Me desperté bruscamente, ardiendo en fiebre y con las sábanas mojadas de sudor. Volví a cerrar los ojos y recordé. Eran ellos, los de siempre, que habían venido a visitarme en la madrugada. Eran los monstruos que hacían crujir mi cerebro. Hubo noches, como la de esa anoche de fiebre, en que soñaba con esas fieras maravillosas. Hubo momentos muy intensos, atrás en el tiempo, en que vinieron a poblar mi mente. Y quería verlos y al mismo tiempo huir de ellos.
No sé cuándo empezó mi fascinación por esas hermosas y escalofriantes bestias. Creo que fue durante mi niñez e inicio de mi adolescencia. Sentía simultáneamente –y siento todavía- mucha atracción y mucho temor hacia ellos. Estoy obsesionado, lo acepto.
Esa noche de la fiebre los vi con una nitidez y una cercanía inusuales.
A ella, a ese bello espantajo, la admiraba, y tenía el valor de acercarme a su presencia porque su tamaño no me intimidaba, pero prudentemente sólo hasta cierta distancia. A él, a ese feroz engendro, lo vi de frente (pero creo que nunca volvería a hacerlo); su tamaño me amedrentaba de verdad.
Ella era una suerte de danzarina impecable, nerviosa y exacta. Él, un bruto, un insensato y grosero depredador. Ella era sagaz y extremadamente mortal, y en décimas de segundo se abalanzaba y reprimía a su víctima. Él tenía imperturbabilidad, mordía una sola vez y a partir de ahí, cultivaba la paciencia, esperaba con tranquilidad a que el veneno infeccioso de su hocico inmovilizara a su sacrificada presa. Sigue leyendo «MONSTRUOS»
























