PARAÍSO

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Las imágenes reventaron con luces de colores y sonidos gratamente estridentes, como suaves petardos… Y yo flotaba entre hiedras flotantes y flores aromáticas, en un paraíso soñado. Cuando puse por fin mis pies, delicadamente, sobre el suelo, me di cuenta que caminaba sobre una espuma suave y verde de plantas exóticas. Aspiré el aire puro y sonreí. Si la felicidad es una paz que te hace sentir completo, yo estaba completo. Era mi corazón y yo con la expresión de entera satisfacción. Sigue leyendo «PARAÍSO»

HELIOS

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Esa estrella gigante,

llena de vida y energía,

nos da la ocasión

cada mañana,

de perdonar y olvidar a quien nos hiere,

de escuchar la más bella música

o de hacer un favor a alguien…

Nos da el poder

de mirar con ojos profundos

nuestros propios defectos.

 

.

Para los Mayas

y otros pueblos antiguos,

esta luz tibia que viene de muy lejos

fue un dios:

Horus, Utu, Helios, Inti,

Xué, Tonatiuh, Magec…

.

Era el sol

la germinación de la existencia,

el padre de todo ser vivo. Sigue leyendo «HELIOS»

ARENA DE MAR

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Es una casa de animalitos marinos

y es el destino de mis sueños piratas.

Su inmensidad es abrumadora

y sin embargo,

esta arena que no supera

a los miles de millones de estrellas

del universo,

colma mis ansias

de turista desvelado,

que acude al mar

como en busca de una respuesta.

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Arena salada,

dispersa y viajera,

infinita para mis ojos

provincianos,

entendé que la gran ciudad de estrellas

en el cielo

mira con alucinantes ojos

nuestros pasos.

 

Ellas,

las estrellas,

entienden nuestra

pequeñez. Sigue leyendo «ARENA DE MAR»

EL RÍO SAN LORENZO

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El río San Lorenzo, que está en el departamento de Ahuachapán, y que hace frontera entre El Salvador y Guatemala, está aproximadamente a 96 km de San Salvador.

Recuerdo con cariño ese río porque cuando era niño tuve ahí mi primer intento de aprender a nadar. Tendría yo quizás unos 5 años de edad y habíamos ido con toda mi familia. Tal vez no adquirí ahí todas las habilidades natatorias, pero sí aprendí a flotar, que es algo básico.

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Del lado donde está el niño de camisa anaranjada es El Salvador. Los vehículos vienen de Guatemala y cruzan en la parte del río donde la abundancia de agua es menor.

Sigue leyendo «EL RÍO SAN LORENZO»

UN NUEVO CAMINO. Música. Video

Un nuevo camino, foto por Eunice Echeverría

Hace unos pocos días llegué a la casa de mi amigo Arecio y empezamos a tocar un par de cosas, él en los teclados y yo en el bajo eléctrico. Me mostró unos acordes y frente a mí empezó a crear una melodía. Luego llamó a René, un joven que toca trompeta. Y un par de días después llamó a Óscar Hernández, que se nos unió en la batería. Todo ocurrió muy rápido e intensamente. Lo que salió de esos ensayos se llama “Un nuevo camino”.

El jazz es un género musical que se caracteriza por la improvisación, lo cual da cierta libertad al músico de expresar espontáneamente algunas ideas musicales; pero también es un reto impresionante. Sigue leyendo «UN NUEVO CAMINO. Música. Video»

YA NO ME ASUSTA LA OSCURIDAD

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Escuchar la lluvia,

sentir su rumor constante,

percibir su humedad como algo muy cercano,

como algo demasiado adyacente

a mis labios

y a mis huesos…

 

Y al abrir los ojos,

saber con certeza que esa lluvia

no es más que un susurro

atormentado

en las paredes

de mi pecho.

 

Entender que la oscuridad

ya no me asusta,

porque yo mismo

me he convertido

en noche

tensa y desplegada.

 

Es que ya soy

penumbra que transita las habitaciones

vacías,

soy la sombra tenebrosa que,

ciega y amputada,

deambula disipada,

en la madrugada más fría. Sigue leyendo «YA NO ME ASUSTA LA OSCURIDAD»

UN PÁJARO

Collage UN PÁJARO

Él sintió que los años

se habían ido en un respiro.

.

¡Tantos cosas,

tantos pequeños detalles!

.

Se dio cuenta que había perdido

los ojos más bellos, pero también los más crueles;

los labios más dulces, pero también los más ficticios;

el diamante inverosímil,

la joya más preciosa.

.

(Así son las diosas:

altivas y celosas,

bondadosas y sanguinarias,

llenas de amor,

pero también de rencores,

sin piedad

desde la médula…)

.

Y miró él

otra vez los años idos.

Todas las risas, los abrazos, las tiernas miradas, la lujuria compartida…

Todos esos años arrancados de un tirón y lanzados al olvido.

Todo el dolor cubriendo la alegría como una penumbra mordaz y terrible.

.

Un eco sonaba en su cabeza:

«Los años idos, los años idos…»

.

De pronto un pájaro cantó en la lejanía

y algo despertó dentro de sí

como una secular

epifanía.

.

Los años habían pasado, sí, pero comprendió que la vida

aún latía,

débil y golpeada, es cierto,

pero aún hervía,

con una ferocidad

y una nobleza

admirables,

en lo más recóndito

(y brillante)

del corazón.

.

Aspiró profundo,

levantó la mirada

y el horizonte

se abrió

prodigioso.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

Fotografías cortesía de H. H. B.

***

ES UNA LEY

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El amor,
me refiero al amor verdadero,
no a la falsa copia
que portan muchos,
el amor, ese amor del que les hablo,
es una llama
que no se apaga,
es un grito
en el corazón
con un eco eterno,
una ternura que lo perdona todo,
una raíz inextraíble,
fuerte y poderosa
que bebe de las aguas profundas
de la empatía
y la sinceridad.

El amor es una ley del universo
que no fue tomada en cuenta
por la cosmología.
El amor está en mi pecho
como un latido inextinguible
y ningún agujero negro
podrá consumirlo
en sus bestiales entrañas.
Viviré luchando.
Me moriré luchando.

Y cuando muera,
ese amor, por fin, se irá conmigo,
mas renacerá en el recuerdo
y en el pecho
de alguien más,
inacabable,
hereditario,
genético
y verbal.

El amor…
ese amor del que les hablo…

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

TODO Y NADA

La luna gira hermosa y misteriosa. Fotografía tomada por Óscar Perdomo León

Mirar pasar el tiempo

y saber que un desconocido

día

cerraré los ojos

para unirme

a la energía inmortal.

Ser el alimento

de una planta o un gusano,

ser entonces ya una parte simple

del universo.

Cantar un verso

y hacerte mía

aunque sea un último día

en un mundo inverso.

¿Qué es la felicidad?

Es escribir la letra

de una canción

honesta

que toque tus entrañas

y que muestre

tu rostro

como en un espejo.

El tiempo

sigue corriendo

y la incertidumbre

está

a la vuelta de la esquina.

Pero hay algo que es seguro:

el mundo seguirá

aun cuando mis huesos

hayan desaparecido.

Los siglos pasarán.

Las montañas morirán

y otras nacerán.

Mas el poema

de la energía universal

seguirá generando vida

en éste

o en otro planeta.

Todo y nada.

Nada es para siempre,

todo cambia, todo cambia…

Los ríos fluyen hacia el mar

y la luna gira

hermosa y misteriosa

esta noche

en mi pupila.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

Fotografía tomada por
Óscar Perdomo León

ÉRAMOS TRES EN LA MÚSICA

Collage ÉRAMOS TRES

Si pudiera darle un comienzo a esta historia, podría decir que en realidad todo se originó en el año de 1964, período en que nacimos Virgilio, Miguel y yo.

Para entonces Santa Ana, la ciudad en donde nací, era una urbe interesante y viva, colmada de movimientos culturales y sociales, así como también el lugar donde ocurrían las cosas triviales de un pueblito. Déjenme explicarlo mejor, Santa Ana era  –y quizás todavía lo es- la dicotomía desnuda, la realidad cruda e inocente: ahí ocurrían los eventos culturales grandes, como los que acontecían en San Salvador (la ciudad capital), pero de la misma forma se podían vivir los más frívolos, sencillos y deliciosos placeres cotidianos.

Su desarrollo comercial era fuerte y era también el principal de toda la zona occidental de El Salvador. Los habitantes de Ahuachapán, Atiquizaya, Chalchuapa y Turín, por mencionar algunos, veían en Santa Ana la ciudad del progreso, el lugar donde hacer buenos negocios o poner a sus hijos a estudiar, la urbe más parecida a San Salvador, sin llegar a ser asfixiante y acelerada como la capital.

En esa morena cuna santaneca, inmersos entre vientos de cambio y de tradición, nos desarrollamos Miguel, Virgilio y yo, en ese sitio lleno de fuertes costumbres y de novedades que se iban abriendo paso y camino, en un país que soñaba en grande, en un El Salvador pujante de ganas por emerger de la pobreza, pero que en su mismo deseo tenía también, según lo creo yo, clavado el germen del mal, del egoísmo y de la falta de verdadero patriotismo: un país entregado y devorado por las transnacionales y obedeciendo al pie de la letra las órdenes del imperio estadounidense. Un país sin una real independencia, amargado en sus entrañas por la pobreza de la mayoría de sus habitantes, con sus colonias y barrios nutridos por gente paupérrima, que había venido del campo para tratar de sobrevivir en la ciudad. ¡Las migraciones internas de la pobreza!

No todo era desesperanzador. Había también una clase media incipiente, que irrumpía con fuerza y ganando cierto poder adquisitivo, conformada especialmente por profesionales como abogados y médicos, comerciantes y empresarios, que buscaban sobresalir y elevarse a otro peldaño más de la escala social.

Pero la Historia tiene muchas caras y muchos paisajes. Las vertientes de la soledad, de las manchas de la opresión y de la falta de libertad de expresión, inundaban asimismo las calles de ese El Salvador de los años ´60, que hoy parece tan lejano en el tiempo, pero tan cercano en su médula, en sus profundidades colmadas de injusticia social. Al verlo con hondura, El Salvador de aquellos días era con certeza un verdadero caldo de cultivo de la guerra civil que explotaría a principios de los ´80 del siglo pasado.

Sin embargo, Virgilio, Miguel y yo estábamos en una realidad más benévola. Nuestros padres, todos de clase media, nos podían dar lo básico para vivir y desarrollarnos, para disfrutar incluso de ciertas diversiones que ni en sueños podían alcanzar los habitantes de los barrios marginales.

El destino, que puede ser una brisa o una tormenta caprichosa, quiso además que, en aquella ciudad que nos había abrigado como una madre, habitáramos muy cerca los unos de los otros, así que el mismo barrio y las mismas calles de asfalto nos vieron crecer. Desde niños habíamos andado de un lado para otro en los juegos de infantes mocosos. Y así, habíamos recorrido juntos el paso de la infancia a la adolescencia y habíamos seguido juntos el camino de esa flor de la vida: la adultez.

De los tres, sólo Miguel no había nacido en Santa Ana; sino en México, pero a los tres años de edad sus padres (madre mexicana, padre salvadoreño)  se vinieron a El Salvador y se establecieron en «La Ciudad Morena». Los otros dos, Virgilio y yo, habíamos nacido en el mismo hospital, el mismo año y casi a la misma hora, aunque en fechas diferentes.

Había también muchas diferencias entre nosotros. Miguel, por ejemplo, era un madrugador inclemente: amaba los amaneceres y el rocío fresco de la mañana. Yo, en cambio, funcionaba mejor al atardecer y por las noches; era básicamente un noctámbulo que debía trabajar por necesidad por las mañanas; pero sólo me desperezaba de verdad cuando la tarde iba tomando forma, cuando el sol iba buscando el horizonte y la luna empezaba a abrir los ojos. Virgilio, por su lado, era otro noctívago insaciable, pero por razones diferentes; le gustaba la noche porque le brindaba las cosas y las personas que el día no le daba; la noche y la madrugada eran sus amantes, sus doncellas desvirgadas que le ofrecían los placeres de vivir… Eso sí, por las mañanas tenía la cara con las ojeras tan grandes y profundas como si no hubiera dormido en días. Y seguramente que así había sido, porque Virgilio vivía para desvelarse bailando en algún antro con alguna mujer de baja reputación o para trabajar tocando toda la madrugada el bajo eléctrico, su instrumento musical del alma. Sin embargo, esa gran diferencia de percepción de tiempo y horarios entre nosotros, no nos causó nunca ningún problema de unión y amistad.

Miguel tenía cierto encanto: sonrisa fácil y amplia que dejaba ver sus encías; sus modales de un «gentleman inglés» los usaba en especial con las mujeres y la gente mayor. Uno de sus placeres más grandes era cocinar, para lo cual tenía mucho talento. Su conejo con mole y marinado con cerveza, era una verdadera delicia.

Virgilio, por su lado, era alto y delgado; tenía los dientes amarillos de tanto fumar y estigmas grises entre los dedos -índice y medio- (de tanto sujetar los cigarrillos); su presencia siempre traía consigo el olor del tabaco. Virgilio tenía algunas armas que lo defendían de todo: su tenacidad, su manera tan positiva de ver la vida, su amplia sonrisa y su gran sentido del humor. Era “el intelectual”, según pensábamos los otros dos, porque componía mucha más música que nosotros y escribía poemas a granel. Aunque en realidad, referido a la escritura, lo que más le gustaba era escribir novelas, de las cuales tenía ya un par inéditas y otra en estado embrionario.

Como también fuimos compañeros de colegio, de equipos de fútbol y de baloncesto, de juegos y de complicidades, siempre nos mantuvimos desde el principio muy unidos. Si echáramos un vistazo en ese punto exacto de nuestro pasado, nos veríamos delgaduchos y soñadores, vivaces y traviesos, equipados de una gran energía para la vida.

Además teníamos en común nuestro gran amor compartido por la música. Así que cuando llegamos a la adolescencia temprana empezamos, juntos también, a tratar de tocar instrumentos musicales, tropezando con cada nota, buscando la melodía exacta, luchando con cada acorde y adivinando armonías; pero eso sí, sin dejarnos amedrentar por el reto artístico.

¡Ah, la música, la música! Esa diosa entregada y promiscua que nos hechizó desde el principio con su belleza y su misterio. Vivíamos para mirarla, para olerla, para escucharla, para lamerla de pies a cabeza y dejarnos seducir por sus movimientos cadenciosos y las palabras eróticas que susurraba a nuestros oídos… vivíamos para seguirla a donde fuera, hasta el fin del mundo si llegara a ser necesario. La música era verdaderamente nuestra diosa amable, la caprichosa y vanidosa, hermosa como una fresca flor bañada de rocío que liberaba con audacia todos nuestros sentidos; pero era también absorbente y suspicaz, como una mujer ahogada en celos.

 Cuando teníamos como 12 ó 13 años de edad formamos un trío melodioso que se llamaba «Los puntos azules». De los tres, Virgilio era el que tenía más sentido musical, más intuición para alcanzar el ritmo, para componer, para manosear la armonía y la melodía, «más oído», pues, como se dice en la jerga musical. Miguel y yo nos esforzábamos por colocarnos al nivel de Virgilio o al menos para no quedarnos tan atrás de él. Virgilio era entonces, como es lógico, el líder del grupo. Él tocaba el bajo, Miguel la batería y yo la guitarra. Los tres cantábamos; pero era Virgilio el que tenía la voz más sonora e interesante. Yo, sin embargo, con la influencia positiva de mi padrastro Jorge    -¡un músico grandioso!- con el tiempo había ido adquiriendo una habilidad casi prodigiosa para la ejecución de la guitarra; Jorge decía que yo era «rápido, limpio e ingenioso para tocar». (Durante algún tiempo me lo creí firmemente, pero yo sé que no era una verdad al cien por ciento.) Miguel no era el típico aporreador de tambores, sino que tenía sensibilidad y delicadeza para tocar, tenía algo que muy pocos bateros tienen: intuición, esa sabiduría inexplicable de saber cuándo y con qué intensidad dar el golpe correcto al plato o al redoblante.

Los tres componíamos sencillas canciones que después pasaban por las manos de los otros, las cuales sufrían entonces agregados de notas, acordes o palabras, o por el contario se les restaban; pero era un hermoso trabajo de equipo que estaba lleno de entusiasmo y de sueños.

Si tomamos en cuenta la poderosa influencia cultural y económica de parte de los Estados Unidos de América, de Inglaterra, o de los otros países occidentales desarrollados sobre Latinoamérica, no es ninguna sorpresa, pues, encontrar que Miguel, Virgilio y yo estábamos influenciados por los ritmos del rock y del pop anglosajón de los años ´60 y ´70, acompañado todo de pantalones acampanados y cabellos largos.

En el año 1977 nosotros éramos unos adolescentes y aunque Los Beatles ya se habían separado, para nosotros ellos seguían unidos y queríamos –aunque nosotros sólo éramos tres- ser como John, Paul, George y Ringo. O queríamos ser quizás como Queen o como Yes. Queríamos tener muchas canciones originales para grabar en discos de vinilo de larga duración y que en el lado A y en el lado B estuviera escrito «Los puntos azules», con grandes letras casi –casi- psicodélicas (para no parecer fuera de moda). Y el nombre de cada canción estaría en letras claras de molde, y junto a ellas, entre paréntesis, el nombre de su respectivo compositor. Ahí diría, por ejemplo, «Un día diferente» (Julio “el Conde” González Blanco), «Bajo tu sombra» (Miguel Salazar), «María me ama» (Virgilio “el chele” Marón Menéndez)… y así sucesivamente. Y la portada del disco no se quedaría atrás, sería algo maravilloso, con una fotografía en donde aparecerían al atardecer los tres jóvenes sentados a la orilla de un río, resaltando intensamente sus siluetas casi como sombras en sepia ante un fondo a todo color, entre los tonos del crepúsculo; meditativos, serenos y guapos, mirando con profundidad el ocaso… los tres músicos compositores e intérpretes brillarían en el firmamento del espectáculo y la fama…

Todo lo teníamos planeado. En nuestros sueños despiertos podíamos ver eso y más allá…

Para lograrlo ensayábamos casi todos los días y a toda hora. Algunos vecinos estaban hartos de nuestra ruidosa música, que a veces distorsionaba más por la mala calidad del equipo de sonido que teníamos, que por la intencionalidad de darle ese sonido de distorsión roquera a la guitarra. Nos reuníamos casi siempre en la casa de Virgilio, porque era una vivienda grande, como muchas casas de pueblo –y Santa Ana, aunque era una gran ciudad, era también, de alguna manera, un «gran pueblón»-; la casa tenía además una habitación amplia dedicada exclusivamente para tocar y cantar, que era nuestro refugio, nuestro santuario musical, al cual habíamos apodado «La Caverna», en homenaje al club nocturno en donde fueron descubiertos los Cuatro Fabulosos de Liverpool. Allí escuchábamos mucha música, como es comprensible, porque un músico que no oye música es como un catador de café que no toma cafeína.

En «La Caverna» había una vieja radiola grande de madera, con dos bafles laterales sonoros y por encima tenía una tapadera finamente barnizada. En ese antiguo aparato escuchábamos los discos de 45 rpm y los de 33. Recuerdo que nos arrojábamos sobre el suelo alfombrado o sobre un viejo sofá de color café oscuro que estaba junto a la radiola y nos quedábamos largas horas y horas escuchando los más diversos ritmos y armonías de la música occidental.

Aunque la mayoría de adolescentes tienden a ser rebeldes y cerrados de la mente, aferrados sólo a un solo gusto musical o a un tipo de comida, por ejemplo, nosotros, aunque no dejábamos de serlo un poco, teníamos un criterio más amplio en cuanto a la música; pero esa actitud no era del todo casual, sino más bien gracias a la influencia de mi padrastro Jorge, quien nos visitaba regularmente a «La Caverna»; su experiencia musical era grande, era un viejo músico de Conservatorio (que había estudiado en México y Cuba) y gran coleccionista de discos, que todo el tiempo nos estaba alimentando con «nuevos descubrimientos» de la música, que bien podían ser artistas de la década de 1940 a 1950 ó los últimos discos salidos al mercado en las décadas de los ´60 ó ´70; pero para nosotros eran, los unos y los otros, tan novedosos, tan elaborados sus cantos y sus arreglos, que nos quedábamos hipnotizados oyendo la música y escuchando al mismo tiempo las anécdotas que Jorge nos contaba sobre tal o cual grupo musical, palabras que enriquecían y complementaban los sonidos que salían del viejo aparato de sonido. Esos días de entrenamiento musical y de aprendices de catadores melómanos, fueron como la gloria y el paraíso para nosotros. Por eso mismo, aunque el rock-pop nos emocionaba mucho, en ocasiones escuchábamos a los tríos que tocaban esos boleros ya inmortales, como los que cantaban Los Tres Reyes, Los Tres Ases, Los Panchos, Los Tres Diamantes o Los Hermanos Cárcamo. (Estos últimos cantaban una canción que todavía me roba el corazón: «Coatepeque», con una letra y una melodía que se compaginaban a la perfección.) Por otro lado, había períodos en que la música que nos atrapaba era la de los grandes clásicos europeos, como Mozart o Beethoven. Así, el Concierto para Piano en La Mayor o la Novena Sinfonía eran obras que a menudo sonaban en la anticuada radiola y en nuestros oídos, junto al ruido aquel como de papel de aluminio estrujado que emitían los viejos discos de vinilo gastados. Un tema que necesitaría un capítulo aparte es cuando Jorge nos introdujo al mundo del jazz; fue como una medicina dura de tragar, pero cuando al fin lo entendimos en su esencia, en su diversidad, en su grandeza, en su bella complejidad, escucharlo fue como comer un postre delicioso cada día. Conocer el jazz fue la mejor herencia que alguien pudo haberme dado alguna vez.

Por razones políticas y de consciencia, y en plena guerra civil (en 1984), desistimos de tocar por un tiempo pop-rock y nos enfrascamos en formar un grupo musical con aires folklóricos, tratando de encontrar, a través de la música, nuestra identidad como salvadoreños. Investigamos sobre las melodías y las armonías que se tocaba durante las fiestas patronales en Panchimalco y en Sonsonate, cunas de grupos indígenas que aún conservaban algo de la cultura milenaria prehispánica. No queríamos  –y de eso estábamos bien seguros- seguir los pasos de otros grupos musicales populares que se desarrollaban en esa época, con una influencia sudamericana más que clara, con zampoñas y charangos, y vestidos con largos ponchos coloridos. Nosotros pretendíamos encontrar un sonido que estuviera más cercano a la región centroamericana, por eso nuestros instrumentos musicales cambiaron radicalmente: abandonamos la batería, la guitarra eléctrica y el bajo eléctrico y empezamos a usar la chirimía (muy tocada en Guatemala), el caparazón de tortuga, la marimba, la guitarra acústica, el contrabajo, la caramba, la concertina y el violín (pero tocado con ese sonido llorón y un poco carrasposo como lo tocan los músicos del campo). Le pusimos nombre a nuestro nuevo grupo y escogimos, por su sonoridad, el de uno de los tantos cantones de El Salvador: Izcaquilío. También las letras de nuestras canciones empezaron a rosar la denuncia social, pero sin ser panfletarias, tratando de acercarnos más a lo artístico, a lo poético. Llegamos a tener un repertorio musical de unas 40 canciones, en donde el 95 % era totalmente original en letra y música, y el otro 5 % estaba formado por temas como El Torito Pinto y otros. (Recuerdo que en esos días yo escribí un poema en cuartetos endecasílabos basado en el cuento «El Negro», de Salarrué y lo musicalizamos.) Se nos unieron otros músicos, como por ejemplo Gabriel, que era un estudioso de la cultura indígena y un experto tocador de la caramba. Otro músico que se agregó al grupo fue Juan, que cantaba muy bien y tocaba la guitarra y la concertina. Con ellos nos presentamos en incontables conciertos organizados dentro de la Universidad Nacional y en otros foros heterogéneos, junto a otros grupos musicales con tendencia izquierdista. También tocamos en otros países centroamericanos y en Estados Unidos. Ese período nos duró sólo un par de años. Con los estudios universitarios, el tiempo que teníamos para nuestras reuniones musicales se fue reduciendo poco a poco.

Pero yéndonos un poco más a nuestro pasado musical, es interesante, por ejemplo, entender la manera en que yo veía la música cuando era un infante. Y es que para entonces todo era más simple para mí, sólo imaginaba lo que quería ser o lo que deseaba que el mundo fuera y, por arte de magia, todo se convertía al instante en algo así como un cuento de hadas y un mundo de fantasías. Sin embargo yo, no rescataba princesas vigiladas por dragones ni intentaba deshacer hechizos con un beso. Mi mundo de ilusión era el de los túneles en la tierra, el de correr desaforadamente por la calle, el de viajar hacia la luna… y, principalmente, me gustaba jugar de tocar el piano y la guitarra. No tenía piano entonces, ni me interesó aprender a tocarlo ya siendo mayor, pero en mis juegos de niño un sofá estaba lleno de teclas blancas y negras, y bastaba con que sonara al fondo una cinta con la música instrumental de teclado y ya era yo un pianista consagrado; mi imaginación volaba y volaba sin límites. Con el pasar de los años, el piano llegó a ser para mí, si se quiere decir de alguna manera, un elegante caballero perfumado y bien vestido, pero alejado de mi mundo interno. La guitarra, por el contrario, era la mujer hermosa y amiga, la bella antojadiza, la jactanciosa que todo lo quiere, pero también que todo lo da. La guitarra me estremecía de retos sonoros y me acompañaba en tantas y tantas aventuras. Con caricias suaves en su cintura, en su mástil y en sus cuerdas, la iba enamorando y domando poco a poco…

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

Fotografías por
Óscar Perdomo León

***

ALEJANDRO, ELENA Y EL TERREMOTO DE 1986

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El tiempo, nuestro aliado y nuestro enemigo. El tiempo, ese vacío que está tan lleno de todo, que puede parecernos lento algunas veces y apresurado en otras ocasiones. Ése que parece no tener principio ni fin, y que han tratado de explicar la religión y la ciencia. El tiempo… El tiempo que cura todo dolor y nos ofrece también alegrías. Y en todo momento la memoria trata de guardar en sus archivos el tiempo. Y éste, vanidoso y omnipotente, se nos escapa y engrandece y se nos hace imposible embotellarlo.

Alejandro tenía algunas heridas y cicatrices, por aquí y por allá, arriba y abajo del alma y en un costado de su corazón. La muerte lo perseguía por dondequiera que él iba. Por ejemplo, la muerte de Elena, en 1986.

Alejandro estuvo perdidamente enamorado de Elena, una vecina de su casa en Santa Ana, que había llegado huyendo de la guerra y que se encontraba, al igual que Alejandro, estudiando en la universidad. Era una muchacha de lindo cabello oscuro, piel morena, mirada penetrante y con una sonrisa que mostraba las encías encantadoramente. Tenían ya 4 años de noviazgo y una tarde de octubre de 1986, Alejandro viajaba en bus desde Santa Ana hacia San Salvador. Al llegar a la capital, se dio  cuenta de que algo malo había pasado. La gente corría despavorida de un lado para otro. Había un terrible congestionamiento vehicular. Las casas parecían que habían sido golpeadas por almáganas gigantes. Un terrible terremoto acababa de terminar, justo hacía un par de minutos.

Corrió hasta el pupilaje donde vivía Elena y la señora dueña del mismo, que estaba a punto de explotar en un ataque de nervios, le dijo que había salido y que no sabía dónde estaba. Un compañero de universidad que halló en la calle le dijo que Elena, al momento del terremoto, se encontraba en uno de los edificios que se habían hundido, que él había salido antes y que sabía que había gente aún con vida, enterrada bajo el concreto.

Alejandro corrió entre el pánico y la locura  hacia el lugar del desastre. Gritó muchas veces su nombre. Caminó de un lado a otro. Se quedó ahí, tratando de hacer algo. Luego llegaron los expertos en rescatar de los escombros a las víctimas. No perdía la esperanza de que ella siguiera con vida. Los topos mexicanos trabajaron toda la madrugada. Gente de buen corazón se acercaba con agua y comida para los que estaban trabajando entre el cemento desquebrajado.

Ya casi para amanecer, uno de los topos salió con Elena en sus brazos. Tenía heridas y equímosis en varias partes de su cuerpo. Estaba pálida y desfigurada. Alejandro inmediatamente la tomó en sus brazos y lloró en silencio. Caminó con ella en brazos, sin un rumbo definido, hasta que la Cruz Roja se la quitó de los brazos y se la llevaron para Medicina Legal.

La furia natural le había arrebatado la vida a Elena y una parte de Alejandro murió con ella esa mañana.

Siendo como era y habiendo sufrido muchas veces, Alejandro sabía que el tiempo es implacable con todo. Pero también estaba consciente que el dolor es algo que el tiempo, ciertamente, sabe cómo curar.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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UN CANTO

Bajo eléctrico Liverpool

Hay un canto fuerte y tenaz,

una voz intensa que brilla

y que se desliza

por los impávidos techos

de los locos

y los soñadores.

Es un canto

que juega en el arcoíris,

que se mete en las cuerdas de la guitarra

y en la sonrisa de las niñas.

Es un canto

que hechiza

los labios de los enamorados.

Es un canto dulce y sincero,

transparente, juguetón y vivaz.

Un canto hermoso,

el mejor de todos:

es el amor.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

Fotografía:
Óscar Perdomo León

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SIETE AÑOS

Árboles

Su romance con Rosa María duró siete años. Un número mágico para formar ciclos. O para romperlos. Al principio, como la mayoría de parejas, eran muy apasionados en todo. Hacían el amor cada noche y cada día, en cualquier lugar y bajo todo clima. Inventaban cosas. Escribían juntos. Soñaban juntos. Eran felices sin nada y sentían que lo tenían todo.

Alejandro miraba cosas en los ojos de ella que nadie más podía mirar, cosas bellas y grandes.

Se hicieron novios un mes de septiembre, bajo el embrujo del alcohol y el deseo. Todo empezó como un juego; pero de un día para otro el misterioso amor emergió de la zona oscura y oculta en donde se encontraba.

Los años pasaban y su felicidad resplandecía.

Sin embargo, al séptimo año, la alegría se les fue apagando poco a poco. Un día, como cualquier otro, el amor hizo su maleta y, sin perder su misterio, se largó y se escondió en una zona muy negra, en un lugar tan lejano y frío como Saturno o Plutón.

Rompieron su relación de tantos años a la orilla del mar y en el peor de los meses para terminar. Fue en diciembre, el mes de la Navidad y de la noche en que se espera el Año Nuevo. El mes en que se reportan más depresiones y suicidios. El mes en que se sueña con un nuevo comienzo. Pero para ellos diciembre fue el comienzo del fin.

Un día, por cosas de las casualidades, Alejandro y Rosa María se encontraron. Platicaron por un par de horas y hasta rieron juntos como viejos amigos. Al final, cuando se despidieron, Alejandro le robó un beso a Rosa María (nueve meses después de haberse separado).

Se besaron por última vez y se abrazaron brevemente. Inmediatamente los dos se marcharon, cada uno por su lado.

Fue un beso tierno, quizás de amor. 

Se besaron por última vez y después los dos fingieron no recordarlo.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía tomada por
Óscar Perdomo León

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UNA IMAGEN QUE SOÑÉ

UNA IMAGEN QUE SOÑÉ. Foto por Óscar Perdomo León

I

Aunque a veces parezca que no te quiero

te llevo en la punta de mi lengua y de mis versos.

Aunque a veces parezca que no te quiero

he memorizado el olor de tu piel como mi melodía más querida.

Aunque a veces parezca que no te quiero

para mí toda la brisa del hombre y la mujer somos nosotros.

Y aunque nuestras vidas sean dos ríos que divergen

sé que al fin un día nuestras aguas

han de llegar al mismo mar.

II

Tu nombre sonríe.

Yo lo pronuncié en cursiva para que se me fuera la soledad;

pero me siento como un niño perdido en un desierto gritando un nombre,

gritando un nombre…

Infinita mirada oscura, interminable ilusión,

desde que te conocí y te sentí lejos

te agregaste sutilmente a la angustia que mantengo.

Yo, ciego de grandes dimensiones,

lúgubre palabra de amor,

vértigo interminable,

espejo roto en mil pedazos,

espero

un oído abierto

a mis versos,

una piel

en la cual guarecerme.

La noche con sus espinas de hielo, se inserta en mi cuerpo.

El sueño se me muere.

Fumo…

lloro…

y tu rostro me parece

una imagen que soñé.

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Escrito por

Óscar Perdomo León

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