ROCK PROGRESIVO. La máquina de hacer pájaros

La máquina de hacer pájaros portada álbum

La máquina de hacer pájaros fue una agrupación musical argentina de rock progresivo que estuvo activa entre 1975 y 1977. Publicó dos álbumes que, aunque en su momento, no fueron bien recibidos, ahora se han convertido en tesoros de culto.

El grupo era original en sus composiciones y sus ejecuciones eran impecables.

A mi parecer su música tiene influencias del rock británico, especialmente de Yes y Pink Floyd.

La banda estaba formada por Charly García (teclados y voz), Carlos Cutaia (teclados), Oscar Moro (batería), José Luis Fernández (bajo y voz) y Gustavo Bazterrica (guitarra y voz). Sigue leyendo «ROCK PROGRESIVO. La máquina de hacer pájaros»

EL BAJO ELÉCTRICO EN LA CANCIÓN EL ADN

Bajo eléctrico de cuatro cuerdas IMG_0085

El ADN es una canción que pertenece al álbum «Reunión» y que se caracteriza, musicalmente hablando, por tener dos partes, dentro de las cuales se cantan varias estrofas de letra y hay además una especie de puente entre ellas. Asimismo carece del típico estribillo de toda canción. (Pero esta carencia fue introducida intencionalmente.) Posee además dos solos de guitarra y uno de piano.

Arecio De León hizo los arreglos musicales e interpretó prácticamente casi todos los instrumentos. (La única parte de los arreglos que no hizo Arecio fue la del bajo eléctrico. Sólo recuerdo que me dijo que lo hiciera y que lo ensayara bien antes de llegar a grabarlo y eso hice un buen día de octubre del año 2015.)

En agosto de ese mismo año, había escrito yo la música y la letra. Sigue leyendo «EL BAJO ELÉCTRICO EN LA CANCIÓN EL ADN»

SOMETHING. Cover en bajo. Una canción de Los Beatles

Paul McCartney y George Harrison

«Something» es una canción del álbum «Abbey road», de Los Beatles, escrita y cantada por George Harrison.

Fue también el primer sencillo de Los Beatles que fue incluido en un álbum. Something era el lado A y en el lado B estaba «Come together», y vio la luz un 30 de octubre de 1969.

Es interesante también decir que «Something» la empezó a componer Harrison en un piano, durante la grabación del «Álbum blanco», en 1968. Y que luego se la dio a Joe Cocker, quien la grabó un año antes de que la grabaran Los Beatles.

Se cree que George hizo la canción pensando en la que era su esposa en ese entonces: Pattie Boyd, que por cierto aparece junto a él y los otros Beatles (y sus parejas sentimentales) en un  video de la canción. También se cree que Harrison pudo haber tomado la primera frase de una canción de James Taylor que se llamaba «Something in the way she moves».

Pattie Boyd

Pattie y George.

Sigue leyendo «SOMETHING. Cover en bajo. Una canción de Los Beatles»

UN NUEVO CAMINO. Música. Video

Un nuevo camino, foto por Eunice Echeverría

Hace unos pocos días llegué a la casa de mi amigo Arecio y empezamos a tocar un par de cosas, él en los teclados y yo en el bajo eléctrico. Me mostró unos acordes y frente a mí empezó a crear una melodía. Luego llamó a René, un joven que toca trompeta. Y un par de días después llamó a Óscar Hernández, que se nos unió en la batería. Todo ocurrió muy rápido e intensamente. Lo que salió de esos ensayos se llama “Un nuevo camino”.

El jazz es un género musical que se caracteriza por la improvisación, lo cual da cierta libertad al músico de expresar espontáneamente algunas ideas musicales; pero también es un reto impresionante. Sigue leyendo «UN NUEVO CAMINO. Música. Video»

EL ADN. Canción

Lue 11215808_830037983782211_8509352131541772834_n

Lue Lafe

«Un corazón pesado no puede volar». Creo firmemente que cuando no perdonamos, nuestro corazón se vuelve pesado y vivimos en constante dolor. Con este pensamiento inicial me puse una tarde a tratar de escribir, guitarra en mano, unas líneas.

Esta semana les presento la canción EL ADN, que escribí a mediados del mes de agosto de 2015 y que por fin grabamos en octubre. He tenido la fortuna de contar con la ayuda de tres personas: Arecio De León, Lue Lafe y Laura Ramírez.

COLLAGE COROS

Arriba (a la izquierda): Laura Ramírez; (a la derecha): Arecio De León; y abajo (a la derecha): Óscar Perdomo León.

Quiero dar un especial agradecimiento al cantante Lue Lafe por haber puesto su voz en esta canción.

EL ADN. Canción

EL ADN

Música y letra:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Primera voz:
LUE LAFE
Arreglos musicales:
ARECIO DE LEÓN
Teclados, guitarras y batería
(además de segunda voz en la estrofa final):
ARECIO DE LEÓN
Bajo eléctrico
(además de tercera y octava voz en la última palabra de la letra):
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Coros:
LAURA RAMÍREZ
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Estudio de grabación:
CHITO´S ONLY MUSIC
en Sensuntepeque, Cabañas.
El Salvador en América Central.
2015.
Nota: esta canción formará parte del álbum «REUNIÓN», de Arecio De León y Guillermo Echeverría, que muy pronto verá la luz.
© El ADN. Óscar Perdomo León.

***

ÉRAMOS TRES EN LA MÚSICA

Collage ÉRAMOS TRES

Si pudiera darle un comienzo a esta historia, podría decir que en realidad todo se originó en el año de 1964, período en que nacimos Virgilio, Miguel y yo.

Para entonces Santa Ana, la ciudad en donde nací, era una urbe interesante y viva, colmada de movimientos culturales y sociales, así como también el lugar donde ocurrían las cosas triviales de un pueblito. Déjenme explicarlo mejor, Santa Ana era  –y quizás todavía lo es- la dicotomía desnuda, la realidad cruda e inocente: ahí ocurrían los eventos culturales grandes, como los que acontecían en San Salvador (la ciudad capital), pero de la misma forma se podían vivir los más frívolos, sencillos y deliciosos placeres cotidianos.

Su desarrollo comercial era fuerte y era también el principal de toda la zona occidental de El Salvador. Los habitantes de Ahuachapán, Atiquizaya, Chalchuapa y Turín, por mencionar algunos, veían en Santa Ana la ciudad del progreso, el lugar donde hacer buenos negocios o poner a sus hijos a estudiar, la urbe más parecida a San Salvador, sin llegar a ser asfixiante y acelerada como la capital.

En esa morena cuna santaneca, inmersos entre vientos de cambio y de tradición, nos desarrollamos Miguel, Virgilio y yo, en ese sitio lleno de fuertes costumbres y de novedades que se iban abriendo paso y camino, en un país que soñaba en grande, en un El Salvador pujante de ganas por emerger de la pobreza, pero que en su mismo deseo tenía también, según lo creo yo, clavado el germen del mal, del egoísmo y de la falta de verdadero patriotismo: un país entregado y devorado por las transnacionales y obedeciendo al pie de la letra las órdenes del imperio estadounidense. Un país sin una real independencia, amargado en sus entrañas por la pobreza de la mayoría de sus habitantes, con sus colonias y barrios nutridos por gente paupérrima, que había venido del campo para tratar de sobrevivir en la ciudad. ¡Las migraciones internas de la pobreza!

No todo era desesperanzador. Había también una clase media incipiente, que irrumpía con fuerza y ganando cierto poder adquisitivo, conformada especialmente por profesionales como abogados y médicos, comerciantes y empresarios, que buscaban sobresalir y elevarse a otro peldaño más de la escala social.

Pero la Historia tiene muchas caras y muchos paisajes. Las vertientes de la soledad, de las manchas de la opresión y de la falta de libertad de expresión, inundaban asimismo las calles de ese El Salvador de los años ´60, que hoy parece tan lejano en el tiempo, pero tan cercano en su médula, en sus profundidades colmadas de injusticia social. Al verlo con hondura, El Salvador de aquellos días era con certeza un verdadero caldo de cultivo de la guerra civil que explotaría a principios de los ´80 del siglo pasado.

Sin embargo, Virgilio, Miguel y yo estábamos en una realidad más benévola. Nuestros padres, todos de clase media, nos podían dar lo básico para vivir y desarrollarnos, para disfrutar incluso de ciertas diversiones que ni en sueños podían alcanzar los habitantes de los barrios marginales.

El destino, que puede ser una brisa o una tormenta caprichosa, quiso además que, en aquella ciudad que nos había abrigado como una madre, habitáramos muy cerca los unos de los otros, así que el mismo barrio y las mismas calles de asfalto nos vieron crecer. Desde niños habíamos andado de un lado para otro en los juegos de infantes mocosos. Y así, habíamos recorrido juntos el paso de la infancia a la adolescencia y habíamos seguido juntos el camino de esa flor de la vida: la adultez.

De los tres, sólo Miguel no había nacido en Santa Ana; sino en México, pero a los tres años de edad sus padres (madre mexicana, padre salvadoreño)  se vinieron a El Salvador y se establecieron en «La Ciudad Morena». Los otros dos, Virgilio y yo, habíamos nacido en el mismo hospital, el mismo año y casi a la misma hora, aunque en fechas diferentes.

Había también muchas diferencias entre nosotros. Miguel, por ejemplo, era un madrugador inclemente: amaba los amaneceres y el rocío fresco de la mañana. Yo, en cambio, funcionaba mejor al atardecer y por las noches; era básicamente un noctámbulo que debía trabajar por necesidad por las mañanas; pero sólo me desperezaba de verdad cuando la tarde iba tomando forma, cuando el sol iba buscando el horizonte y la luna empezaba a abrir los ojos. Virgilio, por su lado, era otro noctívago insaciable, pero por razones diferentes; le gustaba la noche porque le brindaba las cosas y las personas que el día no le daba; la noche y la madrugada eran sus amantes, sus doncellas desvirgadas que le ofrecían los placeres de vivir… Eso sí, por las mañanas tenía la cara con las ojeras tan grandes y profundas como si no hubiera dormido en días. Y seguramente que así había sido, porque Virgilio vivía para desvelarse bailando en algún antro con alguna mujer de baja reputación o para trabajar tocando toda la madrugada el bajo eléctrico, su instrumento musical del alma. Sin embargo, esa gran diferencia de percepción de tiempo y horarios entre nosotros, no nos causó nunca ningún problema de unión y amistad.

Miguel tenía cierto encanto: sonrisa fácil y amplia que dejaba ver sus encías; sus modales de un «gentleman inglés» los usaba en especial con las mujeres y la gente mayor. Uno de sus placeres más grandes era cocinar, para lo cual tenía mucho talento. Su conejo con mole y marinado con cerveza, era una verdadera delicia.

Virgilio, por su lado, era alto y delgado; tenía los dientes amarillos de tanto fumar y estigmas grises entre los dedos -índice y medio- (de tanto sujetar los cigarrillos); su presencia siempre traía consigo el olor del tabaco. Virgilio tenía algunas armas que lo defendían de todo: su tenacidad, su manera tan positiva de ver la vida, su amplia sonrisa y su gran sentido del humor. Era “el intelectual”, según pensábamos los otros dos, porque componía mucha más música que nosotros y escribía poemas a granel. Aunque en realidad, referido a la escritura, lo que más le gustaba era escribir novelas, de las cuales tenía ya un par inéditas y otra en estado embrionario.

Como también fuimos compañeros de colegio, de equipos de fútbol y de baloncesto, de juegos y de complicidades, siempre nos mantuvimos desde el principio muy unidos. Si echáramos un vistazo en ese punto exacto de nuestro pasado, nos veríamos delgaduchos y soñadores, vivaces y traviesos, equipados de una gran energía para la vida.

Además teníamos en común nuestro gran amor compartido por la música. Así que cuando llegamos a la adolescencia temprana empezamos, juntos también, a tratar de tocar instrumentos musicales, tropezando con cada nota, buscando la melodía exacta, luchando con cada acorde y adivinando armonías; pero eso sí, sin dejarnos amedrentar por el reto artístico.

¡Ah, la música, la música! Esa diosa entregada y promiscua que nos hechizó desde el principio con su belleza y su misterio. Vivíamos para mirarla, para olerla, para escucharla, para lamerla de pies a cabeza y dejarnos seducir por sus movimientos cadenciosos y las palabras eróticas que susurraba a nuestros oídos… vivíamos para seguirla a donde fuera, hasta el fin del mundo si llegara a ser necesario. La música era verdaderamente nuestra diosa amable, la caprichosa y vanidosa, hermosa como una fresca flor bañada de rocío que liberaba con audacia todos nuestros sentidos; pero era también absorbente y suspicaz, como una mujer ahogada en celos.

 Cuando teníamos como 12 ó 13 años de edad formamos un trío melodioso que se llamaba «Los puntos azules». De los tres, Virgilio era el que tenía más sentido musical, más intuición para alcanzar el ritmo, para componer, para manosear la armonía y la melodía, «más oído», pues, como se dice en la jerga musical. Miguel y yo nos esforzábamos por colocarnos al nivel de Virgilio o al menos para no quedarnos tan atrás de él. Virgilio era entonces, como es lógico, el líder del grupo. Él tocaba el bajo, Miguel la batería y yo la guitarra. Los tres cantábamos; pero era Virgilio el que tenía la voz más sonora e interesante. Yo, sin embargo, con la influencia positiva de mi padrastro Jorge    -¡un músico grandioso!- con el tiempo había ido adquiriendo una habilidad casi prodigiosa para la ejecución de la guitarra; Jorge decía que yo era «rápido, limpio e ingenioso para tocar». (Durante algún tiempo me lo creí firmemente, pero yo sé que no era una verdad al cien por ciento.) Miguel no era el típico aporreador de tambores, sino que tenía sensibilidad y delicadeza para tocar, tenía algo que muy pocos bateros tienen: intuición, esa sabiduría inexplicable de saber cuándo y con qué intensidad dar el golpe correcto al plato o al redoblante.

Los tres componíamos sencillas canciones que después pasaban por las manos de los otros, las cuales sufrían entonces agregados de notas, acordes o palabras, o por el contario se les restaban; pero era un hermoso trabajo de equipo que estaba lleno de entusiasmo y de sueños.

Si tomamos en cuenta la poderosa influencia cultural y económica de parte de los Estados Unidos de América, de Inglaterra, o de los otros países occidentales desarrollados sobre Latinoamérica, no es ninguna sorpresa, pues, encontrar que Miguel, Virgilio y yo estábamos influenciados por los ritmos del rock y del pop anglosajón de los años ´60 y ´70, acompañado todo de pantalones acampanados y cabellos largos.

En el año 1977 nosotros éramos unos adolescentes y aunque Los Beatles ya se habían separado, para nosotros ellos seguían unidos y queríamos –aunque nosotros sólo éramos tres- ser como John, Paul, George y Ringo. O queríamos ser quizás como Queen o como Yes. Queríamos tener muchas canciones originales para grabar en discos de vinilo de larga duración y que en el lado A y en el lado B estuviera escrito «Los puntos azules», con grandes letras casi –casi- psicodélicas (para no parecer fuera de moda). Y el nombre de cada canción estaría en letras claras de molde, y junto a ellas, entre paréntesis, el nombre de su respectivo compositor. Ahí diría, por ejemplo, «Un día diferente» (Julio “el Conde” González Blanco), «Bajo tu sombra» (Miguel Salazar), «María me ama» (Virgilio “el chele” Marón Menéndez)… y así sucesivamente. Y la portada del disco no se quedaría atrás, sería algo maravilloso, con una fotografía en donde aparecerían al atardecer los tres jóvenes sentados a la orilla de un río, resaltando intensamente sus siluetas casi como sombras en sepia ante un fondo a todo color, entre los tonos del crepúsculo; meditativos, serenos y guapos, mirando con profundidad el ocaso… los tres músicos compositores e intérpretes brillarían en el firmamento del espectáculo y la fama…

Todo lo teníamos planeado. En nuestros sueños despiertos podíamos ver eso y más allá…

Para lograrlo ensayábamos casi todos los días y a toda hora. Algunos vecinos estaban hartos de nuestra ruidosa música, que a veces distorsionaba más por la mala calidad del equipo de sonido que teníamos, que por la intencionalidad de darle ese sonido de distorsión roquera a la guitarra. Nos reuníamos casi siempre en la casa de Virgilio, porque era una vivienda grande, como muchas casas de pueblo –y Santa Ana, aunque era una gran ciudad, era también, de alguna manera, un «gran pueblón»-; la casa tenía además una habitación amplia dedicada exclusivamente para tocar y cantar, que era nuestro refugio, nuestro santuario musical, al cual habíamos apodado «La Caverna», en homenaje al club nocturno en donde fueron descubiertos los Cuatro Fabulosos de Liverpool. Allí escuchábamos mucha música, como es comprensible, porque un músico que no oye música es como un catador de café que no toma cafeína.

En «La Caverna» había una vieja radiola grande de madera, con dos bafles laterales sonoros y por encima tenía una tapadera finamente barnizada. En ese antiguo aparato escuchábamos los discos de 45 rpm y los de 33. Recuerdo que nos arrojábamos sobre el suelo alfombrado o sobre un viejo sofá de color café oscuro que estaba junto a la radiola y nos quedábamos largas horas y horas escuchando los más diversos ritmos y armonías de la música occidental.

Aunque la mayoría de adolescentes tienden a ser rebeldes y cerrados de la mente, aferrados sólo a un solo gusto musical o a un tipo de comida, por ejemplo, nosotros, aunque no dejábamos de serlo un poco, teníamos un criterio más amplio en cuanto a la música; pero esa actitud no era del todo casual, sino más bien gracias a la influencia de mi padrastro Jorge, quien nos visitaba regularmente a «La Caverna»; su experiencia musical era grande, era un viejo músico de Conservatorio (que había estudiado en México y Cuba) y gran coleccionista de discos, que todo el tiempo nos estaba alimentando con «nuevos descubrimientos» de la música, que bien podían ser artistas de la década de 1940 a 1950 ó los últimos discos salidos al mercado en las décadas de los ´60 ó ´70; pero para nosotros eran, los unos y los otros, tan novedosos, tan elaborados sus cantos y sus arreglos, que nos quedábamos hipnotizados oyendo la música y escuchando al mismo tiempo las anécdotas que Jorge nos contaba sobre tal o cual grupo musical, palabras que enriquecían y complementaban los sonidos que salían del viejo aparato de sonido. Esos días de entrenamiento musical y de aprendices de catadores melómanos, fueron como la gloria y el paraíso para nosotros. Por eso mismo, aunque el rock-pop nos emocionaba mucho, en ocasiones escuchábamos a los tríos que tocaban esos boleros ya inmortales, como los que cantaban Los Tres Reyes, Los Tres Ases, Los Panchos, Los Tres Diamantes o Los Hermanos Cárcamo. (Estos últimos cantaban una canción que todavía me roba el corazón: «Coatepeque», con una letra y una melodía que se compaginaban a la perfección.) Por otro lado, había períodos en que la música que nos atrapaba era la de los grandes clásicos europeos, como Mozart o Beethoven. Así, el Concierto para Piano en La Mayor o la Novena Sinfonía eran obras que a menudo sonaban en la anticuada radiola y en nuestros oídos, junto al ruido aquel como de papel de aluminio estrujado que emitían los viejos discos de vinilo gastados. Un tema que necesitaría un capítulo aparte es cuando Jorge nos introdujo al mundo del jazz; fue como una medicina dura de tragar, pero cuando al fin lo entendimos en su esencia, en su diversidad, en su grandeza, en su bella complejidad, escucharlo fue como comer un postre delicioso cada día. Conocer el jazz fue la mejor herencia que alguien pudo haberme dado alguna vez.

Por razones políticas y de consciencia, y en plena guerra civil (en 1984), desistimos de tocar por un tiempo pop-rock y nos enfrascamos en formar un grupo musical con aires folklóricos, tratando de encontrar, a través de la música, nuestra identidad como salvadoreños. Investigamos sobre las melodías y las armonías que se tocaba durante las fiestas patronales en Panchimalco y en Sonsonate, cunas de grupos indígenas que aún conservaban algo de la cultura milenaria prehispánica. No queríamos  –y de eso estábamos bien seguros- seguir los pasos de otros grupos musicales populares que se desarrollaban en esa época, con una influencia sudamericana más que clara, con zampoñas y charangos, y vestidos con largos ponchos coloridos. Nosotros pretendíamos encontrar un sonido que estuviera más cercano a la región centroamericana, por eso nuestros instrumentos musicales cambiaron radicalmente: abandonamos la batería, la guitarra eléctrica y el bajo eléctrico y empezamos a usar la chirimía (muy tocada en Guatemala), el caparazón de tortuga, la marimba, la guitarra acústica, el contrabajo, la caramba, la concertina y el violín (pero tocado con ese sonido llorón y un poco carrasposo como lo tocan los músicos del campo). Le pusimos nombre a nuestro nuevo grupo y escogimos, por su sonoridad, el de uno de los tantos cantones de El Salvador: Izcaquilío. También las letras de nuestras canciones empezaron a rosar la denuncia social, pero sin ser panfletarias, tratando de acercarnos más a lo artístico, a lo poético. Llegamos a tener un repertorio musical de unas 40 canciones, en donde el 95 % era totalmente original en letra y música, y el otro 5 % estaba formado por temas como El Torito Pinto y otros. (Recuerdo que en esos días yo escribí un poema en cuartetos endecasílabos basado en el cuento «El Negro», de Salarrué y lo musicalizamos.) Se nos unieron otros músicos, como por ejemplo Gabriel, que era un estudioso de la cultura indígena y un experto tocador de la caramba. Otro músico que se agregó al grupo fue Juan, que cantaba muy bien y tocaba la guitarra y la concertina. Con ellos nos presentamos en incontables conciertos organizados dentro de la Universidad Nacional y en otros foros heterogéneos, junto a otros grupos musicales con tendencia izquierdista. También tocamos en otros países centroamericanos y en Estados Unidos. Ese período nos duró sólo un par de años. Con los estudios universitarios, el tiempo que teníamos para nuestras reuniones musicales se fue reduciendo poco a poco.

Pero yéndonos un poco más a nuestro pasado musical, es interesante, por ejemplo, entender la manera en que yo veía la música cuando era un infante. Y es que para entonces todo era más simple para mí, sólo imaginaba lo que quería ser o lo que deseaba que el mundo fuera y, por arte de magia, todo se convertía al instante en algo así como un cuento de hadas y un mundo de fantasías. Sin embargo yo, no rescataba princesas vigiladas por dragones ni intentaba deshacer hechizos con un beso. Mi mundo de ilusión era el de los túneles en la tierra, el de correr desaforadamente por la calle, el de viajar hacia la luna… y, principalmente, me gustaba jugar de tocar el piano y la guitarra. No tenía piano entonces, ni me interesó aprender a tocarlo ya siendo mayor, pero en mis juegos de niño un sofá estaba lleno de teclas blancas y negras, y bastaba con que sonara al fondo una cinta con la música instrumental de teclado y ya era yo un pianista consagrado; mi imaginación volaba y volaba sin límites. Con el pasar de los años, el piano llegó a ser para mí, si se quiere decir de alguna manera, un elegante caballero perfumado y bien vestido, pero alejado de mi mundo interno. La guitarra, por el contrario, era la mujer hermosa y amiga, la bella antojadiza, la jactanciosa que todo lo quiere, pero también que todo lo da. La guitarra me estremecía de retos sonoros y me acompañaba en tantas y tantas aventuras. Con caricias suaves en su cintura, en su mástil y en sus cuerdas, la iba enamorando y domando poco a poco…

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

Fotografías por
Óscar Perdomo León

***

ADIÓS, DANIEL RABINOVICH

Daniel Rabinovich

La primera vez que escuché a los argentinos Les Luthiers fue en un cassette a principios de los años ´80 del siglo pasado. Me asombraron, me hicieron reír, me cautivaron. Hasta muchos años después pude verlos actuar. Y verlos y escucharlos es el doble de placer.

La comedia de Les Luthiers está fuertemente ligada a la música, y la verdad, todos ellos, son músicos de gran calidad.

El 21 de agosto recién pasado falleció uno de sus integrantes, el músico, escritor, humorista y actor Daniel Rabonovich (18 de noviembre de 1943 – 21 de agosto de 2015).

Siendo miembro de Les Luthiers, con su humor fino y relajado, hizo reír a tantas personas e interpretó algunos de los personajes que tocaron profundamente el corazón de muchos, como «Daniel El Seductor», «Manuel Darío», el Doctor que hablaba de «Esther Píscore» y, mi favorito, «Encuentro en el restaurante».

Además, Rabinovich escribió un libro de cuentos, el cual llevaba un prólogo escrito por Joan Manuel Serrat: Cuentos en serio.

Esta semana este blog dedica este espacio para hacer un pequeño homenaje a este artista talentoso e inolvidable.

Óscar Perdomo León

***

ENCUENTRO EN EL RESTAURANTE. Les Luthiers.

***

EL SENDERO DE WARREN SÁNCHEZ. Les Luthiers.

***

ESTHER PÍSCORE. Les Luthiers.

***

LA COMISIÓN (Himnovaciones). Les Luthiers.

Este está dividido en 5 partes.

***

MANUEL DARÍO. Les Luthiers.

***

ÉL LEYÓ EN SUS OJOS. Canción

Collage 3 Guillermo Arecio Óscar

La vida está hecha de días y de noches, de luz y de sombra… De momentos que queremos olvidar; pero también de instantes de gozo que atesoramos con intensidad en nuestros corazones.

La vida… la vida… tiene victorias y alegrías, pérdidas y duelos… Está hecha de ciclos que se abren y se cierran. Aprender a reconocer esos ciclos, aceptarlos y seguir adelante, es parte de nuestro crecimiento interno.

ÉL LEYÓ EN SUS OJOS

( Letra en español e inglés)

Para quien no pueda ver el video aquí en mi blog, lo puede hacer dando un clic acá.

Música y letra:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Arreglos musicales:
GUILLERMO ECHEVERRÍA
y ARECIO DE LEÓN
Sintetizador:
ARECIO DE LEÓN
Guitarra eléctrica y batería:
GUILLERMO ECHEVERRÍA
Primera voz, bajo eléctrico y guitarra acústica:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Voces:
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Traducción al inglés:
LAURA MARÍA PERDOMO PACAS
© Él leyó en sus ojos. Óscar Perdomo León.
El Salvador, en América Central.

***

CRECER Y AMAR. Canción

Collage Arecio Óscar 6

Me desperté una mañana con un fragmento de melodía que sonaba en mi cabeza, así que en una sola mañana le agregué la letra y lo que faltaba de melodía. Así de rápido nació «Crecer y amar». (No es lo usual, generalmente me cuesta mucho hacer una canción.)

Agradezco sinceramente a Arecio De León, por hacer los arreglos musicales y por tocar aquí casi todos los instrumentos, excepto el bajo eléctrico. Pero especialmente le agradezco por el bello solo de guitarra eléctrica que le puso al final.

CRECER Y AMAR

Para quien no pueda hacer correr el video aquí en mi blog, lo puede hacer dando un clic aquí: CRECER Y AMAR.

Letra y música:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Arreglos:
ARECIO DE LEÓN
Teclados, batería, guitarras (acústica y eléctrica):
ARECIO DE LEÓN
Bajo eléctrico:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Primera voz:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
Segundas y terceras voces:
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN
CHITO´S
Estudio de grabación musical.
Sensuntepeque, Cabañas.

***

© Crecer y amar. Óscar Perdomo León.
El Salvador, en América Central.
Mayo de 2015.

***

ANASTASIO AQUINO

Valle de Jiboa

Es 24 de julio de 1833. El pelotón de fusilamiento eleva, perpendiculares a los cuerpos, sus armas de fuego. Pero testigos del hecho afirman que, unos segundos antes, el indócil sentenciado sonreía mientras intercambiaba unas palabras con el sujeto que le vendaba los ojos.

-¿Quieren jugar a la gallinita ciega? –preguntó Aquino, con sarcasmo.

El sedicioso es físicamente fuerte, de cabello lacio y comúnmente usa caites de correas gruesas y una capa sin mangas, adornada con seda roja.

Semanas antes, mientras guardaba prisión en Santiago Nonualco, después de haber sido capturado tres meses atrás en su escondite del cerro el Tacuazín, una noche Aquino se durmió profundamente. Ingresó, con la fuerza de ánimo acostumbrada, a un sueño (que bien puede llamarse frustración o pesadilla), un sueño que –conjeturo- es otra poderosa forma de la realidad. El escenario era una casa de adobe cercana al Valle de Jiboa, rodeada de árboles de fuego y de amate. Frente al proscrito Aquino se encontraba un rostro conocido y familiar, y ahora odiado. Aquino quiso golpearlo; pero también quería entender porque había sido traicionado. Se contuvo. Y mientras con la mirada lanzaba un filo como de obsidiana, abrió el sincero diálogo:

-Lo que pasó, pasó. Ahora sólo hay una cosa en el mundo de la cual me arrepiento: debí cortarte las venas cuando pude, en vez de sólo expulsarte de mi ejército.

-Vos tuviste la culpa, por tratarme mal -respondió Cascabel, con un ligero temblor en la voz.

-Vos querías abusar de aquellas mujeres. Sos un depravado. O algo peor que eso, un soplón cobarde, un infame delator -sentenció Aquino, con palabras lentas y tono enfático.

La claridad de la mañana se apoderaba con decisión del rancho y de los ojos de ambos hombres. Los clarineros gritaban y saltaban entre las ramas de los árboles. Una niebla densa se colaba intermitentemente al interior de la habitación única. Y era como la materialización de los sentimientos que maniataban el alma de los interlocutores… era gris y era fría.

Cascabel, con la mirada turbia puesta sobre el suelo, interrumpió el breve silencio con unas palabras que querían ser valientes:

-Yo no me arrepiento de nada. Puedo hablarte con la verdad y decirte lo fácil que fue informarles a los hombres del Presidente Prado el lugar de tu escondite.

-Mirá -dijo con serenidad, Aquino-, yo sé que te han dado dinero los ladinos. Ya sé que los traidores como vos, se conforman con pequeños pagos y no entienden que todo los que existe en la extensión de estas tierras pertenece a mis indios, a mis hermanos que viven en la miseria. Pero si tenés un poco de vergüenza, deberías meditar en las consecuencias de tu estupidez…

-¿Y qué acaso creíste que podrías vencer a los blancos sin la ayuda de los mestizos? -interrumpió Cascabel-. Yo no te traicioné sólo porque vos me golpeaste y sacaste de tus filas. El odio que te tengo por eso, únicamente aceleró lo inevitable. Y ahora lo que más deseo en la vida es olvidar tu nombre.

Aquino, que escuchaba atento, fue cambiando su dura mirada por ojos de reflexión. Observó con la vista perdida el techo de paja… y el odio que sentía hacia Cascabel, cuyas palabras quizás eran verdaderas, fue opacado por la duda. Después de un lapso de treinta segundos, Aquino miró a Cascabel fijamente a los ojos y declaró con lucidez:

-Nadie va a olvidar mi nombre. Y vos, menos. Eso te lo aseguro.

La espesa niebla persistía tercamente en ocultar fragmentos de los cuerpos. Sin embargo, todo tenía un significado tan grande, digo, todo lo que concierne a los ojos y a las palabras, porque si alguno ocultaba un arma era imposible saberlo…

Aquí termina el sueño y volvemos a la hora final.

El pelotón está listo. Las armas suenan, como la voz de una tormenta breve y letal. El corazón santiagueño se detiene. A alguien no le basta eso y el hacha, que también mata árboles, corta el cuello del cadáver y la cabeza rueda ensangrentada. Se dice que será exhibida, dentro de una jaula, en un borde de la Cuesta de los Monteros.

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

Fotografía del Valle de Jiboa tomada por Óscar Perdomo León

***

CANTA EL PUEBLO (El indio Anastasio Aquino)

Esta canción es el poema anónimo «CANTA EL PUEBLO» (que aparece en LAS HISTORIAS PROHIBIDAS DEL PULGARCITO de Roque Dalton) y fue musicado por ZUNCA, un grupo musical salvadoreño de los años ´80.
Primeras voces en esta canción: Juan Carlos Flamenco (además, acordeón), Otto Hugo Urrutia y Carlos Alberto Romero Cárcamo. Los otros miembros que participaron en esta grabación son: Mario  Edgardo Romero Cárcamo (guitarra) y Óscar Perdomo León (contrabajo). 
Esta grabación se hizo en la sala de una casa frente a una pequeña grabadora con cassette, en 1986.

Para quienes no puedan hacer correr el video en mi blog, lo pueden hacer dando un clic en este enlace.

***

UNA ESPECIE DE MAGIA ESTRAÑA

???????????????????????????????

Cuando era un niño muy pequeño y habiendo leído muy poco y conociendo tan poco el mundo, escuché por primera vez en una grabación de un cassette a una orquesta tocando música popular, pero con arreglos muy originales. Sentí que me habían movido el piso. Escuchaba y me acuerdo que me quedaba perdido mirando el techo sin mirarlo, sólo navegando en un universo de sonidos que me embriagaban.

Salía al patio y me encontraba con las ixoras rojas, que florecían como la música que me rodeaba.

Después, cuando era un niño más grande, uno que no había entrado aún a la adolescencia, viviendo en la reducida estructura social de un pequeño pueblito y aislado de lo que ocurría en el mundo, escuché por primera vez una orquesta sinfónica en un disco de vinilo. Sonaba tan cercana y tan lejana a la vez, tan real, pero tan increíble y tan inverosímil para mi inocencia y mi ignorancia. Ese día sé que entré en otro espacio de la galaxia que no conocía.

A medida que fui ampliando mi mundo musical, como un oyente persistente, me fui dando cuenta que, en el arte de los sonidos, la melodía es el corazón, el punto central por el que me enamoraba más de una música que de otra.  Era algo incomprensible. Era una especie de magia extraña.

(Sin duda que las letras de la canciones, cuando son muy buenas, a veces sobrepasan a las melodías y tocan muy en el fondo de mis sentimientos. Pero a mi parecer, las melodías siguen llevando la delantera.)

Me resultaría imposible enumerar toda la música que me gustó y me marcó. Si digo Serrat, Los Beatles y Beethoven, sería sólo mencionar la punta del iceberg…

Un día de estos estaba leyendo un libro y sin conexión aparente empezó a sonar súbitamente en mi cabeza, una de esas canciones que escuché en mi lejana adolescencia: «Strange magic» de la banda británica Electric Light Orchestra. Aunque la canción salió en 1975, yo la escuché por primera vez allá por 1980.

Me dieron ganas de tocarla y la grabé. Aquí se las dejo. (Grabación casera)

STRANGE MAGIC
(Versión instrumental).
Compuesta por Jeff Lynne (Electric Light Orchestra).
Guitarras y bajo eléctrico: Óscar Perdomo León.

Escrito por

Óscar Perdomo León

VÉRTIGO NEGRO. Canción y video

Óscar Perdomo León cierro los ojos

Esta semana les presento el video que hicimos mi esposa Érika y yo a una canción de mi propia cosecha: Vértigo negro.

VÉRTIGO NEGRO

Música y letra:
Óscar Perdomo León.
Voces y guitarras:
Óscar Perdomo León.
Cámara, guion y edición:
Érika Valencia-Perdomo
y Óscar Perdomo León.
Una producción de LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR
y ÁRBOLESDEFUEGO.
http://erikayoscarlaesquina.com/
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo­ooooooooooooooo

Collage Vértigo negro Óscar Perdomo León

VÉRTIGO NEGRO
El frío
se me cuela hasta los huesos.
El calor
es un tizón sobre mi pecho.
La madrugada
cae
como un vértigo
negro,
giratorio,
sobre mis pupilas.
Tu ausencia
es mi única compañía.
Los olores de tu cuerpo
asaltan mi recuerdo.
El ocaso
es el índice
que señala mi herida.
Cierro los ojos
y siento mis latidos.
Recorro
mis arterias
como navegando
en calles inundadas
por huracanes
terribles.
Vértigo negro…
© Vértigo negro. Óscar Perdomo León.
El Salvador, América Central.
2014.

***

Música relacionada.
NUESTRA MEMORIA. Óscar Perdomo León
***
CREO. Óscar Perdomo León
***
EN LA INTIMIDAD. Óscar Perdomo León
***
ALMAS GEMELAS. Óscar Perdomo León
***
SIN DECIR ADIÓS. Óscar Perdomo León
***
TRES HISTORIAS. Óscar Perdomo León
***

NO PUEDO VER A NADIE. Los Bee Gees. (Cinco versiones)

New_York_Mining_Disaster_1941

«I can´t see nobody» es una canción de los Bee Gees, escrita por Robin y Barry Gibb en 1966 y lanzada por primera vez en Inglaterra en 1967 en el lado B del sencillo «El desastre minero de Nueva York, 1941», y luego fue incluida en su tercer LP.

Esta canción es una de esas que, por motivos que no logro descifrar, me conmueve mucho; puede ser todo, la melodía, la armonía, el arreglo orquestal, la peculiar voz de Robin…  las voces de los tres Bee Gees en el estribillo… no sé…  Es quizás sólo una bella canción de amor, como pocas.

Por eso este día quiero compartir con ustedes cinco versiones de esa misma canción, empezando con la voz poderosa de la croata Josipa Lisac (grabada en 1967); luego escucharemos la versión original de los Bee Gees (1967); después podremos disfrutar de una versión bastante original de 1969 ejecutada por el dúo inglés conformado por Graham Bonnet y Trevor Gordon, The Marbles; luego escucharemos una versión casera, podríamos decir, pero interesante, y con un solo muy bonito de guitarra, interpretada por Robert y Deborah Carothers; y finalmente, para cerrar con broche de oro, podremos ver y escuchar a una de las grandes del jazz, la estadounidense Nina Simone, con su propia versión de 1968 de «I can´t see nobody».

Óscar Perdomo León

***

I CAN´T SEE NOBODY. Josipa Lisac.

I CAN´T SEE NOBODY. Bee Gees.

I CAN´T SEE NOBODY. The Marbles.

I CAN´T SEE NOBODY. Robert y Deborah Carothers.

I CAN´T SEE NOBODY. Nina Simone.

***

I CAN´T SEE NOBODY
I walk the lonely streets,
I watch the people passing by.
I used to smile and say hello.
I guess I was just a happy guy.
Then you happened, girl.
This feeling that possesses me.
I just can’t move myself.
I guess it all just had to be.
[Chorus:]
I can’t see nobody, no, I can’t see nobody.
Mine eyes can only look at you, you.
I used to have a brain, I used to think of many things.
I watched the falling rain and listened to the sweet birds sing.
Don’t ask me why, little girl.
I love you and that’s all I can say.
You’re ev’ry ,ev’ry breath I take.
You are my nights; my night and day.
[Chorus]
Every single word you hear
Is coming from this heart of mine.
I never felt like this before
A love like yours so young and fine.
And now as I try to forget you
It doesn’t work out any way.
I loved you such a long time ago
But in my eyes you’ll always be.
Every single word you hear
Is coming from this heart of mine.
I loved you such a long time ago
Don’t know why,
And I don’t know why, baby
[Chorus: x2]

***

ALMAS GEMELAS. UNA CANCIÓN PARA LAURA VERÓNICA

Este día les traigo una canción que escribimos mi esposa Érika y yo para nuestra querida Laura Verónica Bodin.

A Laura le gusta viajar y lo ha hecho por muchos países del mundo. Además tiene un pasatiempos muy especial: le encanta la fotografía; le gusta coleccionar fotografías, de las cuales tiene un gran archivo de gran valor, y además ella misma toma fotografías (en el video que verán ustedes a continuación podrán apreciar algunas de ellas).

Érika y yo tenemos una conexión de amistad muy bonita con Laura. La última vez que la vimos estaba muy feliz y rebosando de salud. Y ahora está pasando por una situación muy difícil. Con esta canción, Almas gemelas, hemos querido darle una gran abrazo de sincero amor y fortaleza.

Óscar Perdomo León

«La Puerta del Diablo», Panchimalco, departamento de San Salvador, El Salvador, América Central.

ALMAS GEMELAS

(Grabación casera)

Para quienes no puedan hacer correr este video en mi blog, lo pueden hacer dando un clic en el siguiente enlace: ALMAS GEMELAS.

ALMAS GEMELAS
(Dedicada a Laura Verónica)
Letra:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN
y ÉRIKA VALENCIA-PERDOMO.
Música:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN.
Teclados, batería y guitarra acústica:
ARECIO DE LEÓN.
Guitarra acústica y bajo eléctrico:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN.
Primera voz y segunda alta:
ÓSCAR PERDOMO LEÓN.
Coros:
ARECIO DE LEÓN
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN.
Arreglos musicales:
ARECIO DE LEÓN.

***

Todas las fotografías del vídeo (excepto la última) fueron tomadas por Laura Verónica Bodin.

El Salvador, América Central.
Julio de 2014.

SIN DECIR ADIÓS. Música

«Sin decir adiós» es una canción que escribí pensando en mi padre Óscar Alfredo Perdomo Escobar. Este día es oportuno compartirla con ustedes.

SIN DECIR ADIÓS

Música y letra:
Óscar Perdomo León.
***
Arecio De León:
teclados, guitarra acústica y segunda voz baja en el estribillo.
Óscar Perdomo León:
guitarra acústica, bajo eléctrico, primera voz y segunda voz alta.
***
(Grabación casera)

Para quienes no puedan ver el video aquí en mi blog, den un clic al siguiente enlace: SIN DECIR ADIÓS. Óscar Perdomo León.

***

© Sin decir adiós. Óscar Perdomo León.
El Salvador, América Central.
Mayo de 2014.

I´LL SEE YOU IN MY DREAMS. Cover

ill-see-you-in-my-dreams-trailer-title

La canción «I´ll see you in my dreams», escrita por Isham Jones and Gus Kahn y publicada por primera vez en 1924, ha sido «versionada» por muchos artistas y también por aficionados a la música, como yo.

Este «cover» que hago aquí está inspirado en la gran interpretación que hizo de esta canción Joe Brown en el homenaje a George Harrison, «Concierto para George».

 ***

I´LL SEE YOU IN MY DREAMS

Para quien no la pueda escuchar aquí en mi blog, lo puede hacer dando un clic en este enlace: I´LL SEE YOU IN MY DREAMS. Cover. Óscar Perdomo León

Versión de Óscar Perdomo León.
(Grabación casera).
Voz, teclado, guitarra acústica y eléctrica, y bajo eléctrico, interpretados por Óscar Perdomo León.
***
I´LL SEE YOU IN MY DREAMS
Lonely days are long,
twilight sings a song,
all the happiness that used to be.
Soon my eyes will close,
soon I’ll find repose
and in dreams
you’re always near to me.
I’ll see you in my dreams,
hold you in my dreams.
Someone took you right out of my arms.
Still I feel the  thrill of your charms.
Lips that once were mine,
tender eyes that shine.
They will light my lonely way tonight.
I’ll see you in my dreams

También la pueden escuchar en este video y, de paso, leer la letra.

Para quien no pueda hacer correr aquí en mi blog el video, lo puede ver siguiendo este enlace: I´LL SEE YOU IN MY DREAMS. Cover.

 

Texto:

Óscar Perdomo León

***

Fotografía extraída de la película de 1951 «I´ll see you in my dreams», protagonizada por Doris Day y Danny Thomas.
***
Relacionados: TE VERÉ EN MIS SUEÑOS. Joe Brown.