MI ROSTRO

Óscar P. L. IMG_20150507_150737 - copia

I

Hermana, hermano, den su mano a esta criatura dolorida,

a esta media mirada

que gotea una lágrima.

Mi tristeza es un panal amargo, un colibrí con alas rotas,

una mirada perdida

en ninguna parte.

II

Mi rostro fue cortado.

Una mitad solloza

y la otra cayó en la basura.

No importa.

Creo que como una estrella de mar o una lagartija nerviosa

regeneraré un día en mi cara

la sonrisa.

III

Los días avanzan incansables,

-directos en su misión-

implacablemente

buscando mi muerte.

Los días no se equivocan. Llegarán a su destino.

IV

Mientras tanto, con la mitad de vida que me queda,

abrazaré la música,

besaré a mis hijas,

devolveré a mi madre

una palabra amorosa.

V

Hermana, hermano: gracias por no soltar mis dedos.

Amigo lejano: gracias también. Tu cercana presencia alivió mi angustia.

Ahora estoy seguro:

mi rostro mutilado

emergerá

de las tinieblas.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

ESTEBAN E ISABEL (Tercera y última parte)

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Isabel, de profesión periodista, nació en Santa Ana en 1972; vivió durante sus primeros –y tan importantes- años de vida en la pequeña ciudad salvadoreña de Atiquizaya, en donde las particularidades del lenguaje ingenioso y burlón, ofensivo y atacante, vulgar y sabroso, le habían llevado a tener, en medio de San Salvador, entre tanto capitalino, una expresión verbal singularmente original, producto no sólo de las palabras –o palabrotas- que usaba en sí, sino también del acento característico que les daba, esa especie de tono en la voz como quien habla con cierta indignación pero en la cual no hay indignación alguna en absoluto.

Durante los años de inicio de la guerra civil salvadoreña, Isabel era prácticamente una niña; todos esos años los vivió alejada hasta cierto punto de la violencia fratricida. Por supuesto que todos y cada uno de los salvadoreños que vivieron esa época fueron afectados por la violencia de una u otra manera; pero Isabel vivió esos días con cierta paz e inocencia, hasta que se presentó en Atiquizaya la muerte de 6 estudiantes en 1980. El caso es que los jóvenes entre 11 y 14 años, quienes se habían inscrito inocentemente como miembros del MERS, fueron sacados de sus casas por la noche por los Escuadrones de la Muerte; sus cadáveres aparecieron asesinados y con señales de tortura en las calles y en diferentes partes del municipio de Atiquizaya. Las exequias al siguiente día fueron impresionantes y desgarradoras. Isabel, sin entender muy bien el porqué de los homicidios, grabó en su memoria aquellos acontecimientos.

Durante su adolescencia, Isabel, que era una mujer muy atractiva, tuvo muchos pretendientes; tuvo una que otra relación de noviazgo, pero nada en serio.

Es justo que diga que su pubertad estuvo llena de amor e instrucción; especialmente en el tiempo que pasaba con su padre; sus conversaciones eran siempre muy ricas y estimulantes; las historias de Esteban siempre le revelaban, sin fronteras, algo de nuestro país El Salvador o del mundo; ellas le hacían ver también las preferencias y gustos de su padre.

Cuando empezó a verse con Roberto se podría decir que los encuentros entre ellos habían sido suaves colisiones frecuentes y que habían entablado mutuamente una relación fluida y constante… Habían hablado mucho y se sentía que entre ellos había crecido una confianza franca; así que se habían contado recíprocamente muchas cosas de su vida.

Por eso la muerte de Esteban y la forma en que ocurrió, fue uno de esos traumas pesados y que cicatrizan grueso en el alma. Y ese queloide emocional y amplio que llevaba Isabel podía casi palparse cuando contaba su historia…

Una vez Isabel le contó a Roberto como esa terrible tarde del crimen de su padre ella regresó sola a su casa. Entró como quien entra en otra galaxia, como quien ingresa en una pesadilla desmembrada, confusa y malévola. Recordó cómo se lanzó sobre el cuerpo de Esteban y desahogó todo su llanto, en un abrazo último. La escena era abrumadora, espeluznante, como sacada de un cuento de terror, sangrienta, inhumana, febril, macabra y convulsionante… los adjetivos y los conceptos se me agotan al pensar en ella.

Con un trapo blanco Isabel limpió como pudo la sangre del pecho de Esteban y lloró desconsolada sobre el cuerpo ya sin vida. De pronto escuchó suavemente un llanto seco y reprimido y levantó su rostro. Se puso de pie y abrió el armario. Con inmensa sorpresa encontró a su madre, Rocío, acurrucada. Allí estaba ella con los ojos opacos y los labios temblorosos. En un pasillo de la casa, miró también a Salomón, quien se había arrastrado con mucha dificultad, tratando de salir de la casa.

Isabel se enjugó las lágrimas y su mirada se perdió en la nada… Entonces comprendió todo. Pero Isabel no juzgó a su madre. Sólo la auxilió, la acompañó al hospital y le dio soporte psicológico; ella, que apenas estaba entrando en la adolescencia, que sólo era casi una niña, era en realidad casi una mujer en cuerpo y mente.

Candelaria, siempre atenta y servicial, ya le había colocado el torniquete a Rocío en el antebrazo izquierdo y luego había salido a buscar ayuda…

***

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Una de esas noches de amor insaciable también Isabel le contó a su novio Roberto que años después de muerto su padre, buscó a Candelaria, testigo del asesinato de Esteban, para que le relatara paso a paso, detalle a detalle, todo lo que había acontecido esa noche de 1990.

Candelaria, una anciana bondadosa, de piel y hueso, supersticiosa, discreta al hablar y al actuar, siempre con una sonrisa arrugada en su rostro, presta a trabajar y a servir, tenía ese no sé qué de sabiduría que tienen nuestras viejos de pueblo, que en una frase sencilla pero que se ha venido añejando con los años, expresan una verdad de la vida.

-Niña, no haga que recuerde lo que no debieron haber visto mis ojos ni los suyos.

-Candelaria, sólo usted puede ayudarme a saber. Tengo que acordarme y saber todos y cada uno de los detalles de la muerte de mi padre.

-¿Para qué, niña Isabel? Eso sólo le va a trozar más su dolor.

-No, Cande, usted no entiende. Sólo voy a curar este dolor cerrando ese capítulo de mi vida y mientras ignore detalles no voy a descansar. Este capítulo de mi vida quiero abrirlo sólo cuando yo quiera y no cuando a él se le antoje abrirse.

-Vaya pues, niña –contestó Candelaria, con tristeza en los ojos-. Se lo voy a contar. Lo que pasó esa noche fue que…

A lo lejos podía verse una bandada de zanates y clarineros que caían sobre un árbol de fuego, erizándolo. Un árbol de Cortés alumbraba con su vivo amarillo. Un árbol de Maquilishuat, con su flor rosada, era testigo de lo que se contaba. En la lejanía podía verse, junto al árbol de Fuego encendido de flores y de pájaros, a las dos mujeres hablando cercanamente. La pavorosa escena de violencia emergía y crecía en las palabras de Candelaria, con grotesca vitalidad…

Lágrimas amargas brotaban sin parar de los ojos de Isabel, mientras escuchaba y revivía toda la historia de los labios de Candelaria.

(Así mismo volvió a llorar cuando se lo contó todo a Roberto, como si el asesinato de Esteban acabara de suceder. Aún hoy sería difícil olvidar el dolor de Isabel expandiéndose hacia el alma de Roberto).

Sin más palabras Isabel y Candelaria se abrazaron fuertemente.

El árbol de fuego –testigo callado- seguía encendido de flores y de pájaros…

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografías tomadas por Óscar Perdomo León

***

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***

EDUARDO GALEANO DEJA UNA HUELLA PROFUNDA EN AMÉRICA LATINA

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Eduardo Galeano (fotografía de Patricia Casanova)
Dedicado a Luis Águila.

El uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015) estuvo en El Salvador para recibir el doctorado honoris causa en el año 2005. Y es que aquí, como en todos los países de América Latina, Galeano era uno de esos escritores constantemente leídos. Sus opiniones, siempre concentradas, profundamente meditadas e interesantes, tenían mucho eco por estos lares.

En el año 2009 su nombre fue noticia internacional cuando el ex Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, le regaló al Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, un volumen de «Las venas abiertas de América Latina».

La última vez que supe de él fue cuando lo vi hablando en el largometraje documental de Tina Leisch sobre Roque Dalton, «Fusilemos la noche».

Aunque a Galeano se le contabilizan unos 43 libros publicados, su libro «Las venas abiertas de América Latina» es uno de los más leídos de él, es un clásico de la literatura que toca la historia y la economía de América Latina, y es un punto de referencia para muchos latinoamericanos que quieren explicar las raíces de la injusticia social que sufre la gente al sur del río Bravo.

A continuación les presento un artículo que escribimos con mi esposa en el año 2009 sobre «Las venas abiertas de América Latina».

Además, al final de este artículo podrán encontrar, para quienes lo deseen, un enlace para leer el libro completo.

 LAS VENAS que siguen ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

El clásico libro del uruguayo Eduardo Galeano que inicia con una cita que es como una bofetada para que todos los latinoamericanos despertemos: “… Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez…” (Proclama insurrecional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, 16 de julio de 1809), es una obra que deberían leer las masas empobrecidas y hambrientas de nuestra América, los profesionales, las amas de casa y los comerciantes; debería ser leído también por nuestros políticos (de cualquier corriente de pensamiento), para que tomaran consciencia del verdadero y adecuado papel que les correspondería jugar en la sociedad.

El libro “Las venas abiertas de América Latina” fue publicado por primera vez en 1971, pero pienso que su vigencia es tan fuerte hoy como lo fue hace 38 años. Es uno de los libros más reveladores y conmovedores que he leído en toda mi vida.

Fue escrito luego de una gran investigación por parte del autor, muestra de ello son las innumerables citas que aparecen como pie de página a lo largo de todas sus páginas. Es un viaje detallado por nuestra América que dura 500 años; muchos pueden alegar que “sólo es un libro más de izquierda”, sin embargo dudo mucho que las palabras del Códice Florentino, escrito por el fray Bernardino de Sahún durante la conquista sean de esa ideología: “mucho espanto le causó oír cómo estalla el cañón cómo retumba su estrépito, y cómo se desmaya uno; se le aturden los oídos, Y cuando cae el tiro, una bola de piedra sale de sus entrañas: va lloviendo fuego”. Los hechos son los hechos.

 El origen infame de la historia de nuestros países latinoamericanos, que han sido mil y una vez bañados de sangre y han sido víctimas de las perversas traiciones y juegos sucios de los políticos serviles de los poderosos, tiene como base la misma conquista, la cual fue hecha por ambiciosos e inmorales personajes españoles y portugueses, quienes seducidos por la avidez del poder y las riquezas vendieron sus posesiones en sus países natales para poder costear sus viajes al Nuevo Mundo, usando para someter a nuestros indígenas la infamia, la mentira y la injuria, todo bendecido por la Santa Iglesia (con pocas excepciones de algunos sacerdotes); armas heredadas desde entonces hasta la actualidad y que en definitiva son las que aún nos siguen sometiendo, entorpeciendo intencionalmente el desarrollo y el crecimiento de nuestra gente.

“La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta.”

Nuestra América estaba rebosante de riqueza, los tesoros en piedras preciosas, oro y plata eran grandísimos y cuando los Europeos del Renacimiento “clavaron su bota” en nuestro continente los saquearon sin misericordia y pensando que esas fuentes de riqueza eran inagotables.

Pero la otra gran riqueza fue la mano de obra gratis que consiguieron con la esclavitud de los indígenas de estas tierras y con la esclavitud de los negros traídos desde África. Este vasallaje inhumano contribuyó grande e innegablemente al crecimiento económico de Europa.

Pero esa riqueza tuvo un precio muy alto. El patrimonio que los europeos se robaron de Potosí, en Bolivia, especialmente en los siglos XVI y XVII, por ejemplo, dejó 8 millones de indios muertos.

 “En las comunidades, los indígenas habían visto «volver muchas mujeres afligidas sin sus maridos y muchos hijos huérfanos sin sus padres» y sabían que en la mina esperaban «mil muertes y desastres».”

“El dominico fray Domingo de Santo Tomás denunciaba al Consejo de Indias, en 1550, a poco de nacida la mina, que Potosí era una «boca de infierno» que anualmente tragaba indios por millares y que los rapaces mineros trataban a los naturales «como animales sin dueños».”

“Los indios de la América sumaban no menos de setenta millones, y quizás más, cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio después se habían reducido, en total, a sólo tres millones y medio.”

En libro de Galeano nos va conduciendo cronológicamente desde la venida de Cristóbal Colón y el encuentro de dos mundos, hasta los turbulentos días del siglo XX, con datos históricos y descripciones increíbles.

 “Los promedios engañan, por los insondables abismos que se abren, al sur del río Bravo, entre los muchos pobres y los pocos ricos de la región. En la cúspide, en efecto, seis millones de latinoamericanos acaparan, según las Naciones Unidas, el mismo ingreso que ciento cuarenta millones de personas ubicadas en la base de la pirámide social. Hay sesenta millones de campesinos cuya fortuna asciende a veinticinco centavos de dólar por día; en el otro extremo los proxenetas de la desdicha se dan el lujo de acumular cinco millones de dólares en sus cuentas privadas de Suiza o Estados Unidos, y derrochan en la ostentación y el lujo estéril -ofensa y desafío- y en las inversión total, los capitales que América Latina podría destinar a la reposición, ampliación y creación de fuentes de producción y trabajo.”

 El imperialismo –español y portugués primero, e inglés y gringo después- nos ha infundido durante siglos pensamientos errados para su propio beneficio. Por ejemplo, ha tratado de hacernos creer que nuestra pobreza está ligada a la sobrepoblación de nuestros países.

“Diversas misiones norteamericanas han esterilizado a millares de mujeres en la Amazonía, pese a que ésta es la zona habitable más desierta del planeta. En la mayor parte de los países latinoamericanos, la gente no sobra: falta. Brasil tiene 38 veces menos habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica; Paraguay, 49 veces menos que Inglaterra; Perú, 32 veces menos que Japón. Haití y El Salvador, hormigueros humanos de América Latina, tienen una densidad de población menor que la de Italia. Los pretextos invocados ofenden la inteligencia.”

Las oligarquías de cada nación latinoamericana han cerrado los ojos a la injusticia de un sistema capitalista voraz y excluyente.

 “La lluvia que irriga a los centros del poder imperialista ahoga los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes –dominantes hacia dentro, dominadas desde fuera- es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una vida de bestias de carga.”

“Incorporadas desde siempre a la constelación del poder imperialista, nuestras clases dominantes no tienen el menor interés en averiguar si el patriotismo podría resultar más rentable que la traición o si la mendicidad es la única forma posible de la política internacional. Se hipoteca la soberanía porque «no hay otro camino»; las coartadas de la oligarquía confunden interesadamente la impotencia de una clase social con el presunto vacío de destino de cada nación.”

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Los anteriores párrafos (resaltados en negro) tomados de este libro desgarrador “Las venas abiertas de América Latina” son sólo una pequeñísima muestra de la profundidad de los argumentos de Eduardo Galeano.

La independencia de Latinoamérica es una ilusión romántica. Por ejemplo, es cierto que en El Salvador nos independizamos de España hace 188 años; pero es verdad también que esa independencia no benefició a todos los salvadoreños; sino más bien a una pequeña oligarquía criolla, una minoría de raza blanca que eran hijos de españoles nacidos en estas tierras centroamericanas y que representaban apenas un 3 % de toda la población.

¿Somos independientes realmente cuando el gobierno de Los Estados Unidos de América se ha entrometido en nuestros asuntos desde principios del siglo XX hasta nuestros días? El gobierno de los Estados Unidos de América fue el propulsor de las numerosas dictaduras militares que sufrió nuestro país durante largas décadas.

Nuestras venas están hoy más abiertas que nunca. El pueblo por sí mismo puede hacer mucho, pero mientras existan en la ralea política gente deshonesta que sólo vela por sus intereses y que se vende descaradamente al mejor postor, como prostitutas baratas, seguiremos sangrando hasta quedarnos sin vida.

El destino de la mayor parte de la humanidad está condenado a la pobreza mientras el sistema internacional de relaciones entre países ricos y pobres no cambie. Y uno de los primeros pasos que se deberían tomar es la desobediencia a las políticas imperialistas de los Estados Unidos.

Para terminar -y aunque pareciera de entrada que no tiene nada que ver con el tema de hoy, pero sí lo tiene en su esencia- el pasado 05 de noviembre de 2009 recibió merecidamente el Premio Nacional de Cultura, el poeta Alfonso Kijadurías, y en su discurso de aceptación dijo: “La violencia más que la paz sigue imperando en nuestro país, porque la paz es incompatible con la miseria y la desigualdad social. No existirá paz si carecemos de una verdadera cultura democrática. Una cultura que favorezca las manifestaciones de las mejores formas del talento creativo y el acceso a ellas del mayor número de personas capaces de disfrutarlas y valorarlas con un criterio soberano, no manipulado por sutiles o explícitas coacciones de la ideología, del comercio o la moda.”

Ojalá los salvadoreños escucháramos a nuestros poetas, ojalá abriéramos los ojos a nuestros orígenes. Entonces otro gallo nos cantaría. No ignorar nuestro pasado, leyendo “Las venas abiertas de la América Latina”, sería un buen comienzo.

Escrito por

Érika Mariana Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

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Para quienes quieran leer el libro, sólo den un clic al siguiente enlace

LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA Eduardo Galeano

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ESTEBAN E ISABEL (Segunda parte)

Esteban 1

Un día del año de 1984, le fue asignada una tarea al caporal Eustaquio, empleado de confianza y amigo de muchos años de Esteban:

-Necesito, Eustaquio, que vayás a mi casa y traigás el machete nuevo que está en el armario del comedor. Si no lo hallás, decile a Candelaria que te lo busque -dijo Esteban, con amabilidad, pero con la firmeza de quien manda.

-Ahorita mismo, patrón.

Eustaquio, un hombre de más o menos 50 años de edad, se había iniciado siendo casi un niño en los trabajos del campo a las órdenes del padre de Esteban. Así que en la relación de trabajo entre Eustaquio y Esteban había también cierto aire de familiaridad, de confidencia y cordialidad. Eustaquio era un hombre fuerte pero de pequeña estatura, impulsivo y valiente, de temperamento enérgico. Era también servicial y trabajador, muy compenetrado en sus labores.

De tal manera que Eustaquio se marchó muy obediente cabalgando un hermoso caballo negro. Unas nubes oscuras en el cielo anunciaban la lluvia que se avecinaba. El viento empezaba a soplar con más fuerza.

Eustaquio llegó a la casa de la hacienda y amarró a un árbol al oscuro rocinante. Unas pequeñas gotas de lluvia empezaban a caer.

Entró a la casa con naturalidad y se dirigió al comedor. Ya con el machete en la mano se disponía a salir, cuando unos gemidos femeninos de placer en el dormitorio le llamaron la atención. Intrigado, caminó hacia el dormitorio con sigilo. Los truenos empezaron a retumbar afuera de la casa; el viento agitaba con fuerza una ventana; la lluvia entonces cubrió la casa como una túnica arrolladora. Eustaquio abrió la puerta del dormitorio de golpe. Sorprendido, encontró desnudos sobre la cama a Rocío, la mujer de su patrón, con su amante Salomón.

Rocío 2

El caporal, al ver la inesperada escena, sintió que la sangre le corría caliente por la cara. Eustaquio conocía muy bien a Salomón y siempre había sentido desagrado hacia él y al verlo, su ideología conservadora, su rígida moral y su propia visión del mundo se vieron golpeadas. Una ira incandescente envolvió su cabeza. Un instinto violento levantó cercos alrededor de su razonamiento.

Fiel como un perro y sin pensarlo mucho, Eustaquio sintió la afrenta de otro como suya propia y sacó entonces de la vaina con un criterio indomable el machete filoso para agredir al amante de la esposa de Esteban. Aquel desenfundó también su machete, el cual tenía a la orilla de la cama y se defendió con agresividad. Se desencadenó una batalla frenética y casi primitiva. La mujer se interpuso entre ellos tratando de detenerlos. Trozos de carne y borbollones de sangre –¡explosivos en siniestros caminos!- profusamente saltaron como perdigones por un lado y por otro. Rocío pegó un grito desgarrador, de dolor intolerable. La batalla fue breve, pero inclemente.

Eustaquio cayó muerto al suelo, con el rostro rayado de heridas y semi-decapitado; su miembro superior izquierdo estaba cercenado en el antebrazo; tenía además una herida profunda en el abdomen. Salomón, por su lado, con heridas en el tórax, los brazos y el rostro sangraba copiosamente.

Lejos del casco de la hacienda los truenos y el viento se escuchaban también con ferocidad. La lluvia se precipitaba aceleradamente. Las ramas de los árboles se mecían con fuerza y Esteban se inquietó. No había donde protegerse de la lluvia y Esteban montó su caballo blanco. A galope suelto se dirigió a su casa del casco de la hacienda. Su inquietud iba en aumento. La lluvia era un manto transparente. En la lejanía Esteban parecía un jinete mágico, un cuerpo viril y veloz, una sombra brillante poblada de misterio y eternidad.

Prácticamente había venido pisándole los talones a Eustaquio. Esteban llegó bajo la lluvia pertinaz al casco de la hacienda con una sensación como si un instinto o corazonada inexplicable lo empujara hacia el camino. Bajó del garañón domado y notó que el caballo de Eustaquio estaba pastando cerca. Entró con rapidez a la vivienda.

Al entrar a la infausta casa escuchó sonidos extraños. Caminó entonces hacia su dormitorio y encontró casi en el umbral de la puerta el cadáver desangrado y tibio de Eustaquio, sobre el suelo teñido. Levantó la mirada y sorprendió a Salomón herido de gravedad, quien, al ver a Esteban, no vaciló en sacar su revolver 38 y dispararle sin previo aviso, directo al corazón. El sonido del arma fue una especie de reverberación opaca. Esteban alcanzó a ver a Rocío semidesnuda y se desplomó instantáneamente sobre el suelo.

Esteban murió Instantáneamente.

Escondida tras la puerta y observándolo todo, estaba la empleada doméstica Candelaria, callada y envuelta en lágrimas y miedo.

Repentinamente Isabel, la hija de Esteban, de 12 años de edad, se acercó a la escena de la tragedia; Candelaria la alejó inmediatamente, pero la niña, temeraria, se le escapó de las manos y corrió hacia adentro del dormitorio.

-¡Isabel! -gritó impotente Candelaria.

***

Continuaré diciendo, sobre el impactante hecho, que minutos después, Salomón, ensangrentado y peligrosamente herido, fue recibido en la Emergencia de un hospital privado de Santa Ana. Una doctora lo atendió con rapidez y a los pocos minutos se acercó a la mujer que lo acompañaba para interrogarla y conocer los detalles sobre lo que había ocurrido. Pudo ver que era una mujer elegante y con apariencia de cierta solvencia económica. A las palabras de la doctora ella no contestó nada, sólo bajó el rostro y sollozó. Su mente era una tormenta con rayos y truenos. Los recuerdos frescos de violencia eran como grandes olas saladas sacudiéndole la conciencia.

Como la doctora entendió que Rocío no le contaría nada y además la vio llamativamente manchada de rojo, le preguntó:

-¿Está usted bien?

Y la mujer, cubierta con un suéter, no respondió nada otra vez; sólo se descubrió un poco para mostrar su miembro superior izquierdo aún sangrante, protegido por un apretado torniquete, con la mano totalmente amputada.

Rocío

-¿Y la mano? -preguntó la doctora, sorprendida.

Y a la par de la mutilada mujer, sin responder tampoco nada, la niña que la acompañaba, extrajo de su mochila la cianótica mano salpicada; la chiquilla de 12 años de edad, con el rostro petrificado, como perdida en un sórdido sueño, se la entregó a la doctora. Esa pequeña niña era Isabel.

(Continuará)

Escrito por

Óscar Perdomo León

ESTEBAN E ISABEL (Primera parte)

Esteban 2

Esteban nació un 12 de octubre de 1940, en una pequeña ciudad de El Salvador. Su niñez fue alegre y tuvo siempre todo lo que un niño de su edad y de su época podía desear. Creció entre su natal Atiquizaya y la ciudad morena de Santa Ana; pero con frecuencia se iba hacia el campo con su padre, quien era un hacendado exitoso, acompañándolo en sus tareas diarias de dirigir sus prósperos cultivos y su ganado porcino y vacuno. Allí disfrutaba de dos cosas principalmente: de los ríos de los alrededores de la ciudad, en donde aprendió a nadar con habilidad, y de comer de una forma silvestre su fruta preferida, el mango.

Le gustaba caminar entre las malezas del campo o cabalgar sobre su caballo favorito, «Tormenta»; Esteban tuvo cierto entrenamiento hípico y se instruyó muy bien en el cuido de los agraciados corceles.

A veces por las noches, siendo un niño, su padre lo llevaba a cazar conejos y algunas otras veces se adentraban en las montañas más heladas y tupidas de árboles para, con sigilo y paciencia, cazar venados. Entonces no se pensaba que esos bellos animales estuvieran al borde de la extinción en nuestro país. El padre de Esteban cazaba un solo animal en cada travesía y no sentía culpabilidad alguna por eso.

Siendo un niño y siendo hijo único, Esteban compartía también mucho de su tiempo con sus amigos, de quienes sólo estaba separado por un par de años. Juntos jugaban plenamente en el agro y aprendían de igual forma a convivir y a desarrollar habilidades agrestes; así como de la misma manera estudiaban y se instruían en el colegio. Para Esteban fue una época vivificante hacia el desarrollo de su imaginación y de su destreza para resolver problemas.

Su padre, un hombre entusiasta de la literatura y con una cultura amplia, le hablaba de Historia pero igualmente de las cosas simples de la vida. Su padre era un hombre bondadoso e inteligente, con una influencia tremenda y positiva sobre él.

Su madre era muy amable y muy entregada a su cuidado y siempre se la pasaba muy pendiente de los pequeños detalles de la casa, la cual lucía limpia y ordenada. Era una mujer con una tendencia fuerte en dirección a la religión cristiana, aunque no hacia los ritos, sino más bien hacia su esencia. Así que “amaos los unos a los otros” era su código profundo de vida y ella se consideraba a sí misma como una especie de «católica liberal». Esto penetró sin duda en el corazón de Esteban. Su madre solía ser además una cocinera maravillosa; era una especialista en comidas típicas como el chilate, el atol shuco, los tamales dulces y salados, el atol de elote y las pupusas. Y su sopa de patas era un verdadero manjar.

Esteban desde niño enfrentó las faenas del campo con alegría y coraje, tal como enfrentaba los retos que le presentaban la escuela y la ciudad. Nada parecía amedrentar al niño Esteban y casi nada parecía tampoco poder arrebatarle el buen sentido del humor. A veces se mostraba polémico, pero generalmente lo hacía de una forma propositiva y tranquila.

Durante su adolescencia fue un estudiante tenaz y muy inclinado a la lectura, en cierta forma guiado por su padre.

Su voz profunda, con un aire de natural autoridad, siempre alumbraba palabras adecuadas al momento; lo mismo podía expresar un concepto científico ante sus familiares, así como una pícara respuesta ante algún vecino.

A Esteban le gustaba también, durante sus días de pubertad, departir con sus amigos en las esquinas, mientras escuchaban música, a través de un pequeño radio de transistores; en esas reuniones no faltaban las bromas y las risas sonoras. Regularmente algunos de ellos visitaban al «viejo Juan», un anciano sabio de la ciudad, quien, siendo un amante nato de la música y un cultivador incansable de ella, les tocaba la marimba, la concertina o el saxofón y después, bajo la luz pálida del «parque Viejo», les contaba remotas anécdotas de principios de siglo. Esos días compartidos con el músico eran días como tesoros, en los que ni la radio ni la televisión (ese invento nuevo que sólo unas pocas personas tenían en la ciudad de aquellos días) se interponían entre el concierto musical en vivo, el lenguaje oral y el ávido y paciente oído.

A mediados de los años sesenta, Esteban era un joven de veinte y cinco años de edad, con la piel curtida y requemada, cabello ondulado y ojos de un verde oscuro, con un iris que, si se lo miraba de cerca, parecía estar formado por pequeños pétalos de flor.

Y al alcanzar la adultez, Esteban fue un hombre muy complejo; pero muy accesible. Conversaba abiertamente con todos; pero constantemente meditaba sobre el porqué y el para qué de la vida. Y su conclusión había llegado a ser muy simple: que la vida servía para compartir, ayudar y ser feliz.

Era y se sentía muy respetado y querido por sus vecinos. Siempre estaba de una u otra manera involucrado con la comunidad. Para él eran tiempos de regocijo y asimilación del mundo.

Es conveniente también dejar claro que Esteban vivía entre dos mundos: el urbano y el rural. Y él estaba muy consciente de ello. En la ciudad vestía de traje formal; en el campo, de botas, sombrero y machete. En el campo trabajaba bajo el sol entre sudores y plantas, entre barro y cabezas de ganado; en la ciudad trabajaba con las ideas y las palabras.

Esteban podía descifrar el canto de los pájaros y el lenguaje del viento; conocía las huellas de los animales y los mensajes del clima. Pero también podía ser muy agudo y sensible en el entendimiento del arte y lo abstracto.

Por eso al regresar a su casa, abría los libros más fascinantes y los leía con anhelo de niño. En su modesta biblioteca heredada de su padre y alimentada por él mismo, no faltaban Borges, Henry Miller, Stevenson, Neruda, Nietzsche, Salarrué, Arturo Ambrogi, George Bernard Shaw, Fiodor Dostoievski, J.J.R. Tolkien, Claribel Alegría, Roque Dalton, Claudia Lars y William Shakespeare, por mencionar algunos. Así como también libros de historia, geografía y leyes. No obstante, sus favoritos durante mucho tiempo fueron los libros de Jorge Luís Borges, tanto que la noche que releyó una y otra vez «El inmortal» y «El jardín de senderos que se bifurcan», resultó tan satisfecho de esos cuentos que pensó que ya no quedaba nada más por leer en el mundo; esa noche Esteban durmió muy intranquilo. Por supuesto que al día siguiente ya estaba sin escape enredado con el libro de algún otro autor. Y sin embargo, siempre regresaba a Borges, con transparente lealtad.

También la combinación de música y literatura era una cosa fascinante para Esteban, como el cuento «El perseguidor», de Julio Cortázar.

Además amaba los libros, con la manía de los coleccionistas, no sólo por su contenido, sino también por su presentación, por el arte con que habían sido editados. Uno de sus libros más apreciados era uno de pasta dura, de hojas de papel de cebolla, de tamaño casi de bolsillo, editado e impreso en Madrid en 1953: Los hermanos Karamazov, con traducción directa del ruso, prólogo y notas de Rafael Cansinos Assens.

Del mismo modo, Esteban entendía con claridad la música; era un melómano sin remedio y disfrutaba de un amplio arco iris sonoro: desde las más sencillas rancheras hasta las obras de Beethoven y Stravinsky, pasando por los más variados músicos de Jazz. Algo interesante de mencionar es que Esteban recibió de su padre, con mucho orgullo y alegría, una vieja partitura musical escrita de puño y letra de la mano de Agustín Barrios Mangoré: “La Catedral”; el padre de Esteban la adquirió directamente de las originales manos del guitarrista genio, con quien había trabado amistad en San Salvador. Esteban guardaba con recelo el texto musical en un cofre, bajo llave.

De entre todos los músicos sus favoritos eran Miles Davis y Ludwig Van Beethoven, por razones un poco objetivas y con mucho de subjetividad (como muchas de nuestras más sinceras preferencias), de quienes tenía numerosos discos de 33 y 78 revoluciones, en su mayoría traídos desde Los Estados Unidos. Pero por supuesto, como ya había mencionado antes, no sólo tenía discos de Jazz o de música académica. Un ejemplo era su colección de música afro antillana y de boleros, discos de Gardel y de Pedro Infante, así como también el disco Abbey Road de Los Beatles, que era una de las grabaciones a las que más le tenía aprecio. Con el tiempo su colección crecía. Le gustaba, por ejemplo, Leo Dan, porque sentía que en su música y en sus letras sencillas, directas, sin una gota de poesía, había una belleza muy grande; y por otro lado, sentía que en la poesía de la música y las letras de las canciones de Silvio Rodríguez, había otro tipo de belleza, nada menor, por supuesto.

Con el pasar de los años Esteban se enamoró y se casó con Rocío, una mujer verdaderamente bonita.

En forma similar a la tragedia de Shakespeare, en la que Otelo y Desdémona terminan fatalmente, así también concluyó la historia de Esteban y Rocío; aunque en circunstancias y desenlace diferentes.

Bueno, he aquí lo que sobrevino.

(Continuará)

Escrito por

Óscar Perdomo León

LA RAZÓN

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Cerremos las ventanas y las puertas,

abramos el corazón y los sentidos,

subamos hasta el vértice del orgasmo

y bajemos la guardia para siempre.

Que esto no es la guerra,

que la emoción de mi sangre no es la muerte,

que ese gesto tuyo y febril no debe reprimirse:

desde hace varios años la vida vibra en nosotros.

Todo movimiento es ahora explosivo, es agradable, es gratificante.

Nada podrá inundarnos de frío, algo en el pecho nos da la fuerza,

todo en derredor propicia el amarse.

Arriesguemos en secreto muchas cosas,

que te quiero y no hay razón más convincente.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

***

Fotografía tomada por
Óscar Perdomo León

UNA CUEVA

Cello

UNA CUEVA

(Que pretende ser un dormitorio… 3:20 p.m.)

El teléfono insistente sonó dolorosamente y Roberto levantó el auricular con cierto desgano.

-Aló…

-Disculpame, por favor, Roberto, no pude llegar, tuve un contratiempo ineludible…

-No importa, Isabel, no hay problema…

-¿Estás enojado? ¿Cómo te sentís?

-No sé… Me siento bien y me siento mal. No sé en realidad. Es algo parecido al infierno, como estar a pleno sol en medio de una trabazón vehicular. Y al mismo tiempo siento como estar entre las piernas de quien se ama. No sé… Me siento adolorido pero también me siento grande, sereno, me siento tierno y me siento original… ¿Has oído la composición Cassandra del disco Réquiem de Branford Marsalis?

-Sí, es una de mis favoritas.

-Bueno, entonces ya tenés una idea de cómo me siento.

-Sí, sí, trato de entender, Roberto, estoy tratando de entender… Pero dejame que llegue a tu casa. ¿Estás solo, verdad? Quiero ir a tu casa. Es más, ya voy para allá. Te quiero abrazar y besar y… quisiera estar más, mucho más cerca de vos…

-¿Más cerca? ¿Más aún de lo que estás en mi cabeza y en mi corazón?

-Sí, Roberto. Te quiero…

-Yo también te quiero, Isabel. Te espero entonces…

Roberto, mareado y confundido, pensó automáticamente unas palabras que estaban entre el sueño y la vigilia:

«Gris y negro, perla y rojo, azul oscuro y gris azulino. Una niebla plateada y espesa ciega mis ojos. Un enorme tambor suena en mi cabeza y un olor agrio y húmedo me inunda y me golpea… Caries dentales arriba y abajo, tumores malignos creciendo, abscesos sanguino-purulentos se derraman, fiebres agotantes galopan como fieras salvajes, dolores artríticos deformantes se pegan como hiedra a la piel y a los huesos, lluvias torrenciales que inundan casas y derrumban paredones, calientes sequías debilitantes, besos falsos y promesas rotas, terremotos destructores… Arrugas. Llanto. Juventud cortada de filo bruscamente. Impolutas rosas se marchitan. Amores que eran para siempre, se desvanecen como el humo en el aire… Todo lo devora el tiempo. Absolutamente todo. Y todo lo devora tu partida. Estoy rodeado de mil personas y la soledad que me carcome es más real y ardorosa que todo el monótono bullicio. Chet Baker toca «Autumn leaves» y «The wind» y las toca para mí, para mi alma, para mis largos dedos que no te alcanzan, Isabel. Cráneos, tierra y barro pegados a la piel. La muerte toma a varios de un solo tajo. Despierto entonces aterrado y sudoroso, con la boca seca… Cada noche o madrugada entre pesadillas y sueños, vos, Isabel, te me aparecés como un chispazo fantasmagórico. Un cigarrillo encendido corrompe el aire. Aspiro profundamente y el humo llena mis pulmones. La luz del foco que dejé encendido parece un sol y mis ojos tienen llamas…»

Roberto, sudoroso y agitado, abrió sus ojos. Miró su habitación colmada de soledad.

Isabel no llegaría…

Escrito por

Óscar Perdomo León

Fotografía tomada por:
Óscar Perdomo León

***

ANASTASIO AQUINO

Valle de Jiboa

Es 24 de julio de 1833. El pelotón de fusilamiento eleva, perpendiculares a los cuerpos, sus armas de fuego. Pero testigos del hecho afirman que, unos segundos antes, el indócil sentenciado sonreía mientras intercambiaba unas palabras con el sujeto que le vendaba los ojos.

-¿Quieren jugar a la gallinita ciega? –preguntó Aquino, con sarcasmo.

El sedicioso es físicamente fuerte, de cabello lacio y comúnmente usa caites de correas gruesas y una capa sin mangas, adornada con seda roja.

Semanas antes, mientras guardaba prisión en Santiago Nonualco, después de haber sido capturado tres meses atrás en su escondite del cerro el Tacuazín, una noche Aquino se durmió profundamente. Ingresó, con la fuerza de ánimo acostumbrada, a un sueño (que bien puede llamarse frustración o pesadilla), un sueño que –conjeturo- es otra poderosa forma de la realidad. El escenario era una casa de adobe cercana al Valle de Jiboa, rodeada de árboles de fuego y de amate. Frente al proscrito Aquino se encontraba un rostro conocido y familiar, y ahora odiado. Aquino quiso golpearlo; pero también quería entender porque había sido traicionado. Se contuvo. Y mientras con la mirada lanzaba un filo como de obsidiana, abrió el sincero diálogo:

-Lo que pasó, pasó. Ahora sólo hay una cosa en el mundo de la cual me arrepiento: debí cortarte las venas cuando pude, en vez de sólo expulsarte de mi ejército.

-Vos tuviste la culpa, por tratarme mal -respondió Cascabel, con un ligero temblor en la voz.

-Vos querías abusar de aquellas mujeres. Sos un depravado. O algo peor que eso, un soplón cobarde, un infame delator -sentenció Aquino, con palabras lentas y tono enfático.

La claridad de la mañana se apoderaba con decisión del rancho y de los ojos de ambos hombres. Los clarineros gritaban y saltaban entre las ramas de los árboles. Una niebla densa se colaba intermitentemente al interior de la habitación única. Y era como la materialización de los sentimientos que maniataban el alma de los interlocutores… era gris y era fría.

Cascabel, con la mirada turbia puesta sobre el suelo, interrumpió el breve silencio con unas palabras que querían ser valientes:

-Yo no me arrepiento de nada. Puedo hablarte con la verdad y decirte lo fácil que fue informarles a los hombres del Presidente Prado el lugar de tu escondite.

-Mirá -dijo con serenidad, Aquino-, yo sé que te han dado dinero los ladinos. Ya sé que los traidores como vos, se conforman con pequeños pagos y no entienden que todo los que existe en la extensión de estas tierras pertenece a mis indios, a mis hermanos que viven en la miseria. Pero si tenés un poco de vergüenza, deberías meditar en las consecuencias de tu estupidez…

-¿Y qué acaso creíste que podrías vencer a los blancos sin la ayuda de los mestizos? -interrumpió Cascabel-. Yo no te traicioné sólo porque vos me golpeaste y sacaste de tus filas. El odio que te tengo por eso, únicamente aceleró lo inevitable. Y ahora lo que más deseo en la vida es olvidar tu nombre.

Aquino, que escuchaba atento, fue cambiando su dura mirada por ojos de reflexión. Observó con la vista perdida el techo de paja… y el odio que sentía hacia Cascabel, cuyas palabras quizás eran verdaderas, fue opacado por la duda. Después de un lapso de treinta segundos, Aquino miró a Cascabel fijamente a los ojos y declaró con lucidez:

-Nadie va a olvidar mi nombre. Y vos, menos. Eso te lo aseguro.

La espesa niebla persistía tercamente en ocultar fragmentos de los cuerpos. Sin embargo, todo tenía un significado tan grande, digo, todo lo que concierne a los ojos y a las palabras, porque si alguno ocultaba un arma era imposible saberlo…

Aquí termina el sueño y volvemos a la hora final.

El pelotón está listo. Las armas suenan, como la voz de una tormenta breve y letal. El corazón santiagueño se detiene. A alguien no le basta eso y el hacha, que también mata árboles, corta el cuello del cadáver y la cabeza rueda ensangrentada. Se dice que será exhibida, dentro de una jaula, en un borde de la Cuesta de los Monteros.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Fotografía del Valle de Jiboa tomada por Óscar Perdomo León

***

CANTA EL PUEBLO (El indio Anastasio Aquino)

Esta canción es el poema anónimo «CANTA EL PUEBLO» (que aparece en LAS HISTORIAS PROHIBIDAS DEL PULGARCITO de Roque Dalton) y fue musicado por ZUNCA, un grupo musical salvadoreño de los años ´80.
Primeras voces en esta canción: Juan Carlos Flamenco (además, acordeón), Otto Hugo Urrutia y Carlos Alberto Romero Cárcamo. Los otros miembros que participaron en esta grabación son: Mario  Edgardo Romero Cárcamo (guitarra) y Óscar Perdomo León (contrabajo). 
Esta grabación se hizo en la sala de una casa frente a una pequeña grabadora con cassette, en 1986.

Para quienes no puedan hacer correr el video en mi blog, lo pueden hacer dando un clic en este enlace.

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RELATO-POEMA. Miles Davis

Miles Davis

En su piel la noche se había visto en un espejo. Y en su alma,

toda una raza se vio a sí misma.

Su trompeta no toca,

canta.

Su corazón no late,

grita serenamente .

***

Hijo de un odontólogo neoyorquino, se le impuso la tarea de estudiar y tocar música académica. Pero una música intensa que iba pegada a su piel, como sudor, como perfume luminoso, como sangre sobre los cuerpos,

decantada,

extraída con violencia,

de los moribundos,

de sus ancestros sometidos y oscuros,

recogida

y elevada con dignidad,

a fuerza de instinto y belleza,

explotó

en una sola palabra:

J a z z .

***

Sueño imposible: 02 de Marzo de 1959.

Una mano oscura y fuerte se posó sobre mi hombro y de los labios de él salieron las palabras inesperadas pero esperadas una y otra vez:

-Tengo prisa, pero quise venir a saludarte.

-¿Adonde vas, Miles?

-A intentar grabar con unos hermanos.

-¿Standards o algo nuevo?

Y mostrándome unas partituras hechas de prisa y con fuego, me contestó:

-Algo nuevo. Hace apenas unas horas he compuesto esto. Está inconcluso; pero los muchachos y yo lo resolveremos en el camino.

Y luego Miles agregó con humildad:

-Ellos tendrán que hacer la mayor parte…

***

Hermosa oscuridad brillante,

trompeta volando sin alas y divina,

aniquilador de barreras,

constructor de edificios

musicales,

he sabido oír tus lamentos y tus alegrías…

Digno Miles: te he entendido, te he escuchado.

Te he visto tocar,

maravillosa negrura,

con una mano el cielo

y con la otra el infierno…

Le has dado a mis días

y a mis oídos

alegría y felicidad

inagotables.

***

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Dibujo de Miles Davis hecho por Vanessa Holley, tomado del libro “Jazz para principiantes”, de Ron David.

***

BLUE IN GREEN. Miles Davis

***

LA SIGUANABA

La Siguanaba
Un anciano, sobreviviente del levantamiento campesino que se desencadenó en El Salvador en 1932 (y que fue aplastado por las fuerzas militares del general Maximiliano Hernández Martínez), narra su anécdota personal, entre el sueño, la locura y el terror…

***

«… a todos se oye hablar de ella. Yo tengo aún en mi memoria, por las noches, su espantosa voz a lo lejos. Su nombre fue 1932.

«Al acercarme aquel día –recuerdo- parecía ella una campesina adornada por dieciocho veranos, olorosa a claro nacimiento de agua o a cañaverales azotados por la brisa. Recuerdo bien que su boca era el primer paso en el camino del sexo y su cabello negro y liso era la misma noche abrazándome. Su piel daba –aunque yo por eso estuviese ardiendo- la sensación de perfume y frescura. Dos atractivas consignas de las que se escuchan en las manifestaciones callejeras eran sus ojos café-claro. Y sus pechos desnudos, encendíanme las ganas de todo…

«Pero cuando por fin el beso -nuestro beso- hizo parir inevitablemente la alegría y una secuencia de emociones y deseos, su belleza, cuidadosamente hecha, se volvió un mar de arrugas y de gritos; sus ojos eran entonces dos candiles incendiándome de miedo, y el genocidio histórico de mi pueblo corrió como una tenebrosa película exhibiéndose en mi sangre…

«La inmortal Siguanaba reía horriblemente –lo recuerdo bien claro- al verme correr, tropezando, entre el río y las flores muertas, en algún lugar del occidente de mi país… »

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Pintura: La Siguanaba, realizada por Salarrué.

UNA CASA EN NOVIEMBRE

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Entre agosto y septiembre de este año, establecí una relación bastante extraña con una señorita doctora y colega mía del hospital.  Es decir, no somos novios; pero hemos abierto una conexión más o menos intensa de amistad y aventuras sexuales.

Esta muchacha de 26 años de edad está llena de juventud, de cierta inmadurez que le da un toque único e interesante. Señales especiales: ansiedad en la mirada, que le da una apariencia de falsa inocencia y, además, una cicatriz operatoria en el abdomen. Es de mente vivaz y rápida;  a veces es recatada y tradicional en ciertas cosas y otras veces es abiertamente vulgar (en el buen sentido de la palabra). Puede ser petulante y burlona. Otras veces, cuando está de mal humor, puede ser sarcástica.  Hay  en  ella ciertas negligencias sociales, verdaderas intransigencias contra el status quo,  verdaderas perversidades intolerables.

Debo agregar que me gusta mucho su cuerpo y que me desagrada que fume. Su nombre es Lorena.

Lorena tiene unos antecedentes familiares muy interesantes. Su abuelo materno, Fermín, era un tipo irresponsable y mujeriego. Su abuela materna, Hortensia, había sido violada impunemente, quedando embarazada, y sus padres, al enterarse, guardaron todo en secreto y le arreglaron el casamiento rápidamente con Fermín. De allí nació Inés, la madre de Lorena, una mujer ultra feminista; de tal manera que Lorena nunca supo quién era su verdadero abuelo. Esta información la recibió accidentalmente hasta que tuvo 17 años de edad, cuando escuchó una conversación que tenían en una fiesta dos de sus tías.

Este hecho le dolía muy en el fondo, aunque Lorena no lo aceptara abiertamente. Tal vez por eso (y por otras cosas) se emborrachaba casi cada quince días, hasta terminar dormida en mis brazos.

Otra cosa que atormentaba el alma de Lorena era algo aparentemente insignificante (comparado  en  la  grandeza  del universo); pero era algo que la mortificaba, aun en sus sueños. Lorena tuvo una compañera de escuela en la infancia, María Antonieta, con quien compartió juegos, estancias escolares con olor a lápiz, cantos de pomponte niña pomponte que ahí viene tu marinero… y una escapada de la escuela juntas, que les costó una semana de castigo. Y luego la adolescencia, la primera menstruación, el compartir secretos de sus primeros novios. Y después, la separación. María Antonieta entró en las drogas y a un mundo tenebroso de asaltos, armas y viajes legales (e ilegales) de ida y vuelta a los Estados Unidos. Mientras tanto Lorena estudiaba Medicina en la universidad. Años después, cuando Lorena se acababa de graduar de doctora, se enteró que María Antonieta estaba ingresada con el diagnóstico de SIDA, en el mismo hospital donde ella trabajaba. Fue a verla. Hablaron, largo y tendido. Lorena trató de darle consuelo. Pero algo había cambiado en su mirada, en sus gestos; ya no era la misma María Antonieta que Lorena conoció. En esa ocasión María Antonieta le pidió un abrazo a Lorena, pero ésta se negó. Tuvo miedo (quizás injustificado, quizás no).Tuvo miedo  que María Antonieta, tomando en cuenta sus antecedentes criminales, tratara de puncionarla con una aguja infectada y la contagiara del VIH. Lorena salió caminando de prisa dela  habitación del hospital, asustada y contrariada. Dos días después María Antonieta murió y Lorena lloró amargamente. “Pude haber sido mejor. Pude haberla abrazado; ella era mi amiga”,  pensó Lorena.

Pero el suceso que mortificaba mortalmente el corazón de Lorena, era uno que ocurrió en 1989, cuando entró a estudiar su primer año de Medicina. Trataré  de contarles los hechos tal y como ocurrieron.

Ahora, ustedes y yo, caminaremos junto a una historia insana. En ésta los silencios serían irreprochablemente sagrados; pero la verdad también es sagrada y no debe callarse.

En el extranjero cuando la gente pensaba en El Salvador, invariablemente se resignaba a creer en un país en guerra civil. ¡Y ahí terminaba todo! La ignorancia foránea es un monstruo que masifica al ser humano; ¡qué saben los demás de los inagotables sucesos que ocurren en una ciudad, en la intimidad de una casa!…

Violeta de Hernández vivía en la casa 201 de la calle Circunvalación, en San Salvador. Era una mujer atractiva, sin hijos, de muy buen gusto al vestir y al hablar. Se consideraba a sí misma, después de cuatro años de matrimonio con el doctor Benjamín Eduardo Hernández, una buena ama de casa y una amante perfecta. Siendo una mujer estéril, su único temor era que Benjamín encontrara otra mujer que quisiera darle un hijo; ellos hablaban de adoptar un niño, pero en el fondo no querían eso; alguna esperanza guardaban.

Una casa en noviembre 2013-11-02 10.53.17 - copia

Violeta se entretenía por horas en el jardín, mientras la radio permanecía encendida en la misma emisora con la música que amaba. Más para tener alguien con quien conversar, en las extensas horas en que su esposo estaba en la clínica, que para agregar un poco de ganancia económica, pensó que sería bueno dar en alquiler una habitación que no usaban y que se mantenía vacía desde que se mudaron a esa casa, ésa que fue el obsequio de su padre cuando se casó con el médico. Esa casa era un lugar acogedor. Como un viejo guardián, como una enorme fogata deslumbrante, un árbol de fuego inauguraba la entrada; estaba cercada al frente por una reja barroca, tras la cual había un jardín de rosas al centro y veraneras a los costados; todos los cristales que daban al exterior estaban polarizados.

Una tarde de mayo de 1989, poco antes de que el sol se refugiara en la oscuridad, un dedo con la uña pintada de rojo toco el timbre de la casa. Violeta abrió.

-Buenas tardes. Vengo por lo del alquiler del cuarto.

Violeta, con la serena sonrisa que la caracterizaba, invitó a la joven con un ademán a pasar a la sala. Hablaron aproximadamente veinte minutos, durante los cuales Violeta se enteró de las razones que movían a la joven a buscar pupilaje y, con la mayor sutileza, de otros pormenores importantes. La joven era Lorena y tenía 18 años de edad.

Desde el primer momento ambas simpatizaron. Separadas sólo por unos cinco años de edad, tenían intereses en común (incluso uno insospechado e inexistente para entonces). Gustaban de tomar café juntas por las tardes y charlar de diversos temas, pero el favorito era el arte en general, ya que Lorena amaba el arte y Violeta era muy sensible a todo eso. Los fines de semana salían de compras al supermercado y más tarde al cine o a comer, éstos últimos con la compañía de Benjamín. Durante algunos meses formaron un trío amistoso que iba de un lugar a otro; Lorena al pasar los meses, se mortificaba al sentir una chispa de envidia por Violeta y una sórdida atracción por Benjamín; pero esos sentimientos los ocultaba eficientemente.

Al regresar a la casa, Lorena se encerraba en su habitación hasta el día siguiente. Estudiaba unos sesenta minutos, pero después se distraía mirando la llanura abierta e infinita, el paseo maravilloso y deseado (u obligado); frecuentemente asistía a ese lugar inmenso que aún no había terminado de conocer: la llanura…  Así es como ella llamaba a su alma. Solía quedarse recostada en un sofá café y esponjoso, enredándose en sus memorias o en pensamientos que eran como engranajes sueltos. Lorena, cuando no había nadie que pudiera verla, lloraba con facilidad.

Es duro irse a la cama sola. El insomnio, como una criatura moribunda que se niega a abandonar la respiración, recurre cada  noche; se es consciente de los grillos y de las pequeñas manchas en las paredes y se siente el desesperado sabor del cansancio inútil. Por eso Lorena a veces sonreía levemente con la intención de no parecer desagradable; pero en ese acto hay quienes advertían su vulnerabilidad, especialmente Benjamín.

Benjamín, un médico de edad madura, con un número de pacientes regularmente abundante, era un buen esposo. El football y el boxeo, el álgebra y la lluvia, los rompecabezas, los crucigramas y el mar le interesaban; pero de pronto se le había agregado otro interés, secreto y turbador, pero deliciosamente inmoral: Lorena.

Una tarde de noviembre en la que él sabía que Violeta había salido a un salón de belleza, regresó a la casa. Entró silenciosamente y caminó hacia el jardín interior y vio el silencioso y extravagante espectáculo que quería: Lorena. Ella se encontraba sentada en una silla metálica, tenía una blusa rosada y escotada de los hombros y usaba una falda corta; con la espalda ligeramente encorvada y un pie sobre el asiento, se pintaba las uñas del pie desnudo y blanco, pequeño y perfecto, que junto a sus piernas y a sus muslos, era como una creación escultural helénica. Ella era lo que yo llamaría una mujer inocentemente sensual: se sentaba en algún lugar sin la menor malicia y quien la veía no podía ignorar tanta belleza, la abundante cabellera negra y su rostro delicadamente hecho.

Benjamín consideró que su esposa no volvería hasta dentro de un par de horas. Ese era el momento. Tenía que romper el incómodo sentimiento de fingir que Lorena no le gustaba y caminó hacia ella. Lorena irguió su espalda y bajo la pierna inmediatamente.

-Hola… No quería interrumpirte; pero he ensayado durante semanas unas palabras que quería decirte y ahora que te veo, por fin sola, he comprendido que las palabras empequeñecerían lo que estoy sintiendo…

Lorena, que lo escuchaba atentamente, sorprendida, advirtió que él la deseaba; sintió temor, pero también una inesperada satisfacción que no pudo ocultar. Trató de hablar:

-Mire, doctor…

-Vos tampoco tenés que usar palabras –interrumpió Benjamín, con voz baja-. Sólo son reiteraciones de lo que nuestros corazones ya saben.

Entonces sin esperar más, la abrazó y besó tiernamente. Lorena se resistió, lo empujó, pero sintió que sus brazos eran débiles; se olvidó de su amiga (¡deseó y consiguió olvidarse!) y sintió que el vacío, por donde caía cada noche, se desvanecía progresivamente. En pocos minutos Benjamín, lascivamente, la hizo suya sobre la grama del jardín que Violeta cariñosamente cuidaba.

Pasaron los días y Lorena dijo que tenía que irse e inventó una historia; había estado comportándose muy esquiva y ya no miraba a los ojos. Violeta no era tonta  y ya sospechaba algo; pero fingía no darse cuenta y lo hizo bien. Por la noche Lorena se despedía con una maleta en la mano y Violeta pensó que era mejor dejar las cosas así y la despedía deseándole buena suerte. Benjamín, por su lado, se refugiaba en su cuarto de estudio y mientras sentía dolor trataba de convencerse de que ya no la deseaba, y de que otra infidelidad no tenía que repetirse.

Sin embargo, el destino se empeñó en no dejar las cosas así y al momento que Lorena salía se escucharon fuertes detonaciones y ráfagas  de  armas  de gran  calibre.  Era, insisto, noviembre de 1989 y la guerrilla del FMLN y la Fuerza Armada salvadoreña habían empezado a combatir a gran escala en las entrañas de San Salvador. Lorena volvió a la casa, asustada y llena de confusión. En un momento los tres se encontraron en la sala escuchando las noticias, asombrados. La radio oficial  condenaba el ataque subversivo y aseguraba que la situación sería controlada; la radio clandestina pregonaba y preconizaba una gran victoria.

La presión fue demasiada para Violeta y esta mujer serena y segura de sí misma estalló en nervios. Benjamín le prescribió hipnóticos y reposo. Violeta durmió rápidamente.

El cinismo y la traición tienen una impulsiva manera de comportarse. Benjamín y Lorena, como separados e indiferentes de lo que pasaba en la fracturada capital, subieron juntos a la habitación que siempre debió permanecer vacía y se entregaron a la pasión, a la fogosa y deliberada pasión.

Violeta soñó con un millón de pájaros negros que venían a comerse las hojas de los árboles y luego con un abismo húmedo y selvático, en el que un león copulaba con una pantera negra y después sintió que se asfixiaba y despertó violentamente, sudorosa y sintiendo celos y odio. Se levantó. Caminó hacia el dormitorio de Lorena, de una forma automática, y acercó el oído a la puerta:   escuchó lamentos femeninos de satisfacción que inducen a la lujuria, pero que a ella le despertaron una idea abominable. Regresó a su dormitorio; abrió un cajón del tocador y sacó una pistola, la examinó y comprobó que estaba cargada y se dirigió otra vez hacia la habitación de Lorena.

Afuera, en la torcida calle, el tiroteo arreció. Violeta recordó con energía su adolescencia, cuando iba al cuartel con su padre, un militar ya retirado, y jugaba con armas y afinaba la puntería. Sintió, al escuchar los aviones disparando, al casi percibir las vibraciones de las explosiones, al oír las botas militares y las ráfagas interminables, que el mundo estaba terminando para todos y especialmente para ella. Ya todo era oscuridad y crueldad en los alrededores y también en su corazón. Sintió que matar y morir era ya lo más natural y cotidiano en el mundo y abrió de golpe la puerta para ver los cuerpos desnudos. Les apuntó, mientras ellos, con ojos de sorpresa y después de terror, la observaron sin decir una palabra. Violeta tenía odio en los ojos y les gritó claramente y sin balbucear:

-He creído tener una amiga. He creído ser eficaz. He creído tener un amor interminable. He creído muchas cosas; ahora creo muchas otras y todas las anteriores han muerto.

Inmediatamente disparó contra ellos hasta descargar el arma. Y a nadie le importó, porque las balas que explotaron dentro de la casa se confundieron con las balas que explotaban en la infartada calle. Violeta los vio agonizar…  Inmóvil, como perdida en un delirio sereno y esquizofrénico, escuchó los últimos estertores…   Un minuto después despertó de su odio y se echó a llorar amargamente sobre los cuerpos…

Luego corrió desesperadamente y llamó a su padre para contarle lo que había sucedido. Su padre, después de darle algunas instrucciones, se encargó de sacarla del país con la mayor prisa posible.

La empleada doméstica de la casa, un par de minutos después, subió a la habitación  y encontró los cuerpos desangrados. Benjamín había fallecido; pero Lorena aún respiraba. La empleada doméstica llamó a la Cruz Roja. Sacó, bajo las órdenes y con la ayuda de Violeta, los cuerpos a la calle. De esta manera Lorena fue llevada a la Emergencia del Hospital Rosales, en donde fue intervenida quirúrgicamente; luego pasó a Cuidados Intensivos, en coma, con respiración mecánica, catéteres en la nariz y los miembros superiores, drenos en el abdomen y alimentación parenteral.

Benjamín, por su lado, fue contado como una baja de guerra.

Violeta nunca más ha regresado a El Salvador y no se sabe nada de ella. La empleada doméstica desapareció, misteriosamente, un día después del sangriento hecho.

Después de dos semanas, Lorena pasó a otra sala de recuperación, ya consciente y notablemente mejorada, de donde salió, un mes más tarde y por fortuna, vivita y coleando.

Escrito por

Óscar Perdomo León

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Dibujo extraído de QUIERO+DISEÑO
Fotografía tomada por Óscar Perdomo León

 

DIBUJAR CON LETRAS

Poster 10 Literatura

Este día les presento en mi blog un breve, pero bonito texto de una amiga.

DIBUJAR CON LETRAS

Cuando se escribe para abordar cualquier tema, independientemente si es un artículo, prosa, reportaje o una carta (creo que ya nadie hace), es como dibujar con las letras los sentimientos que danzan dentro de uno, y que a veces hasta duelen, cuando pugnan por salir. Y no es difícil hacerlo cuando se logra el contacto adecuado entre lo que se quiere representar en el papel o la pantalla, el ojo que mira lo externo, incluso lo interno, y las letras que salen como deslizadas, suavemente, en un tobogán.

Para hacer un paisaje con todo eso, se debe de tener paciencia, entender que los escritos no se logran con excelencia al primer intento, y ser uno su juez más severo, para repetir las veces que sea necesario el trabajo en el que uno se embarca. Tampoco nos desilusionemos si no logramos acercarnos a la estatura literaria de un García Márquez, por ejemplo. Lo que sí podemos hacer, es realizar nuestro propio paisaje con las letras-pinceles que nos salen del corazón, del alma, y que ese cuadro e intentar llegar a lo profundo del sentimiento a quien o quienes va dirigido.

Si logramos que nuestros lectores o un lector, se identifique con nuestras ideas, debemos darnos por bien servidos, pues hemos logrado el cometido, es decir, hemos dibujado con letras nuestros sentimientos, nuestras vivencias, y nos han entendido, ya que el lector sintió empatía con el paisaje de letras que le presentamos. Intentemos ser paisajistas con pinceles de letras.

Tratemos de describir, al inicio, un pétalo de flor, una hoja de árbol, la pluma de una linda ave, lo que vemos en la carita de un niño, qué sentimos ante una nube de tormenta, una nube blanca, el sol, cómo suena la lluvia en una teja, y si conseguimos que quienes nos lean sientan, al menos, algo de lo que a nosotros nos estremece, digamos que hemos conseguido nuestro objetivo. Logramos conexión, empatía con quien ha descifrado el paisaje que le presentamos con las letras.

Escrito por

Ana Mercedes Miranda Morán

 ***

UNA HISTORIA DE EL SALVADOR EN LOS INICIOS DE LOS AÑOS ´80

Jonas

En la década de los ´80, en esos tiempos de guerra como los que vivía El Salvador, la mayor obsesión de Jonás era su lucha anti-izquierdista. Una anécdota de su juventud que lo dibuja claramente podría ser esta:

Una noche de agosto del año 1980, cuando el día estaba opaco y el invierno social había sembrado sus garras heladas en San Salvador (y la guerra civil tenía una mecha encendida de sólo apenas tres centímetros de largo), Jonás manejaba su vehículo con la mente totalmente plagada de ideas, ideas de las cuales estaba convencido hasta la médula.

Jonás nunca había sido soldado; pero estaba fascinado con las armas. Su relación con los militares había sido a través de Gilberto, un capitán con ideas ultraderechistas y que había sido compañero y amigo suyo de la adolescencia. Esta actividad a la que estaba entrando la realizaba de una manera esporádica, pero con gran placer.

Esa noche Jonás se estacionó. Bajó del carro y tocó el timbre de la casa que lo esperaba. Gilberto le abrió la puerta y entraron a una bodega. Ahí revisaron las armas que usarían. Revisaron el plan. Cenaron juntos y platicaron de cosas triviales. A las once y treinta de la noche se dirigieron a su objetivo. En el camino recogieron a dos sujetos más. Se detuvieron en un barrio pobre de los alrededores de San Salvador. Se pusieron sus máscaras pasamontañas. Se bajaron del vehículo tres de ellos y el conductor se mantuvo adentro. La calle solitaria los amparaba. A lo lejos se escucharon un par de detonaciones.

Tocaron la puerta por costumbre, pero en realidad, la puerta que no esperaba visitantes, la abrieron a golpes. En medio de los gritos de terror de sus hijos y de su esposa, un desafortunado individuo de unos 56 años de edad fue sacado a la fuerza, vendado de los ojos y sujetado de sus manos por la espalda. En el camino fue golpeado varias veces con la culata de los fusiles.

Se estacionaron, pasada la medianoche, a la orilla de un pasaje de una populosa colonia. Lo bajaron a empujones y ya en el suelo, con sangre en el rostro, Jonás le ordenó que se pusiera de rodillas, le quitó la venda de los ojos y le apuntó con una escuadra en la cabeza. Jonás, a su vez, se quitó la máscara pasamontañas.

-¡No me matés, Jonás! -lo reconoció el desafortunado individuo-. ¡Yo fui tu profesor en la escuela!

Jonás sólo tuvo una respuesta a la súplica: haló con frialdad el gatillo. La explosión firme y seca penetró en la frente y reventó la región occipital…

Escrito por

Óscar Perdomo León

UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Segunda y última parte

SERGIO DUGAN  Exposición pictórica IMG_6421 - copia
“Morena de ojos tan negros
como mi suerte,
mírame aunque con ellos
me des la muerte…”
              Cornelio Reyna.

Regresaron de la playa a Santa Ana al mediodía, sin que sus padres se dieran cuenta. En esa ocasión Alfredo le preguntó por qué le habían puesto de nombre el diminutivo de Elizabeth y ella le contó que sus padres lo habían oído hace años en una gringa que visitó su pueblo.

La alegría de Lizbeth fue tan grande, que esa noche soñó que navegaba en el mar; pero no en el indócil, sino en el sereno, el mar apacible color turquesa. En el sueño ella iba sobre una pequeña lancha sobre unas aguas tranquilas y junto a ella, nadaban y saltaban delfines alegres, que amistosamente parecían sonreírle (como lo había visto en los libros), como queriéndole decir que había encontrado el amor y que el amor es inmenso como el mar y nos puede conducir por lejanos confines, mientras logremos mantenernos a flote. Levantó la vista y vio unas nubes grises acercarse por el oriente y los delfines se alejaron. Por la mañana, cuando despertó, buscó a Alfredo para contarle el sueño.

Alfredo y Lizbeth vivieron muchos momentos de sincera amistad y de intimidad como pareja. Lizbeth, a pesar de provenir de un pequeño pueblo tradicional, era muy abierta de su mente y pronto hizo una excelente mancuerna con Alfredo. No sólo intercambiaban información de tipo intelectual, sino que experimentaban desinhibidamente en el campo sexual.

Jaroslav Monchak, Ucrania, Fotografia

En 1986 ambos estaban estudiando en San Salvador. Lizbeth había alquilado una habitación en  un pupilaje de una señora de lo más amable. Alfredo, por su lado, había alquilado una casa con otros amigos. Algunas veces Lizbeth se quedaba a dormir con Alfredo. Eran noches furtivas, de intensa pasión, tiernas y amorosas. A veces Alfredo le leía cuentos o trozos de novelas; esto a ella le encantaba; Alfredo, que era un excelente articulador de palabras, lograba colocar una atmósfera adecuada en las lecturas. Así que después de hacer el amor, estos jóvenes llenos de energía se abrazaban y él empezaba a leer.

Terremoto de 1986 San Salvador 2

Pero la vida y la muerte, esa pareja tan unida y separada que se miran con recelo la una a la otra, tienen sus días implacables cada una. Y la vida puede darnos muchos días de felicidad; pero la muerte a veces puede ser injusta y prematura: en 1986 San Salvador fue un caos… y Lizbeth falleció inútilmente en el terremoto del 10 de octubre.

Terremoto de 1986 San Salvador 3

Alfredo soñaba y revivía el terrible percance de su muerte. Se veía a sí mismo esperando entre los retorcidos hierros y el cemento despedazado, caminando de un lado a otro, tratando de abrirse paso entre el mal herido edificio. Escuchaba y sentía los golpes bajo tierra que provenían de las personas enterradas vivas por el terremoto. Casi podía escuchar los gritos y lamentos de las víctimas. Veía la horripilante escena de dos cadáveres que «los topos» desenterraron: el de un padre abrazando a su pequeña bebé y cuyas identidades fueron descubiertas debido a un anillo que llevaba el adulto. Veía a los familiares de las víctimas llorando en los alrededores.

En sus pesadillas se veía a sí mismo caminando interminablemente y cargando en sus brazos el cadáver de Lizbeth. Luego aparecía siempre al final una cortina de humo negro y azul, y Lizbeth desaparecía de sus brazos y él la buscaba y la buscaba, pero no podía encontrarla. Este terrible mal sueño fue recurrente durante los primeros meses después de la muerte de ella.

Y Alfredo invariablemente despertaba sudoroso y agitado. Encendía la lámpara de la mesa de noche, miraba la fotografía de siempre y pensaba: «Morena de ojos tan negros…»

Al reverso del retrato Lizbeth había escrito, de su puño y letra: “La felicidad es compartir”.

En la foto, que les había tomado un amable anciano, están Lizbeth y Alfredo a la orilla del mar; ella sostiene con su mano derecha una enorme concha marina y gris que se había hallado; con su mano izquierda lo abraza y su rostro está lleno con una sonrisa de alegría sincera. Él la está abrazando también, mientras le besa la mejilla izquierda. Al fondo puede verse un azul hermoso y un pelícano en pleno vuelo…

Escrito por

Óscar Perdomo León

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UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Primera parte
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CRÉDITOS DE LAS IMÁGENES.
Pintura realizada por  Sergio Dugan (argentino).
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Fotografía de la muchacha tomada por Jaroslav Monchak (Ucrania) y extraída del blog Urielarte
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Fotografías del terremoto de 1986 en San Salvador extraídas de La Prensa Gráfica.
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UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Primera parte.

Terremoto de 1986 San Salvador

Durante su juventud temprana Alfredo llevó una vida acelerada en cuanto a la música y a los desvelos. Tenía una aventura amorosa por aquí y por allá, hasta 1982. En ese año Alfredo conoció a una muchacha del oriente del país y que venía con su familia huyendo de la crudeza de la guerra civil. Para entonces la muchacha tenía 19 años y tenía una mirada de desamparo; parecía que estaba en la oscuridad y sus pasos estaban desorientados. Necesitaba una mano amiga, urgentemente. Venía de un pequeño pueblo de San Miguel, Nuevo Edén de San Juan.  Su familia tenía algunas tierras y cabezas de ganado. Cultivaban maíz y frijol; pero su fuerte era la venta de ganado y la venta de queso y crema.

Su nombre era Lizbeth y tenía otros cinco hermanos. Los dos mayores eran un símbolo de lo que estaba pasando en esos días en El Salvador:  uno de ellos era un comandante guerrillero, que se mantenía cerca del río Torola; el otro, era miembro del ejército salvadoreño, con el grado de teniente. Sus padres estaban entre los dos bandos. Cada uno de los dos hermanos luchaba convencido en su conciencia de tener la verdad. Y lo hacían con un frenesí que asustaba. Esta era una difícil situación para los padres, quienes no deseaban que ninguno de sus hijos muriera; además tenían que cuidar a sus otros descendientes. Eso los llevó a peregrinar durante algunos meses, hasta que encontraron una casa en Santa Ana.

Desde el primer momento en que Lizbeth vio a Alfredo se enamoró de él. Al principio Alfredo, al ver el interés de ella hacia él, pensó que era una muestra de amistad de sus nuevos vecinos. Así que era amable con ella. Jugaban damas chinas y platicaban durante horas; además Alfredo le enseñaba a jugar ajedrez. Pasaban horas compartiendo juntos. Así supo Alfredo que dolorosamente la familia de Lizbeth se había fragmentado; un hijo se había ido con un coyote hacia los Estados Unidos, otros dos estaban directamente involucrados en la guerra, y ella y su hermano menor de 12  años vivían con sus padres.

Lizbeth nunca había tenido novio. Pronto Alfredo notó que él le gustaba a Lizbeth, porque, con el pasar de las semanas, ella coqueteaba torpemente con él; pero también vio bellas cualidades en ella. Era sincera, sencilla, amistosa, amable e inteligente; y había en su piel algo que parecía hervir. Con el tiempo, Alfredo también se sintió atraído hacia ella. Una tarde en que estaba sola invitó a Alfredo a su casa y le declaró abiertamente su amor. Alfredo se sorprendió; pero también tomó la sartén por el mango. La llevó de la mano al dormitorio de ella y allí la besó, suavemente. La fogosidad de Lizbeth no retrasó lo inevitable y desde entonces, andaban viéndose secretamente en uno y otro lugar, como amantes. Alfredo, con los meses, se enamoró de ella.

Jaime Ibarra II , Austin Texas, Fotografia

Lizbeth le contaba cosas de su pueblo natal.

-La mejor manera de llegar allá es por el lado de Sensuntepeque; luego tomás la calle que va para Dolores (ciudad conocida también como La Puebla) después seguís hasta llegar al río Lempa. Te atravesás el río en lancha y a menos un kilómetro de allí está Nuevo Edén de San Juan. En la casa que tenemos allá, hay árboles de mangos y de jocotes de todo tipo. Teníamos bastante ganado; pero cuando se lo empezaron a robar e inició la guerra, mi papá lo vendió prácticamente todo. A mí me gustaba ordeñar las vacas…

El pequeño pueblo natal de Lizbeth estaba en cierta forma alejado del progreso. Los accesos eran terriblemente difíciles. De tal manera que a ese lugar casi nunca llegaba un periódico, excepto algunas veces en que algún vendedor de telas o frutas foráneo llevara alguno, o a veces al motorista del bus se le ocurría comprar uno; si éste era el caso, el periódico rodaba de casa en casa, entre las personas que sabían leer, porque había un buen porcentaje de analfabetismo. Había una Unidad de Salud en la cual casi nunca había médico, debido a lo extraviado del lugar, el pésimo servicio de buses y el sueldo miserable que se ofrecía. Muchas personas del lugar andaban cómodamente descalzas y los cerdos y otros animales, andaban libres por las calles, dejando por supuesto por todos lados sus fétidas gracias. En cuanto al servicio de agua, era notablemente deficiente. Sin embargo, con todo ese panorama de atraso en pleno siglo XX, la gente llevaba una vida tranquila y apacible. El tiempo caminaba lentamente y no se medía con relojes, sino con la salida y la puesta de sol. Tomando en cuenta que el río Lempa estaba casi a la orilla del pueblo, mucha gente se dedicaba a la pesca. Otras se dedicaban a la agricultura. Y muchos de ellos se dedicaban al negocio del ganado, unos más, otros menos.    Este   aislamiento   cultural  tenía también sus ventajas. La delincuencia era prácticamente nula. Cualquiera podía dejar, por ejemplo, olvidada su cartera en la acera de una calle y quien la encontrara se encargaba de  devolverla a su dueño. El famoso “estrés” de las grandes ciudades era una cosa desconocida en Nuevo Edén de San Juan. La gente se entretenía en sus trabajos y con los chismes de éste y de aquélla. En la época lluviosa era casi un milagro recorrer los caminos, llenos de lodo pesado y pegajoso. En la estación seca el calor era intenso, aun en las noches, y el viento soplaba un hálito caliente. Políticamente Nuevo Edén de San Juan pertenece al departamento de San Miguel; pero la gente viajaba principalmente a sus compras y transacciones comerciales hacia Sensuntepeque, del departamento de Cabañas, debido a su cercanía geográfica.

Lizbeth había iniciado con sacrificios sus estudios de bachillerato en Sensuntepeque, los cuales fueron interrumpidos tempranamente debido a la guerra. Pero ella a pesar de haber crecido con las fuertes costumbres de su pueblo, es decir, que la mujer debía aprender a hacer las tortillas, la comida y cuidar a los niños, siempre estuvo interesada en los estudios y su padre siempre la alentó a aprender todo lo que pudiera. Él  fue  quien decidió que no debía quedarse con los estudios de primaria y que Lizbeth debía continuar hacia adelante todo lo que se pudiera. No eran ricos; pero no tenían grandes problemas económicos. Los negocios de la familia marchaban bien.  Hasta que inició la guerra y empezaron las muertes de uno y otro bando. En los primeros años de la guerra civil, la carnicería fue brutal. Casi todas las familias, al recrudecer la guerra, tenían un difunto. Los cadáveres aparecían en los caminos, decapitados y con señales de tortura. Por las noches uno u otro ciudadano eran sacados de sus casas y asesinados, a veces frente a sus propias familias.

Así que la familia de Lizbeth dejó la mayoría de sus pertenencias y huyó de Nuevo Edén de San Juan. El pueblo casi siempre estuvo controlado militarmente por el FMLN; pero la familia de Lizbeth tenía, como ya dije, un hijo en cada bando, de tal manera que lo mejor que pudieron hacer fue irse.

Había una frescura en Lizbeth que Alfredo disfrutaba. Por ejemplo, Lizbeth nunca había entrado a una sala de cine, así que cuando Alfredo la llevó, en Santa Ana, a ver por primera vez una película, sus ojos negros relucieron de alegría, de novedad. La pantalla gigante, los sonidos a gran volumen, los colores, el ambiente oscuro con olor a palomitas de maíz. Era como entrar a otro mundo. Era olvidar por un momento, totalmente, la nostalgia de su casa dejada atrás, de sus amigas, de la seguridad de su infancia perdida de golpe. Escuchar hablar en inglés y leer los subtítulos. Todo era nuevo. De tal manera que se convirtió, junto a Alfredo, en una cinéfila. Se sabía de memoria las películas y el nombre de sus principales actores.

Otra cosa que Lizbeth compartió por primera vez con Alfredo fue el mar. “Sólo he leído de él; pero nunca lo he visto.”  Así que Alfredo arregló un día el viaje hacia el Puerto de La Libertad. Gracias a un primo Alfredo consiguió un vehículo apropiado y salieron en plena madrugada. El aire frío era exquisito. Mientras viajaban hablaban y reían. Para Lizbeth era, increíblemente, algo nuevo viajar a 90 kilómetros por hora en una calle de asfalto. La velocidad y el viento golpeaban agradablemente el corazón de Lizbeth.

Cuando por fin llegaron, Alfredo se estacionó muy cerca de la arena. Lizbeth se bajó deslumbrada al ver tanta agua junta, tan azul e interminable. Bellísima agua serena al fondo y olas sueltas y agresivas en la orilla. Alfredo con una sonrisa sincera no veía el mar, sino el rostro de Lizbeth. La tomó de la mano y la acercó a las olas. Lizbeth sintió algo de temor; pero la curiosidad era mayor.

-Esta es una experiencia que nunca voy a olvidar, Alfredo. Gracias. Algún día te tengo que llevar al río Lempa, justo a la orilla de mi pueblo. No es tan grande, por supuesto, como el mar; pero también es bellísimo. Él asintió y sonrió.

-¡Quitémonos los zapatos!  -gritó Alfredo.

Inmediatamente, corrieron por la orilla descalzos, jubilosos y gritando. Luego Lizbeth se detuvo repentinamente y besó apasionadamente en la boca a Alfredo.

Más tarde, caminaron recogiendo conchas de distintos colores y formas…

Escrito por

Óscar Perdomo León

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UN AMOR Y EL TERREMOTO DE 1986. Segunda y última parte

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PRÓXIMO MARTES. No se pierdan el próximo martes la segunda (y última) parte de esta historia.

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Fotografía en blanco y negro extraída de La Prensa Gráfica.

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Fotografía a colores tomada por Jaime Ibarra II , de Austin Texas, y extraída del blog URIELARTE.

LA CANCIÓN II

Junto a la fuente seca

I

Emplazándome a una fiesta de silencio comunicativo con la mirada bordada de palabras, envolvés mis ojos, desatás mis manos, gritás el latente poema. Una caricia, esta noche, es una flauta. Un beso, un violín. Se ha abierto ya la puerta que querías. Pero nos detenemos En el umbral nos detenemos un poco, un poco más, haciendo la mejor melodía…

Desciendo la prenda interior, de vos, con cuidado, sin prisa, continúo con paciencia, nos amamos, sin bruscos movimientos empezamos… somos la canción, somos la canción… Somos la canción de la humana libertad. La canción en movimiento. La reivindicación de la verdad. Somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción, somos la canción… Fuimos… (hemos terminado el primer viaje de la noche). 

 

II 

Yo amo los cuartos oscuros donde los sonidos son la luz. Ahí donde mis escrutadoras pupilas verdes se dilatan vanamente por encontrar tus ojos oscuros, donde mis labios pueden ver tanto, donde mis manos observan tus piernas claramente y obtengo tu voz palpable y el tacto se nos vuelve palabra. Nuestros movimientos se sincronizan y los cuerpos pasan a ser dos libélulas volando unidas sobre una tenue humedad y sobre un estuario de sábanas blancas, floreadas… (Y me has contado luego que relámpagos de tu pensamiento vagan en rostros y habitaciones que de pequeña conociste; que te sentís niña escalando árboles…) Yo amo los cuartos oscuros donde nos desarrollamos sobre contracciones dinámicas y calores…

Texto y fotografía por

Óscar Perdomo León

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LA CANCIÓN I

LA CANCIÓN

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LA CANCIÓN 

I

Quiero quedarme largas horas a solas con vos sin que nadie nos mire. Quiero que me digás palabras sensuales al oído, vocablos tuyos para mí que nadie habrá de escuchar.

Tenés la edad en que el goce de la piel es el vicio más sano que puede haber. Sos excitante y bella; tu cabello de obsidiana es suave y ondulado; tus brazos de vara y barro, como dos antiguas construcciones mayas se aferran a mi cuerpo en movimiento; tus manos son las manos más bellas del mundo; tus pezones, como dos pequeñas ciruelas rosadas, se hunden en mi paladar siempre que te tengo; el Monte de Venus arde rápido como el ocote cuando lo palpan mis dedos y, cuando toco más abajo, es el pie húmedo de un caracol lo que toco.

Tus extremidades inferiores son dos impresionantes pinos salvadoreños cuyas copas terminan uniéndose en millares de hojitas aciculadas y negras, ensortijadas, burbujeantes, formando el fragante triángulo que me gusta…

Amor: sos una mujer bonita y milenaria.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

MI PAÍS INVENTADO

Mi país inventado ISABEL ALLENDE

Siempre he pensado que algunos de los mejores libros son aquellos en donde quien escribe lo hace de personas y cosas que conoce de verdad. Y cuando digo los mejores libros, me refiero a muchos de lo que captan mi atención (aunque ésto es algo subjetivo, pero igual, sirve de cierta referencia).

«Mi país inventado» es una novela de Isabel Allende (1942), que me capturó de principio a fin; y es que cuando alguien cuenta su vida y la de quienes le rodean, hay cierta sinceridad en las palabras que me conmueve.

Lo interesante de esta novela es que nos da un panorama amplio de una escritora que, después de algún tiempo viviendo en San Francisco, vuelve la mirada a su pasado y nos muestra a su país sudamericano de origen, Chile, desde los años ´40  hasta los ´70 (del siglo XX), es decir, los años en que ella vivió su época de niñez, juventud y madurez temprana. Narra también con ciertos detalles esa época del gobierno de Salvador Allende, tan llena de esperanzas para algunos; así como también el posterior golpe de estado. Luego habla de su familia, su primer esposo, sus hijos, sus viajes… su segundo matrimonio.

Para conocerse a uno mismo, debe uno conocer a sus compatriotas, su carácter, sus costumbres, su manera de hablar…  Pues bien, siguiendo esta línea, Isabel Allende nos muestra un retrato físico y psicológico muy interesante de los chilenos. Allende escribe este libro llevada o, más bien, arrastrada por la nostalgia y el afán de reconocerse a sí misma en el tiempo ido.

Finalmente, en una especie de relación amor-odio con su país, Isabel Allende se reconcilia de alguna manera con su patria y consigo misma.

«Mi país inventado» es una novela de 220 páginas y dividida en 17 capítulos, publicada en el año 2003 por editorial Areté.

Recomendable.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

LOS CIEN AÑOS DE SOLEDAD DE GARCÍA MÁRQUEZ

Gabriel-García-Márquez

Creo que «Cien Años de soledad» ha sido uno de los libros más grandes y maravillosos que se haya escrito jamás. Cuando me tropecé con él la primera vez, me quedé flotando como en otro mundo, totalmente extasiado, iluminado por la historia y por su manera de ser contada. Sus múltiples personajes, como Melquíades, Úrsula Iguarán o José Arcadio Buendía, a quienes llegué a amar y a recordar y a recordar, aun con el largo paso del tiempo, tenían algo inusual, porque a pesar de haber miles de millones de libros en el mundo, son pocos los personajes que se quedan grabados en la memoria colectiva del tiempo.

Y así, de esa misma manera, aprendí a amar al escritor Gabriel García Márquez, sin conocerlo personalmente, pero sintiéndolo cercano, admirándolo, respetándolo. Si sólo hubiese escrito «Cien años de soledad», habría bastado para que yo lo recordara por siempre. Pero el prolífico escritor nos ha dejado a todos un inmenso legado literario, no sólo en cantidad, sino en calidad.

Entrar sin previo aviso a «Cien años de soledad» y leer las las primeras palabras, es como colisionar con el universo y el tiempo, y descender en caída libre hasta un mundo mágico y extraordinario: Macondo.

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.»

¡Hermoso! En las primeras dos frases estamos en el futuro y, después de la segunda coma, viajamos automáticamente hacia el pasado, hacia los primeros días de la mítica ciudad de Macondo.

Cien años de soledad

Cuando he releído alguno de los capítulos de esta novela, siempre he tenido descubrimientos gratos, y he vuelo a sonreír y a llorar entre sus páginas. Cien años de soledad es una fuente inagotable de vida, muerte, magia e ilusión.

El jueves 17 de abril, mientras hacíamos con mi esposa Érika una visita domiciliar a una paciente, escuchamos por la televisión que había muerto el gran Gabriel García Márquez. Su muerte nos impactó y nos dolió. Cuando regresábamos en el carro a nuestro hogar, mi esposa y yo no pudimos evitar derramar, casi en silencio, unas lágrimas.

Hay pesar en Latinoamérica y en el mundo entero. 

«Cien años de soledad» seguirá viviendo en mi corazón hasta mis últimos días y mi último respiro. Y estoy seguro que vivirá también en los corazones de las generaciones venideras.

Texto:

Óscar Perdomo León

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Para quien quiera leer completa la novela «Cien años de soledad», lo puede hacer aquí, dando un clic al siguiente enlace: CIEN AÑOS DE SOLEDAD Gabriel García Márquez.

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EMPATÍA EN LA LECTURA

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ESCRIBIR

 

 

LIBRO DE LOS ESPEJISMOS

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¿Qué leer? Bueno, la literatura es casi infinita y tan variada como diferentes somos unos de otros los hombres y las mujeres, los países y los idiomas. ¡Hay tantos libros hermosos en el mundo!

Esta vez quiero recomendarles un libro que disfruté mucho. Para leerlo se necesita silencio, no sólo externo, sino interno; hay que adentrarse en él como quien nada en un mar inmenso a la orilla de una isla desierta. Ésto nos conduce a mirarnos a nosotros mismos como al borde de un precipicio; pero también a mirar a los otros con ojos más comprensivos.

El libro al cual me refiero es el «Libro de los espejismos», escrito por Javier Alas (1964) y publicado por la DPI en el año 2013. Su presentación es la de libro de bolsillo y consta de 98 páginas. Está dividido en cuatro partes: «Del engaño del arte», «La vulgaridad del tiempo», «Miseria humana» y «Civitas».

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En un tiempo en que los seres humanos vivimos de una manera tan acelerada, en que nos es difícil detenernos a pensar con profundidad, ya sea sobre nuestra propia vida como seres humanos, o sobre un tema literario que nos ha acompañado desde tiempos remotos, como es la poesía, Javier Alas, a través de reflexiones breves y aforismos, se detiene, medita y nos conduce por senderos de sorpresa, ironía y disfrute intelectual.

He aquí algunos fragmentos del libro escrito por Javier Alas:

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La página inmortal, elusiva, quimérica. Es comprensible que una condición inherente para pretenderla sea la juventud.

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La vanidad de los poetas: «vate de las grandes ligas», he llamado hoy a uno; le encantó.

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La soledad produce desesperados y místicos; el tedio, a lo sumo, señoritos con pretensiones literarias.

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Casi equiparable al deleite de leer un libro es la ilusión de abrir uno nuevo.

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¿Por que habría un novelista de renunciar a crear ficción sobre la historia? Al final de cuentas, al representar la versión del vencedor, la historia misma es en parte ficcional.

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Ajena a los premios, la literatura respira.

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La culta Europa desgarrada por guerras étnicas…

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Dado que toda autobiografía es ficcional, su lectura resulta más apetecible que hurgar en una vida rebajada a biografía.

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La convicción es una forma sosegada de la necedad.

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El propio silencio del cosmos sugiere la existencia de vida extraterrestre. ¿Cómo podría no ser inteligente quien evita la raza humana y se mantiene a prudente distancia en el espacio?

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Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

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Javier Alas (1964), salvadoreño, es poeta, pintor y editor. Gran Maestre de Poesía (2007) y Gran Maestre de Cuento (2009).

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Fotografía del volcán Chinchontepec, tomada desde el desvío-entrada a Apastepeque, San Vicente, El Salvador.