GEORGE HARRISON. Aniversario

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Este día, 25 de febrero, George Harrison (25 de febrero de 1943-29 de noviembre de 2001), el guitarrista líder de Los Beatles, estaría cumpliendo 71 años de edad. Para recordar a ese beatle que nos dio tanto con su voz, su guitarra y sus bellas canciones, he querido publicar en mi blog cuatro cosas relacionadas con George que tal vez puedan interesarles:

1) «George Harrison viviendo en un mundo material», el cautivador documental del año 2011, dirigido por  Martin Scorsese. Totalmente recomendable.

GEORGE HARRISON VIVIENDO EN UN MUNDO MATERIAL

Para quien no pueda mirar aquí el documental «George Harrison viviendo en un mundo material»,  lo puede hacer siguiendo esta enlace: https://www.youtube.com/watch?v=fEL4_qadPp4

2) Breve reseso musical. Les traigo a ustedes un pequeño homenaje que grabé con mi guitarra, hace algunos meses, para George Harrison, el cual consta de tres de sus canciones: «While my guitar gently weeps», «Here comes the sun» y «Something».

Pequeño tributo a GEORGE HARRISON

Guitarras acústicas ejecutadas por Óscar Perdomo León

Para quien no pueda escuchar aquí el «Pequeño tributo a George Harrison» lo puede hacer siguiendo esta enlace: https://soundcloud.com/scar-perdomo-le-n/peque-o-tributo-a-george

3) «El legendario George Harrison. Todas las cosas deben pasar». Un documental que, aunque trata más sobre su vida pública, trae también algunas declaraciones de personas que lo conocieron de cerca; además habla sobre las creencias religiosas de George; el ataque que sufrió en su casa por parte de Michael Abram y muchos temas más. Un mediometraje totalmente atractivo para quien quiera saber más sobre «the quiet beatle».

EL LEGENDARIO GEORGE HARRISON

Todas las cosas deben pasar

Para quien no pueda mirar aquí el documental «El legendario George Harrison» lo puede hacer siguiendo esta enlace: https://www.youtube.com/watch?v=3uEvkIxtHzw

4) Y finalmente, otro documental interesante; esta vez sobre el LP «Please please me». En febrero de 1963 Los Beatles, en una sesión de 12 horas, grabaron en los estudios Abbey Road, su primer disco de larga duración: «Please please me». 50 años después, en los mismos estudios, varios artistas se reunieron para grabar algunas de esas mismas canciones.

DOCUMENTAL SOBRE «PLEASE PLEASE ME»

Para quien no pueda mirar aquí el documental sobre el LP «Please please me», lo puede hacer siguiendo esta enlace: https://www.youtube.com/watch?v=U9u3Ma9k0O8

Texto:

Óscar Perdomo León

UN CADÁVER (Historia basada en el terremoto del año 2001)

Fotografía del deslave sobre Las Colinas, extraída de un video proporcionado por el periodista William Meléndez.
“… y en respuesta ante las víctimas, la Ciudad… conoció una toma de poderes, de los más nobles de su historia, que trascendió con mucho los límites de la mera solidaridad, fue la conversión de un pueblo en gobierno y del desorden oficial en orden civil. Democracia puede ser, también, la importancia súbita de cada persona.” (1)
Carlos Monsiváis

El 13 de enero del año 2001 en El Salvador, un gigantesco derrumbe en una zona de la cordillera del Bálsamo, causado por el primer terremoto de los dos que habría ese año, cubrió un gran número de casas en la colonia Las Colinas, de Santa Tecla. En un par de segundos varios cientos de personas se vieron soterradas bruscamente, de una forma terriblemente inesperada.

No sólo en Santa Tecla había habido tragedia, por supuesto; el terremoto había sacudido fuertemente también otras partes del país; pero la magnitud del infortunio de Las Colinas era incuestionable. La medición del sismo había sido de 7.6 en la escala de Richter y con una duración de 45 segundos. Miles de metros cúbicos de tierra del deslave habían caído violentamente sobre 267 viviendas. La cifra de fallecidos –nunca precisada- era entre 450 y 600 personas.

Vista desde la carretera Panamericana, esa mañana de enero Las Colinas era un paisaje aterrador. Pero era aún peor al acercarse: bajo los pies podía uno sentir las vibraciones, los golpes y la angustia que bajo tierra producían algunas personas que se encontraban todavía con vida. Era una situación agobiante, como si una zozobra maléfica hubiese querido reinar por unos días, celebrando una fiesta de desgracias.

Roberto, un joven médico de San Salvador, escuchó la noticia por la radio y corrió al lugar del desastre, a la zona donde otros salvadoreños sufrieron fatalmente en carne propia la tragedia. Roberto ayudó con pico y pala cavando y acarreando tierra. Intentaba dirigirse por los ruidos subterráneos; pero no conseguía encontrar a nadie. Roberto estaba con los demás voluntarios, unos diez salvadoreños que se solidarizaron con la calamidad, decena que después creció bastante. Buenas personas se acercaban por momentos para regalarles agua o algún trozo de pan.

De pronto, caída la tarde, después de incansables excavaciones, se empezaron a encontrar las primeras personas muertas. Eran tres: dos muchachos y una señora de edad. Sus cuerpos fueron colocados unos junto a otros en la improvisada morgue. Muy pronto llegaron peritos forenses, quienes, después de tomar notas y fotografías, ordenaron que los cadáveres fueran envueltos en bolsas negras y trasladados hacia Medicina Legal.

Ya entrada la noche Roberto se sentía agotado. Muchos habían empezado a irse. Él quería irse también; pero algo dentro de sí gritaba: «No te vayás, no te vayás».

Repentinamente algo pasó. A unos cuarenta metros de él alguien gritó: « ¡Una mano, una mano…!»

Todos corrieron para tratar de ayudar. El cuerpo completo estaba enterrado y sólo su mano derecha sobresalía en la superficie; estaba muy pálida y tenía rastros de esmalte transparente en las uñas.

Los socorristas alejaron a los otros voluntarios un poco del lugar y hábilmente hicieron su trabajo. Ellos, con destreza, arrebataron de la tierra abrazante el cuerpo de una mujer de unos 30 años de edad; su cadáver fue encontrado sobre la mesa del comedor destruido de una casa, bajo metales retorcidos, trozos de madera y otros escombros; estaba sucio y en las primeras horas de descomposición; pero también había abundante sangre desecada en su cabeza.

Mano de “Isabel” (interpretada por Rosario Ríos).

Roberto no podía imaginar quién era… Se acercó por curiosidad primero; pero también porque le pareció ver algo fuertemente familiar en ella.

Cuando vio su cadáver, con el rostro totalmente cubierto de tierra, irreconocible al principio, sintió una aguda estocada en el corazón: era el presentimiento de lo peor. Era la dolorosa corazonada. Eran sus pies, eran sus manos, eran sus labios…

-¡Yo la conozco! –gritó Roberto.

Observó con atención el cuerpo de Isabel. ¡Y ahí estaba el tatuaje de un colibrí verde, en el muslo izquierdo!

Cuando se dio cuenta de que era ella, que era Isabel, Roberto no pudo más que sentir incredulidad. Seca y chocante incredulidad.

Las preguntas rondaron como hormigas rojas en su cerebro. « ¿Qué hace ella aquí? ¿Estuvo aquí la noche anterior al terremoto y por eso no llegó a dormir a su casa? »

-¡Isabel! ¡Isabel! –musitó Roberto casi si fuerzas, desconsolado, junto a los restos de ella.

Camilleros de la Cruz Roja (interpretados por los socorristas Nelson Gálvez, José Mauricio Retana y Nery Anthony Medina) cargando a “Isabel”.

Y luego, con el breve tiempo y la prontitud que se requiere cuando es un ser humano amado el que muere, Roberto se aterró con la noticia y la asimiló con dolor y amargura…

La mano de alguien –no supo nunca la de quién- le dio unas palmadas en la espalda.

Escrito por:

Óscar Perdomo León

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UN CADÁVER es un fragmento de la novela HABLANDO CON LOS MUERTOS by Óscar Perdomo León, escrito en donde se basó el cortometraje de ficción del mismo nombre (realizado en el 2005).
HABLANDO CON LOS MUERTOS cortometraje de ficción primera parte.mp4 – YouTube
HABLANDO CON LOS MUERTOS segunda parte – Vìdeo Dailymotion
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(1) Fragmento entre comillas tomado de la crónica que Monsiváis escribió sobre los terremotos de México, de septiembre de 1985.

TOMA 1. Álbum musical de Proyecto acústico. Jazz salvadoreño

El grupo de jazz salvadoreño «Proyecto acústico» acaba de lanzar su primer álbum musical, un trabajo exquisito que disfrutarán mucho aquellos amantes del jazz latino.

El trabajo completo, cuyo título es «Toma 1», está formado por 9 números muy bien interpretados y que, por su calidad, está empujando a la música salvadoreña hacia adelante.

Sus composiciones son originales y muy llenas de vida.

El director del sexteto, el también vibrafonista y percusionista, Carlos Romero, es el autor de «Recuerdos de La Habana», «Un nuevo día», «Regreso a casa» e «Historiantes de Cuisnahuat» (ésta última basada en una melodía folclórica salvadoreña).

El guitarrista Chamba Elías es el autor de «Pronto te lo diré», «Para el club», «Latin gang» y «Bolero», éste último magistralmente cantado por Carlos Romero.

Y finalmente, el también guitarrista, Mario Romero, contribuye con «Descubriendo tus pasos», una composición con mucha energía y sensibilidad, dedicada a su pequeña hija.

Proyecto Acústico. De izquierda a derecha: Juan Carlos Romero Cárcamo (bajo), Neto Buitrago (tumbadoras y batería), Mario Edgardo Romero Cárcamo (guitarra), Chepito Paiz (batería y tumbadoras), Chamba Elías (guitarra) y Carlos Alberto Romero Cárcamo (vibráfono, teclados y dirección musical).

Para quienes quieran adquirir el álbum «Toma 1», lo pueden hacer a través del siguiente enlace:

Proyecto Acústico

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

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Artículos relacionados:
PROYECTO ACÚSTICO: jazz en El Salvador. Fotorreportaje. | LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR
PROYECTO ACÚSTICO. “De regreso a casa”. (Jazz en El Salvador) | LA CASA DE ÓSCAR PERDOMO LEÓN
CARLOS ROMERO CÁRCAMO: “Me gustan los artistas que son congruentes con la realidad”. Entrevista. | LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR
UN CAMINO CONDUCE A OTRO CAMINO | LA CASA DE ÓSCAR PERDOMO LEÓN
COSECHA LATINA, grupo musical salvadoreño. | LA CASA DE ÓSCAR PERDOMO LEÓN

VOS

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VOS 

Vos,

flor de algodón -encaje blanco-,

fresa de la montaña -olor de transparente laguna-,

pasto fresco donde mis manos de insecto aprenden a caminar.

Vos,

libro interminable, vino fuerte que no invita al estupor,

paloma volando con el canto sensual en las manos.

Vos,

tierna y morena, dura y rebelde,

forjadora del amor,

telar de caricias y colores,

vos,

la más hermosa,

caminás con la luz en mi pecho. 

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Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

CREO. Óscar Perdomo León. Video musical

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CREO

Canción dedicada a Laura María Perdomo Pacas.

Letra y música:
Óscar Perdomo León.
Guitarras, teclados y todas las voces:
Óscar Perdomo León.
Bajo eléctrico:
Arecio De León (en el puente de la canción) y Óscar Perdomo León (en el resto de la canción).
Dirección del video:
Érika Valencia-Perdomo y Óscar Perdomo León.
Cámara:
Érika Valencia-Perdomo, Óscar Perdomo León y Pablo Santana Alfaro.
Edición del video:
Óscar Perdomo León.
Pinturas:
Erlinda Espinoza de Regalado.
Traducción al inglés:
Laura María Perdomo Pacas.
Agradecimientos a:
Érika Valencia-Perdomo, Pablo Santana Alfaro, Mario Roberto Perdomo León, Beatriz Andrea Perdomo Pacas, Laura María Perdomo Pacas y Salvador Huiza.

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CREO
No creo en los milagros ni en nada sobrenatural.
Pero creo en la sal y en la luna, en la lluvia, en el viento y el pan.
Creo en las sonrisas de los niños y la voz del mar,
en el porvenir incierto y en el eterno presente.
No creo en milagros ni en nada sobrenatural.
Creo en tu mirar, en las flores y en las estrellas.
Creo en la amistad, en las aves, las semillas, las canciones bellas.
En los múltiples senderos, los aromas y las catleyas.
Creo en el inconcebible proceso de la vida
y en los recuerdos que nos dan un baño de alegría.
No creo en milagros ni en nada sobrenatural.
Pero sí en tu estimulante compañía y en las verdes hojas que respiran.
Y entre la vida y la muerte,
beso
la sangre que palpita.

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También lo pueden ver a través de YouTube.

Si no pueden ver el video aquí en mi blog, lo pueden hacer acá.

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© Creo. Óscar Perdomo León.
El Salvador, enero de 2014.

UNA VERDAD INCÓMODA. Largometraje documental

Al Gore

«Una verdad incómoda» es un documental del año 2006 dirigido por Davis Guggenheim. La película es narrada y protagonizada por el ex Vice Presidente de Los Estados Unidos Al Gore.

El calentamiento global y las graves repercusiones que conlleva para el planeta tierra y el futuro de la humanidad, es el tema principal de este largometraje ganador del Oscar al mejor documental en el año 2006.

Es una película muy bien hecha, que nos muestra a través de gráficos, animaciones y argumentos bien sostenidos con una base científica, que la humanidad tiene que tomar un nuevo rumbo, si quiere mantenerse como especie durante muchos años más.

UNA VERDAD INCÓMODA

Para quien no lo pueda ver en mi blog, lo puede hacer dando un clic en el siguiente enlace:

Fotografía extraída de Google.

DE SEUDÓNIMO CLARA. Un libro de Nora Méndez

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«De seudónimo Clara», publicado a finales de 2013 por la editorial guatemalteca Letra Negra, es un libro escrito por la salvadoreña Nora Méndez (1969), que trata sobre su captura por la Policía Nacional, siendo ella una guerrillera de los comandos urbanos del Partido Comunista Salvadoreño. Clara, de 19 años de edad, idealista y con mucho amor, en las manos de los represivos cuerpos de seguridad del Estado, durante los últimos días de la guerra civil salvadoreña, es interrogada, golpeada, endrogada y violada, de la manera más brutal en que sólo los torturadores salvajes saben hacerlo.

¿Cómo clasificar este libro? Los conocedores de literatura sabrán cómo hacerlo. Para mí, como simple lector embelesado, es un libro impactante de memorias, con un excelente tratamiento literario. Es un testimonio novelado. Es también una denuncia de la represión y la falta de justicia en El Salvador. Es una reunión de recuerdos que se aglomeran para ser detallados y, principalmente, meditados. Es, en verdad, una obra literaria muy bien hecha que lo atrapa a uno de principio a fin.

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En la entrada del primer párrafo de este libro, lo primero que percibí fue lo buena narradora que es Nora. Se siente su prosa fluida y cautivante; coherente y, al mismo tiempo, hermosamente alucinada. Pero, principalmente, se siente en su voz una narración honesta y con mucha sustancia. 

La profundidad de la voz de Nora, que mira a su alrededor y se mira a sí misma, es innegable. Su discurso, que va en una primera persona muy íntima, nos cuenta las cosas cotidianas de su vida normal, así como sobre su doble vida como guerrillera clandestina; y por momentos, sus palabras nos conducen, en medio de la cruda realidad, a un mundo onírico y lleno de angustia existencial; sin embargo sus palabras, en ningún momento, dejan de sentirse sinceras.

De esta historia, se puede deducir que las actuaciones sociales y de consciencia de Nora Méndez fueron coherentes con sus ideas y su percepción de nuestro país, desgarrado por la exclusión económica y social. En ese contexto, podría decir que Nora, la poeta, llegó a igualarse a Roque Dalton, quien también ingresó a la guerrilla llevado por el amor que tenía hacia su pueblo y por su franco compromiso con su país. Una conducta ético-moral.

Además de que su historia es lo suficientemente sugestiva como para mantenerlo a uno interesado todo el tiempo, algo que me gustaría agregar sobre este libro es que tiene algunas frases poéticas (muy adecuadamente colocadas), así como también alusiones a canciones o libros conocidos, lo que le da un poco más de sabor a la lectura.

La verdad es que disfruté mucho leer «De seudónimo Clara». Confieso que me lo leí «de un sólo tirón»; no me pude dormir hasta mirar (y casi olfatear y escuchar), en las horas silentes de la madrugada, sus últimas palabras.

«De seudónimo Clara» es un libro conmovedor, de 166 páginas, totalmente recomendable, que trata, en fin, de una bella heroína luchando, en una selva urbana y despiadada, por un mundo mejor.

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Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

PITAS DEL MISMO CUERO

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Las elecciones presidenciales de este año en El Salvador no son una cosa de gran importancia para mí. Deberían serlo, pero no lo son. ¿Y por qué me siento yo de esa manera? ¿Y por qué muchos compatriotas sienten lo mismo que yo?

Creo que muchos salvadoreños nos sentimos así, con poco interés hacia ese juego de falsedad de los políticos mal llamado elecciones, porque ya nos cansamos de su egoísmo sin límites y de su ignorancia tan burda y obvia, ya nos cansamos de su inmenso y genuino desinterés por los verdaderos problemas del país.

¿Qué nos ofrecen los políticos de El Salvador? Nada bueno y nada nuevo. Sólo el mismo parloteo mentiroso y poco profundo, las acusaciones mutuas y el sinsentido. Ninguno piensa en serio sobre el futuro de nuestra patria. Ninguno ha sido creativo. Ninguno está realmente comprometido con mejorar a El Salvador.

Sánchez Cerén, Quijano y Saca, los principales contendientes que buscan la silla presidencial, no son más que pitas del mismo cuero. Sus propuestas electorales son una verdadera burla para el pueblo. Todos prometen el cielo; pero ninguno nos aclara cómo logrará alcanzar ese cielo.

Y los grupos de poder, la gente de dinero y dueña de este país, ¿qué piensa? A esta gente sólo le interesa un pueblo ignorante e inclinado al consumismo.

Me voy lejos con la imaginación y pienso en países que, después de grandes tragedias y pobrezas, se han levantado poco a poco, en dirección y en la búsqueda del bienestar de toda su gente. Regreso a la realidad que vivimos y veo justamente todo lo contrario, es decir, gobiernos de derecha (incluyendo al FMLN, que funciona como otro partido más de derecha) que sólo buscan hundir más a El Salvador.

¿Es que acaso no podemos tomar otro rumbo? Los que dirigen este país tendrán que escucharnos.

Propongo que vayamos a votar, pero que anulemos nuestro voto.

Yo, por mi parte, gritaré mi rechazo a los políticos salvadoreños dibujando en la papeleta de votaciones una carita feliz o a la Siguanaba -porque no sé si reír o llorar- y le daré mi voto a mi lindo dibujito.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

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Fotografía: Teoria del rebalse.
Artículo relacionado: AÑO NUEVO, VIDA NUEVA EN EL SALVADOR | LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR

IMAGINEN QUE NO HAY CIELO

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El mensaje de paz de John Lennon permanece en su canción «Imagine». Es una composición llena de idealismo bondadoso, que nos reta a meditar, a imaginarnos un mundo en donde lo material no es lo más importante, un mundo en donde vivamos nuestro día y hagamos el bien, no por el hecho de ganar un cielo o de temer a un infierno; sino por el hecho mismo de hacer el bien.

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Parque John Lennon, La Habana, Cuba.

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«Dirás que soy un soñador
pero no soy el único».

Espero que el año 2014 les traiga mucha felicidad y que el egoísmo y la intolerancia abandonen el corazón de los salvadoreños y del mundo entero.

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Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografías:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

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Artículo relacionado:JOHN LENNON: IMAGINEN A TODA LA GENTE VIVIENDO EN PAZ (La Esquina en La Habana. Sexta parte) | LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR

IMAGINE

NOCHE

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NOCHE

Noche, caótica estructura donde se desarrollan mi locura y mis ansias,

fuente del abismo donde caigo, perfume que me aroma por momentos…

Poblada de grillos cantores envolvés con tu sinfonía las largas horas de espera…

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(¿Dónde están tus ojos? ¿Qué observan? ¿Qué móviles ideas corren y se entrecruzan en tu mente? ¿Estoy en alguna de ellas?)

Noche: caótica estructura donde se desarrollan mi locura y mis ansias…

(Cerré las puertas del sueño y corrí y corrí por las negras praderas, rompiendo el aire frío, los canales de agua vital bebiendo, los poemas de amor amando… Recordándote siempre      -oh, lejana-, reconquistando tu presencia…)

La madrugada cae como un vértigo negro…

Cauterizo mis heridas escribiéndote,

creyendo que cada letra que hago explotará telepáticamente en tu cerebro como el placer más bello que se ha inventado;

pero todo ésto es sólo una fe dolorosa, un desgarramiento íntimo, un papel amoroso.

Noche: hay en tu cuerpo una grey de astros musitando los secretos de un cosmos desconocido que vibra de vida y movimiento.

La luna y las estrellas bailan la eminente danza espacial

-¡gravitación de acordes infinitos! 

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Poema y fotografías por:

Óscar Perdomo León

EXPOSICIÓN PICTÓRICA DE SERGIO DUGAN EN ESPACIO CULTURAL

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“Bebiendo en el lago” Óleo sobre lienzo 50×65 cm.

El día 18 de diciembre de 2013 fue inaugurada la exposición de pinturas de Sergio Dugan en Espacio Cultural.

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El artista visual Saúl Alfaro. A la derecha Laura Ramírez, directora del colegio María Goretti.

El evento fue gracias a la iniciativa del artista visual Saúl Alfaro y al apoyo decidido que su familia le da a Espacio Cultural, el cual se ha vuelto un oasis de arte en el departamento de Cabañas (El Salvador). En el acto de apertura de la exposición tocaron los grupos musicales Stigma y Etnia (gracias a la producción de Salvador Huiza).

También estuvo el payaso Rabanito poniendo un toque de buen humor a la noche.

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Stigma. En la voz líder, Laura Ramírez.

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Etnia.

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El payasito Rabanito haciendo de las suyas.

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El pintor Sergio Dugan (Argentina, 1966) nos trae una propuesta muy atractiva. Sus pinturas retratan a la naturaleza y a las personas, con un estilo en donde se mezclan el impresionismo tardío con el realismo.

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“Ola y luna”. Óleo sobre cartón entelado. 23×30 cm.

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«Lanchas de pesca». Óleo sobre lienzo. 35×75 cm.

El público disfrutó además de los bocadillos gourmet ofrecidos por Anfitrone,  catering & eventos, elaborados por el cocinero sensuntepecano Bladimir Castro.

Y más tarde el público también pudo disfrutar de la comida del restaurante de Espacio Cultural.

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Al fondo se ve a Boris Ábrego, quien es el artífice, junto a su esposa Mayra, de Ketsali, joyería artesanal.

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La luna, que iluminó al público, estuvo muy bonita.

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La belleza sensuntepecana se fotografió con el pintor argentino.

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“Últimos ratos de sol”.  Óleo sobre lienzo. 35×25 cm.
Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

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HE DICHO. Cortometraje documental sobre Rafael Mendoza Mayora

Los invito a mirar este pequeño video que hicimos, mi esposa y yo, con mucho entusiasmo y cariño, referente al poeta salvadoreño Rafael Mendoza Mayora (1943), alguien cuya literatura nos conmovió desde la primera vez que la leímos. Aunque 30 minutos son muy pocos para conocer a alguien, hemos tratado de mostrar al hombre, así como al poeta, su voz y algunos de sus pensamientos…

Podrán experimentar por momentos, además, una cierta dosis de intimidad, que creemos sabrán apreciar algunos.

Sin más preámbulos los dejamos con el corto HE DICHO.

Para quienes no puedan ver el video aquí en nuestro blog, lo pueden hacer aquí.

O también lo pueden ver en Vimeo.

Para quienes no puedan ver el video aquí en nuestro blog, lo pueden hacer acá.

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Un documental de
ÉRIKA VALENCIA-PERDOMO
y ÓSCAR PERDOMO LEÓN.
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HE DICHO  es un documental que toma el nombre de la Antología poética del salvadoreño RAFAEL MENDOZA MAYORA.
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 Voces y guitarras interpretadas por
ÓSCAR PERDOMO LEÓN.
*
Música compuesta por
ÓSCAR PERDOMO LEÓN;
excepto “Esos locos bajitos” y “Aquellas pequeñas cosas” (de JOAN MANUEL SERRAT).
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Agradecimientos sinceros para
RAFAEL MENDOZA, el viejo.
ZELMIRA LÓPEZ CAÑAS.
ARECIO DE LEÓN.
DANILO COLINDRES.
JENIFFER CAMPOS.
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Caricaturas de la entrada gracias a
POWTOON.
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Una producción de
LA ESQUINA DE ÉRIKA Y ÓSCAR
y
ÁRBOLESDEFUEGO.

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

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 El Salvador, en América Central.
2013.
Artículos relacionados:
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JORGE «EL MÁGICO» GONZÁLEZ AL SALÓN DE LA FAMA

Jorge el Mágico González

De Jorge «El Mágico» González se han hablado muchas cosas; pero una cosa en la que todos coinciden es que Jorge ha sido uno de los mejores jugadores de fútbol del mundo. Este día quiero en mi blog hacer mi homenaje particular al «Mágico» y decir que me siento honrado de tener a un compatriota genio del fútbol.

Me siento obligado a confesar que no me considero un gran aficionado del fútbol; pero por supuesto de vez en cuando veo uno que otro juego en la televisión. He ido unas cuantas veces al estadio en todo mi vida y puedo agregar que generalmente veo los juegos que cada cuatro años presentan a los mejores equipos del mundo.

Al «Mágico» lo vi en persona hace tiempos corriendo en las afueras del estadio Cuscatlán y no me aguanté las ganas de gritarle: «Mágico», a lo que él me respondió con un saludo de la mano y una sonrisa.

Muchos años después, fui al estadio Jorge «Mágico» González (antes conocido como estadio «Flor Blanca») a ver el juego de despedida profesional de Jorge. (Recuerdo que me acompañaba una amiga irlandesa que había venido a conocer El Salvador.) Sin embargo, tuvo Jorge muchos otros juegos después de eso, como algunos para recolectar fondos para alguna institución de caridad o el juego que tuvo junto a Maradona cuando éste vino a El Salvador.

Para quienes no lo hallan visto, los dejo, pues, con el video de la ceremonia en donde «El Mágico» fue incluido este año como el primer centroamericano en entrar al Salón de la Fama del fútbol.

Texto:

Óscar Perdomo León

Fotografía extraído de Google.

LA COMEDIA, UNA MANERA DE TOCAR TEMAS CONTROVERSIALES

Risas 23 junio 2013 34 - copia

La comedia es un arte maravilloso que, si se usa con destreza, toca los ánimos y los corazones de las personas. Algunas comedias son vulgares, algunas otras son blancas e inocentes, y en el intermedio hay una gama de colores. Pero hay un tipo de comedia por la que me siento muy atraído y es aquella que usa la ironía como arma para expresar sus ideas.

En otra publicación escribí: «He visto maneras elegantes de hacer comedia, al mismo tiempo que son muy divertidas, son finas e inteligentes, con una ironía que lo obliga a uno a pensar y reflexionar; pero esto no es fácil, no todos tienen la capacidad de contar chistes sin sonar pesados o aburridos; para hacer comedia se necesita mucho talento y, sobre todo, argumentos sólidos con qué sostener esa comedia.»

He ahí la clave: los argumentos sólidos.

Con la comedia se pueden tocar temas candentes de la actualidad y, gracias a la risa, se pueden ver las cosas más controversiales con otra mirada, con una perspectiva diferente.

En muchos países se cultiva la comedia como crítica política. Y los políticos, a su vez, han aprendido que están bajo el escrutinio público común, así como por el de las artes.

Hemos conocido también de culturas y religiones tan intolerantes en donde no se acepta en manera alguna la crítica; tal es el caso de las caricaturas de Mahoma, que provocaron las amenazas de muerte y violencia para los caricaturistas por parte de los extremistas musulmanes. 

Y es que la comedia puede ser reveladora, puede tener la capacidad de abrir nuestros ojos y nuestras mentes hacia espacios de opinión y/o problemáticas que hay en la sociedad. La comedia puede quitar de un tirón el velo de la mentira y mostrarnos la verdad de una manera suave pero directa.

Para terminar con mi breve opinión y reafirmar lo que escribo, les dejo con dos ejemplos, dos videos, ambos muy agudos en su crítica, aunque con diferentes estilos. El primero es de los inigualables Les Luthiers, en una escena en que ponen al descubierto a los políticos; y el segundo es un video del comediante Bill Maher, en donde habla sobre religión y ateísmo. 

LES LUTHIERS

La comisión I (Himnovaciones)

Para quienes no puedan ver el video de Les Luthiers en mi blog, lo pueden hacer aquí.

BILL MAHER 

 El ateísmo no es una religión

Para quienes no puedan ver el video de Bill Maher en mi blog, lo pueden hacer acá.

Texto y fotografía:

Óscar Perdomo León

LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y HOMOSEXUALIDAD

???????????????????????????????El caso reciente de escándalo en El Salvador (América Central) a raíz del artículo «Una visita a la casa de Fabián y Tulio»escrito por el  muy conocido comunicador Daniel Rucks, me conduce a hacer una breve reflexión sobre la homosexualidad y la libertad de expresión en nuestro país.

Empezaré diciendo que la poca libertad de expresión, que tenemos en El Salvador, se ganó gracias a la reciente guerra civil salvadoreña (1980-1992), en la cual se derramó mucha, demasiada sangre. (En este punto no puedo dejar de escribir, aunque me salga un poco del tema, que los dirigentes de esa izquierda que luchó en la guerra, han perdido en la actualidad esos ideales de justicia y libertad). Es decir, que nuestra libertad de expresión es un bien muy preciado que debemos amar y defender; esto quiere decir que debemos respetar las opiniones que no concuerden con las nuestras. Si vamos a combatir una opinión con la cual diferimos, debemos hacerlo con argumentos y con respeto.

Pienso que lo fundamental en cuanto a libertad de expresión es que no debe haber ningún tema tabú para ser abordado. Nada debe limitar nuestra expresión oral y escrita. Pero esta libertad implica también una responsabilidad al ser usada y es la de tratar de apegarnos a la verdad y tratar de no ofender a los demás.

Ahora bien, no sólo con escritos o discursos serios podemos dar a conocer nuestras ideas; hay otro instrumento para expresar nuestro desacuerdo con un tema: la comedia. He visto maneras elegantes de hacer comedia, al mismo tiempo que son muy divertidas, son finas e inteligentes, con una ironía que lo obliga a uno a pensar y reflexionar; pero esto no es fácil, no todos tienen la capacidad de contar chistes sin sonar pesados o aburridos; para hacer comedia se necesita mucho talento y, sobre todo, argumentos sólidos con qué sostener esa comedia.

Sin embargo en El Salvador tenemos muy poca comedia «stand up» que sea brillante y ponga el dedo en la llaga de temas importantes. Lo más cercano a este tipo de comedia fina son algunas buenas caricaturas que salen en los periódicos.

En el caso del artículo de Daniel Rucks opino dos cosas: a) él tiene todo el derecho a estar en desacuerdo con la vida homosexual; b) pero él debería comprender que no se les puede privar a los homosexuales (hombres y mujeres) de su derecho ciudadano a casarse y tener hijos adoptivos o, mejor dicho, a disfrutar de la maternidad y la paternidad.

Los que lean el artículo de opinión de Rucks podrán formarse su propio juicio.

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Quiero terminar con dos reflexiones.

Soy de la opinión que vivimos en un país que se dice democrático, pero que en realidad es un país hipócrita, con leyes homofóbicas, que trata con resuelta y decidida discriminación a los homosexuales, violando abiertamente sus derechos.

Pero no todo está perdido. Creo que la clave para cambiar esta injusticia es ver a los homosexuales más allá del tabú, es decir, mirarlos como lo que son, como seres humanos, como hombres y mujeres que ven y sienten la sexualidad de diferente manera. Seres humanos que merecen nuestro respeto como cualquier otra persona, sin diferencias de derechos y obligaciones en la sociedad.

Texto y fotografías:

Óscar Perdomo León

KÉRRIDAT. (Capítulo IX)

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-Quiero que vayan ustedes dos a ese lejano planeta y lo investiguen. Ya hace un par de cientos de años que hemos detectado que una civilización ha empezado a desarrollarse allí  –dijo una especie de hombre, con una voz masculina y profunda, y en un idioma complejo y sublime.

Era un ser alto, oscuro de la piel y con un par de grandes alas negras. Tenía en la mirada y en la voz una fuerza de mando y dignidad que los otros dos seres que lo acompañaban parecían respetar.

-¿Durante cuánto tiempo deberíamos estar allá? –dijo una voz femenina.

Era una figura de mujer, alta, con fisonomía suave, con dos pechos erectos y bien formados. Su piel y sus alas eran blancas, casi impolutas.

-Diez o quince siglos. El tiempo que sea necesario –le respondió el ser de piel oscura.

Y después, el ente alto y oscuro, dirigiendo su mirada al tercero, le dijo:

-Serás el responsable de la misión, Kérridat.

Kérridat asintió al negro ser alado, con respeto. Luego miró complacido a su compañera con una sonrisa.                

 

     FIN

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

***

Nota: aquí termina la historia «María puede volar», formada por nueve capítulos. Muchas gracias a todos los que nos siguieron y leyeron cada martes que publicábamos un capítulo.

Fotografía extraída del blog vivicervera.

FÁTIMA MARÍA. 1992. (Capítulo VIII)

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*

María Josefina regresó a vivir a El Salvador a los cincuenta años de edad, seis meses después de que Gustavo, su esposo, falleciera de cáncer pulmonar en Francia. Sola y con dos hijos varones -Antonio y Juan- decidió hacerse cargo personalmente de la hacienda que su padre le heredó al morir. Trabajó un tiempo en ella; pero cuando Antonio entendió el teje y el maneje de la hacienda, se hizo cargo de ella y María Josefina regresó a Europa. Pero desde allá estaba pendiente de lo que ocurría en El Salvador. Escribía cartas con frecuencia a sus hijos.

Juan, el hijo menor, sintió que las tierras salvadoreñas eran muy estrechas para sus aspiraciones y decidió partir a Estados Unidos, convirtiéndose en marino; únicamente volvió a El Salvador en 1971 y luego se regresó hacia los Estados Unidos. Mandaba postales de los lugares más inesperados que visitaba alrededor del mundo. Nunca se casó y jamás tuvo hijos. Murió solo en Nueva York en 1987.

María Josefina, antes de morir, en 1985, pidió ser enterrada en Ahuachapán, luego de dedicar su vida a promover la educación y las artes en ese departamento. Benefició a cientos de niños campesinos al donar al Estado algunos terrenos para construir escuelas y pagar maestros para las mismas, creando un fideicomiso para esa causa.

María Josefina tuvo una única nieta a quien llamó Fátima María. El nombre lo escogió la misma María Josefina, con el consentimiento de Irene y de Antonio, los padres de la niña.

Fátima María creció en Ahuachapán, entre rumores lejanos de una guerra civil en su país. De doña Narcisa y don Laureano, con quienes vivía, aprendió a respetar la naturaleza, al prójimo, y a su padre -Antonio- a quien vio siempre como el proveedor de dinero, pero nunca como papá. Sus padres, amigos y abuelos eran la pareja de viejos que le brindaron su amor y cuidados desde que su memoria funcionaba. Fue justamente con ellos que visitó el 25 de marzo de 1980, la Basílica Sagrado Corazón para asistir a la vela del asesinado arzobispo de San Salvador Monseñor Oscar Arnulfo Romero -uno de los eventos más traumáticos para la sociedad salvadoreña- . Fátima María tenía entonces 16 años de edad y sus recuerdos guardaban la imagen en color sepia de la Basílica del Sagrado Corazón durante la noche; miraba en su mente la fila de los miles de visitantes congregados ahí para dar el último adiós. Los rezos y cánticos junto con el cuerpo descansando en la caja mortuoria, quedaron incrustados para siempre en su alma.

En los últimos años de la década del ´70, se había incrementado el accionar de los Escuadrones de la Muerte, amparados por el ejército y las fuerzas de seguridad del gobierno, de tal manera que todas las noches estos grupos sacaban de sus casas a civiles (sospechosos de colaborar con la izquierda) que luego aparecían asesinados en la calles y en las carreteras de todo El Salvador. Eran los cadáveres de estudiantes de bachillerato y de la universidad, trabajadores de fábricas, profesores, etc., que mostraban señales de haber sido cruelmente torturados. Surgían de la nada por las mañanas, decapitados y despellejados.

Monseñor Romero 2

**

También la izquierda había radicalizado su lucha, y empezó a asesinar civiles; aunque en una cantidad menor que la derecha. Estos actos desprestigiaban su «lucha por la justicia».

Un día antes de que lo asesinaran, Monseñor Romero se había dirigido hacia las fuerzas de seguridad y del ejército salvadoreños con estas palabras: “En nombre de este pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, ¡cese la represión!”.

Durante el momento de la consagración en la misa y justo cuando él levantaba los brazos, un disparo seco y certero le atravesó el corazón; cayó fulminado y desangrado al suelo, frente a la feligresía que no podía creer lo que ocurría. Fue llevado de emergencia a la Policlínica Salvadoreña; pero la herida que llevaba era mortal. El llanto de la nación fue general. La comunidad internacional condenó la tragedia.

Años después Fátima María rehusó comprar en oferta un vehículo volkswagen rojo de cuatro puertas que le vendían, recordando que un carro similar había conducido Amado Garay aquel fatídico 24 de marzo para transportar al francotirador que había asesinado a Monseñor Romero.

***

Con el pasar de los años Fátima María se convirtió en una joven muy especial, un tanto solitaria, pero muy independiente. Era bonita como su madre Irene y como su abuela María Josefina. Tenía ese aire agradable que hacía que las personas quisieran estar cerca de ella. Pero su don más grande era su facilidad para el lenguaje. Se expresaba con brillo y fluidez, siempre usaba la palabra correcta, pronunciaba con claridad y todo lo acompañaba con unos sutiles gestos femeninos que adornaban todo lo que decía. Se escribía cartas con su abuela al menos una vez al mes. Y fue a conocer Europa un par de veces. Su abuela quiso que se quedara estudiando allá; pero Fátima María quería volver a El Salvador.

Con el paso del tiempo se dio cuenta de la condición infrahumana en la que vivía mucha gente en El Salvador y se interesó en conocer a fondo los orígenes de la lucha interna nacional.

Al iniciar sus estudios universitarios se trasladó a la capital del país. Para entonces ya no estaba con sus queridos don Laureano y doña Narcisa. Vivía en San Salvador; pero con frecuencia los visitaba. Para ella eran su verdadera familia.

La elección de la carrera no fue difícil, aunque había tantas cosas que quería aprender. Por un lado le interesaba la ciencia, pero la fuerza de las letras y la oratoria la atraían como un imán; la historia, la antropología y la sociología formaban una trilogía difícil de ignorar.

Amaba la lectura, la fotografía, la música y la pintura, y le gustaba combinar todo eso con el punto de vista social.

Su inteligencia la había distinguido de sus coetáneos desde la infancia, así que en un intenso y verdadero examen de conciencia en donde puso sobre la mesa sus gustos, habilidades y la realidad de su país, el cual estaba enclaustrado en una guerra civil que ya llevaba un poco menos de media década, llegó a la conclusión de que estudiaría periodismo.

Luego de dos años de estudios superiores, decidió probar suerte en un concurso universitario centroamericano de fotografía, el cual ganó con un retrato en blanco y negro al que tituló «Alas» y que era la imagen de una niña de unos seis años de edad vendiendo periódicos en el Parque Libertad de San Salvador, y que estaba sentada en una de las gradas que llevan al obelisco que sostiene al Ángel de la Libertad. La fotografía fue tomada en una posición y un ángulo que permitieron ver como si las alas del ángel estuvieran en la espalda de la niña. Las alas habían sido la obsesión de Fátima María, desde aquella vez en que se cayó y fue suturada en la barbilla, después de ver lo que volaba en el cielo. Aunque nunca había logrado dilucidar exactamente qué había sido lo que sus ojos observaron aquella mañana.

El haber sido la ganadora le valió asistir a Costa Rica para recibir el premio y participar en la exposición de los trabajos concursantes; ahí fue donde representantes de periódicos extranjeros vieron la calidad de su trabajo y le solicitaron un portafolio con las mejores fotos que, al criterio de ella, hubiese tomado. Tan bien fue recibido éste que de inmediato le ofrecieron ser la corresponsal de un diario europeo; su misión sería la de cubrir la guerra civil salvadoreña en imágenes. Unió trabajo y estudios y al final de la carrera ya era una reconocida y respetada fotógrafa de guerra.

Uno de los más impresionantes momentos en su vida profesional fue cuando tuvo que cubrir fotográficamente el asesinato de los sacerdotes jesuitas junto con dos de sus ayudantes en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” UCA, dentro del marco de la ofensiva guerrillera de noviembre de 1989.

El FMLN había desplegado una ofensiva de gran envergadura, llevando la guerra desde los cantones más alejados de la urbe, hasta la capital, San Salvador. El ejército gubernamental respondió con intensidad, utilizando gran cantidad de soldados, helicópteros y aviones.

Ese momento de guerra en la capital fue propicio para aquellos que siempre habían querido callar las críticas voces de los jesuitas. El ejército salvadoreño acordonó la UCA y durante la madrugada del 16 de noviembre ingresó al campus universitario. Los soldados dirigidos por oficiales entraron a las residencias de habitación de los jesuitas y a sangre fría ultimaron a seis desarmados sacerdotes y profesores de la universidad, entre ellos a su rector Ignacio Ellacuría. Además los soldados asesinaron a dos colaboradoras de los jesuitas, dos mujeres: la cocinera y su hija.

Por la mañana todos los noticieros internacionales ya sabían la noticia y Fátima María acudió a la escena del crimen. Era como una macabra película de guerra que se había vuelto realidad. Los cuerpos de los sacrificados estaban boca abajo sobre el pasto verde, desangrados y con fragmentos cerebrales diseminados por doquier.

Fátima María, con lágrimas en los ojos y con un gran nudo en la garganta, se movía de un lado a otro fotografiando el sombrío cuadro. Retrató todos y cada uno de los cadáveres. Ingresó a las residencias y vio las paredes ametralladas y manchadas de sangre. Fotografió la espeluznante rúbrica de los lanzallamas en la vivienda jesuítica.

Fotografiaba por olfato periodístico; pero su corazón estaba contraído y no lograba asimilar lo que sus ojos miraban. Captó el odio de aquellos que creyeron poder matar las ideas. Sus fotografías desgarradoras, crudas y realistas, tomadas con la destreza de la experiencia, dieron la vuelta al mundo.

Al finalizar su trabajo periodístico y ya en su casa, con la piel eriza y la mandíbula apretada, lloró.

Unos años después Fátima María cubrió la noticia del juicio que se llevó a cabo contra los militares. Ahí tomó la fotografía del padre José María Tojeira, estrechando la mano en señal de perdón a los militares culpables materialmente del asesinato de sus compañeros jesuitas. Aún se desconoce exactamente a los autores intelectuales del crimen. Horas después, Fátima María fotografió el bello jardín de rosas que cultivó en la UCA el esposo de la cocinera asesinada, sobre el pasto donde encontraron los cadáveres.

***

A finales de 1991 ya se oían rumores de la finalización del conflicto armado y una vez más, Fátima María fue destinada para cubrir las últimas rondas de negociación que se dieron en Nueva York. Acudió emocionada.

El 31 de diciembre de ese año no pudo contener las lágrimas de alegría, junto a miles de salvadoreños, al presenciar, fotografiar y ser partícipe del anuncio del fin de la guerra civil que tantos lamentos había causado a su pueblo. Por fin, uno de los sueños de Fátima María se hacía realidad.  Le hubiese gustado compartir esta alegría con su abuela.

En El Salvador, esa noche por unos minutos la tradicional pólvora se dejó de oír. Todas las familias estaban reunidas frente al televisor, presenciando ese anuncio tan esperado. A la medianoche los morteros y cohetes sonaron más fuertes que nunca y los abrazos de bienvenida al año nuevo fueron los más felices y llenos de esperanza en muchos años para los salvadoreños.

Las negociaciones de paz habían empezado en Ayagualo, departamento de La Libertad, a petición de José Napoleón Duarte, el entonces Presidente de la República.

Uno de los primeros que había empezado a hablar de diálogo, al inicio de los años ´80, fue precisamente uno de los sacerdotes asesinados, Ignacio Ellacuría.  Él era un intelectual de primera línea y la guerra se lo había tragado.

La firma de los Acuerdos de Paz se llevó a cabo en el castillo de Chapultepec, en México, el 16 de enero de 1992. Este acontecimiento tuvo una cobertura periodística internacional e importante y Fátima María estuvo ahí fotografiando todo el evento. Fue un día muy agitado, entre emociones desbordadas y arduo trabajo. Esa noche soñó con un ser alado.

Unos días posteriores al acto de la Firma de los Acuerdos de Paz, Fátima María abordó un vuelo México-San Salvador. Ansiaba poder reposar un poco en su cama, habían sido días muy difíciles. La mañana siguiente a su llegada, durante la ducha, planificó tomarse el día libre. Antes de desayunar releyó unas cartas nunca enviadas y manuscritas que estaban guardadas en un viejo baúl que le habían hecho llegar desde Europa cuando María Josefina murió y que narraban su experiencia con un hombre alado, pero Fátima María nunca le dio veracidad a lo que ya había leído tantas veces, porque las cartas estaban fechadas dos años antes de la muerte de su abuela y pensó que tal vez eran alucinaciones de la edad.

Al mediodía se fue a comer un gran pescado al Puerto de La Libertad; al regreso tomó la ruta alterna que de La Libertad conduce a San Salvador y que pasa por Rosario de Mora y Los Planes de Renderos; fue al llegar a la altura del mirador de este lugar que tomó la decisión de ir a la Puerta del Diablo. Quiso ir a ver el ocaso desde ahí, desde ese lugar que siempre le había parecido místico y que le daba una tranquilidad y relajación espiritual intensas. Esa puesta de sol fue magnífica, la paleta de tonos malvas, naranjas, dorados, celestes y violetas coloreaban intensamente el hilo de nubes que jugaban con los penúltimos rayos de sol. En el horizonte las sombras de las aves coronando el crepúsculo creaban una atmósfera de armonía. Había brisa proveniente del norte; sintió un poco de frío y sacó entonces de su mochila un sencillo suéter azul  –que más bien podría parecer una blusa manga larga-, y rápidamente se vistió con él. Eran las cinco y media de la tarde y una pequeña estrella se asomaba en lo alto del cielo.

Fátima María se encontraba en pleno éxtasis. Unos días atrás había tenido la gran oportunidad de ser testigo ocular de la firma de los Acuerdos de Paz, un hecho sin precedentes en la historia salvadoreña, y esa tarde estaba sentada sola en la cima de la rocosa Puerta del Diablo. Abajo quedaban los bulliciosos turistas. Desde ahí y con la luz menguando minuto a minuto miraba aún el océano, dibujado como una delgada línea azul en la lejanía. Inhaló profundamente todo el aire que sus pulmones pudieron contener y luego lo exhaló lentamente -como quien se deleita con un sabroso vino tinto en una magnífica copa-, cerró sus ojos un instante y sus labios sonrieron. Escuchó el sonido del aire. Se sentía tan libre y feliz que casi podía volar. Una corriente de aire más fría que las demás recorrió fugazmente su cuerpo. Sintió que alguien se acercaba. Rápidamente abrió los ojos.

Sentada junto a ella, con una mirada profunda y cubierto con un fino vello corpóreo blanquecino, llevando sobre su espalda unas alas enormes con plumas albas y cenizas, estaba el ser alado. Un intenso escalofrío recorrió su espalda y el temor la inmovilizó. Al instante vinieron a su mente las cartas de su abuela y su propia obsesión por las alas. Guardó silencio porque de su boca no podía salir palabra alguna. Estaba helada de miedo y de asombro.

-Soy Kérridat –dijo, y con voz ronca y pausada continuó-. Soy alguien de un punto en el espacio exterior tan lejano que vos no podés siquiera imaginar. Pero que no te extrañe. Todos somos hijos de la misma Energía Universal. Te conozco desde antes que nacieras. Te conocí aquí en este mismo lugar.

-¿Aquí? –dijo tiritando.

La voz de Fátima María denotaba un poco de sorpresa y curiosidad a la vez.

-Sí -contestó Kérridat-. Fue acá donde por primera vez te vi y aquí nació nuestra amistad.

-¿Qué? –dijo sorprendida.

-¿Conocés a María Xicotencatl?

-No –contestó Fátima María, en medio de un oleaje de estupor.

-Ella fue tu gran abuela y la conocí aquí en 1762. Te la mostraré. Cerrá los ojos.

Ella, mostrando cierta desconfianza dio un paso hacia atrás.

-No tengás miedo.

Entonces ella obedeció. Y como en un documental cinematográfico, de alta fidelidad en sonido e imagen, Fátima María empezó a mirar dentro de su cerebro las vidas de sus antepasados, que corrían de manera cronológica y en reversa. Pudo ver a su abuela fallecer en su lecho del apartamento en París y luego abrir los ojos y convertirse en una bella joven y finalmente volverse una bebé; y así sucesivamente miró a sus muchas abuelas caminando, brillando, pariendo, amando, hablando con sabiduría y también equivocándose, recorriendo la geografía nacional y la línea del tiempo. Todos los sucesos históricos que formaron este país, sus muertos, sus líderes, sus caudillos, las víctimas torturadas, los llantos y las alegrías, todas las cosas pasaron por su mente con la velocidad de las sinapsis de las células del cerebro.

Miró a tantas personas; era como si viajara por todo el mundo volando en tiempo y espacio. Vio a su heroica bisabuela María Dolores luchando por la independencia de Centroamérica; su mente fue testigo de cómo su gran abuela María Xicotencatl ayudaba a Kérridat herido durante la tragedia del cerro El Chulo. Observó más allá, mucho más allá en el profundo pasado y vio las grandes inmigraciones de indígenas que venían desde el norte.

Mientras recorría la vida de sus antepasados grandes lágrimas rodaban por sus mejillas; sonreía, suspiraba y lloraba en forma alterna y su mente recordaba al mismo tiempo el poema de Pedro Geoffroy Rivas, «Los Nietos del Jaguar»:

«anduvimos errantes

años años años anduvimos errantes

la ventisca el granizo los violentos vendavales

las grandes bestias devoradoras

nada pudo detener nuestros pasos

cruzamos ríos

montes

abismos de terror

cumbres a las que nadie se atreviera antes

pavorosos desiertos

nada pudo detener nuestros pasos

en tierra arena roca dejamos hondas huellas

junto al mar caminamos

sobre las altas sierras

de día caminamos

de noche

sin detenernos

caminamos naciendo y caminando

soñando y caminando

pariendo y caminando

caminando cantando y caminando

nada pudo detener nuestros pasos…»

Y entonces Fátima María supo que todo era verdad. Que el ser humano es todo y uno, que es diferente pero también es el mismo en todas las geografías y en todos los tiempos…

Cuando abrió los ojos, Kérridat estaba de pie. Ella también se levantó. Él le sonrió y le ofreció su mano y ella la aceptó. Lo abrazó y le acarició las alas.

En seguida Kérridat desplegó las majestuosas alas y emprendió vuelo con habilidad y elegancia. Fátima María, con una sonrisa sincera, se sentó y en silencio lo observó navegar sobre el aire y perderse en la lejanía del cielo herido por el ocaso.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

***

NOTA: no se pierdan el próximo martes el final de esta historia de la saga de las Marías: «María puede volar».
* Fotógrafa. Fotografía tomada por Juan Yanes.
** Monseñor Romero. Busto ubicado en el museo Monseñor Romero, San Salvador. Fotografía tomada por Óscar Perdomo León.

MARÍA JOSEFINA 1932. (Capítulo VII)

VLADIMIR FEDOTKO,RUSIA, PHOTOGRAPHY

María Josefina era una especie de reencuentro en la sangre femenina, de toda la saga de Marías salvadoreñas que provenían, hasta donde se sabía, de María Xicotencatl. Sin saberlo conscientemente, había dentro de ella un instinto que la atraía hacia la tierra y hacia sus antepasados. Físicamente no se parecía en nada a su antepasado María Xicotencatl, quien tuvo un bello color moreno en la piel, los ojos negros como las pozas de agua en la sombra al atardecer, y el cabello tan largo, liso y negro que le llegaba hasta las caderas; María Josefina, por el contrario, tenía ojos verdes como los mismos bosques de las montañas de Sonsonate y Ahuachapán, la piel era blanca y tersa, y el rostro naturalmente rosado; sin embargo, la mezcla de las razas que convergían en ella se podía adivinar en el cabello negro liso y en sus facciones tan peculiares. Por eso María Josefina investigaba sobre sus orígenes. Buscaba las respuestas a su árbol genealógico, pero en tierra donde no muchos escriben para dejar sus historias a las futuras generaciones, le era difícil responder sus preguntas.

Durante muchos años había rehusado casarse; pretendientes no le faltaban. Pero sus inclinaciones a la pintura y al estudio autodidacta la llenaban tanto que no parecía necesitar nada más. O quizás no la había tocado el amor. Y en una sociedad como en la que ella vivía, ya se hablaba en las calles de que ella era una solterona. Decían las malas lenguas que de adolescente se había enamorado de Gustavo D´ León, el hijo de un hacendado amigo de su familia, y que se había ido a estudiar a Europa, y ella para sobrellevar el despecho se había marchado un tiempo a los Estados Unidos, y que esa separación ella nunca la había superado. Sin embargo, María Josefina estaba libre de todo prejuicio y lo que dijera la gente de ella la tenía sin cuidado.

Sonsonate y Ahuachapán, en la zona occidental de El Salvador, tenían la abundancia de los cafetales, con su aromático fruto, que se vendía bien dentro del país y en el extranjero. El padre de María Josefina era dueño en esa zona de algunas fincas de café, de algunos terrenos en donde se sembraban y cultivaban frutas y hortalizas, así como también poseía unas cuantas cabezas de ganado.

En 1929, a sus 30 años, María Josefina se dedicaba, sin cobrar, durante cuatro horas matinales a dar clases de arte a niños de entre 10 y 15 años. Su padre, chapado a la antigua, no estaba muy contento con los procedimientos y decisiones de María Josefina; pero la amaba tanto que cedía ante sus deseos y caprichos con sólo oír su dulce voz. De su madre no tenía apoyo porque desgraciadamente, al igual que María Xicotencatl, había muerto en el parto.

Por las tardes María Josefina practicaba el bordado, leía o tocaba el piano. Le gustaba leer poesía; pero sus lecturas favoritas eran los libros de historia y las novelas de aventuras.

Por esos días había trabado amistad con una joven poeta que había nacido en Armenia, departamento de Sonsonate, que se llamaba Carmen Brannon. Se escribían cartas frecuentemente y se visitaban. Carmen le enviaba, desde donde estuviera, inspiraciones líricas recién escritas y María Josefina le contestaba con comentarios y agradecimientos. También intercambió correspondencia un par de veces con un joven escritor y pintor de Sonsonate, cuyo nombre era Salvador Salazar Arrué, a quien le compró en el transcurso de los años varias pinturas, algunas de las cuales terminaron, como después se comprenderá bien, en una casa de Europa.

En música le fascinaba Chopin, sus sonatas, mazurcas, valses, polonesas, nocturnos y preludios. También admiraba mucho a Beethoven, la conmovía la fuerza de sus composiciones; sentía que él expresaba cosas de una manera que nadie más lo había hecho antes.  De ambos tocaba sus obras con bastante destreza en el piano.

A veces, también por las tardes, salía a dar unas caminatas por las extensas fincas de su padre. Otras veces montaba a su amado corcel «Bravío», que sólo con ella era dócil, pero ¡ay de aquellos que quisieran montarlo!

Una tarde, cabalgando junto a un sembradío de pepinos, en la soledad de la extensión y sintiendo que el viento la acariciaba y le cantaba suavemente al oído, se detuvo y cerró los ojos, pero para ver a través de la piel. De pronto, el natural sonido silvestre fue interrumpido por los cascos de otro caballo que parecía acercarse. María Josefina abrió los ojos verdes y miró cómo se acercaba un jinete de piel morena y de ojos igualmente verdes, pero más oscuros. Ella dudó por unos segundos; pero entonces con su natural alegría y espontaneidad desmontó del caballo y salió caminando hacia el hombre que montaba. Éste hizo lo mismo y corrió hacia ella. Sonriendo y llorando de la alegría, se abrazaron fuertemente, como si no quisieran soltarse. Inmediatamente se vieron a los ojos, profundamente.

-Regresaste –dijo María Josefina.

-Regresé por vos –dijo Gustavo-. ¿Por qué dejaste de escribirme?

-Es que con los años sentí que me escribías como si no tuvieras nada que decirme y pensé que lo más seguro es que tuvieras un nuevo amor.

Él no le contestó, sólo la volvió a abrazar, la tomó con firmeza de la cintura acercándola a él y le beso dulcemente la boca. María Josefina le correspondió con todo el amor reprimido que puede tener una mujer de 30 años.

Tomados de la mano, caminaron hacia la orilla de un gran árbol de amate. Sentados, cada uno de ellos bebió como un sediento las palabras del otro. El amor renacido latía en el corazón de María Josefina. Entre caminatas, risas, anécdotas narradas y cómplices miradas las horas pasaron más rápido de lo que alguno de los dos hubiera deseado. Al atardecer, volvieron a besarse y esta vez los cuerpos ya no podían esperar más, la piel y los sentidos habían despertado furiosamente, cual Izalco encendido. Con el ocaso como único testigo y dejando que las preocupaciones se perdieran con el sol, ambos despojaron espontáneamente sus cuerpos de las vestiduras que llevaban. Gustavo, como si fuera un entrenado amante, trató a María Josefina con paciencia y delicadeza, le besó tiernamente todo el cuerpo como queriendo apoderarse de cada parte de ella, sus manos cual mariposas revoloteando le acariciaron el fino y delicado cuello y las delgadas y sensibles manos de artista. Recorrió con suavidad y pasión a la vez sus brazos, su espalda y sus muslos… Luego pasaron de ser la lujuriosa unidad, para convertirse en la unión estrecha donde el movimiento, los suspiros y la lengua, los quejidos y el sudor, eran el lenguaje inefable…

***

Se casaron casi de inmediato y se fueron a vivir a Francia, donde su esposo tenía un jugoso trabajo. María Josefina vivía feliz y alimentándose de toda la cultura cosmopolita de París. Tocaba día y noche el piano y acudía con su esposo a todos los conciertos, museos y exposiciones disponibles. Cada principio de enero su esposo y ella regresaban a El Salvador a visitar a sus respectivas familias.

Cuando volvió en 1932 vino sola, porque Gustavo había tenido un problema impostergable de negocios.

María Josefina aprovechó su estancia en su casa y repitió todos los ritos cotidianos que acostumbraba desde que era una adolescente. Lo primero fue caminar por los sembradíos de hortalizas y después husmear a la naturaleza en la intimidad de los cafetales. Se sentó a descansar y se quedó cavilando en las cosas que pensaba antes de irse a Europa. La agitada y vibrante vida de allá a veces no le daba tiempo de meditar. Por tratar de abarcar todo el conocimiento externo del mundo que le proporcionaba París, olvidó mirar su interior. Así que pensó que había sido muy buena idea venir sola a El Salvador y poder quedarse reflexionando todo lo que quisiera y sorprenderse con los pequeños detalles que día a día observaba en estas coloridas tierras. Irremediablemente empezó a cuestionarse sobre la posibilidad de convertirse en madre y acerca del origen de su sangre. Estando en esta distracción puramente intelectual y recostada plácidamente bajo la sombra de una frondosa ceiba, empezó a recorrer el camino que de la vigilia lleva al sueño y antes de quedarse totalmente dormida oyó que una voz masculina y desconocida le decía:

-Claro que vas a tener hijos.

Sin poder entender totalmente lo que estaba sucediendo María Josefina no se asustó y dejó que su mente y su cuerpo sucumbieran inexorablemente al placer del sueño.

Inmersa bajo el hechizo de Morfeo, María Josefina vio que un gran peñasco se partía en dos y que un aluvión descendía hacia un pequeño poblado. Los rostros de angustia se sucedían uno a otro y los gritos se iban incrementando en su cabeza. De pronto una melancólica mujer, de bello rostro, le decía:

-Mi raza está herida y muy pronto se levantará en protesta contra las injusticias del gobierno.

Pronunciaba estás palabras con firmeza; pero la mujer, a pesar de la seriedad de la sentencia dicha, la miraba a los ojos llena de amor.

-Ella es tu gran abuela María Xicotencatl. Ella es tu origen y en tu sangre corre su sangre –continuó la misma voz masculina sin rostro-. Ella, al igual que tu madre, murió en el parto.

En el sueño María Josefina preguntó:

-¿Quién habla?

Y fue entonces que la voz se materializó y ella lo pudo oír y mirar.

-Soy yo –le respondió un hombre alto y casi albino, que tenía dos alas cerradas en su espalda y con la mirada profunda como la de un halcón.

María Josefina despertó sudorosa y agitada. El sol ya estaba en pleno cenit. Se levantó y regresó a su casa, recordando el sueño completo, de una manera visual y sonora, vívida e inusual.

***

Ese año de 1932 El Salvador no estaba en las mejores condiciones. Los problemas en el país eran complejos y no era fácil descifrarlos; pero una mezcla de complicaciones económicas, políticas, étnicas y de gran desigualdad social propició un levantamiento campesino principalmente en varias ciudades del occidente del país, con consecuencias fatales.

Quizás el punto central del problema era que los campesinos indígenas habían venido sufriendo la expropiación de sus tierras desde el siglo XIX, las cuales se habían concentrado en muy pocas manos, es decir, en una pequeña burguesía.

Asimismo, El Salvador había sido golpeado por el colapso de 1929 de la bolsa de Nueva York.

El pueblo estaba descontento además por el reciente derrocamiento del Presidente Arturo Araujo el 02 de diciembre de 1931, llevado a cabo por el ejército salvadoreño bajo el mando de general Maximiliano Hernández Martínez y apoyado por los terratenientes; ese descontento se agigantó aún más por el fraude electoral del 03 de enero de 1932.

En medio de esa crisis y después del sueño que había tenido, María Josefina empezó a tener una conciencia más atenta sobre lo que ocurría con los pobres de su país. Ella, aunque no era demasiado rica, se sentía por supuesto en el lado superior de la escala de clases; pero eso no le impidió empezar a tener sensibilidad social y comprender que algo no funcionaba como debía en la sociedad; las injusticias eran demasiado evidentes; para decir algo, la paga de un jornalero en aquellos días era de dos tortillas y dos cucharadas de frijoles, al inicio y al final del día, y las monedas locales con que se pagaba en las haciendas, sólo podían ser cambiadas por productos en la tienda que pertenecía al mismo dueño del cafetal. Además los hacendados veían con menosprecio a sus trabajadores, tanto así que W. J. McCafferty, encargado de la delegación estadounidense en San Salvador, le refirió en una carta a su gobierno que en El Salvador un animal de labranza tenía más valor que un trabajador…

***

Muchas dudas y agitación habían en el corazón de María Josefina. Un atardecer en que salió a cabalgar para despejar su mente tuvo un accidente. Su querido caballo «Bravío» metió la pata en un agujero que nadie vio porque estaba cubierto de hojas. Al instante ambos, caballo y mujer, rodaron por el suelo. El equino se fracturó la pata y tenía incluso un fragmento de hueso saliendo a través de la piel. «Bravío» evidentemente ya no se pudo levantar y sufría mucho. María Josefina, con unas cuantas abrasiones y laceraciones en su piel, empezó a llorar y abrazó a su caballo. Sabía que la única alternativa era el sacrificio del animal.

De pronto miró en el suelo una gran sombra que en segundos se hacía cada vez más y más grande. Miró hacia el cielo y vio a un hombre alado que, a pocos metros de donde estaba ella, aterrizó.

Ella se levantó asustada y se alejó caminando hacia atrás. El ser alado la miró y después dirigió su vista al caballo. Se acercó a él y se acurrucó. Colocó sus dos manos sobre la pata del caballo y cerró los ojos.

María Josefina observaba incrédula la escena. No había nadie a quien pedir ayuda en un par de kilómetros a la redonda. Recordó que al ser alado ya lo había visto en su sueño y ahora se sentía asustada y confundida; no sabía si estaba soñando otra vez o si estaba alucinando.

De repente el hombre alado se puso de pie y caminó unos metros hacia atrás. Entonces «Bravío» se levantó y dio unos pasos, después se paró en dos patas y relinchó.

Los ojos de María Josefina, que se llenaron de gran alegría, no podían creer lo que veían. Miró al ser alado y éste en tono amable le dijo:

-María Josefina, tu raíz más lejana que debés conocer se llama María Xicotencatl…

El hombre con alas le hablaba en un español muy bien pronunciado y continuó:

-La conocí en 1762 cuando ella tenía catorce años y el cerro que conocían como El Chulo se partió en dos y sufrió un gran deslave que cubrió numerosas casas de Panchimalco. Por querer mirar de más cerca ese fenómeno natural y por un error imperdonable, mi esposa y yo nos vimos envueltos en la tragedia. Ella murió instantáneamente ese día y yo, Kérridat, no la pude auxiliar porque estaba herido. María Xicotencatl me encontró y me ayudó a sobrevivir. Yo le prometí en agradecimiento que le ayudaría a todas sus descendientes…

María Josefina perdió el miedo, se acercó a él y sentados bajo la sombra de un amate hablaron por unos minutos, largo y tendido. Luego él con una señal de alto con la mano, le indicó que se callara. Y empezó a transmitirle a María Josefina, de una forma telepática, palabras e imágenes de sus ascendientes y de los hechos importantes que los rodearon. María Josefina, con los ojos cerrados y en silencio, sólo derramaba unas lágrimas de la emoción que le producía conocer todas esas cosas y de esa manera. En su cerebro aparecieron sus orígenes indígenas y las transformaciones que sufrió su sangre a través de los años y los años. María Josefina vio a María Dolores y a tantas abuelas de su sangre…

Cuando terminó de recibir información, Kérridat le dijo:

-Los seres humanos tienen una organización social aún muy primitiva, María Josefina. No se ayudan los unos a los otros. Y en tu país una insurrección está por ocurrir en pocos días. Tratá de mantenerte alejada. Deberías volver con tu esposo.

Inmediatamente Kérridat se despidió de ella con un gesto y se alejó volando. “¿Cuándo te voy a volver a ver?”, le preguntó María Josefina con un grito. “Muy pronto”, le contestó Kérridat.

***

El 23 de enero de 1932 explotó el levantamiento indígena campesino, en la zona occidental de El Salvador, acompañado por obreros y estudiantes universitarios. Eran unos hombres valientes, indignados por la situación del país y por la opresión militar, dispuestos a recobrar el honor, el valor y el respeto arrebatado a los pobres de la nación, no importando si para ello era necesario matar o morir; sin embargo estaban altamente desorganizados y armados únicamente con machetes.

Los campesinos se alzaron simultáneamente en varias ciudades; Juayúa, Izalco, Nahuilingo, Sonsonate, Tacuba, Sonzacate, Salcoatitán, Nahuizalco y Santa Tecla, entre otras; asesinaron en su trayecto de pueblo en pueblo un total de veinte civiles y treinta militares. Su objetivo era tomar el poder. Pero muy pronto fueron reprimidos, con lujo de barbarie, por las fuerzas militares del general Martínez. Sus principales dirigentes indígenas fueron capturados: Francisco Sánchez, Rosalío Nerio y el cacique Feliciano Ama; también los estudiantes universitarios Alfonso Luna y Mario Zapata. Todos fueron asesinados. Las órdenes no eran de investigar a los agitadores o las razones de su disgusto; sino de exterminar a los indios. Todas las personas que vistieran como indios o tuvieran facciones indígenas eran capturadas y aniquiladas. Si eran inocentes o culpables, eso era lo de menos. Los cogían en grupos, los obligaban a cavar tumbas colectivas y les descargaban sus ametralladoras sin piedad. La sangre corría como un río maldito. Era también muy común ver numerosos cuerpos sin vida tirados en las calles. Los cadáveres se acumularon, uno sobre otro, durante los tres días que duró la implacable represión, hasta alcanzar 30,000 muertos. En un país que en aquellos días tenía una población de más o menos un millón de habitantes, el etnocidio representó un 3% de la población.

El Partido Comunista Salvadoreño, que recién en 1930 había sido fundado, tuvo en la revuelta una participación más bien simbólica, de acompañamiento, de solidaridad y de identificación con la justicia de la causa, más que una contribución verdaderamente organizativa, porque la organización del movimiento sedicioso provenía principalmente de las cofradías controladas por los lideres indígenas; sin menospreciar, por supuesto, que su máximo dirigente Farabundo Martí, valiente y lleno de amor hacia su gente, murió apoyando al pueblo que se había sublevado.

En complicidad con los aguerridos nietos de Atonal y como si hubiesen escuchado el llamado a la rebelión, sendas erupciones simultáneas de los imponentes volcanes de Agua y de Fuego en Guatemala, y del grandioso Izalco en Sonsonate, se llevaron a cabo; pero en ese momento, la fuerza del hombre, a través de las armas y la represión, se impuso a la nube de cenizas escupidas por el Izalco, la cual se alzó por kilómetros y cubrió muchos de los pueblos involucrados en la revuelta. Era como si la naturaleza se hubiera unido al clamor de justicia de los pobres.

Durante esos angustiosos días María Josefina agudizó su cerebro; sus ojos captaron imágenes de madres y niños asesinados únicamente por ser indios; oyó las ráfagas de las lejanas ametralladoras y escuchó –en la clandestinidad- algunas confesiones de inocencia de algunos perseguidos a los que ella misma brindó refugio en algún lugar de la hacienda de su padre. La visión que tuvo días atrás le había abierto la mente a la realidad que día con día habían vivido sus lejanos hermanos de sangre, los verdaderos pobladores de las tierras del Señorío de Cuscatlán, y que ella había ignorado, no por voluntad propia, sino simplemente porque fue criada en un lugar lleno de lujos y sin padecer nunca carencias de ningún tipo; pero también sin conocer sus propios orígenes, sin saber que portaba sangre tan india como la de los miles de asesinados injustamente durante esos días de persecución étnica.

Los indígenas sobrevivientes en su mayoría cambiaron su vestimenta y trataron de no hablar náhuat. Los ritos indios y mucho de su cultura se volvieron secretos hasta casi extinguirse. Es más, el trauma y el temor colectivo continuó sumergido dentro de varias generaciones indígenas.

Al estabilizarse la situación, María Josefina regresó a Francia. Ahí se encargó de divulgar la masacre ocurrida en su país natal y la hermosa manifestación volcánica en apoyo a los suyos; pese a que su padre no estaba contento ni aprobaba los testimonios que ella daba en Europa. Sin embargo, en El Salvador los datos oficiales fueron ocultados y la verdad de la lucha fue tergiversada por los gobiernos de aquel entonces.

 Epílogo del capítulo VII

“Los indios son sacados de sus escondrijos; a tiros son detenidos en su fuga o bajados de las ramas de los árboles. En grupos son ajusticiados. Mueren impávidos, mostrando todo el valor que ya no tienen, porque en eso consiste el heroísmo. Pálidos, lívidos, se enderezan, aun insultan. Piden la muerte a voces. Dizque sonríen con muecas viriles. Muestran los dientes como los coyotes, para ocultar con su blancura amarga, el brillo de la lágrima que humedece el ojos cargados de amargura.” (1)
Salarrué
Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Fotografía del ruso Vladimir Fedotko.

(1) Salarrué, “Catleya luna”, segunda edición, Dirección de Publicaciones, Ministerio de Educación, San Salvador, El Salvador, 1980. Capítulo 8, Balsamera, p. 160.

LAS CENIZAS. 1835. (Capítulo VI)

Anastasio Aquino

María Dolores llegó a La Unión en el primer trimestre del año de 1812. Viuda, con su pequeño vástago en brazos y sin conocer a nadie se instaló en una parcela de tierra cerca de la iglesia parroquial, que logró comprar con el dinero de la venta de algunas de sus propiedades de Sensuntepeque. En ese lugar construyó una casa cómoda y bien ventilada en donde vivió con su hijo Mario Gilberto. Para poder tener una vida tranquila, sin ser perseguida por el gobierno español, decidió alterar un poco su nombre y en esas calurosas tierras orientales fue conocida simplemente como María. Pero en la intimidad del hogar, le contaba a su hijo la historia de las luchas por la independencia, con énfasis en la manera heroica en que había muerto su padre.

Unos meses después llegó a vivir con ella Ana Evarista, una mujer gentil y amable, de origen indígena, que hablaba náhuat y español, y que le ayudaba con los quehaceres del hogar y quien trabajaba además como colaboradora en el próspero negocio que había empezado María Dolores. Con ella llegó a desarrollar una amistad sincera. Ambas creían mucho en los valores de libertad y de justicia. María Dolores tenía una floreciente venta de telas, que iba creciendo día con día y que le generaba lo suficiente para poder pagar una buena educación a su hijo, quien a la edad de 15 años fue enviado a Guatemala para poder realizar estudios de Medicina.

La Independencia Centroamericana, cuya acta oficial se firmó en Guatemala, se llevó a cabo el 15 de septiembre de 1821. María Dolores la celebró con gran alegría junto con los demás pobladores unionenses el 23 de septiembre, fecha en que recibieron la noticia. Ese día recordó con ímpetu a su difunto esposo Gilberto Morales y a sus amigas de Sensuntepeque.

El Padre José Simeón Cañas y Villacorta, diputado por Chimaltenango, había dado ante la Asamblea Constituyente de 1823 un sentido discurso en defensa de los indígenas esclavos, a pesar de presentar una grave enfermedad. María Dolores poseía una copia de ese discurso, que había conseguido a través de un amigo diputado. Un día decidió leérselo a Ana Evarista:

«Vengo arrastrándome y si estuviera agonizando, agonizando viniera para hacer una proposición benéfica a la humanidad desvalida. Con toda la energía con que debe un diputado promover los asuntos interesantes a la Patria, pido que ante todas las cosas, y en la sesión del día, se declaren libres nuestros hermanos esclavos…».

Al finalizar la lectura ambas mujeres lloraron de la emoción.

Muchos años después la Historia Universal demostró que el Padre Cañas había proclamado sus anhelos abolicionistas, muchos años antes que el famoso Abraham Lincoln.

En 1832 María Dolores quedó sola en su casa, ya que, por un lado Mario Gilberto continuaba viviendo en Guatemala, trabajando ya como médico, y por el otro, Ana Evarista, su tan querida y valiente amiga, se había fugado del pueblo de La Unión un día inesperado para unirse a la causa de un indígena de Santiago Nonualco, llamado Anastasio Aquino, quien se había sublevado e iniciado la resistencia y la lucha contra los terratenientes y las familias más poderosas de la zona, ya que éstos les habían arrebatado a los indígenas «los ejidos», es decir, sus tierras comunales, con el objeto de sembrar añil. Ana Evarista se había ido a escondidas de María Dolores, pero le dejó una carta muy franca y amistosa, en donde le explicaba sus razones; le contaba en la misiva que los indios nonualcos, a los que ella pertenecía, se habían dado cuenta que la Independencia no les había traído beneficios, que lo único que habían cambiado eran los amos, pero que los altos impuestos, la falta de libertad, el maltrato y las humillaciones a que los indios eran sometidos permanecían iguales. Le decía que la lucha de Anastasio Aquino era justa, pero incomprendida por muchos. Luego le expresaba el mucho cariño que le tenía y se despedía de ella con un «hasta pronto».

Hasta los oídos de María Dolores, quien se mantenía atenta a los sucesos, llegó la información de que Aquino no era un asaltante de caminos ni violador de mujeres, como pregonaba el gobierno, ya que el líder Aquino, había dicho: «…todo lo que existe en la extensión de estas tierras pertenece a mis hermanos que viven en la miseria». Y habiéndose coronado a sí mismo Rey de los Nonualcos, decretó castigos muy severos para el que realizara robos, violaciones, etc., así como también había establecido la prohibición de cobrar impuestos y de consumir bebidas alcohólicas.

Anastasio Aquino, al frente de unos tres mil hombres armados con lanzas de huiscoyol y con unos cañones fabricados por ellos mismos, derrotó en varias ocasiones a las fuerzas gubernamentales, tomándose las ciudades de Zacatecoluca y San Vicente. Su estrategia de «cien arriba y cien abajo» le había dado resultado.

Pero María Dolores supo, al año siguiente, que al insurgente Aquino lo habían atrapado en el cerro El Tacuazín, tras haber sido traicionado –como Jesús, por Judas- por uno de sus más allegados. Le contaron que lo tuvieron en prisión, pero que después lo pusieron frente al pelotón de fusilamiento, en San Vicente y, al ser vendado de los ojos, Aquino les preguntó a sus verdugos en tono irónico que si lo que querían era «jugar a la gallinita ciega». Le dijeron también que Aquino sonreía burlón y que nunca mostró temor. Luego retumbaron las armas de fuego; pero a alguien no le bastó haberlo fusilado y el hacha, que también mata árboles, cortó el cuello del cadáver y la cabeza rodó ensangrentada; ésta fue exhibida dentro de una jaula en la Cuesta de Los Monteros, como una manera de amedrentar al pueblo.

María Dolores indagó, como pudo, el paradero de Ana Evarista, pero nunca más volvió a saber de ella. Los primeros meses lloró la ausencia de su amiga.

María Dolores era muy dada a seguir los acontecimientos sociales e históricos. Así que también festejó muy contenta en enero de 1834, mes en que supo la noticia, de que el 31 de diciembre de 1833, se había abolido la esclavitud. Ese día volvió a recordar a Ana Evarista.

Mario Gilberto regresó de Guatemala en enero de 1835, para pasar sus vacaciones en La Unión; había planeado pasar todo el mes junto a su madre.

El 20 de aquel mes el amanecer fue realmente hermoso y fresco, el cielo estaba totalmente despejado. Esa mañana Mario Gilberto había convencido a María Dolores para que lo acompañara a un pequeño paseo recorriendo algunas de las playas unionenses. La casa de María Dolores era en las primeras horas del día un verdadero desparpajo, gente yendo y viniendo, María Dolores organizando las meriendas y comidas del día, y la servidumbre cargando el carruaje para el viaje. Mario Gilberto estaba alegre al ver a María Dolores tan radiante como pocas veces la había visto.

Sin embargo, la Historia de El Salvador, antes, durante y después de la colonia, se ha visto llena de caprichosas manifestaciones de la Madre Naturaleza.

A las ocho de la mañana del 20 de enero de 1835, un espantoso estruendo rompió en mil pedazos la tranquilidad y la alegría de toda Centro América. Desde La Unión y San Miguel se pudo observar en el suroeste una altísima columna de humo negro que luego se transformó en un enorme hongo compuesto de gases y cenizas que cubrieron totalmente la luz del sol, volviendo el día en una noche que duró 43 horas seguidas. Los ciudadanos de La Unión vieron y escucharon relámpagos y retumbos que no permitían el total sosiego de las almas. Muchos creyeron que era el día del Juicio Final por lo que públicamente confesaban sus culpas pidiendo la expiación de sus pecados, algunas parejas amancebadas pidieron al cura que los casara, otros creyeron que el demonio acechaba y azotaba con manotazos malignos, otros increparon al general Francisco Morazán –en ese entonces Presidente de las Provincias Unidas de Centroamérica- como único culpable del desastre por ser liberal y ateo, y no faltó quien creyera que el Vesubio nuevamente había resurgido creando un cataclismo mundial.

Tal era la oscuridad que se había esparcido por todo el pueblo que los candiles más potentes apenas iluminaban las manos de aquellos que los cargaban; no se podía ver a más allá de unos pocos pasos.

A las dos de la tarde de ese día una lluvia continua de cenizas que duró alrededor de cuatro a cinco horas cubrió por completo a La Unión y San Miguel, y un espesor de unos cinco a diez pulgadas de la grisácea precipitación formó una alfombra en los suelos; el aire era denso, costaba respirar adecuadamente, las fosas nasales ardían al inspirar y la garganta se sentía áspera y reseca; la sensación de asfixia se percibía en todos los lugares. Cuentan los ancianos del pueblo, con toda la tradición oral que los enriquece, que éstas –las cenizas- habían salido expulsadas con tal fuerza que increíblemente cruzaron los cielos y se esparcieron en un diámetro de 2735 Km., llegando incluso hasta Nueva York. Un tapete de piedra pómez se derramó sobre las aguas del Golfo de Fonseca y la de los alrededores.

Los pueblos de Honduras y Nicaragua estaban sufriendo similar situación.

María Dolores, Mario Gilberto y quienes estaban en su casa agazapados, se refugiaron temporalmente en la bodega, pero al desconocer el origen de tal fenómeno y pensando que algo más severo podía ocurrir, buscaron protección bajo el techo de la iglesia parroquial, tal y como lo había hecho muchos años atrás María Xicotencatl con el deslave del El Chulo. Durante el traslado María Dolores, al igual que otras personas, sufrió fuertes traumas faciales al colisionar muchas veces contra aves que desorientadas y ciegas por la oscurana volaban sin dirección, algunas incluso a ras de suelo. Era imposible andar a caballo o en carruajes, ya que se corría el riesgo de chocar con otro igual, pasar sobre algún transeúnte caído, con alguno de los que corrían sin rumbo o con los que se encontraban petrificados por el evento en plena vía pública. Imperioso resultó movilizarse a pie. María Dolores se asió firmemente del brazo de su hijo; las escasas cuadras que separaban su casa de la iglesia se le volvieron kilómetros.

Bajo el manto eclesial María Dolores aguardó lo peor. La misma sensación de incertidumbre que vivió décadas anteriores al huir de las fuerzas españolas se apoderó nuevamente de su corazón, el cual una vez más saltaba en su pecho.

Las desgracias nunca vienen solas. Una joven mujer primeriza de ascendencia lenca y que se encontraba en el sexto mes de embarazo rompió la fuente, en pleno centro de la nave de la iglesia, desencadenando rápidamente las contracciones inequívocas que anuncian que el momento del parto está cerca. María Dolores al darse cuenta de esto, le avisó de inmediato a  su hijo Mario Gilberto. Así, en un ambiente verdaderamente hostil para un recién nacido, en medio de decenas de personas que perplejas fueron testigos involuntarias de lo que ahí ocurría, ella le sirvió de ayudante a su hijo, quien asistió el parto. Pero la extrema prematurez de la  pequeña  infanta y sus dos y media libras de  peso fueron una mala combinación para una época en donde los avances médicos no eran suficientes para mantener con vida a un neonato de 30 semanas y menos si el parto se había dado en un ambiente en donde olía a tragedia por todos lados y la luz del día había sido arrebatada. El sacramento del Bautismo le fue otorgado inmediatamente posterior al nacimiento. María Dolores fue la madrina de una dulce niña de frágil piel color canela-transparente a la que la madre llamó María de los Milagros y que falleció en los brazos de María Dolores, segundos después que le cayeran las primeras gotas de agua bendita que el cura depositara en su pequeña cabeza. María Dolores sintió en esos momentos que el alma se le desgarraba por completo, por unos instantes sintió que todo le daba vueltas y un fino zumbido inundó sus oídos y su piel sudó helado. El médico le quitó el cuerpo de su fallecida ahijada de las manos y se lo entregó a la madre, quien en ese momento se echó a llorar desconsoladamente. El médico sujetó a María Dolores que para entonces tenía los labios y el rostro tan blancos como la misma pila bautismal de la iglesia. Descansó unas horas, mientras lloraba de impotencia en el regazo de Mario Gilberto y recordaba el  momento en el que aquel extraño ser con alas le entregó en sus brazos a su pequeño hijo.

Ahí, junto con cientos de personas soportó el terremoto que sobrevino al día siguiente, el cual fue anunciado por las dantescas detonaciones que despertaron inclusive a los pobladores de lejanas tierras como Oaxaca en México, Colombia, Venezuela y hasta el mismo Kingston, Jamaica. Los techos cayeron, las paredes rodaron por los suelos; lejos y cerca se oían los gritos de madres desesperadas que buscaban a sus hijos, los llantos de pequeñines desprotegidos y mil sonidos de animales que ensordecían los oídos de María Dolores; así que, sacando fortaleza de flaqueza y con la sangre de sus antepasados indígenas en sus venas, se irguió como pudo y salió de las ruinas de la iglesia para auxiliar a la gente herida.

Apoteósica fue la causa, pero con su cuerpo sin alimentar y con la adrenalina desbordándose, María Dolores se desmayó en una esquina cualquiera del desfigurado poblado de La Unión.

Toda la tragedia se había debido a que el Consigüina había erupcionado. El único pico nevado de toda la América Central había despertado el 20 de enero de 1835, convirtiéndose abruptamente en volcán. Ubicado en territorio nicaragüense, muy cerca del Golfo de Fonseca, el esplendoroso monte de 4376 metros de altura según medición barométrica, y que en 1802 fuera escalado por el barón alemán Alejandro de Humboldt, quedó reducido a una montaña de aproximadamente 1158 metros de altura y con un enorme cráter frente al mar.

Volcán descarga volcánica

En San Miguel, la población en estado de alarma recurrió nuevamente a la Virgen de las Lavas, para implorarle piedad, tal y como había sucedido hacía apenas 48 años, en 1787, durante la erupción del volcán de San Miguel.

Mario Gilberto salió a auxiliar a las víctimas. Buscaba también a su madre, pues en un momento de confusión, la había perdido.

María Dolores, inconciente, cubierta enteramente de cenizas, era apenas perceptible, su fina y delgada silueta, pobremente visible por los enceguecidos ojos de los angustiados unionenses, estaba tirada en medio de una calle, golpeada del rostro y habiendo sido vapuleada por las hordas de espantadas personas. Pasó así una media hora aproximadamente.

Un jinete corría despavorido y sin rumbo a gran velocidad; los cascos del caballo eran fuertemente sonoros. María Dolores empezó a abrir los ojos y vio venir sobre ella al desorientado jinete. Débilmente trató de levantarse cuando sintió que unos brazos la tomaron por la cintura y la apartaron velozmente; luego se sintió flotando y se dio cuenta de que estaba volando.

-No tengás miedo, María Dolores.

Ella se aferró con fuerza al cuerpo del ser alado que la estaba cargando y se dejó llevar. No podía ver nada más allá de un metro o algo así; pero sí sentía que iba ascendiendo velozmente. De pronto, se hizo la luz y María Dolores pudo ver al frente el inmenso mar azul oscuro; hacia abajo, la nube de cenizas  que envolvía a la tierra. Más allá alcanzó a ver una columna gigante de humo que subía hasta el cielo y se diseminaba hacia varios lugares. Una emoción rápida como un latigazo la embargó y derramó de sus ojos unas lágrimas, impresionada y aturdida por lo que miraba. Todo fue muy rápido y entonces sintió un poco de vértigo y cayó en la cuenta de que estaba siendo cargada por Kérridat. Cerró los ojos y se aferró más a él.

Luego abrió los ojos y lo vio de cerca. Pudo apreciar que la piel de Kérridat estaba cubierta por un fino pelo blanco, terso, muy delicado y supremamente corto. Tenía un olor suave, como de caballo recién bañado. Miró a los lados y las grandes alas extendidas, que planeaban en el aire con gran destreza, eran un espectáculo sin igual. A continuación recordó a Mario Gilberto y los ojos se le abrieron grandes.

-¡Mi hijo! ¿Dónde está mi hijo? –gritó María Dolores.

-Él está bien. No te preocupés –le contestó imperturbable, Kérridat.

Y agregó amablemente, pero con firmeza:

-No estás preparada para lo que sigue, así que mejor cerrá los ojos.

En seguida Kérridat empezó a bajar en picada a una velocidad muy alta. En cuestión de segundos, ambos estaban frente a tierra. Kérridat la colocó en el suelo con delicadeza y le dijo que su hijo estaba a unos diez metros en sentido sur. «Gracias», le contestó ella. Luego él se alejó volando y desapareció de su vista como si se hubiese ocultado.

***

Los años transcurrieron tranquilos y prósperos para María Dolores. Su muerte llegó con la vejez y en calma, mientras dormía. Su hijo Mario Gilberto tuvo una abundante descendencia; pero siempre sólo de varones. Hasta que en 1899 nació en Sonsonate una bisnieta de María Dolores, a quien le pusieron por nombre María Josefina.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Pintura extraída del blog Patria Literaria: Anastasio Aquino
Relacionados: El indio Anastasio Aquino, grupo musical ZUNCA.
Fotografía de volcán en erupción tomada de Google.

MARÍA DOLORES. 1811 (Capítulo V)

Mestiza 1

La pequeña María Dolores era una niña muy inquieta, inteligente, ojos de color miel, cejas bien definidas y sonrisa brillante; el mestizaje había hecho bien su trabajo en ella. Se crió en un ambiente totalmente distinto al de sus ancestros. Vivió en una mansión llena de habitaciones y empleados. La educación que recibió desde pequeña fue muy buena; tuvo profesores de alta calidad, algunos habían venido desde España para enseñarle historia, letras y etiqueta.

Sus hermanos mayores la querían mucho y tenían siempre especial atención hacia ella.

A la edad de 22 años, en el año de 1800, contrajo matrimonio con Gilberto Morales, un acaudalado hombre originario de Sensuntepeque, población que pertenecía al distrito de Titihuapa, por lo que ella se mudó hacia esas tierras, en donde su esposo tenía una gran hacienda. Gilberto Morales se dedicaba en grande al cultivo del añil y sus ganancias eran bastante considerables.

Durante muchos años la pareja estuvo buscando un embarazo que nunca llegaba; María Dolores pensaba –porque la fe y la fama trascienden al tiempo- que si su madre, María Xicotencatl, “la bruja”, estuviera viva, le habría dado alguna pócima medicinal que la habría ayudado a quedar embarazada rápidamente. Sin embargo sólo le quedaba resignarse y de vez en cuando, en silencio, realizar ayunos severos ofrecidos a Santa Bárbara, para recibir el amparo y la fortaleza necesaria para aceptar que jamás sería madre.

El esposo de María Dolores era paciente; pero también deseaba mucho tener un heredero; con los años, trató de embarazar a otras mujeres y tuvo éxito al tener varios vástagos ilegítimos con un par de mozuelas foráneas que vivían en las cercanías de la hacienda Niqueresque, en La Puebla (hoy conocida como Ciudad Dolores); sin embargo, todos los hijos que tuvo fueron niñas.

En esos días toda la zona centroamericana estaba sometida a la España imperialista; pero los grandes hacendados y los terratenientes criollos ya no soportaban más seguir pagando los impuestos a la Corona Española. Buscaban la independencia, pero la desorganización era grande, hasta que el 24 de enero de 1811, muy lejos de donde vivía María Dolores, en el pueblo de Mexicanos, los curas Nicolás y Vicente Aguilar, junto al general Manuel José Arce y otros patriotas, se reunieron para planear la insurrección independentista. Todos éstos eran dueños de grandes haciendas.

Las noticias viajan rápido y los rumores de este movimiento de liberación llegaron a oídos de María Dolores, quien se identificó de inmediato con la causa, debido a que ella en su corazón deseaba la libertad de todos los esclavos e indígenas que estaban sometidos a un trato infrahumano, porque ella no olvidaba que los orígenes de su sangre provenían de una civilización ancestral esplendorosa, una raza muy sabia que había llegado a desarrollar la ciencia en forma muy avanzada, un pueblo indígena que había sufrido muchos atropellos y que merecía un mejor destino. Además, era esposa de un hacendado del añil, que era de los que saldrían más beneficiados en caso de un triunfo independentista.

María Dolores mostró su apoyo y amistad a María Feliciana de los Ángeles y Manuela Miranda, bravías y valientes mujeres sensuntepecanas que junto con algunos hombres, de forma clandestina, también daban su respaldo a la causa.

Ese año de 1811 fue muy agitado y de numerosas revueltas libertarias, como las ocurridas en Santiago Nonualco, Usulután, Chalatenango, Tejutla, Santa Ana y San Salvador.

Cuando María Dolores cumplió 33 años de edad, en 1811, quedó, milagrosamente, por fin embarazada. Con los meses María Dolores se palpaba el abdomen ya hinchado, lleno de una nueva vida y pensaba que su hijo iba nacer en una nueva era, por eso convenció a su esposo Gilberto de que a partir del sexto mes de gestación se instalaran en la quinta que poseían en el poblado de Sensuntepeque, previendo el momento del nacimiento y para facilitar la llegada pronta de la partera, ya que la hacienda quedaba en un lugar en las afueras de Sensuntepeque y de muy difícil acceso por el cordón de cerros y montañas que han caracterizado desde siempre a esa zona.

El 20 de diciembre de 1811, en el lugar conocido como la Piedra Bruja en Villa Victoria, se reunieron personas procedentes de San Lorenzo, La Bermuda, El Volcán y San Matías, para levantarse en armas, dirigidas por los comisarios Juan Morales, Antonio Reyes, Isidoro Cibrián, y las señoras María Feliciana de los Ángeles y Manuela Miranda.

En las primeras horas del amanecer, penetraron clandestinamente a Sensuntepeque, unos montados en sus caballos y otros a pie, y, con mucha habilidad castrense, se tomaron el cuartel militar, sacando en desbandada al subdelegado español José María Muñoz.

Sin embargo, muy pronto los refuerzos militares llegaron para repeler a los insurgentes. Las fuerzas libertarias no contaban con demasiada gente y habían pensado que el pueblo sensuntepecano se les uniría para combatir a los extranjeros españoles que tantos años y años habían tenido subyugado al pueblo centroamericano. Pero los pobladores de Sensuntepeque y de Guacotecti no les dieron respaldo a los insurrectos que buscaban la tan ansiada independencia de España.

La quinta de Gilberto Morales y de María Dolores, simpatizantes del movimiento de independencia, fue atacada por las fuerzas militares fieles a la Corona Española. Gilberto le ordenó a Fabián, uno de sus empleados de confianza, que se llevara a María Dolores a un lugar seguro. Numeroso armamento continuaba disparando nutrida pólvora hacia la quinta.  Gilberto, arma en mano, continuó resistiendo.

María Dolores y Fabián salieron rápida y sigilosamente por una puerta secreta que comunicaba con una calle perpendicular a la entrada principal. Ambos, parapetados por la escasa luz de los tenues rayos solares y por los altos árboles de mangos, naranjos y ceibas de los alrededores de la quinta, lograron escapar, huyendo rumbo al nororiente por una vereda que conducía a un monte escondido, buscando hacia el Cerro Grande. Pero en el camino un disparo, que parecía una bala perdida o el certero proyectil de un franco tirador, hirió fatídicamente en la cabeza a Fabián, quien cayó al suelo de golpe y convulsionó brevemente, con los ojos puestos hacia el cenit y con la boca emanando saliva en forma de espuma. En cortos segundos dejó de respirar. María Dolores trató de auxiliarlo, pero comprendió que todo era inútil. El pecho de María Dolores estaba agitado y casi podía oír sus propios latidos cardíacos.

Sintiendo en sus talones los cascos cercanos de la caballería española, María Dolores corrió como pudo, aún en su estado de avanzada preñez, alcanzando a llegar al Cerro Grande, pero estando allí tropezó accidentalmente con una gran raíz saliente de un enorme y viejo árbol de amate, cayendo al suelo y causándose un fuerte golpe en el abdomen. Inmediatamente inició dolores de parto. María Dolores alcanzaba a escuchar la pólvora de armas de guerra que reventaba a lo lejos.

De pronto sintió que algo húmedo escurría a través sus genitales y se tocó con la mano derecha, la cual quedó manchada de sangre oscura. Los dolores que anuncian la venida del nuevo ser fueron en aumento, así como también su angustia. Igualmente la inquietaba la incertidumbre de no saber dónde estaba su esposo ni qué le había pasado. El sangramiento se incrementaba a cada momento, sintió frío y empezó a ver oscuro. Entre lágrimas, dolor y temor se preguntó sí acaso moriría igual que su madre. En un par de minutos perdió el conocimiento.

En Sensuntepeque las fuerzas rebeldes fueron aplastadas. Pero el fracaso del movimiento sensuntepecano no impediría el avance de las fuerzas libertadoras por toda el área centroamericana. Las gestas independentistas se sucedían una a otra en todo el istmo centroamericano, a partir del fuego germinal que había sido encendido en el departamento de San Salvador.

Al siguiente día, al amanecer, María Dolores abrió los ojos. Sintió un alivio de sus pesares.  Instintivamente se palpó el abdomen y estaba casi plano. Entonces se asustó. Se levantó haciendo un gran esfuerzo y un poco mareada, miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en un rancho rural deshabitado. Lentamente salió de éste y observó que frente a ella, dándole la espalda, estaba una criatura alada  -de gran estatura, con fuertes y definidos músculos-  que ella no había visto nunca, pero ni en sueños. Se quedó paralizada de la impresión, helada de temor.

El ser alado se volvió hacia ella y en sus brazos, cargándolo con ternura, tenía un bebé que dormía mansamente.

-Es tu hijo –le dijo.

-¿Mi hijo? ¿Y usted quién es?

-Quien soy, no importa. Pero si querés nombrarme de alguna forma me podés llamar Kérridat. Lo único que en verdad interesa y que debés saber es que conocí a tu madre y por ella estoy acá. Yo asistí tu parto, María Dolores, mientras estabas inconciente.

Luego se acercó a ella y le entregó el bebé.

María Dolores estaba intrigada y sorprendida mirando a Kérridat. Luego lloró de la emoción y de la gran felicidad de ver a su hijo. Apretando el bebé contra su pecho y pensando en voz alta entre sollozos dijo:

-Tu nombre será Gilberto, como tu padre. Mario Gilberto.

Y luego agregó:

-¡Ojalá estuviera aquí mi esposo para verlo!

Kérridat guardó silencio y la miró con ojos compasivos. Luego se alejó rápidamente y se elevó hacia los cielos.

***

María Dolores estuvo dos meses en ese lugar. Sobrevivió sin ayuda de nadie. Cuando emprendió el regreso a pie hacia su casa, por el camino se encontró a algunos indígenas que la conocían y quienes la creían muerta. María Dolores se puso tan contenta de verlos que unas lágrimas de alegría le rodaron en el rostro.

Al preguntar por Gilberto ellos le hicieron saber sobre el fallecimiento de su esposo, en plena batalla, defendiendo los ideales de libertad.

A María Dolores se le confundieron las lágrimas de alegría con las de dolor.

Al llegar a su hogar en ruinas, debido a que había sido incendiado el día del alzamiento por las fuerzas de la Corona Española, fue recibida por los fieles trabajadores que aún estaban ahí. Fue así como se enteró del cruel destino de María Feliciana y Manuela Miranda, quienes fueron atrapadas y condenadas a 25 azotes y luego trasladadas a la casa del cura de San Vicente, Manuel Antonio Molina, para guardar prisión y que le sirvieran durante toda la condena. Algunos de los hombres que participaron en el movimiento fueron capturados días después y se les envió a prisión al Castillo de Omoa, en Honduras y nunca más se supo de ellos. María Dolores decidió vender lo poco que le quedaba y con el pequeño Mario Gilberto en brazos decidió radicarse en la lejana ciudad de La Unión.

Escrito por:

Érika Valencia-Perdomo

y Óscar Perdomo León

Fotografía de Hugo «Turix» Borges.