del ciudadano tener o no tener una religión. Es un derecho también creer o no creer en un dios.

Pero la creencia en un ser mítico debe ser enseñada, si así se quiere, en la familia o en las iglesias; pero no en las escuelas ni en los colegios laicos.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Postdata. Los invito a ver este video de una entrevista muy interesante que se le hizo al director de cine, productor, guionista y actor canadiense David Cronenberg, en donde habla sobre su perspectiva de la religión.

Para quien no pueda hacer correr el video aquí en mi blog, puede dar un clic en el siguiente enlace David Cronenberg habla sobre su perspectiva de la religión.

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Artículo relacionado: «DIOS ES UN CONCEPTO CON EL CUAL MEDIMOS NUESTRO DOLOR». Fanatismo religioso.

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Fotografía de la iglesia de Ahuachapán tomada por Óscar Perdomo León.

UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Segunda y última parte

SERGIO DUGAN  Exposición pictórica IMG_6421 - copia
“Morena de ojos tan negros
como mi suerte,
mírame aunque con ellos
me des la muerte…”
              Cornelio Reyna.

Regresaron de la playa a Santa Ana al mediodía, sin que sus padres se dieran cuenta. En esa ocasión Alfredo le preguntó por qué le habían puesto de nombre el diminutivo de Elizabeth y ella le contó que sus padres lo habían oído hace años en una gringa que visitó su pueblo.

La alegría de Lizbeth fue tan grande, que esa noche soñó que navegaba en el mar; pero no en el indócil, sino en el sereno, el mar apacible color turquesa. En el sueño ella iba sobre una pequeña lancha sobre unas aguas tranquilas y junto a ella, nadaban y saltaban delfines alegres, que amistosamente parecían sonreírle (como lo había visto en los libros), como queriéndole decir que había encontrado el amor y que el amor es inmenso como el mar y nos puede conducir por lejanos confines, mientras logremos mantenernos a flote. Levantó la vista y vio unas nubes grises acercarse por el oriente y los delfines se alejaron. Por la mañana, cuando despertó, buscó a Alfredo para contarle el sueño.

Alfredo y Lizbeth vivieron muchos momentos de sincera amistad y de intimidad como pareja. Lizbeth, a pesar de provenir de un pequeño pueblo tradicional, era muy abierta de su mente y pronto hizo una excelente mancuerna con Alfredo. No sólo intercambiaban información de tipo intelectual, sino que experimentaban desinhibidamente en el campo sexual.

Jaroslav Monchak, Ucrania, Fotografia

En 1986 ambos estaban estudiando en San Salvador. Lizbeth había alquilado una habitación en  un pupilaje de una señora de lo más amable. Alfredo, por su lado, había alquilado una casa con otros amigos. Algunas veces Lizbeth se quedaba a dormir con Alfredo. Eran noches furtivas, de intensa pasión, tiernas y amorosas. A veces Alfredo le leía cuentos o trozos de novelas; esto a ella le encantaba; Alfredo, que era un excelente articulador de palabras, lograba colocar una atmósfera adecuada en las lecturas. Así que después de hacer el amor, estos jóvenes llenos de energía se abrazaban y él empezaba a leer.

Terremoto de 1986 San Salvador 2

Pero la vida y la muerte, esa pareja tan unida y separada que se miran con recelo la una a la otra, tienen sus días implacables cada una. Y la vida puede darnos muchos días de felicidad; pero la muerte a veces puede ser injusta y prematura: en 1986 San Salvador fue un caos… y Lizbeth falleció inútilmente en el terremoto del 10 de octubre.

Terremoto de 1986 San Salvador 3

Alfredo soñaba y revivía el terrible percance de su muerte. Se veía a sí mismo esperando entre los retorcidos hierros y el cemento despedazado, caminando de un lado a otro, tratando de abrirse paso entre el mal herido edificio. Escuchaba y sentía los golpes bajo tierra que provenían de las personas enterradas vivas por el terremoto. Casi podía escuchar los gritos y lamentos de las víctimas. Veía la horripilante escena de dos cadáveres que «los topos» desenterraron: el de un padre abrazando a su pequeña bebé y cuyas identidades fueron descubiertas debido a un anillo que llevaba el adulto. Veía a los familiares de las víctimas llorando en los alrededores.

En sus pesadillas se veía a sí mismo caminando interminablemente y cargando en sus brazos el cadáver de Lizbeth. Luego aparecía siempre al final una cortina de humo negro y azul, y Lizbeth desaparecía de sus brazos y él la buscaba y la buscaba, pero no podía encontrarla. Este terrible mal sueño fue recurrente durante los primeros meses después de la muerte de ella.

Y Alfredo invariablemente despertaba sudoroso y agitado. Encendía la lámpara de la mesa de noche, miraba la fotografía de siempre y pensaba: «Morena de ojos tan negros…»

Al reverso del retrato Lizbeth había escrito, de su puño y letra: “La felicidad es compartir”.

En la foto, que les había tomado un amable anciano, están Lizbeth y Alfredo a la orilla del mar; ella sostiene con su mano derecha una enorme concha marina y gris que se había hallado; con su mano izquierda lo abraza y su rostro está lleno con una sonrisa de alegría sincera. Él la está abrazando también, mientras le besa la mejilla izquierda. Al fondo puede verse un azul hermoso y un pelícano en pleno vuelo…

Escrito por

Óscar Perdomo León

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UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Primera parte
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CRÉDITOS DE LAS IMÁGENES.
Pintura realizada por  Sergio Dugan (argentino).
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Fotografía de la muchacha tomada por Jaroslav Monchak (Ucrania) y extraída del blog Urielarte
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Fotografías del terremoto de 1986 en San Salvador extraídas de La Prensa Gráfica.
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UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Primera parte.

Terremoto de 1986 San Salvador

Durante su juventud temprana Alfredo llevó una vida acelerada en cuanto a la música y a los desvelos. Tenía una aventura amorosa por aquí y por allá, hasta 1982. En ese año Alfredo conoció a una muchacha del oriente del país y que venía con su familia huyendo de la crudeza de la guerra civil. Para entonces la muchacha tenía 19 años y tenía una mirada de desamparo; parecía que estaba en la oscuridad y sus pasos estaban desorientados. Necesitaba una mano amiga, urgentemente. Venía de un pequeño pueblo de San Miguel, Nuevo Edén de San Juan.  Su familia tenía algunas tierras y cabezas de ganado. Cultivaban maíz y frijol; pero su fuerte era la venta de ganado y la venta de queso y crema.

Su nombre era Lizbeth y tenía otros cinco hermanos. Los dos mayores eran un símbolo de lo que estaba pasando en esos días en El Salvador:  uno de ellos era un comandante guerrillero, que se mantenía cerca del río Torola; el otro, era miembro del ejército salvadoreño, con el grado de teniente. Sus padres estaban entre los dos bandos. Cada uno de los dos hermanos luchaba convencido en su conciencia de tener la verdad. Y lo hacían con un frenesí que asustaba. Esta era una difícil situación para los padres, quienes no deseaban que ninguno de sus hijos muriera; además tenían que cuidar a sus otros descendientes. Eso los llevó a peregrinar durante algunos meses, hasta que encontraron una casa en Santa Ana.

Desde el primer momento en que Lizbeth vio a Alfredo se enamoró de él. Al principio Alfredo, al ver el interés de ella hacia él, pensó que era una muestra de amistad de sus nuevos vecinos. Así que era amable con ella. Jugaban damas chinas y platicaban durante horas; además Alfredo le enseñaba a jugar ajedrez. Pasaban horas compartiendo juntos. Así supo Alfredo que dolorosamente la familia de Lizbeth se había fragmentado; un hijo se había ido con un coyote hacia los Estados Unidos, otros dos estaban directamente involucrados en la guerra, y ella y su hermano menor de 12  años vivían con sus padres.

Lizbeth nunca había tenido novio. Pronto Alfredo notó que él le gustaba a Lizbeth, porque, con el pasar de las semanas, ella coqueteaba torpemente con él; pero también vio bellas cualidades en ella. Era sincera, sencilla, amistosa, amable e inteligente; y había en su piel algo que parecía hervir. Con el tiempo, Alfredo también se sintió atraído hacia ella. Una tarde en que estaba sola invitó a Alfredo a su casa y le declaró abiertamente su amor. Alfredo se sorprendió; pero también tomó la sartén por el mango. La llevó de la mano al dormitorio de ella y allí la besó, suavemente. La fogosidad de Lizbeth no retrasó lo inevitable y desde entonces, andaban viéndose secretamente en uno y otro lugar, como amantes. Alfredo, con los meses, se enamoró de ella.

Jaime Ibarra II , Austin Texas, Fotografia

Lizbeth le contaba cosas de su pueblo natal.

-La mejor manera de llegar allá es por el lado de Sensuntepeque; luego tomás la calle que va para Dolores (ciudad conocida también como La Puebla) después seguís hasta llegar al río Lempa. Te atravesás el río en lancha y a menos un kilómetro de allí está Nuevo Edén de San Juan. En la casa que tenemos allá, hay árboles de mangos y de jocotes de todo tipo. Teníamos bastante ganado; pero cuando se lo empezaron a robar e inició la guerra, mi papá lo vendió prácticamente todo. A mí me gustaba ordeñar las vacas…

El pequeño pueblo natal de Lizbeth estaba en cierta forma alejado del progreso. Los accesos eran terriblemente difíciles. De tal manera que a ese lugar casi nunca llegaba un periódico, excepto algunas veces en que algún vendedor de telas o frutas foráneo llevara alguno, o a veces al motorista del bus se le ocurría comprar uno; si éste era el caso, el periódico rodaba de casa en casa, entre las personas que sabían leer, porque había un buen porcentaje de analfabetismo. Había una Unidad de Salud en la cual casi nunca había médico, debido a lo extraviado del lugar, el pésimo servicio de buses y el sueldo miserable que se ofrecía. Muchas personas del lugar andaban cómodamente descalzas y los cerdos y otros animales, andaban libres por las calles, dejando por supuesto por todos lados sus fétidas gracias. En cuanto al servicio de agua, era notablemente deficiente. Sin embargo, con todo ese panorama de atraso en pleno siglo XX, la gente llevaba una vida tranquila y apacible. El tiempo caminaba lentamente y no se medía con relojes, sino con la salida y la puesta de sol. Tomando en cuenta que el río Lempa estaba casi a la orilla del pueblo, mucha gente se dedicaba a la pesca. Otras se dedicaban a la agricultura. Y muchos de ellos se dedicaban al negocio del ganado, unos más, otros menos.    Este   aislamiento   cultural  tenía también sus ventajas. La delincuencia era prácticamente nula. Cualquiera podía dejar, por ejemplo, olvidada su cartera en la acera de una calle y quien la encontrara se encargaba de  devolverla a su dueño. El famoso “estrés” de las grandes ciudades era una cosa desconocida en Nuevo Edén de San Juan. La gente se entretenía en sus trabajos y con los chismes de éste y de aquélla. En la época lluviosa era casi un milagro recorrer los caminos, llenos de lodo pesado y pegajoso. En la estación seca el calor era intenso, aun en las noches, y el viento soplaba un hálito caliente. Políticamente Nuevo Edén de San Juan pertenece al departamento de San Miguel; pero la gente viajaba principalmente a sus compras y transacciones comerciales hacia Sensuntepeque, del departamento de Cabañas, debido a su cercanía geográfica.

Lizbeth había iniciado con sacrificios sus estudios de bachillerato en Sensuntepeque, los cuales fueron interrumpidos tempranamente debido a la guerra. Pero ella a pesar de haber crecido con las fuertes costumbres de su pueblo, es decir, que la mujer debía aprender a hacer las tortillas, la comida y cuidar a los niños, siempre estuvo interesada en los estudios y su padre siempre la alentó a aprender todo lo que pudiera. Él  fue  quien decidió que no debía quedarse con los estudios de primaria y que Lizbeth debía continuar hacia adelante todo lo que se pudiera. No eran ricos; pero no tenían grandes problemas económicos. Los negocios de la familia marchaban bien.  Hasta que inició la guerra y empezaron las muertes de uno y otro bando. En los primeros años de la guerra civil, la carnicería fue brutal. Casi todas las familias, al recrudecer la guerra, tenían un difunto. Los cadáveres aparecían en los caminos, decapitados y con señales de tortura. Por las noches uno u otro ciudadano eran sacados de sus casas y asesinados, a veces frente a sus propias familias.

Así que la familia de Lizbeth dejó la mayoría de sus pertenencias y huyó de Nuevo Edén de San Juan. El pueblo casi siempre estuvo controlado militarmente por el FMLN; pero la familia de Lizbeth tenía, como ya dije, un hijo en cada bando, de tal manera que lo mejor que pudieron hacer fue irse.

Había una frescura en Lizbeth que Alfredo disfrutaba. Por ejemplo, Lizbeth nunca había entrado a una sala de cine, así que cuando Alfredo la llevó, en Santa Ana, a ver por primera vez una película, sus ojos negros relucieron de alegría, de novedad. La pantalla gigante, los sonidos a gran volumen, los colores, el ambiente oscuro con olor a palomitas de maíz. Era como entrar a otro mundo. Era olvidar por un momento, totalmente, la nostalgia de su casa dejada atrás, de sus amigas, de la seguridad de su infancia perdida de golpe. Escuchar hablar en inglés y leer los subtítulos. Todo era nuevo. De tal manera que se convirtió, junto a Alfredo, en una cinéfila. Se sabía de memoria las películas y el nombre de sus principales actores.

Otra cosa que Lizbeth compartió por primera vez con Alfredo fue el mar. “Sólo he leído de él; pero nunca lo he visto.”  Así que Alfredo arregló un día el viaje hacia el Puerto de La Libertad. Gracias a un primo Alfredo consiguió un vehículo apropiado y salieron en plena madrugada. El aire frío era exquisito. Mientras viajaban hablaban y reían. Para Lizbeth era, increíblemente, algo nuevo viajar a 90 kilómetros por hora en una calle de asfalto. La velocidad y el viento golpeaban agradablemente el corazón de Lizbeth.

Cuando por fin llegaron, Alfredo se estacionó muy cerca de la arena. Lizbeth se bajó deslumbrada al ver tanta agua junta, tan azul e interminable. Bellísima agua serena al fondo y olas sueltas y agresivas en la orilla. Alfredo con una sonrisa sincera no veía el mar, sino el rostro de Lizbeth. La tomó de la mano y la acercó a las olas. Lizbeth sintió algo de temor; pero la curiosidad era mayor.

-Esta es una experiencia que nunca voy a olvidar, Alfredo. Gracias. Algún día te tengo que llevar al río Lempa, justo a la orilla de mi pueblo. No es tan grande, por supuesto, como el mar; pero también es bellísimo. Él asintió y sonrió.

-¡Quitémonos los zapatos!  -gritó Alfredo.

Inmediatamente, corrieron por la orilla descalzos, jubilosos y gritando. Luego Lizbeth se detuvo repentinamente y besó apasionadamente en la boca a Alfredo.

Más tarde, caminaron recogiendo conchas de distintos colores y formas…

Escrito por

Óscar Perdomo León

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UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Segunda y última parte

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PRÓXIMO MARTES. No se pierdan el próximo martes la segunda (y última) parte de esta historia.

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Fotografía en blanco y negro extraída de La Prensa Gráfica.

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Fotografía a colores tomada por Jaime Ibarra II , de Austin Texas, y extraída del blog URIELARTE.

LA CANCIÓN II

Junto a la fuente seca

I

Emplazándome a una fiesta de silencio comunicativo con la mirada bordada de palabras, envolvés mis ojos, desatás mis manos, gritás el latente poema. Una caricia, esta noche, es una flauta. Un beso, un violín. Se ha abierto ya la puerta que querías. Pero nos detenemos En el umbral nos detenemos un poco, un poco más, haciendo la mejor melodía…

Desciendo la prenda interior, de vos, con cuidado, sin prisa, continúo con paciencia, nos amamos, sin bruscos movimientos empezamos… somos la canción, somos la canción… Somos la canción de la humana libertad. La canción en movimiento. La reivindicación de la verdad. Somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción… Fuimos… (hemos terminado el primer viaje de la noche). 

 

II 

Yo amo los cuartos oscuros donde los sonidos son la luz. Ahí donde mis escrutadoras pupilas verdes se dilatan vanamente por encontrar tus ojos oscuros, donde mis labios pueden ver tanto, donde mis manos observan tus piernas claramente y obtengo tu voz palpable y el tacto se nos vuelve palabra. Nuestros movimientos se sincronizan y los cuerpos pasan a ser dos libélulas volando unidas sobre una tenue humedad y sobre un estuario de sábanas blancas, floreadas… (Y me has contado luego que relámpagos de tu pensamiento vagan en rostros y habitaciones que de pequeña conociste; que te sentís niña escalando árboles…) Yo amo los cuartos oscuros donde nos desarrollamos sobre contracciones dinámicas y calores…

Texto y fotografía por

Óscar Perdomo León

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Relacionado:
LA CANCIÓN I

LA CANCIÓN

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LA CANCIÓN 

I

Quiero quedarme largas horas a solas con vos sin que nadie nos mire. Quiero que me digás palabras sensuales al oído, vocablos tuyos para mí que nadie habrá de escuchar.

Tenés la edad en que el goce de la piel es el vicio más sano que puede haber. Sos excitante y bella; tu cabello de obsidiana es suave y ondulado; tus brazos de vara y barro, como dos antiguas construcciones mayas se aferran a mi cuerpo en movimiento; tus manos son las manos más bellas del mundo; tus pezones, como dos pequeñas ciruelas rosadas, se hunden en mi paladar siempre que te tengo; el Monte de Venus arde rápido como el ocote cuando lo palpan mis dedos y, cuando toco más abajo, es el pie húmedo de un caracol lo que toco.

Tus extremidades inferiores son dos impresionantes pinos salvadoreños cuyas copas terminan uniéndose en millares de hojitas aciculadas y negras, ensortijadas, burbujeantes, formando el fragante triángulo que me gusta…

Amor: sos una mujer bonita y milenaria.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

LORENA

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Lorena se levantó, entró y salió con rapidez del baño, pensó vagamente en la noche que acababa de pasar y salió apresurada de su casa. Vio que los carros congestionados y los buses, más que todo, parecían una alfombra de humo gruesa, que los estudiantes se atropellaban entre sí corriendo a sus clases, que dos jóvenes enfermeras que esperaban bus reían sin razón, que las canasteras y los mecapaleros se movían ofuscados, y vio con asombro, además, como el silencio interno que usualmente la acompañaba, caía brutalmente asesinado a puñaladas por un pequeño monstruo nacido hace poco en su pecho, que le golpeaba internamente el tórax ventral sin descanso y como con odio.

Las calles húmedas por el aguacero de la madrugada empezaban a secarse por el calor de la mañana, se evaporaba la lluvia lentamente, bailando hacia el cielo un zigzag mojado sin color, en tanto un árbol de Cortez, que se sentía avergonzado sin su amarillo, pegó un suspiro quién sabe de qué, y las incontables paredes manchadas continuaban gritando injurias incansables, mientras un remolino de viento ralo se cruzaba por la veinticinco avenida y una lluvia de zanates caía sobre un árbol de fuego, erizándolo, y los ancianos tirados en la acera, recostados en las paredes del hospital Rosales, despiertos ya pero soñando aún con la gracia de Dios que nunca llega, se abrazaron a su soledad para no sentirse solos,  y  en  lo  alto  de un Amate  -lento temblor de hojas-   tres pajaritos celestes pregonaron sinceramente a Lorena un amanecer sin amanecer, un pozo al que falta mucho que excavársele para encontrar agua. La mañana, retorcida como pañal de trapeador y tendida en una pita del patio, había entrado ya en confianza con la ciudad.

Lorena se perdió entre la multitud acalorada y sintió un exasperante frío. Se detuvo en la parada de buses. Su rostro era casi sereno. “En un lugar pequeñísimo, visto desde el mapa-mundi, hace 26 años encontré un día la vida” , pensó Lorena. Cruzó los brazos, se recostó en un árbol vecino y siguió pensando:  “Un día escribí, hace dos años, un poema premonitor de esta pena, que hoy también es, de alguna manera, un consuelo. En esos versos dije, con otras palabras, que perdemos porciones de la memoria en el curso del tiempo, con lo cual me refería, en realidad al amor. (¿Podré no amarlo algún día?)”. Su rostro se marcó entonces con las arrugas de la frente.  Sacó un cigarrillo y lo encendió con aparente tranquilidad. Y, como si el humo fuera su boleto de viaje o algún artificio mágico, tomó vuelo mentalmente hasta su pueblito perdido y refundido en el país; recordó las calles empedradas y el parque solitario a las diez de la noche; recordó caras conocidas; pero principalmente la de sus amigas de infancia…  Las ideas entretejidas burbujeaban en su cabeza. Apretó con los dedos el filtro del cigarrillo y trató de volcar su mente en otra cosa.

-¡Mercado Central, simanes, hospitales, véngase atrás, véngase, véngase! -gritó de repente un cobrador de bus de aspecto sucio-  ¡Vaya, niños, pasaje!

Lorena absorta en sus ideas dejó pacientemente que toda la gente subiera al bus, quedándose de último, mientras daba el último sorbo profundo al cigarrillo. Dentro del móvil vio rostros comunes pero desconocidos. Percibió el mal aliento mezclado con perfumes y sudores. Escuchó voces ininteligibles y monótonas. Pensó nuevamente. El aire fresco del apretado viaje se le metía en los ojos; se colocó unos lentes oscuros y bajó del bus. No era la parada donde debió hacerlo, faltaban como cinco calles, así que caminó bruscamente. Siguió pensando.

Un hombre delgado con silencio en los ojos la esperaba en un cafetín, ni tan vacío ni tan lleno, de puertas de vidrio e impregnado de un olor a pan dulce. Lorena se acercó al cristal y lo buscó. Entró y caminó segura hacia él. Su novio (o mejor dicho, su ex novio), observó la cabellera abundante, las manos bellísimas, el rostro inconfundible. Ella lo vio. Sonrió, casi como una obligación. Se observaron a los ojos, pero él no pudo sostener la mirada ni un par de segundos. Había entre los dos fuerzas eléctricas invisibles golpeándoles el pecho, aunque por razones distintas; a él por la humillación de haber sido descubierto; a ella, por la desilusión y el dolor de saberse engañada. Se miraron nuevamente a los ojos y, como perdidos en un laberinto de asombro y de incomodidad titánica, enmudecieron un par de segundos  -profundos como huellas de una edad prehistórica-  y al sentirse extraños, metidos en ese trance, huyeron de él y volvieron al pasado más cercano. Él intentó atenuar la situación:

-Fueron dos años que no voy a olvidar nunca.

-No es necesario que hablés. Tus ojos me lo han dicho todo  -murmuró ella, y reconoció en sus labios el amor de antes. Y lo recordó con los ojos callado; pero gritando con su risa inconfundible. Y sintió, por primera vez con tanto ardor, en todo su ruidoso pecho y en toda su extensión, como el derrumbe de las horas (que eran como meses) de soledad amodorrada, de las horas caídas unas sobre otras como capas de suelo sin erosionar, pero inmensamente pesado, se derrumbaban sobre ella.

Sus ojos, sin embargo, estaban serenos…

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

ALGUNOS RECUERDOS DE NIÑEZ. LA FELICIDAD (tercera parte)

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LA FELICIDAD

Cuando era niño, nunca relacioné la felicidad con las comodidades de un hogar ni, como lo suelen hacer muchas personas, con el dinero.

Para mí la felicidad consistía en correr libremente, saltar, trepar árboles, cantar…

Sólo era un niño, una edad, una época. Yo era entonces sólo la simplicidad de ser.

No importaban en lo absoluto las apariencias o la lucha interminable por tratar de sobrevivir el día a día, como pasa en el mundo de los adultos.  En la niñez, las cosas simples como el sabor de una fruta en la boca o acostarse boca arriba en la grama del parque para mirar las formas de las nubes, era en realidad la felicidad.

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Junto a Mario, mi hermano menor.

La felicidad era tener a mi hermano Mario junto a mí,  siempre listo para jugar conmigo. La felicidad era mirar a mi hermana Wendy intentando dar los primeros pasos cuando cumplió un año de edad. La felicidad era mirar a mi mamá tranquila, sentaba en una mecedora leyendo un libro. La felicidad era que mi papá me llevara a Ahuachapán sólo para invitarme a una hamburguesa en «El Parador». La felicidad era pegarle con ganas a una piñata.

La felicidad era tener papá y mamá.

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La felicidad era deslizarnos en patines. Arriba y abajo: mi hermano Mario.

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¿Podemos ser un poco felices hoy que somos adultos? ¿Cómo encontrar la felicidad?

Bueno, tener la felicidad para siempre es imposible, porque en verdad es sólo un estado emocional que, como todo en el universo, cambia a cada momento. Podemos quizás aspirar a una cierta serenidad.

Pero creo que, aunque el ser adulto es otra etapa en que hay nuevos intereses y responsabilidades, un buen consejo para ser feliz  sería mirar de vez en cuando hacia nuestra niñez y aprender de ella.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Tengo otros recuerdos de niñez, pero algunos incluyen ya la etapa de adolescencia, período que visto desde esta distancia en el tiempo, me parece una segunda niñez.

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A veces salíamos al campo, lo cual era para nosotros muy divertido. Aquí estoy con mis amigos Carlos Romero y Wil Escobar.

I

Nunca había andado a caballo hasta una tarde en que me invitaron a comer en una hacienda; ahí tenían un caballo y me lo prestaron, y pude experimentar lo que se siente cabalgar. Montar a caballo me dio una sensación de libertad, pero también un poco de miedo, cuando el caballo corría. Pero cuando el caballo trotaba me llegué a sentir uno con el animal. Esa experiencia placentera la repetí varias veces, en días diferentes.

Muchos años después, en el año 2001, cuando fui director de la Unidad de Salud de Nuevo Edén de San Juan, volví a subir en varias ocasiones en un caballo, por razones de trabajo. Recorrí varios cantones, como el Cucurucho, San Sebastián, Los Laureles y Montecillos, montando «a puro pelo».

Y otra vez, trotar, sentir el viento en la cara y experimentar la libertad en el corazón.

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En esta foto probablemente tendría yo unos 15 ó 16 años de edad.

II

Recuerdo con mucho cariño a Papá Julio, quien estaba casado con mi tía Telma, hermana de mi mamá; y aunque era mi tío político, muchos sobrinos le decíamos papá Julio. Lo recuerdo siempre vestido para ir a sus fincas, con su pantalón caqui y su sombrero; era un hombre risueño, que siempre tenía un jocote en la bolsa de la camisa para ofrecérselo a uno.

Cuando regresaba por las tardes de alguna de sus fincas, a veces pasaba por nuestra casa y nos regalaba todo un racimo completo de guineos.

También a veces nos invitaba a ir con él de paseo. Para mí esos eran momentos bonitos porque iban sus hijos, es decir, mis primos Julio, Lupi, Mari, Violeta y Rosi, y mis dos hermanos Wendy y Mario, así que nos divertíamos mucho. También a veces iban mis primas Mirita y Susan.

Hay recuerdos que quedan para siempre y no conocen el olvido, como cuando uno escucha una canción por primera vez y le gusta mucho. En una de esas ocasiones en que salimos a pasear, recuerdo que mi primo Julio había puesto, justo un momento antes de salir, una canción de Paul Anka, que siempre relaciono con la foto que está abajo.

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Mi querida hermana Wendy y yo, en el río Agua Caliente, jurisdicción de Atiquizaya, departamento de Ahuachapán.

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Wendy y yo, como 33 años después.

III

Entre las memorias divertidas que resuenan en mi cabeza está la de la vez que, para un concurso de disfraces, mi amigo Wil y yo participamos como «hippies». Creo recordar que mi prima Lupi nos ayudó con algunas de las prendas que usamos. Si mal no recuerdo nos ganamos el segundo lugar.

Con el pasar de los años, aunque Wil vive en los Estados Unidos de América y yo en El Salvador, hemos conservado una amistad fuerte y sincera.

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A mi derecha Wilfredo Escobar. Al fondo, casi sobre mi brazo, se alcanza a ver a otro de los concursantes, disfrazado de vampiro; era un paisano de Atiquizaya: Garrido.

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Wil y yo,  33 años después.

IV

La guitarra (y a veces el bajo eléctrico) me ha acompañado en muchos momentos de mi vida; por ejemplo en los cumpleaños, en fiestas de amigos, en momentos de soledad, algunas veces en escenarios y en otras, la guitarra ha hecho que yo me codee con la escurridiza creatividad musical.

Aunque sólo soy un guitarrista aficionado, siento que la guitarra es una parte de mi ser. Hace unas semanas, por ejemplo, estuve grabando con teclado y guitarra «Como la cigarra», una canción original de María Elena Walsh. Y al hacerlo, cada nota que tocaba en el teclado, me la tenía que imaginar siempre en la guitarra, no podía evitarlo.           🙂

Y aún amándola tanto, digo, a la guitarra, pase varios años alejado de ella. Podría culpar  de ello a la celosa Medicina; pero para ser honesto, hubo en mí cierto descuido en no haber estado cerca de una guitarra durante ese tiempo.

Ese tiempo fue un período gris y nostálgico. Recuerdo que los años que pasé sin guitarra, me venía a la memoria de vez en cuando un fragmento de un poema de Atahualpa Yupanqui:

«… y sin plata me quedé.
Vendí mis lindas alforjas, ¡ mi guitarra la vendí !
En mi pobreza -¡ ay de mí !- me hubiera gustado guardarla.
Tanto me ha costado comprarla, pero en fín, todo perdí.
¿Vigüela, dónde andarás? ¿Qué manos te están tocando?
Noches enteras pensando…
Siquiera como consuelo
que sea un canto de este suelo
lo que te están arrancando.»

 

Pero eso, para mi fortuna, cambió un día en que mi amigo Salvador Huiza me regaló una guitarra. Fue un gesto de amistad que no voy a olvidar nunca.

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Mi hija Laura mira como su amiga Gloria parte el pastel. Esta foto probablemente es de 1998.

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Mes de junio de 2014. Cumpleaños de mi hermano Mario, de mi mamá y de mi sobrino Carlitos.

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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SIN DECIR ADIÓS. Música

«Sin decir adiós» es una canción que escribí pensando en mi padre Óscar Alfredo Perdomo Escobar. Este día es oportuno compartirla con ustedes.

SIN DECIR ADIÓS

Música y letra:
Óscar Perdomo León.
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Arecio De León:
teclados, guitarra acústica y segunda voz baja en el estribillo.
Óscar Perdomo León:
guitarra acústica, bajo eléctrico, primera voz y segunda voz alta.
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(Grabación casera)

Para quienes no puedan ver el video aquí en mi blog, den un clic al siguiente enlace: SIN DECIR ADIÓS. Óscar Perdomo León.

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© Sin decir adiós. Óscar Perdomo León.
El Salvador, América Central.
Mayo de 2014.

VOS

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VOS 

Vos,

flor de algodón -encaje blanco-,

fresa de la montaña -olor de transparente laguna-,

pasto fresco donde mis manos de insecto aprenden a caminar.

Vos,

libro interminable, vino fuerte que no invita al estupor,

paloma volando con el canto sensual en las manos.

Vos,

tierna y morena, dura y rebelde,

forjadora del amor,

telar de caricias y colores,

vos,

la más hermosa,

caminás con la luz en mi pecho. 

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Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León